Rusos I

Edward Rutherfurd · Capítulo 16 de 23

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Rusos I

El icono

–He tenido una visión -replicó el boyardo con aspereza, aunque con sinceridad.

–Alabado sea el Señor -exclamó el anciano.

Qué extraños eran, en efecto, los designios de Dios, comentó.

Miléi asintió y luego se acercó, abstraído, a la puerta de su casa para mirar la tierra a la que acababa de renunciar.

Volvió al cabo de un momento, sonriendo con alivio, y sin pérdida de tiempo llevó al sacerdote al otro lado del río para enseñarle el lugar.

Así se fundó, en el año 1263, el pequeño monasterio de Russka.

Fue dedicado a san Pedro y san Pablo.

Otro suceso destacado tuvo lugar ese año.

Con objeto de solicitar clemencia al kan tártaro en relación con las rebeliones suscitadas en Rusia por la práctica de recaudación de impuestos, el gran príncipe Alejandro Nevski había emprendido viaje a través de la estepa para visitar la Horda.

–No se encuentra bien -le contó a Miléi un boyardo llegado de Vladímir-. Si los tártaros no lo matan, puede que el viaje acabe con él.

–Espero que no -manifestó Miléi-. Ha realizado una política acertada, aunque el pueblo no haya sabido valorarla.

–Tendrá quien la continúe -afirmó el otro noble-. De todas formas, le afligía tener que partir en este momento. Su hijo menor tiene sólo tres años, y quería estar a su lado hasta verlo crecido.

–Ah, sí. Se llama Daniel, ¿verdad? – El nombre era lo único que sabía Miléi de aquel niño-. ¿Qué herencia le tendrán destinada?

–Dicen -explicó el boyardo de Vladímir- que Alejandro ha dejado instrucciones a su familia para que le den Moscú cuando sea mayor.

–¡Moscú! ¡Esa ciudad miserable!

–No es gran cosa -convino el otro-, aunque no está mal situada.

Moscú. Miléi sacudió la cabeza. Ni aun en el supuesto de que aquel príncipe poseyera excepcionales dotes, podía imaginar que llegara a sacarles algún provecho en una población tan insignificante como aquélla.

El icono

1454

En el monasterio de San Pedro y San Pablo estaban convocando a vísperas a los monjes. Pese a que la tarde primaveral era fría y húmeda, un

aire de entusiasmo impregnaba el ambiente. El día siguiente sería una fecha señalada, pues irían el boyardo y el obispo de Vladímir. Todo el mundo sonrió cuando, apoyado en su asistente Sebastián, entró en la iglesia el hombre que lo había hecho posible, el anciano padre Esteban. Sólo había que lamentar algo: la ausencia del padre José.

Durante muchos años había habido tres monjes de avanzada edad en el monasterio. Ahora quedaban sólo dos. El padre Esteban era bajo y el padre José alto. Esteban era admirado por su arte en la pintura de iconos; José no tenía ninguna habilidad especial y algunos lo consideraban un simplón.

Ambos tenían, no obstante, un talante bondadoso y una larga barba blanca, y se profesaban un gran cariño.

Durante treinta y tres años, sin embargo, el padre José había vivido aparte. Al otro lado del río, en un pequeño claro situado a cierta distancia de los manantiales, había un grupo de tres cabañas que formaban una comunidad de ermitaños o skete. En el curso de las últimas generaciones, inspirados por la denominada tradición hesiquiasta del célebre monasterio del monte Athos de Grecia, muchos monjes rusos se habían retirado a la soledad de una vida contemplativa. Algunos, como el santo Sergio del monasterio de la Trinidad, próximo a Moscú, habían buscado la espesura del corazón del bosque, practicando lo que ellos llamaban «ir al desierto».

El skete de Russka quedaba bastante aislado. Para llegar al monasterio, los eremitas tenía que caminar alrededor de un kilómetro y medio hasta el río y esperar la barca, que siempre estaba amarrada en la otra orilla. Aun así, acudían todos los días para el servicio de vísperas.

El padre José era la excepción. Durante un año tuvieron que llevarlo a cuestas, pero para entonces estaba demasiado débil y hubiera sido peligroso moverlo. Nadie ignoraba que pronto le sobrevendría la muerte. Él, con todo, dirigía en susurros, mil veces al día, la misma oración a Jesús: «Señor mío Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí.»

Las vísperas marcaban el inicio del día. Siguiendo la antigua costumbre judía, la iglesia ortodoxa comenzaba el día con la puesta del sol. Entonces se cantaba el salmo de la noche. Durante el servicio ortodoxo, pese a su duración, todo el mundo permanecía en pie. Tampoco se permitía ningún instrumento musical, sólo la voz humana. Los cánticos que se interpretaban eran hermosos: la totalidad del año eclesiástico distribuido en secuencias de ocho tonos, adaptados a partir de la idea de las ocho modalidades musicales

de los antiguos griegos, de tal forma que el calendario presentaba una inacabable y sutil variación de sonidos, semana tras semana. La Gran Letanía daba comienzo, y después de cada súplica los monjes entonaban el estribillo Gospodi Pomily (Señor, ten piedad), que, repetido una y otra vez, evocaba un manso oleaje que lamiera la costa.

Sebastián miró con satisfacción en torno a sí. El monasterio poseía muchos tesoros. Desde la unión de su antepasado David con la muchacha tártara, la familia del boyardo, además de adquirir unas facciones bastante asiáticas, había recibido más tierras, entre las que se contaba la Tierra Negra del Lugar Sucio. Los campesinos de la localidad, antaño libres y ahora sometidos a su administrador, no sentían ninguna simpatía por el boyardo, pero el monasterio había prosperado mucho con él. Había hecho donativo a los monjes de su bella iglesia, construida en reluciente piedra caliza blanca, con su moderno tejado piramidal y su cúpula en forma de cebolla. El edificio poseía asimismo una torre equipada con una espléndida campana, lo que era todavía una rareza en aquella región, y un magnífico icono de san Pablo realizado por el gran maestro Rublev. De todas formas, nada podía superar en belleza el iconostasio que el padre Esteban había pintado a lo largo de treinta años y que se exhibiría al día siguiente.

Qué espléndido era. Sus cinco hileras de iconos, que dividían el presbiterio de la nave principal, llegaban casi hasta el techo. La Sagrada Familia y los santos, junto al techo. La última cena, el Salvador, la Virgen y los santos los profetas y los patriarcas, todos estaban pintados en vivos colores y oro. En el centro se alzaba la gran puerta de dos hojas, llamada Puerta Sagrada o Real, en la que se reproducían la Anunciación y los cuatro Evangelistas. Y todo aquello lo había pintado el viejo padre Esteban.

Una parte del iconostasio estaba cubierta aún por una tela. Esa noche el anciano iba a terminar el último icono del nivel superior. Por la mañana, él, Sebastián, lo colocaría en su lugar a tiempo para la ceremonia. Entonces la obra estaría completa, para gloria de Dios.

Y para gloria de Rusia también, pues si de algo estaba seguro Sebastián era de que entonces, en los últimos días previos al fin del mundo, Dios deseaba el ensalzamiento de Rusia.

Cuánto había padecido el país… Desde hacía dos siglos, yacía desmembrado, postrado bajo el yugo tártaro. Por todos los puntos cardinales sufría amenazas. Por el sur, los tártaros dominaban la estepa; por

el este, el kan tártaro -el zar, como lo llamaban los rusos- y sus vasallos los búlgaros del Volga mantenían sus vastos dominios asiáticos; y por el oeste había surgido un nuevo poder. Aprovechando el vacío dejado por el desmoronamiento de la antigua Rusia, la tribu báltica de los lituanos, que practicaba ahora el catolicismo, había invadido su parte occidental, llegando incluso a la propia Kíev. Pobre Rusia: no es de extrañar que hasta los iconos de la Virgen de aquella época tengan un aire de tristeza especial.

No obstante. Rusia se estaba recuperando poco a poco… gracias a Moscú.

Era asombroso el crecimiento experimentado por Moscú. Se había iniciado cuando un avispado gobernante del pequeño principado se casó con la hermana del kan tártaro y se convirtió en gran duque. Como representantes de los kanes, los príncipes de Moscú habían acabado superando en categoría a todos sus rivales -los de Riazán, los de la ciudad oriental de Nizhni Nóvgorod y hasta los de la poderosa Tver-, que ahora reconocían ya su supremacía. Después, en 1380, bendecida por el famoso monje Sergio, Moscú había derrotado a un ejército tártaro en la gran batalla de Kilukovo, librada junto al río Don. Además, el metropolita de la Iglesia ortodoxa residía en Moscú. Y nunca se sabía… Aun cuando los tártaros todavía saqueaban el país y exigían tributo, quizás algún día Moscú ayudaría a Rusia a recuperar la libertad.

Cuando concluyó el último himno, el Troparion, Sebastián acompañó al padre Esteban a su celda. El largo ayuno de Pascua había debilitado al anciano, que se veía aún más frágil. Sebastián lo miró con ternura.

Casualmente eran primos lejanos, pues tenían como antepasada común a la campesina Yanka. El afecto de Sebastián, no obstante, se debía sobre todo a la gratitud. Desde siempre había sido alumno de Esteban. De niño, el anciano le había explicado las características de la cruz ortodoxa -con los dos travesaños, para apoyar la cabeza y los pies- que la distinguían de la católica.

En los últimos tiempos había aprendido con minuciosidad el arte de la construcción de iconos: la elección de madera seca de alerce o abedul; el alisamiento de la superficie, dejando una franja sin pulir en los bordes; la sujeción de la tela; el recubrimiento de ésta con pez y alabastro; la definición del contorno con un punzón; la aplicación del pan de oro para las aureolas; y luego la pintura propiamente dicha, depositada en capas que se

ligaban con yema de huevo y cobre amarillo para conferir a los iconos su maravillosa y característica profundidad. Finalmente, al cabo de unos días, se añadía la película de aceite de linaza mezclado con ámbar que, absorbido por el icono, le aportaba su divina calidez. No en vano el icono no era una pintura, sino un objeto de veneración.

Una vez en su celda, el padre Esteban despidió a Sebastián y se sentó a su mesa de trabajo. Tenía un icono por acabar, el del patriarca Abraham. Le faltaba la última capa, que lo transformaría en su totalidad. Al día siguiente podría figurar en el iconostasio: el aceite de linaza tendría que esperar.

–Al lado de la sencilla belleza del gran Rublev -solía decir con humildad el monje-, mis iconos no son nada.

El iconostasio era, de todos modos, obra suya. Entonces, con la mirada fija en el icono inacabado, rezó una oración.

Era extraño, pensaba a menudo, que su composición fuera a durar sólo treinta y ocho años. Pues la Iglesia había llegado a la conclusión, tras muchos cálculos, de que en el año ruso 7000 -1492 según el calendario occidental- se produciría el fin del mundo. Seguramente Sebastián lo vería.

Pero no le correspondía a él cavilar sobre tales cuestiones. Él debía pintar iconos, para gloria de Dios, hasta el final.

Inclinó la cabeza, y entonces ocurrió algo.

Sebastián tenía que contenerse para mantener la calma. A pesar de su propia humildad, el monasterio entero estaba maravillado con los iconos del padre Esteban y todos preveían un triunfo para el día siguiente. Sebastián no podía pensar en otra cosa mientras caminaba con nerviosismo en el húmedo ambiente de la noche. Transcurrieron varias horas, pero no se atrevió a molestar al viejo maestro. Los demás tampoco dieron importancia a la ausencia de éste en el servicio de nocturnas. Cuando salió de la iglesia, Sebastián vio por la pequeña ventana de la celda a Esteban trabajando ante su mesa, moviendo de vez en cuando la cabeza. Y así discurría, mientras tanto, la noche.

El padre Esteban permanecía inmóvil, manteniendo un pulso con su cuerpo. La apoplejía que había sufrido después de vísperas lo había dejado inconsciente sólo un rato. No podía ni hablar ni mover el brazo derecho, de modo que contemplaba con impotencia el icono inacabado que tenía delante. Pasaron las horas y él rezaba, rezaba a la Virgen de la Intercesión.