Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 10 de 13

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Roma 05 - César

De Larinum a Brundisium

Cosa que ocasionó muchas peleas feroces cuando la esposa y la hija de Cicerón, Terencia y Tulia, se reunieron con ellos en Formies. Y también Pomponia, la esposa de Quinto, la hermana de Atico que era una arpía peor que Terencia. Ésta se puso de parte de Cícerón (cosa que no siempre ocurría), pero Pomponia y Tulia se pusieron de parte de Quinto Cicerón.

Además, el hijo de Quinto Cicerón quería alistarse en las legiones de César y el hijo de Cicerón quería alistarse en las legiones de Pompeyo.

–¡ Tata, ojalá entraras en razón! – le dijo Tulia con los grandes ojos castaños suplicantes-. Mi Dolabela dice que César es todo lo que un gran aristócrata romano debe ser.

–Y yo sé que lo es -afirmó Quinto Cicerón con ardor.

–Estoy de acuerdo, pater -remarcó el joven Quinto Cicerón con el mismo ardor.

–Mi hermano Atico lo considera un hombre excelente -dijo Pomponia adelantando la barbilla con beligerancia.

–¡Sois todos deficientes mentales! – les acusó con brusquedad Terencia.

–¡Por no decir que os estáis preparando para hacerle la pelota al hombre que creéis que ganará! – chilló el joven Marco Cicerón mirando con furia a su primo.

–¡ Tacete, Tacete, Tacete! – rugía el jefe de los Tulios Cicerones-.

¡Cerrad la boca todos! ¡Marchaos de aquí! ¡Dejadme en paz! ¿No es suficiente con que no sea capaz de convencer a nadie para que se aliste?

¿No tengo bastante con estar acosado por doce lictores? ¿No es suficiente que los cónsules que están en Capua no hayan conseguido más que alojar a los cinco mil gladiadores de César entre familias leales a la República, donde se están comiendo la casa y el hogar de sus anfitriones? ¿No es suficiente con que Catón no acabe de decidirse sobre si permanecer en Capua o ir a gobernar Sicilia? ¿No es suficiente con que Balbo me escriba dos veces al día suplicándome que restañe la herida existente entre César y Pompeyo? ¿No es suficiente con que yo oiga que Pompeyo ya está trasladando cohortes a Brundisiúm para navegar por el Adriático? ¡ Tacete, Tacete, Tacete!

DE LARINUM A BRUNDISIUM

Pompeyo descubrió que la existencia era mucho más agradable sin los perros guardianes senatoriales. De Tito Labieno no recibió nada excepto

sólido sentido militar expresado sin sermones, ni retórica ni análisis político, y Pompeyo empezó a pensar que quizá ni fuera capaz de salvar algo de aquel espantoso naufragio. El instinto le decía que intentar detener a César en Italia le resultaría imposible, y que lo mejor y más inteligente que podía hacer era retirarse al otro lado del Adriático y llevarse consigo al gobierno de Roma. Si en Italia no quedaba gobierno, César no tendría la oportunidad de sostener su posición tirándose faroles, amedrentando o coaccionando al gobierno para que sancionase oficialmente sus acciones.

Parecería exactamente lo que era, un conquistador traidor que había forzado al gobierno a exiliarse. Y retirarse al otro lado del Adriático no era en realidad una verdadera retirada, sino el espacio y el tiempo para respirar que Pompeyo necesitaba desesperadamente para poner en forma a su ejército, para tener ocasión de que le enviaran sus legiones por mar desde Hispania y para reclutar a algunos reyes de Oriente protegidos suyos que le proporcionasen tropas adicionales y las masas de caballería de las que de momento carecía.

–No cuentes demasiado con tus legiones hispanas -le advirtió Labieno.

–¿Por qué no?

–Si abandonas Italia y te diriges a Macedonia o a Grecia, Magno, no esperes que César te siga. Marchará hacia Hispania y destruirá tu base y el ejército que tienes allí.

–¡Seguro que yo seré su máxima prioridad!

–No. Su máxima prioridad será neutralizar Hispania, y por ese motivo no traerá a todas sus legiones a este lado de los AlPes. Sabe que las necesitará en el oeste. Imagino que Trebonio ya tendrá por lo menos tres legiones en Narbona, donde el viejo Lucio César lo tiene todo en perfecto orden, y además miles de soldados locales. Y estarán esperando a que Afranio y Petreyo intenten llegar a Roma por la ruta terrestre. – Labieno frunció el ceño y le dirigió una fugaz mirada a Pompeyo-. Todavía no se han puesto en marcha, ¿verdad?

–No, aún no. Todavía estoy considerando cómo vérmelas del mejor modo con César. No sé si sería mejor dirigirme hacia el norte, al Piceno, o al este atravesando el Adriático.

–Se te ha hecho demasiado tarde para ir al Piceno, Magno. Eso dejó de ser una alternativa hace un nundinum.

–Entonces enviaré a Quinto Fabio a Corfinio para ver a Enobarbo y transmitirle la orden de que abandone el lugar y se traslade con sus tropas hasta donde yo me encuentre -le aseguró Pompeyo con decisión.

–Bien pensado. Si se queda en Corfinio caerá y César se quedará con sus hombres, y nosotros los necesitamos. Enobarbo tiene dos legiones formadas en toda regla y además algo más de quince cohortes. – De pronto se le ocurrió otra cosa-. ¿Cómo están la sexta y la decimoquinta?

–Sorprendentemente tratables. En gran medida sospecho que debido a ti. Desde que se enteraron de que tú estás de nuestra parte, han estado más propensos a pensar que nuestro lado es el que lleva la razón.

–Entonces hemos conseguido algo.

Labieno se puso en pie y recorrió la habitación hasta una ventana, que no tenía postigos, a través de la cual soplaba un viento invernal y amenazador procedente del norte. El campamento estaba a las afueras de Larinum, que no se había recuperado del tratamiento que Cayo Verres y Publio Cetego le aplicaron cuando iban en pos de Sila. Lo mismo le había ocurrido al paisaje de Apulia. Verres taló hasta el último árbol; sin cortavientos ni raíces que sujetasen el suelo, lo que fue una tierra razonablemente verde y fértil se había vuelto sólo polvo y algarrobos.

–¿Estás alquilando transporte marítimo en Brundisium? – le preguntó Labieno desde la ventana sin dejar de mirar hacia afuera, indiferente al frío.

–Sí, desde luego. Aunque a no tardar tendré que pedirles dinero a los cónsules. Algunos capitanes de barco se niegan a zarpar hasta que se les haya pagado. Ésa es la diferencia entre una guerra legítima y una guerra civil, supongo, porque normalmente se contentan con llevar la cuenta.

–Entonces el Tesoro está en Capua.

–SI, eso imagino -respondió Pompeyo con aire ausente, y una fracción de segundo más tarde estaba sentado en la silla, rígido de impresión- ¡Por Júpiter!

Labieno se dio media vuelta inmediatamente.

–¿Qué sucede?

–¡No estoy seguro de que el Tesoro haya salido de Roma, Labieno! ¡Por Júpiter! ¡Oh, Hércules! ¡Minerva! ¡Juno! ¡Marte! ¡No recuerdo haber visto a mis carretas con el Tesoro en la carretera hazía Campania! – Se encogió, se pegó los dedos a las sienes y cerró los ojos-. ¡Oh, dioses, no lo creo! Pero cuanto más lo pienso más seguro estoy de que esos cunni de Marcelo y

Crus se marcharon de Roma sin vaciar las bóvedas. ¡Ellos son los cónsules, es deber suyo encargarse de manejar el dinero!

Con la cara de un gris pastoso, Labieno tragó saliva.

–¿Quieres decir que nos hemos embarcado en esta empresa sin los cofres de guerra?

–¡No es culpa mía! – gimió Pompeyo apretando las manos dentro del pelo espeso y canoso-. ¿Es que tengo que pensar yo en todo? ¿Acaso esos mentulae que están en Capua no piensan en nada? Me han tenido acorralado durante meses sin parar de graznar y cloquear, machacándome los oídos hasta que casi no puedo oír ni mis propios pensamientos; picando, murmurando, criticando, discutiendo. ¡Oh, Tito, cómo discuten! ¡Es que no paran! No está bien hacer esto, está mal hacer lo otro. El Senado dice esto, el Senado dice aquello. ¡Resulta extraño que yo haya conseguido llegar a Larinum en esta campaña.

–Entonces, será mejor que enviemos a un hombre al galope a Capua con instrucciones para los cónsules de que se apresuren a volver a Roma y vacíen el Tesoro -le dijo Labieno, que se dio cuenta de que aquél no era momento para agobiar a Pompeyo-. Si no, será César quien pagará su guerra con el dinero público.

–¡Sí, sí! – dijo Pompeyo con voz ahogada mientras se ponía en pie, tambaleante-. Lo haré en este mismo instante. ¡Ya sé, enviaré a Cayo Casio!

Un tribuno de la plebe que se distinguió en Siria debería ser capaz de hacerles comprender, ¿no?

Salió vacilante y dejó junto a la ventana a Labieno, que seguía mirando el inhóspito paisaje con el corazón encogido. Pompeyo no es el mismo hombre. Es un muñeco que ha perdido la mitad de su relleno. Bueno, se está haciendo viejo. Debe de andar cerca de los cincuenta y siete. Y tiene razón acerca de ese puñado de teóricos políticos: Catón, los Marcelos, Léntulo Crus, Metelo Escipión. Son tan ineptos militarmente hablando que no saben distinguir el culo de la espada. He elegido el bando equivocado a menos que pueda mantenerme más cerca de Pompeyo que esas sanguijuelas senatoriales. Si el asunto se deja en manos de ellos, César nos comerá vivos. El Piceno ha caído. Y la duodécima legión se ha reunido con la decimotercera. César tiene ahora dos legiones veteranas. Además de todos los reclutas nuestros que ha logrado conseguír. Y ellos lo saben. Yo mismo veré a Quinto Fabio. Debo reforzar el mensaje que tiene que llevar a

Enobarbo, ese verpa con cabeza de cerdo que está en Corfinio. ¡Abandonar aquella plaza y reunirse con nosotros! Dinero, dinero… Tiene que haber algo por aquí, en alguna parte, incluso después de lo de Verres y Cetego.

Ellos estuvieron hace treinta años. Unos cuantos tesoros escondidos en los templos, la casa del viejo Rabino… y también veré personalmente a Cayo Casio. Le diré que empiece a tomar dinero prestado de los templos y las ciudades de Campania. Necesitamos cada sestercio que podamos encontrar.

Sabia decisión por parte de Labieno, pues permitiría que Pompeyo se hiciera a la mar. Cuando Léntulo Crus contestó a la breve orden de Pompeyo (el cónsul senior, Marcelo el Joven, estaba enfermo… como de costumbre), el ejército ya había abandonado Larinum y estaba en Luceria, más al sur. Metelo Escipión, encantado, se trasladó dándose mucha importancia a Brundisium con Seis cohortes, con instrucciones de conservar la plaza y muy seguro de sí mismo al saber que César se encontraba muy lejos de allí.

Mientras Labieno miraba, Pompeyo descifró la carta de Léntulo Crus.

–¡No me lo creo! – exclamó con voz ahogada, blanco como el yeso, con los ojos anegados en lágrimas de pura rabia-. ¡Nuestro estimado cónsul junior moverá su consentido podex y volverá a Roma para vaciar el Tesoro si yo me adentro en el Piceno y le impido así a César el acceso a Roma! Si no, dice, se quedará donde está, en Capua. ¡A salvo! Continúa acusando a Cayo Casio de impertinencia y como castigo lo ha enviado a Nápoles para reunir unos cuantos barcos por si los cónsules y el resto del gobierno tienen que evacuar Campania apresuradamente. ¡A uno de mis legados! Termina, Labieno, informándome de que sigue considerando un error por mi parte negarme a dejarle formar una legión con los gladiadores de César. Está convencido de que lucharían brillantemente para nosotros y no cree que nosotros, los militares, apreciemos la destreza de los gladiadores. Así que está muy disgustado porque he ordenado que se los disperse.

Empujado más allá de la rabia, Labieno emitió una risita nerviosa.

–¡Oh, es una farsa gigantesca! Lo que deberíamos hacer, Magno, es poner todo el espectáculo en la carretera y representarlo en todas las ciudades de mierda de Apulia. Los palurdos lo considerarán la troupe más divertida de mimos ambulantes que hubieran visto nunca. Sobre todo si disfrazamos a Léntulo Crus de puta vieJa depravada con un par de melones a modo de tetas.

Pero por lo menos, pensó para sí Labíeno, el joven Cayo Casio estará arrasando todos los templos desde Ancio a Sorrento. Dudo de que una orden procedente de tipos de la calaña de Léntulo Crus para salvar el tocino del Senado a expensas del ejército impresione a ese particular Casio.

Quinto Fabio regresó de Corfinio para informar a Pompeyo de que Enobarbo marcharía para unirse al ejército en Luceria cuatro días antes de los idus de febrero y de que había acumulado todavía más tropas; refugiados de las debacles del Piceno acudían a él constantemente. Uno de los aspectos más estimulantes de todo eso era la noticia de que Enobarbo tenía seis millones de sestercios consigo. Había tenido intención de pagar a sus hombres, pero como comprendía que las necesidades de Pompeyo eran mayores, no lo había hecho.

Pero el undécimo día de febrero, dos días antes de los idus, Vibulio envió un despacho en el que le decía a Pompeyo que Enobarbo había decidido quedarse en Corfinio. Sus exploradores le habían informado de que César había salido del Piceno y se encontraba en Castrum Truentum.

¡Había que detenerlo!, decía Enobarbo. Por lo tanto Enobarbo lo detendría.

Pompeyo envió un comunicado urgente a Corfinio con instrucciones para que Enobarbo se marchase antes de que César llegase para bloquearlo, pues los exploradores de Pompeyo creían que un tercio de las legiones veteranas de César se aproximaba ya, y los exploradores sabían a ciencia cierta que Antonio y Curión estaban de nuevo con sus cohortes junto a César. Con tres de sus antiguas legiones y una gran experiencia en bloqueo, César tomaría Corfinio y Sulmona con facilidad. «¡Salid de ahí, salid de ahí!», decía la nota de Pompeyo.

Enobarbo no hizo caso y se quedó.

Sin tener conocimiento de esto, en los idus de febrero Pompeyo envió a Capua a su legado Décimo Lelio con órdenes que insistía fueran obedecidas. Uno de los dos cónsules tenía que ir a Sicilia para asegurarse de que se quedarían con la cosecha de grano, que estaba empezando a recogerse. Enobarbo y tres cohortes de soldados saldrían también por mar hacia Sicilia lo antes posible. Los hombres que no fueran necesarios para la protección de Sicilia tenían que ir a Brundisium de inmediato, cruzar el Adriático hasta Epiro y esperar en Dyrrachium. Y tenían que llevarse con ellos al gobierno. Lelio heredó la tarea de encontrar una flota que zarpase

hacia Sicilia; Casio, insinuó Labieno, estaba muy ocupado despojando de su dinero a templos y ciudades.

Las noticias de lo que ocurría en Corfinio se iban filtrando con muchísima lentitud. Aunque la distancia entre Corfinio y Luceria era sólo cuestión de ciento cincuenta kilómetros, los despachos tardaban entre dos y cuatro días en llegar a Pompeyo. Lo cual significaba que cuando éste los recibía, la noticia ya era demasiado vieja para hacer algo al respecto.

Incluso el tremendo y temible Labieno no lograba mejorar la situación; los correos holgazaneaban todo el camino, se paraban a visitar a una tía ancíana, entraban en una taberna, se detenían para ligar con una mujer.

–La moral no existe -comentó Pompeyo con cansancio-. ¡Casi nadie cree en esta guerra! Y los que sí creen se niegan a tomarla en serio. Estoy paralizado, Labieno.

–Espera hasta que crucemos el Adriático -fue la respuesta de éste.

Aunque César llegó a Corfinio al día siguiente de los idus, pasaron tres días más antes de que Pompeyo lo supiera; para entonces César tenía la octava, la duodécima y la decimotercera legión consigo. Sulmona se rindió y Corfinio quedó impotente a causa del bloqueo. Con los labios apretados, Pompeyo volvió a enviar un mensaje a Enobarbo en el que le decía que a aquellas alturas era con mucho demasiado tarde para enviarle ayuda, que aquella situación había sido obra del propio Enobarbo y que tendría que salir de ella por sus propios medios.

Pero cuando la poco comprensiva respuesta de Pompeyo llegó hasta Enobarbo seis días después de que éste mandó un mensaje pidiendo ayuda, el comandante de Corfinio decidió huir en secreto durante la noche y dejar atrás a sus tropas y a sus legados. Desgraciadamente, aquella extraña conducta lo traicionó, pues en seguida fue apresado por Léntulo Spinther, que envió un mensaje a César en el que le preguntaba sobre sus condiciones. Con el resultado de que el día veintiuno de febrero Enobarbo, sus amiguetes y otros cincuenta senadores fueron entregados a César junto con treinta y una cohortes de soldados. Y seis millones de sestercios. Para César, una boni ficación muy bienvenida. Después requirió un juramento de lealtad hacia él por parte de los hombres de Enobarbo. También les pagó bien para el futuro. Serían más útiles, decidió, si los enviaba a asegurar Sicilia.

Por una vez el mensajero enviado a Pompeyo se dio prisa. Pompeyo reaccionó levantando el campamento de Luceria y marchando hacia Brundisium con las cincuenta cohortes que tenía. César lo perseguía de cerca; no habían pasado ni cinco horas de la rendición de Corfinio, y ya estaba de camino hacia el sur tras la estela de Pompeyo. El cual llegó a Brundisium el día veinticuatro de febrero y descubrió que solamente tenía transportes suficientes para llevar a treinta de las cincuenta cohortes que tenía hasta el otro lado del mar.

No obstante, la noticia más consternadora de todas, por lo que concernía a Pompeyo, fue la asombrosa clemencia que César tuvo en Corfinio. En lugar de llevar a cabo ejecuciones en masa, concedió perdones en masa. A Enobarbo, Acio Varo, Lucilio Hirro, Léntulo Spinther, Vibulio Rufo y los cincuenta senadores se les encomió por su valor al defender Italia y se les puso en libertad sin sufrir el menor daño. Lo único que César requirió de ellos fue su palabra de que dejarían de luchar contra él; si llegaban a tomar las armas contra él por segunda vez, les advirtió, quizá no se mostraría tan misericordioso.

Después de aquello Campania estaba tan abierta a César como lo estaba el norte. No quedaba nadie en Capua: ni tropas, ni cónsules ni senadores.

Todos se fueron a Brundisium, porque Pompeyo había abandonado la idea de enviar fuerzas a Sicilia. Todos habían de zarpar hacia Dyrrachium, en el oeste de Macedonia, a cierta distancia al norte de Epiro. Las arcas del Tesoro no se habían vaciado. Pero ¿acaso lo lamentaba Léntulo Crus?

¿Acaso se disculpaba por su estupidez? ¡No, de ninguna manera! Todavía estaba demasiado indignado porque Pompeyo se negó a aceptar a aquella legión de gladiadores.

Brundisium estaba toda ella a favor de César, lo cual hacía que la SitUación de Pompeyo allí fuera incómoda. Forzado a poner barricadas y a minar las calles del puerto de la Ciudad, también se vio obligado a gastar una gran cantidad de energías en asegurarse de que Brundisium no lo traicionase. Pero entre el segundo y el cuarto día de marzo logró enviar treinta cohortes en su flota de transporte, además de un cónsul, muchos otros magistrados gobernantes y los senadores. ¡Por lo menos se los quitaba de encima! Los únicos hombres que retuvo a su lado eran hombres con los que soportaba hablar.

César llegó a las puertas de BrUndisiUm antes de que los barcos vacíos hubieran regresado, y envió a SU legado galo Caninio Rebilo a la ciudad para ver a Escribonio Libón, el joven suegro de Cneo Pompeyo. La misión de Rebilo era convencer a Libón de que le dejase ver a Pompeyo, quien accedió a parlamentar pero luego no estuvo de acuerdo en nada más.

–En ausencia de los cónsules, Rebilo, no tengo poder para negociar nada -le dijo Pompeyo.

–Ruego tu perdón, Cneo Pompeyo, pero eso no es cierto -le dijo Rebilo firmemente-. Hay en vigor un senatus consultum ultimum y tú eres el comandante en jefe de acuerdo con las disposiciones del mismo. Tienes absoluta libertad para establecer condiciones en ausencia de los cónsules.

–¡Me niego hasta a pensar en la reconciliación con César! – le aseguró Pompeyo con brusquedad-. ¡Reconciliarse con César es lo mismo que echarse a sus pies como un perro servil!

–¿Estás seguro, Magno? – le preguntó Libón después de que Rebilo se fue-. Rebilo tiene razón, tú puedes establecer las condiciones.

–¡No estableceré condiciones! – gruñó Pompeyo, CUYOS sufrimientos con los cónsules y sus perros guardianes senatoriales habían acabado de momento, y se sentía mucho más fuerte y se estaba volviendo más duro-.

Manda a buscar a Metelo Escipión, a Cayo Casio, a mi hijo y a Vibulio Rufo.

Mientras Libón salía, Labieno miró a Pompeyo con aire pensativo.

–Te estás endureciendo rápidamente, Magno -le comentó.

–En efecto -aceptó Pompeyo ¡ablando entre dientes-. ¿Hubo alguna vez una jugada de la Fortuna peor para la República que Léntulo Crus como cónsul dominante en el año de la mayor crisis de la República? Marcelo el Joven podría no haber existido, era un inútil.

–Creo que Cayo Claudio Marcelo el Joven no comparte la devoción a la causa de los boni que su hermano y su primo sienten tan profundamente -

dijo Labieno-. Si no, ¿por qué ha estado enfermo desde que ocupa el cargo?

–Cierto. No debió sorprenderme que él se plantara y se negara a embarcar, Sin embargo, su deserción hizo que yo me determinase a embarcar al resto en la primera flota. Siempre, desde que llegó hasta ellos la noticia de la clemencia de César en Corfinio, han titubeado.

–César no hará proscripciones -le aseguró Labieno con convencimiento-. No forma parte de sus mejores intereses. Continuará

siendo clemente.

–Eso me parece a mí. ¡Aunque se equivoca, Labieno, se equivoca! Si yo gano esta guerra… ¡Cuando yo gane esta guerra…! Yo sí que voy a proscribir.

–Con tal de que no me proscribas a mí, Magno, proscribe todo lo que quieras.

Los hombres a quienes había mandado llamar llegaron y se acomodaron para escuchar.

–Escipión, he decidido enviarte directamente a Siria, tu provincia -le dijo Pompeyo a su suegro-. Allí exprime todo lo que puedas con tal de conseguir cuanto más dinero mejor. Después coge de allí a las veinte cohortes mejores, las formas en dos legiones y me las traes a Macedonia o a donde quiera que yo esté.

–Sí, Magno -aceptó Metelo Escipión obedientemente.

–Cneo, hijo mío, tú de momento vendrás conmigo, pero después te pediré que reúnas algunas flotas para mí, aunque no sé muy bien dónde.

Sospecho que mi mejor estrategia contra César será naval. En tierra siempre resultará un hombre peligroso, pero si podemos controlar los mares, César sufrirá las consecuencias. El Este me conoce bien, pero a César no lo conoce en absoluto. Al Este yo le caigo bien, así que me resultará bastante fácil conseguir las flotas. – Pompeyo miró a Casio, que había logrado reunir mil talentos en monedas y otros mil talentos en tesoros de los templos de Campania y en tesoros de las ciudades-. Cayo Casio, tú también vendrás conmigo de momento.

–Sí, Cneo Pompeyo -respondió Casio, que no estaba seguro de si aquella noticia le complacía o no.

–Vibulio, tú irás al oeste -le indicó el comandante en jefe-. Quiero que vayas a Hispania a ver a Afranio y a Petreyo. Varrón ya va de camino, pero en esta época del año tú puedes navegar. Diles a Afranio y a Petreyo que no han de ponerse en marcha, repito, no han de hacer marchar a mis legiones hacia el este. Tienen que esperar a César en Hispania, y sospecho que él intentará aplastar Hispania antes de seguirme a mí hacia el este. Mi ejército hispánico no tendrá problemas para derrotar a César. Son veteranos endurecidos al contrario que esa penosa colección que yo voy a llevarme a Dyrrachium.