Rusos I
Capítulo 1068
Ivanushka había desobedecido órdenes de su padre, pero es que ese día estaban teniendo lugar asombrosos sucesos en la ciudad.
El chico tenía la impresión de que, desde hacía dos años, no paraba de dejarse sentir la influencia de la estrella. De todos modos, aun así había cosas difíciles de entender.
No lo habían llevado a conocer al joven príncipe Vladimiro. La razón era, según decían, que había muerto la madre del muchacho, la princesa griega.
–Vladimiro y su padre están de luto -le explicó Ígor-. Es un mal momento. El año que viene la situación será distinta.
¿Por qué, entonces, antes de concluir el año el padre de Vladimiro había tomado otra esposa, una princesa cumana?
–Son cosas de la política -contestó Ígor-. El padre de la novia es un poderoso jefe cumano, y el príncipe quiere proteger Pereiáslav de ataques llegados de la estepa.
Pero unos meses más tarde habían llegado los jinetes cumanos, que en esos momentos se dedicaban a quemar la tierra de Rus con más ferocidad que nunca.
Y seguían sin recibir la invitación del padre de Vladimiro para ir a visitarlos. El príncipe lo había prometido, pero al parecer se había olvidado, de modo que Ivanushka permanecía, desorientado, en Kíev sin ninguna ocupación concreta.
Tal vez tuviera razón su hermano Sviatopolk cuando le susurró al oído, una fría mañana de esa misma primavera:
–Nunca serás paje de Vladimiro. Se han enterado de lo inútil que eres. –
Y cuando él se preguntó en voz alta quién podría haberles dicho tal cosa, Sviatopolk agregó con una sonrisa-: Quizá fui yo.
Y estaba, además, la cuestión del príncipe de Pólotsk. Después de derrotarlo, el príncipe de Kíev y su hermano ofrecieron al hombre lobo un salvoconducto para asistir a una reunión de familia. Entonces le tendieron una vil trampa y lo encerraron en una cárcel de Kíev, donde aún permanecía. Sin embargo, cuando Ivanushka le preguntó a su padre si aquel acto de traición no era pecado, éste le respondió con pesar que a veces era necesario mentir. Ivanushka aún no acababa de entenderlo.
Finalmente, como una amenaza de destrucción para todos, llegaron los cumanos. Hacía menos de una semana, en plena noche, los hombres de Rus habían ido a descargar un golpe decisivo contra los jinetes de la estepa en las proximidades de Pereiáslav y habían sufrido una derrota. Su padre y los príncipes, avergonzados, huyeron a Kíev y se replegaron al amparo de las fortificaciones de piedra del palacio de la ciudadela. Y para colmo, parecía que la druzhina había caído en una especie de letargo. Día tras día, Ivanushka renovaba las expectativas de que su padre y los boyardos llevaran a cabo una nueva acometida, pero nada sucedía. No podía ser que tuvieran miedo. No podía ser que dejaran al pueblo a merced de los invasores, mientras ellos permanecían a salvo tras las altas murallas. Tenían que haber sido víctimas, razonaba el muchacho, del conjuro de la maligna estrella.
Y ese día, una luminosa mañana de septiembre, la ciudad entera estaba alborotada. Habían llegado al galope unos aterrorizados mensajeros para advertir del avance de los cumanos. En el podol exterior a la ciudadela, se había convocado la asamblea de la ciudad, la famosa vieche. Toda la gente había ido allí.
Se estaba hablando de la revolución.
Por eso aquella mañana, en lugar de quedarse con su familia en el gran salón de ladrillo del palacio del príncipe, Ivanushka se había escabullido y había cruzado el puente que comunicaba la ciudadela antigua con la nueva.
Luego, pasando junto a la catedral de Santa Sofía, se había encaminado a las puertas para salir al podol.
En la ciudadela nueva reinaba una extraña quietud. Las casas de los nobles estaban vacías; en la de su padre m siquiera se habían quedado los caballos y los criados. En las calles había algunas mujeres, unos pocos niños y algún que otro sacerdote, pero parecía que la población masculina se había trasladado en bloque a la vieche del arrabal.
Ivanushka sabía algo de la vieche. Hasta el mismo príncipe de Kíev la temía. En condiciones normales, bajo la dirección de los mercaderes más importantes, mantenía una actitud sumisa, pero en épocas de crisis todos los hombres libres de la ciudad tenían derecho a asistir a la asamblea y votar.
–Y cuando la vieche se rebela, es terrible -le había dicho Ígor-. Ni siquiera el príncipe y la druzhina pueden controlarlos.
–¿Está enfadado ahora el pueblo? – preguntó él.
–Están fuera de sí. No debes salir de aquí.
Era tanta la excitación de Ivanushka durante su recorrido por la ciudadela que casi olvidó que estaba desobedeciendo a su padre.
Una vez traspasadas las puertas, llegó a la plaza del mercado. Estaba llena a rebosar. Nunca había visto tanta gente junta. Habían acudido incluso varios miles de mercaderes, artesanos, comerciantes y trabajadores libres provenientes de otras ciudades-estado de Rus. A cada lado de la plaza había una iglesia: una era un macizo templo bizantino de ladrillo con una cúpula central achatada, y la otra, un edificio de madera de menor tamaño, con un alto tejado de dos aguas y un pequeño campanario octogonal en medio.
Ambas parecían presidir la asamblea, confiriéndole un aire de acto religioso. En el centro se alzaba un estrado de madera del que estaban pendientes todas las miradas. Encima, blandiendo un bastón a la manera de un furibundo profeta bíblico, un corpulento mercader de barba castaña, vestido con un caftán, denunciaba a las autoridades.
–¿Para qué está ese príncipe aquí, en Kíev? – gritó-. ¿Por qué gobierna su familia en otras ciudades? – Hizo una pausa para intensificar la expectación en la multitud-. Están aquí porque nosotros invitamos a sus antepasados a venir -aseveró, golpeando la tarima con la punta del bastón-.
¡Los varegos vinieron del norte porque los eslavos los dejamos entrar!
Aquella reescritura de la historia que había fraguado con el transcurso de las generaciones convenía a ambas partes: a los nórdicos, porque daba legitimidad a la autoridad que afianzaron a partir de unas prácticas de piratería, y a sus súbditos eslavos, porque salvaguardaba su honor.
–¿Y para qué los dejamos entrar? – prosiguió, dirigiendo una ardiente mirada a ambos lados, como si retara a las propias iglesias a que lo interrumpieran-. Para que lucharan por nosotros, para que defendieran nuestras ciudades. ¡Para eso están aquí!
No le faltaba parte de razón al improvisado orador. Todavía a aquellas alturas, la relación entre los príncipes y las ciudades que gobernaban era bastante ambigua, pues si bien el príncipe protegía la ciudad, ésta no era propiedad suya, como tampoco lo era la tierra, que seguía perteneciendo en una considerable proporción a los campesinos libres o a los municipios. En la gran ciudad septentrional de Nóvgorod, se había dado el caso de que la vieche rechazara a los príncipes, y nunca permitía que el protector elegido ni su druzhina poseyeran tierras en sus dominios. Ivanushka no halló, pues,
nada de extraño en las palabras del mercader; para él era un motivo de orgullo el que a su padre y a hombres como él se les considerara protectores de la tierra de Rus.
–¡Pero esta vez no nos han defendido! – tronó el mercader-. ¡Nos han fallado! ¡Los cumanos arrasan nuestros campos, y el príncipe y sus generales no hacen nada!
–¿Qué vamos a hacer? – gritaron varias personas.
–Nombrar un nuevo general -gritó una.
–Nombrar un nuevo príncipe -propuso otra.
Ivanushka se quedó sobrecogido. ¡Hablaban del príncipe de Kíev! La idea, sin embargo, no pareció disgustar a la multitud.
–¿A quién? – preguntó un coro de voces. Entonces el fornido mercader descargó de nuevo el bastón contra la tarima.
–Estos problemas comenzaron con un acto de traición -clamó-. De traición, sí, cuando los hijos de Yaroslav faltaron a su palabra y encerraron al príncipe de Pólotsk en la cárcel. Un príncipe inocente está preso allá arriba -remató, extendiendo el brazo hacia la ciudadela.
No tuvo necesidad de continuar. Hasta Ivanushka se dio cuenta de que en la plaza había muchos individuos que habían recibido una concienzuda preparación en previsión de ese momento.
–¡Pólotsk! – gritó la gente-. Queremos al príncipe de Pólotsk.
Ivanushka no pudo precisar más tarde con detalle lo ocurrido. Sólo tuvo conciencia de que en cuestión de un minuto, como dotada de voluntad propia, la muchedumbre se puso en marcha hacia la ciudadela, llevándolo consigo. Delante de la catedral de Santa Sofía, la riada humana se bifurcó en dos ramales. Uno de ellos se desvió a la izquierda, en dirección a un edificio de ladrillo cercano a la catedral donde tenían preso al extraño príncipe con un ojo deforme. Los demás prosiguieron por el estrecho puente que comunicaba con el palacio.
Era hora de que volviera con su familia. Debía advertirles del peligro.
Cuando la multitud desembocaba en la ciudadela antigua, intentó adelantarse a ella, pero pronto comprendió que era demasiado tarde.
No se le ocurrió pensar, no obstante, que tampoco habría forma de volver atrás. Minutos después, en la plaza situada ante el palacio del príncipe tomó plena conciencia de lo apurado de su situación. A la izquierda había una alta pared; a la derecha, una escalinata de piedra
conducía a un portalón de madera cerrado a cal y canto. La primera hilera de ventanas comenzaba a seis metros de altura, totalmente fuera del alcance. Ante él se alzaba el palacio de ladrillo, compuesto de una serie de torres y aspilleras dispuestas a una altura inasequible para la multitud. Aun cuando hubiera podido abrirse camino entre ésta, no tenía forma de entrar.
La gente profería gritos de indignación.
–¡Traidores! ¡Cobardes! ¡Os echaremos para que seáis pasto de los cumanos!
Las altas paredes rojas del palacio parecían observarlos, sin embargo, con una profunda indiferencia.
Transcurrían los minutos. No lejos de allí, sonó una campana llamando a los monjes a la oración. Ivanushka tendió la mirada hacia la izquierda, donde resplandecían las doradas cúpulas de la antigua iglesia de los Diezmos. El gentío, empero, reanudó enseguida sus gritos.
Entonces Ivanushka vio, a muchos metros de altura, en una pequeña ventana de palacio, una cara rubicunda que observaba a la multitud, una cara que reconoció en el acto, pues era la de Iziaslav, el príncipe de Kíev. La muchedumbre también lo reconoció y reaccionó con un rugido de rabia.
Luego la cara desapareció.
De improviso Ivanushka cayó en la cuenta de que si la gente se enteraba de quién era -el hijo de uno de los boyardos de Iziaslav- podría correr peligro. «Tengo que entrar en el palacio», pensó. Había sólo otra vía de acceso al interior, por el patio de la parte posterior. Para llegar a él tenía que abrirse paso, rodeando el edificio, hasta la verja. Lo intentó, pero era difícil.
De tan apiñada, la multitud se movía en una especie de vaivén que casi lo derribaba cada vez que trataba de atravesarla, de tal modo que al cabo de varios minutos había avanzado tan sólo unos metros.
Todavía se encontraba lejos de la salida de la plaza, cuando en algún punto de la multitud se inició un murmullo que pronto se transformó en algarabía y luego en rugido.
–¡Se han ido! ¡Han huido!
Observaron con asombro que un hombre, encaramándose sobre otras personas, consiguió llegar a una de las ventanas para desaparecer en el interior del palacio. Al cabo de pocos minutos se abrió una de las puertas y la gente entró en manada sin hallar resistencia alguna.
El príncipe y la druzhina habían abandonado el palacio. Debían de haber escapado por el patio por el que él confiaba entrar. Se quedó aturdido un instante, con la mirada perdida. En ese caso, su familia debía de haberse ido también. ¡Y él se había quedado solo allí!
La multitud avanzaba como una ola hacia el desierto edificio. En las ventanas de arriba comenzaron a asomarse algunas personas. De repente vio un destello dorado. Alguien lanzó una copa a un amigo que seguía abajo.
Un momento después vio volar un abrigo de marta cibelina y dedujo, horrorizado, que estaban saqueando el palacio.
Ivanushka se volvió. No sabía qué hacer, pero no tenía duda de que debía salir de aquella plaza. Quizá pudiera localizar a su gente en los bosques de los alrededores. Mientras el gentío seguía con su ciego empuje hacia el palacio, logró llegar a una pequeña puerta lateral. Un momento después se hallaba en una calle casi desierta.
–¡Iván! ¡Iván Ígorevich! – Al volverse, vio a uno de los criados de su padre que corría hacia él-. Vuestro padre me ha enviado a buscaros. Venid.
Ivanushka nunca había experimentado mayor alegría por ver a alguien.
–¿Podemos ir a reunimos con ellos? – preguntó.
–Imposible. Se han ido todos, y los caminos están interceptados. Como para confirmarlo, en aquel preciso instante un grupo de hombres enfiló la calle a la carrera.
–¡El príncipe de Pólotsk está libre! – gritaban-. ¡Está en camino!
Ivanushka vio, en efecto, a una docena de jinetes que se aproximaban a medio galope. Y en medio de ellos se encontraba la inconfundible figura del mismísimo hombre lobo.
Tenía una constitución más recia de lo normal y montaba un caballo negro. Era difícil saber cómo iba vestido pues una gran capa marrón que no parecía muy limpia lo envolvía por completo. Tenía la cara ancha, de prominentes pómulos, y de su persona emanaba una aureola de poder. Con todo, fueron sus ojos lo que atrajo la atención de Ivanushka.
Uno estaba cubierto, tal como decían, con una membrana de piel; pero el efecto no era monstruoso, como había imaginado Ivanushka. No era la misma sensación que producían los rostros deformes o quemados. Uno de los lados presentaba una extraña inmovilidad, una especie de inexpresivo desapego del mundo como el que se observa a veces en los ciegos. El otro,
en cambio, provisto de un ojo azul de penetrante mirada a la que no escapaba ningún detalle, irradiaba vivacidad, inteligencia y ambición.
Era una cara fascinante, con una mitad bella y la otra mitad trágica. Y el ojo sano, advirtió de repente, lo miraba a él.
–Deprisa, por este lado. – El criado tiraba con insistencia de él-. No deben saber que estáis aquí.
Ivanushka dejó que lo arrastrara. El príncipe siguió avanzando con su escolta. Y cuando el hombre lobo pasó por su lado, Ivanushka tuvo la curiosa impresión de que, como una criatura dotada de mágicos poderes, se había percatado de su presencia y de quién era.
–¿Adónde vamos? – preguntó.
–Ya lo veréis -contestó el criado, mientras lo conducía a toda prisa hacia el podol.
Aun sin ser tan grande como la de Ígor, la casa de Zhydovyn el Jázaro era un sólido edificio de madera con un tejado empinado, dos espaciosas habitaciones en la fachada principal y un patio detrás. Se encontraba justo en la salida de la Puerta de los Jázaros, cerca de la muralla de la ciudadela de Yaroslav.
–Aquí cuidarán de vos durante unos días -le explicó el criado-, hasta que sea posible sacaros a escondidas de la ciudad sin correr peligro.
De la ciudad habían salido ya bandas de hombres en busca de las familias de la druzhina que habían huido.
–¿Qué me harán si me encuentran? – preguntó Ivanushka.
–Os encerrarán.
–¿Nada más?
El criado le dirigió una mirada extraña.
–No vayáis nunca a la cárcel -dijo por fin-. Una vez le han encarcelado a uno… -Hizo un gesto como si dejara caer una llave-. Pero no os preocupéis ahora -añadió en un tono más alegre-. Zhydovyn cuidará de vos.
Al cabo de un momento se marchó.
Ivanushka disfrutó de su estancia con el jázaro y su familia. La esposa de Zhydovyn era una mujer morena, casi tan corpulenta como su marido.
Tenían cuatro hijos menores que él, con los que se pasaba el día jugando, sin salir a la calle.
–Aún es arriesgado que te vean -le advertía el Jázaro.
A veces, Ivanushka les contaba cuentos a los niños. En una ocasión, con Zhydovyn como divertido espectador, sus hijos ayudaron a Ivanushka a leer en hebreo un relato del Antiguo Testamento que luego él fingió traducir, cuando en realidad se lo sabía de memoria en eslavo.
Al tercer día, temprano, el Jázaro llegó presuroso a su casa con noticias frescas.
–El príncipe de Kíev ha ido a Polonia a solicitar la ayuda del rey.
–¿Significa eso que mi padre también ha ido a Polonia? – preguntó, sorprendido, Ivanushka.
–Supongo que sí.
Ivanushka guardó silencio. Polonia quedaba muy lejos. ¿Se trasladaría de veras su familia a aquellas lejanas tierras? De repente se sintió solo y abandonado.
–¿Crees que los polacos invadirán el país? – preguntó con ansiedad la esposa de Zhydovyn.
–Es probable. – El Jázaro esbozó una mueca-. Como sabes, el rey de Polonia e Iziaslav son primos. Pero tenemos otro problema -añadió, desplazando la mirada hacia Ivanushka-. Corre el rumor de que alguien del barrio jázaro esconde al hijo de un boyardo de la druzhina. Les conviene tener rehenes que utilizar por si sufren un revés en su lucha contra Iziaslav y los polacos. En estos momentos están registrando la ciudadela.
En la habitación se instaló un silencio inquietante. Ivanushka sintió todas las miradas fijas en él. Consciente de que su presencia estaba ocasionando cada vez más molestias a los de la casa, palideció, oprimido por un sentimiento de turbación. Cuando alzó la vista, en la expresiva cara de la esposa de Zhydovyn percibió claramente que, de convertirse en una amenaza para su placentera vida, no dudaría en deshacerse de él.
Fue ella, no obstante, quien tras una pausa realizó la siguiente observación:
–No tiene aspecto de jázaro, pero quizá podamos remediarlo. – Después le dirigió una mirada a Ivanushka y soltó una discreta carcajada.
Así fue como, al cabo de unas horas, en la casa del Jázaro se materializó un nuevo personaje.
Le habían teñido el pelo de negro y oscurecido un poco la piel con ayuda de jugos de plantas. Vestía un caftán negro y un gorro turco, y