Rusos I
El río
eslavo, adecuado para un río, las gentes de la aldea habían bautizado con el nombre de Rus el reluciente curso de agua.
Era un buen nombre, que sin duda les habría satisfecho aún más si hubieran sabido que aquella misma palabra irania - rus o rhos- servía para referirse también en aquellos siglos al impresionante río que discurría por el este y que con el correr del tiempo recibiría el nombre de Volga.
Así pues, llamaron Rus al río; y a la aldea que construyeron a su lado, la llamaron Russka.
La noche estaba en calma. El riachuelo brillaba, avanzaba y a la vez no se movía. Se acostaron sobre la hierba. Por el firmamento estrellado pasaban de vez en cuando pálidas nubes, cual jinetes en pausada procesión, reflejando con tenue resplandor la luz de la luna creciente que viajaba hacia el sur… y ¿quién sabía qué oso, zorro, lobo o pájaro de fuego podía estar moviéndose entre las sombras en la espesura del bosque, o qué jinetes estaban acampados junto a sus hogueras en medio de la interminable estepa?
Pero el único sonido que oyó Lébed, cuando el viento sopló con suavidad sobre la tierra fue el susurro de las hojas.
El río
En el mes de enero del año 1066 de la era cristiana, apareció una terrible señal en los cielos que se vio en toda Europa.
En el reino anglosajón de Inglaterra, sujeto a la amenaza de invasión de Guillermo de Normandía, el suceso quedó reflejado en las crónicas como un tétrico augurio. En Francia, Alemania y todas las riberas del Mediterráneo también lo vieron. En Europa oriental, en los recién constituidos estados de Polonia y Hungría, el espantoso objeto dominaba las noches. Y aún más lejos, en las regiones fronterizas del este donde el bosque limita con la estepa y el ancho río Dniéper discurre hacia el templado mar Negro, el gran cometa rojo permaneció suspendido, noche tras noche, sobre la blanca y silenciosa tierra; y los hombres se preguntaban qué nueva desgracia iba a abatirse sobre el mundo.
Por lo pronto ya se habían producido cambios dramáticos. Durante los nueve turbulentos siglos transcurridos desde los reinados de Trajano y Marco Aurelio, la civilización occidental había experimentado el paso de la etapa clásica a la medieval; bajo el influjo de una cadena de trascendentales
hechos, Roma se había convertido al cristianismo, pero poco después su poderoso imperio, para entonces dividido entre los dominios de Occidente y de Oriente, de Roma y Constantinopla, se había desmoronado bajo el peso de las masivas invasiones bárbaras.
Habían llegado en incontenibles oleadas de las regiones de Mongolia situadas al norte de la Gran Muralla China, atravesando el gran arco de cordilleras montañosas del sur para abatirse sobre el desierto y la estepa de la vasta llanura euroasiática. De rasgos raciales blancos unos, mongoloides otros, y hablantes en su mayoría de lenguas derivadas del turco, aquellos terribles invasores barrían todo a su paso. Así llegaron Atila y sus hunos; después de ellos los avaros; y después los turcos. La caída del Imperio romano no se debió, sin embargo, a su súbita irrupción, ni a los colosales aunque breves imperios que erigieron en la estepa, sino a la tremenda cadena de migraciones que desencadenaron al abatirse sobre las tribus del este de Europa. Fueron esas migraciones las que llevaron a los francos a Francia, a los búlgaros, descendientes de los hunos, a Bulgaria, y a los sajones y a los anglos a Britania, y dieron origen a los nombres de algunas regiones que, como Borgoña y Lombardía, corresponden a nombres de tribus.
Una vez concluido este proceso, el viejo mundo quedó hecho pedazos.
Roma había caído. Si bien los bárbaros acabaron convirtiéndose al cristianismo, Europa occidental siguió reducida a un caótico mosaico de regiones tribales y dinásticas. Solamente en la parte oriental del Mediterráneo y en el mar Negro subsistió algo que recordaba el antiguo orden. Allí, justo encima de Grecia, junto al estrecho canal que conecta el mar Negro con las aguas del Mediterráneo, se alzaba la majestuosa ciudad de Constantinopla, también conocida como Bizancio. Guardiana no conquistada de la cultura clásica y del cristianismo oriental, de talante más griego que latino, Constantinopla permaneció inviolada durante toda la Edad Media, presidida -aun cuando sólo fuera de manera nominal- por un emperador romano cristiano.
Ahí no acabaron, con todo, las convulsiones en el mundo occidental, pues en el año 622, el profeta Mahoma inició la primera hijra o hégira desde La Meca, dando comienzo a la arrolladora y explosiva expansión del islam. «Al Jardín vais, musulmanes, no al fuego», gritaban sus dirigentes mientras se disponían a entablar batalla, ya que se les aseguraba que
quienes fallecieran en ella obtendrían un lugar en el cielo. Desde Arabia, los ejércitos musulmanes se extendieron por el Oriente Medio y luego hasta Persia y la India por el este, y en dirección oeste por todo el norte de África, llegando incluso hasta España. En otra campaña, llegaron hasta las puertas de Constantinopla, y durante varios siglos la Europa cristiana temblaría ante la mención del profeta.
Por último, para acabar de complicar el mosaico del mundo, llegaron los vikingos.
Estos viajeros escandinavos, piratas, mercaderes, colonizadores y aventureros irrumpieron en el escenario de la historia hacia el año 800.
Ocuparon buena parte del centro de Inglaterra, fundaron colonias en Islandia y Groenlandia e incluso exploraron una franja costera de América del Norte. Tras fundar el estado de Normandía, se precipitaron sobre la zona del Mediterráneo.
Fue precisamente uno de estos grupos de vikingos suecos el que, después de fundar varias colonias comerciales a orillas del mar Báltico, se adentró por el sistema fluvial de las extensas regiones continentales que constituían el territorio de los eslavos.
Estos nórdicos, que a veces recibían el nombre de varegos, crearon una gran red comercial, mediante la cual trasladaban las mercancías desde el norte -por ejemplo desde la ciudad eslava de Nóvgorod-, a través de los ríos Dniéper, Don y Volga. En la costa del mar Negro, cerca de la desembocadura del Don, establecieron una base comercial llamada Tmutarakán. Y ya fuera porque eran rubios, o porque en aquellas tierras del sur comerciaban y luchaban codo con codo con pueblos alanos de pelo rubio, o por algún otro motivo que ignoramos, pronto aquellos comerciantes y piratas nórdicos pasaron a ser conocidos en el mundo civilizado del sur en el que se habían introducido con el mismo antiguo nombre iranio que todavía utilizaban algunos alanos, la palabra que significaba «luz» o
«brillante», rus.
De este modo nació el nuevo estado de Rusia.
Por encima de las altas empalizadas, sumido en un febril estado de excitación, el niño contemplaba la gran estrella roja.
Abajo, en la oscuridad, discurría el ancho río Dniéper, cuyas heladas orillas reflejaban, amortiguado, el resplandor rojizo de la estrella. Detrás del niño, la ciudad de Kíev dormía en silencio.
Habían transcurrido casi dos siglos desde que aquella ciudad eslava contigua al Dniéper se convirtiera en la capital del estado de Rus. Situada entre suaves colinas boscosas, a una jornada de camino del comienzo de la estepa meridional, era el punto donde se concentraban todas las mercancías procedentes de los bosques del norte que debían viajar río abajo hasta el lejano mar Negro y, desde allí, incluso hasta puntos más distantes.
¿Qué podía presagiar para el futuro de la ciudad aquella estrella?, se preguntó el chico. Tenía que tratarse sin duda de una señal de Dios.
El territorio de Rus se había cristianizado. En el año 988 de nuestra era, Vladimiro, príncipe de Kíev, había recibido el bautismo en compañía del emperador romano de Bizancio, que actuó de padrino. Debido a su conversión, muchos consideraban a Vladimiro un santo, y también se decía que sus dos hijos, los jóvenes Borís y Gleb, habían alcanzado el grado de beatitud.
La historia de su muerte, acaecida justo medio siglo antes, se había incorporado de inmediato al folclore popular. En la primavera de su vida, frente a los asesinos enviados por su malvado hermano mayor, aquellos príncipes reales se habían sometido dócilmente y, hablando sólo del amor que se profesaban, habían encomendado sus jóvenes almas a Dios. La mansa tristeza de su muerte había conmovido de tal modo a los eslavos que Borís y Gleb se erigieron, con el apodo de los Sufridores de la Pasión, en héroes predilectos del país de Rus.
Kíev era ahora una ciudad donde florecían las iglesias. Aparte de los ruidos de los barcos mercantes del río, en las calles se oían los cánticos de monjes y sacerdotes surgidos de un centenar de templos, y las enormes y achatadas cúpulas bizantinas revestidas de oro, despedían un cálido brillo bajo el sol.
–Algún día -vaticinaban los nobles-, seremos como Zargrado.
Ése era el nombre con que solían referirse a la ciudad imperial de Constantinopla. Y si bien, como no tenían más remedio que reconocer los cronistas de los monasterios, había aún muchos campesinos que preferían las viejas creencias paganas, sería sólo una cuestión de tiempo que se sumaran a la gran hermandad del mundo cristiano.
¿Y qué significado tendría la estrella para él? ¿Anunciaría peligro?
¿Tendría que superar alguna prueba?
El año siguiente iba a ser el más importante de su vida. Tenía doce años.
Sabía que su padre intentaba hallarle un puesto en el séquito de uno de los príncipes. Se había hablado, asimismo, de buscarle una prometida, y había una novedad más emocionante aún: ese mismo verano su padre iba a mandar una caravana hacia el este, a través de la estepa. Llevaba varias semanas rogándole que le dejara ir con ella. Su sueño era cabalgar hasta el gran río Don. Si bien su madre era contraria a aquel peligroso propósito, la semana anterior su padre había dicho que lo tomaría en consideración, y desde entonces el muchacho no pensaba en nada más. «Cuando vuelva, empezaré a entrenarme para ser un guerrero», se prometió. Igual que su noble padre.
Tan concentrado estaba en esos pensamientos que apenas advirtió las dos figuras hasta que las tuvo a su lado.
–Despierta, Ivanushka. Vas a convertirte en un árbol.
Se llamaba Iván, pero lo llamaban por el diminuto, Ivanushka. Esbozó una sonrisa, aunque sin apartar la vista de la estrella. Sabía que sus hermanos habían acudido para mofarse de él. El menor de los dos, Borís, era un muchacho de dieciséis años, rubio y de aire afable, con una incipiente barba. El mayor, Sviatopolk, tenía una cara alargada de semblante grave y el pelo negro. A sus dieciocho años, ya estaba casado.
Después de que Borís intentara en vano persuadir al chico para que volviera a casa, Sviatopolk lo probó con el más expeditivo método de propinarle una patada.
–Deja ya de hacer de estatua con este frío. ¿Te crees que eres una doncella de hielo?
Borís dio unos taconazos para mantener el calor de los pies y Sviatopolk profirió una maldición. Luego se fueron.
La estrella roja seguía suspendida en el cielo. Aquélla era la cuarta noche que Ivanushka se quedaba mirándola a solas, sin atender a las demandas para que volviera a casa. Era un soñador. Sucedía con frecuencia que alguien de su familia lo veía mirando fijamente algo afuera, se marchaba y, al volver, lo encontraba igual, con el mismo esbozo de sonrisa en la ancha cara y los ojos de color azul claro clavados en el mismo lugar.
No podían impedir que obrara así, pues aquellos paréntesis contemplativos eran necesarios para él. Era uno de esos seres que, para bien o para mal,
tienen la percepción de que la naturaleza les habla. Los minutos transcurrían, pues, y él continuaba mirando, inmóvil.
–¡Ivanushka! – Esta vez era su madre-. Mira que eres bobo. Tienes la mano helada.
Tuvo conciencia de que lo cubría con un abrigo de piel, y aunque no apartó la mirada de la estrella, notó su tierno apretón en la mano. Entonces, por fin, Ivanushka se volvió y sonrió.
Tenía un vínculo especial con su madre. Podía pasarse horas sentado junto al fuego con ella, en su espaciosa casa de madera, escuchándola recitar los relatos corteses de heroicos guerreros -los bogatyrs- o los cuentos de la bruja Baba Yaga o del pájaro de fuego del bosque.
Olga era una mujer alta y delgada, de frente despejada, facciones delicadas y pelo castaño oscuro. Sus antepasados fueron, en un tiempo, jefes de la antigua tribu eslava de Severiani. Mientras le cantaba aquellos relatos con voz queda y distante, Ivanushka la miraba embelesado. La imagen de su bello y afectuoso rostro presidía con frecuencia su espíritu; era una presencia que llevaba siempre consigo, como un icono.
Cuando cantaba para su padre, lo hacía de manera distinta. Su voz descendía hasta adoptar un áspero tono de contralto, acompañada por una risueña y burlona actitud de desdén. ¿Intuía él que su espigado y pálido cuerpo poseía unas fuerzas ocultas que ella era capaz de accionar hasta hacer enloquecer de deseo a su padre? Quizá, como todos los niños, había tenido siempre una percepción natural de aquel tipo de cosas.
A veces leían juntos los libros sagrados, e inclinados con afán, superaban la dificultad y acababan desentrañando siempre las palabras eslavas, vertidas en escritura uncial, del Nuevo Testamento y de los textos apócrifos. Él estudiaba los sermones de los grandes predicadores de la Iglesia de Oriente -Juan Crisóstomo o san Basilio- y también los de un predicador eslavo, Hilarión. Se había aprendido asimismo varias composiciones del gran cantante Bayán, a quien había conocido su abuelo, y las recitaba sin tropiezo para complacer a su padre.
Ivanushka compartía algo más con su madre. Se trataba de un gesto que ella realizaba con frecuencia. Era fácil observarlo cuando conversaba con alguien de pie: levantaba despacio la mano hacia ellos, como si los acompañara a una puerta. Era, sin embargo, un movimiento muy suave, casi
triste, a la vez tierno y acariciador. De los tres hermanos, sólo Ivanushka lo hacía, aunque no sabía si era por herencia o imitación.
Él tenía una marcada conciencia de otra característica importante de su madre: a diferencia de su padre, era eslava. «De modo que yo soy medio eslavo», pensaba.
¿Qué representaba ser eslavo? Pertenecer a una vasta comunidad. A lo largo de los siglos, el pueblo eslavo se había expandido por muchos países.
Por el oeste, los polacos eran eslavos, y los húngaros y los búlgaros, en parte; más al sur, los habitantes de las montañas de los Balcanes de Grecia eran eslavos también, y aun cuando sus lenguas se habían distanciado de la que hablaban los eslavos orientales radicados en el territorio de Rus, todavía eran perceptibles las semejanzas entre ellas.
¿Constituían realmente una raza? Era difícil precisarlo. Incluso en el país de Rus, había muchas tribus. Las del sur se habían mezclado hacía mucho con los pueblos invasores de la estepa; las del norte eran en parte bálticas y lituanas; las del este habían establecido lazos de consanguinidad con los pueblos ugrofineses de los bosques.
No obstante, cuando Ivanushka observaba a su madre, comparándola con su padre y con los otros componentes de la corte de la heroica dinastía escandinava reinante, advertía sin asomo de duda que era eslava. ¿Dónde residía la diferencia? ¿En su musicalidad? ¿En su tendencia a los arrebatos repentinos de tristeza o de júbilo? No, él sabía que había algo más, algo especial asociado a los eslavos. «Los campesinos también lo tienen -
reflexionó-, porque, aunque se enfaden y se pongan violentos, cambian de humor enseguida.» Eran gente afable: eso era lo que les distinguía.
Su madre se iba ya. Una vez más, Ivanushka contempló la estrella. ¿Qué mensaje le transmitía? Algunos sacerdotes sostenían que anunciaba el fin del mundo. El fin del mundo llegaría, por supuesto, se decía el chico, pero
¿tan pronto?
Recordó las palabras de un predicador que había escuchado tan sólo un mes antes y que le habían causado una profunda impresión.
–Los eslavos, querido hermano en Cristo, han llegado tarde, es cierto, a trabajar en la viña del Señor. Pero ¿no afirma la parábola que los últimos no recibirán menor recompensa que los que estaban antes en el campo? Dios ha dispuesto un gran destino para su pueblo, el pueblo eslavo que, con razón, lo colma de alabanzas.
Aquel sermón lo había entusiasmado. El destino. Tal vez porque se hallaba a las puertas de la pubertad, el tema del destino ocupaba a menudo sus reflexiones. Seguro que él tenía un destino que cumplir. Y seguro, pensaba a manera de ruego, que el día del Juicio Final no llegaría antes de que él pudiera cumplir las grandes hazañas para las que se creía destinado.
Ignoraba que en ese preciso momento se estaba decidiendo su destino.
Había sido un mal día para Ígor. Una promesa de desposorio para Ivanushka que creía tener bien atada se había deshecho esa misma tarde, y no sabía por qué. La familia, de noble abolengo, se había echado de repente atrás. Aquél era un motivo de irritación que en condiciones normales habría olvidado pronto.
Pero ahora se le había venido a añadir aquello. Miró en silencio al hombre que tenía enfrente.
Ígor poseía una estatura impresionante, una nariz larga y recta, ojos hundidos y boca de sensuales labios; su llamativo y exótico aspecto se veía acentuado por la negrísima tonalidad azabache del cabello, que contrastaba con el color gris de la puntiaguda barba. De su cuello pendía una cadena con un pequeño disco metálico que llevaba grabado el antiguo tamga de su clan: un tridente.
Como ocurría con muchos de los aristócratas de Kíev, habría resultado difícil adivinar su ascendencia. Hasta entre los numerosos príncipes de Rus, que eran de origen escandinavo, a aquellas alturas abundaban por igual los morenos de piel aceitunada que los rubios. Ígor, no obstante, era descendiente de los alanos radiantes.
Estos habían llegado del este. Junto con otros compañeros provenientes de antiguos clanes alanos y circasianos, el padre de Ígor había colaborado con un gran príncipe guerrero de los rus en sus campañas de la otra orilla del río Don; y como había luchado bien -nunca hubo un jinete más diestro que él-, fue admitido incluso en el consejo del príncipe, la druzhina.
Cuando el príncipe regresó, él lo acompañó; y así atravesó la estepa, hasta llegar a los ríos y bosques de la tierra de Rus. Allí se casó con una noble escandinava, y ahora su hijo Ígor era miembro de la druzhina del príncipe de Kíev.
Aparte de su función de guerrero, Ígor tenía múltiples intereses de carácter comercial. Y en la ciudad de Kíev había muchas mercancías con las que comerciar. Había grano procedente de la fértil zona de tierra negra
del sur que enviaban a las ciudades de los inmensos bosques del norte; había pieles y esclavos que hacían llegar por río hasta Constantinopla. Del oeste llegaba plata de Bohemia, y espadas francas de países aún más lejanos. De Polonia y las provincias más occidentales de Rus llegaba la imprescindible sal. Y del este, por río o mediante las caravanas que cruzaban la estepa, recibían toda clase de materiales -sedas, damascos, joyas y especias- venidos del fabuloso Oriente.
El imperio comercial de los rus era, en efecto, formidable. Por todo el gran entramado de vías fluviales que comunicaban las frías tierras boscosas próximas al Báltico con la estepa que se extendía por encima del cálido mar Negro, había bases comerciales e incluso poblaciones de considerable tamaño. En el norte estaba Nóvgorod. Más abajo, cerca de la cabecera del Dniéper, se encontraba Smoliensk, y al oeste de ésta, Pólotsk. Más arriba de Kíev se hallaba Chernígov; y abajo, como última representante en las fronteras de la estepa, Pereiáslav. Todas aquellas ciudades, y otras aparte de ellas, contaban con miles de habitantes. Se calcula que el trece por ciento de la población se dedicaba al comercio y a actividades artesanales, lo que supone un porcentaje muy superior al de la Europa feudal de Occidente.
Los vastos territorios donde predominaban los primitivos sistemas de caza y de agricultura estaban salpicados, por tanto, de activos centros comerciales, volcados en una economía de intercambio monetario y regidos por príncipes mercaderes.
Tras la decepción por el desposorio frustrado, Ígor esperaba que la reunión que tenía esa noche en casa de su socio mejoraría su humor.
Llevaba largo tiempo realizando gestiones para equipar una caravana que atravesaría la estepa hacia el sureste. Allí, al otro lado del gran río Don, donde las montañas del Cáucaso descendían de los cielos para ir al encuentro del mar Negro, estaba la península donde los rus instalaron su primera colonia: Tmutarakán. Delante de ella, en la ancha península de Crimea que se proyectaba hacia el mar en el centro de la orilla septentrional, había inmensas salinas. En los años anteriores, una poderosa tribu de jinetes de la estepa, los cumanos, habían debilitado ese comercio con Tmutarakán; pero Ígor había dicho: «Si pudiéramos hacer llegar un cuantioso cargamento de sal, ganaríamos una fortuna.»
El proyecto estaba ya perfilado con todo detalle. A comienzos del verano, se llevarían varios cargamentos a un pequeño puesto comercial
fortificado llamado Russka, situado en el límite de la estepa, donde tenía un almacén su socio. Desde allí, con una escolta armada, partiría la caravana.
–Lo único que lamento es no poder ir yo mismo -señaló con sinceridad.
Después formuló la petición que tanto embarazo le había causado.
El hombre sentado frente a él era unos años más joven. No era tan alto como Ígor, pero sí corpulento. Tenía la barbilla prominente, el labio inferior algo salido, la nariz grande ganchuda y los ojos negros, enmarcados por unos párpados caídos. Era moreno de pelo y llevaba una barba recortada en forma de cuña ancha. Sobre su cabeza, en equilibrio tan sólo aparentemente inestable, reposaba un reducido gorro. Aquel hombre era Zhydovyn el Jázaro.
Los jázaros eran un pueblo extraño, de origen turco. Durante siglos habían controlado un imperio en la estepa, que se extendía desde el desierto contiguo al mar Caspio hasta Kíev. Cuando el islam se abatió sobre Oriente Medio e intentó franquear la cordillera del Cáucaso para pasar a la gran llanura de Eurasia, fueron los poderosos jázaros de la estepa, junto con los georgianos, los armenios y los alanos, quienes les impidieron el paso.
–Ya ves, gracias a nosotros Kíev no es hoy en día musulmana -le gustaba recordarle a su amigo Ígor.
El imperio jázaro se había desmoronado, pero los mercaderes y guerreros jázaros cruzaban a menudo la estepa desde su lejana base en el desierto, y en Kíev había una numerosa comunidad de mercaderes jázaros, además de la entrada conocida como Puerta de los Jázaros. De todos los hombres que conocía capaces de organizar una caravana y conducirla por la estepa, Zhydovyn el Jázaro era el que más confianza le merecía a Ígor en todos los aspectos. Su socio tenía tan sólo un defecto.
Y es que Zhydovyn el Jázaro era judío.
Todos los jázaros eran judíos. Se habían convertido al judaísmo cuando, en el apogeo de su imperio, su dirigente decidió que el primitivo paganismo de su pueblo no estaba a la altura de su talla imperial. Y puesto que el califa de Bagdad era musulmán y el emperador de Constantinopla era cristiano, no queriendo parecer el aliado de menor rango de ninguno de ellos, aquel emperador de la estepa tuvo el buen tino de elegir la única otra religión monoteísta que pudo encontrar. De este modo, el estado de los señores guerreros jázaros adoptó como religión el judaísmo. Como consecuencia de
todo ello, Zhydovyn hablaba eslavo y turco… ¡y prefería escribir en una y otra lengua utilizando un alfabeto hebreo!
–¿Llevarás a mi hijo menor, Ivanushka, con la caravana?
Eso era lo único que le había preguntado su amigo Ígor. ¿Por qué, entonces, dudaba el Jázaro? Conocía bastante bien al chico. Su padre era su socio. La respuesta, sin embargo, era simple: Zhydovyn tenía miedo.
«Ya lo estoy viendo -pensó-. Si nos atacan los cumanos y lo matan, todo el mundo lo comprenderá. Pero conozco a ese muchachito, y las cosas no irán así. Se extraviará y se caerá a un río y se ahogará, o cometerá otra estupidez por el estilo. Y entonces las culpas recaerán sobre mí.»
–Ivanushka es muy joven. ¿Por qué no viene uno de sus hermanos?
–¿Me estás negando el favor? – preguntó Ígor, entornando los ojos.
–Por supuesto que no. – El Jázaro parecía turbado-. Si estás seguro de que ése es tu deseo…
Entonces, de improviso, fue Ígor quien se sintió turbado. En circunstancias normales le habría contestado a Zhydovyn que eso era lo que deseaba y ahí habría acabado todo. En aquella ocasión, en cambio, con la reciente humillación de la negativa de la novia, se sintió herido en lo más hondo. El Jázaro era excelente a la hora de juzgar a las personas, y tampoco quería a Ivanushka. Por un instante, lo invadió una oleada de rabia contra su hijo menor. Odiaba el fracaso.
–Da igual -dijo, levantándose-. Tienes razón. Es demasiado joven. – El incidente quedó zanjado.
O casi. Pues, justo cuando salía de la casa del Jázaro, Ígor no pudo resistir la tentación de preguntarle:
–Dime, ¿qué piensas de Ivanushka… de su carácter?
Zhydovyn reflexionó un instante. Le gustaba el chico. Él tenía un hijo que se le parecía bastante.
–Es un soñador -dictaminó a modo de elogio.
Mientras volvía a casa, Ígor apenas dedicó una mirada a la estrella roja.
Era un hombre muy estricto en materia religiosa y no albergaba ninguna duda de que Dios les mandaba un mensaje. Su deber era, no obstante, sufrir lo que éste le deparase. Sabía cómo llamaban sus propios hermanos al chico. «Sviatopolk lo llama tonto», pensó con tristeza.
¿Y qué se podía hacer con un tonto? No tenía ni idea.
Tres días más tarde, el cometa rojo se perdió de vista y ese invierno no aparecieron más señales en los cielos.
Primavera. A principios de año, en aquel fértil país el agua siempre cubría la tierra, y el agua era el río. Kíev, la ciudad ribereña. La verían dentro de un momento. La larga barca avanzaba a un ritmo constante por el ancho y plácido cauce del Dniéper. Cuatro hombres accionaban con suavidad los remos, conduciéndola hacia la ciudad. Ivanushka y su padre estaban de pie en la popa: el hombre rodeaba con el brazo los hombros del muchacho.
Pese a sus seis metros de eslora, la barca estaba hecha con el tronco vaciado de un solo árbol.
–En ningún sitio -le explicó Ígor a su hijo- hay árboles tan grandes como en la tierra de Rus. Un hombre puede tallar un barco con uno de nuestros poderosos robles y una simple hacha.
Al sentir la proximidad de su padre, el chico tuvo la impresión de que en toda su vida no podría haber una mañana más sosegada y perfecta que aquélla.
Ivanushka vestía una sencilla camisa, pantalones de lino y, encima, un caftán de lana, pues la mañana era aún fresca. Iba calzado con unas botas de cuero verde de las que estaba muy orgulloso. El cabello castaño claro lo llevaba cortado al estilo paje.
Habían remontado el río al alba para inspeccionar las trampas que disponían los pescadores y, ahora, todavía temprano, regresaba a desayunar a la ciudad. Y después… Ivanushka sintió un temblor de excitación en el estómago. Aquél iba a ser el día que tanto había esperado.
Alzó la vista para mirar a su padre. Cuántas veces lo había visto escrutando desde algún punto elevado de las murallas de madera el paisaje poblado de agua de la zona del río, a la manera de una sigilosa águila.
Viéndolo entonces de pie en la popa del barco, envuelto en una larga capa negra, alto y delgado, cualquiera habría podido suponer que a Ígor le bastaría con desplegar la capa para alzar el vuelo y planear a gran distancia del suelo, antes de abalanzarse sobre alguna desafortunada presa.
Qué fuerte era el brazo que descansaba en torno a su cuello. Su vigor, sin embargo, no derivaba tan sólo de la potencia muscular. Cuando estaba cerca de Ígor, Ivanushka captaba otra fuerza que provenía del pasado, que
aun con la imprecisión de un brumoso recuerdo afluía hasta su ser como un tibio río.
–Llevas sangre de magníficos guerreros en tus venas -le había dicho muchas veces Ígor-. Gigantes en la batalla, espléndidos jinetes como mi padre y mi abuelo; nuestros antepasados eran ya poderosos antes de que llegaran los jázaros, en los tiempos en que hasta las montañas eran jóvenes.
Recuerda que tú formas una unidad con ellos; siempre están contigo. – Y su corazón se henchía cuando su padre añadía-: Un día tú también transmitirás todo esto a tus hijos y a los que vendrán después de ellos.
Eso era lo que significaba tener un padre y ser un hijo.
Y ese día, estaba seguro, siguiendo la estela de sus hermanos mayores y de su padre, comenzaría su carrera como guerrero, como bogatyr.
El monje lo arreglaría todo.
La barca avanzaba con suavidad impulsada por la corriente. En el silencio de la mañana, el gran río se extendía hacia el sur. El aire, aunque fresco, permanecía inmóvil. Todavía quedaban restos de niebla sobre la superficie del río, cuyo incesante y brioso movimiento apenas resultaba perceptible en un paisaje acuoso que, aun retirándose de continuo, tenía una constante fijeza. Por el sur, el color gris azulado del agua y la clara tonalidad azul del cielo parecían fundirse en el horizonte en una única masa, blanda y líquida, mientras por el este los dorados rayos del sol penetraban la neblina.
Cuando la ciudad apareció ante su vista, Ivanushka exhaló un quedo suspiro. Qué hermosa era Kíev.
Se erguía sobre la escarpada orilla derecha del río, a una altura de más de trescientos metros de su cauce. Rodeada de una alta empalizada de madera, se prolongaba unos tres kilómetros, dominando, fuerte y protegida, el suave y plácido paisaje.
La ciudad se componía de tres sectores principales. En primer lugar, en su extremo norte, sobre un modesto túmulo, se alzaba la recia ciudadela inicial, que albergaba el palacio del príncipe y el gran templo fundado ocho años antes por el propio Vladimiro el Santo, la iglesia de los Diezmos.
Junto a ella, hacia el suroeste, separada sólo por un pequeño barranco, estaba la nueva ciudadela, un recinto mucho más extenso edificado por el hijo de Vladimiro el Santo, Yaroslav el Sabio, compilador del derecho ruso.
Fuera de éste, otro gran recinto, protegido también por empalizadas,
descendía hacia el río. Era el arrabal -el podol- donde vivían los comerciantes de bajo rango y los artesanos. Y abajo, junto al río, estaban los muelles, donde permanecían amarrados los voluminosos barcos coronados de mástiles.
En las dos ciudadelas, muchos de los edificios, de considerables dimensiones, estaban construidos con ladrillos. En el podol, todos eran de madera a excepción de las iglesias. A su alrededor había agradables bosques de árboles de hoja caduca, incluso en las abruptas pendientes que lindaban con el río.
Por toda la ciudad relucían a la luz del sol las doradas cruces con la barra en diagonal que en las iglesias orientales representaba el lugar de apoyo para los pies del Cristo; y las doradas cúpulas de las iglesias lanzaban también destellos. La misma ciudad parecía una especie de enorme y reluciente barco flotando sobre las aguas.
Si bien en Kíev la orilla derecha se elevaba bruscamente junto al cauce, la izquierda estaba flanqueada de terrenos bajos; tal como sucedía en un sinfín de lugares a lo largo del vasto recorrido del Dniéper, éstos se hallaban anegados por el río. El agua se prolongaba reluciente sobre los campos, depositando el fértil limo, y todas las primaveras, gracias a aquella maravillosa inmersión, rebrotaba la vida.
A medida que se acercaban a la ciudad, el niño comenzó a moverse.
Últimamente sentía dolores cada vez más intensos en las rodillas, pero su agitación se debía sobre todo a la excitación.
Justo la semana anterior, Ígor le había dicho:
–Es hora de decidir qué vamos a hacer contigo. Te llevaré a ver al padre Lucas.
Aquello era un tremendo honor. El padre Lucas era el consejero espiritual de su padre, quien nunca tomaba una decisión importante sin consultarle. Cuando hablaba del anciano monje, bajaba la voz en señal de respeto, pues «el anciano monje conoce todas las cosas», según decía.
Siempre iba a verlo solo. Ni siquiera había llevado a verlo nunca a los dos hermanos mayores de Ivanushka. No era, pues, extraño que éste se hubiera ruborizado y luego palidecido de golpe al conocer la noticia.
Había imaginado un par de veces el desarrollo de la escena. El bondadoso anciano -alto, con una ondulada barba blanca, una ancha cara de expresión seráfica y ojos como soles- percibiría de inmediato que tenía ante
sí a un joven héroe. Entonces apoyaría la mano en su cabeza para bendecirlo, declarando: «Es voluntad de Dios, Iván, que seas un noble guerrero.» Así sucedería. Tras mirar a su padre, dirigió la vista a las murallas, pletórico de alegría y confianza.
Ígor observó a su hijo. ¿Estaba obrando bien? Él creía que sí, aunque se disponía a traicionarlo.
Qué hermosa estampa componía su familia. Sólo de contemplarla, lo inundó un sentimiento de felicidad. Estaba en la sala principal de la gran casa de madera. La luz entraba por las ventanas, que no eran de vidrio sino de un silicato transparente, denominado mica, presente en las rocas de la zona. La luz se reflejaba asimismo en las baldosas de amarillenta arcilla del suelo, dando la sensación de que la estancia resplandecía.
En la mesa quedaban los restos del desayuno. Junto a una pared había una gran estufa y en la esquina opuesta pendía un pequeño icono de san Nicolás, iluminado por una lamparilla de barro colgada de tres cadenas.
Encima de un arcón, a la derecha de la sala, dos grandes candelabros de cobre despedían un débil brillo. Las velas de cera estaban, por el momento, apagadas. En el centro de la estancia, en la silla de roble ricamente labrada, que relucía como el ébano de tan pulida y encerada, estaba sentada su madre.
–¿Qué, Ivanushka, estás listo?
Lo estaba, repuso, dirigiendo una mirada radiante a su madre.
Llevaba una espléndida túnica de brocado rosa, ceñida con una faja recamada en oro. Los brazos que emergían de las anchas bocamangas de la túnica estaban cubiertos con blanca seda. En una muñeca llevaba una pulsera de plata, con incrustaciones de verdes amatistas de Asia y de ámbar de las regiones del Báltico. Los pendientes estaban engalanados con perlas, y del esbelto cuello le pendía una cadena con una medialuna de oro. Ése era el atuendo que utilizaban las aristócratas de Rus, el mismo que el de las damas griegas de la Constantinopla imperial.
Qué maravillosa palidez tenía su frente despejada; con qué elegancia apoyaba la mano en el león tallado en el brazo de la silla, los largos dedos con anillos airosamente inclinados. Qué dulzura y bondad había en su cara.
No obstante, mientras la observaba advirtió un aire de tristeza en ella. ¿Por qué estaba triste?
Sus dos hermanos estaba también presentes. Ambos vestían túnicas con ornados cinturones y cuellos de marta cibelina: Sviatopolk, con su pálida y bella esposa polaca, y Borís. Él procuraba quererlos a ambos por igual, pero, aunque sentía admiración por los dos, Sviatopolk le inspiraba un ligero temor instintivo. Pese a que la gente decía que Sviatopolk era la viva imagen de su padre, él no lo creía así, pues mientras que Ígor tenía a menudo una mirada distante y reservada, en el semblante de Sviatopolk afloraban una rabia y una amargura secretas. ¿A qué se deberían? Y aun cuando tanto un hermano como otro le daban alguna que otra bofetada, cuando Sviatopolk lo golpeaba, siempre le dolía un poco más de lo que había previsto.
Siguiendo la recomendación de su padre, Ivanushka se había puesto sólo un pantalón de lino y una sencilla camisa por fuera, ceñida con un cinturón. En contra de la opinión de su madre, le habían dejado que llevara las botas verdes, sus preferidas. No había podido eludir, sin embargo, la escrupulosa sesión de limpieza de cara y manos en la gran jofaina de cobre que reposaba en el palanganero.
Ígor iba vestido de la misma manera, con una camisa que sólo difería de las usadas por los campesinos en el primor de los bordados de la pechera y los puños. «Los ricos adornos están fuera de lugar allá arriba», explicaba con severidad. A Ivanushka le brillaban los ojos. La emoción le había permitido comer tan sólo un pedazo de pan con las gachas de avena llamadas kasha. Tras darles un beso a su madre y a su hermano, salió y, un momento después, montado en su pony, sintió en las mejillas el fresco y húmedo aire de la mañana mientras se alejaba por la calle.
Había mucho barro. Las casas de los nobles eran en su mayoría amplios edificios de madera de una o dos plantas, con altos tejados de madera en forma de tienda de campaña y dependencias anexas en la parte posterior.
Todas estaban ubicadas en medio de una parcela de terreno rodeada de una cerca de estacas; y esas parcelas estaban, en ese momento del año, tan empapadas por la lluvia y el deshielo primaveral que desde la puerta exterior hasta los establos habían dispuesto un camino de planchas. En la calle había también planchas en algunos tramos, pero en los otros los cascos de los caballos desaparecían en el fango.
A lomos de su pony gris, Ivanushka cabalgaba respetuosamente detrás de su padre. Con una sencilla capa negra colgada de los hombros sobre la
camisa blanca, éste componía una espléndida estampa, e Ivanushka no dejaba de observar su altiva y erguida espalda con admiración ilimitada. El caballo de pelaje negro como el azabache que montaba Ígor era el mejor de su cuadra. El antiguo nombre imperial que llevaba había sufrido una ligera modificación con el paso de las generaciones y la adopción del eslavo: se llamaba Troyano.
Al cruzarse con el padre y el hijo, las gentes del pueblo se llevaban la mano al corazón y hacían una profunda reverencia, doblando la cintura; incluso los sacerdotes inclinaban con respeto la cabeza. Ello se debía a que Ígor era un muzh, un noble. La compensación que había que pagar si alguien lo mataba era de cuarenta grivnas de plata, mientras que dar muerte a un campesino libre, un smerd, acarreaba una multa de tan sólo cinco.
La clase dirigente se distinguía a menudo de los demás incluso en los nombres. Los príncipes y algunos de los más destacados personajes de su séquito solían llevar nombres «reales» acabados en slav, que significa
«loanza», o en mir, que significa «mundo». Ése era, por ejemplo, el caso del gran Vladimiro y su hijo Yaroslav. Entre la aristocracia todavía eran muy corrientes algunos nombres escandinavos como Oleg o Riurik. Incluso la esposa de Ígor, pese a pertenecer a una familia noble eslava, se llamaba Olga, que era la adaptación rusa del nórdico Helga. Los campesinos, por su parte, empleaban en general sencillos y antiguos nombres eslavos como Ilia, Shchek o Mal.
Existía, además, una forma especial de tratamiento que diferenciaba sin margen de duda a los aristócratas, pues mientras que un campesino podía llamarse Ilia a secas, un noble añadía al suyo el nombre de su padre, su patronímico. Así, el joven Iván se llamaba Iván, hijo de Ígor, Iván Ígorevich, y los tres hermanos eran los «hijos de Ígor», los Ígorevichi.
Además de noble, Ígor era un apreciado miembro de la druzhina del propio príncipe de Kíev.
En la tierra de Rus había muchos príncipes. Todas las ciudades comerciales de las grandes rutas fluviales tenían un príncipe protector, y todos ellos eran descendientes del nórdico llamado Oleg que había arrebatado Kíev a los jázaros dos siglos antes. Por aquel entonces, las principales ciudades del vasto imperio comercial estaban en manos de los hijos del último príncipe de Kíev, el poderoso Yaroslav el Sabio. Los hijos de Yaroslav habían organizado la sucesión de tal forma que el hermano
mayor asumió el mando de la ciudad principal, Kíev, y los demás se quedaron con ciudades de menor importancia por orden de edad, acatando la autoridad del mayor. De este modo, el señor de Ígor, al ser el mayor, era el gran príncipe de Kíev; la ciudad de Chernígov, más al norte, estaba en manos de su hermano Sviatoslav; el prudente Vsiévolod, más joven aún, controlaba Pereiáslav, situada en el sur. Si uno de los hermanos moría, no lo sucedería su hijo sino su hermano más próximo, y de esta forma todos los hermanos menores se trasladarían a una ciudad mayor.
Ígor estaba al servicio del príncipe de Kíev; es más, prácticamente formaba parte del consejo interno. Los hermanos de Ivanushka también eran miembros ya de la druzhina exterior, si bien Borís aún era sólo un paje.
Ivanushka se estremecía sólo de pensar que pronto él también seguiría sus pasos.
–¡Desmonta!
La breve orden de su padre lo sacó de sus ensoñaciones. Habían recorrido sólo unos centenares de metros, pero Ígor ya había bajado del caballo y se alejaba dando largas zancadas. Cuando Ivanushka alzó la mirada, entendió por qué. Habían llegado a la catedral, constató con un suspiro: la catedral le producía pavor.
La ciudadela amurallada de Yaroslav el Sabio contenía muchos edificios admirables. Aparte de las hermosas casas de madera de los nobles, había monasterios, iglesias, escuelas y una espléndida puerta -la Puerta Dorada-construida en piedra. Esa puerta tenía una belleza especial porque sobre ella se elevaba hacia el cielo la pequeña iglesia de dorada cúpula de la Anunciación. Sin embargo, no había en todas las tierras de Rus nada que igualara la magnificencia de la catedral que se alzaba aquellos momentos frente a él. Siguiendo el ejemplo de su padre, Vladimiro el Santo, que había erigido su gran iglesia de los Diezmos en la antigua ciudadela, Yaroslav había iniciado la construcción de una inmensa catedral en la nueva fortaleza.
La llamó Santa Sofía. No podía conformarse con otro nombre, cuando todos sabían que la mayor iglesia del imperio romano de Oriente, la sede del patriarca de Constantinopla, llevaba el bendito nombre de Santa Sofía, la Sagrada Sabiduría de los griegos.
Pues, pese a que aquella nueva nación norteña declarara con orgullo:
«Somos los rus», lo cierto era que habían copiado la civilización de los
griegos. Los sacerdotes de mayor rango eran en su mayoría griegos, e incluso el único eslavo, el extraordinario predicador que había estado a la cabeza de la iglesia rusa una década antes, había adoptado el nombre griego de Hilarión. Cuando se administraba el bautismo a los niños nobles, se les otorgaba un segundo nombre cristiano para complementar los nombres eslavos o escandinavos que ya tenían. Así, un Yaroslav o un Borís contaba además con un nombre cristiano como Andréi, Dimitri, Alejandro o Constantino, todos ellos griegos.
Qué enorme era la catedral. Estaba construida en granito rojo, dispuesto en largas y finas tiras unidas con capas del mismo grosor de cemento rosa.
Se erguía, más bien cuadrada, como un bloque rojo y rosa, una maciza fortaleza sagrada destinada a transmitir a todos la noción del poderío del Dios cristiano recientemente adoptado. En su centro descansaba una gran cúpula bruñida, con forma de yelmo achatado -como la de la iglesia de Constantinopla-, en torno a la cual se agrupaban diez cúpulas de menor tamaño. «Representan a Cristo y a los diez discípulos», le había explicado Ígor a su hijo. La catedral estaba casi acabada. Sólo un pequeño andamio en uno de sus lados indicaba que aún proseguían las obras en las escaleras exteriores. Con un escalofrío, Ivanushka entró.
Si bien los muros exteriores ofrecían el aspecto de una fortaleza, los altos, extensos y tenebrosos espacios interiores parecían cubrir la inmensidad del universo. A la manera de las grandes iglesias del imperio romano, se prolongaba de oeste a este en una amplia hilera de cinco naves: una ancha nave central, con otras dos a cada lado. En el extremo oriental había cinco ábsides semicirculares, y en el occidental sobresalían las galerías donde se reunían a rezar los príncipes y sus cortesanos, a varios metros de distancia del suelo y del pueblo. En el centro del templo, bajo la colosal cúpula, se hallaba el etéreo espacio desde el que, vestidos con sus resplandecientes atavíos, los sacerdotes se dirigían a la congregación, el punto de confluencia del cielo con la tierra.
El cavernoso interior no estaba, sin embargo, dominado por la alta cúpula, ni por las cinco naves, ni por las recias columnas, sino por los mosaicos.
Ése era el elemento causante de los escalofríos de Ivanushka, los mosaicos que cubrían por completo las paredes, desde el suelo hasta el distante techo. La Virgen con las manos extendidas en la postura de oración
propia de Oriente; los Padres de la Iglesia; la Anunciación; la Eucaristía. En tonos azules y marrones, rojos y verdes, sobre un reluciente fondo dorado, aquellas imponentes figuras contemplaban el mundo desde su augusta talla.
Desde su marco de oro, las enormes caras ovaladas, muy pálidas, de pelo oscuro y enormes ojos negros observaban en actitud melancólica y a la vez impersonal a los minúsculos habitantes del mundo terrenal. Y por encima de todos, el Pantocrátor, creador del mundo, miraba desde la cúpula central con sus grandes ojos de estilo griego que lo veían todo y no veían nada…
él, que conocía a todos los hombres pero que era inaprensible, inasequible al conocimiento humano.
La tierra se unía con el cielo en la iglesia, en cuya penumbra ardían cientos de velas y en cuyas paredes relucían los mosaicos dorados, proyectando su grandiosa y terrible luz en la oscuridad del mundo.
Algunos sacerdotes cantaban.
«Dospodi pomily.» Señor, ten piedad. Cantaban en eslavo eclesiástico, una versión nasal de la lengua hablada que, aun siendo comprensible, tenía un halo de misterio y hieratismo.
Ígor encendió una vela y permaneció inmóvil, inmerso en una muda pregaria, delante de un icono, mientras Ivanushka miraba a su alrededor.
Todo el mundo conocía la historia de la conversión de Vladimiro el Santo: había mandado embajadores a las sedes de las tres grandes religiones
-islam, judaísmo y cristianismo-, y a su vuelta, tras visitar Constantinopla, éstos le informaron de que en la iglesia cristiana de los griegos «no sabíamos si estábamos en la tierra o en el cielo».
En catedrales como aquélla, los emperadores de Constantinopla -y ahora los príncipes de Kíev, que las habían copiado- hacían visible el cielo en la tierra y recordaban a su pueblo que ellos, los dirigentes que rezaban en las altas galerías, eran los regentes de la eterna divinidad cuyo dorado universo se hallaba presente entre ellos, aunque fuera inaprensible.
A Ígor, oriental en parte, le procuraba un sentimiento de paz la contemplación de aquella autoridad absoluta e incognoscible. Ivanushka, medio eslavo, sentía una aversión instintiva por esa clase de Dios; él anhelaba una deidad más cálida, más tierna. Esa era la razón por la que en la gran iglesia se estremecía como si tuviera frío.
La alegría sustituyó a la aprensión cuando, minutos después, volvió a cabalgar en dirección a la puerta de la ciudad, tras la cual se hallaba el
camino que lo conduciría entre bosques al monasterio y a su destino.
Por fin llegaron a las puertas del monasterio.
Los magníficos parajes que habían recorrido desde la ciudadela habían dejado arrobado a Ivanushka. Después de pasar entre cabañas dispersas de gentes del pueblo llano, el camino seguía en dirección sur y ascendía el pequeño promontorio de Berestovo, convertido en arrabal de la ciudad, donde Vladimiro el Santo tenía una segunda residencia. Sobre las copas de los árboles, a la izquierda, se divisaba el río que resplandecía a lo lejos, y más allá, al otro lado de la amplia franja de terreno inundado, los bosques se extendían por la planicie hasta donde alcanzaba la vista. Los robles y abedules vestidos de tiernas hojas cubrían la tierra como una suave y liviana niebla verde bajo el nítido azul del cielo. Nada turbaba los trinos de los pájaros en la calma primaveral de la mañana, mientras Ivanushka cabalgaba ufano detrás de su padre hacia el monte, situado a tres kilómetros de la ciudadela, donde vivían los monjes.
Ivanushka seguía sin tener una idea clara de por qué había ido allí.
Ígor estaba callado, pensativo. ¿Era acertado su proceder? Incluso para un boyardo tan devoto y austero como él, la expedición de aquella mañana era un acto extraordinario, pues su propósito era que Ivanushka ingresara en la vida religiosa.
Le había costado mucho tomar aquella decisión. Por lo general, ningún boyardo deseaba que sus hijos se hicieran monjes, ni siquiera sacerdotes. La vida de pobreza les parecía un reproche; y las personas de noble alcurnia que elegían la vida religiosa lo hacían casi siempre en contra de los deseos de su familia. Era cierto que un boyardo como Ígor podía pasarse rezando varias horas al día, o que, los príncipes recibían en su lecho de muerte la tonsura monacal, pero de eso a que un joven se enterrara a sí mismo y formulara votos de pobreza había una gran distancia.
Fue después de la aparición de la estrella roja cuando la idea tomó cuerpo en su mente.
–No digo que Ivanushka sea tonto -le comentó a su mujer-, pero es un soñador. Esa noche en que lo encontré mirando la estrella, si no me lo hubiera llevado, habría muerto congelado. Debería hacerse monje. – Ígor había trabajado con ahínco para ser un hombre de negocios, un guerrero y un miembro de la druzhina, y sabía las cualidades que se precisaban para
ello-. Y no veo que a Ivanushka vaya a sonreírle el éxito -reconoció con tristeza.
–Eres demasiado impaciente con él -le contestó Olga.
¿Era impaciente? Tal vez. Pero ¿qué padre podía tolerar la debilidad en el que era -aunque Ígor nunca lo reconocería- su hijo preferido? Y en lo más hondo de sí mismo, una vocecilla le decía: «El chico es como tú, como tú pudiste haber sido.»
Así fue como, a medida que transcurrían las semanas sin que se presentaran oportunidades para el chico, comenzó a pensar: «Quizás, aunque no sea ése mi deseo. Dios quiere reclamarme a este hijo para su propio servicio.» Luego, de acuerdo con su manera habitual de obrar, empezó a realizar gestiones para propiciar aquel desenlace no deseado.
Entre éstas se contaba una larga conversación con el padre Lucas, a quien confió sus tribulaciones, exagerando tal vez un poco al describir el interés de Ivanushka por la vida religiosa. Rogó al anciano monje que viera al fantasioso muchacho y lo animara si advertía algún signo de vocación en él, pensando que las sugerencias del padre Lucas tendrían una gran influencia en su hijo.
No se lo había comunicado a su esposa hasta el día anterior.
–¡No! – exclamó ésta, palideciendo súbitamente-. No obligues a irse al niño, te lo ruego -suplicó.
–Por supuesto que no -la tranquilizó-. Sólo irá a un monasterio si así lo desea.
–Pero tú piensas alentarlo.
–Le enseñaré el monasterio, nada más.
La angustia no se desvaneció del semblante de Olga. Ella también conocía a su hijo menor. ¿Quién sabía qué podía inflamar su imaginación?
Era posible que lo asaltara la idea de hacerse monje. Y entonces lo perdería para siempre.
–Podría quedarse aquí, en Kíev -señaló Ígor.
En su fuero interno, la ambición le había hecho concebir esperanzas de que el chico pasara un tiempo en uno de los grandes monasterios griegos del lejano monte Athos, pues ése era un requisito para acceder a los cargos de la jerarquía eclesiástica. ¡Podría llegar a ser incluso un nuevo Hilarión!
A su mujer, sin embargo, no le comentó nada de aquello.
–No lo veré nunca.
–Todos los hijos deben separarse de sus madres -le recordó-. Además, si es la voluntad de Dios, debemos acatarla. Y, ¿quién sabe?, quizás encuentre la felicidad en la vida religiosa. Podría ser más feliz que yo. – Aunque apenas tuvo conciencia de ello, aquella observación era casi tan sincera como inoportuna-. Sólo lo llevaré a visitar la catedral y el monasterio -le prometió-. El padre Lucas hablará con él. Eso es todo.
¿Cómo reaccionaría el chico?
«Esperemos que ver el monasterio despierte su interés», pensó. Después tendría que decirle a Ivanushka la verdad, que él no conseguiría dar la talla como boyardo. Sabía que eso le partiría el corazón, pero para entonces ya dispondría de una alternativa. «Y luego ya veremos», concluyó.
Y así fue como, esa mañana, Ivanushka llegó al monasterio.
Era la primera vez que iba allí.
Al llegar a lo alto del monte, siguieron hasta un claro junto al que se alzaba una recia puerta de madera. Un monje vestido con hábito negro les dedicó una reverencia al cruzarla, mientras Ivanushka, pálido de pura excitación, miraba en torno a sí sin perderse ni un detalle.
No era un sitio impresionante. Había una pequeña capilla de madera y un grupo de viviendas, además de dos edificios bajos semejantes a los de las cuadras, uno de los cuales era el refectorio donde comían los monjes y el otro un hospicio para enfermos. No recordaba en absoluto la grandiosidad de la catedral, observó, decepcionado, Ivanushka, percibiendo un aire de tristeza en el lugar.
El rocío de la mañana seguía prendido aún de las oscuras cabañas de madera, pese a que el sol estaba ya bastante alto, como si las construcciones estuvieran impregnadas de la fría humedad del suelo. Entre los árboles sobresalían algunas rocas y en las zonas despejadas había charcos de fango marrón claro. En medio del ardor de la primavera, todo despedía una sensación otoñal, como si todavía cayeran las hojas.
Habían transcurrido apenas veinte años desde que, en su viaje desde el sagrado monte Athos de la lejana Grecia, Antonio el Eremita había llegado a aquel paraje desierto y había descubierto las cuevas. Pronto otros se unieron al santo varón en aquella cueva situada sobre el Dniéper, formando una comunidad de unos doce ermitaños que excavaron una red de diminutas celdas y pasadizos subterráneos. Aquellas celdas quedaban bajo sus pies: Ivanushka tuvo una sensación extraña al considerar que los monjes estaban
abajo, como conejos en una madriguera, enterados sin duda de su presencia arriba.
Antonio vivía, por lo que sabía el muchacho, apartado de la comunidad, en una cueva propia que abandonaba de vez en cuando por algún motivo destacado, como solicitar al príncipe de Kíev la cesión del promontorio a los monjes, para luego volver a enclaustrarse otra vez. Se decía, no obstante, que su espíritu de santidad planeaba sobre el lugar como una guirnalda de niebla suspendida sobre el suelo. Entre tanto, con el bondadoso Teodosio al frente, los fieles monjes habían construido encima del suelo un monasterio independiente del subterráneo. Entre este grupo de santos varones se encontraba el padre Lucas.
Ivanushka y su padre desmontaron. Un monje se llevó sus caballos y otro, tras mantener con Ígor una conversación en susurros apenas audibles, se dirigió a una pequeña cabaña en cuyo interior desapareció.
–Por ahí se baja a las cuevas -le explicó su padre.
Aguardaron varios minutos. Dos monjes de avanzada edad pasaron muy despacio frente a ellos, en compañía de uno más joven, y entraron en la capilla de madera. Ivanushka advirtió que uno de los ancianos llevaba una pesada cadena colgada del cuello y parecía caminar con dificultad.
–¿Por qué lleva una cadena? – preguntó en voz baja.
Su padre lo miró como si la pregunta fuera una estupidez.
–Para mortificar la carne -respondió con brusquedad-. Ese hombre está cerca de Dios -añadió con patente respeto.
Ivanushka guardó silencio. En la mejilla notó el frío contacto de una tenue ráfaga de viento.
Entonces la puerta de la cabaña se abrió lentamente y de ella salió un monje, que la mantuvo abierta para dejar paso a alguien.
–Ahí viene -oyó susurrar Ivanushka a su padre.
Conteniendo la respiración, vio el borde de una túnica en el umbral.
Había llegado el momento: el espléndido personaje que iba a desvelar su destino estaba cerca.
Y entonces en la puerta apareció un anciano bajito y flaco.
Tenía el cabello gris y, aunque se había peinado, no lo llevaba muy limpio. Tampoco se veía muy limpio el negro hábito, ceñido con un cinturón de cuero salpicado de manchas de moho. Con la barba enmarañada y descuidada, el hombrecillo avanzaba arrastrando los pies, y el monje más
joven caminaba justo detrás de él, como para impedir que cayera si perdía el equilibrio.
La arrugada cara del padre Lucas tenía una palidez fantasmagórica. Las cejas sobresalían de forma desmesurada en ella, en parte debido a la postura encorvada del cuerpo. Mientras se aproximaba, abrió la boca una vez, como si ejercitara unos músculos anquilosados en previsión de la sonrisa que sabía que debía esbozar. Ivanushka vio que su dentadura estaba amarillenta e incompleta. Los ojos no eran, como había imaginado, radiantes como soles. Además de apagados y legañosos, bizqueaban un poco. El viejo parecía ocupado ante todo en mirarse los pies, enfundados en unos zapatos de cuero llenos de agujeros por los que asomaban unos pies mugrientos.
Había, con todo, algo peor que su aspecto, algo que pilló completamente desprevenido a Ivanushka.
Era el olor.
Las personas que viven bajo tierra adquieren no sólo una palidez cadavérica, sino también un terrible aroma; y fue ese olor, que precedía al padre Lucas, lo que captó el muchacho. Nunca había olido nada igual: en su mente se formó una vaga imagen de arcilla húmeda, carne y hojas en descomposición.
El monje se detuvo a su lado.
–Este es Ivanushka -oyó que lo presentaba su padre.
El muchacho inclinó la cabeza a modo de saludo.
De modo que ése era el padre Lucas. No podía creerlo. Tenía ganas de irse corriendo. ¿Cómo podía haberlo engañado de una manera tan cruel su padre? «Al menos que no me toque», rezaba.
Cuando levantó la mirada, vio que su padre y el anciano conversaban en voz baja. Los ojos del monje, que se fijaron en él, eran azules, y parecían mucho más vivos e inquisitivos de lo que había supuesto. De vez en cuando le lanzaba una breve mirada, y a continuación volvía a posarla en el suelo.
Su padre y el monje charlaban con desenvoltura de asuntos de carácter más bien mundano: el comercio y la política de Tmutarakán, el precio de la sal, la construcción del nuevo monasterio de San Dimitri en el recinto de la ciudadela… Ivanushka, sorprendido por aquella anodina introducción, no esperaba que el padre Lucas se volviera de repente hacia él.
–¿De modo que éste es el joven de quien me hablasteis?
–Así es.
–Iván -prosiguió el padre Lucas, medio para sí, dedicando sin embargo una leve sonrisa al chico-. Un nombre muy cristiano para un joven.
Era cierto que por aquel entonces pocos rusos habían adoptado el nombre de Iván, la variante eslava de Juan, como principal. Ígor había puesto a sus dos primeros hijos los habituales nombres eslavos, reservando los cristianos para el bautismo, pero por algún misterioso motivo al tercero le había puesto un solo nombre cristiano.
Ivanushka advirtió que su padre le sonreía con intención de infundirle ánimo, pero él sólo captó que estaba ansioso, deseoso de que causara una buena impresión; y como ocurría siempre en tales ocasiones, notó que algo se tensaba en su interior, al tiempo que su mente se transformaba en un mar de confusión. La siguiente pregunta del monje acabó de acentuar su nerviosismo.
–¿Te gusta este lugar?
¿Qué podía responder? Estaba tan molesto, tan desencantado… y aquella pregunta tan directa hizo aflorar a la superficie toda su angustia.
Con la garganta atenazada por las lágrimas, medio enfadado con su padre y medio aturdido por la decepción, incapaz de mirarlos a la cara, contestó:
–No.
–¡Iván! – La rabia era patente en la voz de su padre.
Cuando alzó la vista, vio el brillo furibundo de los ojos de su padre. El monje, en cambio, no parecía irritado.
–¿Qué ves aquí? – le preguntó sin inmutarse.
Una vez más, la pregunta lo pilló por sorpresa. Era tan simple que, en su estado de agitación, no se tomó tiempo para reflexionar y respondió lo primero que le vino a la mente.
–Hojas putrefactas.
Oyó el bufido de exasperación de su padre y luego vio con asombro que el monje alargaba su blanca y huesuda mano para tocar suavemente el brazo de Ígor.
–No os enojéis -le aconsejó el padre Lucas-. El chico ha dicho la verdad. – Exhaló un suspiro-. Pero es demasiado joven para un sitio como éste.
–Algunos muchachos han venido aquí -señaló con enfado su padre.
–Algunos -reconoció el monje, pero sin prestarle gran atención. Luego se volvió hacia Ivanushka.
¿Qué sucedería a continuación? Ivanushka no alcanzaba a imaginarlo, y ni por asomo se le hubiera ocurrido pensar lo que entonces oyó.
–Y bien, Iván, ¿te gustaría ser sacerdote?
¿Sacerdote? Qué descabellada idea. Él iba a ser un héroe, un boyardo.
Se quedó mirando, boquiabierto y horrorizado, al viejo monje.
–¿Estáis seguro de esto, amigo mío? – preguntó, con una irónica sonrisa, el padre Lucas a Ígor.
–Creí que sería lo mejor. – repuso Ígor frunciendo el entrecejo, turbado y rabioso a la vez.
Ivanushka miró a su padre. Al principio le costó entender siquiera de qué hablaban, pero a través de la niebla de su confusión comenzó a atar cabos: si su padre creía que debía hacerse sacerdote, seguramente era porque lo consideraba indigno de ser un boyardo. Y entonces, además de la decepción de descubrir que el admirable padre Lucas no era más que un viejo desaliñado, sintió que en su cerebro tomaban forma dos pensamientos: su padre lo había traicionado porque ni siquiera le había dicho lo que se proponía y lo había rechazado.
El padre Lucas extrajo un libro de entre los pliegues del hábito y lo abrió.
–Ésta es la liturgia de san Juan Crisóstomo -dijo-. ¿Puedes leer esto? –
le pidió a Ivanushka, señalando una oración.
El chico la leyó a trompicones y el padre Lucas asintió con la cabeza.
Luego sacó otro libro de pequeño tamaño y se lo mostró a Ivanushka. Al ver que la escritura era diferente, éste sacudió la cabeza.
–Es el antiguo alfabeto que inventó el bendito san Cirilo para los eslavos -explicó el monje-. De hecho, algunos monjes aún prefieren esta clase de escritura que utiliza algunos caracteres hebraicos, aunque hoy en día empleamos el alfabeto ideado por los sucesores de san Cirilo, que es sobre todo griego y que la gente llama, incorrectamente, cirílico. Si fueras sacerdote, te sería útil conocer esto.
Ivanushka bajó la cabeza sin decir nada.
–Aquí, en este monasterio -continuó el padre Lucas-, vivimos según la regla que ha elegido nuestro abad Teodosio. Es una regla llena de sabiduría.
Nuestros monjes pasan buena parte del tiempo cantando y rezando en la capilla, pero también realizan menesteres útiles como cuidar enfermos.
Algunos, es cierto, se acogen a una disciplina más dura y permanecen
recluidos en sus celdas o en las cuevas durante largos períodos, pero es porque así lo han elegido ellos.
–Una santa elección -alabó Ígor.
–Pero no para todos -puntualizó el padre Lucas. Exhaló un suspiro, que sonó más bien como un breve bisbiseo, e Ivanushka tuvo la impresión de que aquel monje consumía menos aire que el resto de las personas-. La vida de un monje es un constante acercamiento a Dios -prosiguió en voz baja.
Para entonces era difícil discernir si se dirigía a Ígor o a su hijo-. En ese proceso, la carne se seca, pero el espíritu recibe alimento y crece a través de la comunicación con Dios. – A los oídos de Ivanushka, la queda voz del monje sonaba como un susurro de hojas que cayeran al suelo.
Entonces el padre Lucas tosió, produciendo un seco y áspero ruido, e Ivanushka pensó: «Es como un pellejo enterrado bajo tierra.»
–Y así el cuerpo muere para que el alma viva.
Ivanushka sabía que algunos monjes tenían el ataúd en la celda, como una medida más de su larga preparación para la muerte.
Tomó conciencia de que el padre Lucas lo observaba en actitud desapasionada, para ver cómo recibía sus palabras. Pero, aun así, le era imposible disimular su decepción, su deseo de escapar de aquella imagen que él identificaba con la muerte.
–No se trata, sin embargo, de la muerte -prosiguió el padre Lucas, como si le hubiera leído el pensamiento-, pues Cristo venció a la muerte. La hierba se marchita, pero la palabra del Señor permanece. De este modo, aun en nuestra envoltura mortal, las almas viven en el mundo del espíritu, humildes ante Dios. – Si con aquella explicación pretendía aportar consuelo a Ivanushka, se equivocaba, porque no lo sentía en lo más mínimo.
Ese ideal ascético del marchitamiento del cuerpo era una idea que venía de antiguo. Durante siglos lo habían practicado los eremitas de la Siria cristiana. No se trataba de ese violento infligirse dolor que a menudo practicaban los flagelantes de occidente, sino más bien del lento proceso de desecación de los humores vitales del cuerpo, para reducir éste a un inútil pellejo que no entorpeciera la vida del espíritu y el servicio a Dios.
–Estos extremos son adecuados sólo para unos pocos -continuó, sin quitarle la vista de encima, el monje-. La mayoría de los monjes llevan aquí una vida sencilla, dedicada al servicio de Dios y de sus semejantes. Esta es precisamente la esencia de la regla que fomenta nuestro abad Teodosio.
Ivanushka, sin embargo, estaba demasiado desanimado para considerar aquello un alivio.
–¿Deseas servir a Dios? – preguntó de improviso el anciano.
–Oh, sí -contestó el muchacho, pero lo dijo casi llorando.
La idea de servir a Dios se le había presentado antes como algo emocionante. Con el corazón ardiente, se había visto a sí mismo cabalgando al servicio de Dios por las ondulantes hierbas de la estepa, luchando contra los jinetes paganos.
El anciano emitió un gruñido.
–El chico es joven. Ama a su cuerpo.
Lo dijo con calma, sin enojo, pero se trataba a todas luces de una conclusión definitiva. Luego le dio la espalda a Ivanushka.
–¿No creéis que pueda ser sacerdote? – preguntó Ígor con ansiedad.
–Dios llama a cada hombre en su momento. No sabemos lo que será de nosotros.
–¿No debe ser instruido para el sacerdocio, entonces? – inquirió Ígor, tratando de concretar.
En lugar de responder, el padre Lucas se volvió de nuevo hacia Ivanushka y le aplicó la mano en la cabeza, en un gesto que podía interpretarse como una bendición o no.
–Veo que vas a hacer un viaje del que regresarás -dijo.
¿Un viaje? Ivanushka se puso a encadenar febrilmente sus pensamientos. ¿Se refería a su proyecto de ir hasta el gran río Don? Por fuerza tenía que ser eso. Y no había dicho nada de que fuera a ser sacerdote.
Por fin atisbaba una esperanza.
El viejo monje, entre tanto, observó con severidad a Ígor.
–Ayunáis demasiado -le espetó.
–No hay nada de malo en ayunar, ¿verdad? – contestó, sorprendido, Ígor.
–El ayuno es un diezmo que pagamos a Dios. Y un diezmo es la décima parte, nada más. Deberíais limitar vuestros ayunos. Sois demasiado rígido con vos mismo.
–¿Y mis oraciones?
Ivanushka sabía que su padre rezaba largo rato al amanecer y después tres o cuatro veces más en el transcurso del día.