Roma 05 - César
La Galia de los cabelleras largas.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
colocaron su tumba entre los héroes. Pero primero debo hacer todo lo que mi sangre y mi poder me exigen.
Las nubes se deslizaban con rapidez, pero la luna brillaba lo suficiente y los barcos permanecían juntos; el viento los empujaba tanto que las velas únicas de lona se veían tan hinchadas como una mujer cuando se acerca el momento de dar a luz, de modo que apenas eran necesarios los remos. La travesía duró seis horas, y el barco de César entró en el puerto Icio al amanecer, con la flota aún en formación detrás de él. Su suerte había vuelto.
Ni un solo hombre, animal o pieza de artillería se había convertido en sacrificio a Neptuno.
La Galia de los cabelleras largas.
(GALIA COMATA).
DESDE DICIEMBRE DEL 54 A.
J.C.
HASTA NOVIEMBRE DEL 53 A.
J.C.
OceanofPDF.com
–Con las ocho legiones en el puerto Icio, se nos acabará el grano antes de que termine el año -apuntó Tito Labieno-. Los comisionados no han tenido mucho tiempo para buscarlo. Hay cerdo salado de sobra, tocino, aceite, jarabe de remolacha dulce y fruta seca, pero las cosechas, desde el trigo hasta los garbanzos, son muy escasas.
–Y no podemos esperar que las tropas peleen bien si no tienen pan. –
César suspiró-. El problema de la sequía es que tiene la tendencia a azotar en todas partes a la vez. No puedo comprar y traer grano ni legumbres de las Hispanias ni de la Galia Cisalpina; ellos también están sufriendo la sequía. – Se encogió de hombros-. Bien, eso sólo nos deja una solución.
Repartir las legiones durante el invierno y hacer ofrendas para que el año que viene la cosecha sea buena.
–Es una lástima que la flota no quedase de una pieza -dijo Quinto Titurio Sabino sin el menor tacto-. Ya sé que nos hemos abrasado de calor allí, pero en Britania había una cosecha abundante. Habríamos podido traer mucho trigo con nosotros si hubiéramos tenido todos los barcos.
Los otros legados se sobrecogieron; conservar la flota a salvo de cualquier tipo de daño era responsabilidad de César, y aunque habían sido el viento, el mar y la marea los que habían frustrado los planes, no era prudente hacer en una reunión afirmaciones que César quizá pudiera interpretar como un reproche o una crítica. Pero Sabino tuvo suerte, probablemente porque César lo había considerado un chalado parlanchín desde el mismo momento en que se había presentado ante él para servir como militar. Recibió una mirada de desprecio, nada más.
–Una legión para guarnecer cada zona -continuó diciendo el general.
–Excepto en las tierras de los atrebates -sugirió con ansiedad Commio-.
Nosotros no hemos sufrido el azote tanto como la mayor parte de lugares.
Podemos alimentar a dos legiones si nos prestas a alguno de tus no combatientes para que nos ayuden a arar y a sembrar en primavera.
–Si vosotros -intervino Sabino con la voz cargada de ironía- los galos que estáis por encima de la condición de siervos no consideraseis indigno manejar un arado, no encontraríais tan difícil la agricultura a gran escala.
¿Por qué no ponéis a trabajar a alguno de esos grupos de druidas inútiles?
–En todo este tiempo no he visto nunca a un romano de primera clase detrás de un arado, Sabino -apuntó el general plácidamente; luego le dirigió una sonrisa a Commio-. ¡Muy bien! Eso significa que Samarobriva puede
servirnos de cuartel general de invierno este año. Pero no te daré a Sabino por compañía. Creo… que… Sabino puede ir a las tierras de los eburones y llevarse consigo a Cotta como comandante exactamente con el mismo mando que él. Este puede llevarse a la decimotercera e instalarse en el interior de Atuatuca. Está un poco más deteriorada, pero estoy seguro de que Sabino sabrá arreglarla.
Todas las cabezas se inclinaron de súbito, todas las manos saltaron para ocultar una sonrisa; César acababa de desterrar a Sabino al peor puesto de la Galia en compañía de un hombre al que detestaba y con un rango
«exactamente igual» al mando de una legión de reclutas novatos que casualmente llevaba un número calamitosamente desafortunado, el trece.
Un poco duro para el pobre Cotta (que era Aurunculeyo, no Aurelio), pero alguien tenía que cargar con Sabino, y todos, excepto el pobre Cotta, sintieron alivio al ver que César no los había escogido a ellos.
Desde luego la presencia del rey Commio ofendía a los hombres como Sabino, que no podía comprender por qué César invitaba a un galo, por muy obsequioso o digno de confianza que fuese, a tomar parte en un consejo.
Aunque sólo se tratase en él de asuntos de alimentos y puestos de destino.
Quizá si Commio hubiese sido una persona más simpática o atractiva se le habría tolerado mejor, pero por desgracia no lo era. Bastante bajo para ser un galo belga, tenía las facciones de la cara afiladas y sus modales resultaban extrañamente furtivos. El cabello de color arena lo llevaba tieso como una escoba, porque, como todos los guerreros galos, se lo lavaba con cal disuelta en agua y lo llevaba recogido en una especie de cola de caballo que salía disparada hacia arriba y hacía contraste con el vivo color escarlata de su chal a cuadros chillones. Los delegados de César, sin detenerse a relacionar lo que veían con el hecho de que era el rey de un poderoso y guerrero pueblo belga, lo menospreciaban como a esa clase de persona servil que siempre aparece allí donde están las personas importantes. Los belgas del noroeste no habían decidido prescindir de sus reyes para elegir vergobretos cada año, pero los reyes belgas podían ser desafiados por cualquier aristócrata de entre su pueblo; era una posición que se decidía por la fuerza, no por herencia. Y Commio llevaba mucho tiempo siendo rey de los atrebates.
–Trebonio -continuó diciendo César-, tú invernarás con la décima y la duodécima en Samarobriva y tendrás bajo tu custodia la impedimenta.
Marco Craso, tú, acamparás bastante cerca de Samarobriva, a unos cuarenta kilómetros de distancia, en la frontera entre los belovacos y los ambianos.
Llévate la octava. Favio, tú te quedarás aquí, en el puerto Icio, con la séptima. Quinto Cicerón, tú y la novena iréis al territorio de los nervios.
Roscio, tú puedes disfrutar de un poco de paz y tranquilidad: voy a enviarte a ti y a la quinta Alauda entre los esubios, sólo para hacerles saber a los celtas que no he olvidado que existen.
–Esperas que haya problemas entre los belgas -comentó Labieno frunciendo el ceño-. Estoy de acuerdo en que han estado demasiado tranquilos. ¿Quieres que vaya yo al territorio de los tréveres, como de costumbre?
–No hace falta que vayas tan lejos, hasta Treves. Entre los tréveres, pero cerca de los remos. Llévate a la caballería además de a la undécima legión.
–Entonces lo mejor será que me instale en el Mosa, cerca de Virodunum. Si la nieve no tiene tres metros de espesor, habrá pastos de sobra.
César se puso en pie, lo que era señal de que la reunión tocaba a su fin.
Había convocado a consejo a sus delegados en el momento en que llegaron a tierra, y eso significaba que quería que las ocho legiones que se encontraban acampadas en el puerto Icio se trasladaran a sus cuarteles de invierno inmediatamente. Aun así, todos los legados sabían ya que era Julia quien había muerto. Aquellos que, como Labieno, no habían ido a Britania, habían conocido la noticia por carta. Pero ninguno dijo ni una palabra.
–Te mostrarás agradable y afectuoso -le dijo Labieno a Trebonio mientras se alejaban caminando, y aparecieron aquellos grandes dientes de caballo-. ¡La estupidez de Sabino me asombra! Si hubiera tenido la boca cerrada, César se habría mostrado afectuoso. Imagínate, pasar el invierno allí arriba, cerca de la desembocadura del Mosa, con el viento aullando, el mar a punto de desbordarse, las montañas de roca, el terreno llano lleno de pantanos salados o marismas de turba, y los germanos olisqueándote el culo cuando no lo hagan los eburones o los nervios.
–Pueden ir al mar a por pescado, anguilas y huevos de los pájaros marinos.
–Gracias, nos basta con pescado de agua dulce y con los poííos que pueden criar mis sirvientes.
–César definitivamente cree que va a haber problemas.
–O bien es eso o es que está buscando una excusa para no tener que regresar a la Galia Cisalpina para pasar el invierno.
–¿Qué?
–¡Oh, Trebonio! ¡César no quiere enfrentarse a todos esos romanos!
Tendrá que aceptar condolencias desde Salona hasta Ocelum, y se pasará el invierno horrorizado sólo de pensar que podría venirse abajo.
Trebonio se detuvo, con el sobresalto reflejado en los ojos grises, más bien tristes.
–No sabía que tú lo comprendieras tan bien, Labieno.
–Llevo con él desde que vino a las tierras de los cabelleras largas.
–¡Pero los romanos no consideran poco varonil llorar!
–Ni él tampoco cuando era joven. Pero entonces no era César más que de nombre.
–¿Eh?
–Ahora ya no es un nombre -le dijo Labieno con rara paciencia-. Es un símbolo.
–¡Oh! – Trebonio comenzó a caminar de nuevo. Luego, de pronto, comentó-: ¡Echo mucho de menos a Décimo Bruto! Sabino no puede sustituirlo.
–Volverá. A todos os entra añoranza de Roma de vez en cuando.
–A ti no.
El legado senior de César lanzó un gruñido.
–Yo sé cuándo me va bien como estoy.
–Yo también. ¡Samarobriva! ¡Imagínate, Labieno! Viviré en una casa de verdad con calefacción en el suelo y una bañera.
–Sibarita -le dijo Labieno.
La correspondencia con el Senado era copiosa y tenía que ser atendida antes que cualquier otra cosa, lo que tuvo a César muy ocupado durante tres días. En el exterior de la casa de madera del general las legiones estaban siempre en movimiento, proceso que no originaba demasiada confusión ni ruido, de modo que el papeleo podía llevarse a cabo con toda tranquilidad.
Incluso el apático Cayo Trebacio se vio envuelto en el remolino, porque César tenía la costumbre de dictar tres cartas a la vez mientras se paseaba entre tres secretarios encorvados sobre las tablillas de cera; le dictaba a cada uno un par de oraciones rápidas antes de dirigirse al siguiente, sin mezclar nunca los temas ni las ideas. Era aquella sobrecogedora capacidad de
trabajo lo que había ganado el corazón de Trebacio. Resultaba difícil odiar a un hombre que podía tener tantas ollas hirviendo a la vez.
Pero al final había que atender las cartas personales, por muchos comunicados de Roma que llegasen cada día. Había mil trescientos kilómetros desde el puerto Icio a Roma por unos caminos que a menudo eran ríos en la Galia de los cabelleras largas, hasta que, muy al sur de la Provenza, empezaban las carreteras de vía Domitia y vía Emilia. César tenía un grupo de mensajeros que continuamente cabalgaban o navegaban entre Roma y dondequiera que él estuviese, y esperaba que recorrieran un mínimo de ochenta kilómetros al día. De ese modo recibía las últimas noticias de Roma en menos de dos nundinae y se aseguraba de que su alejamiento no tuviese el efecto de anular su influencia. La cual crecía cada vez más en proporción directa a su riqueza, siempre en aumento. Puede que Britania no le hubiese proporcionado mucho, pero la Galia de los cabelleras largas había dado montañas de beneficios.
César tenía un esclavo germano manumitido, Burgundo, al que había heredado de Cayo Mario a la muerte de éste cuando César contaba trece años. Había sido un legado afortunado; Burgundo había encajado de un modo indispensable en la adolescencia y en la edad adulta de César. Hasta hacia sólo un año, Burgundo había continuado con él, quien, viendo su avanzada edad, lo había retirado a Roma, donde se ocupaba de las tierras de César, y también de su madre y su esposa. Pertenecía a la tribu de los cimbros, y aunque era niño cuando Mario aniquiló a los cimbros y a los teutones, conocía perfectamente la historia de su pueblo. Según Burgundo, los tesoros tribales de los cimbros y de los teutones habían quedado al cuidado de sus parientes los atuatucos, con quienes habían permanecido durante el invierno antes de embarcarse en la invasión de Italia. Sólo seis mil de una horda de más de tres cuartos de millón de hombres, mujeres y niños, habían logrado regresar a las tierras de los atuatucos y allí los supervivientes de la masacre de Mario se habían asentado y habían acabado por convertirse en atuatucos más que cimbros. Y allí también habían permanecido los tesoros tribales de los cimbros y de los teutones.
Durante su segundo año en la Galia de los cabelleras largas, César había entrado en las tierras de los nervios, quienes luchaban a pie y vivían en las orillas del Mosa, debajo de las tierras de los eburones, hacia la cual se dirigía un consternado e infeliz Sabino y un todavía más consternado e
infeliz Lucio Aurunculeyo Cotta al mando de la decimotercera legión. Se había librado una batalla, aquélla famosa durante la cual los nervios prefirieron permanecer en el campo de batalla para morir antes que vivir como hombres derrotados; pero César había sido misericordioso y había permitido que las mujeres, los niños y los ancianos regresasen a sus casas sin que nadie los molestase.
Los atuatucos eran el pueblo que venía a continuación después de los nervios siguiendo el curso ascendente del Mosa. Aunque el propio César había sufrido pérdidas importantes, era capaz de continuar en campaña, de modo que avanzó luchando contra los atuatucos. Estos se retiraron a su oppidum en Atuatuca, una fortaleza situada sobre una colina desde la que se divisaba el imponente bosque de las Ardenas. César había asediado y tomado Atuatuca, pero a los atuatucos no les fue tan bien como les había ido a los nervios. A causa de que le habían mentido y habían intentado traicionarle, César concentró a toda la tribu en un campo cerca de la arrasada oppidum, convocó a los tratantes de esclavos, que siempre acechaban entre la caravana que llevaba la impedimenta romana, y vendió la tribu entera en un solo lote al mejor postor. Cincuenta y tres mil atuatucos habían ido en bloque a la subasta, una doble fila al parecer interminable de personas abrumadas, llorosas y desposeídas a las que se había conducido a través de las tierras de las otras tribus todo el trayecto hasta el mercado de esclavos de Masilia, donde fueron divididos, escogidos y vendidos de nuevo.
Había sido una jugada astuta. Las otras tribus habían estado todas al borde de la revuelta, incapaces de creer que los nervios y los atuatucos, que en conjunto eran muchos millares, no hubieran aniquilado a los romanos.
Pero la doble fila de cautivos narraba una historia diferente, y la revuelta nunca llegó a producirse. La Galia de los cabelleras largas empezó a preguntarse quiénes eran aquellos romanos, cuyos diminutos ejércitos de tropas espléndidamente equipadas se comportaban como si fueran un solo hombre, y no caían sobre el enemigo en masa ululante e indisciplinada ni se esforzaban en entrar en un combate frenético capaz de hacerles atravesar cualquier cosa. Se les había temido durante generaciones, pero en realidad no se les conocía; hasta César no eran más que cocos para asustar a los niños.
Dentro de la oppidum de los atuatucos César encontró los tesoros tribales de los cimbros y los teutones, los montones de objetos y lingotes de oro que habían llevado consigo siglos atrás cuando emigraron de las tierras de los escitas, ricas en oro, esmeraldas y zafiros, y que luego habían dejado en Atuatuca. El general tenía derecho a quedarse con todos los beneficios de la venta de esclavos, pero el botín pertenecía al Tesoro y a cada escalón del ejército, desde el comandante en jefe hasta los soldados rasos. Aun así, cuando se hubieron hecho los inventarios y la gran caravana de carretas que transportaban el botín iba de camino hacia Roma bajo una fuerte vigilancia para almacenarlo hasta el día en que el general hiciese su desfile triunfal, César comprendió que sus preocupaciones económicas se habían acabado de por vida. La venta de la tribu de los atuatucos como esclavos le había proporcionado un beneficio neto de dos mil talentos, y la parte del botín que le correspondía le daría todavía más que eso. Sus soldados rasos se convertirían en hombres ricos, y sus legados estarían en condiciones de comprar su camino hacia el consulado.
Y eso había sido sólo el principio. Los galos extraían plata de las minas y lavaban y cribaban el oro aluvial en los ríos que descendían desde el macizo Cebenna. Eran artesanos consumados y herreros inteligentes; incluso un montón de ruedas de hierro o barriles bien curvados, una vez confiscados, representaban dinero. Y cada sestercio que César enviaba a Roma incrementaba su valía y su posición pública: su dignitas.
El dolor de la pérdida de Julia nunca desaparecería, y César no era Craso. Para él el dinero no era un fin en sí mismo; sólo era un medio para afianzar su dignitas, una comodidad sin vida que aquellos años en que estuvo espantosamente endeudado mientras trepaba por la escalera de las magistraturas le habían enseñado que era de importancia primordial en el esquema de las cosas. Cualquier cosa que afianzase su dignitas contribuiría a la dignitas de su hija muerta. Lo que era un consuelo. Los esfuerzos de César y el propio instinto de su hija para inspirar amor harían posible que a ésta se la recordara por sí misma, no porque hubiera sido la hija de César y la esposa de Pompeyo el Grande. Y cuando César regresase a Roma triunfante, celebraría los juegos funerarios que el Senado le había denegado a su hija. Aunque, como él en una ocasión les había dicho a los padres conscriptos reunidos para tratar de otro tema, tuviera que aplastarles los genitales con la bota para conseguir llevar a cabo su propósito.
Había muchas cartas. Algunas estaban dedicadas principalmente a los negocios, como ocurría con las que le enviaba su partidario más leal, Balbo el hispano, banquero de Gades, y Cayo Opio, el banquero romano. Su actual riqueza también había capturado en sus redes a un mago de las finanzas todavía más astuto, Cayo Rabirio Póstumo, al cual el rey Ptolomeo Auletes y sus secuaces de Alejandría, en agradecimiento por reorganizar las ruinas en que se había convertido el sistema de contabilidad pública egipcio, habían despojado de sus vestiduras y lo habían metido a empujones y sin un sestercio dentro de un barco con destino a Roma. Había sido César quien le había prestado el dinero para empezar de nuevo. Y quien había hecho el voto de que algún día cobraría el dinero que Egipto le debía a Rabirio Póstumo…, él en persona.
Había cartas de Cicerón, que graznaba y cloqueaba sin parar acerca del bienestar de su hermano menor, Quinto. Con un cálido sentimiento por la pérdida de César, pues Cicerón era, a pesar de su vanagloriosa pose y su engreimiento, un hombre auténticamente bondadoso y cariñoso.
¡Ah! ¡Un rollo de Bruto! El año siguiente Bruto cumpliría treinta años, y por lo tanto estaba a punto de entrar en el Senado como cuestor. César le había escrito justo antes de partir para Britania y le había pedido que se uniera a su equipo como cuestor suyo solicitado personalmente por él. El hijo mayor de Craso, Publio, había sido cuestor con César durante varios años, y aquel año tenía al hermano menor de Publio, Marco Craso, teóricamente desempeñando esa función. Una pareja de muchachos maravillosos, si no fuera porque los principales deberes de un cuestor eran dirigir las finanzas. César había dado por sentado que los hijos de Craso tendrían, con toda probabilidad, cierto talento para la contabilidad, pero había resultado no ser así. Eran fantásticos guiando a las legiones, pero no sabían sumar dos y dos. Mientras que Bruto era un plutócrata vestido con ropa senatorial pero tenía verdadero ingenio para hacer dinero y para manejarlo. En aquellos momentos el gordo Trebacio estaba haciendo el trabajo de los números en vez de Marco Craso, pero, hablando estrictamente, aquél no era su trabajo.
Bruto… Incluso después de tanto tiempo, César seguía experimentando un rescoldo de culpa cada vez que aquel nombre le pasaba por la cabeza.
Bruto había amado muchísimo a Julia y esperó pacientemente durante más de diez años de compromiso matrimonial a que ella creciera hasta alcanzar
la edad apropiada para contraer matrimonio. Pero luego un verdadero don de los dioses fue a parar al regazo de César: Julia se enamoró locamente de Pompeyo el Grande, y éste de ella. Lo cual significaba que César podía atar a Pompeyo a su causa con la más delicada y sedosa de las cuerdas, su propia hija. Así que rompió el compromiso de su hija con Bruto, a quien en aquellos días se conocía por el nombre adoptado de Servilio Cepión, y la casó con Pompeyo. Fue una situación difícil que destrozó y dejó hecho añicos el corazón de Bruto. La madre de éste, Servilia, había sido la amante de César durante años, y mantenerla suave después de aquel insulto le costó una perla valorada en seis millones de sestercios.
Agradezco tu ofrecimiento, César. Ha sido muy amable por tu parte pensar en míy acordarte de que este año he de presentarme a las elecciones de cuestor. Por desgracia todavía no estoy seguro de que vaya a salir elegido, pues las elecciones aún no se han celebrado. Esperamos saberlo en diciembre, que es cuando dicen que el pueblo en sus tribus elegirá a los cuestores y a los tribunos de los soldados. Pero dudo de que se celebren elecciones para magistrados superiores. Memmio se niega renunciar a su candidatura al consulado, y mi tío Catón ha jurado que hasta que Memmio no renuncie, no permitirá que se celebren elecciones curules. Por cierto, no hagas caso de esos rumores difamatorios que circulan acerca del divorcio de Marcia y mi tío Catón. A mi tío Catón no se le puede comprar.
Voy a ir a Cilicia como cuestor requerido personalmente por el nuevo gobernador para el próximo año, Apio Claudio Pulcher. Ahora es mi suegro. Me he casado con Claudia, su hija mayor, hace un mes. Una chica muy agradable.
Una vez más, gracias por tu amable ofrecimiento. Mi madre se encuentra bien. Tengo entendido que va a escribirte ella personalmente.
¡Chúpate esa! César dejó la hoja de papel enrollada y parpadeó, no por las lágrimas, sino por la sorpresa.
Durante seis largos años Bruto no se ha casado. Se muere mi hija y él se casa al cabo de unas nundinae. Al parecer albergaba esperanzas. La esperaba, seguro de que Julia se cansaría de estar casada con un hombre mayor sin ninguna cualidad más que la fama militar y el dinero. Sin linaje, sin antepasados dignos de mención. Me pregunto cuánto tiempo habría esperado Bruto. Pero Julia había encontrado a su verdadero compañero en Pompeyo Magno, y éste nunca se habría cansado de ella. Siempre me he
sentido enojado conmigo mismo por herir a Bruto, aunque no supe cuánto significaba Julia para él hasta que ya había deshecho el compromiso. Pero había que hacerlo, no importa quién resultase herido o cuánto sufriera. La dama Fortuna me dotó con una hija hermosa y lo bastante enérgica como para cautivar al único hombre que yo necesitaba desesperadamente. Pero
¿cómo puedo retener ahora a mi lado a Pompeyo Magno?
Igual que Bruto, Servilia le escribió una sola vez, lo que contrastaba con, por ejemplo, las catorce epopeyas separadas de Cicerón. Y tampoco era larga la carta. Resultó extraña, sin embargo, la sensación que César experimentó al tocar el papel que ella había tocado. Como si hubiera estado empapado de algún veneno destinado a ser absorbido a través de la punta de los dedos. Cerró los ojos y trató de recordarla, el aspecto y el sabor, aquella pasión fisica, inteligente y destructiva. ¿Qué sentiría él al volver a verla?
Habían pasado casi cinco años. Servilia ya tendría cincuenta, mientras que él tenía cuarenta y seis, pero probablemente seguiría siendo una mujer extremadamente atractiva. Servilia se cuidaba y conservaba el cabello tan oscuro como su corazón. Porque no era César el responsable del desastre en que se había convertido Bruto; la culpa de lo de Bruto había que achacarla a su madre.
Imagino que ya habrás visto la negativa de Bruto. Todo siempre en orden, así es como haces tú las cosas, los hombres primero. Por lo menos tengo una nuera patricia, aunque no me resulta fácil compartir mi casa con otra mujer que no es de mi propia sangre y por ello no está acostumbrada a mi autoridad, a mi modo de hacer las cosas. Afortunadamente para la paz doméstica, Claudia es un ratón. Me imagino que Julia no lo hubiera sido, a pesar de todo su aire de fragilidad. Es una pena que careciera de tu acero.
Por eso ha muerto, sin duda.
Bruto escogió a Claudia por esposa por un único motivo. Este picentino advenedizo que es Pompeyo Magno estaba regateando con Apio Claudio para conseguir a la muchacha para su propio hijo, Cneo. El cual podría ser medio Mucio Escévola, pero no se le nota ni en la cara ni en el carácter.
Es igual que Pompeyo Magno pero sin su mente. Probablemente le arranque las alas a las moscas. A Bruto le resultó atractiva la idea de quitarle la novia al hombre que le había quitado la novia a él. Yasí lo hizo.
Pues Apio Claudio no es César. Es un cónsul de pacotilla y sin duda desde el año próximo será un gobernador particularmente venal para la pobre
Cilicia. Sopesó el tamaño de la fortuna de mi Bruto y su impecable linaje y la influencia de Pompeyo Magno y el hecho de que el hijo más joven de éste, Sexto, es el único que probablemente llegará lejos, y la balanza se inclinó en favor de Bruto. Tras lo cual Pompeyo Magno tuvo una de sus famosas rabietas. ¿Cómo se las arreglaba Julia para manejarlo? Sus bramidos y chillidos se oyeron en toda Roma. Entonces Apio hizo una cosa muy inteligente. Le ofreció a Pompeyo su hija siguiente, Claudilla, para Cneo. Ni siquiera tiene diecisiete años, pero los Pompeyos nunca han tenido aversión a sacar a las niñas de la cuna. Así que todo el mundo acabó contento. Apio consiguió dos yernos que son tan valiosos como el Tesoro, dos horriblemente feas y descoloridas muchachas consiguieron maridos eminentes y Bruto ganó su pequeña guerra contra el primer hombre de Roma.
Se marcha a Cilicia con su suegro, confían en que será este mismo año, aunque el Senado no hace más que poner dificultades en lo de concederle a Apio Claudio permiso para marcharse pronto a su provincia. Apio respondió informando a los padres conscriptos de que se iría sin una lex curiata si era necesario, pero que se iría. La decisión definitiva no se ha tomado aún, aunque mi asqueroso hermanastro Catón anda por ahí gimoteando acerca de los privilegios especiales que se están extendiendo a los patricios. Ahí no me hiciste ningún favor, César, cuando a mi hijo le quitaste a Julia. Desde entonces Bruto y su tío Catón han sido como uña y carne. No soporto el modo en que Catón se jacta de mí porque últimamente mi hijo le hace más caso a él que a mí.
Menudo hipócrita es Catón. Siempre parloteando acerca de la República, la mos maiorum y la degeneración de la antigua clase dirigente, aunque él siempre encuentra motivo para querer una ley de derechos. Lo más hermoso es tener una filosofía, me parece a mí; ello capacita al que la posee para encontrar circunstancias atenuantes a su propia conducta en todas las situaciones. Mira lo de su divorcio de Marcia. Dicen que todo hombre tiene un precio. Yo creo que así es. También creo que el viejo Hortensio, que está senil, desembolsó justo el precio de Catón. En cuanto a Filipo… bueno, es epicúreo, y el precio del placer infinito resulta muy alto.
Hablando de Filipo, cené en su casa hace unos días. Suerte que tu sobrina, Acia, no es una mujer fácil. Su hijastro, el joven Filipo, un tipo guapo y bien plantado, la estuvo mirando durante toda la cena igual que un
toro contempla a la vaca que hay al otro lado de la valla. Oh, la muchacha se daba cuenta, pero fingía que no. No creo que ella le dé pie. Sólo espero que Filipo no se dé cuenta. De lo contrario el acogedor nido que Acia se ha buscado acabará en llamas. Cuando hubo acabado la cena sacó al único ocupante de sus afectos para que yo lo viera. Se trata de su hijo, Cayo Octavio. Debe de ser tu sobrino nieto. Tiene exactamente nueve años, pues aquel día era su cumpleaños. Un niño asombroso, tengo que admitirlo.
¡Oh, si mi Bruto hubiese sido así de guapo, Julia nunca hubiera consentido en casarse con Pompeyo Magno! La belleza del niño casi me dejó sin respiración. ¡Y era tan juliano! Si dijeras que era hijo tuyo, todo el mundo lo creería. No es que se parezca mucho a ti en todas las facciones, sólo que tiene… no sé cómo describirlo. Hay algo de ti en él. Más en su interior que en el exterior. Me complació, sin embargo, comprobar que el pequeño Cayo Octavio no es completamente perfecto. Tiene las orejas salientes. Le dije a Acia que le dejara el pelo más largo.
Y eso es todo. No pienso ofrecerte mis condolencias por la muerte de Julia. No pueden hacerse bien los niños con hombres de condición inferior.
Dos intentos, ninguno de ellos con éxito, y el segundo le costó la vida. Tú se la diste a ese paleto de Piceno en vez de dársela a un hombre cuya cuna era igual a la de ella. Así que caiga ello sobre tu cabeza.
Puede que todos aquellos años de vitriolo le sirviesen de blindaje a César en aquel momento. Dejó la carta de Servilia y se levantó para lavarse las manos a causa del contacto con el papel.
Creo que la odio más a ella de lo que odio a su aborrecible hermanastro Catón. Es la mujer más despiadada, cruel y rencorosa que he conocido.
Julia dijo que era una serpiente; recuerdo bien aquel día. Fue una descripción certera. Ese pobre hijo suyo, patético y sin carácter, es ahora un pobre hombre patético y sin carácter. Con la cara destrozada por las llagas ulceradas y el espíritu roto por esa otra enorme llaga ulcerada que es Servilia. Bruto no ha rechazado ser cuestor conmigo por cuestión de principios, ni a causa de Julia ni de la oposición de su tío Catón; le gusta demasiado el dinero y mis legados hacen mucho dinero. No, Bruto declinó el ofrecimiento porque no quería ir a una provincia atormentada por la guerra. Hacerlo podía exponerlo a tener que participar en una batalla. Y
Cilicia está en paz. Bruto puede andar por allí sin hacer nada de particular, y
prestar dinero ilegalmente a los provincianos sin que una lanza o una flecha voladora se acerque a él más que el río Eufrates.
Dos cartas más y luego terminaría por aquel día y les ordenaría a sus criados que le hicieran el equipajé. Era hora de trasladarse a Samarobriva.
¡Acaba ya de una vez, César! Lee la de tu esposa y la de tu madre. Ellas te harán más daño con sus palabras amorosas de lo que nunca podría hacerte el salvajismo de Servilia.
Así que se sentó de nuevo en el silencio de su habitación privada y, sin que nadie lo mirase, puso la carta de su madre sobre la mesa y abrió la de su esposa Calpurnia, a la cual apenas conocía. Sólo había pasado unos cuantos meses en Roma con una muchacha inmadura, más bien tímida, que había apreciado el gatito color naranja que él le había regalado tanto como Servilia la perla de seis millones de sestercios.
César, todos dicen que me corresponde a mí escribirte y darte esta noticia. Oh, ojalá no fuera así. No tengo ni la sabiduría ni los años para adivinar cómo abordar esto del mejor modo, así que, por favor, perdóname si en mi ignorancia te hago las cosas aún más difíciles de soportar de lo que yo sé que serán de todos modos.
Cuando murió Julia, el corazón de tu madre se partió. Aurelia era como una madre para Julia, ella la crió. Y estaba tan encantada con el matrimonio de tu hija; qué feliz era, qué vida tan bonita tenía.
Nosotros aquí, en la domus publica, llevamos una existencia muy protegida, que es lo apropiado en la casa de las vírgenes vestales. Aunque moramos en mitad del Foro, la excitación y los acontecimientos apenas llegan a rozarnos. Es lo que hemos preferido Aurelia y yo: un enclave dulce y apacible de mujeres libres de escándalo, así como de toda sospecha o reproche. Pero Julia, que nos visitaba a menudo cuando estaba en Roma, traía consigo un soplo del ancho mundo. Cotilleos, risas, pequeñas bromas.
Cuando ella murió, a tu madre se le partió el corazón. Yo estaba allí, cerca del lecho de Julia, y vi cómo tu madre se comportaba con gran entereza, tanto por Pompeyo como por Julia. ¡Qué buena era! Qué sensata en todo lo que decía. Sonreía siempre que le parecía que era necesario. Y
estuvo dándole una mano a Julia mientras Pompeyo le cogía la otra. Fue ella quien echó a los médicos cuando comprendió que nada ni nadie podría salvar a Julia. Y también fue ella quien nos proporcionó paz e intimidad a todos durante las horas restantes. Y cuando Julia se hubo ido, tu madre le
cedió su lugar a Pompeyo, lo dejó a solas con Julia. Me sacó a mí de la habitación y me llevó a casa, a la domus pública Como tú sabes, no hay mucha distancia a pie. No dijo ni una palabra. Luego, cuando entramos por la puerta, soltó un grito terrible y empezó a aullar. No puedo decir que llorase. Se puso a aullar y cayó de rodillas derramando lágrimas a mares mientras se golpeaba el pecho y se tiraba de los cabellos. Aullando sin parar y arañándose la cara y el cuello hasta hacerse sangre. Las vestales adultas vinieron corriendo, y allí estuvimos todas llorando, tratando de calmarla, pero incapaces de dejar de llorar. Creo que al final todas caímos al suelo con tu madre Aurelia, la rodeamos con nuestros brazos y nos abrazamos entre nosotras, y nos quedamos allí casi toda la noche. Mientras tanto Aurelia aullaba presa de la más terrible y espantosa desesperación.
Pero por fin acabó. Por la mañana fue capaz de vestirse y volver a casa de Pompeyo para ayudarle a ocuparse de todo lo que había que hacer. Y
luego murió el pobre bebé, pero Pompeyo se negó a verlo o a besarlo, así que fue Aurelia quien organizó el diminuto funeral. Lo enterraron aquel mismo día, y Aurelia, las vestales adultas y yo fuimos las únicas asistentes al duelo. El niño no tenía nombre, y ninguna de nosotras sabíamos cuál es el tercer praenomen entre esa rama de los Pompeyos. Sólo conocíamos los nombres de Cneo y Sexto, y ambos estaban ocupados. Así que nos decidimos por Quinto, sonaba bien. Su tumba dirá Quinto Pompeyo Magno. Hasta entonces tengo yo sus cenizas. Mi padre se está ocupando de la tumba porque Pompeyo no quiere hacerlo.
No creo que haya necesidad de contarte nada del funeral de Julia porque estoy segura de que Pompeyo te lo habrá dicho por carta.
Pero el corazón de tu madre se había roto. Ya no estaba con nosotros, sólo iba a la deriva. Ya sabes lo enérgica y marcial que era en sus andares, y sin embargo de repente sólo deambulaba sin rumbo. ¡Oh, fue horrible! No importa a cuál de nosotros viera, a la lavandera, a Eutico, a Burgundo, a Cardixa, a una vestal o a mí, Aurelia se paraba, nos miraba y preguntaba:
«¿Por qué no he sido yo? ¿Por qué tenía que ser ella? ¡Yo no le sirvo a nadie! ¿Por qué no he podido ser yo?» Y nosotros ¿qué podíamos responderle? ¿Cómo podíamos hacer para no llorar? Entonces tu madre se ponía a aullar y volvía a repetir: «¿Por qué no podía haber sido yo?»
Así continuó durante dos meses, pero sólo delante de nosotros. Cuando venía alguien de visita a darnos el pésame, se controlaba y se comportaba
tal como se esperaba que hiciese. Aunque su aspecto impresionaba a todos.
Luego se encerró en su habitación y se sentó en el suelo, donde se puso a balancearse adelante y atrás sin dejar de tararear. A veces daba un grito bestial y empezaba de nuevo a dar alaridos. Tuvimos que lavarla y cambiarle la ropa, e intentamos con ahínco convencerla para que se metiera en la cama, pero no quería. Tampoco quería comer. Burgundo le tapaba la nariz mientras Cardixa le metía por la garganta vino mezclado con agua, pero eso fue todo lo que pudimos hacer. La mera idea de sujetarla y darle de comer a la fuerza nos ponía enfermos a todos.
Celebramos una reunión Burgundo, Cardixa, Eutico, las vestales y yo, y decidimos que tú no querrías que la alimentásemos a la fuerza. Si hemos errado, te suplicamos por favor que nos perdones. Lo que hicimos se hizo con la mejor de las intenciones.
Esta mañana ha muerto. No fue difícil, no tuvo una gran agonía.
Popilia, la jefa de las vestales, dice que ha sido una bendición. Hacía muchos días que no tenía ningún trato sensato con nosotros, aunque justo antes del final recuperó sus facultades y comenzó a hablar con lucidez. La mayor parte de lo que dijo fue acerca de Julia. Nos pidió a todos nosotros, pues las vestales adultas también estaban presentes, que ofreciéramos sacrificios por Julia a Magna Mater, a Juno Sospita y a la Bona Dea. Bona Dea parecía preocuparla terriblemente e insistió en que prometiéramos acordarnos de ella. Tuve que jurarle que yo le daría a Bona Dea huevos de serpiente y leche durante todo el año, todos los años. Parecía que Aurelia creía que de lo contrario algún horrible desastre caería sobre ti. No pronunció tu nombre hasta justo antes de morir. Lo último que dijo fue:
«Decidle a César que todo esto será para su mayor gloria.» Luego cerró los ojos y dejó de respirar.
No hay nada más. Mi padre se está ocupando del funeral, y te va a escribir, naturalmente. Pero ha insistido en que fuera yo quien te lo contase. Lo siento muchísimo. Echaré de menos a Aurelia con cada latido de mi corazón.
Por favor, cuídate, César. Sé que esto será un gran golpe para ti al estar tan cerca de lo de Julia. Ojalá yo comprendiera por qué suceden estas cosas, pero no lo comprendo. Aunque, de algún modo, sé qué significaba el último mensaje que te envió. Los dioses torturan a aquellos que más aman.
Todo sea para mayor gloria tuya.
Tampoco derramó lágrimas ante aquella noticia.
Quizá ya sabía cómo había de terminar aquello. ¿Seguir viviendo mater sin Julia? No era posible. Oh, ¿por qué las mujeres han de sufrir un dolor tan insoportable? Ellas no son las que gobiernan el mundo, no tienen culpa.
Por lo tanto, ¿por qué han de sufrir?
Sus vidas son tan encerradas, tan centradas en torno al hogar. Sus hijos, su hogar y sus hombres, por ese orden. Así es su naturaleza. Y nada es más cruel para ellas que sobrevivir a sus hijos. Esa parte de mi vida está cerrada para siempre. No volveré a abrir esa puerta. No me queda nadie que me quiera como una mujer ama a su hijo o a su padre, y mi pobre y pequeña esposa es una desconocida que ama más a sus gatos que a mí. ¿Por qué no iba a ser así? Ellos le han hecho compañía, le han dado algo parecido al amor. Mientras que yo nunca estoy allí. Yo no sé nada del amor, excepto que hay que ganárselo. Y aunque estoy completamente vacío, siento crecer en mí la fuerza. Esto no me derrotará. Me ha liberado. Cualquier cosa que tenga que hacer, la haré. No queda nadie que me diga que no puedo hacerlo.
Reunió tres rollos: el de Servilia, el de Calpurnia y el de Aurelia.
Los detritus de tantos hombres levantando sus raíces y trasladándose producían muchas hogueras, de lo cual César se alegró. El carbón encendido que necesitaba lo encontró por casualidad pues las hogueras eran raras en el tiempo caluroso. Siempre estaba la llama eterna, pero le pertenecía a Vesta y quitársela para emplearla en propósitos corrientes requería ritual y plegarias. César era el pontífice máximo, no profanaría ese misterio.
Pero, como en el caso de la carta de Pompeyo, encontró fuego a mano, arrojó a él la carta de Servilia y la miró con sarcasmo mientras ardía. Luego la de Calpurnia, mientras mantenía el rostro impasible. La última en desfilar fue la de Aurelia, sin abrir siquiera, pero César no titubeó. Cualquier cosa que le dijera cuando quiera que la hubiese escrito, ya no importaba.
Rodeado de pavesas que flotaban en el aire, César tiró de los pliegues de la toga bordeada de púrpura hasta sacársela por la cabeza y pronunció las palabras de purificación.
Había ciento treinta kilómetros de marcha fácil desde el puerto Icio hasta Samarobriva: el primer día fueron por un sendero surcado de roderas de carro a través de densos bosques de roble, el segundo en medio de extensos claros donde el suelo había sido removido para la siembra o ricas
hierbas alimentaban a desnudas ovejas galas y ganado vacuno. Trebonio había partido con la duodécima legión mucho antes que César, que fue el último en partir. Fabio, a quien habían dejado atrás con la séptima, ya había desmantelado las defensas de un campamento lo bastante grande como para contener ocho legiones y había vuelto a levantarlas alrededor de un campamento en el que cabía cómodamente una legión. Satisfecho de que aquel puesto avanzado estuviera en buenas condiciones para resistir ataques, César cogió la décima legión y se dirigió a Samarobriva.
La décima era su legión favorita, con la que le gustaba trabajar personalmente, y aunque su número no era el más bajo, era la primera legión de la Galia Transalpina. Cuando César salió corriendo desde Roma en aquel mes de marzo de hacía casi cinco años, y recorrió los mil cien kilómetros en ocho días y se abrió camino peleando a lo largo de un paso tan estrecho como un camino de cabras a través de los elevados Alpes, fue la décima legión la que encontró con Pomptino en Ginebra. Para cuando llegaron la quinta alauda y la séptima, después de recorrer el largo camino bajo el mando de Labieno, César y la décima ya se habían conocido bien.
Como era típico, no a través de la batalla. El chiste sobre César que más se contaba en el ejército era que por cada batalla en la que uno peleaba, César le habría hecho llenar a paladas diez mil carretas de carga de piedras y de tierra. Tal había sido el caso de Ginebra, donde la décima (con la que después se habían reunido la quinta alauda y la séptima) habían cavado un muro de cinco metros de altura y de treinta kilómetros de largo para contener fuera de la Provenza a los helvecios que emigraban. Las batallas, decía el ejército, eran las recompensas de César por todo aquel trabajo con la pala, por construir, por transportar troncos y por sudar tinta trabajando.
Tareas que ninguna legión había hecho más que la décima, ni había peleado más valiente e inteligentemente en las batallas, bastante infrecuentes. César nunca peleaba a menos que tuviera que hacerlo.
Incluso había evidencias del trabajo del ejército mientras la larga y disciplinada columna de la décima legión movía los pies al unísono y cantaba sus canciones de marcha al atravesar la tierra de los morinos, alrededor del puerto Icio. Porque la carretera surcada de roderas de carro que avanzaba a través de los bosques de robles ya estaba fortificada; a cada lado del camino, a unos cien pasos, se alzaba una gran muralla de robles caídos, y esos cien pasos estaban moteados con los tocones. Dos años antes,
César había guiado a unas cuantas cohortes, más de tres legiones, contra los morinos a fin de que pavimentaran el camino para la expedición que había proyectado hacer a Britania. Pero aunque había enviado heraldos para pedir un tratado, los morinos no habían enviado embajadores.
Lo cogieron en mitad de la construcción de un campamento, y César estuvo a punto de ser derrotado. Si ellos hubieran tenido mejor general, la guerra de las Galias de los cabelleras largas quizá hubiera terminado allí y entonces, con César y sus tropas muertos. Pero antes de asestar el golpe definitivo (como César ciertamente hubiera hecho), los morinos se retiraron a sus bosques de robles.Y cuando César acabó de recoger los pedazos y de quemar a sus muertos, estaba furiosamente enfadado de ese modo frío y desapasionado que había hecho propio de él. ¿Cómo enseñarles a los morinos que César ganaría? ¿Que cada vida que él había perdido la haría pagar con terribles sufrimientos?
Decidió no retirarse. En vez de ello seguiría adelante y recorrería todo el trayecto que faltaba hasta las marismas saladas de la línea costera de los morinos. Pero no lo haría avanzando un estrecho sendero con los viejísimos robles sobre él, lo que constituía un perfecto refugio para las hordas belgas.
No, guiaría a sus tropas por una carretera ancha con la seguridad que da la plena luz del sol.
–¡Los morinos son druidas, muchachos! – les gritó a sus soldados reunidos en asamblea-. ¡Ellos creen que cada árbol tiene animus, espíritu, alma! ¿Y qué espíritu de árbol es el más sagrado? ¡ Nemer! ¡El roble! ¿Qué árbol forma los bosquecillos que son sus templos, los memeton? ¡ Nemer!
¡El roble! ¿A qué árbol trepa el alto sacerdote druida vestido de blanco y bajo la luna para recoger el muérdago con su hoz de oro? ¡A nemer! ¡Al roble! ¿De las ramas de qué árbol cuelgan los esqueletos chocando entre sí movidos por la brisa como sacrificios a Esus, su dios de la guerra? ¡De nemer! ¡Del roble! ¿Bajo qué árbol instala el druida el altar con su víctima humana tendida boca abajo, y le parte el espinazo con una espada para interpretar el futuro a través de sus esfuerzos? ¡Bajo nemer! ¡Bajo el roble!
¿Qué árbol es testigo cuando los druidas construyen sus jaulas de mimbre, las llenan de hombres a los que han hecho prisioneros y los queman en honor de Taranis, su dios del trueno? ¡ Nemer! ¡El roble!
Hizo una pausa, empinado sobre el caballo de guerra con la punta de los pies, mientras el vivo color escarlata de su capa de general le caía en
ordenados pliegues por encima de las piernas y sonreía radiante. Las tropas, que estaban extenuadas, le devolvieron la sonrisa, notando que el vigor empezaba a correrles de nuevo por los músculos.
–¿Es que nosotros los romanos creemos que los árboles tienen espíritu?
¿Lo creemos?
–¡No! – clamaron los soldados.
–¿Es que creemos en la sabiduría del roble y en su magia?
–¡No!
–¿Creemos en los sacrificios humanos?
–¡No!
–¿Nos gusta esta gente?
–¡No!
–¡Pues acabaremos con sus mentes y con su voluntad de vivir demostrándoles que Roma es mucho más poderosa que el más poderoso de los robles! ¡Que Roma es eterna, pero que el roble no lo es! ¡Liberaremos los espíritus de los árboles y los enviaremos a que ronden sin parar a los morinos hasta el fin de los tiempos y de los hombres!
–¡Sí! – gritaron los soldados.
–Entonces, ¡manos a las hachas!
Kilómetro tras kilómetro a través del bosque de robles, César y sus hombres fueron empujando a los morinos hacia atrás hasta sus pantanos; a medida que avanzaban talaban los robles en una ringlera de trescientos metros de anchura, y amontonaban los troncos y las ramas podadas formando una gran muralla a cada flanco mientras elevaban la cuenta cada vez que un viejo árbol gemía para caer en tierra. Casi desquiciados de horror y de pena, los morinos no se atrevieron a pelear contra ellos. Se retiraron lamentándose hasta que fueron engullidos por los pantanos, donde se agruparon y lloraron desconsoladamente.
Los cielos también lloraron. Al borde de las marismas saladas empezó a llover, y llovió hasta que las tiendas romanas quedaron empapadas y los soldados mojados y tiritando. Sin embargo bastó con lo que se había hecho hasta entonces. Satisfecho, César se había retirado para poner a sus hombres en un cómodo campamento de invierno. Pero la noticia corrió; los belgas y los celtas se tambaleaban llenos de pena y se preguntaban qué clase de hombre podía asesinar a los árboles y seguir durmiendo por la noche y riendo de día.
Sólo los dioses romanos tenían sustancia, y los soldados romanos no llegaron a sentir el roce de las alas extranjeras dentro de sus cabezas. Así que en la marcha desde el puerto Icio hasta Samarobriva caminaron moviendo rítmicamente las piernas y cantaron sus canciones a través de kilómetros de silenciosos gigantes, caídos e imperturbables.
Y César, que caminaba con ellos a grandes zancadas, se quedó mirando la muralla de robles caídos y sonrió. Estaba aprendiendo maneras nuevas de hacer la guerra, fascinado con la idea de llevar la guerra al interior de la mente del enemigo. Su fe en si mismo y en sus soldados era ilimitada, pero era mejor con mucho que la conquista entrara en la mente del enemigo. De ese modo nunca podrían quitarse el yugo. La Galia de los cabelleras largas tendría que doblegarse; César no.
Los griegos tenían un chiste famoso: que no había nada en el mundo más feo que una oppidum gala, y desgraciadamente en el caso de Samarobriva era cierto. La fortaleza se extendía junto al río Samara en medio de un valle exuberante, muy quemado y seco en aquel momento, pero aun así más productivo que la mayoría de los lugares. Era la principal oppidum de una tribu belga, los ambianos, que estaban muy unidos a Commio y a los atrebates, sus vecinos y parientes del norte. Al sur y al este limitaban con las tierras de los belovacos, pueblo fiero y belicoso que se había sometido, pero que se agitaba amenazadoramente.