Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Cay van Ash · Capítulo 11 de 20

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Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Capítulo 10 - La aparición

CAPÍTULO 10

LA APARICIÓN

 

—¡Más que suficiente, Petrie! —exclamó Holmes, apartando el plato vacío lejos de sí —. Si continuamos comiendo de este modo, nos va a resultar muy difícil llevar a cabo nuestro cometido con eficiencia. Muchísimas gracias, señora Howell, pero a pesar del tentador aroma de su tarta de manzana, mucho me temo que no podemos aceptar el postre. No obstante, una buena taza de café no podría ser más indicada.

Apiñados en torno a la mesa de la cocina, Holmes, Beynon y yo habíamos dado buena cuenta de una magnífica cena de tres platos con la que la señora Howell nos había sorprendido agradablemente cuando esperábamos contentarnos con algunas sobras de la despensa.

Con un suspiro de satisfacción y el cuello de la guerrera desabrochado, el inspector Beynon prendió un cigarrillo y fijó la mirada en Holmes.

—En una casa como ésta no espere usted encontrar subterráneos o estancias secretas —declaró el inspector—. Por no haber, no hay ni un mal desván. Por consiguiente, no entiendo dónde demonios puede haberse escondido ese sujeto.

—A ese respecto, tengo cierta sospecha —indicó Holmes—. Con todo, no estoy completamente seguro, así que no correré el riesgo de ofrecerle una respuesta que muy bien puede estar equivocada. Sepa usted, sin embargo, que si el doctor Fu Manchú se encuentra detrás de este crimen (como así me inclino a creer), un elemento de naturaleza diabólica fue introducido anoche en el dormitorio de sir Julian. No estoy completamente seguro de la naturaleza de ese elemento, que puede ser animado o mecánico, pero estoy convencido de que esta noche, cuando todo esté más tranquilo, nuestro hombre saldrá de su escondrijo para recuperarlo. Por algún motivo, parece que anoche no pudo hacerlo.

—¿Y por qué chantre no lo ha abandonado en la casa y se ha largado? —gruñó Beynon.

—Quizá se trate de algo demasiado valioso para desprenderse de ello —sonrió Holmes—. Después de todo, el arsenal de Fu Manchú no debe ser ilimitado. Sin embargo, como el doctor Petrie entenderá bien, me parece más probable que todo se deba a una calculada cuestión psicológica. El caso es que las víctimas del Si Fan deben perecer siempre de modo terrible y espectacular, circunstancia que no tiene nada de gratuita y sí mucho de advertencia intimidatoria contra toda posible oposición. El terror que origina lo inexplicable constituye el arma más poderosa de Fu Manchú; de ahí su propósito de borrar siempre huellas y elementos que pudieran arrojar la más mínima luz sobre sus fechorías. —Haciendo una pausa, Holmes me dirigió una mirada cargada de significación—. A este respecto, el aspecto más importante de la obra del doctor Petrie probablemente estribe en la eficaz revelación publicitada de las argucias del Si Fan. Esperemos que esta noche consigamos desbaratar sus propósitos una vez más.

Beynon no parecía tenerlas todas consigo.

—Si no entiendo mal, señor Holmes, su plan estriba en que esperemos sentados en la oscuridad a que un chino medio loco se acerque y nos corte el cuello. ¡Me da escalofríos sólo de pensarlo!

—Quizá todo resulte menos peligroso de lo que parece, inspector —respondió Holmes con una sonrisa—. El doctor Petrie y yo nos apostaremos, efectivamente, en el dormitorio. Es ésta una tarea que nos corresponde a nosotros, pues ya hemos tenido experiencias anteriores con el Si Fan. Al mismo tiempo, usted y el sargento Lloyd estarán de guardia en la sala.

—¿Para qué?

—Para actuar como nuestra retaguardia y para impedir la fuga de nuestro adversario en caso de que intente escapar por esa vía. —Con estas palabras, y la decisión pintada en el rostro, Holmes se puso en pie—. Bien. Ha llegado el momento de pasar a la acción y tomar posiciones. Howell, ¿podría usted acompañarme un instante, por favor?

Desaparecidos Holmes y el mayordomo, Beynon y yo nos miramos el uno al otro en un silencio tan sólo roto por el ruido de los platos que la señora Howell lavaba en la cocina.

—¡Listo como un zorro y valiente como un león! —exclamó repentinamente Beynon—. ¡Por Dios, que no hay nadie como él!

Unos quince minutos más tarde Holmes regresó a la cocina acompañado de Howell, quien, como advertí con sorpresa, portaba nuestros sombreros y prendas de abrigo.

—¿Acaso vamos a salir del edificio? —inquirí.

—Nada de eso —replicó Sherlock Holmes—. Es conveniente, sin embargo, que nos cubramos con todas las ropas de que disponemos. —Con una media sonrisa, Holmes se volvió hacia el inspector—. En el caso poco probable de que nuestro amigo trate de huir por la escalera de servicio, me temo que se verá obligado a probar un poco de su propia medicina, pues he apagado las luces y tendido un alambre sobre los escalones. Por esta noche, Howell y su mujer dormirán en uno de los dormitorios situados al frente del edificio. —Embutiéndose en su abrigo, Holmes se giró de nuevo hacia el mayordomo—. Howell, ya que usted acostumbra a montar en bicicleta, quisiera…

—¿Qué… cómo? —La expresión de desconcierto del mayordomo resultaba abrumadora.

—¡Nada más evidente! —explicó Holmes con un deje de impaciencia—. ¡Basta con fijarse en la pequeña mancha de grasa que la cadena de la bicicleta ha dejado en sus pantalones algo más arriba del tobillo! Pero, bueno, a lo que íbamos. ¿Puede usted prestarme un par de esas pinzas de ciclista para sujetar los bajos de los pantalones?

—Por supuesto, señor —afirmó Howell, recuperando al instante su acostumbrada expresión de imperturbabilidad—. Aquí mismo las tengo, señor —indicó, abriendo un cajón del pequeño armarito de la cocina y extrayendo un par de pinzas del tipo indicado.

—¡Excelente! —aprobó Holmes—. ¿No dispondrá usted de dos pares, por casualidad? Bien, no importa. Entréguele las pinzas al doctor Petrie, que yo me las arreglaré con mis calcetines.

Dicho y hecho, con la ayuda de una silla, Holmes procedió a embutir los bajos de sus pantalones en el interior de sus largos calcetines de lana. Aquella nueva muestra de aparente excentricidad no podía dejar de intrigarme.

—Holmes, todo esto me parece un tanto excesivo —apunté, sin poderme contener —. Abrigos, sombreros y ahora pinzas de ciclista… ¿Acaso vamos a hacer un picnic en el dormitorio?

Cesando por un instante en su actividad, Holmes se volvió hacia mí con toda la seriedad del mundo pintada en su rostro.

—¿Acaso ha olvidado que la primera vez que se enfrentó usted al Si Fan Fu Manchú le hizo frente con la ayuda de un ciempiés venenoso? ¿Tiene usted ganas de repetir la experiencia y encontrarse con un horror semejante trepando por su tobillo? Todavía no sabemos qué hay en esa habitación, pero algo hay y ese algo puede atacar en cualquier momento y desde el punto más inesperado; de ahí, el uso de nuestros sombreros y abrigos.

—¡Cielo santo! —exclamé aterrorizado ante aquella perspectiva—. Sin duda, tiene usted razón. Quizá se trate de una serpiente. Fu Manchú ya utilizó una en cierta ocasión y…

—¡Excelente motivo para no usarla en esta ocasión! —negó Holmes en tono sombrío—. No, no se trata de una serpiente, sino de algo distinto y de naturaleza todavía no aclarada. Bien, si ya está usted preparado, dejemos esta discusión sin sentido y dirijámonos a nuestro puesto.

Al atravesar la sala, Holmes tomó una pistola del bolsillo interior de la chaqueta, pasándola al bolsillo derecho del abrigo. No sin cierta curiosidad, observé que en el curso de los últimos años mi compañero había decidido sustituir su voluminoso y anticuado revólver por una pequeña automática de fabricación norteamericana.

—Tenga su arma preparada —me recomendó—. Nuestro hombre será peligroso cuando se vea descubierto. Aunque quisiera darle un consejo, Petrie… —Posando la mano sobre mi hombro, Holmes se acercó, como si no deseara ser oído por el inspector Beynon—. A diferencia de Nayland Smith, no estamos en Birmania, ni podemos obrar como nos plazca. Por consiguiente, absténgase de abrir fuego a no ser que ese rufián nos ataque con un arma. De lo contrario, podemos tener problemas con la ley.

Abandonando al inspector en la sala, ascendimos lentamente las escaleras mientras Holmes me daba unas últimas instrucciones.

—Una vez en el dormitorio, siéntese en la silla que hay junto a la puerta. Ya me cuidé de dejar la puerta del baño abierta; tal como se halla emplazado ahora, el espejo del tocador le permitirá observar cuanto suceda allí. Me temo que sus nervios se van a ver puestos a prueba, Petrie, pero si nuestro hombre se esconde donde imagino, creo que estará ansioso de salir de su cubil y no tardaremos en vérnoslas con él.

—De acuerdo. Estoy preparado.

Con un breve asentimiento con la cabeza, Holmes extrajo una llave que sin duda había obtenido de Howell y avanzó unos pasos hasta llegar al dormitorio. Abierta la puerta, allí nos encontramos con el inusual espectáculo de un sargento de policía con el casco puesto, sentado en una esquina de la cama, fumando una gran pipa de arcilla y abstraído en la lectura de una de las poco edificantes obras que coleccionaba sir Julian.

—¿Todo en orden, sargento? —saludó Holmes en alta voz—. Queda usted relevado. Vámonos todos a dormir de una vez. Esta habitación estará cerrada hasta mañana por la mañana. Apague las luces, dele un par de vueltas a la cerradura y llévese la llave consigo.

Algo ruborizado, el sargento Lloyd dejó el libro sobre la mesita y abandonó el dormitorio sin pronunciar palabra. Con idéntico silencio, Holmes me señaló la silla a mí destinada. Mientras yo me acomodaba sigilosamente en ella, mi compañero apagó la luz, cerró la puerta estruendosamente y cerró con llave desde el interior con idéntico estrépito. En la penumbra subsiguiente, pude distinguir con vaguedad cómo su desgarbada silueta cruzaba el dormitorio de puntillas para sentarse furtivamente en el borde del lecho.

Comenzaba, pues, nuestra vigilia. A pesar de estar ya curtido en tales menesteres, la experiencia nunca resultaba demasiado agradable. Hacía ya casi tres años que en una ocasión similar había tenido la oportunidad de enfrentarme por primera vez con los imperiosos y terribles ojos verdes de Fu Manchú.

A través del silencio pude escuchar un lejano rumor. Era el matrimonio Howell, que se acostaba más temprano de lo usual, tal y como Holmes les había pedido. Una puerta se cerró lejos de nosotros y de nuevo se hizo el silencio. A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, comencé a distinguir la silueta de los muebles que me circundaban y la inmóvil figura de Sherlock Holmes, sentado en un extremo de la cama, con sus largos dedos situados junto al interruptor de la lámpara. La palidez de su tez contrastaba vigorosamente con la forma negruzca de sus ropas. Al otro lado del dormitorio, el espejo me permitía apreciar la rectangular mancha de luz suministrada por la ventana del cuarto de baño.

El carillón de la sala dio la media hora y, de modo inevitable, mis pensamientos se trasladaron a aquella noche, tiempo atrás, en que Smith y yo nos habíamos ocultado de modo similar en la oscuridad de mi habitación, en espera del elemento mortífero capaz de producir la roja marca del beso de Zayat. Sin embargo, como aprecié con un escalofrío, la situación en que nos encontrábamos ahora era muy diferente. Si en aquella ocasión aguardábamos al acecho de algo que debía ser introducido en la habitación, ahora debíamos esperar a la aparición de algo que ya se encontraba en el dormitorio.

¿Qué podría ser aquello? ¿Cuál sería su horrenda naturaleza? ¿Qué sería capaz de aterrorizar a un hombre fuerte y de carácter despiadado de modo tal como para hacerle correr despavorido hacia la muerte? Al lado de aquel terror ignoto, la posibilidad, enteramente plausible, de tener que vérmelas otra vez con un dakoi birmano o un estrangulador hindú me parecía cosa de niños. ¿Qué podría ser aquella cosa horrible? De pronto me vinieron a la memoria las palabras inconexas de la carta de Smith: «algo relativo a un gusano». Sin saber bien por qué, el recuerdo hizo que se me erizaran los cabellos.

El reloj volvió a sonar en el piso de abajo. Medianoche. Ya llevábamos una hora allí. La oscuridad había aguzado mis sentidos, de modo que ya podía oír los débiles, furtivos sonidos que son patrimonio de toda casa dormida: crujidos inexplicados, la apagada sacudida de un gato al saltar sobre el tejado, el seco sonido de una rata al deslizarse en su rincón (¿sería ése el ruido que tanto había alterado al agente Edwards?), el sonido de las ramas agitadas por el viento en el jardín, el lejano ladrido de un perro…

Con la calefacción en pleno funcionamiento, el calor resultaba sofocante en el interior de mis gruesas ropas. Podía sentir el sudor que corría en gruesas gotas por mi espalda, así como un peligroso amodorramiento originado, sin duda, por mi falta de comedimiento con la cena. Decidido a mantener los ojos bien abiertos, traté de concentrarme en la mancha de luz que me ofrecía la ventana del cuarto de baño al reflejarse contra el espejo del tocador.

En aquel silencio casi absoluto, la rectangular mancha de luz parecía curiosamente distinta. Asombrado, comprobé que la mancha era ahora casi cuadrada, pues no podía ver la parte superior de la ventana. Con todos los sentidos de nuevo plenamente alerta, advertí que lo que parecía una trampilla abierta desde el techo del baño obstaculizaba mi visión de la ventana. Casi en el mismo instante, dos piernas se recortaron en el aire y un hombre de corta estatura cayó ágilmente y en silencio sobre las baldosas.

Recobrándose en el acto de la caída, el intruso salió sigilosamente del baño. Al cruzarse frente a la ventana del dormitorio advertí la borrosa forma cilíndrica y de tamaño mediano que llevaba bajo el brazo. El corazón me latía violentamente, pero ya no sentía miedo alguno.

—¡Ahora! —rugió Holmes, apretando el interruptor.

A la súbita luz de la lámpara, nos abalanzamos contra el sicario desde ambos extremos de la habitación. En aquella fracción de segundo tuve ocasión de atisbar a un hombre bajo y de complexión atlética, vestido con camiseta y calzones de boxeador, cuyos ojos rasgados refulgieron de sorpresa ante nuestro ataque. Nuestra ventaja, sin embargo, sólo serviría para accionar una serie de movimientos de tan increíble agilidad como nunca he visto en hombre alguno.

Cuando ya estábamos sobre él, nuestro adversario dejó caer su extraña carga cilíndrica, que se estrelló con un metálico chasquido contra la alfombra. ¿Cómo podría describir lo que sucedió a continuación? Todo sucedió en una fracción de segundo y con una rapidez y precisión que no parecían humanas. Extendiendo su brazo derecho con la rigidez de una barra de hierro, el agente de Fu Manchú me golpeó en el pecho con el canto de la mano. El impacto, similar al originado por un martillo, me mandó de espaldas contra la pared. Mientras caía, pude ver cómo nuestro contrincante alzaba su pie por encima del hombro al tiempo que Holmes retrocedía en un rapidísimo movimiento y evitaba una patada que, de haberle alcanzado bajo la barbilla, le hubiera arrancado la cabeza de los hombros. Aprovechando el ímpetu de su movimiento anterior, aquel ser extraordinario efectuó un salto formidable y se proyectó con los pies por delante contra la ventana, que atravesó entre el estrépito del cristal al astillarse en mil pedazos.

Mientras me esforzaba en recobrar el aliento, pude oír el sonido de la puerta principal al abrirse entre las voces tan alarmadas como presurosas de Beynon y Lloyd. Poniéndose en pie, Holmes se acercó rápidamente a la ventana y asomó la cabeza por ella.

—No conseguirán atraparle —afirmó con seguridad—. Seis metros de altura no son nada para un hombre así.

Alzándome trabajosamente y respirando con dificultad, me acerqué junto a mi compañero y eché un vistazo a través de la ventana. Nada parecía turbar la tranquilidad del jardín, a excepción de las lejanas voces de los policías.

—Si no me equivoco, nuestro amigo era coreano —comentó Holmes—. ¿Se ha fijado con qué precisión destrozó el cristal de la ventana con sus pies? Apenas si queda una astilla de vidrio en el marco. Y estoy seguro de que ese hombre no ha sufrido ni un rasguño. Nosotros estábamos armados y le cogimos por sorpresa, pero eso no es nada para un experto luchador de taekwondo. —Holmes no se molestaba en disimular su admiración—. ¿Se encuentra usted bien, Petrie?

—Más o menos —asentí, todavía algo maltrecho—. Creo que el suyo era un simple golpe de refilón, de lo contrario estoy seguro de que me habría destrozado las costillas.

De pronto recordé que nuestro asaltante había entrado en el dormitorio con el propósito de recuperar algo cuya naturaleza todavía no conocíamos. Y, ¡sí!, había dejado caer un raro objeto cilíndrico. ¿Qué era aquello?, me pregunté angustiado mientras buscaba sobre la alfombra. No pude evitar una nerviosa risa de alivio al encontrarme, un instante más tarde, con la incongruente presencia de cinco o seis ratoncitos que se agitaban frenéticamente en el interior de una pequeña jaula de alambre. Sin embargo, la risa se me heló en los labios cuando advertí la presencia de una nueva forma que se había deslizado sin ruido desde el interior del armario.

Semiescondida en la sombra, una figura semejante a un monstruo antediluviano en miniatura, de más de medio metro de longitud, piel recubierta de escamas negruzco-amarillentas, corta cola robusta y cabeza de reptil me observaba con sus ojos intensamente negros, exhibiendo una siniestra lengua amenazadora.

—¡No mueva ni un dedo, Petrie! —me ordenó Holmes en tono tan resuelto como tranquilo.

Con paso apagado, mi compañero atravesó la alfombra hasta situarse junto al horrible animal, al que, para mi consternación, golpeó resueltamente con el antebrazo. Torpe como parecía, aquella criatura infernal se revolvió como un rayo, aferrándose de una dentellada a pocos centímetros de la muñeca de Holmes. Sin inmutarse, éste se puso en pie rápidamente, con la bestia todavía prendida de su antebrazo y, acercándose a la ventana y utilizando su brazo como un látigo, hizo que el cuerpo del animal se estrellara violentamente en tres ocasiones contra el marco de madera hasta que, descoyuntada, la bestia cedió en su mordisco por fin y, exánime, cayó al suelo.

—¡Dios mío! ¡Ese… esa cosa le ha mordido! —exclamé con alarma, pues estaba convencido de que aquello debía ser venenoso.

—Cuando menos, ha estropeado uno de mis mejores abrigos —respondió Holmes con calma mientras procedía a desabrochar la manga de su camisa e inspeccionaba la fea marca rojiza de su antebrazo—. ¡Bien! La piel no ha sido rasgada. No creía que los dientes de ese animal pudieran atravesar las mangas de un chaquetón de cuero y una americana de tweed; de lo contrario no habría osado atacarle del modo que lo hice. Se trata de un bonito ejemplar de monstruo de Gila, un reptil nativo del desierto de Arizona cuyo ataque, como habrá podido apreciar, resulta particularmente tenaz, pues, más que morder, mastica la piel de sus víctimas para inyectar el veneno. Aunque su mordedura raramente resulta fatal, este asunto podría haberme obligado a estar hospitalizado durante bastantes días. —Con gesto tranquilo, Holmes se abotonó de nuevo la manga de la camisa—. Aunque no podían esperar que matase a sir Julian, nuestros amigos del Si Fan se encargaron de colocar ese reptil entre sus sábanas.

Asqueados, mis ojos se posaron en la informe masa amarronada que, ahora lo veía bien, todavía parecía palpitar.

—Todavía sigue con vida —murmuró Holmes con disgusto—. Y lo cierto es que ni siquiera el peor de los reptiles venenosos merece morir sufriendo.

Sacando la pistola del bolsillo, Holmes apuntó a la cabeza del animal y disparó un solo tiro, que resonó estruendosamente en la habitación cerrada. Aquel gesto resultaba particularmente interesante en un carácter como el de mi compañero, que muchos no habrían vacilado en tachar de despiadado.

—Regresemos a la sala —indiqué, no sin la vergüenza de descubrir que estaba temblando—. Ya llevamos demasiado tiempo en este dormitorio maldito.

Holmes asintió en silencio y abrió la cerradura. Al bajar las escaleras, casi nos dimos de bruces con el inspector Beynon que ya corría hacia el dormitorio, atraído por el disparo.

—¿Qué ha sucedido? —inquirió con nerviosismo.

—He matado a un lagarto —respondió Holmes.

Dejando al atónito inspector a nuestra espalda, nada más llegar a la sala, Holmes se dejó caer pesadamente en un sillón, con todas sus energías exhaustas por la rápida sucesión de acontecimientos.

Un minuto después, el sargento Lloyd aparecía por la puerta.

—Mala suerte —sentenció en tono compungido—. Ese sujeto tenía una motocicleta escondida entre los arbustos. He oído el sonido del motor, pero ya era demasiado tarde.

—¡Qué le vamos a hacer! —apuntó Beynon con filosofía—. ¿De dónde diantre salió ese demonio, señor Holmes?

—Del cuarto de baño —respondió mi compañero, prendiendo su pipa de cerezo —. El supuesto fontanero se encargó, durante su estancia allí, de construir una rudimentaria trampilla en el techo. Nuestro amigo coreano se ha pasado un día entero allí, escondido entre el estrecho espacio existente entre las vigas y el techo. ¡Y, desde luego, su cautiverio no le entumeció los músculos en lo más mínimo! Cuénteles el resto de la historia a nuestros amigos, Petrie.

Mientras Holmes, con la cabeza reclinada contra el respaldo del sillón, procedía a relajarse fumando una pipa, me esforcé en narrar del mejor modo posible cuantas aventuras habían acontecido en el dormitorio. Al finalizar con mi relato, sin embargo, me apercibí de que todavía quedaban algunos cabos sueltos, momento en que Holmes acudió en mi ayuda.

—El «fontanero» se encargó de esconder el lagarto entre las sábanas de la cama. El monstruo de Gila es un animal tropical que tiene la costumbre de aletargarse cuando la temperatura ambiental es fría. De ahí la insistencia en que la calefacción no debía ponerse en funcionamiento hasta la mañana siguiente; el reptil permaneció sumido en su letargo hasta ser despertado por el roce de los pies de sir Julian, momento en que, como el Si Fan calculó acertadamente, clavó sus dientes en el intruso. El resto resulta fácilmente predecible. Al sentirse atacado por un ser monstruoso del que, casi con entera seguridad, jamás había oído hablar, ¿qué podía hacer sir Julian sino apartarlo de sí violentamente y huir aterrorizado?

»Durante todo el rato, el coreano se hallaba oculto en el armario. Si, al regresar al dormitorio, tras la huida de sir Julian, hubiese logrado recobrar al lagarto de inmediato, no nos debe caber duda alguna de que lo hubiera hecho y habría escapado de inmediato y sin dejar pista alguna. Sin embargo, como resultaba previsible, el lagarto se había ocultado tras algún mueble, escondrijo que no abandonaría hasta que la habitación estuviera caldeada de nuevo y su peculiar aparato sensitivo (que todavía no ha sido bien estudiado) le dijera que alguna presa andaba por los alrededores. Tal era la función de los ratones, precisamente: servir de cebo para atraer al lagarto cuando las circunstancias permitiesen al coreano abandonar su refugio en el techo del baño.

Haciendo una pausa para encender otra vez la pipa, Holmes me obsequió con una gélida mirada.

—El reconocimiento que usted efectuó del cadáver de sir Julian era tan válido desde un punto de vista médico como superficial con respecto a nuestra investigación. Yo mismo debí haberlo efectuado, aunque es de justicia reconocer que, hasta que no descubrimos las manchas de sangre en el pasillo, jamás se me ocurrió pensar que el muerto podía haber recibido tres heridas de distinto origen. Por fortuna, la ambulancia aún no se había llevado el cadáver, así que tuve la oportunidad de efectuar un nuevo reconocimiento y rectificar nuestro error mientras usted se ocupaba de remediar los males de la criada. Este nuevo reconocimiento me permitió apreciar que, en el talón derecho, muy cerca de los profundos cortes existentes en la planta del pie, existían unas heridas de carácter totalmente distinto, como las que originaría la mordedura de un perro de pequeño tamaño. Dadas las circunstancias, el uso de un perro parecía imposible; sólo pude pensar en otro animal capaz de originar heridas semejantes y debo decir que no me equivoqué, aunque reconozco que, ante la insistencia del doctor Petrie en que Fu Manchú dispone para su uso de seres desconocidos para la ciencia occidental, mi certeza no era absoluta a este respecto.

Terminado su relato, Sherlock Holmes guardó silencio por un instante mientras sus ojos se paseaban por nuestros rostros, como si se tratara de un conferenciante deseoso de atender a toda posible cuestión adicional. En esta ocasión, la audiencia se conformó con un silencio admirativo (magra audiencia ésta, compuesta por mí mismo y dos oficiales de policía; a pesar del ruido que habíamos armado pocos minutos antes, ninguno de los residentes en la casa, sin duda saturados de emociones fuertes por los acontecimientos de la noche pasada, se había acercado a interesarse por lo sucedido).

—¡Rayos y centellas! —musitó Beynon con admiración finalmente—. ¡En mi vida he visto algo semejante a este hombre!

—Bien. Algo hemos ganado con todo este asunto —sentenció Holmes en tono tranquilo—, y ello es la certeza de saber que estamos tratando con Fu Manchú. Por lo demás, todo cuanto hemos conseguido ha sido averiguar el modo en que murió sir Julian (lo que no interesa ni a su propia viuda) y acabar con un bonito ejemplar de Heloderma que habría sido extraordinariamente apreciado por el zoológico de Regent’s Park.