Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Cay van Ash · Capítulo 8 de 20

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Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Capítulo 7 - Nuevos horizontes

CAPÍTULO 7

NUEVOS HORIZONTES

 

—Mucho me temo —repuse, echando una ojeada al texto que tenía entre las manos— que el incendio provocado en los buzones se llevó consigo parte de la nota.

La cuartilla que tenía ante mí había sido doblada e insertada en el sobre de tal modo que, mientras que el fuego había afectado a la mitad derecha del sobre, era la porción izquierda del texto la que había desaparecido.

—¡Maldita sea! —gruñó Weymouth—. ¡Lo que nos faltaba ahora: un jeroglífico!

—No desesperemos —repuso Holmes—. Tratemos de averiguar qué era lo que Smith quiso comunicarnos.

Dejando aparte saludos y observaciones personales, la porción del texto que había sobrevivido afirmaba lo siguiente:

 

lo poco que se puede

hombre borracho como una cuba,

arece que hay un barco de la China

deambulando al oeste de Si Fan ha llamado refuer-

algo acerca de un gusano

y treinta mil bicicletas (!)

una trampa a emplear contra Morgan

relacionado con Gillian Rochester (?)

lo que pueda!

 

—El texto me parece bastante claro —repuso Holmes—. Creo que podremos apañárnoslas para descifrarlo en su mayor parte. En primer lugar, el hombre que informó a Smith estaba completamente borracho. Eso ya lo sabíamos. Al parecer existe cierto barco procedente de China que deambula al oeste de algún lugar…

—¿El muelle del Oeste? —sugerí.

—No. Por el modo en que está escrito, parece referirse a la costa occidental de algún país o de alguna región. Ello no nos dice demasiado.

—Quizá podríamos consultar en los registros las últimas llegadas de barcos procedentes del Extremo Oriente —apuntó Weymouth.

—¿Para qué? —replicó Holmes con impaciencia—. Un barco mercante o de pasajeros cuyas idas y venidas se hallan sujetas al calendario no tiene tiempo para «deambular» en ninguna parte. El texto debe referirse a un barco privado (y de tamaño considerable, si ha viajado desde China).

—Es posible que el servicio de guardacostas pueda suministrarnos alguna información —insistió Weymouth, aunque sin demasiado entusiasmo—. Con todo, lo más probable es que el barco permanezca fuera del límite territorial de tres millas, con lo que nos quedamos como estábamos.

Con la carta entre las manos, Holmes tomó asiento junto a la chimenea. Su rostro adoptó un gesto ceñudo.

—Esto no me gusta. Al parecer, el Si Fan ha pedido refuerzos; podemos suponer que esos refuerzos llegan a bordo del barco que se menciona. No acabo de entender, sin embargo, por qué razón ese barco se halla «deambulando». ¿Para desembarcar secretamente a los refuerzos del Si Fan? ¿O en espera de obtener alguna carga?

Con expresión meditabunda, Holmes examinó de nuevo la cuartilla chamuscada.

—El resto de la nota refleja la charla inconexa de un borracho y, por consiguiente, Smith nos invita a entender lo que podamos de ella. Bien, tratemos de entender, pero ¿qué diablos puede ser ese «gusano»? ¿Y qué locura puede proyectar el Si Fan con «treinta mil bicicletas»? Bien, olvidémonos de ello temporalmente. Después se habla de una «trampa» (esto parece claro, por lo menos) contra un tal Morgan y quizá también contra una mujer llamada Gillian Rochester. Tales nombres no nos resultan muy útiles; tan sólo en Gales existen decenas de miles de hombres apellidados Morgan. Gillian Rochester es un nombre algo menos común, pero…

—¡Cielo santo! —exclamó Weymouth repentinamente, arrebatando la nota de las manos de Holmes y dirigiéndole una mirada febril—. ¡No se trata de «Gillian Rochester», sino de sir Julian Rossiter, el hombre asesinado esta mañana!

—¿Qué? —exclamé, poniéndome en pie de un salto—. ¿Quién es… quién era ese hombre?

—No lo sé con certeza —admitió Weymouth—. Algo así como un industrial. Yo tampoco había oído mencionar jamás su nombre hasta esta mañana.

—¿Dónde tuvo lugar el crimen? —intervino Holmes—. ¿En Londres, quizá?

—No, nada de eso. En la región de Glamorganshire, en Gales.

—¡Gales!

—En efecto, ahora lo recuerdo. Por cierto, esta mañana oí ciertos comentarios al respecto… —Weymouth vaciló por un instante—. Se trata de algo extraoficial, por supuesto, pero he oído mencionar que el caso se presenta un tanto complicado. El inspector al que ha sido asignado el asunto parece un tanto desorientado y ha llamado a Scotland Yard en demanda de un poco de ayuda… extraoficial, por supuesto.

—¿Tiene usted previsto partir hacia Gales, entonces? —inquirí al instante.

—No, amigo mío. Scotland Yard no puede intervenir en este caso a no ser que se le pida oficialmente que lo haga. Aun en el caso de que así ocurriera, dudo mucho de que me asignaran el caso. Oficialmente estoy investigando las andanzas de Fu Manchú en Londres. Yo no tengo la libertad de que dispone el señor Smith para perseguir a nuestro adversario allí donde se encuentre. Pero nadie impide que usted se haga cargo del asunto —apuntó Weymouth vivamente, dirigiéndose a Holmes.

—¿Yo? —se sorprendió éste.

—¿No buscaba usted una pista que le condujera a Fu Manchú? —preguntó el inspector en tono capcioso—. Pues bien, ya la tiene.

—¡Pero no dispongo de la autoridad que usted sí tiene! —replicó Holmes al punto.

—Bien, como todos los ciudadanos, tiene usted el derecho de desplazarse a donde le apetezca. Y, una vez en Gales, nada impide que la policía local pida su ayuda… de modo extraoficial. —El rostro de Weymouth se distendió en una ancha sonrisa—. Los tiempos han cambiado. Holmes. Sé muy bien que en el pasado se dio cierta rivalidad y existieron ciertas asperezas entre usted y la policía. Pero créame si le digo que ahora no existe un solo hombre en el cuerpo que guarde la menor animosidad contra su persona. Muy al contrario, para cualquiera de nosotros trabajar al lado de Sherlock Holmes constituye un auténtico privilegio.

—¿No cree que deberíamos intentarlo? —insistí por mi parte.

Con la mirada fija en el fuego de la chimenea, Holmes guardó silencio durante largo rato.

—Sí —respondió por fin, volviéndose a nosotros—. Debemos intentarlo. No nos queda otra elección.

—¡Espléndido! —aprobó Weymouth con entusiasmo—. ¡Estaba seguro de que aceptaría! Si toman ustedes el tren después de almorzar estarán en Cardiff a las seis o a las siete. Yo me ocuparé de que alguien los espere en la estación. Tan pronto como regrese a mi despacho en Scotland Yard telefonearé al inspector que investiga el caso y le pondré al corriente de su llegada. Si así lo desean ustedes puedo pedir más detalles relativos al crimen…

—No —rechazó Holmes en tono enfático—. Ya obtendremos los detalles sobre el terreno. Siempre resulta más apropiado. Una cosa más, inspector: le agradecería que tomase las medidas oportunas para arrestar a ese Jacob Morley de inmediato.

Weymouth reflexionó durante un instante.

—¿No le parece más productivo ponerle «en cuarentena» y espiarle nosotros a él?

—Pienso que no. Ese Morley no es miembro del Si Fan; tan sólo se trata de un vulgar empleado temporal. Estoy casi seguro de que no conoce para nada a sus superiores, a los que debe informar por teléfono. Estoy seguro de que a Scotland Yard no le costará demasiado averiguar cuál es el número telefónico al que llama con tanta frecuencia (averiguación, por otra parte, cuyo valor será prácticamente nulo). Y hay otra cosa más —añadió Holmes con sonrisa traviesa—. Preferiría que Morley fuera detenido antes de nuestra partida. Conociendo al Si Fan, dudo de que tuvieran escrúpulo alguno en hacer descarrilar un tren.

—Muy bien —asintió el inspector Weymouth—. Le echaremos el guante en cuestión de minutos. Por cierto, hay otra cuestión que quisiera aclarar. ¿Qué opina usted de la puerta que comunica el patio del edificio con el Enbankment? ¿Cree que el Si Fan puede haber apostado allí a otro espía?

—Dicha entrada apenas si se utiliza —afirmó Holmes en tono reflexivo—, así que imagino que no habrán situado a nadie. Con todo, recuerdo que muy cerca de ella suele situarse un artista callejero cuyos dibujos son de una calidad sospechosamente mediocre. Quizá podrían ustedes interrogarle, aunque imagino que lo único que descubrirán es que el pobre tipo no tiene demasiada maña con el lápiz.

Tras la partida de Weymouth, Holmes continuó sentado en la misma actitud meditabunda durante un buen rato.

—No tenía previsto marchar tan lejos… —le oí murmurar—. Quizá no debiera…

Encogiéndose de hombros, Holmes se puso finalmente en pie, con la actitud de alguien que acaba de tomar una clara decisión.

—¡Más vale que comencemos a hacer las maletas, doctor! Personalmente llevaré conmigo todo cuanto tengo y creo que usted haría bien en llevar asimismo todo lo necesario para una ausencia prolongada. Tengo mis dudas de que podamos regresar aquí antes de que este caso, de una manera u otra, se encuentre totalmente concluido. Si, como parece, Fu Manchú se encuentra en Gales, tenga por seguro de que se halla ocupado en actividades más importantes que asesinar a industriales poco conocidos.

Cuando, cargados con nuestras maletas, bajamos a Fleet Street en busca de un taxi, tuve la ocasión de comprobar que la ventana del tal Jacob Morley se hallaba cubierta por una persiana. Holmes esbozó una ceñuda sonrisa. Una vez en marcha, mientras avanzábamos por la carretera de Marylebone, pude ver la significativa mirada de reojo que Holmes mostró al cruzar ante Baker Street.

En aquellos instantes me sentía mejor de lo que había estado en varios días. La deprimente sensación de abulia se había esfumado por completo. Por fin gozaba de un estímulo, una verdadera llamada a la acción; una llamada a la que me sentía completamente seguro de poder responder como de mí se esperaba. Tras llegar a la amplia y acogedora estación de Paddington, muy pronto estuvimos instalados en los asientos de nuestro tren, momento que aprovechó Holmes para deslizar una delgada guía turística de Gales en mi regazo.

—Échele un vistazo —me indicó—. ¡Más vale que uno de nosotros sepa algo del país que vamos a visitar!

Con todo el compartimento a nuestra disposición, Holmes se acomodó frente a mí en una de sus características posiciones que adoptaba cuando quería relajarse. Ataviado con un chaquetón de cuero de evidente corte militar y un sombrero flexible de fieltro, parecía más joven de lo que mostraban las fotografías de quince años atrás, en las que siempre exhibía sus inseparables esclavina y sombrero de cazador. Percatándose de mi mirada admirativa, Holmes no pudo evitar una sonrisa algo envanecida. El tren se puso en marcha.

—¡Una vez más, las cartas están sobre la mesa! —apuntó mi compañero—. Dado que el destino se ha aliado con Fu Manchú para que nos encontremos unidos durante un período de tiempo, le agradecería que se dirigiese a mí simplemente como «Holmes». Su «señor Holmes» me hace pensar en la policía.

—Con mucho gusto —acepté—, siempre y cuando deje usted de llamarme «doctor».

Holmes asintió con la cabeza. Al verle allí, sentado frente a mí, no pude dejar de pensar en tantas y tantas correrías en las que Smith y yo nos habíamos sentado de igual guisa en el compartimento de un tren. Casi tantas, ello era seguro, como Holmes y Watson…

—Resulta curioso que tanto Nayland Smith como Sherlock Holmes tengan por compañeros a médicos que también son escritores —comenté en tono jovial.

Para mi sorpresa, Holmes adoptó inmediatamente una curiosa rigidez en el porte al tiempo que fruncía el ceño visiblemente.

—A mí no me parece tan curioso —indicó de forma un tanto seca—. Los médicos siempre resultan útiles, pueden ajustar su horario de trabajo a las circunstancias del momento y suelen encontrar tiempo para escribir. De cualquier modo, le agradecería que en el futuro evitase compararme con Nayland Smith, cuyo modo de acción difícilmente es el de un detective.

—¡Smith no es un detective! —repliqué, indignado por aquel ataque—. Su puesto de comisario de la policía de Birmania es puramente administrativo; si ahora se encuentra en Inglaterra es sólo por causa de sus anteriores contactos con el Si Fan, que le otorgan un conocimiento infrecuente de dicha organización.

—¡Eso es precisamente a lo que me refiero! El trabajo de Smith no tiene nada que ver con el mío. Yo soy un investigador. Smith no tiene por qué esforzarse en descubrir métodos y motivos por cuanto, en su caso, la identidad del criminal está perfectamente establecida de antemano. Todo se reduce a echarle el guante, como diría el inspector Weymouth. «Echar el guante» a los criminales es tarea que incumbe a la policía, no a los investigadores.

Con gesto enfurruñado, Holmes desvió la mirada hacia el paisaje suburbano visible a través de la ventana. Su perfil podría compararse sin riesgo alguno con el de un piel roja tallado en marfil. Por fin, emitiendo un profundo suspiro, de nuevo volvió su rostro hacia mí.

—Realmente soy de la opinión de que toda comparación resulta odiosa —afirmó con serenidad—. Yo no soy Smith y usted no es Watson. Es posible que yo le encuentre a usted demasiado impaciente, impetuoso y emocional. Y estoy seguro de que usted en ocasiones me considera excesivamente indolente, taciturno, malhumorado y grosero. Con todo, somos lo que somos, nadie nos va a cambiar y debemos acostumbrarnos a ello. ¿No le parece?

—¡Naturalmente! —respondí, tendiéndole mi mano.

Holmes aceptó el apretón sin frialdad alguna; el irónico brillo de sus ojos me mostró, sin embargo, que éste era precisamente el tipo de gesto expansivo que no podía soportar. Por fin, poniéndose en pie, tomó su maleta de la rejilla y, abriéndola, extrajo la voluminosa carpeta repleta de folios mecanografiados que yo le había entregado la noche anterior.

—Estudie bien la guía durante un rato —me aconsejó—. Preste especial atención a la geografía, que puede resultarnos muy útil. Mientras tanto, yo trataré de aprender un poco más acerca del Si Fan por medio de su novelizado relato.

Dicho lo cual, mi compañero procedió a fumarse una pipa de madera de cerezo que no tardó en impregnar todo el compartimento de un aroma frutal bastante desagradable. Me parece que, con la única excepción de una pipa del tipo meerschaum, cuyo tamaño y longitud eran comparables a los de un pequeño saxofón, Holmes había traído consigo su colección de cachimbas al completo. La de madera de cerezo no era, desde luego, una que me gustase demasiado. Aún me gustaría menos al advertir que era la pipa que Holmes solía escoger cuando se encontraba de malhumor. En esta ocasión, enfrascado en la lectura de las hojas mecanografiadas, no hizo esfuerzo alguno por ocultar su estado de ánimo, murmurando comentarios desaprobatorios ante determinados párrafos, alzando los ojos al cielo ocasionalmente y pasando las páginas violentamente tras garrapatear breves notas en los márgenes. En vista de aquel espectáculo, no tardé en advertir que tendría que volver a mecanografiar todas aquellas páginas si algún día me decidía a visitar otra vez a un editor (cosa que no estaba nada clara).

Abriendo la guía turística, me esforcé en imitar a Holmes, haciendo caso omiso de las retóricas descripciones de encantos pastorales, montañas imponentes y paisajes espectaculares. Por lo que pude deducir de mi lectura, el área situada al norte y al oeste de Cardiff consistía en un vasto entramado de valles industriales dedicados a la producción de hierro y carbón. La costa aparecía también bastante poblada, aunque treinta y dos kilómetros más allá del mar el mapa mostraba grandes espacios deshabitados, apenas cruzados por un par de carreteras, varios caminos vecinales y la ocasional presencia de algunas granjas y aldehuelas. Para alguien como yo, acostumbrado a los Midlands y el sur de Inglaterra, resultaba sorprendente saber que en nuestra isla existieran vastos parajes prácticamente deshabitados. Se me ocurrió que en un lugar así, Fu Manchú sabría cómo esconder un ejército.

¿Pero se hallaba Fu Manchú allí? Y en caso de que realmente se encontrara en Gales, ¿no estaríamos dejando a Smith tras de nosotros, prisionero en alguno de los incontables sótanos de Londres? ¿Y dónde estaría ahora Karamaneh?

Torturado por estas y otras cuestiones semejantes, me resultaba difícil concentrarme en la lectura, por no hablar del esfuerzo de memorizar una legión de nombres geográficos de imposible pronunciación para mí. Se me ocurrió que, sin tener noción alguna del lenguaje galés, nos veríamos en problemas a poco que nos viéramos obligados a desplazarnos por la zona. Finalmente, cansado y medio asfixiado por la fastidiosa humareda que brotaba de la pipa de mi compañero, opté por cerrar la guía y dejarla tranquilamente a un lado. En aquel preciso instante, Holmes terminó también con las cuartillas mecanografiadas.

—Es usted todavía más poético que Watson —observó con sarcasmo.

—Habíamos acordado olvidarnos de las comparaciones.

Sorprendido por mi respuesta, Holmes parpadeó vivamente y, casi sin transición, se echó a reír a carcajadas. Su malhumor había desaparecido al instante.

—¡Muy bien dicho, Petrie! —exclamó en tono aprobatorio—. Creo que nos acabaremos llevando bien, ya lo verá.

Los últimos rayos de una soberbia puesta de sol se cernían sobre las tan hermosas como gráciles colinas de Cotswold, inmediato preludio de las montañas galesas, cuando un insistente pensamiento me aguijoneó por un instante.

—Holmes, he estado pensando… —comencé.

—¿De veras? —inquirió mi acompañante, enarcando las cejas.

Yo estaba dispuesto a no permitir que sus sarcasmos me exasperaran con la misma facilidad que al pobre doctor Watson.

—Sí, algunas veces me dedico a ello —repliqué al instante—. Bien, he estado pensando un poco acerca del horrible atentado de Sussex. Hay algo que me escama. Un ataque de tal naturaleza me parece gratuito e imprudente…

—¡Y tan imprudente! ¡Lo único que han conseguido esos tipos es poner a Sherlock Holmes tras de su pista!

La evidente vanidad de Holmes a veces resultaba bastante divertida.

—Fu Manchú raramente obra con temeridad. Por ello pienso que un ataque tal debe haber partido del mandarín Ki Ming.

—¿Ki Ming? ¡Sí, ya recuerdo! Se trata de ese nuevo rufián que ha aparecido en los últimos tiempos, ¿no es así?

—Efectivamente. A diferencia de Fu Manchú, Ki Ming tiene una consideración bastante elevada en el mundo de la diplomacia internacional. Ello no obsta para que al mismo tiempo sea miembro del Consejo de los Siete que rige al Si Fan, además de poseer una diabólica competencia en el campo de la hipnosis, habilidad que, como he podido comprobar personalmente, utiliza de modo criminal. Smith me dijo un día que Ki Ming cursó estudios en el monasterio tibetano de Rache Churan y…

—Si Smith le dijo eso estaba equivocado —me interrumpió Holmes repentinamente—. Rache Churan no es un monasterio sino una minúscula secta del lamaísmo que afirma conocer los secretos de la magia. —Holmes observó con una sonrisa traviesa mi asombrado rostro—. He pasado algún tiempo en el Tíbet.

—¿Cómo? —exclamé—. ¡Y me dijo usted que lo ignoraba todo con respecto a Asia!

—Y así es, en efecto —repuso mi sorprendente acompañante con placidez—. Mis estudios en el Tíbet tenían una naturaleza puramente filosófica, relativa al carácter del budismo tibetano. El doctor Fu Manchú no tiene nada de budista, sino que reverencia a dioses mucho más antiguos y oscuros.

—Con todo, el hecho de que usted haya estado en el Tíbet podría explicar algunas cosas —afirmé en tono pensativo—. Indudablemente tal circunstancia basta y sobra para que el Si Fan le colocara hace tiempo en su lista de enemigos en potencia que sabían demasiado. Bastó que le vieran junto a mí para que su muerte fuera decidida de inmediato. Y, volviendo a lo que hablábamos, Nayland Smith cree que existe una lucha por el poder total sobre el Si Fan entre Ki Ming y Fu Manchú. Al parecer ambos líderes actúan con independencia entre sí, aunque sus fines sean idénticos. Si Fu Manchú se encuentra en Gales (lo que es muy posible, pues hace más de un mes que no se sabe nada de él), lo más probable es que Ki Ming tenga las manos libres para actuar en Londres.

Sherlock Holmes guardó silencio por un instante, meditando acerca de mis palabras (circunstancia esta última que constituía toda una novedad).

—Usted se encuentra en mejor posición para solucionar el dilema —concedió Holmes finalmente—, pues conoce mejor que yo a estos individuos. De acuerdo con su teoría, ¿piensa usted que Smith ha sido secuestrado por Ki Ming y no por el doctor Fu Manchú?

—Lo dudo mucho. Ki Ming hubiera liquidado a Smith en el acto. De hecho, ya lo ha intentado por dos veces en los últimos tiempos. Por razones que no están demasiado claras, Fu Manchú, en cambio, preferiría conservar a Smith con vida en su poder.

La oscuridad había caído ya cuando nuestro tren penetró en el largo túnel de Severn. Durante diez minutos, mi compañero y yo guardamos silencio, sabedores de las miles de toneladas de agua que corrían sobre nuestras cabezas en aquel paraje, frontera natural entre Inglaterra y Gales. Impresionado ante aquella obra del hombre, traté de pensar en lo que podría ser un túnel que cruzase bajo el canal de la Mancha. Por fin, la rara sensación de opresión cedió al instante cuando, como un relámpago, abandonamos el túnel para salir al disputado condado fronterizo de Monmouth.

—Quizá tenga usted razón —afirmó Holmes, como si nuestra conversación no se hubiera interrumpido ni un instante—. Con todo, el mejor medio de ayudar a Nayland Smith estriba en olvidarnos de él momentáneamente y concentrarnos en un caso mucho más reciente, el asesinato de sir Julian Rossiter, del que nada sabemos, por el momento.

Nuestro tren iba a llegar bastante bien de tiempo —es decir, con tan sólo media hora de retraso—. Mientras, atravesábamos una interminable serie de pueblos industriales de idénticas calles mal iluminadas y casas cuyos tejados parecían elaborados con una rara pizarra de tonalidad amarilla.

—Aunque mi estancia en Lhasa le pudiera desorientar —musitó Holmes, con la mirada fija en el espectáculo de la ventana—, China me es casi tan desconocida como este país en el que muy pronto pondremos pie. Convendría que no olvidáramos que Gales es un país distinto de Inglaterra.