Roma 05 - César

Colleen McCullough · Capítulo 12 de 13 · parte 1/8

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Roma 05 - César

El Oeste, Italia

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

bien que ni su padre ni su marido aprobarían que disfrutase de la compañía de ningún animal, ni perro, ni gato, ni pez.

La soledad, empezó a comprender Porcia, no era algo exclusivo de ella.

Ni tampoco lo era el amor no correspondido. Y en aquellas dos cosas sufría por Calpurnia tanto como por si misma. No había nadie que le llenase la vida, nadie que la mirase con amor. Excepto los gatos.

–Sigo pensando que deberías escribirle -insistió Porcia.

–Quizá -dijo Calpurnia dándole la vuelta a un gatito-. Y sin embargo, Porcia, eso sería una intrusión. Está muy ocupado. Yo no entiendo nada de eso, y nunca lo entenderé. Sólo hago ofrendas continuamente para que no le ocurra nada.

–Lo mismo hacemos nosotras por nuestros hombres -le aseguró Marcia.

El viejo Eutico entró con paso vacilante llevando vino dulce caliente y humeante y una fuente cargada de golosinas; a nadie más que a él le estaba permitido servír a la última de las queridas señoras de la domus publica con vida.

Volvieron a poner los gatitos en la caja acolchada con su madre, que abrió mucho los ojos verdes y miró a Calpurnia con reproche.

–Eso no ha sido amable por tu parte -le dijo Porcia mientrasolfateaba el vino calentado con especias y se preguntaba por qué a los criados de Bíbulo nunca se les ocurría hacer lo mismo en aquellos días fríos y brumosos. La pobre mamá gata estaba disfrutando de un poco de paz.

La última palabra cayó hizo eco, permaneció entre ellas. Calpurnia partió un pedazo de la tarta de miel que tenía mejor aspecto y la llevó al altar de los lares y los penates.

–Queridos dioses del hogar -rezó-., concedednos la paz.

–Concedednos la paz -dijo Marcia.

–Concedednos la paz -repitió Porcia.

El Oeste, Italia

y Roma, el Este

DESDE EL 6 DE ABRIL DEL 49

A. J.C.

HASTA EL 29 DE SEPTIEMBRE

DEL 48 A. J.C.

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Como el invierno en los Alpes era un invierno de nieves, César llevó a sus legiones hasta la Provenza por la carretera de la costa y avanzó a su acostumbrada velocidad. Tras haber dejado Roma el quinto día de abril, llegó a las afueras de Masilia el día decimonoveno. La distancia que recorrió por aquella carretera tortuosa estaba más cerca de los mil kilómetros que de los ochocientos.

César marchaba en un estado de ánimo de profunda alegría, pues los años pasados fuera de casa habían sido demasiados y las dificultades, cuando finalmente regresó a la patria, resultaron exasperantes en exceso.

Por un lado veía que se necesitaba con gran urgencia una mano fuerte y autócrata. La ciudad estaba gobernada con más torpeza que nunca, pues no se le prestaba la atención necesaria ni se le concedía el suficiente respeto al sector comercial; tampoco se había hecho lo propio para salvaguardar nada, y no digamos para mejorarlo, desde el abastecimiento de grano hasta la distribución del mismo. De no ser por los propios proyectos de construcción de César, los obreros de Roma se habrían visto muy necesitados. Los templos estaban sucios, el empedrado de las calles de la ciudad se estaba levantando, nadie se encargaba de regular el caótico tráfico y César sospechaba además que los graneros del Estado que se encontraban a lo largo de los acantilados, debajo del Aventino, estaban desmoronándose infestados de ratas. Los fondos públicos no se gastaban, sino que se guardaban. Por otra parte, a César sinceramente no le agradaba la tarea de ser él quien tuviese que enderezar todo aquello sin que se lo agradecieran, con un camino minado de obstáculos, sabiendo que lo considerarían una intrusión en los deberes de otros magistrados… y eso que la ciudad de Roma era un problema diminuto comparado con la institución de Roma, la patria de Roma, el imperio de Roma.

Él no era hombre cuyo temperamento lo ligase a la ciudad, ref lex ionaba César mientras iban pasando los kilómetros. La vida en la carretera al frente de un ejército fuerte y bueno era infinitamente preferible a la vida urbana.

¡Qué maravilloso haber sido capaz de convencerse a sí mismo de que no podía permitirse el lujo de perder el tiempo en Roma, de que había que contener al ejército de Pompeyo en las Hispanias y así hacerle perder efectividad rápidamente! No había nada igual a marchar al frente de un buen ejército.

La única verdadera ciudad que existía entre Roma y las Hispanias era Masilia, que se encontraba Situada en un soberbio estuario a unos setenta kilómetros al este del delta del Ródano y sus marismas. Fundada por los griegos que vagaron por el Mare Nostrum y establecieron colonias siglos antes, Masilia había mantenido su independencia y su idiosincrasia griega desde entonces. Había hecho tratados de alianza con Roma pero gobernaba sus propios asuntos; tenía su propia armada, Su ejército (exclusivamente para la defensa, decía el tratado) y una franja de tierra lo suficientemente grande como para abastecerse a sí misma con los productos de granjas y huertos, aunque importaba grano de la Provenza romana, que rodeaba sus fronteras. Los masilienses guardaban con denuedo su independencia, a pesar de que no podían permitirse ofender a Roma, aquel intruso advenedizo en el mundo que antes fue griego y fenicio.

Mientras se apresuraba a salir de la ciudad hacia el campamento de César (cuidadosamente levantado en terrenos que no Se Utilizaban), el Consejo de los Quínce que gobernaba Masília solicitó una audiencia con el hombre que había conquistado la Galia Comata y se había convertido en el amo de Italia.

César los recibió con gran ceremonia, ataviado con todas las galas de procónsul y con la corona cívica en la cabeza; consciente también de que en todo aquel tiempo que había pasado en la Galia Transalpina nunca había estado en Masilia ni había interferido en los asuntos de la ciudad. El Consejo de los Quince se mostró muy frío y arrogante.

–Tú no estás aquí legalmente, y Masilia ha hecho los tratados con el verdadero gobierno de Roma personificado en Cneo Pompeyo Magno y en todos aquellos individuos que se vieron forzados a huir a tu llegada -le dijo Filodemo, jefe del consejo.

–Pero al huír, Filodemo, esos individuos renunciaron a sus derechos -le respondió César sin perder la calma-. Yo soy el verdadero gobierno de Roma.

–No, no es así.

–¿Significa esto, Filodemo, que tú estás dispuesto a prestar ayuda a los enemigos de Roma en las personas de Cneo Pompeyo y sus aliados?

–Masilia prefiere no prestar ayuda a ninguna de las dos partes, César.

Aunque a pesar de ello le hemos enviado una delegación a Cneo Pompeyo,

que se encuentra en Epiro, para confirmarle nuestra lealtad al gobierno en el exilio -le explicó Filodemo mientras sonreía con complacencia.

–Pues eso ha sido una insolencia, además de ser una gran imprudencia.

–Si lo ha sido, no veo qué podrías hacer tú al respecto -le dijo Filodemo dándose muchos aires-. Masilia está demasiado bien defendida para que tú consigas conquistarla.

–¡No me tientes! – le dijo César sonriendo.

–Ocúpate de tus asuntos, César, y deja en paz Masilia.

–Antes de hacer eso, necesito tener la certeza de que Masilia permanecerá neutral.

–No ayudaremos a ninguna de las partes.

–Eso a pesar de la delegación que le habéis enviado a Cneo Pompeyo.

–Eso es algo ideológico, no práctico. Y hablando desde un punto de vista práctico, ten la seguridad de que mantendremos una neutralidad absoluta.

–Más os vale, Filodemo. Si veo algUna prueba de lo contrario, os pondré bajo asedio.

–No creo que seas capaz de asediar una ciudad de un millón de habitantes -le dijo Filodemo con presunción-. Nosotros no somos ni Uxellodunum ni Alesia.

–Cuantas más bocas haya que alimentar en cualquier lugar, Filodemo, más seguro es que caiga. Estoy seguro de que habrás oído la historia del general romano que asediaba una ciudad en Hispania. La ciudad le envió un regalo, le envió alimentos, con el mensaje de que tenía suficientes víveres almacenados para comer durante diez años. El general les envió otro mensaje de respuesta donde les daba las gracias a los habitantes por su sinceridad y les informaba de que tomaría la ciudad al undécimo año. La ciudad se rindió. Comprendieron que hasta la última palabra del mensaje se decía en serio. Por tanto, te lo advierto: no ayudes a mis enemigos.

Dos días después Lucio Domicio Enobarbo llegó con una flota y dos legiones de voluntarios etrurios. En el momento en que se puso al pairo junto al puerto, los masilíenses se apresuraron a quitar la gran cadena que cerraba el paso y le permitieron la entrada con sus barcos.

–Fortificadlo todo -ordenó al Consejo de los Quince.

Suspirando, César se resignó a sitiar Masilia, un retraso que en modo alguno era tan desastroso como resultaba evidente que los habitantes de

Masilia creían que era; el invierno haría que los Pirineos fueran difíciles de cruzar tanto para las tropas de Pompeyo como para las de César, y los vientos contrarios impedirían que las tropas de Pompeyo abandonasen Hispania por mar.

Lo mejor de todo ello fue que Cayo Trebonio y Décimo Bruto llegaron al frente de tres legiones: la novena, la décima y la undécima.

–He dejado a la quinta en el Icauna, detrás de sólidas fortificacíones -le explicó Trebonio a César mientras lo contemplaba con cariño, casi aturdido- Los eduos y los arvernos se han disciplinado y ordenado, y tienen disponibles buenas tropas formadas al estilo romano por si la quinta necesitase refuerzos. Puedo asegurarte que la noticia de tu victoria en Italia era lo único que las tribus galas necesitaban para sumirse en un dócil letargo. Incluso los belovacos, que todavía murmuran. Han probado tu temple, e Italia lo demuestra. Vaticino que la Galia Comata se mostrará muy tranquila este año.

–Muy bien, porque no puedo permitirme guarnecerla con más hombres que los de la quinta -dijo César. Se volvió hacia el otro de sus dos legados más leales-. Décimo, si hemos de someter Masilia voy a necesitar una buena flota. Tú eres el experto en batallas navales. Según dice mi primo Lucio, Narbona ha desarrollado una excelente industria de astilleros y se muere de ganas de vendernos unos cuantos sólidos trirremes con cubierta.

Ve allí ahora y entérate de qué tienen disponible. Y págales bien. – Se echó a reír en silencio-. ¿Quieres creer que Pompeyo y los cónsules se olvidaron de vaciar el Tesoro antes de escabullirse?

Trebonio y Décimo Bruto se quedaron boquiabiertos.

–¡Oh, dioses! – exclamó Décimo Bruto, a quien le había sido dirigida la pregunta-. No podría imaginarme luchando al lado de nadie que no fueras tú, César, pero esa noticia hace que me alegre muchísimo de conocerte.

¡Qué tontos!

–Sí, pero lo que eso nos dice en realidad es lo confusos y mal preparados que están para librar cualquier clase de guerra. Se pavonearon, pusieron posturas, agitaron los puños ante mi cara, me insultaron y me pusieron obstáculos, pero ahora me doy cuenta de que durante todo ese tiempo no se creyeron ni por un instante que yo me atrevería a atacarlos. No disponen de ninguna estrategia, no tienen una idea clara de qué hay que hacer. Y carecen de dinero para hacerlo. Le he dejado instrucciones a

Antonio para que no impida la venta de ninguna de las propiedades de Pompeyo y no ponga obstáculos a que el dinero salga de Italia.

–¿Y estás seguro de que has hecho bien? – le preguntó Trebonio, que parecía tan preocupado como siempre-. Seguro que cortarle a Pompeyo cualquier fuente de ingresos es una manera de ganar sin derramar sangre.

–No, sólo sería posponer las cosas -le aseguró César-. Lo que Pompeyo y los demás vendan para financiar la guerra no podrán recuperarlo. Nuestro amigo picentino es uno de los dos o tres hombres más ricos del país y Enobarbo estará entre los seis o siete más acaudalados. Quiero que se arruinen. Los grandes hombres sin dinero tienen influencia, pero no poder.

–Creo que lo que realmente estás diciendo es que no tienes intención de matarlos cuando acabe todo -comentó Décimo Bruto-. Ni siquiera de exiliarlos.

–Exactamente, Décimo: No se dirá de mí que fui un monstruo como Sila. Ninguno de los que estamos en ambos bandos somos traidores.

Simplemente vemos el futuro rumbo de Roma de maneras distintas. Quiero que aquellos a quienes yo perdone vuelvan a ocupar sus posiciones en Roma y que me lancen unos cuantos desafíos. Sila se equivocó. Ningún hombre funciona al máximo si no tiene oposición. ¡Verdaderamente no puedo soportar la idea de estar rodeado de aduladores! Seré el primer hombre de Roma como es debido: mediante el esfuerzo constante.

–¿Nos consideras aduladores a nosotros? – le preguntó Décimo Bruto.

Aquello provocó una carcajada.

–¡No! Los aduladores no conducen legiones de forma eficiente, amigo mío. Los aduladores se tumban en canapés y lanzan alabanzas serviles. Mis legados no tienen miedo de decirme lo que piensan cuando me equivoco.

–¿Ha sido muy duro, César? – quiso saber Trebonio.

–¿Hacer lo que os advertí que haría? ¿Cruzar el Rubicón?

–Sí. Nos lo preguntábamos y estábamos preocupados.

–Por una parte ha sido duro y por otra no. No tengo ningún deseo de estar en los libros de historia formando parte de la serie de hombres que atacaron a su patria. No me quedó otro remedio, simplemente. O avanzaba o me marchaba al exilio permanente. Y si hubiera elegido esto último, la Galia se habría encontrado con un fermento de rebelión dentro de tres años, y Roma habría perdido el control de todas sus provincias. Ya va siendo hora de que a los Claudios, a los Cornelios y a todos los de su jaez se les impida

por ley que desvalijen las provincias. Y también a los publicani. Y también a hombres como Bruto, que esconde sus actividades comerciales detrás de una pared de respetabilidad senatorial. Yo soy necesario para instituir algunas reformas que son urgentemente necesarias, tras lo cual pienso marcharme al reino de los partos. Hay siete águilas romanas en Ecbatana. Y

un gran romano incomprendido al que vengar. Además tenemos que pagar esta guerra -añadió César-. No sé cuánto durará. La razón me dice que quizá sólo unos meses, pero el instinto me sugiere que posiblemente se alargue mucho más tiempo. Estoy luchando contra colegas romanos, testarudos, persistentes y tercos. No caerán con mayor facilidad que los galos, aunque espero que de un modo más incruento.

–A ese respecto te has mostrado muy comedido -le indicó Cayo Trebonio.

–Y pienso seguir así… sin caer yo mismo.

–Tienes el contenido del Tesoro -le dijo Décimo Bruto-. ¿Por qué te preocupa tener que pagar la guerra?

–El Tesoro le pertenece al pueblo de Roma, no al Senado de Roma. Ésta es una guerra entre facciones del Senado, que tiene poco que ver con el pueblo salvo con aquellos a los que se llame a luchar. Lo he tomado prestado, no lo he cogido. Y continuaré haciéndolo así. No voy a permitir que mis tropas saqueen, no habrá botín. Lo que significa que tendré que darles alguna recompensa de mis propios fondos, que son extremadamente considerables. No obstante, tendré que devolver el dinero al Tesoro.

¿Cómo? Podéis apostar a que Pompeyo está muy ocupado exprimiendo Oriente para financiar su parte de este asunto, así que allí no encontraré nada. Hispania es pobre, aparte de sus metales, y los beneficios que éstos produzcan irán a parar a Pompeyo, no a Roma. Mientras que el reino de los partos es inmensamente rico y un lugar que nunca hemos logrado explotar.

Yo lo explotaré, os lo prometo.

–Yo iré contigo -se ofreció Trebonio rápidamente.

–Y yo -dijo Décimo Bruto.

–Pero mientras tanto tenemos que vérnoslas con Masilia y con Hispania

-comentó César muy complacido.

–Y con Pompeyo -le recordó Trebonio.

–Lo primero es lo primero -les aseguró César-. Y lo que quiero es expulsar a Pompeyo de Oriente por completo. Hacerlo es quitarle dinero.

Muy bien fortificada y defendida, en particular desde que Enobarbo había llegado para aumentar sus recursos navales y militares, Masília resistía con facilidad el bloqueo por tierra impuesto por César porque seguía dominando los mares. Tenía los graneros llenos, los alimentos perecederos se traían por mar y las otras antiguas colonias griegas de la costa de la Provenza estaban tan confiadas acerca de la incapacidad de César para ganar que se apresuraron a abastecer Masilia.

–¿Por qué será que ninguno de ellos cree que puedo vencer a un viejo tan cansado como Pompeyo? – le preguntó César a Trebonio a finales de mayo.

–A los griegos nunca se les ha dado bien valorar a los generales -le respondió Trebonio-. No te conocen bien. Pompeyo es una leyenda duradera a causa de la campaña que llevó a cabo contra los piratas, creo yo.

Toda esta costa pudo comprobar sus actividades y su talento en aquella época.

–Pues mi conquista de la Galia Comata no queda tan lejos como para no recordarla.

–¡Sí, César, pero son griegos! Los griegos nunca han guerreado contra bárbaros, siempre han preferido encerrarse en ciudades costeras y evitar la tierra del interior habitada por los bárbaros. Eso es cierto hablando de sus colonias tanto en el mar Euxino como en el Mare Nostrum.

–Pues están a punto de enterarse de que han respaldado a la parte que no debían -le dijo César, molesto-. Salgo para Narbona mañana por la mañana.

Décimo ya debería estar de regreso con una flota. Él está a cargo de las fuerzas marítimas, pero tú eres quien tiene el mando supremo. Empújalos con fuerza y no les des demasiado cuartel, Trebonio. Quiero ver a Masilia humillada.

–¿Con cuántas legiones?

–Te dejaré la duodécima y la decimotercera. Mamurra me dice que hay una nueva sexta recién reclutada en la Galia Cisalpina; le he dado instrucciones para que te la envíe. Entrénala y, si es posible, dale un baño de sangre. Es preferible que se estrenen con sangre de griegos antes que con sangre romana. Aunque en realidad ésa es una de mis grandes ventajas en esta guerra.

–¿A qué te refieres? – le preguntó Trebonio, perplejo.

–Mis hombres son de la Galia Cisalpina, y muchos de ellos del otro lado del Po. Los soldados de Pompeyo son propiamente italianos, excepto los de la decimoquinta. Me doy cuenta de que los italianos miran por encima del hombro a los galos italianos, pero los galos italianos aborrecen absolutamente a los italianos. No les tienen el menor amor fraterno.

–Mirándolo bien, es una buena cosa.

Lucio César se había convertido en un nativo, y consideraba Narbona como su patria. Cuando su primo Cayo llegó al frente de cuatro legiones, la novena, la amada décima, la octava y la undécima, se encontró al gobernador de la Provenza tan bien instalado que incluso tenía tres amantes, un par de cocineros soberbios y el amor de toda Narbona.

–¿Ha llegado mi caballería? – le preguntó César mientras comía con deleite por una vez-. ¡Oh, ya se me había olvidado lo deliciosamente ligeros y sabrosos, lo digestivos que son los salmonetes de Narbona!

–Eso es porque he optado por hacerlos al estilo galo: hay que freírlos en mantequilla en vez de hacerlo en aceite -le explicó Lucio César con presunción-. El aceite es demasiado fuerte. La mantequilla procede de las tierras de los vénetos.

–Has ido degenerando hasta convertirte en un sibarita.

–Pero conservo el tipo.

–Sospecho que eso es cosa de familia. ¿Y la caballería?

–Los tres mil que tú llamaste se encuentran aquí, Cayo, pero decidí que fueran a pastar al sur de Narbona, alrededor de la desembocadura del Ruscino. Te cae de camino, por así decirlo.

–Deduzco que Fabio está asentado en Ilerda.

–Sí, con la séptima y la decimocuarta. Hice que le acompañaran varios miles de hombres de la milicia narbona para forzar el paso de los Pirineos, pero cuando te reúnas con ellos te agradecería que me los devolvieras. Son hombres buenos y leales, pero no son ciudadanos.

–¿Y Afranio y Petreyo todavía le están haciendo frente?

–Al otro lado del río Sicoris, con cinco legiones. Las otras dos están todavía en la Hispania Ulterior con Varrón. – Lucio César sonrió-. Varrón no tiene tanta confianza como los demás en que tú acabes perdiendo, así que no ha hecho mucho por moverse. Han estado pasando un invierno agradable en Corduba.

–Hay un largo camino hasta allí desde Ilerda.

–Exacto. Creo que de lo único que tienes que preocuparte es de las cinco legiones que están con Afranio y Petreyo. Anda, prueba las ostras.

–No, prefiero los salmonetes. Muy inteligente por parte de tu cocinero esto de quitarle todas las espinas.

–En realidad es un pescado al que se le quita la raspa con gran facilidad porque es muy plano. – Lucio César levantó la mirada-. Lo que quizá no sepas es que Pompeyo mandó recado desde Epiro y pidió enormes préstamos a los hombres de sus legiones hispanas. Le dieron todo lo que tenían y accedieron a pasar sin paga hasta que tú seas derrotado.

–¡Ah! Pompeyo está empezando a pasar apuros.

–Se lo merece, por olvidarse de vaciar el Tesoro.

A César se le movieron los hombros cuando se puso a reír en silencio.

–Nunca logrará olvidar eso, Lucio.

–También tengo entendido que mi hijo ha tomado partido por Pompeyo.

–Eso me temo.

–Nunca ha tenido muchas luces.

–Hablando de luces, me encontré con un notable miembro de la familia en Formies -dijo César, volviendo su atención hacia los quesos-. Tiene sólo trece años.

–¿De quién se trata?

–Del hijo que tiene Acia con Cayo Octavio.

–¿Otro Cayo Julio César en ciernes?

–Él dice que no. No tiene talento militar, según me informó. Un pez muy frío, pero muy inteligente.

–¿Y no se siente tentado de adoptar el mismo estilo de vida de Filipo?

–No vi señales de ello. Lo que sí vi fue una enorme ambición y una considerable astucia.

–Esa rama de los Octavios nunca ha tenido un cónsul.

–Pues lo tendrán en mi sobrino nieto -le aseguró César con mucha convicción.

César llegó como refuerzo de Fabio hacia finales de junio, lo que hizo aumentar su ejército a seis legiones; la milicia narbona recibió expresiones de agradecimiento y fue enviada a casa.

–¿Te ha dicho Lucio César que Pompeyo ha tomado prestados los ahorros de este ejército? – le preguntó Cayo Fabio.

–Si. Y eso significa que tienen que ganar, ¿verdad?

–Eso creen ellos. A Afranio y a Petreyo también les dio un sablazo.

–Entonces será mejor que los reduzcamos a la penuria.

Pero parecía que la fabulosa suerte de César se había acabado. El invierno se disipó temprano sumido en continuos aguaceros que se adentraban en los elevados Pirineos y hacían que por el Sicoris bajase un torrente que se llevaba por delante todos los puentes que lo cruzaban. Un problema para César, que tenía que pasar las provisiones por aquellos puentes. El Sicoris, un torrente estrecho pero que fluía con rapidez aunque no estuviera crecido, continuó desafiando los nuevos envíos, y cuando por fin descendió el nivel, la presencia de Afranio y Petreyo al otro lado del río les impidió reconstruir los puentes. La lluvia persistía, el campamento era una miseria y la comida comenzaba a escasear.

–Muy bien, muchachos, no nos queda más remedio que hacerlo de la manera más dura -les dijo César a sus hombres reunidos en asamblea.

La manera más dura era caminar penosamente con dos legiones durante treinta kilómetros corriente arriba con fango hasta los tobillos, y allí levantar un puente sin que los pompeyanos lo supieran. Una vez que estuvo hecho, los alimentos volvieron a llegar, aunque el campamento no estuviese más seco.

–Y es en eso en lo que en realidad consiste la suerte de César… en trabajar duro -le explicó César a Fabio-. Ahora nos sentaremos a esperar a que cesen las lluvias y a que venga el buen tiempo.

Naturalmente, los correos galopaban entre Roma y el campamento de César, y entre Masilia y el campamento de César, pues a César no le gustaba estar nunca más de dos semanas sin noticias de los acontecimientos. Entre las muchas cartas procedentes de Roma llegó una de Marco Antonio que los correos habían llevado a gran velocidad.

Corre la voz en Roma de que estás atascado, César. Dicen que todos los puentes del Sicoris están derribados Y que no tenéis comida. Cuando ciertos senadores se enteraron, celebraron una gozosa fiesta en los jardines de la casa que tiene Afranio en el Aventino. A Lépido y a mí nos pareció que quizá resultase divertido observar, de manera que nos decidimos a ir…

¡no, no tuve que cruzar el pomerium ! Tenían cantantes, bailarinas, acróbatas, un par de monstruos más bien horribles y muchísimas gambas y ostras de Bayas. Entre nosotros, a Lépido y a mí nos pareció un poco prematuro. Para cuando recibas esta carta seguro que ya habrás

solucionado tus problemas de abastecimiento y te las estarás viendo con los pompeyanos.

La noticia de que te encontrabas en graves problemas tuvo otro efecto, que en este caso concierne al Senado: concluida la celebración, todos los indecisos, unos cuarenta en total, partieron para reunirse con Pompeyo en el este de Macedonia. Estoy seguro de que cuando lleguen allí estos senadores ansiosos por ponerse en el lado adecuado no sufrirán ninguna privación en campaña. Pompeyo ha instalado su residencia en el palacio del gobernador de Tesalónica, y todos viven muy bien.

Ni Lépido ni yo impedimos ese éxodo masivo, en lo cual espero haber obrado correctamente. Supusimos que a ti te irá mejor sin esas personas en Italia, que sea Pompeyo quien disfrute de ellas. Por cierto, dejé que Cicerón también se marchase. Sus voces de oposición no disminuían, y no le hacía mucha gracia mi estilo de gobernar. Tengo ese carro imponente tirado por cuatro leones, y siempre montaba un espectáculo conduciéndolo cuando me hallaba cerca de Cicerón. La verdad, César, es que es un verdadero dolor en el podex. Yo tenía leones machos con la melena negra, unos animales enormes e imponentes, pero que se negaban a trabajar. ¡Son unos vagos! Cada dos pasos se dejaban caer y se dormían. Me vi obligado a sustituirlos por hembras. Incluso así, los leones no sirven para tirar de un carro. Lo cual me convierte en un escéptico acerca de Dionisos y su carro tirado por leopardos.

Cicerón partió desde Gaeta sobre las nonas de junio, pero no con su hermano Quinto. Como tú bien sabes, el hijo de Quinto está decidido a tomar partido por ti, por lo que sospecho que ha estado escuchando a su Tata. Ambos, el hermano Quinto y el sobrino Quinto, eligieron quedarse en Italia, aunque sigue siendo un misterio durante cuánto tiempo. Cicerón está jugando con los sentimientos de su familia, llenos todos de quejas hasta el momento de su partida… Tenía los ojos hechos una pena cuando lo vi a principios de mayo. Sé que tú querías que él se quedase aquí, pero es mejor que se haya ido. Es demasiado incompetente para que suponga diferencia alguna en las posibilidades que tiene Pompeyo de ganar (posibilidades que considero muy escasas), y nunca se avendrá a tu manera de pensar. Una voz como la suya es mejor que se vaya a algún lugar donde no pueda oírse.

Su hijo, Marco, también se fue.

Por cierto, Tulia dio a luz a un sietemesino en mayo, un niño. Pero murió el mismo día de junio en que murió el viejo Perperna. ¡Qué casualidad! El senador más viejo y el consular más viejo. Si yo vivo hasta los noventa y cinco años, me sentiré muy contento.

Una carta que por una parte complació a César y por otra lo disgustó.

¿No había nada que lograse hacer de Antonio un hombre sensato? ¡Leones!

Lépido y él tenían razón acerca del éxodo senatorial; era mejor estar sin semejantes hombres que lo único que harían sería ponerle difícil a Lépido la aprobación de gran parte de la legislación que era necesaria. Cicerón era otra cuestión. A él no se le debería haber permitido que abandonase el país.

Las noticias procedentes de Masilia eran para alegrarse. Décimo Bruto y su inexplicable don para que las cosas del mar le salieran bien habían dado resultados positivos. El bloqueo del puerto de Masilia que impuso perjudicó a la ciudad tan gravemente que Enobarbo tuvo que sacar la flota masiliense a alta mar para entablar combate. Como resultado Enobarbo fue vencido, y además sufrió enormes pérdidas. El bloqueo de Décimo Bruto seguía firme en su lugar, y Masilia comía cada vez peor. Además, al parecer le iba cogiendo cierta inquina a Enobarbo.

–Eso no es de extrañar -comentó Fabio.

–Masilia se equivocó al elegir bando -dijo César, y apretó los labios-.

No sé por qué estos lugares me consideran incapaz de ganar cuando lo cierto es que no puedo perder.

–Pompeyo tenía una lista muy larga de éxitos, César. Pero ya aprenderán.

–Igual que están a punto de aprender Afranio y Petreyo.

Hacia mediados de quinctilis, Afranio y Petreyo se habían convertido en hombres preocupados. Aunque no se había producido ningún enfrentamiento armado de importancia entre los dos ejércitos, la caballería gala de César, formada por tres mil hombres, estaba azotando con fuerza a los pompeyanos a lo largo de las líneas de abastecimiento. Como estaban muy escasos de tropas a caballo, los dos viejos secuaces de Pompeyo decidieron retirarse y avanzar hacia el sur del gran río Ibero, adentrándose en un territorio desconocido para César que le era absolutamente leal a Pompeyo y que no abastecería de alimentos a César. Para agravar los infortunios de los pompeyanos, algunas de las mayores ciudades hispánicas al norte del Ibero empezaban a pensar que César tenía mas posibilidades de

ganar. Con Osca, la antigua capital de Sertorio, al frente, se declararon a favor de César, que estaba emparentado con Cayo Mario, que a su vez estaba emparentado con Sertorio.

Al sur del río Ibero esa clase de deserción no se produciría; era el momento de retirarse, decididamente. Marco Petreyo se adelantó con el cuerpo de ingenieros y algunos obreros para construir un puente de barcas sobre el río, mientras Afranio guardaba las apariencias frente a César.

Desgraciadamente para los pompeyanos, la red de informadores de César era excelente y éste sabía qué estaba ocurriendo exactamente. En el mismo momento en que Afranio se retiraba subrepticiamente, César conducía también subrepticiamente sus tropas río arriba.

La tierra ya se había secado, por lo que el terreno era razonablemente bueno, y César marchaba a su acostumbrada velocidad. Alcanzó la retaguardia de Afranio hacia media tarde y continuó marchando directamente hacia las filas de éste. En el terreno, más accidentado, que se extendía delante de la columna de Afranio había un desfiladero hacia el cual se dirigían los pompeyanos, pero, todavía a ocho kilómetros de distancia del mismo, el acoso implacable de César obligó a Afranio a hacer un alto y a construir un campamento muy fortificado. Sin el soporte moral de Petreyo, Afranio pasó una noche larga y triste, muriéndose de ganas de huir a escondidas aunque incapaz de hacerlo porque sabía que a César le gustaba atacar por la noche. Su principal preocupación era el espíritu que reinaba entre sus tropas; en la guerra civil la deslealtad era siempre posible, y se habían estado oyendo algunos rumores. Lo que pasaba por alto era su propio estado de ánimo.

Hacía muchos años que Afranio no hacía campaña de un modo tan extenuante… si es que la había hecho alguna vez. Al alba César levantó el campamento con mucha más rapidez y llegó al desfiladero en primer lugar, por lo que Afranio no tuvo más remedio que acampar a la entrada de la q Ue’b rada. Petreyo, que regresaba del río Ibero, lo encontró deprimido y apagado, incapaz de pensar qué había que hacer; ni siquiera se había asegurado el abastecimiento de agua. Enojado, Petreyo se puso a construir una acequia fortificada hasta el río.

Pero mientras Petreyo, los ingenieros y algunos hombres se afanaban en la construcción, la mayoría de los soldados pompeyanos estaban ociosos. El campamento de César se encontraba tan próximo al de ellos que los

centinelas podían hablar unos con otros, tan corta era la distancia a la que se hallaban, y los centinelas de Pompeyo empezaron a charlar con los de César, que les animaron a que se rindieran.

–No podéis derrotar a César -era la frase constantemente repetida-.

Entregaos ahora, mientras todavía estéis vivos. César no quiere luchar contra compatriotas romanos, pero la mayoría de nosotros nos morimos de ganas de librar una buena batalla… ¡y estamos presionando a César para que nos la proporcione! Será mejor que os rindáis mientras podéis.

Una delegación pompeyana de centuriones senior y tribunos militares fue a ver a César. Entre ellos se encontraba el hijo de Afranio, quien le suplicó a César que perdonara a su padre. En realidad la disciplina se había relajado tanto que mientras la delegación pompeyana parlamentaba con César, algunos soldados de éste se adentraron tranquilamente en el campamento enemigo. Cuando Afranio y Petreyo los descubrieron, quedaron aterrados al enterarse de que sus oficiales, ¡junto con el propio hijo de Afranio!, estuvieran conferenciando con el enemigo. Afranio quería permitir que los soldados de César regresaran a su campamento; Petreyo no quería saber nada de cosa semejante y pretendía que su cuerpo de guardia hispánica los matase en el acto. La venganza era típica de aquel nuevo y clemente César. Envió de regreso a su campamento a los pompeyanos con palabras corteses y un ofrecimiento para que sirvieran en sus propias legiones. El contraste entre esta conducta y la de Petreyo no pasó inadvertido, y mientras Afranio y Petreyo decidían si no sería mejor dirigirse a Ilerda en lugar de cruzar el río Ibero, la deserción se iba extendiendo con rapidez entre las filas pompeyanas.

La retirada hacia Ilerda fue una desbandada frenética con la caballería de César acosando la retaguardia durante todo el día. Aquella noche, cuando los pompeyanos acamparon, César erigió unas cuantas fortificaciones rápidas y los privó de agua.

Afranio y Petreyo pidieron la paz.

–Por mí, estupendo, siempre que las negociaciones se lleven a cabo en una asamblea de los dos ejércitos -les dijo César.

Las condiciones de César fueron bastante razonables y aceptables. Las tropas pompeyanas fueron perdonadas, así como Afranio y Petreyo.

Cualquier hombre que quisiera unirse a las filas de César sería admitido siempre que hiciera un juramento de lealtad a éste, pero no se coaccionó a

nadie para que lo hiciese, pues los hombres a los que se alista en contra de su voluntad son los que forman los primeros núcleos de deslealtad. Los pompeyanos que vivían en Hispania eran libres de regresar a sus hogares después de entregar sus armas; los pompeyanos romanos marcharían de regreso hacia el río Varo, que era la frontera entre la Provenza y Liguria, y allí se les licenciaría.

La guerra en Hispania había terminado, y de nuevo había sido prácticamente incruenta. Quinto Casio y dos legiones marcharon hacia la provincia sureña de Hispania, donde Marco Terencio Varrón había hecho poca cosa por prepararse para la guerra salvo decidir encerrarse en Gades.

Pero antes de que pudiera hacerlo, todo el populacho y ambas legiones de la Hispania Ulterior se entregaron a César sin luchar. Varrón se reunió con Quinto Casio en Corduba y se rindió.

En un único aspecto César cometió un error, y fue colocar a Quinto Casio en el gobierno de la Hispania Ulterior. Aquellos orificios nasales tan sensibilizados con los metales preciosos se acampanaron como los de un sabueso cuando olfatearon el oro y la plata que aquella provincia ulterior seguía produciendo en abundancia; Quinto Casio se despidió alegremente de César y se instaló dispuesto a saquear sin piedad desde su nuevo cargo.

Hacia mediados de septiembre César ya estaba de regreso en Masilia; justo a tiempo para recibir la rendición de la ciudad. El escarmentado y desilusionado Consejo de los Quince se vio obligado a admitir que Enobarbo se había marchado por mar, y que los había dejado sin contingentes para resistir el bloqueo de Décimo Bruto. Los había abandonado para que se murieran de hambre. César permitió que Masilia conservase su condición de ciudad independiente, pero sin tropas ni barcos de guerra para defenderse; y con las tierras esquilmadas hasta quedar en casi nada. Sólo para asegurarse, César dejó dos legiones de tropas ex pompeyanas para que la guardasen. Un deber agradable en una tierra agradable: los ex pompeyanos permanecerían leales. A la decimocuarta legión se la envió de regreso a la Galia de los cabelleras largas bajo el mando de Décimo Bruto, que gobernaría aquella nueva provincia en ausencia de César. Trebonio, Fabio, Sulpicio y los demás tenían que marchar con él hacia Roma e Italia, donde la mayoría de ellos se quedarían para servir como pretores.

Roma se había calmado bastante. Cuando Curión envió la noticia de que había asegurado Sicilia a finales de junio, todos soltaron un suspiro de alivio. Con Cerdeña en poder de Orca y Curión dominando Sicilia, habría una buena afluencia de grano en los años de buena cosecha. Africa sería un seguro contra el hambre si Curión lograba conquistarla.

De momento estaba firmemente en manos de los pompeyanos; el eficiente legado Quinto Acio Varo había ido desde Corfinio a Sicilia y desde allí a la provincia de Africa, donde le arrebató el control a Elio Tuberón, lo expulsó de allí y formó una alianza con el rey Juba de Numidia.

La única legión de Africa se vio entonces aumentada por tropas reclutadas entre los veteranos romanos asentados allí, sus hijos, y el gran ejército de infantería de Juba. Éste tenía, además, su famosa caballería numidia, hombres que cabalgaban a pelo, no llevaban armadura y peleaban como lanceros en lugar de hacerlo cuerpo a cuerpo.

Las cosas fueron mucho más fáciles para Lépido después del segundo éxodo de senadores de Roma. Tenía instrucciones que había recibido de César y empezó a ponerlas en práctica. Lo primero que hizo fue reducir el número de senadores necesarios para constituir quórum; el decreto se obtuvo con facilidad de un Senado que entonces consistía en partidarios de César y unos cuantos hombres neutrales, y la asamblea popular no vio motivo para no aprobar la ley. Por lo tanto, sesenta senadores constituirían quórum.

Lépido no hizo nada más que mantenerse en constante contacto con Marco Antonio, que estaba resultando ser un gobernador popular en Roma.

Entre el montón de amantes, los séquitos de enanos, bailarinas, acróbatas, músicos y aquel famoso carro tirado por leones, la población rural y la de las ciudades de Italia lo consideraban un hombre maravilloso. Siempre alegre, siempre afable, siempre accesible, siempre dispuesto a beberse un par de cubos de vino sin agua, y sin embargo siempre lograba cumplir con sus obligaciones… y jamás cometía el error de aparecer de guisa ridícula cuando visitaba a las tropas o a las guarniciones de los puertos. La vida era un emparrado de las rosas exquisitas que serpenteaban por toda Campania (el destino preferido de Marco Antonio), una embriagadora mezcla de jugueteo y autoridad. Antonio se estaba divirtiendo enormemente.

Las noticias que llegaban de Africa seguían siendo buenas. Curión se había establecido en Utica sin mayor dificultad, y había salido airoso

hábilmente en varias escaramuzas que mantuvo con Acio Varo y Juba.

Más tarde, en sextilis, los acontecimientos se agriaron en Iliria y en Africa. Cayo, el hermano mediano de Marco Antonio, se había establecido con cinco cohortes de soldados en la isla de Curicta, al norte del Adriático, y allí fue sorprendido por Marco Octavio y Lucio Libón, los almirantes de Pompeyo, que le atacaron. A pesar del valor de algunos de sus hombres, Cayo Antonio era desesperadamente consciente de que tenía problemas y pidió ayuda a Dolabela, el almirante de César en el Adriático. Al mando de cuarenta barcos lentos y poco armados, Dolabela respondió con prontitud.

Se desarrolló una batalla naval y Dolabela se vio obligado a salir de aquellas aguas; su flota estaba perdida… y también Cayo Antonio, que fue capturado junto con sus tropas. Envalentonado por el éxito, Marco Octavio atacó a continuación la costa dálmata en Salona, que cerró sus puertas y lo desafió. Al final se vio obligado a interrumpir las operaciones y a regresar a Epiro con sus cautivos, Cayo Antonio y aquellas quince cohortes. Dolabela escapó.

Aquélla no fue una noticia feliz para Marco Antonio, que maldijo sinceramente la estupidez de su hermano y luego se puso a trabajar para llevar a cabo la huida de Cayo Antonio. No obstante, el peso de su desaprobación recayó sobre la cabeza de Dolabela. ¿En qué había estado pensando Dolabela para perder no sólo una batalla, sino todos sus barcos?

Y tampoco estuvo dispuesto a escuchar cuando personas más objetivas intentaron explicarle que los barcos de Pompeyo eran infinitamente superiores a las bañeras que Dolabela tenía bajo su mando.

Fulvia se había adaptado a la vida sin Curíón. No felizmente pero sí de forma adecuada. Los tres hijos que tenía con Publio Clodio eran mucho mayores que el bebé Curión: Publio Junior tenía ya dieciséis años y se convertiría en hombre en el festival de la diosa Juventas que se celebraba en diciembre; Clodia había cumplido catorce y tenía la cabeza llena de sueños de futuros maridos; y la pequeña Clodilla tenía ocho y estaba deliciosamente obsesionada con el bebé Curión, que pronto cumpliría un año y ya empezaba a hablar y a caminar.

Seguía tratándose con las dos hermanas dé Clodio, Clodia, la viuda de Metelo Celer, y Clodilla, la viuda divorciada de Lucio Lúculo. Aquellas dos señoras habían declinado volverse a casar, pues preferían la libertad de que disfrutaban ya que eran ricas y no se encontraban bajo la tutela de ningún

hombre. Pero a partir de cierto punto los intereses y aficiones de Fulvia se fueron haciendo cada vez más diferentes de los de las hermanas de Clodio, pues a ella le gustaban sus hijos y le gustaba estar casada. Y no sentía la menor tentación de tener aventuras amorosas.

Su mejor amigo no era una mujer.

–Por lo menos no en el sentido anatómico -explicó sonriendo.

–No sé por qué te aguanto, Fulvia -le dijo Tito Pomponio Atico mientras le devolvía la sonrisa-. Soy un hombre felizmente casado y tengo una hijita deliciosa.

–Porque necesitabas un heredero para todo ese dinero que tienes, Atico.

–Quizá. – Dejó escapar un suspiro- ¡Qué pesadez todos esos generales guerreros! Ya no puedo viajar a Epiro con la libertad de antes, y no me atrevo a asomar la nariz en Atenas, que está llena de pompeyanos de alta cuna que van por allí pavoneándose de un modo repugnante.

–Pero tú mantienes buenas relaciones con ambas partes.

–Cierto. Sin embargo, encantadora señora, es más prudente para un hombre rico frotarse la nariz con los partidarios de César que con los de Pompeyo. Pompeyo está hambriento de dinero: le pide un préstamo a todo aquel que cree que tiene dinero. Y, sinceramente soy de la opinión de que César va a ganar. Por tanto, dejarse engatusar para prestarle dinero a Pompeyo o a sus partidarios es tanto como tirarlo al mar. De manera que nada de Atenas.

–Y nada de muchachos deliciosos.

–Puedo vivir sin ellos.

–Ya lo sé. Pero me da pena que tengas que aguantarte.

–Y ellos también lo sienten -le indicó Atíco secamente-. Soy un amante generoso.

–Hablando de amantes -dijo Fulvia-, echo muchísimo de menos a Curión.

–Es extraño eso.

–Extraño, ¿qué?

–Los hombres y las mujeres suelen enamorarse siempre de personas parecidas. Pero tú no. Publio Clodio y Curión son muy diferentes, tanto en el carácter como en el aspecto.

–Bueno, Atico, eso convierte el matrimonio en una aventura. Echaba mucho de menos estar casada después de que Clodio murió, y Curión

siempre estuvo a mi lado. Antes no me fijaba en él como hombre. Pero cuanto más lo miraba, más interesantes se me hacían las diferencias entre Clodio y él. Las pecas, la sencillez, esa horrible mata de pelo rebelde, el diente que le falta. La idea de tener un bebé pelirrojo.

–La manera como salen los hijos no tienen nada que ver con quienes los engendran -sentenció Atico pensativamente-. He llegado a la conclusión de que las madres los obligan en el útero a ser la clase de bebés que ellas quieren que sean.

–¡Tonterías! – exclamó Fulvia con una risita.

–No, no son tonterías. Si los bebés resultan una decepción, es porque las madres no ponen suficiente empeño en obligarlos. Cuando mi Pilia estaba embarazada de Atica, se sentía muy decidida a tener una niña con orejitas diminutas. No le importaba nada excepto el sexo y las orejas, aunque las orejas grandes son un rasgo familiar por ambas partes. A pesar de ello, Atica tiene las orejas diminutas y es una niña.

Aquéllas eran las cosas de las que hablaban los dos mejores amigos; para Fulvia, un punto de vista masculino de las preocupaciones femeninas, y para Atico, la ocasión que rara vez se le presentaba de ser él mismo. No tenían secretos el uno para el otro, ni ningún deseo de impresionarse mutuamente.

Pero el placer y la intrascendencia de aquella visita de Atico en concreto fueron interrumpidos por Marco Antonio, cuya aparición dentro del recinto sagrado era de por si tan turbadora que Fulvia palideció al verle y empezó a temblar.

Marco Antonio tenía un aspecto muy severo, pero curiosamente se le notaba sin rumbo: no podía sentarse, no podía hablar y miraba a todas partes excepto a Fulvia.

Ésta le tendió la mano a Atico.

–¡Antonio, dímelo!

–Se trata de Curión -repuso Marco Antonio impulsivamente-. ¡Oh, Fulvia, Curión ha muerto!

A ella le dio la impresión de tener la cabeza rellena de lana; abrió los labios y miró al vacío con aquellos ojos vidriosos de color azul oscuro. Se puso en pie y cayó de rodillas en el mismo movimiento, era un reflejo desde alguna parte del exterior, pues en su interior no podía asimilarlo, no podía creerlo.

Antonio y Atico la levantaron, la sentaron en una silla de respaldo alto y comenzaron a frotarle las manos inertes.

El corazón… ¿adónde se le estaba yendo? Tropezando, tambaleándose, resonando, muriéndose. Todavía no sentía dolor, eso vendría más tarde. No tenía palabras, no tenía aliento para ponerse a chillar ni energía para correr.

Exactamente igual que cuando Clodio.

Antonio y Atico se miraron el uno al otro por encima de la cabeza de Fulvia.

–¿Qué ha ocurrido? – preguntó Atico temblando.

–Juba y Varo condujeron a Curión a una trampa. Le había estado yendo bien, pero sólo porque ellos no querían que le fuera de otro modo. Curión no era un hombre militar. Destrozaron su ejército, apenas han sobrevivido algunos hombres. Curión murió en el campo de batalla. Peleando.

–Es un hombre que no podíamos permitirnos perder.

Antonio se volvió hacia Fulvia, le acarició el pelo para apartárselo de la frente y le cogió la barbilla con aquella mano enorme.

–Fulvia, ¿me has oído?

–No quiero oír -repuso ella impaciente.

–Sí, ya lo sé. Pero tienes que hacerlo.

–¡Marco, yo lo amaba!

Oh, ¿por qué estaba él allí? Pero tenía que ir en persona, tuviese o no el imperium. La noticia les había llegado a él y a Lépido por el mismo mensajero; Lépido había ido al galope a la villa que Pompeyo tenía en el Campo de Marte, donde Antonio, siguiendo el ejemplo de César, solía residir cuando se encontraba en las cercanías de Roma. Puesto que había sido el mejor amigo de Curión desde la adolescencia, para Antonio la muerte de aquél fue un golpe muy duro, y lloró por aquellos viejos tiempos y por lo que Curión hubiera podido llegar a ser en el gobierno de César. ¡El muy tonto, con sus fasces adornadas con guirnaldas de laurel! Y se había marchado tan alegremente.

A Lépido le habían quitado de delante a un rival. A él la ambición nunca le había cegado, simplemente se dejaba guiar por ella. Y el hecho de que Curión estuviese muerto le suponía un beneficio. Por desgracia no tuvo la suficiente inteligencia como para ocultarle a Antonio la satisfacción que sentía; éste, de acuerdo con su manera de ser, se enjugó las lágrimas en cuanto llegó Lépido y juró que se vengaría en las personas de Acio Varo y

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