Rusos I

Edward Rutherfurd · Capítulo 7 de 23

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Rusos I

Capítulo 1072

muerto. Y como estaba obligado a donar un caballo para los soldados del príncipe en tiempos de guerra, había tenido que comprar otro. Aquello, de todos modos, había sido sólo el comienzo. Se había dedicado a ir a beber a Pereiáslav y a jugar a los dados. Después le había comprado una pulsera de plata a su mujer para mitigar los remordimientos y había seguido pidiendo dinero prestado para volver a jugar, con el fin de recuperar su dinero.

Ahora, como miembro del municipio, debía al administrador del príncipe un impuesto por sus sembrados, y sabía que no podía pagarlo.

Con aire pensativo, comenzó a caminar en dirección al joven.

Cuando Zhydovyn volvió esa tarde y descubrió la pérdida de las pieles, se limitó a sacudir la cabeza. Le gustaba Ivanushka, pero no le auguraba un buen futuro. Y aunque no le dijo nada, Ivanushka adivinó que eran pocas las posibilidades de que volvieran a mandarlo a Russka.

Había, con todo, un detalle que tenía desconcertado al Jázaro. Podía comprender el robo de las pieles, pero ¿cómo se explicaba que de la suma de dinero que le había dejado a Ivanushka faltaran dos grivnas de plata? Si bien el joven afirmaba que las había perdido, él no entendía cómo diablos había podido perderlas. Aquello era todo un misterio.

Ivanushka no concedió mayor importancia a aquel asunto. Después de la desaparición de las pieles, sabía que su causa estaba perdida. Le había dado lástima el campesino. Al menos así podría pagar sus impuestos, el pobre.

El incidente quedó, por lo demás, casi borrado de su memoria.

1072

Ese día, aseguraban, iba a producirse un milagro. La gente lo esperaba, confiada, y no les faltaban motivos, pues ese día rendían honores a los restos de los dos mártires reales, los hijos del gran Vladimiro el Santo, Borís y Gleb, a quienes los eslavos habían conferido ya la categoría de santos.

Medio siglo después de su muerte, iban a trasladar sus restos mortales a su lugar de reposo definitivo, una iglesia de madera recién erigida en la pequeña ciudad de Vyshgorod, a escasa distancia de Kíev en dirección norte.

Que se produciría un milagro, nadie lo ponía en duda. Lo que no sabían era en qué iba a consistir.

En los círculos de la alta aristocracia y la Iglesia no se ignoraban los serios reparos que albergaba el metropolita griego, Jorge, con respecto a la santidad de los mártires. Pero ¿qué se podía esperar de un griego?, se decían. Y además, tanto si creía como si no, no había tenido más remedio que actuar de oficiante en la ceremonia.

Estaban todos allí: los tres hijos de Yaroslav, nietos del propio Vladimiro el Santo -el príncipe Iziaslav de Kíev y sus hermanos, los príncipes de Chernígov y de Pereiáslav-, el metropolita Jorge, los obispos Pedro y Miguel, Teodosio del Monasterio de las Cuevas y muchos más.

Caía una leve llovizna que se posaba mansamente sobre las cabezas de los componentes de la procesión, mientras ascendían con lentitud por el sinuoso y resbaladizo camino que conducía a lo alto de la colina. Pese a aquella fina lluvia, era el 20 de mayo y no hacía frío.

En primer lugar iban los monjes, protegiendo las velas del agua. A éstos los seguían, vestidos con austeras capas marrones, los tres hijos de Yaroslav, cargando a hombros, en una demostración de humildad, el ataúd que contenía los restos de su tío Borís. Tras ellos avanzaban los diáconos haciendo oscilar los incensarios, y a continuación los sacerdotes, precediendo al metropolita Jorge en persona y los obispos. Un poco más allá, la procesión continuaba con un grupo de nobles familias.

«Prefirieron morir que presentar resistencia a su hermano. Ahora brillan como almenaras sobre la tierra de Rus.» «Borís, dirige tu mirada hacia mí, que soy un pecador.» «Señor, apiádate de mí.» Estas y otras piadosas observaciones llegaban a oídos del alto muchacho de sombrío semblante que ascendía por la pendiente, junto a la elegante familia integrada en la representación de la aristocracia situada detrás de los ataúdes. «Quizás hoy veamos un milagro.» «Alabado sea Dios.»

Un milagro. Tal vez Dios obrara un milagro, pero Ivanushka estaba convencido de que éste no se produciría si él se encontraba allí.

«Nada bueno sucede cuando estoy yo», pensó con desaliento, mientras encogía aún más los hombros.

Las cosas no habían hecho más que empeorar en el curso del año anterior. Unas semanas después del embarazoso incidente ocurrido en Russka, escuchó sin ser visto una breve conversación entre sus padres.

–Ivanushka tiene muchas cualidades -lo defendía su madre-. Un día hará algo de lo que te sentirás orgulloso.

–No, no lo hará -contestó Ígor-. Ahora estoy seguro. He perdido las esperanzas. – Su padre exhaló un suspiro-. No consigo que nadie lo emplee, y conozco el motivo. Ni yo mismo puedo fiarme de él.

Oyó que su madre murmuraba algo y luego la respuesta de su padre:

–Sí, quiero a todos mis hijos, pero es duro querer a un hijo que siempre defrauda.

«En realidad, ¿por qué va a quererme alguien?», acabó de zaherirse, abrumado de pena, Ivanushka.

Entonces comenzó a pedirles cosas a sus padres -dinero a ella, un caballo a él- para ver su reacción y comprobar si lo querían, pero pronto se lo tomó como una mera costumbre. Se volvió holgazán, y hacía lo menos posible por temor a decepcionarlos una vez más.

Pasaba mucho tiempo curioseando en el mercado de Pereiáslav. El sitio era un hervidero de actividad, donde se podía observar tanto la llegada de una remesa de aceite o vino de Constantinopla como de un cargamento de hierro extraído en los pantanos contiguos al río, que luego proseguiría viaje hasta Kíev. Había talleres donde se elaboraba cristal, tan insuperable como el mejor de la tierra de Rus, puestos donde se vendían alfileres de bronce y joyas, y otros de comida.

Desde su condición de observador, poco a poco Ivanushka fue tomando conciencia de otra clase de negocio que se llevaba a cabo allí. Había un vendedor que siempre estafaba a sus clientes en el cambio; otro que hacía trampas en el peso. Una banda de chiquillos merodeaba entre los puestos, robando sin hacer distingos pescado a los comerciantes y monedas a los compradores. A medida que reparaba en aquellas prácticas, aumentaba su admiración por la pericia con que se efectuaban. En su mente fue tomando cuerpo una idea: «Estas personas no dependen de nadie para vivir. Tomando lo que necesitan, son libres… libres como los jinetes de la estepa.»

En una ocasión, llegó a robar unas manzanas para comprobar lo fácil que era. Nadie lo descubrió.

No obstante, la vacuidad de su vida seguía atormentándolo. Todavía sentía dentro de sí el mismo vago anhelo que experimentaba de niño: el deseo de hallar su destino.

Así fue como, por fin, tres semanas antes de la ceremonia del traslado de los restos de Borís y Gleb, viendo que se habían esfumado todas las demás oportunidades, anunció a sus padres:

–Quiero ser monje.

La declaración produjo un efecto extraordinario.

–¿Estás seguro? – preguntó su padre en un tono que delataba su ansiedad por que no fuera a cambiar de idea.

Ni siquiera su madre, guardándose para sí los reparos que seguramente albergaba, expresó ninguna objeción.

En realidad, fue como si volviera a nacer. Esa noche su padre ya había ideado un plan de acción.

–Puede ir a Grecia, al monte Athos. Tengo amigos allí, y también en Constantinopla, que le echarán una mano. Aún podría hacer una brillante carrera -apuntó con una sonrisa de satisfacción.

–No debes abrigar ninguna inquietud por el viaje, Iván -le dijo al día siguiente, en un aparte-. Yo correré con todos los gastos. Te llevarás, también, un donativo para el monasterio.

Hasta el mismo Sviatopolk, contento sin duda ante la perspectiva de perderlo de vista, se acercó a hablarle en amigable actitud.

–Me parece, hermano, que al final has elegido el camino acertado. Un día estaremos todos orgullosos de ti.

Estaban orgullosos de él. Y ahora, dentro de dos días, se iba marchar.

¿Por qué, entonces, mientras subía la colina detrás de los ataúdes de los dos santos, tenía el mismo aire desdichado de siempre?

Sólo una vez, al pasar junto a un sauquillo, pareció que una sonrisa le iluminaba un momento el semblante.

¿Se produciría un milagro?

Ivanushka nunca había presenciado ninguno. Si Dios obraba un milagro, tal vez recuperaría la fe.

«Voy a enterrarme en un monasterio -cavilaba-. Quizá, dentro de unos años, me obliguen a vivir en una cueva bajo tierra. Moriré joven… como todos los monjes.»

¿Merecería la pena? Si al menos Dios le hablara, lo fortaleciera, le sosegara el espíritu… Si al menos le enviara una señal…

La procesión se había detenido mientras introducían el ataúd de Borís en la pequeña iglesia. Después de dedicarle unas oraciones, estaba previsto entrar los restos de su hermano Gleb. La llovizna seguía cayendo y desde el interior del templo llegaban, amortiguados, unos cánticos.

Y entonces ocurrió algo.

Fue como si la exclamación ahogada de quienes se hallaban dentro resultara audible para toda la multitud congregada fuera. Los cantos se interrumpieron en seco para reanudarse enseguida con renovado brío. Un rumor recorrió la muchedumbre. Ivanushka miró el cielo y advirtió, sorprendido, que la lluvia había parado de repente y el sol atravesaba las nubes.

¿Qué había pasado? La gente aguardó un rato, expectante…

Por fin, el metropolita apareció en el umbral de la iglesia y, mirando al cielo, se postró de rodillas. Ivanushka se dio cuenta de que el prelado griego estaba llorando.

–Hemos sido agraciados con un milagro -declaró con estentórea voz el metropolita-. ¡Alabado sea nuestro Señor! – Entre los murmullos de los presentes, muchos de los cuales se santiguaban, los que estaban cerca de la puerta lo oyeron añadir-: Dios perdone mi incredulidad.

Al abrir el ataúd, había brotado el dulce aroma que Dios concede sólo a sus santos.

Minutos después, llevaron los restos de Gleb. Dado que éstos se encontraban en un pesado sarcófago de piedra, en lugar de a hombros lo transportaban en un trineo, siguiendo una antigua costumbre de la tierra de Rus.

Y una vez más, ante la mirada de Ivanushka, Dios mandó una señal, pues cuando los hombres que tiraban del trineo llegaron a la entrada de la iglesia, éste se paró en seco. Por más que tiraron, ayudados incluso por algunos de los asistentes, no hubo forma de mover el sarcófago.

–Que la gente entone el Kyrie Eleison -indicó el metropolita.

–Señor, ten piedad -rezó, en compañía de todos los presentes, Ivanushka-. Señor, ten piedad.

Y entonces el trineo se deslizó sin resistencia.

Ivanushka sintió que se le erizaban los pelos de la nuca y que un temblor agitaba su cuerpo cuando vio moverse el trineo. Delante de él iba Sviatopolk y advirtió que su hermano también temblaba.

Aquéllas eran las señales, recogidas en las crónicas rusas, por las que a partir de entonces Borís y Gleb serían reconocidos como auténticos santos por el pueblo y la tierra de Rus.

En ese preciso instante Ivanushka vio al padre Lucas.

El viejo monje, que se encontraba en el interior del templo, salió un momento afuera.

Ivanushka lo identificó de inmediato. Le costó, no obstante, creer que aquel anciano fuera el guía espiritual de su padre, debido al estado de decrepitud extrema al que había llegado. Parecía como si se hubiera encogido. Caminaba muy despacio con ayuda de un bastón, arrastrando una pierna inútil, y los ojos que antaño estaban legañosos, ahora tenían la mirada extraviada e indefensa de la ceguera. Era como un pequeño insecto pardo que salía reptando a la luz, donde sin duda alguien lo liquidaría de un pisotón.

Cuando se volvió hacia la familia, Ígor le dedicó una respetuosa reverencia, pero el padre Lucas no vio nada. Mientras lo observaba, Ivanushka notó que se esfumaba la euforia que le había producido el milagro.

«Esto es lo que significa ser monje», recordó con terror.

Ivanushka tenía la impresión, aunque no estaba seguro, de que se encontraba en los bosques cercanos al pueblo de Russka.

Como mínimo eso fue lo que le pareció cuando rememoró más tarde el sueño.

Era a última hora de la tarde. Las sombras se alargaban, pero el resplandor que aún conservaba el cielo le indicó que era verano. Cabalgaba por un camino… en dirección este, creía vagamente. Los árboles, robles y abedules en su mayoría, parecían hablar unos con otros mientras pasaba a su lado entre las manchas de luz que dejaban filtrar. Montaba un caballo negro.

Buscaba algo, pero no sabía qué.

Al poco rato halló un estanque a su derecha. Al mirarlo, advirtió un pálido destello en su lisa superficie, y también creyó oír un quedo grito que salía del agua. ¿Sería un gemido o una risa? Entonces cayó en la cuenta de que era la rusalka del lugar y espoleó el caballo. El bosque se volvió más sombrío.

En la siguiente imagen era por la mañana y seguía aún en el bosque. El camino desembocó en un claro, donde había un bosquecillo de abedules plateados, y después se encontró ante una encrucijada. Al lado de ésta, vio a un hombrecillo que le resultaba familiar y se acercó despacio a él.

Era el padre Lucas. Tenía los ojos muy brillantes: era evidente que veía.

–¿Hacia qué lado debo ir, padre? – le preguntó Ivanushka, inclinándose con respeto ante él.

–Tienes tres caminos para elegir -respondió el anciano-. Si vas hacia la izquierda, protegerás el cuerpo pero perderás el alma.

–¿Y si voy hacia la derecha?

–Conservarás el alma, pero perderás el cuerpo.

Ivanushka meditó un instante. Ninguna de aquellas alternativas le parecía deseable.

–¿Y si voy hacia el frente?

–Sólo los tontos van en esa dirección -repuso el monje.

Pese a que la respuesta no era más halagüeña que las anteriores, concluyó que aquélla era la única vía apropiada para él.

–A mí me llaman Ivanushka el tonto -dijo-, de modo que tanto da que vaya por ahí.

–Como quieras -contestó el padre Lucas, antes de desaparecer.

Ivanushka siguió cabalgando recto, ignorante de adonde conducía ese camino. Le pareció oír un potente estallido en el cielo y vio que su caballo, que antes era gris, se había transformado sin motivo en un ruano.

Eso fue lo que soñó Ivanushka la noche antes de emprender el viaje.

Aún no había concluido la mañana. Los dos barcos, cargado de mercancías uno y el otro llevando a unos pocos pasajeros, se deslizaban silenciosamente por la inmensa y pálida superficie del río. Arriba se extendía un nítido cielo azul; a la derecha, una arenosa orilla elevada en la que pastaba alguna que otra cabeza de ganado. En la amarilla ribera más próxima a ellos, Ivanushka advirtió una masa de pequeños agujeros en torno a la cual volaban unos pajarillos. Enfrente, en la orilla izquierda, comenzaba una planicie de color verde claro, salpicada de árboles.

Iba bien provisto de dinero, con la bolsa de grivnas de plata que le había dado su padre atada al cinturón.

–Haciéndote monje, has recibido tu herencia mucho antes que yo -había comentado con sequedad Sviatopolk al despedirse.

Y ahora el gran río Dniéper lo llevaba hacia el sur, hacia su destino.

Llevaban viajando toda la mañana, e Ivanushka estaba a punto de cerrar los ojos para echar una siesta cuando un estridente grito llegado del barco de delante lo sacó de la somnolencia.

–¡Cumanos!

Los viajeros se pusieron a mirar con asombro, pero no había duda: los ocupantes de oscuros rostro turco del largo barco que se acercaba desde la orilla derecha eran, en efecto, cumanos. La sorpresa de los pasajeros no era, con todo, infundada. Todo el mundo creía que a aquella hora los cumanos estaban descansando en sus campamentos, en el corazón de la estepa, y además, era casi inaudito que atacaran en el agua. Por norma general, preferían esperar hasta hallarse en latitudes más meridionales, donde había rápidos, y abalanzarse sobre las caravanas que cubrían por tierra esos tramos.

–Han obligado a algunos eslavos a tomar los remos -murmuró alguien.

Ivanushka comprobó que los remeros eran, en efecto, desdichados campesinos eslavos. Mientras miraba, uno de los cumanos empuñó un largo arco; la flecha que salió disparada hizo caer por la borda a uno de los hombres del barco de carga.

–¡A vuestra espalda! – gritó alguien.

Al volverse, vio otro barco que les cerraba el paso corriente arriba.

–No se puede hacer nada. Tendremos que ir a la orilla izquierda -decidió el patrón del barco.

Esta se encontraba, no obstante, lejos. A Ivanushka se le antojó en ese momento que las azules aguas llegaban hasta la línea del horizonte.

Resoplando a causa del esfuerzo, los remeros cambiaron a toda prisa el rumbo de la embarcación.

Ivanushka advirtió que el barco carguero ya estaba perdido y se preguntó si los cumanos se darían por satisfechos con él. Al cabo de un momento vio que, aun así, el otro barco cumano se acercaba a ellos.

–Hay un riachuelo que desemboca cerca de aquí -informó el patrón-.

Unos kilómetros más arriba hay una fortificación. Nos dirigiremos allí.

Ivanushka, inconscientemente, se puso a rezar, pues conocía muy bien la fortaleza en cuestión.

Resulta extraño encontrarse de nuevo en Russka. Aunque Zhydovyn no estaba, una media docena de soldados les dieron la bienvenida. Los cumanos habían renunciado a perseguirlos poco después de que abandonaran el cauce del Dniéper, pero de todos modos los viajeros habían decidido esperar dos días en la fortaleza antes de volver a tentar a la suerte.

En cuanto a él, había merodeado por el fuerte, visitado la aldea y recorrido los tranquilos senderos del bosque con un raro sentimiento de

satisfacción. Incluso había caminado hasta el borde de la estepa y contemplado un antiguo kurgan que todavía se alzaba entre las altas hierbas emplumadas.

Al tercer día, los viajeros se pusieron de nuevo en camino.

Ivanushka, sin embargo, no fue con ellos.

Ni él mismo sabía muy bien por qué. Para sus adentros, argumentaba que la providencia le había concedido una tregua. «Puedo quedarme aquí un tiempo, hacer acopio de vida y prepararme para el viaje», se decía, negándose a admitir que ya no tenía ninguna decisión pendiente y que ya había iniciado el viaje. Ese tercer día lo pasó caminando junto al río.

El cuarto día, vencido por una sensación de lasitud, se dedicó a dormir.

Al día siguiente se encontró con el campesino Shchek. Estaba más delgado, pero saludó con afecto a Ivanushka. Cuando éste le preguntó si estaba al corriente de sus deudas, esbozó una tímida sonrisa.

–Sí y no -respondió-. Soy un zakup.

Aquélla era una institución muy dura. El hombre que no podía pagar a sus acreedores tenía que trabajar para ellos, prácticamente como un esclavo, hasta haber enjugado la deuda. No obstante, como la deuda continuaba generando intereses durante ese tiempo, esos infortunados individuos raras veces conseguían recobrar la libertad.

–Conseguí que el administrador del príncipe se hiciera cargo de todas mis deudas -explicó-, así que ahora trabajo para el príncipe.

–¿Y cuándo recuperarás la libertad? – le preguntó Ivanushka.

–Dentro de treinta años -respondió, con una triste sonrisa, Shchek-. ¿Y

qué os ha traído aquí a vos, joven señor? – preguntó.

Ivanushka le explicó que iba a realizar un largo viaje a Constantinopla y Grecia para hacerse monje. Shchek escuchó con atención y luego inclinó la cabeza, dando a entender que comprendía.

–De modo que vos tampoco volveréis a ser libre -señaló-. Igual que yo.

Ivanushka observó al campesino. No se le había ocurrido establecer un paralelismo entre ambos. «Pero seguramente tiene razón -pensó-. Yo también soy un prisionero del destino.» Luego introdujo la mano en la bolsa y le dio una grivna de plata a Shchek antes de continuar. Dudó un instante si no debía haberle dado más. «No, necesitaré el dinero para el viaje», se dijo.

Al día siguiente abandonó Russka a pie, en dirección al río Dniéper.

Justo después de la partida de Ivanushka, Shchek el campesino salió de la aldea sin rumbo fijo y dejó que sus pasos lo condujeran hacia la estepa.

Aun cuando el fortín había aumentado en algo la importancia de la localidad de Russka en relación a épocas pasadas, seguía siendo un sitio minúsculo y solitario. Hacia el sur, a tres kilómetros de distancia, comenzaban las propiedades del príncipe; al este estaba la estepa; y al norte, veinte kilómetros desolados hasta llegar a otra aldea parecida, también con un fuerte.

Shchek caminaba muy animado. Su vida no había sido fácil desde que se convirtiera en zakup. El administrador del príncipe le hacía trabajar duro, y a su mujer, avergonzada por su condición, se le había agriado el carácter.

El imprevisto donativo que le había hecho el joven noble era, con todo, como un regalo del cielo, pues para un campesino como él una grivna de plata equivalía al sueldo de tres meses.

Tomó el sendero del bosque y prosiguió hasta los claros donde iban a recoger setas las mujeres. Luego pasó junto al estanque donde, al decir de los aldeanos, moraban las rusalki. Un poco más allá del estanque, llegó a la encrucijada. El camino de la derecha llevaba, como bien sabía, hacia el sur, hacia las tierras del príncipe. El de la izquierda continuaba hacia el norte; pero, como pasaba por el lugar donde había muerto uno de los habitantes del pueblo, víctima de las garras de un oso, pocas personas iban por allí, pues lo consideraban de mal agüero.

Movido por un impulso, el campesino decidió seguir por ese lado. «Ese tal Ivanushka me ha dado suerte -pensó-. Hoy no tengo nada que temer.»

Un poco más al norte de Russka, el río formaba una gran curva en torno a una colina cubierta de una espesa arboleda. Allí precisamente se había producido el ataque del oso. El monte bajo, compuesto sobre todo de zarzas y espinos, se había adueñado del camino en la base del montículo. No era un sitio muy agradable, y no se hubiera detenido de no haber visto de improviso, unos cien metros más allá, a un gran zorro que se escabullía entre la maleza.

«Quizá tenga la guarida cerca», pensó Shchek. La piel de zorro se pagaba a buen precio. Con el mayor sigilo posible, y a costa de numerosos rasguños, comenzó a subir la colina a través de la maraña. Minutos después se había olvidado casi del zorro y sonreía con alborozo y asombro.