Rusos I

Edward Rutherfurd · Capítulo 21 de 23

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Rusos I

Capítulo 1648

–No hasta que estemos casados.

–Pruébame. Así sabrás seguro si te gusto.

–Dejaré ese margen de confianza.

–Si muero, nunca me habré acostado contigo. Deja al menos… solo una vez… que me lleve ese recuerdo a la tumba.

–¡Te piensas morir pensando en eso! – exclamó, riendo, ella.

–Quizá muera -señaló con pesadumbre.

–Quizá.

–Un beso al menos.

–De acuerdo un beso.

Se besaron. Luego, Andréi tuvo la impresión de que mientras se besaban la luna había recorrido la mitad del cielo estrellado.

Cuando se volvió para mirarla, un poco más tarde, ella había cerrado los postigos.

1648

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Ese día de abril reinaba una bulliciosa actividad en el inmenso campamento. Con el calor de la reciente primavera, hasta del mismo suelo parecía salir vapor.

Todos los días llegaban nuevos contingentes, que habían incrementado ya hasta ocho mil el número de integrantes del campamento.

Sólo los cosacos iban allí. Ningún entrometido se atrevía con aquella isla tan bien custodiada, situaba bajo los rápidos del Dniéper. En una ocasión, doce años antes, los polacos habían construido algo más arriba una imponente fortaleza, a la que pusieron por nombre Kodak, con objeto de intimidar a los indisciplinados zaporogos, pero éstos la habían saqueado en cuestión de meses.

La isla estaba llena. A las habituales chozas de ramas y troncos, cubiertas a veces con pieles de caballo, se habían sumado toda clase de habitáculos temporales. Los últimos recién llegados habían montado tiendas de fieltro en la orilla opuesta. Había cercados con caballos y carros con enseres por todas partes.

Aquélla era la hueste cosaca, compuesta por toda clase de hombres.

Había individuos de sangre tártara, turcos originarios del este, mordvanos provenientes de los territorios del otro lado del río Oká, renegados polacos y campesinos huidos de Moscovia; había pequeños propietarios e incluso nobles ucranianos. Pobres y ricos, formaban en aquella abigarrada mezcolanza la gran fraternidad de la hueste. No había una sola mujer en ese lugar.

Los ucranianos, que para entonces se consideraban parte integrante de la hueste zaporoga, llevaban los holgados pantalones y la ancha faja que los zaporogos habían copiado de los tártaros de la estepa. Después estaban sus hermanos, los cosacos del Don, que habían llegado en grandes grupos para unirse a ellos, llevando consigo a otros cosacos procedentes de tierras aún más lejanas situadas en las estribaciones del Cáucaso. Estos tenían un aspecto más parecido a los georgianos y los circasianos, con sus chaquetas abiertas, bolsillos en diagonal y abundantes cenefas trenzadas. Llevaban zamarras negras y, cuando cabalgaban, se envolvían con unas amplias capas, llamadas burkas, que también utilizaban a modo de manta para dormir. Había incluso cosacos de Siberia y de los Urales, que tenían predilección por las camisas rojas y los altos gorros moscovitas ribeteados en piel.

En el aire flotaba una tensión palpable. Todos sabían que en cualquier momento emprenderían la marcha, pero, como en el campamento cosaco había que tomar democráticamente todas las decisiones, nadie daba por sentado nada hasta que no se había celebrado una reunión y votado.

Entre tanto, los cosacos pasaban el tiempo recurriendo a los métodos habituales para aliviar la tensión. Muchos bebían. En cuanto se pusieran en marcha, sin embargo, la bebida estaría prohibida bajo amenaza de muerte para el infractor. Aquí y allá, un cosaco tañía un laúd de ocho cuerdas tarareando alguna interminable balada sobre las grandes hazañas del pasado. En un lugar, un grupo de briosos jóvenes había convencido a un hombre mayor para que les tocara una canción con una balalaika, al cual se sumó otro con un instrumento parecido a una gaita pequeña; bailaban como posesos, estirando en cuclillas ora una pierna, ora otra, para después dar grandes saltos hacia arriba.

En medio de todo aquel alboroto, un gallardo cosaco zaporogo caminaba al lado de un compañero.

Si el viejo Ostap hubiera podido ver a Andréi en ese momento, se habría sentido orgulloso.

Sobre los anchos pantalones llevaba un fino caftán de satén. La faja era de seda, y las botas, de piel roja. Normalmente se tocaba con un alto gorro de piel de oveja, pero en ese momento llevaba la cabeza descubierta y se podía apreciar un cráneo rapado salvo en una franja de la coronilla, de la que salía una mata de pelo recogida en un moño. De su costado pendía una magnífica espada curva.

Tras su llegada, el otoño anterior, Andréi se había sometido a la primera prueba de iniciación de un zaporogo, bajando en barca por los traicioneros rápidos del Dniéper. Estaba ansioso por participar en aquella campaña a fin de ser aceptado como cosaco de pleno derecho. De todos modos, su presencia y sus modales se habían curtido algo, lo que, sumado a su elegancia juvenil, hacía que destacara entre los demás.

Su compañero era un tipo extraño. Era enorme, llevaba también un moño, como un zaporogo, pero su chaqueta y su zamarra negra indicaban que procedía de algún lugar próximo a la región del Cáucaso. Llevaba, además, una larga barba de pelo castaño, como los moscovitas.

–Si mi padre huyó al Don y no se quitó la barba, ¿por que tendría que afeitarme yo la mía? – le había dicho a Andréi cuando éste admiró su

longitud-. Es una señal de respeto -añadió con seriedad.

Stepán tenía treinta años. Poseía una fuerza descomunal y nadie en todo el campamento era capaz de ganarle en un pulso, aunque, como muchos hombres de gran corpulencia, era más bien apacible. Sólo en la batalla dejaba aflorar una especie de estado de rabia trascendental que hacía que ante él echaran a correr incluso valientes guerreros. Sin embargo, pese a su fuerza, tenía una mentalidad infantil. Era, además, muy supersticioso. Los otros cosacos lo llamaban con el apelativo cariñoso de Buey.

Era extraño que el apuesto joven del Dniéper y aquel ingenuo gigante del Don hubieran trabado una íntima amistad, pero lo cierto era que cada uno de ellos admiraba las cualidades del otro y que ambos compartían sin reservas sus secretos.

Si bien en el campamento reinaba un espíritu estrictamente militar, en el que las mujeres constituían sólo una útil distracción cuando los cosacos salían de correría, Stepán le había confiado hacía tiempo a Andréi que, cuando terminara esa campaña, pensaba dejar aquella vida errabunda y casarse.

–Yo no soy como tú -señaló, lanzando una mirada al refinado atuendo de Andréi-. Sólo tengo la ropa que llevo puesta. – Para colmo, su pesada chaqueta azul tenía raídos los bordes y la cenefa dorada estaba suelta en varios sitios.

–Si los polacos se quedan con nuestra granja, yo tampoco tendré nada -

confesó Andréi-. Pero no te preocupes, viejo Buey. Yo recuperaré la granja y tú podrás volver a casa con un carro lleno de los frutos del pillaje. Y dime

-preguntó con curiosidad-, ¿quién es la chica con la que te vas a casar?

–La elegida -repuso, sonriente, Stepán.

–¿Qué elegida?

–Pues la elegida. La que me tiene reservada el destino.

–¿No la conoces?

–Todavía no.

–¿No sabes nada de ella?

–Nada.

–¿De modo que podría ser una tártara, una georgiana, una mordvana o -

soltó una carcajada- una dama polaca?

–Pues sí -reconoció Stepán.

–¿No te importa que sea una u otra?

–¿Cómo me va a importar? No me corresponde a mí elegir. Yo mantengo la mente en blanco, sin formarme una imagen, y espero.

–Hablas como un sacerdote que había en el colegio. Me contó que hace eso para rezar.

–Ah, de eso se trata -afirmó con vehemencia Stepán-, justo de eso. Así deberíamos enfocar la vida.

–Supongo que tienes razón -concedió Andréi-. Y a esa chica mágica,

¿cómo la reconocerás cuando la veas?

–Lo sabré.

–¿Porque te lo dirá Dios?

–Sí.

–Cuánto te quiero, mi viejo Buey -exclamó Andréi, dándole un impulsivo abrazo.

Ese día, sin embargo, mientras recorrían el campamento su atención estaba pendiente de una cuestión bien distinta. Iban a ponerse en marcha de un momento a otro para atacar en el centro de Ucrania y, tal como Andréi había descubierto durante los meses de invierno pasados en el campamento, esa vez la rebelión no sería de poca monta. Desde que los polacos habían sofocado la última sublevación cosaca, unos quince años atrás, bajo la aparente paz de Ucrania hervía un resentimiento enconado. Sólo cuando, tras llegar al campamento, se encontró con montones de personas en su misma situación, Andréi cayó en la cuenta de que el trato infligido a su padre era la norma. En las zonas occidentales próximas a Polonia, las condiciones eran aún peores y la mayor parte de la población había quedado reducida a una servidumbre absoluta. Aproximadamente la mitad de las pequeñas propiedades de Ucrania se hallaban entonces en manos de arrendatarios judíos.

Los preparativos para el levantamiento habían sido propugnados precisamente por un hombre que, aunque más rico y educado, se encontraba en una situación similar a la de su padre: un subprefecto polaco le había arrebatado de manera ilegal las tierras, y a su hijo de diez años lo habían azotado hasta matarlo por protestar. Su nombre, que a partir de entonces sería objeto de veneración en Ucrania, era Bogdán Jmelnitski, y aunque los escritores e historiadores posteriores a menudo lo reducen a Bogdán, sus contemporáneos lo llamaban Jmel.

Era Jmel el que había acudido a los zaporogos en busca de ayuda. Era él quien, durante meses, había estado mandando agentes secretos a los pueblos de toda Ucrania. Era él también quien, consciente de la fortaleza y disposición de los polacos y de los puntos débiles de la intrépida pero más bien desorganizada caballería cosaca, había concebido y llevado a efecto la parte más brillante del plan. Ese mes de febrero había atravesado la estepa hasta Bajchisarái, sede del gobierno del kan tártaro de Crimea, y con engañosas artes lo había convencido de que los polacos se proponían atacarlo. Por ese motivo, ese mismo día habían tenido noticias de que al día siguiente llegarían a Zaporozhie ni más ni menos que cuatro mil soldados de la devastadora caballería tártara.

La fuerza conjunta lanzaría su ataque en pleno centro de Ucrania y, a continuación, el país entero se sublevaría.

–Les daremos una buena lección a esos polacos -vaticinó Andréi-.

Después, la granja será nuestra.

Aun con aquella ingente fuerza, se trataba de una empresa osada, pues los polacos podían reunir ejércitos más numerosos y mejor entrenados. No obstante, aun en el supuesto de que los cosacos obtuvieran la victoria, quedaban aún ciertos interrogantes, como qué harían después, qué iban a exigir y para qué luchaban.

Casi nadie parecía saberlo. La opresión polaca tenía que tocar a su fin, por supuesto. Los hombres como su padre recobrarían su capital y su honor.

Habría un cuantioso botín para todos, como ocurría siempre después de las grandes expediciones de cosacos. A partir de ahí, sin embargo, Andréi tenía que reconocer que no tenía una idea clara.

Curiosamente, el simple de Stepán no sólo había meditado sobre el asunto sino que tenía, además, una opinión definida.

–Debéis fundar un estado cosaco libre -le dijo a Andréi-, con igualdad para todos y posibilidad de voto para todos, igual que los cosacos del Don.

No tiene que haber distinciones: ni ricos y pobres, ni propietarios y siervos, ni personas de categoría mayor y menor. En el Don todos somos hermanos.

Andréi sabía que esa visión del estado cosaco del Don estaba algo idealizada, pero también le constaba que aquella democracia comunitaria contaba con las simpatías de los cosacos pobres de todas partes.

Sonaba bien: una hermandad de hombres.

–Desde luego -añadió el Buey-, primero habrá que echar a los católicos y a los judíos, porque no puede haber una hermandad de hombres con ellos.

Pero después todo funcionará bien.

Andréi no estaba tan seguro. ¿Acaso no quería hacerse rico? ¿No deseaba ser un caballero, propietario de más tierras, y tener a la ambiciosa Ana a su lado?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un súbito estrépito llegado de un extremo del campamento. Esa era la señal. Normalmente empleaban tambores para convocar las asambleas, pero, con tanta gente, aquella vez dispararon cañonazos.

En cuestión de pocos minutos, se habían congregado millares de hombres en el lugar de reunión, donde la pequeña iglesia erigida por los cosacos adquirió el aspecto de una carroza de carnaval transportada por la multitud.

Sonaron estrepitosos gritos de entusiasmo cuando el jefe del campamento, el atamán, anunció que Bogdán iba a dirigirles unas palabras.

Bogdán era un hombre alto, corpulento y fanfarrón, de rasgos más bien toscos y con una poblada barba. Tenía el aspecto que correspondía a un propietario cosaco, pero poseía unas inusitadas dotes para la oratoria. En aquella ocasión, con unas cuantas frases breves, volvió a exponerles sus agravios y el abyecto trato que había recibido de los polacos. Todos conocían la historia, pero querían oírla de nuevo: era una cuestión de forma, y él no los defraudó.

–¿Es éste, hermanos, el trato que deben recibir los aguerridos cosacos?

– clamó.

–Jamás -le contestaron a gritos.

–¿Es ésta la recompensa por nuestros servicios? ¿Que nos pidan que demos la vida en la guerra, para recibir en tiempos de paz peor trato que el que damos nosotros a los perros? – prosiguió con verbo encendido, paseando la mirada sobre los presentes-. ¿Vamos a seguir tolerando que asesinen a nuestros hermanos, esposas, familias e hijos… o vamos a luchar?

–A luchar -respondieron todos con un bramido unánime.

Entonces el atamán volvió a tomar la palabra.

–Quiero haceros una propuesta, hermanos cosacos -gritó.

–¡Habla! – lo animaron cientos de voces.

Hacía ya tiempo que existía acuerdo sobre ese punto, pero aún no se había efectuado la votación.

–Propongo que Bogdán Jmelnitski sea elegido nuestro jefe supremo, representante de todos los cosacos de Ucrania. Propongo que sea el atamán.

¿Quién está a favor?

–¡Nosotros! – exclamó el campamento en pleno.

–En tal caso, que traigan el estandarte.

Entonces incluso a Andréi dejó de latirle un instante el corazón. Traían el famoso estandarte de los cosacos, con una cola de caballo por emblema; una vez que lo ponían en alto, podían echarse a temblar hasta los señores polacos y los turcos otomanos, pues los cosacos libres de la estepa lucharían hasta la muerte.

–Partiremos al amanecer -anunció el nuevo atamán.

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido, en muchos países, años peores del que se vivió en Polonia en 1648, pero en los abultados anales donde se refleja la crueldad y estupidez humana -que por desgracia no dejan de crecer-, el año 1648 merece, por diversos motivos, una mención destacada.

Por una parte, cambió la historia de Rusia.

Desde mediados de abril, el ejército cosaco -compuesto por ocho mil cosacos con cuatro cañones y cuatro mil tártaros- atravesaba hacia el norte la estepa por la ribera occidental del gran río Dniéper. Al frente llevaban un gran pendón rojo con la imagen bordada del arcángel san Gabriel.

Informados del avance de los rebeldes cosacos, los polacos efectuaron los preparativos pertinentes.

El comandante militar polaco, el magnate Potocki, instaló su cuartel general en la orilla occidental, unos ciento treinta kilómetros al sur de Pereiáslav. Desde allí mandó una vanguardia distribuida en dos partes. En la primera, al mando de su propio hijo, había mil quinientos polacos junto con unos dos mil quinientos cosacos integrados en el ejército regular; en el segundo, otros dos mil quinientos cosacos y un contingente de mercenarios alemanes. El objetivo de esta avanzadilla era refortificar Kodak y establecerse allí como guarnición.

Fue una muestra de necesidad o quizá de extraordinaria arrogancia dar por sentado que aquellas tropas permanecerían leales, y más teniendo en cuenta que había agentes de Bogdán infiltrados en ellas.

En cuanto vieron a los rebeldes, el grupo que iba con los alemanes votó sumarse a ellos. Mataron a dos de los oficiales y a los alemanes. Al día siguiente, el 6 de mayo, el infortunado Potocki hijo descubrió que sus cosacos lo habían abandonado también y, tras presentar una inútil resistencia junto a un arroyo conocido como Aguas Amarillas, halló la muerte junto a su contingente de polacos.

El ejército cosaco entabló combate con el grueso de la fuerza polaca diez días después, cerca de la pequeña ciudad de Jorsun, situada tan sólo a cuarenta kilómetros al suroeste de Pereiáslav.

La batalla de Jorsun culminó en una arrolladora victoria. Hicieron prisioneros a Potocki padre y a unos ochenta aristócratas polacos. El botín fue espléndido. Los cosacos se quedaron, además, con cuarenta y una piezas de artillería y miles de caballos.

La noticia de la victoria se propagó como un reguero de pólvora, y Ucrania entera se alzó en armas.

Andréi y Stepán eran ricos.

Habían luchado codo con codo, abriendo a su paso un corredor entre los soldados polacos; cuando Stepán se precipitaba sumido en un ciego éxtasis de furia, Andréi no sólo combatía con arrojo, sino que guardaba las espaldas de su amigo y dirigía inteligentemente su trayectoria, de tal modo que el propio Bogdán había reparado en ellos.

–El grande es valiente -había comentado-, pero el joven es además listo.

Al concluir la batalla, cuando la hueste en masa se había entregado con desenfreno a la bebida y el baile, el atamán en persona se acercó a ellos y, aparte del botín que recibían todos los cosacos, les entregó a cada uno seis de los más espléndidos caballos polacos.

–Otra batalla como ésta -le señaló Andréi a su amigo-, y podrás comprarte tu propia finca.

La recompensa más cuantiosa fue a parar, no obstante, a la caballería tártara. Ellos se quedaron con los nobles polacos para reclamar el rescate.

Hacia Crimea partieron nutridos grupos custodiando a aquellos prisioneros.

–Los tártaros siempre se hacen ricos -le dijo Stepán a Andréi.

–Aunque hay que reconocer que combaten como diablos -repuso con entusiasmo el joven.

–Puede -admitió con tristeza Stepán-. Pero yo los conozco mejor que tú: espera y verás.

Para Andréi, aquél fue un periodo excitante. Se había convertido en un cosaco con todas las de la ley y lo notaba. Junto a la emocionante aventura que aquello suponía personalmente para él, a escala mayor, los acontecimientos políticos en los que tomaba parte estaban experimentando un cambio de rumbo espectacular.

Para Bogdán, la revuelta no podía haber llegado en un momento más propicio para Ucrania. Justo después de la humillante derrota de Jorsun, al campamento llegó la noticia de la muerte del rey de Polonia. Hasta la elección de un nuevo monarca, en Varsovia quedaron al frente de la situación el canciller y el primado católico. Bogdán había atacado a la Confederación en su peor momento.

Toda Europa oriental se transformó en un hervidero de gestiones diplomáticas. De la capital de Polonia salieron con urgencia mensajeros con destino a Moscú y Constantinopla. Al sultán turco lo instaban a llamar al orden a los tártaros, que eran vasallos suyos. Al zar le pedían, apelando al valor de la paz con Polonia, que mandara tropas para atacar al kan de Crimea. También se solicitó a la nobleza polaca que reclutara tropas en sus propiedades.

Entre tanto, en los días posteriores a la batalla, llegaban de toda Ucrania noticias de revueltas de campesinos contra sus señores polacos. Además, el campamento cosaco comenzó a recibir un rosario constante de hombres -

algunos montados y bien armados, otros sólo con la quijada de un caballo atada a un palo-, deseosos todos de entrar en combate.

Bogdán, por su parte, mandó con parsimonia sus propios mensajes a los polacos y al zar de Rusia y se dispuso a mover los hilos para enemistarlos.

–Ahora veremos un cambio en el país -comentó, alborozado, Andréi a su amigo.

–Quizá -respondió Stepán.

En medio de este período de consolidación Andréi obtuvo permiso para efectuar una breve visita a Russka y llevó consigo a Stepán.

Tenía un doble motivo para ello: deseaba comprobar que sus padres estaban bien y dejar su parte del botín y los caballos en la granja. Su padre podría vender los animales y esconder el dinero.

En realidad, el atamán le concedió gustoso el permiso, pues quería encomendarle una importante misión.

–El magnate Vishnevetski es propietario de tu pueblo, ¿verdad? –

preguntó-. Tengo entendido que está reuniendo hombres para atacarnos.

Llévate a diez hombres, averigua todo lo que puedas y vuelve a informarme. – Bogdán le dedicó una alentadora sonrisa a Andréi-. Fuiste a un colegio, me han dicho.

–Sí, atamán.

- Estupendo. Te observaré la próxima vez que combatamos.

Andréi sabía qué representaba aquello. En cuestión de un año, tal vez, podrían nombrarlo esaul, capitán cosaco. Si la rebelión prosperaba, quizá se abriría ante él el camino de la fortuna.

El grupo partió en un excelente estado de ánimo.

El campo se mostraba en todo su esplendor mientras atravesaban en dirección este la llanura bajo el cálido sol de junio. De vez en cuando encontraban alguna que otra arboleda, y junto a los arroyos había en ocasiones sotos de sauces y pinos, pero en general tenían ante sí sólo la extensa estepa ininterrumpida, con sus delicadas y ondulantes hierbas de pluma. Aunque había abundancia de caza y de pesca, cabalgaban con regularidad, descansando a mediodía y cubriendo etapas con rapidez por la mañana y la tarde.

Pese a que llevaba consigo los magníficos corceles polacos, Andréi prefería su caballo cosaco. Criados por su fuerza y resistencia, estos robustos y bajos animales, que iban sin herrar, podían transportar a un hombre a un ritmo de ochenta kilómetros diarios por la estepa. Al anochecer del segundo día, la comitiva había cruzado ya el majestuoso Dniéper en una balsa. Sólo les faltaba un día más para llegar a Russka.

Percibieron la primera señal perturbadora a media mañana. Fue en uno de los fortines de madera -éste más pequeño aún que el de Russka- que servían de puesto de avanzada para la administración polaca. Al acercarse, los cosacos vieron que no había nadie, y habrían pasado de largo si Andréi no hubiera reparado en algo extraño que pendía del dintel de la puerta.

Era un oficial polaco: saltaba a la vista por la calidad de su atuendo. Lo habían ahorcado. Pero los campesinos ucranianos no se habían conformado con ello. Antes habían matado a su esposa y a sus hijos delante de él, y luego le habían colgado del cuello sus cabezas ensartadas en una cuerda.

Aquél era el espeluznante final que iban a sufrir muchos polacos a lo largo de ese verano.

Al cabo de una hora llegaron a la granja de un cosaco, que apenas difería de la de su padre. La habían quemado hasta los cimientos y saqueado a conciencia. Cuando Andréi comenzaba a maldecir a los polacos, Stepán lo contuvo.

–Mira -dijo, recogiendo una flecha del suelo-. No han sido los polacos, sino los tártaros que han pasado por aquí al volver.

–Les dimos a todos los nobles polacos -comentó con tristeza Andréi-.

¿No tuvieron suficiente?

–Nada es suficiente nunca para los tártaros -sentenció Stepán.

–Prosigamos -ordenó Andréi, preocupado por lo que podía encontrar en Russka.

Cabalgaron en silencio casi todo el tiempo. Percibiendo la ansiedad de Andréi, los demás se esforzaron en avanzar con la mayor premura posible.

Sólo un incidente insignificante dio pie a una conversación. Un gato montes cruzó, raudo, el camino frente a ellos para escabullirse entre las altas hierbas. Andréi no le habría prestado mayor atención si no hubiera oído que Stepán profería un juramento detrás de él.

–¿Qué ocurre, Buey?

–Nada -repuso en tono brusco pero poco convincente su gigantesco amigo.

–Vamos, dime qué pasa.

–Ese gato montes, ¿nos ha mirado?

–Me parece que no -respondió Andréi-. ¿Por qué?

–Por nada. Igual no ha mirado.

Pese a su intranquilidad, Andréi esbozó una sonrisa. Aun viviendo en una época de superstición y en un país de superstición, no había conocido hasta entonces a nadie como Stepán. Durante la campaña, el corpulento individuo estaba pendiente de los árboles, de las rocas, del vuelo de los pájaros y de un sinfín de detalles anodinos que para él tenían un sentido mágico y especial.

–¿Qué significa en tu tierra que te mire un gato montes? – preguntó con una carcajada.

Stepán no quiso decírselo.

Por fin, a última hora de la tarde, llegaron a las proximidades de Russka. Andréi escrutó con ansiedad el lugar, sin detectar trazas evidentes de los tártaros.

Luego, antes de los pantanos situados más abajo del pueblo, se encontraron con un campesino. Cuando les puso al corriente de la situación, Andréi comprendió lo que debía hacer.

–Preparaos para combatir -dijo a sus hombres-. Tendremos que actuar de forma sincronizada -añadió.

La pequeña fortaleza de Russka estaba cerrada a cal y canto. En su interior aguardaba posteriores instrucciones una guarnición de veinte soldados polacos, que habían sido enviados desde Pereiáslav en medio de la confusión generalizada del momento.

Dentro estaban también Yankel, el concesionario de licores, tres artesanos judíos y dos comerciantes judíos más, junto con sus familias.

Dado que los polacos desconfiaban de ellos, los cosacos y campesinos de la zona se habían quedado fuera, para defenderse como pudieran en caso de que se produjera un ataque de los tártaros.

Cuando salieron de Pereiáslav, les habían dicho que el magnate Vishnevetski estaba reuniendo una gran fuerza, pero desde entonces no habían sabido nada al respecto. Llevaban dos días esperando alguna noticia.

El sol ya descendía hacia el horizonte cuando, en el linde del bosque, por el lado de Pereiáslav vieron avanzar un destacamento. Protegiéndose los ojos del sol advirtieron con inmenso alivio, por los relucientes uniformes y las espléndidas monturas, que se trataba de soldados polacos.

Desde su posición detrás de unos arbustos, a unos cien metros de la puerta del fuerte, Stepán observaba también el avance de los polacos.

–¿De dónde sois? ¿Qué novedades hay? – preguntaron desde arriba cuando se hallaron más cerca.

–Somos hombres de Vishnevetski -respondieron en polaco-. El grueso de la fuerza viene detrás. Bajad a abrir las puertas.

–Estupendo -se felicitó, detrás de una mata, el intrépido Stepán-.

Estupendo. Los liquidaremos a todos.

Los centinelas abrieron las puertas a sus compatriotas polacos.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Sin que la vieran los defensores, cuando abrieron las puertas, la descomunal figura de Stepán se precipitó, junto con una veintena de lugareños salidos también de sus escondrijos, detrás de los jinetes. Los de la guarnición no los vieron hasta que se hallaban ya en la puerta, pero, cuando dieron la voz de alarma, en lugar de

atacar a los insurgentes, los jinetes polacos impidieron que cerraran las puertas.

Entonces se dieron cuenta, demasiado tarde, de que habían sido víctimas de un engaño.

Andréi se reía para sus adentros mientras abatía de un mandoble a un atónito polaco. Los magníficos caballos que les habían regalado a él y a Stepán y los diversos uniformes, espadas y atavíos polacos que se habían llevado como botín de batalla sus compañeros habían sido muy útiles para llevar a cabo aquella argucia.

«Me alegro incluso de que me hicieran aprender polaco en el colegio», se regocijó.

Tomada por sorpresa, la guarnición polaca perdió a una cuarta parte de sus soldados antes de que todos estuvieran siquiera al corriente de lo que sucedía. Aun así, se recobraron enseguida y combatieron con valentía. No les dieron cuartel, pues no esperaban que hicieran prisioneros. La lucha se prolongó casa por casa.

Fue entonces cuando Andréi estuvo a punto de perder la vida.

Mientras hacía retroceder a un polaco junto a la cabaña de madera donde vendía bebida Yankel el judío, no advirtió que otro se había encaramado al pequeño balcón de arriba. Gracias a un grito de Stepán, alzó la vista y alcanzó a detener la estocada del soldado que se abalanzó sobre él, pero cayó al suelo, y habría estado perdido si su gigantesco amigo no se hubiera interpuesto para dar cuenta de los dos polacos con un par de contundentes golpes.

Cuando se levantó vio que la batalla había tocado a su fin. Cuatro de sus hombres tenían rodeados a dos polacos.

–No los matéis -les gritó-. Veremos si disponen de alguna información.

Entonces tomó conciencia de algo más.

El resto de sus subordinados y los campesinos reunidos por Stepán estaban matando a los judíos.

Andréi esbozó una mueca de desagrado. Los judíos no le inspiraban mayor aprecio que los polacos, y si aquéllos hubieran ido armados no les habría dedicado ni un pensamiento. Pero no estaban armados. Uno de ellos intentaba defenderse con un palo, pero pronto fue reducido. Después, Andréi vio que sacaban a las mujeres y los niños.

–Parad -les ordenó.

Los cosacos siguieron como si no le hubieran oído.

–Dejadlos -gritó con fuña-. Es una orden.

Esta vez los cosacos vacilaron. No había contado, sin embargo, con los aldeanos.

–Con los niños judíos al pozo -vociferó uno.

–No, que luego tenemos que beber de esa agua.

–¡Al río con ellos, pues! – gritó otro.

Iban a ahogarlos y, con un sentimiento de impotencia, Andréi tuvo que reconocer que no podía hacer nada para impedirlo.

–Señor Andréi -le llamó alguien en susurros desde la ventana de la casa-. Señor Andréi.

Miró dentro y vio que era Yankel. Con todo el bullicio se había olvidado de él.

–Señor Andréi, os he reconocido. Salvadme, noble señor. Ya veis lo que ocurre.

Andréi lo observó con semblante inexpresivo.

–Yo nunca os hice daño -prosiguió, ansioso, Yankel-. Vos sois mi única esperanza.

–Os llevasteis el caballo de mi padre -respondió en tono malhumorado Andréi, más que nada porque no estaba seguro de poder hacer algo.

–Pero no el mejor. El que elegí valía la mitad de lo que me debía, y podéis quedaros con él si queréis. – Calló un instante para recobrar el aliento-. Dejad que muera yo. Matadme vos mismo. Pero tened piedad de mis hijos al menos.

–Abrid la puerta.

Al entrar en la casa percibió el inconfundible aroma del vodka. Junto al viejo judío había una muchacha de unos quince años y un niño de unos ocho o nueve. De repente cayó en la cuenta de que no había visto a la chiquilla desde hacía varios años, desde que se fue al colegio. Se había convertido en una joven morena de asombrosa belleza, con los ojos almendrados y una nariz aguileña de reminiscencias turcas. Su hermano era también un niño muy guapo.

–De acuerdo -aceptó Andréi-, lo intentaré. Pero necesitaré quien me apoye. – Se volvió hacia su corpulento amigo-. ¿Me ayudarás tú, Buey?

Pero Stepán ni siquiera lo había oído. Miraba embobado a la chica, como si hubiera visto un fantasma.

Al cabo de un momento Yankel perdió la vida por culpa de su propia imprudencia.

Era tal su alivio y alborozo por haber obtenido la protección de Andréi que, sin pensarlo, salió por la puerta principal de su casa. Los dos aldeanos que había cerca, armados uno con un hacha y otro con una guadaña, se abalanzaron sobre él en cuanto lo vieron, sin darle tiempo a explicarles nada. Cuando Andréi salió, estaba ya muerto.

Quedaban varias cosas por hacer. Una era interrogar a los dos prisioneros polacos para ver si podía averiguar algo. Otra, cavar dos fosas, una para los polacos y otra para los judíos. Después de dar instrucciones a los aldeanos para que enterraran a los muertos, partió a caballo para ver a su padre.

Se llevó consigo al niño.

El sol acababa de ponerse cuando llegó a la granja. Encontró al viejo Ostap de excelente humor. Con todo lo ocurrido durante los meses anteriores, Mordecái no había podido ir a la granja a reclamarle el servicio de trabajo y Ostap había seguido como siempre. Había moderado su consumo de bebida y dormía a la intemperie.

–¡Estoy enterado de todo! – exclamó mientras se acercaba Andréi-. Me lo ha contado un niño del pueblo. Lástima que no hayas podido avisarme con tiempo. Me habría gustado participar en esa pelea.

Se mostró encantado con los caballos, pero cuando Andréi le formuló la siguiente petición, torció el gesto.

–¿Quieres que dé cobijo a un niño judío?

–No puedo llevarlo al campamento -alegó Andréi, después de explicarle todo lo sucedido-, y los del pueblo lo matarían. ¿Quieres que lo abandone a su suerte?

El viejo Ostap frunció el entrecejo, reacio a reconocer que tenía su corazón.

–Tendrá que convertirse -exigió-. Entonces podrá ayudarme en el campo.

–Éste es el único sitio donde estarás a salvo -le expuso Andréi, en un aparte, al niño-. La gente no se atreverá con mi padre. Pero tienes que hacerte cristiano.

–Nunca -replicó, desafiante, el chiquillo.

Andréi calló un instante y luego lo miró fijamente a los ojos.

–Le prometí a tu padre que te salvaría la vida y debo cumplir esa promesa, pero tú tienes que poner algo de tu parte, ¿comprendes? Mientras permanezcas aquí, serás ortodoxo.

Sin abandonar su aire desafiante, el niño le dejó entrever que había captado el mensaje.

–Se ha convertido -anunció Andréi.

Los prisioneros polacos apenas pudieron darle información alguna.

Después de quitarles cuanto tenían, los cosacos dejaron que se fueran por el bosque.

A continuación, mientras sus hombres acondicionaban un espacio para pasar la noche en el fuerte, Andréi se fue al otro lado del río a atender otra cuestión pendiente: ver a Ana.

Apenas le había dedicado un pensamiento hasta entonces, aunque no era raro teniendo en cuenta la manera en que se habían precipitado los acontecimientos. Por eso se quedó perplejo cuando, al llegar a la casa, la halló cerrada, protegidas con tablones las puertas y ventanas.

–¿Dónde están? – preguntó.

–El padre se fue con sus hijos al campamento cosaco -le dijo un vecino-. La mujer se fue con su hermana a otro pueblo, cerca de Pereiáslav.

–¿Y Ana?

–¿Ana? – repitió, con cara de asombro, el hombre-. Ah, ¿no lo sabías?

Se fue. Se la llevó el polaco, Estanislao. Vino por aquí justo después de que se fueran los varones, se quedó unos días y, cuando se marchó, se la llevó.

La raptó al amanecer.

Andréi no podía creerlo. Primero aquel arrogante polaco había intentado quitarles la granja y humillar a su padre, y después había raptado a su novia.

–¿Adónde fueron?

–¡Quién sabe! A estas alturas igual están en Polonia -aventuró el hombre.

Andréi regresó pensativo al fuerte. Por lo visto se había quedado sin novia.

«Pero la encontraré», se juró a sí mismo. En cuanto a Estanislao, sólo había una solución posible.

Si algo era capaz de distraerlo de la pérdida sufrida, era el extraordinario fenómeno que se había producido en su amigo. Si Andréi había perdido a su chica, parecía que Stepán acababa de encontrar una.

¡Quién iba a imaginar que, de todas las jóvenes posibles, fuera a elegir precisamente a una judía! Pese a sus propias preocupaciones, Andréi estuvo a punto de echarse a reír.

–Pero si es judía, viejo Buey -adujo mientras tomaban asiento junto a una pequeña hoguera que habían encendido en el fortín.

–Se convertirá -afirmó Stepán.

–¿Lo ha dicho ella?

–Sé que lo hará.

–Pero ¿por qué esta muchacha?

–No sé por qué -reconoció-. Sólo sé que es así.

–O sea, que sólo con verla se te ha aparecido el destino…

–Sí. Eso es.

Parecía hallarse sumido en un estado de aturdimiento. Incluso cuando hablaba, tenía la mirada perdida, y Andréi no sabía si estaba realmente allí.

–Ay, pobre Buey -exclamó-. ¿Qué vas a hacer con ella? No puedes llevártela de campaña.

Stepán asintió inclinando despacio la voluminosa cabeza.

–Ya lo sé. He estado pensando en eso. Buscaré a un sacerdote que nos case y después volveré a mi tierra con ella.

–¿Me vas a dejar?

–Ha llegado la hora -declaró con solemnidad.

–Mejor será que hables con ella.

–Sí -convino, poniendo en pie todo su corpachón-. Tenemos que hablar.

Se fue lentamente hacia la zona en penumbra donde se encontraba la muchacha. La llevó en silencio al lado del fuego y la hizo sentar a su lado.

Pese a que su curiosidad era grande, Andréi los dejó a solas. Luego, en voz muy baja, Stepán comenzó a hablar.

Andréi estuvo observándolos un rato desde lejos. Los otros cosacos también los miraban de vez en cuando. ¡Desde luego, no había duda de que aquel gigante barbudo era un tipo raro!

La chica miraba con fijeza a Stepán con sus grandes ojos cargados de seriedad, sin apenas hablar, pronunciando de vez en cuando alguna palabra como para animarlo a seguir. Era una extraña situación en la que se hallaba aquella muchacha de quince años, que tras ver matar a hachazos a su padre tan sólo unas horas antes, escuchaba a aquel peculiar cosaco que se había empeñado en casarse con ella. Daba además la impresión, pensó Andréi, de

que ella fuera la maestra y él el niño, pues su joven semblante sereno y trágico la hacía parecer mayor que él, mayor que cualquiera de ellos, quizá.

Al final, Andréi se acostó. Aquella corta noche de verano se despertó, con todo, varias veces, y siempre los veía sentados en el mismo lugar, conversando muy quedo junto a las relucientes brasas de la hoguera.

¿Qué le estaría diciendo Stepán? Sabría Dios qué extraña maraña de pensamientos podía brotar de aquella mente tan solemne y simple. ¿Estaría tratando de convertirla? ¿Estaría hablándole tal vez de las tierras de la otra orilla del Don que eran su hogar? ¿Estaría haciéndole el relato de su vida, o contándole quizás alguna de aquellas historias de magia y superstición que hervían en su cabeza? Cabía la posibilidad de que estuviera describiéndole la infinita estepa y los aromas que la poblaban, o exponiéndole su creencia de que todos los hombres debían ser hermanos en pie de igualdad. Fuera lo que fuese, Andréi no tenía duda de que su amigo, convencido de que aquella muchacha judía era la encarnación de su destino, había elegido esa noche para poner toda su alma al desnudo.

Y la muchacha escuchaba. Escuchaba y escuchaba en silencio.

«Es probable que sepa más de él de lo que llegan a descubrir algunas mujeres de su esposo en toda una vida», pensó, con una sonrisa, la tercera vez que se dispuso a conciliar el sueño.

El cielo comenzaba a iluminarse cuando se despertó un instante y vio que Stepán rebuscaba en sus alforjas. En su sopor, reparó en dos cosas: que la chica estaba de pie, junto al fuego, y que su amigo tenía en el semblante una expresión de extraordinaria exaltación, como si acabaran de revelarle algún maravilloso secreto de índole mística. Su atolondramiento se había acentuado. Medio dormido como estaba, Andréi recordaría vagamente que los vio salir juntos del fuerte y que Stepán caminaba como un sonámbulo.

Después volvió a vencerlo el sueño.

El grito que despertó a todos en la fortaleza se produjo pocos minutos después.

Despierto de golpe a causa del sobresalto, Andréi corrió hacia la puerta, donde encontró a varios de los guardias que miraban desconcertados hacia fuera. Abriéndose paso entre ellos, continuó a toda prisa por el camino.

Stepán estaba junto a la orilla del río y tenía una pistola en la mano. La muchacha yacía en la hierba a unos palmos de él, muerta.

Él no se movía. Incluso cuando Andréi llegó a su lado, siguió con la mirada fija en ella, con una expresión de extremo desconcierto y perplejidad, y cuando éste intentó tomarlo del brazo advirtió que estaba completamente rígido. Permanecieron así varios minutos, rodeados de la pálida luz del amanecer, hasta que Stepán dejó que Andréi le quitara la pistola de la mano y entonces, con todo el cuerpo aquejado de una repentina flaccidez, comenzó a subir lentamente la cuesta con él.

Andréi tuvo que sentarlo y obligarlo a tomar un poco de vodka para obtener un confuso relato de lo ocurrido.

Durante la larga conversación que habían mantenido esa noche, la muchacha había comprendido al parecer demasiado bien la naturaleza de aquel extraño y supersticioso individuo. Le había dicho que se casaría con él y él había entrado en éxtasis. De este modo se había ganado por entero su confianza y luego, hacia el final de la noche, cuando Stepán había entrado en un estado que él identificó como místico, le reveló su maravilloso secreto.

–Es cierto que el destino dispuso que nos encontráramos, Stepán. Te estaba esperando. – Le sonrió-. Yo soy una persona mágica, ¿sabes?

Le dijo que podía demostrárselo incluso, que si iba con ella a un lugar discreto, se lo enseñaría.

–Puedes dispararme al corazón y no me harás el menor daño -le aseguró-. Vamos, deja que te lo muestre.

Y Stepán, en su ingenuidad, le había hecho caso.

Incluso entonces no acababa de comprender que se hubiera hecho pedazos su fe en el destino y sacudía con incredulidad la cabeza.

–Tiene que haber un error. Quizá sólo se haya desmayado.

Ninguno de los cosacos, salvo Andréi, parecía comprender que para la muchacha era preferible la muerte que verse mancillada por unas manos cristianas, por más amabilidad con que la trataran.

Poco después fue a su entierro.

Se había planteado la conveniencia de llevar a su hermano, pero decidió que era mejor que no estuviera presente. De todos modos, sintiendo que el pequeño debería tener al menos algún recuerdo de ella, buscó entre sus efectos y descubrió con sorpresa que llevaba colgado del cuello, en una fina cadena, un pequeño disco de metal antiguo con la representación de un tridente. Aunque no sabía qué era, lo tomó para dárselo al niño huérfano.