Rusos I
Capítulo 1566
Octubre. En la localidad de Russka hace un inhóspito día de frío, humedad y viento; las vaporosas nubes flotan tan bajas que a veces parecen rozar casi el puntiagudo tejado de la torre de vigilancia.
Un solitario jinete se aproxima con lentitud a las puertas. Monta un caballo negro en cuya silla aparecen dos emblemas: una cabeza de perro, que representa la actitud vigilante del jinete, y una escoba, símbolo de la voluntad de barrer a todos los enemigos de su señor.
El jinete también va vestido de negro. Mira sin precaución de un lado a otro, porque él es el amo de toda aquella región. En las puertas del monasterio, al verlo, un monje se aparta con nerviosismo de su vista. Hasta el abad se siente incómodo en su presencia. En el pueblo y en el cercano Lugar Sucio, todos le tienen terror.
Ha transcurrido más de un año desde que prestó su juramento. Éste tuvo un tono bíblico, pues juró amar más a su señor que a su padre y su madre y más también que a sus hijos. También juró informar en el acto sobre cualquier sospechoso de deslealtad a su señor, el zar.
El individuo de negro goza de poder e inspira temor. Cierto es que, como bien sabe su mujer, no es feliz. De todas formas, nunca se le ha ocurrido que debería serlo.
Es precisamente para ver a su mujer para lo que ha acudido al pueblo aquel torvo individuo, porque allí tiene su casa. Su nombre es Borís Bobrov.
Por fin Iván había doblegado a todos sus enemigos. El golpe, devastador, los había pillado totalmente por sorpresa.
En diciembre de 1564, sin dar una palabra de explicación, había abandonado la ciudad de Moscú con una gran recua de equipaje, y el día de San Nicolás había aparecido en una cabaña de caza fortificada llamada Alexándrovskoie Sloboda, situada unos setenta kilómetros al noroeste de la capital. Nadie sabía qué significaba aquella evacuación.
Luego, en enero, llegó la noticia: había abdicado.
¿Sería una argucia?, se preguntaban todos.
–En mi opinión -le explicó a Elena su padre-, el zar no ha estado del todo en sus cabales desde que murió Anastasia. Decidió que los boyardos la habían envenenado y quiere tomar represalias. De todas formas -añadió, torciendo el gesto-, esto parece una maniobra calculada.
Lo era. Los boyardos, por temor al pueblo, tuvieron que pedirle que volviera, y cuando lo hizo, impuso sus propias condiciones.
Fueron asombrosas las medidas que tomó, probablemente sin precedente en todo el mundo. Tras recibir solemne juramento de los boyardos y la Iglesia de que era libre de gobernar tal como le placiera y de castigar a quien quisiera, el zar Iván dividió su reino en dos. La parte mayor dejó que la dirigieran en su nombre varios boyardos de su confianza, pero la menor la convirtió en una vasta propiedad privada, controlada personalmente por él, que sólo podían habitar los servidores de su elección.
A aquel feudo personal le puso, con sombría ironía, el nombre de opríchnina, que significa la porción de la viuda, la tierra que recibía una viuda para su mantenimiento después de la muerte del marido. Sus servidores, que recibieron el apelativo de opríchniki, formaban una compacta orden, como las de los caballeros livonios y teutónicos, e iban vestidos de negro.
Era un estado dentro de un estado. Era un estado policial. Los opríchniki sólo podían ser juzgados por sus propios tribunales y se hallaban, de hecho, por encima de la ley. Dentro de sus límites se incluía una parte de Moscú, Súzdal y algunas franjas de tierra al norte del Oká y al suroeste de Moscú. La mayor parte de la opríchnina quedaba, no obstante, en el norte, en los inmensos territorios boscosos que se extendían más arriba del semicírculo del Volga hasta los remotos puertos boreales donde habían desembarcado los marinos ingleses. Alejada de las antiguas ciudades principado, era una tierra de monasterios, pieles, yacimientos de sal y ricos mercaderes norteños. La poderosa familia de los Stróganov, convertida de campesinos en príncipes comerciantes, solicitó de inmediato formar parte del estado del zar.
En él podían vivir tan sólo las personas leales a Iván. En todas las propiedades, los inquisidores del zar dieron su dictamen al respecto. Si el propietario era leal, podía quedarse; pero si tenía alguna relación con un magnate o con una de las numerosas familias principescas, era expulsado y, con suerte, recibía a cambio una finca de menor valor fuera de la opríchnina.
De este modo, se podía entregar a los opríchniki los terrenos sobrantes, que retenían, naturalmente, en calidad de pomestie sujeto a servicio. Como
la población de Russka quedaba dentro de la opríchnina, los inquisidores fueron a interrogar al joven señor del Lugar Sucio.
Eso era lo que estaba deseando Borís.
–Yo sirvo al zar -afirmó- en todas sus guerras. Dejadme ser, os lo ruego, uno de los opríchniki. Ese es mi mayor anhelo. – Viendo que tomaban nota de aquello, agregó-: Es posible que el zar se acuerde de mí. Decidle que habló conmigo un día al amanecer, cuando volvíamos de Kazan.
–Si es eso verdad, Borís Davidov -señaló con una sombría sonrisa el inquisidor-, el zar os recordará. El zar no olvida nada.
Continuaron examinándolo en detalle y no hallaron falla en su familia.
Aunque de antiguo linaje, no presumía de relaciones con los grandes que pudieran hacer recaer sospechas sobre él. Había un problema, con todo.
–¿Y la familia de vuestra esposa? – le preguntaron-. Vuestro suegro tiene amistades en círculos de cuya lealtad dudamos. ¿Qué podéis decirnos de él?
Borís discurrió con cautela, pero no tuvo que pensar mucho cuál iba a ser su reacción.
–¿Qué queréis saber? – preguntó en voz baja.
Una semana más tarde, Borís fue convocado a Moscú y, tras una breve entrevista, le comunicaron que podía conservar la propiedad en modalidad sujeta a servicio y que lo habían aceptado en el cuerpo de los opríchniki.
–El zar se acordaba de vos -le dijeron.
Poco después Elena se enteró de que su padre estaba consumido de preocupación, aunque desconocía el motivo.
El viento había amainado y la tarde entraba ya en su ocaso cuando le sirvieron la cena a Borís.
No bien se hubo sentado, el viejo criado puso ante él un plato de pan de centeno y una pequeña jarra de vodka. Mirando fijamente al frente, Borís se sirvió tres menguadas tazas, que apuró de un solo trago echando la cabeza atrás. Elena no dijo nada. A ella le parecía un hábito bastante vulgar que sin duda había copiado de los otros opríchniki.
Comió casi en completo silencio. Elena, sentada en el otro extremo de la recia mesa, se llevó a la boca algún trozo de verdura. Parecía que ninguno de los dos tenía valor para iniciar la conversación.
No era de extrañar, pues de ser ciertos los rumores que corrían por Moscú, el asunto que debían tratar era terrible.
El mutismo se prolongaba. De vez en cuando, Borís dejaba con cautela que su vista se posara un instante en ella, como si estuviera rumiando algún abstracto plan en el que Elena podía participar o no. En una ocasión se volvió hacia ella y le preguntó en tono reposado por la salud de Lev el comerciante. Al oír que estaba bien, asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Lev se encargaba ahora de recaudar los impuestos del lugar y estaba, por tanto, al servicio de la opríchnina, igual que Borís. Ambos actuaban de manera conjunta en todas las cuestiones de carácter oficial.
–¿Y nuestra hija? – preguntó ella al cabo de un poco.
La niña había sido entregada en matrimonio a un joven noble a principios de año. Aun cuando no vivía dentro de la Opríchnina, éste tenía una situación económica desahogada y Borís había considerado satisfactoria la lealtad de la familia. Elena sospechaba que se había alegrado de alejar a la niña -que tenía sólo doce años- de su casa. Aunque siempre había sido amable con su hija, Elena sabía que Borís, en el fondo, nunca había aceptado su existencia en lugar de la del hijo varón que debería haber tenido.
–Está bien -contestó con laconismo-. Hablé con su suegro.
No era mucho; pero no quiso insistir en el tema. De cuando en cuando, Borís le lanzaba una breve mirada.
Elena apenas iba a Moscú por entonces. Pese a que tenía a su familia allí, no le apetecía, ni tampoco Borís la animaba a hacerlo.
Desde que se había instituido la Opríchnina, en la capital reinaba un ambiente de tensión y a menudo de terror. Desde el comienzo se habían producido desapariciones y habían corrido rumores de ejecuciones. De las antiguas ciudades principado llegaban noticias de confiscaciones masivas, de grandes príncipes y magnates que perdían todas sus tierras y eran enviados a miserables terruños en las distantes fronteras de Kazan.
–Es repulsivo -se lamentó el padre de Elena en una de las escasas visitas que ésta realizaba a la ciudad-. La mitad de las personas a las que ejecutan no han hecho nada.
Ella misma había escuchado unos días antes el caso de un valiente individuo llamado Gorvachev, que al subir después de su padre al cadalso, había recogido la cabeza de éste y, ante la gente que observaba, había declarado: «Doy gracias a Dios de que ambos morimos inocentes.»
–¿Sabes lo que es más espantoso? – prosiguió el padre de Elena- El pueblo cree que está echando a esa gente para dejar espacio ñapara sus secuaces, esos malditos opríchniki. Perdóname, sé que Borís es uno de ellos. Pero, si uno observa con atención, llega a la conclusión de que no es eso lo que pretende. Después de todo, la mayoría de las confiscaciones no se han producido en la opríchnina porque está llena de partidarios suyos. Lo que hace, de hecho, es acabar con la oposición afuera; después soltará a esos uniformados de negro sobre nosotros. Es una argucia para destruirnos a todos.
A ella le inspiraban también terror los opríchniki. Algunos eran aristócratas, de la alta y la pequeña nobleza, pero muchos eran poco más que campesinos.
–¡Algunos incluso son extranjeros, simples mercenarios! – había exclamado con disgusto su madre-. No tienen vínculos familiares, ni de amistad, nada.
Su padre la había puesto al corriente de algo más.
–¿Sabes cuáles han sido las últimas órdenes del zar? Que a todo extranjero que se interese por lo que ocurre, debemos negarle que exista la opríchnina. ¿Te imaginas? El otro día estuve en casa de un magnate, y había un delegado de Lituania allí. «¿Y qué me decís de la opríchnina?», le preguntó a nuestro anfitrión. «Nunca la he oído mencionar», contestó el hombre. «Pero si el zar está escondido en un fuerte fuera de la ciudad -
adujo el lituano-. ¿Y esos tipos que van vestidos de negro?» «Ah, son unos servidores suyos, una especie de regimiento nuevo», respondió el magnate.
Los treinta que estábamos en la habitación no sabíamos adonde mirar. Pero todos mantuvimos cerrada la boca, por supuesto.
Esa primavera había habido un indulto para algunos de los exiliados. No obstante, ya eran dos los metropolitas que habían tenido que renunciar a la fuerza a su cargo porque no podían tolerar ese nuevo estado de terror.
Y ahora habían llegado aquellas apabullantes noticias, las últimas.
Mientras miraba a Elena, Borís trataba de analizar lo que veía. Todavía era la misma muchacha con la que se había casado: pacífica, algo nerviosa, ansiosa por agradar y a la vez capaz de hallar refugio frente a él en la red de la familia y las relaciones femeninas de las que él se sentía excluido. Ahora había algo más, sin embargo: el sufrimiento le había conferido una especie de callada dignidad, una autosuficiencia que a veces le inspiraba admiración
y otras enojo. ¿Era su dignidad un reproche contra él? ¿Era, incluso, un signo de desprecio?
Sólo cuando Borís hubo acabado de comer, sólo cuando hubiera sido absurdo demorar más la pregunta, se decidió ella a formularla, en voz muy baja:
–¿Qué pasó realmente en Moscú?
¿Que qué había pasado? Había sido iniciativa del propio Iván convocar el gran consejo del pueblo, el Zemsky Sobor, y tanto a Borís como a todos los demás les había parecido una buena idea. Tampoco podía decirse que se tratara de un cuerpo representativo de verdad, puesto que se habían limitado a reunir en una asamblea a casi cien individuos de la pequeña nobleza, el clero y algunos comerciantes destacados. De todos modos, la existencia de una asamblea de aquellas características era toda una concesión para el pueblo.
La razón estaba en que la guerra en el norte había sido un fracaso. Rusia necesitaba aquellas ciudades del Báltico, los polacos se oponían a sus pretensiones y el zar andaba escaso de dinero. El objetivo de la convocatoria del Zemsky Sobor era lograr aprobación para la guerra y los nuevos y onerosos impuestos que exigía, y demostrar al enemigo que todo el país se volcaría en ella. La gran asamblea se reunió en julio y dio su beneplácito a todas las propuestas del zar.
Hubo un problema tan sólo. Apoyados por el nuevo metropolita, los miembros del consejo tuvieron la impertinencia de solicitar a Iván que renunciara a la opríchnina. El zar montó en cólera y entonces…
Elena observó con aire pensativo a su marido. Le pareció que vacilaba.
¿Sentía culpa? ¿Se encontraba incómodo dentro de su coraza protectora?
–Había traidores. El zar los trató como a traidores -afirmó con brusquedad-. Todavía hay muchos traidores, muchos Kurbski que eliminar.
«Ah sí -pensó-, Kurbski.» De todos los sucesos que habían encaminado la mente de Iván por la tenebrosa vía que transitaba, tal vez ninguno -al menos desde la muerte de Anastasia- había tenido más trascendencia que la deserción del príncipe Kurbski. En 1564 aquel comandante, bajo cuyo mando había ido Borís a Kazan, había desertado de improviso para irse a Lituania.
La importancia de Kurbski no radicaba tanto en el terreno militar como en el afectivo. Había sido amigo de Iván desde la infancia y su marcha le
había herido en lo más hondo.
Desde entonces los historiadores vienen estudiando una nutrida correspondencia entre el zar Iván y ese príncipe exiliado, la cual ha sido asimismo el eje central de diversas biografías. Los recientes descubrimientos académicos apuntan a que esta correspondencia, al igual que otro gran clásico de la temprana literatura rusa, El cantar de las huestes de Ígor, podría ser una falsificación llevada a cabo en fechas posteriores.
Sea como fuere, es significativo que el terror de Iván no se desencadenara hasta unos meses después de la partida de ese príncipe.
–¿Es verdad que el zar encerró a toda la asamblea? – preguntó Elena.
–Sólo durante seis días.
–¿A cuántos ejecutaron?
–Sólo a tres.
–¿En público?
–Desde luego.
–Y luego, delante de toda la gente, ¿mandó que les cortaran la lengua a todos los demás?
–No. Cincuenta recibieron azotes, nada más. Merecido lo tenían.
–¿Les cortaron la lengua?
–No. Sólo a algunos. – Calló un instante, con la misma expresión imperturbable-. Habían montado una intriga, ¿sabes? Tramaban una traición.
–¿Se demostró?
–Hubo una intriga. Eso es todo. – Se levantó de la mesa-. No habrá más asambleas, te lo aseguro -añadió con una breve carcajada.
Elena no hizo más preguntas. No le preguntó si él había participado en aquello. No quería saberlo. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer? Despacio, un poco titubeante, se acercó a él y lo rodeó con un brazo con la esperanza de que tal vez su amor pudiera curar su mal. Él sabía, sin embargo, que en el amor de ella había perdón e, incapaz de rendirse a éste, se apartó en silencio. Sólo por el leve agarrotamiento de sus hombros advirtió Elena que se estaba protegiendo de ella. Si al menos pudiera ayudarlo y ayudarse a sí misma en aquella noche cada vez más oscura… En su fuero interno, llegó incluso a resolver que estaba dispuesta a sacrificarse para salvar el alma de él, el alma que sabía extraviada. Para salvar un alma, no obstante, se requería tal vez más habilidad de la que poseía ella.
Esa noche, cuando se acostaron juntos, intentó entregársele. Pero él, como un animal que ha probado la sangre, no quería otro tipo de alimento.
¿Cómo podía abandonarse a la simple pasión sin freno, al ejercicio nocturno, como lo percibía ella, de un gato, cuando era precisamente el animal que había en él lo que le inspiraba temor? ¿Y cómo podía, en su búsqueda de una vía de escape, de una compañera con una fortaleza equiparable a la suya, cómo podía hallar solaz en el amor que ella le brindaba junto con una oración?
Borís durmió a rachas. Ella, después de haberse dado pero sabiendo de modo instintivo que no era bastante, fingió que dormía.
Él se levantó antes. Al amanecer, Elena lo vio mirando a través del pergamino que cubría la ventana la luz grisácea del alba.
Entonces él se volvió, pues sabía que llevaba mucho rato despierta.
–Volveré a Moscú mañana -anunció.
¿Debía rogarle que se quedara? No lo sabía. Además, un sentimiento de fracaso, de lasitud, comenzaba a apoderarse de ella.
–La mujer de Esteban el sacerdote está enferma -señaló con voz apagada-. Olvidé decírtelo.
Cada vez que Mijaíl el campesino consideraba la situación de su familia, se reiteraba en la conveniencia de llevar a cabo su plan. Su hijo mayor estaba casado ya y vivía en el otro extremo del pueblo; ése no le preocupaba.
Tenía un hijo y una hija más, que aún no habían cumplido los diez años.
Y luego estaba Karp: ahí radicaba el problema.
–A punto de cumplir los veinte y aún no se casa -solía comentar con pesar-. ¿Qué voy a hacer con él?
–O, más exactamente, ¿qué le van a hacer la mitad de los maridos de la comarca? – le había replicado en más de una ocasión el viejo administrador.
Su éxito con las mujeres era innegable. Tenía el pelo negro, era esbelto y atlético, y se movía con tal gracia que hasta cuando montaba un caballo de labranza le confería la apariencia de un corcel; tenía además unos ojos castaños de mirada audaz que escrutaban a la gente en busca de una cara bonita. El secreto de su atractivo no acababa, empero, ahí. Había además algo interior, una especie de espíritu libre y salvaje que no encajaba en los límites de ese pueblo. Muchas mujeres experimentaban un tenue escalofrío al verlo. Algunas muchachas de Russka se habían dejado seducir por él.
Otras, casadas, le habían ofrecido en secreto sus favores. A él le encantaba conquistar primero y después averiguar, cosa que hacía con rapidez y maestría, qué procuraba placer a cada cual.
En cierto sentido, y pese a su preocupación, a Mijaíl no le molestaba tener a Karp en la casa, pues era una ayuda considerable. Aun con las difíciles condiciones y el trabajo que tenía que realizar para Borís, el campesino y su hijo habían conseguido sacar buenas ganancias de su cosecha de grano.
Además, había otra fuente de ingresos con la que habían topado de manera inesperada.
Todo había comenzado tres años antes, cuando Mijaíl encontró en el bosque a un osezno a cuya madre habían abatido unos cazadores. Al ver a la pobre criatura, de tan sólo unas semanas, no tuvo valor ni para abandonarla ni para matarla, de modo que se la llevó a casa, provocando gran hilaridad en el pueblo.
–¿Y te crees que yo voy a alimentarlo? – le espetó, furiosa, su mujer.
Karp, sin embargo, lo acogió con alborozo. Tenía buena mano con los animales, y cuando el oso cumplió dieciocho meses le había enseñado ya a bailar y a realizar algunos trucos. Muy ufano, desataba al animal para que hiciera mejor su actuación.
A menudo ganaba unas cuantas monedas en el mercado de Russka por las representaciones del oso. En un par de ocasiones había ido remontando el río hasta Vladímir y había vuelto con varios dengi.
- No nos hará ricos -comentaba-, pero paga lo que consume y aún deja un buen beneficio.
Gracias a ello y a otros esfuerzos, a escondidas para no despertar celos ni sospechas, Mijaíl iba ahorrando dinero. Su objetivo era muy simple.
–Reuniré lo suficiente para dejar al señor Borís, y le daré una parte a Ivanko para que pueda seguirnos dentro de un año o dos si quiere -le explicaba a su familia.
Las cosas estaban empeorando en Russka. Su primo Lev, que recaudaba los impuestos de la población, se lo había reconocido.
–El zar, si pudiera, cobraría tributos del resto de Moscovia y dejaría sin carga las tierras de la opríchnina - le había dicho-. Pero lo cierto es que tiene una necesidad desesperada de dinero. Se va a poner dura la vida.
Borís lo exprimiría aún más, no cabía duda. Había llegado la hora de irse.
–¿Y adónde iremos? – le preguntó Karp.
–Al este -respondió su padre sin pensarlo-, a las nuevas tierras donde la gente es libre.
No era una mala elección. En los nuevos poblados de los remotos bosques del norte, la autoridad quedaba todavía lejos y las personas vivían con menos trabas.
–Como tú digas -había contestado, complaciente, Karp.
En la primavera de 1567, murió la esposa de Esteban el sacerdote.
Según las normas de la iglesia ortodoxa, no podía casarse en segundas nupcias y debía incorporarse a una orden monacal.
Así lo hizo él, dejando la casita que había ocupado en Russka para instalarse al otro lado del río, en el monasterio de Pedro y Pablo. Siguió, no obstante, oficiando en la pequeña iglesia del pueblo, donde todo el mundo le profesaba gran respeto. En cuanto a sus opiniones con respecto a las propiedades de la Iglesia, Esteban no era tan insensato ni rudo como para ventilarlas al entrar en el monasterio, aunque Daniel permaneció varias semanas atento por si a su primo se le ocurría decir alguna inconveniencia.
Elena echaba de menos a su amiga, que tan a menudo le había hecho compañía, y sentía lástima por el sacerdote, convertido ahora en monje.
En septiembre era ya evidente la inminencia de una nueva campaña en el Báltico, cosa que Borís recibió con entusiasmo.
Durante el verano había estado numerosas veces en Russka y había pasado algunos ratos de mayor calma y alegría con Elena. Quizás existía la posibilidad de tener todavía un hijo.
También había visitado al zar en Alexándrovskoie Sloboda.
Era un sitio extraño, situado unos setenta kilómetros al norte de Moscú, al este del camino de la antigua Rostov, no lejos del gran monasterio de la Trinidad y San Sergio. Y en verdad, los cuarteles generales del zar tenían un funcionamiento muy parecido al del propio monasterio.
La primera noche que pasó dentro de aquel recinto sometido a una extrema vigilancia, le enseñaron una pequeña cabaña donde dormía con otros dos opríchniki, que le ofrecieron un duro banco.
–Nos levantaremos temprano -le informaron con una sonrisa.
Aun así, no esperaba ser despertado mucho antes del alba por el desapacible tañido de una campana.
–A rezar -murmuraron sus compañeros-. Apresúrate -lo urgieron.
En la oscuridad del extenso patio, los veía sólo a ellos, uno a cada lado, y un lejano recuadro de luz que dedujo sería la puerta de una iglesia abierta.
Mientras seguían, oyó, proveniente de algún punto elevado, una voz áspera que retumbaba, junto al sonido de las campanas.
–A rezar, perros -gritaba-. A rezar, mis pecadores hijos.
–¿Qué viejo monje chocho es ése? – musitó.
Al instante notó una mano que lo amordazaba.
–Calla, loco -le susurró al oído su compañero-. ¿Es que no te das cuenta? ¡Es el zar!
–Rezad por vuestras almas -gritó la voz.
Aunque había participado en ejecuciones y dado muerte a traidores sin sentir el menor escrúpulo, en el grito emitido por aquella alta figura invisible en la oscuridad había algo horripilante que le produjo un escalofrío.
Eran las tres de la mañana; el servicio de maitines duró hasta el alba.
Sabía que el zar se encontraba entre ellos, observándolo tal vez, pero no se atrevió a volverse para mirar. Al cabo de un rato, se oyó un roce y el alto monarca se trasladó despacio hacia delante. Sin mirar ni a derecha ni a izquierda, caminó hasta ponerse en cabeza de los hombres concentrados en la oración y permaneció en silencio, mesándose de vez en cuando la larga barba rojiza entreverada de negro.
Luego, en cierto momento, se postró y pegó la frente al suelo.
Nunca, desde aquel amanecer a orillas del Volga, había visto Borís tan de cerca al zar. Estaba impresionado.
Eso no fue nada, sin embargo, en comparación con los sentimientos que lo embargaron más tarde, cuando después de misa y del almuerzo de media mañana, lo llevaron ante el zar y lo dejaron a solas con él.
Iván llevaba un simple caftán negro, con un discreto bordado en oro y piel en los bordes. Su alta y delgada figura y su rostro aguileño eran los mismos que recordaba Borís de los días de Kazan, pero se le veía mucho más viejo. No era sólo que el cabello se hubiera vuelto tan ralo que en la parte superior de la cabeza casi parecía transparentarse el cráneo. Iván tuvo asimismo la impresión de que, bajo su largo y desmayado bigote, su boca
había adoptado la forma de una estrecha media luna que mirara hacia abajo, imbuida de un aire extrañamente animal. Mitad príncipe ruso, mitad kan tártaro y… algo más que Borís no acababa de precisar.
No obstante, un momento después era como si volviera a estar con el joven Iván; una vez más, Borís sintió el mismo encanto preñado de melancolía, aquella pasión interior que tenía raíces en otro mundo de carácter místico. Cuando el zar le dedicó a Borís una sonrisa, teñida de tristeza, parecía que incluso había bondad en sus oscuros ojos.
–Bien, Borís Davidov, han pasado muchos años desde que conversamos, vos y yo, en las riberas del Volga.
–Así es, gosudar.
-¿Y recordáis lo que nos dijimos el uno al otro entonces?
–Hasta la última palabra, señor. – Aún podía evocar con total nitidez aquella voz pausada, lúgubre, excitante, y el quedo sonido del vaivén del agua en la orilla.
–Yo también -confesó el zar.
Luego abrió una pausa. Borís notó que temblaba, al tiempo que le recorría la garganta y el pecho una oleada de emoción casi asfixiante. El zar Iván recordaba sus palabras. Una vez más, él y el soberano compartían el destino religioso de la poderosa Rusia.
–Decidme, Borís Davidov -prosiguió en voz baja el zar-, ¿aún creéis lo que dijisteis entonces sobre nuestro destino?
–Oh, sí, señor.
Sí, a pesar de los terribles momentos de los últimos años, a pesar de la traición, de la violencia… deseaba fervientemente creer. Sin ese destino sagrado, ¿a qué quedaba reducido él? ¿A un armazón vacío, vestido de negro?
Iván lo observó con aire pensativo, triste, como si Borís le hiciera recordar algo de sí mismo.
–La senda del destino de Rusia es dura -murmuró-. El camino es estrecho y está flanqueado de espinos. De acerados espinos. Los que viajamos por ese noble camino, Borís, debemos sufrir. Debe haber derramamiento de sangre. Pero no debemos dejar que ello nos intimide, ¿no es así?
Borís asintió con la cabeza.
–Los deberes de los opríchniki son a menudo desagradables. – Miró con detenimiento a Borís-. A vuestra esposa no le gustan mis opríchniki - señaló con suave tono.
Aun cuando lo dijo a modo de afirmación, estaba claro, por el atento silencio que guardó luego, que le daba a Borís la oportunidad de negarlo.
Este sintió el impulso instantáneo de hacerlo, pero, al mismo tiempo, una vocecilla interior le aconsejó no decir nada.
Iván esperó un minuto. ¿Cabía la posibilidad de que, en lugar de la conversación amistosa que él creía, se tratara de un encuentro preparado para que el zar pudiera formularle la acusación en persona? ¿Era ése el objetivo? Borís aguardó a su vez.
Entonces Iván inclinó levemente la cabeza.
–Estupendo. Nunca me mintáis, Borís Davidov -dijo con calma. Luego dio media vuelta para fijar la mirada en el icono del rincón y, sin volverse, continuó en un cavernoso y melancólico tono-: Tiene razón vuestra esposa.
¿Pensáis, Borís Davidov, que el zar no sabe qué clase de servidores tiene?
Algunos de esos hombres son perros. – Entonces se volvió por fin-. Pero los perros son capaces de dar alcance a un lobo y matarlo. Y hay muchos lobos que destruir.
Borís volvió a asentir, indicando que comprendía.
–No es tarea del servidor del zar pensar, Borís Davidov -le recordó Iván-. No le corresponde a él decir «Quiero esto o aquello». Le corresponde obedecer. No olvidéis -concluyó- que el zar gobierna por la gracia de Dios, no por la voluble voluntad de los hombres.
Como Iván no agregó nada más y el icono volvía a reclamar su mirada, Borís comprendió que la entrevista había tocado a su fin.
Antes de irse, sin embargo, quería pedir algo.
–¿Puedo quedarme aquí, gosudar - preguntó-, hasta la próxima campaña?
Estar allí, con el zar, en aquel momento, era lo que más deseaba.
Iván volvió a clavar la vista en él. Al dar por concluida la audiencia, sus ojos habían comenzado a velarse al tiempo que se replegaba en su mundo propio. Qué rápido, pensó Borís, podía correr una cortina que lo separaba del resto de los mortales. En otra persona, lo habría interpretado como un indicio de prevención o de incomodidad; como si hubiera cosas que no quería que viera su interlocutor.
–No -repuso-, la situación es tranquila hoy aquí, pero… éste no es sitio para vos.
Borís se retiró con cierta pesadumbre.
Esa tarde, el zar salió a cabalgar. Al caer la noche hubo nuevos rezos. A la mañana siguiente, todavía de madrugada, volvieron a sonar las campanas.
A media mañana llegaron al fuerte unos cuantos prisioneros, que fueron conducidos con premura a un macizo pabellón ubicado en un extremo. Poco después de aquello, Borís abandonó el lugar.
De camino a Moscú experimentó una maravillosa sensación de renovación, como si hubieran cobrado nuevo aliento todo su ser y su compromiso con la causa.
Fue en Moscú, en un claro día de septiembre, donde Borís se encontró con el inglés. Se conocieron cerca de la muralla del Kremlin.
Era un tipo delgado, con los ojos muy juntos, que, cuando Borís reparó en él, observaba con curiosidad la otra orilla del río Neglinaia.
El sitio donde posaba la mirada George Wilson era un edificio de reciente construcción, levantado como medida para incrementar la seguridad del zar. Se trataba del palacio Opríchnina.
Era una temible fortaleza rodeada de muros de seis metros de alto, construida en ladrillo rojo y piedra. Sobre la reja que quedaba frente a ellos, la estatua de un león enseñaba las garras al mundo. En las almenas había cientos de arqueros custodiando el recinto.
Mientras Wilson contemplaba con asombro aquella panorámica, Borís lo observaba a su vez con curiosidad a él. Había oído muchos comentarios sobre aquellos mercaderes ingleses que por entonces no era raro encontrar en diversas ciudades del norte. Eran algo pendencieros, pero por lo visto el zar creía que podían serle de utilidad. Aquel individuo era tan flaco que habría podido pasar por un pobre monje.
En realidad, en ese momento Wilson discurría la manera de violar la ley.
La vida lo había tratado bien. Se había casado con la chica alemana. Su joven cuerpo rollizo había hecho sus delicias y, como no había tardado en descubrir, su placida cara redonda podía adquirir una lasciva dureza que suscitaba en él alegres y placenteras carcajadas. Tenían dos hijos ya y estaba bastante complacido con ellos.
Seguía siendo un protestante militante. Siempre llevaba unos panfletos impresos en la cara interior de la capa como una especie de talismán
defensor contra la omnipresencia de los clérigos ortodoxos, con su incienso y sus iconos. De vez en cuando lo detenía algún encargado del orden, uno de esos tipos de negro, que exigía saber qué eran esas hojas de papel. Lo que más les escamaba era que estuvieran impresas. Sabía que cuando el zar Iván introdujo una modesta prensa unos años antes para promulgar sus leyes, una airada multitud capitaneada por los escribientes la destrozó. A él le divertía la simple barbarie de aquel pueblo. Cuando lo interpelaban a causa de aquellos panfletos, no obstante, siempre respondía con toda solemnidad que eran sus oraciones, una penitencia por su maldad, y aquello normalmente los apaciguaba.
Había realizado diversas y provechosas transacciones, pero ninguna tanto como la que entonces planeaba. Era una lástima que, en el más puro rigor, fuera ilegal.
El problema no eran los rusos, sino los ingleses, pues, desde el regreso de Chancellor de Rusia en 1555, el comercio inglés se había organizado como un monopolio regido por la carta de la Compañía de Moscovia. El comercio había sido floreciente. Wilson había llevado a cabo una intensa actividad en la ruta de Moscú a los distantes puertos del norte, y no habría tenido motivo de queja de no ser por dos cuestiones: el hecho de que Iván hubiera conseguido anexionar parte de la costa báltica, en especial el puerto de Narva; y que unos años antes, un taimado italiano, actuando en interés de un grupo de mercaderes de Amberes, hubiera logrado propagar por Moscú feos rumores sobre los mercaderes ingleses. Como consecuencia de ello, se habían resentido las actividades comerciales de los ingleses en el mar del Norte.
–El caso es -le expuso a su suegro- que si falto a las normas de la Compañía y fleto algunas mercancías por mi cuenta a través de Narva, podría obtener excelentes beneficios.
No sería el primer comerciante inglés que lo hiciera. Wilson no sentía una especial simpatía por sus compatriotas. En los últimos años, la mitad de los tipos que enviaban eran groseros jóvenes que, desde el punto de vista de los rusos y también del propio Wilson, mostraban idéntico interés por las mujeres y la bebida que por el comercio. La cuestión a la que se enfrentaba era dónde encontrar mercancías sin que se enteraran los mercaderes de su país.
Wilson tenía, además, la sensación de que urgía llevar a término ese negocio, pues le inquietaba el futuro. La guerra en el norte iba a continuar.
La última vez que el alto representante de la Compañía de Moscovia había vuelto a Inglaterra, el zar le había transmitido la urgente petición de que trajera a su regreso especialistas y material para la guerra contra Polonia en el norte. Aquellos barcos habían llegado hacía poco. Si iba a realizar un envío por el Báltico, convenía hacerlo con la mayor brevedad, antes de que se reavivara el conflicto.
Había otra noticia que durante los días previos circulaba de boca en boca entre la comunidad inglesa; por eso había estado observando con tanta atención la imponente fortaleza del zar.
Antes de su partida, el zar había transmitido un mensaje secreto al representante de la Compañía, cuyo contenido, de todos modos, había trascendido entre el estrecho círculo de ingleses: había solicitado asilo a la reina Isabel de Inglaterra, en caso de que tuviera que huir de Rusia.
«¿Corre tal peligro?», «¿Hay detalles que ignoramos nosotros?», se habían preguntado unos a otros los comerciantes.
Los misteriosos motivos que pudiera tener Iván para hacer llegar aquella extraña petición, proyectaban una nube sobre el horizonte. Wilson no acababa de decidir qué hacer.
Y allí, a su lado, estaba uno de esos tipos de negro. Wilson había aprendido a hablar ruso con aceptable fluidez: era algo imprescindible en aquel país donde nadie hablaba idiomas extranjeros. Puesto que, en su condición de mercader inglés, no le inspiraban especial temor los opríchniki, resolvió entablar conversación con aquél para ver si podía averiguar algo.
A Borís le causó sorpresa que le dirigiera la palabra el mercader, pero le respondió con educación. Luego, complacido de que el extranjero hablara ruso, charló con él un rato. Wilson se mostró cauteloso. Sin dejar entrever al opríchniki lo que sabía, mediante prudentes preguntas pronto se enteró de que Borís, que había estado recientemente en los cuarteles generales que tenía el zar fuera de Moscú, no tenía la sensación de que fuera a producirse un inminente desastre. Borís, por su parte, realizó un gran descubrimiento.
Aquel inglés quería un cargamento de pieles, y quería hacerse con ellas de manera encubierta. Aunque él no disponía de muchas, sabía dónde podía encontrar más. Qué golpe de suerte.
–Venid a Russka -dijo-. Ninguno de vuestros camaradas ingleses ha estado nunca allí.
Aquel otoño y la primavera siguiente fueron una época agitada, y también perturbadora, para Daniel el monje.
El caso era que estaba perdiendo el favor del abad.
La culpa era suya, pues, en su celo por conseguir dinero para el monasterio, presionaba demasiado a los comerciantes de Russka. Nada se le escapaba, y ellos reaccionaban tratando de estafarlo con más ahínco. El resultado global de tales manejos era un estado de irritación e inquina entre el monje y los comerciantes que beneficiaba poco al monasterio.
Pese a las discretas quejas que de vez en cuando se hacían llegar al monasterio, el abad, un hombre de avanzada edad, se limitaba a reprender blandamente a Daniel. Y cuando Daniel le contestaba asegurándole que los lugareños eran todos unos granujas, el anciano tendía a concederle el crédito a él.
Así habrían continuado las cosas, si no hubiera fallecido la esposa del sacerdote y éste no se hubiera visto obligado, como consecuencia de ello, a ingresar en el monasterio.
Los comerciantes no tardaron en insinuar que la situación mejoraría si pusieran a Esteban, que contaba con sus simpatías, como encargado de la gestión de Russka.
El abad era reacio a tomar medidas. En el fondo, el decidido monje, le inspiraba cierto temor.
–Es muy eficiente, como sabéis -se lamentó, conversando con un viejo monje que era su confidente-. Y si le quitara del puesto -añadió con un suspiro-, no sé qué haría. No se lo tomaría nada bien, seguro.
De todos modos, comenzó a dejar caer alguna que otra insinuación, no precisamente con mucha sutileza.
«Habéis hecho un buen trabajo en Russka, Daniel. Un día de éstos tendremos que buscaros un nuevo reto.» O bien: «¿No os sentís cansado a veces, hermano Daniel?»
Había bastado con un par de comentarios como aquéllos para poner a Daniel en un febril estado de ansiedad y actividad, que no hizo sino aumentar el miedo del abad a ofenderlo al tiempo que, por otro lado, se acentuaba su deseo de deshacerse de él.
Esteban, por su parte, era consciente de lo que ocurría, pero se mantuvo al margen. Aunque no temía a Daniel y en su fuero interno estaba en contra de su proceder, ya tenía bastantes almas por las que rezar, concluyó, incluida la propia.
Además, tenía otros problemas más personales que afrontar.
Todavía oficiaba como sacerdote en la pequeña iglesia de Russka. La gente del pueblo seguía recurriendo a él en busca de guía espiritual, igual que habían hecho las anteriores generaciones con su padre y su abuelo. Era, por lo tanto, natural que continuara ejerciendo su ministerio con respecto a Elena y que acudiera a su casa para visitarla, con mayor frecuencia tal vez que antes, por la sencilla razón de que la antigua compañera de la mujer, su esposa, no estaba ya allí para hacerlo. «Dios sabe -pensaba a menudo- que debe sobrellevar una gran soledad.»
No se equivocaba. Elena había realizado incluso un par de viajes a Moscú ese otoño para ver a su madre; la segunda vez había ido porque intuía que algo la preocupaba, si bien no lograba precisar qué era.
–¿Es aún amigo nuestro Borís? – le había preguntado de improviso, en cierta ocasión, su madre.
Ella había dudado, porque no estaba segura.
–Da igual -se había apresurado a decir su madre-. No tiene mayor importancia.
»No le digas que te he hecho esta pregunta -le pidió al cabo de un momento.
–¿Quieres que me quede una temporada? – le había preguntado Elena, pues, pese al poco atractivo que tenía entonces para ella Moscú, le pareció que su madre necesitaba compañía en aquellos momentos.
–En primavera quizás -había contestado, sin embargo, con aire distraído, su madre.
Elena estaba sola, y también preocupada. ¿Cómo no iba a sonreír, pues, al oír que había llegado el sacerdote para verla?
En poco tiempo se creó entre ellos una amigable intimidad que podía durar sin peligro mientras ninguno de ellos dejara aflorar, ni de palabra ni con gestos, el enamoramiento que ambos sentían. En la barba del alto sacerdote, a punto de cumplir los cuarenta, estaban apareciendo las primeras canas, que a ojos de ella lo hacían más interesante aún. Lo admiraba, y no era él indigno de tal admiración, pues era una buena
persona. Experimentaban la clase de pasión de quienes han tenido que vérselas con el sufrimiento, que al ser más mesurada tiene por ello una fuerza potencial superior a la de los arrebatos instantáneos de la juventud.
Él le leía el servicio. Ella rezaba. A veces conversaban, aunque nunca tocaban cuestiones personales.
Tal habría sido, de ser posible, el noviazgo de dos personas serias, entre la tormenta de acontecimientos que se avecinaba y que su propia honestidad les impidió prever en todo su alcance.
Qué fortuna tan extraordinaria era, se felicitaba Daniel, que Dios le hubiera concedido el don de poder observar dos cosas a la vez.
De otro modo, quizás hubiera pasado por alto alguno de los pequeños pero significativos pormenores que tuvieron lugar en la plaza del mercado una tarde de comienzos de octubre de ese mismo año.
El primero tenía relación con el mercader inglés, Wilson, que había llegado la noche antes con Borís. Después de pasar un rato con Lev el comerciante, los dos hombres habían ido a caballo al Lugar Sucio y el monje no había vuelto a verlos hasta que, cuando subía en el transbordador para cruzar el río, el azar quiso que reparara en el inglés, que se acercaba por el camino conversando, absorto, con Esteban.
Había esperado y luego había vuelto a tomar el transbordador para seguirlos. ¿Qué estarían tramando?
Lo cierto era que se habían encontrado por casualidad: Wilson volvía a Russka, adelantándose a Borís, y Esteban había salido a dar un paseo. El sacerdote, deseoso de conocer los usos de los ingleses, lo había asaltado a preguntas, y Wilson, que tenía buen ojo para juzgar a las personas, enseguida vio que no había peligro en hablar con aquel culto clérigo.
No tardaron en abordar el tema de la religión, y entonces Wilson se puso en guardia, pero el sacerdote disipó sus reparos.
–Sé algo sobre los protestantes. En Rusia hay gente, como los Ancianos del Transvolga, que se les parece un poco. Nuestra propia Iglesia precisa una reforma también, aunque no sea prudente afirmarlo hoy en día.
Después de una larga conversación sobre el asunto, Wilson se decidió a enseñarle al sacerdote uno de sus panfletos impresos.
–Decidme qué pone -rogó éste, con un entusiasmo que contrastaba con la habitual solemnidad de su talante.
Wilson tradujo lo mejor que pudo un texto de cariz claramente vituperador. Tildaba a los monjes católicos de víboras, sanguijuelas y ladrones. Decía que los monasterios eran ricos y vanos, sus ceremonias, idólatras, y otras cosas por el estilo.
–Es contra los católicos, claro -le aseguró Wilson.
–También se nos puede aplicar a nosotros -reconoció el sacerdote con una carcajada.
Luego hizo que Wilson se lo repitiera, para memorizarlo.
Antes de llegar a la ciudad, Wilson había tenido la precaución de volver a guardarlo bajo la capa. Pero, cuando llegaron al otro extremo de la plaza del mercado, donde se despidió del sacerdote, el inglés se llevó la mano a la capa y, como gesto de amistad, deslizó la hoja de papel hasta la mano de Esteban.
«¿Qué más da? – pensó-. No entenderían ni una palabra aunque pudieran leerlo.»
Ése fue el gesto en el que se fijó Daniel.
En ese preciso momento percibió también, en el lado opuesto de la plaza, otro movimiento de corto alcance.
Fue Karp, el hijo del necio de Mijaíl, el que lo llevó a cabo.
Acababa de ejecutar unos números con su oso para divertir a unos mercaderes que habían acudido desde Vladímir para comprar iconos. Estos habían arrojado unas cuantas monedas al suelo. Después de recogerlas, Karp se las había entregado a su padre, que se encontraba cerca.
Eso fue todo. No ocurrió nada más. La entrega de las monedas se había producido en el mismo momento en que el inglés le había dado el papel a Esteban el sacerdote. ¿Por qué tenía que tener relevancia alguna aquello?
Porque -y ahí radicaba la gloria, la casi genial capacidad de observación del monje- se había percatado de la expresión de Mijaíl y de la de su hijo.
No lograba expresarlo con palabras. ¿Era un aire de complicidad? Tal vez, pero había algo más. Guardaba relación con la manera en que se había erguido Mijaíl para, a continuación, mirar en torno a sí: con una especie de desafío. No, no era sólo eso. Era como si el fornido campesino hubiera adoptado, por un instante, el carácter de su hijo. Había adoptado la apariencia de un hombre libre. Era algo indefinible e inconfundible a la vez.
De repente lo comprendió. Estaban ahorrando dinero.
Tras archivar en la memoria aquellos dos retazos de información, decidió completarla.
En noviembre de 1567, justo después de haber partido hacia el norte iniciadas ya las nevadas de invierno, el zar Iván había interrumpido de manera brusca su nueva campaña contra el Báltico para regresar a toda prisa a Moscú. Borís volvió con el resto del ejército.
Se había descubierto una nueva intriga. Los conspiradores pretendían matar a Iván en los nevados parajes de las regiones septentrionales, con la connivencia del rey de Polonia. Había una lista de nombres, y ¿quién sabía cuántas personas más podían estar implicadas en el asunto?
En diciembre, los opríchniki se pusieron manos a la obra. Con hachas debajo de las capas y una lista de nombres en las manos, recorrieron las calles de Moscú llamando a las puertas de ciertas casas. Algunas personas partieron al exilio. Otras fueron empaladas.
A finales de la segunda semana de diciembre, un grupo de opríchniki se presentó en la casa del calvo y grueso aristócrata Dimitri Ivánov. Entre ellos no se encontraba su yerno. Lo llevaron a una sala del arsenal del Kremlin, donde habían dispuesto una enorme sartén de hierro sobre un fuego. Lo frieron.
De su muerte quedó una breve descripción en una lista secreta confeccionada para el zar. Al igual que los de las más de tres mil personas que murieron en los meses siguientes, los nombres de esa lista, que desde entonces se conoce como la Sinódica, fueron relegados al olvido y se prohibió mencionarlos.
Al mismo tiempo, todos los monasterios del país recibieron orden de mandar sus crónicas al zar para someterlas a inspección. De este modo, Iván se aseguraba de que no quedara constancia de los acontecimientos que tuvieron lugar durante aquellos terribles años.
Daniel el monje estaba lleno de confianza, animado incluso.
Daba gracias a Dios de que, un siglo y medio antes, los monjes se hubieran esmerado tanto en la redacción de su crónica. En ésta había poco que pudiera incomodar al zar. En todo el texto, las referencias a los tártaros eran ofensivas y los príncipes de Moscú eran descritos como héroes en su combate contra ellos.
Cinco años antes, para celebrar las victorias de Iván sobre los kanatos musulmanes de Kazan y Astraján, el monasterio había añadido medias
lunas bajo las cruces que coronaban las cúpulas de la iglesia del monasterio y la de Russka, como símbolo del triunfo de los ejércitos cristianos sobre el islam.
Nuestra lealtad no puede ser puesta en duda, pensaba, muy ufano.
La nueva purga efectuada en Moscú había tenido un efecto colateral beneficioso para él. El viejo abad había quedado tan afectado por los sucesos, que había tenido más que de sobra con llevar la habitual gestión del monasterio, de tal modo que parecía haber olvidado por completo la cuestión de la administración de Russka.
Además, Daniel tenía más confianza que antes en sus posibilidades de defender su posición en el monasterio.
A comienzos de primavera, por tanto, volvió a centrar sus esfuerzos en la vieja cuestión que lo obsesionaba: ¿cómo ampliar las propiedades del monasterio?
En la tierra de Borís, ahora que era un opríchniki, no cabía ni pensar.
Con ello quedaban sólo unos terrenos, un poco más al norte, que por entonces pertenecían al propio zar. ¿Se dejaría convencer el soberano para cedérselas?
No era una idea descabellada, pues, a pesar de las restricciones que había puesto a la adquisición de tierras por parte de la Iglesia, el mismo Iván seguía realizando generosas donaciones a ésta.
–Destruye a sus enemigos con una mano y luego, con la otra, da un poco más de tierra a la Iglesia para salvar su alma -había comentado al respecto uno de los monjes.
¿Proporcionaría aquella última purga un momento idóneo para abordarlo? Con tales planteamientos, Daniel el monje fue a ver al hermano encargado de la crónica y se puso manos a la obra.
El documento que elaboraron, y que en el mes de febrero consiguieron hacer firmar al nervioso abad, era una espléndida mezcla exponente de virtudes. Por una parte recordaba al zar los muchos privilegios otorgados a la Iglesia en el pasado, incluso bajo el dominio tártaro. Ni el mismo Daniel sabía que algunos de ellos los había acaparado la Iglesia valiéndose de falsificaciones. La misiva resaltaba la lealtad del monasterio y la pureza de sus crónicas. Además, suplicaba unas tierras de las que tenían gran necesitad. Escrita en el pomposo estilo eclesiástico, era larga, rimbombante y no muy respetuosa con las reglas de la gramática.
«Si da resultado -pensaba Daniel-, tendré asegurada del todo mi posición en el monasterio.»
Antes de enviarla, el abad, que aún tenía dudas, se la enseñó a Estaban, que se limitó a leerla con una sonrisa sin decir nada.
La mañana del 22 de marzo de 1568, en la catedral de la Asunción de Moscú, tuvo lugar un pavoroso acontecimiento.
Mientras celebraba la Eucaristía, el metropolita Filipo se volvió de repente y, en presencia de una nutrida congregación de boyardos y opríchniki, denunció públicamente al zar por el asesinato de inocentes perpetrado en la última purga.
Iván, encolerizado, golpeó la tribuna con la punta metálica de su bastón, pero Filipo no se dejó amedrentar.
–Son mártires -declaró.
Fue un acto de gran valentía moral. Los boyardos temblaban.
–No ha de pasar mucho tiempo -replicó Iván- antes de que me conozcáis mejor.
Al cabo de unos días, el metropolita se refugió en un monasterio e Iván comenzó a ejecutar a los miembros de su curia.
Daniel tuvo la mala fortuna de que precisamente al día siguiente de aquel suceso llegara a manos del zar la petición de tierra del monasterio de Russka.
La respuesta del zar fue inmediata y terrorífica; al verla, ni Daniel ni el acogotado abad acertaron a concretar qué les correspondía hacer.
Había llegado el día de San Jorge.
Mijaíl el campesino, su esposa, su hijo Karp, Misha el oso y los dos hijos menores de la familia estaban listos.
El trabajo del año había concluido. Hacía tiempo que el grano estaba almacenado. De hecho, había habido poco que hacer desde entonces, como si, a modo de castigo por los terribles actos de su monarca, Dios hubiera enviado una parca cosecha a Rusia ese año.
Sobre el paisaje de pardas y grises tonalidades, un gélido viento traía livianos remolinos de polvorienta nieve que iban moteando la tierra, acartonada ya por el incipiente frío. Las cabañas de madera del Lugar Sucio olían a humedad; los árboles pelados y los campos despojados de los tallos que habían producido, aguardaban con lúgubre desolación la capa de nieve
que había de cubrirlos. El día de San Jorge, anunciador del inminente invierno.
Mijaíl y su familia estaban preparados para marcharse. El campesino tenía ya el dinero necesario para poder irse. A diferencia de muchos otros campesinos de la zona, no tenía deudas, pues las había pagado discretamente el mes anterior. Disponía de un buen caballo y de dinero para el viaje. Era un hombre libre. Ese mismo día podía dejar aquel lugar.
El campesino tenía un plan ambicioso y simple a la vez. Irían a campo traviesa, por los bosques, hasta Múrom. Se quedarían allí hasta que, en la primavera probablemente, pudieran tomar un barco en el Oká hacia Nizhni Nóvgorod. En aquella ciudad encontrarían alguna embarcación que se dirigiera, siguiendo el curso del Volga, a las nuevas tierras donde los colonos eran libres.
Sería duro. No tenía la certeza de que lograran conseguir el dinero suficiente para vivir durante todo el viaje. Encontrarían, no obstante, la manera. El oso Misha les serviría, cuando menos, para ganar unos cuantos kopeks aquí y allá.
Sin embargo, pese a que lo tenían todo a punto para partir, aún seguían allí. Llevaban una semana esperando sin hacer nada en la cabaña. Todos los días, Mijaíl o Karp iban a Russka y regresaban invariablemente con sombría actitud.
Ese día le había tocado ir a Karp. El camino de regreso lo hizo abatido.
–¿Y bien?
–Nada. Ni rastro. – Propinó una repentina y violenta patada a la puerta, pero Mijaíl, pese al sobresalto que le produjo, no lo reprendió-. ¡Malditos explotadores! – gritó el joven.
–Quizás otro día -apuntó su madre sin convicción.
–Quizá -dijo Mijaíl.
Sabía, con todo, que era inútil. Estaban haciendo trampa con él.
Las normas para abandonar la propiedad de Borís eran simples. El campesino tenía que estar limpio de deudas y, en el plazo de una semana antes o después del día de San Jorge, informar al señor de que quería irse y pagarle la cantidad requerida para ello. Eso era todo.
Había, empero, una pega. El señor, o bien su administrador, debía estar allí para recibir la petición y el dinero pertinente.
Unos días antes de que comenzara el plazo, Borís y su esposa se habían marchado de improviso a Moscú y la casa de Russka había quedado cerrada. Mijaíl había ido a Russka en busca del administrador y había regresado pálido de consternación.
El anciano y su esposa habían desaparecido misteriosamente también.
Nunca hasta entonces habían salido del pueblo; nadie sabía adonde habían ido ni dónde podían estar. La casa estaba vacía.
Incluso entonces le costó creerlo. Había oído hablar de casos en los que se habían aplicado esa clase de trucos, pero allí, en Russka, al lado de un monasterio, ¿podían darse tales cosas?
La respuesta era que sí. Los días transcurrían sin que el administrador diera señales de vida.
–Pero no creas que se han ido de la zona -dijo con furia Karp-. Ese administrador no se esconde muy lejos, y si intentamos irnos sin pagar lo que nos corresponde, se presentará con media docena de hombres. Ya lo verás. Está esperando para seguirnos y arrestarnos como fugitivos. Después, él y el maldito señor nos exprimirán más que nunca. Apuesto a que en estos momentos nos están vigilando.
Había acertado en todo. Lo único que no adivinaron Mijaíl y Karp fue que su primo Daniel era el primer responsable de aquella argucia.
Para éste, disponer los hilos de la trampa había sido coser y cantar.
Después del amedrentador mensaje del zar, no cabía duda de que el monasterio, y él en particular, iban a necesitar amigos a toda costa. El candidato ideal era Borís, servidor del zar.
El astuto monje no había tardado en descubrir que Mijaíl estaba liquidando con disimulo sus deudas. Esa mañana había ido en busca del propio Borís y, con toda discreción, lo había avisado de que su mejor campesino tenía intención de marcharse. Aparte, le había recordado qué procedimiento podía emplear para impedírselo.
Borís había dado las muestras de agradecimiento pertinentes.
–Siempre he sentido afecto por vuestro señor -aseguró Daniel.
Borís no se dejó engañar, pero de todas formas concluyó que el barbudo monje podía serle de utilidad.
–Estupendo -contestó-. Mantenedme informado de cualquier otra cosa que deba saber.
Y así pasó el día de San Jorge, y el siguiente, y el otro.
Siete días más tarde, cuando despertó poco después del amanecer, Mijaíl quedó conmocionado, aunque no sorprendido del todo, al averiguar que Karp se había ido con el caballo. En la mesa había un pequeño montón de monedas.
Tres días más tarde, un habitante de un pueblo situado a ocho kilómetros río abajo llegó a su puerta con un mensaje.
–Karp pasó por nuestro pueblo la otra mañana. Se ha ido. Dijo que dejó dinero por el caballo y que lamenta que no fuera más.
Mijaíl asintió mudamente.
–¿Dijo adónde iba?
–Sí. Al campo abierto.
Mijaíl suspiró. Era lo que sospechaba. Quizás ése fuera, después de todo, el lugar donde le correspondía estar a su hijo.
El campo abierto, la estepa, la tierra en la que, a lo largo de las últimas décadas, otros jóvenes decididos como Karp se habían sumado a aquellas bandas de individuos, mitad bandidos, mitad guerreros, que por entonces se hacían llamar cosacos.
Sí, el campo abierto era el sitio idóneo para él. Nunca volverían a verlo.
–Dijo que, por favor, cuidaseis del oso -añadió el hombre.
Ese mismo día, hasta Russka llegó otra noticia espeluznante.
Los hombres del zar Iván habían dado muerte al metropolita.
Elena conservaba la fe. Aún podía tener un hijo.
El mismo Esteban le infundía ánimos. Pese a que nunca le había dicho ni una palabra sobre Borís, el sacerdote imaginaba cómo debía de ser la vida que llevaban. Cuanto más la conocía, más piedad sentía por ella. Aun así, la aconsejaba siempre dentro de la vía correcta que correspondía a un sacerdote.
–Dios no nos recompensa por buscar la felicidad personal -le recordaba-, sino por olvidarnos de nosotros mismos. Los mansos heredarán la tierra, eso nos dejó dicho el Señor. Por eso debemos perdonar, debemos sufrir y, sobre todo, debemos tener fe.
Elena tenía fe. Tenía fe que, después de todo, Dios le concedería un hijo; tenía fe en que, un día, su marido se apartaría del camino que seguía.
Durante un tiempo, tras la desaparición de su padre, mantuvo la fe en que podía haberse salvado, pero Borís, que investigó el asunto, le dijo que lo
habían ejecutado. Aunque no precisó de qué manera, Elena tuvo la impresión de que aquel suceso había impresionado a su marido.
Tal vez aquello lo devolviera a la senda del bien. Ese era su deseo y por ello rezaba, sin obtener fruto de momento.
¿Cómo tener un hijo varón? Había un remedio que utilizaban las mujeres del pueblo y del que la esposa del sacerdote le había hablado en una ocasión. Consistía en untarse el cuerpo, y en especial las partes íntimas, con aceite y miel.
–Dicen que es infalible -le había asegurado su amiga.
De este modo, mientras el hombre al que realmente amaba le proporcionaba consuelo espiritual, se preparaba lo mejor que podía como un sacrificio para el marido cuya alma entenebrecida tenía el deber de salvar.
La primavera de 1569 trajo un tiempo frío y la promesa de otra magra cosecha. Del Báltico llegaron noticias de que el enemigo había tomado una fortaleza. Reinaba un clima de abatimiento generalizado.
A principios de junio, Daniel el monje sostuvo otra conversación con Borís.
El monje estaba preocupado. Las cosas funcionaban mal en Russka, aunque no era culpa suya por entero. Los acontecimientos de los últimos años -la subida constante de los impuestos para financiar la guerra, la disgregación de la opríchnina y las confiscaciones de tierra- habían tenido efectos negativos sobre la economía de Rusia. Sumadas a todo ello, las malas cosechas habían causado una negra recesión. Los ingresos procedentes de Russka habían bajado en picado y el viejo abad no sabía qué actitud adoptar, pues un día se quejaba del descenso para al siguiente sugerirle: «Quizá somos demasiado duros con esta gente que está pasando dificultades.»
Había advertido que el anciano dirigía suplicantes miradas a Esteban después de estas conversaciones, lo que le llevó a tomar una decisión. Tenía que hacer algo.
Además, estaba el incidente relacionado con el zar que había provocado la primavera anterior y que no había resultado beneficioso para su reputación.
En lugar de dar su visto bueno o su negativa a la petición de tierra, Iván había enviado un extraño pero insultante mensaje. Era una piel de buey. El
mensajero que la llevó, un joven opríchniki, obedeciendo a todas luces las instrucciones del zar hasta el último detalle, la arrojó con actitud burlona a los pies del abad, delante de toda la comunidad.
–Esto es lo que os dice el zar -anunció a voz en grito-: «Extended esta piel sobre el suelo y la tierra que abarque será vuestra.»
–¿Eso es todo? – preguntó, aterrorizado, el abad.
–No. El zar promete visitaros en persona y entregaros la tierra que hayáis elegido, además de todo cuanto merezcáis.
–Sois vos, Daniel, el causante de esto -lo acusó con tristeza el abad tras la partida del mensajero-. En cuanto a esta piel -apuntó con un suspiro-, supongo que tendremos que conservarla.
La piel de buey había permanecido desde entonces en la habitación del abad, como incómodo recordatorio de que Iván iría a verlos un día u otro.
Lo primero que le convenía a Daniel, por consiguiente, era poner a Esteban en su lugar. No era un cometido difícil.
–Creo que deberíais saber -informó a Borís- que el sacerdote pasa más tiempo en vuestra casa ahora que ha muerto su esposa. – Y para rematar su propósito, agregó-: Vos mismo me dijisteis una vez que era un hereje. Lo vi aceptando algo de manos de ese inglés que trajisteis aquí. Los ingleses son todos protestantes, según tengo entendido, y aquello era una hoja de papel.
Era suficiente; estaba seguro. Borís no había dicho ni una palabra, pero estaba seguro de que era suficiente.
Para Borís, aquél venía siendo ya un año de malos presagios. En el norte había dudas sobre la lealtad de las ciudades de Nóvgorod y Pskov. Por lo que respectaba al sur, habían llegado noticias de que los turcos otomanos y los tártaros de Crimea preparaban una ofensiva contra las regiones meridionales del Volga. Y ahora, en verano, habían tenido conocimiento de que las dos potencias de Polonia y Lituania, que por lo demás llevaban actuando de forma conjunta desde hacía generaciones, se habían unido formalmente en un solo reino, gobernado por un rey polaco y católico.
–Y de eso se desprende una cosa -le había comentado a Elena-: que vamos a tener católicos desde Kíev hasta Smoliensk, justo al lado.
Y ahora el monje le decía que su mujer podría estar engañándolo con el sacerdote. Aunque no dijo nada, pasó largas horas rumiando sobre el asunto. No sabía qué pensar. Por una parte, sentía rabia y odio hacia el herético sacerdote, que nunca le había inspirado simpatía, y hacia su esposa.
No obstante, si Daniel pensaba que ésa era una buena manera de provocar la caída en desgracia de Esteban, o cuando menos su expulsión de Russka, iba a sufrir una decepción, pues Borís resolvió no tomar ninguna medida por el momento, aparte de someter a ambos a una discreta vigilancia.
Lo hizo por dos motivos. El primero era que, una vez pasada la primera oleada de celos, la razón le decía que la sospecha podía ser infundada. El hecho de que el sacerdote viera a su esposa no probaba nada. El segundo era una tortuosa idea que había concebido: si pudiera demostrar la infidelidad de su esposa, podría, en buena conciencia, divorciarse de ella.
«Basta fijarse en el zar Iván», pensó. Éste había vuelto a casarse y tenía hijos varones de ambos matrimonios. El zar tenía un heredero. Quizá con otra esposa, a la que no produjera una secreta aprensión, él…
Y así comenzó una nueva fase de su matrimonio.
Elena no sospechaba en absoluto los pensamientos que abrigaba su marido. ¿Cómo iba a adivinarlos, cuando siempre había sido una especie de desconocido para ella? Si bien la posibilidad de que ella pudiera serle infiel, le causaba a Borís dolor y rabia, por otro lado la hacía aparecer más deseable. De este modo, se hallaba dividido entre el deseo de mantenerla -
como mujer contaminada- a distancia y el deseo de poseerla.
Y a la pobre Elena sólo se le ocurría pensar: «A pesar de su mal humor, aún me encuentra atractiva después de todo.»
A veces, mientras permanecía acostado a su lado, parapetado en la coraza del rechazo que sentía en secreto por ella, llegaba incluso a desear, sin apenas tener conciencia de ello, que le fuera infiel. Ni él mismo habría sido capaz de precisar si era porque quería deshacerse de ella o bien para satisfacer una profunda tendencia destructiva arraigada en su interior.
De esta forma transcurrió el mes de junio.
El tiempo había sido muy variado después de las tardías heladas que habían arrumado las cosechas.
Una calurosa tarde de julio presidida por un inhabitual bochorno, cuando hasta la brisa se había detenido como si percibiera la futilidad de cualquier acto, Borís volvió a caballo del Lugar Sucio a Russka. Justo en el momento en que llegaba a la polvorienta plazuela, vio, cien metros más allá, a Esteban el sacerdote que bajaba despacio la escalera de su casa.
Había estado con Elena.
El corazón dejó de latirle un instante.
No había nadie en la plaza. Las casas de madera y la iglesia de piedra parecían sumidas en una especie de sopor, como si esperaran un soplo de viento que, a modo de suave beso, las devolviera a la vida.
Mientras Borís se acercaba a su casa, Esteban se alejaba, cabizbajo y meditabundo. Por fin desapareció al doblar una esquina.
Borís subió con sigilo la escalera y abrió la puerta.
Elena estaba allí, junto a la ventana abierta. Miraba la calle, el lugar donde se hallaba Esteban un minuto antes. Tenía los dedos apoyados en el marco de la ventana, totalmente inmóviles, e iluminados por un rayo de sol que caía justo sobre ellos. Llevaba un sencillo vestido de seda azul pálido.
Él, como venía de los campos, no vestía de negro, como de costumbre, sino una túnica de lino blanco ceñida con un recio cinturón, igual que sus campesinos.
Pese a los desbocados latidos de su corazón, procuró respirar sin hacer ruido; quería saber cuánto tiempo se demoraría allí, mirando por dónde se había ido el sacerdote. Trató, sin moverse, de atisbar la expresión de su cara. Así transcurrió un minuto, y luego otro. Por fin se volvió. Tenía el semblante plácido, pero se sobresaltó al verlo, y cuando él se quedó mirándola sin decir nada, se ruborizó un poco.
–No te he oído entrar.
–Lo sé.
¿Habría hecho el amor con él? Buscó alguna señal delatora: un tenue arrebol en la cara, tal vez; un desarreglo en el vestido o en la habitación. No detectó nada.
–Estás enamorada de él -declaró, traspasándola con la mirada.
Lo dijo en voz muy baja, sin el menor tono de interrogación, como un hecho cuya veracidad hubieran corroborado ambos. Después observó su reacción.
Con un rubor intenso ahora, Elena, confundida y angustiada, tragó saliva.
–No. Lo quiero sólo como sacerdote.
–¿Acaso no es un hombre?
–Por supuesto. Es un buen hombre. Un hombre piadoso.
–Que hace el amor contigo.
–No. Nunca.
La observó de nuevo, sin saber si creerla.
–Embustera.
–¡Nunca!
Había dicho nunca. Podría haber utilizado otras palabras. Podría haber negado que lo hubiera deseado siquiera, pero había dicho: «Nunca.» Eso significaba que sí lo había deseado. Y con respecto a si lo había llevado a la práctica o no… ¿quién sabía? La razón le decía que lo más probable era que no, pero era demasiado orgulloso para confiar en ella, por si le mentía.
¿Acaso no había querido que le fuera infiel para poder divorciarse de ella? De improviso todo aquello quedó relegado mientras miraba a esa mujer humilde y más bien vulgar con quien se había casado y que había cometido semejantes crímenes contra su orgullo.
Elena había palidecido. Estaba temblando de miedo.
–¡Nunca! Me insultas.
Muy bien. Tal vez fuera cierto. Entonces en sus ojos advirtió algo que no había visto nunca: un fogonazo de desdén, de rabia.
Ya le enseñaría quién era él. De repente avanzó y le propinó una violenta bofetada en plena cara. Tras proferir un grito ahogado, Elena se volvió hacia su marido, enfurecida y aterrorizada a la vez. Entonces él la golpeó con la otra mano.
–¡Bravucón! – gritó ella de pronto-. Asesino.
Con eso era suficiente.
Le pegó. Le pegó una y otra vez. Después la violó.
A la mañana siguiente se fue para Moscú.
En septiembre de 1569 murió la segunda esposa del zar Iván. En octubre, su primo el príncipe Vladímir, todavía un posible sucesor al trono, fue acusado de conspiración y obligado a tomar veneno. Luego mataron a los familiares del malogrado príncipe, incluida su anciana madre, que vivía en un convento.
A aquellos acontecimientos les sucedieron otros aún más terribles.
Al poco tiempo Iván descubrió una nueva conspiración: las ciudades de Nóvgorod y Pskov tramaban segregarse de Rusia.
Es posible que hubiera algo de verdad en ello. En la actualidad todavía no se ha esclarecido esta cuestión. No hubiera sido extraño que aquellos centros próximos a los puertos bálticos y que habían gozado de gran independencia antaño, sintieran la tentación de sustraerse a los galopantes tributos y la tiranía de Moscovia integrándose en la nueva y formidable