Rusos I
Capítulo 1067
–Rezad cuanto queráis, mientras no descuidéis vuestros negocios -
respondió con contundencia el monje. Tras una breve pausa, prosiguió-: Lo del ayuno entró en nuestra Iglesia a través del Occidente latino, ¿sabéis?, a través de Moravia. Aunque no soy de los que condenan a Occidente, considero una estupidez el exceso de ayuno entre los laicos. Si queréis hacer eso, debéis sumaros a las filas de Roma y acatar su credo -añadió con una tenue sonrisa.
Hacía más de una década que se había abierto una brecha entre las Iglesias cristianas de Oriente y Occidente, entre Constantinopla y Roma. El punto principal de desacuerdo residía en la forma de tratamiento otorgada a Dios y a la Trinidad en el credo, aunque también existían algunas diferencias de estilo y enfoque teológico. El papa reclamaba para sí una autoridad que la Iglesia de Oriente no le reconocía, pero aún no se había producido la ruptura definitiva.
La pulla del monje no pasaba de ser, por consiguiente, una forma de recordar a Ígor que, como hijo espiritual suyo, le debía obediencia.
–Seguiré vuestro consejo -aseguró el noble-. En cuanto al chico, si no se hace sacerdote, ¿qué va a ser de él?
–Sólo Dios lo sabe -respondió, sin mirar siquiera a Ivanushka, el padre Lucas.
1067
Kíev la dorada. Había sólo un problema en la tierra de Rus, y era que sus dirigentes habían inventado un sistema político que de ninguna manera podía funcionar. El problema radicaba en el sistema de sucesión.
Cuando el clan real determinó que las ciudades pasaran, no de padre a hijo, sino de hermano a hermano, no previo las desastrosas consecuencias que ello iba a acarrear.
En primer lugar, cuando un príncipe gobernaba una ciudad, podía poner a sus hijos al frente de las poblaciones incluidas en el territorio dependiente de aquélla. A la muerte del padre, sin embargo, normalmente éstos tenían que renunciar a ellas en favor del príncipe sucesor, a veces sin ninguna compensación. También ocurría que si uno de los príncipes moría antes de que le concedieran una ciudad, sus hijos quedaban completamente excluidos de la larga cadena de sucesión. Existían muchos príncipes como éstos, sin tierras y sin perspectivas, huérfanos políticos que eran conocidos
con el mismo nombre que se utilizaba para referirse a otros estamentos de gentes desposeídas y dependientes de la sociedad rusa: izgoi.
Y aun en los casos en que la sucesión de hermanos no creaba izgoi, daba de todos modos lugar a situaciones absurdas.
Los príncipes de Rus eran en general bastante longevos y tenían muchos hijos. Así, era frecuente que los hijos del primogénito fueran ya curtidos guerreros y estadistas cuando el hermano menor de aquél, su tío, era aún un niño, pese a lo cual tenían que cederle el poder, cosa que suscitaba en ellos una comprensible rabia.
Con el paso de las generaciones, cada vez costaba más discernir siquiera quién tenía derecho a qué y luego poner de acuerdo a las partes. Como consecuencia de ello, el clan de rus gobernante en Kíev dedicaba una cantidad ingente de tiempo a perfilar acuerdos que por fuerza adolecían de provisionalidad en un sistema intrínsecamente inviable. Nunca hallaron una solución duradera al problema.
Kíev la dorada. Ivanushka tenía últimamente la impresión de que una cruda y furiosa luz amenazaba la ciudad dorada. La traición se respiraba en el ambiente. Y entonces, un año después de su aparición en el cielo, en el corazón del invierno, el significado del terrible portento se hizo cada vez más evidente en la tierra de Rus.
Al principio, Ivanushka temió incluso por su padre.
De todos los príncipes de la tierra de Rus, no había otro más extraño que el príncipe de Pólotsk. La gente decía que era un hombre lobo. En todo caso, tenía un aspecto terrible.
–Nació con una membrana en el ojo -le había explicado a Ivanushka su madre-, y todavía la tiene hoy en día.
–¿Es tan malo como dicen? – preguntó él.
–Tan malo como Baba Yaga, la bruja -contestó su madre.
La revuelta del príncipe de Pólotsk era una típica disputa dinástica. Aun sin ser un izgoi desprovisto de tierras, aquel nieto de Vladimiro el Santo había quedado al margen de la línea principal de sucesión, de tal forma que, si bien conservaba la ciudad de Pólotsk, situada cerca de Polonia, no podía aspirar a heredar Kíev, Nóvgorod, Chernígov ni ninguna de las demás ciudades destacadas de la tierra de Rus.
Durante un tiempo, mientras que otros príncipes izgoi menos favorecidos causaban altercados en los territorios periféricos, el príncipe de
Pólotsk se mantuvo a la espera. Luego, en pleno invierno, atacó de improviso por el norte, en la gran ciudad de Nóvgorod; y con un grueso manto de nieve sobre la tierra, Ígor y sus dos hijos mayores habían partido a presentar batalla con el príncipe de Kíev y sus hermanos.
Ivanushka lamentaba no haber podido ir con ellos. Desde que tuvo lugar la entrevista con el padre Lucas, había pasado un año horrible. Debido a las incursiones de los cumanos en la estepa, se había pospuesto la marcha de la caravana capitaneada por Zhydovyn el Jázaro.
Las diversas tentativas de Ígor de colocar a Ivanushka en alguna de las casas de los príncipes habían sido todas infructuosas. En más de una ocasión, su padre le había preguntado si no le apetecía volver a visitar el monasterio, pero en cada una de ellas él había agachado la cabeza e Ígor había desistido. Y ahora su padre y sus hermanos habían ido a la caza del hombre lobo.
–¡Padre lo matará! – había exclamado cuando se iban.
En el fondo, sin embargo, no estaba tan seguro. Habían transcurrido tres semanas desde entonces. Se habían enterado de que la ciudad rebelde de Minsk había caído y el ejército había continuado hacia el norte. De lo sucedido después, no sabían nada.
Una tarde de principios de marzo, cuando aún no se había fundido la nieve, Ivanushka oyó el cascabeleo de un caballo fuera y salió corriendo.
Era su hermano Sviatopolk. Qué apuesto y valeroso se veía, cómo se parecía a su padre.
–Hemos ganado -anunció con sequedad, dirigiendo una mirada a Ivanushka-. Padre está en camino con Borís. Me ha mandado que me adelantara para decírselo a madre.
–¿Y el hombre lobo?
–Perdió y huyó. Está acabado.
–¿Qué pasó en Minsk?
Sviatopolk sonrió. ¿Por qué su sonrisa dejaba traslucir cierta amargura y por qué sólo sonreía cuando hablaba de gente que sufría?
–Aniquilamos a todos los hombres y vendimos como esclavos a las mujeres y los niños. – Soltó una breve carcajada-. Había tantos que el precio bajó a media grivna por cabeza.
Ivanushka lo siguió hacia la casa. En la entrada, Sviatopolk se detuvo y giró el torso hacia él.
–Por cierto, hay buenas noticias para ti -dijo sin darle al asunto mayor importancia.
–¿Para mí? – Ivanushka comenzó a cavilar. ¿Qué podía ser?
–Dios sabrá el motivo -le espetó Sviatopolk-, porque desde luego tú no has hecho nada para merecerlo. – Aunque lo dijo en tono campechano, Ivanushka sabía que Sviatopolk lo creía así.
–¿Qué es? ¡Dímelo!
–Padre te lo dirá. – Fuera cual fuese la buena noticia, Sviatopolk no daba muestras de sentirse muy complacido por ella. Con una tenue sonrisa, dio media vuelta-. Tendrás que sufrir hasta que llegue -concluyó, entrando en la casa.
Ivanushka oyó el grito de alegría de su madre. Sabía que ella quería a Sviatopolk por el extraordinario parecido que tenía con su padre.
La noticia que le trajo su padre al día siguiente era tan maravillosa que apenas podía darle crédito.
El hermano menor del príncipe de Kíev, el príncipe Vsiévolod, gobernaba la ciudad de Pereiáslav, situada en la zona fronteriza del sur. Era una ciudad espléndida, que quedaba a unos cien kilómetros por río de la capital. Vsiévolod había impresionado a los nobles de Rus con su matrimonio, pues su esposa era ni más ni menos que una princesa de la casa real de Constantinopla, la familia Monómaco. El hijo de ambos tenía tan sólo un año menos que Ivanushka.
–Todavía falta concertar un encuentro entre los dos chicos -explicó con orgullo Ígor a su esposa-, pero Vsiévolod y yo nos hicimos amigos en la campaña y él está de acuerdo en principio… en principio -puntualizó en tono severo, mirando a Ivanushka-, en que Iván sirva de paje del joven Vladimiro.
–Es una gran oportunidad -le dijo a Ivanushka su madre-. Dicen que Vladimiro tiene talento y un gran futuro por delante. Siendo compañero suyo a tan temprana edad… -Extendió las manos como si quisiera dar a entender que el tesoro de la casa de Kíev y la ciudad imperial de Constantinopla confluían en su persona.
Ivanushka no cabía en sí de gozo.
–¿Cuándo? ¿Cuándo? – era cuanto atinaba a preguntar.
–Te llevaré a Pereiáslav por Navidad -le informó Ígor-. Hasta entonces, más vale que te vayas preparando. – Y con ello dio por terminadas sus
explicaciones al muchacho.
–Me entristece, de todas formas, que Ivanushka se vaya -le confesó después Olga a su marido-. Lo echaré de menos.
–Les ocurre a todas las mujeres -observó con frialdad Ígor, reacio a admitir que él sentía lo mismo.
Poco después, en los establos tuvo lugar un incidente que habría extrañado a Ígor y a su esposa si hubieran tenido conocimiento de ello.
Los tres hermanos estaban juntos. Borís, muy sonriente, había tumbado a su hermano menor dándole una amistosa palmada en el hombro y luego, para desearle suerte, le había regalado una grivna de plata antes de alejarse a caballo hacia el podol. Ivanushka y Sviatopolk se quedaron solos.
–¿Ves, hermano? Ya te dije que la noticia era buena -comentó Sviatopolk al tiempo que observaba con aire admirativo su caballo.
–Sí. – Ivanushka tenía la incómoda sensación de que su hermano le reservaba algo desagradable.
–De hecho, hasta es muy probable que tu posición sea mejor que la de Borís o la mía -agregó, pensativo, Sviatopolk.
–¿Sí? ¿De veras lo crees? – Aunque tenía conciencia de que se trataba de una buena oportunidad, Ivanushka no se lo había planteado de ese modo.
–¿Sí? – lo imitó, burlón, Sviatopolk, sin volverse-. ¿De veras lo crees?
Ivanushka lo miró en silencio, temeroso de lo que pudiera suceder. De repente, Sviatopolk se volvió. Su mirada rebosaba de odio y de desprecio a la vez.
–Tú no has hecho nada para merecer esto. Tenías que ingresar en la Iglesia…
–Pero ha sido padre…
–Sí, ha sido él. Pero no creas que a mí puedes engañarme, porque ahora te veo tal como eres, niñito. Eres ambicioso. Quieres llegar más lejos que nosotros. Detrás de esa máscara de soñador, piensas tan sólo en ti mismo.
Ivanushka se quedó tan perplejo por ese inesperado ataque que no supo qué decir. ¿Que era ambicioso? Nunca se le había ocurrido. Miraba fijamente a Sviatopolk, nadando en un mar de confusión.
–Sí -prosiguió con aspereza su hermano-. La verdad duele, ¿eh? ¿Por qué no lo reconoces, igual que hacemos nosotros? Lo que pasa es que tú eres peor. Eres un intrigante, pequeño Iván, una víbora. – La última palabra, pronunciada de manera insidiosa, cayó como un latigazo sobre Ivanushka-.
Seguro que estás deseando que padre se muera -añadió mientras subía al caballo.
¿Qué había querido decir?, se preguntó en vano Ivanushka.
–¿Cuánto crees que le costarías a padre si te hicieras monje? – prosiguió Sviatopolk-. Sólo algunos donativos al monasterio. Tu nueva posición representa que un día deberá dejarte la misma herencia que a nosotros, así que te quedarás con parte de lo que me correspondía a mí.
–Yo no quiero que padre se muera -aseguró, ruborizado y con los ojos llenos de lágrimas, Ivanushka-. Puedes quedarte con mi parte. Quédate con ella entera.
–Oh, qué bien -se mofó su hermano-. Cuesta poco decirlo. Claro, ahora lo dices porque has escapado del monasterio. Pero ya veremos luego.
Ivanushka dio rienda suelta al llanto, ante la mirada atenta de Sviatopolk.
Aquello fue sólo el comienzo de las complicaciones para Ivanushka.
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