Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Cay van Ash · Capítulo 12 de 20

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Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Capítulo 11 - Pontrefdu

CAPÍTULO 11

PONTREFDU

 

—¡Maldita sea! —musitó Holmes, frunciendo el ceño—. Llevo diez minutos observando a los dos hombres que se sientan en la mesa de al lado y todavía no soy capaz de adivinar cuál es su profesión. ¿De qué sirven todos mis estudios acerca de la influencia de cada profesión en las manos de las personas en esta era mecánica en la que no existen ya profesiones? ¿De qué me sirve deducir a partir de un dedo pulgar que una persona se pasa los días apretando un botón? ¿Cómo puedo adivinar cuál es la función de ese botón?

Habían pasado ya varias horas desde los incidentes ocurridos en la casa de sir Julian Rossiter y nos hallábamos sentados ante los restos de la extraña combinación de almuerzo y desayuno con que nos habíamos regalado en la mesa de un hotel de Merthyr Tydfil. Para irritación de los empleados del hotel, el inspector Beynon nos había llevado allí a las cuatro de la madrugada; exhaustos como estábamos, dormimos hasta el mediodía siguiente. Nuestras ulteriores investigaciones en la casa de sir Julian sólo habían conducido al hallazgo del instrumento causante de su muerte, que encontramos oculto en un rincón del escondrijo situado sobre el techo del baño. Como Holmes había supuesto, el arma homicida consistía en una sencilla lona de pequeño tamaño y extremada dureza tachonada de afiladas astillas de vidrio impregnadas de un veneno de carácter vegetal cuya exacta naturaleza desafiaría posteriormente todo análisis.

Sherlock Holmes, quien apenas si había pronunciado palabra a lo largo de la comida, parecía sumido en el humor depresivo y autorrecriminatorio que acostumbraba a afectarle cuando una investigación no le había proporcionado todos los frutos que de ella esperaba.

—Ni siquiera usted puede ser omnisciente —traté de consolarle en tono afectuoso —. Olvídese de esos dos sujetos, a los que no nos une relación alguna y fíjese, por ejemplo, en el hombre situado a nuestra izquierda. A pesar de su aspecto inofensivo, he advertido que no cesa de mirar insistentemente en nuestra dirección.

Tras echar una rápida ojeada al individuo que yo mencionaba, Holmes me respondió con un gesto de fastidio.

—Ese hombre no nos observa, Petrie; sus miradas tienen por objeto el reloj situado a nuestra espalda. Se trata de un asistente de contabilidad que teme llegar tarde a la oficina, pues ha empleado parte de su pausa para el almuerzo comprando regalos de cumpleaños para sus dos hijos gemelos.

—¡Formidable! —no pude por menos de exclamar—. Y, dígame, ¿cómo ha sabido usted todo eso?

Algo envanecido, mi compañero no pudo reprimir una carcajada de complacencia. Mi pequeña estratagema había tenido éxito.

—Muy sencillo, muy sencillo. Fíjese en las dos estilográficas que asoman de su bolsillo. Tan sólo en el ramo de la contabilidad se emplean tintas rojas y negras con asiduidad. Sus ropas modestas y el nerviosismo que demuestra ante la posibilidad de retrasarse unos minutos en regresar al trabajo prueban que se trata de un simple asistente. La manga derecha de su chaqueta está algo gastada por debajo del codo, allí donde suele rozar la superficie del escritorio; dicha rozadura ha sido remendada con esmero, lo que habla de una tranquila vida doméstica. Los dos pequeños paquetes que tiene sobre la mesa, atados con un vistoso lazo y envueltos en el papel de una tienda de juguetes de la localidad, únicamente pueden ser regalos para niños. En pleno mes de febrero raramente se hacen otros regalos que no sean los de cumpleaños y, por último, dos paquetes idénticos y provenientes de la misma tienda carecen de sentido a no ser que se trate de obsequiar a dos gemelos.

Claramente satisfecho de sí mismo, Holmes extrajo del bolsillo la vieja cachimba que reservaba para sus momentos de placidez. Tras llenar la pipa de tabaco y prenderla ceremoniosamente, mi compañero prosiguió en tono tranquilo:

—La cuestión que ahora me interesa aclarar es por qué motivo sir Julian fue asesinado. Como sabemos, Fu Manchú es un lunático que aspira nada menos que a destruir el imperio británico, todavía más que eso, a eliminar por completo toda la influencia occidental sobre Asia. Su organización, el Si Fan, mantiene una diferencia esencial con el resto de las sociedades secretas asiáticas, cuyos asesinatos se justifican por el lucro o el afán de venganza; el Si Fan elimina a aquellos individuos poseedores de algún conocimiento que resulta peligroso para sus fines y secuestra a aquellas personas cuya especialización en determinado campo de conocimiento les puede resultar útil. Tal definición puede ser útil para explicar el rapto de Nayland Smith. Sin embargo, parece difícil creer que sir Julian pudiera inquietar en algo al Si Fan. Por lo que sabemos, se trataba de un hombre de naturaleza más bien odiosa, pero ¿qué motivo tenía el doctor Fu Manchú para odiarle?

—Debo confesar que entiendo ese asesinato tan poco como usted.

—En el caso de que sir Julian estuviera en posesión de alguna información secreta que debía ser mantenida en silencio a toda costa, sólo pudo haberla adquirido de modo accidental y probablemente nunca fue plenamente consciente de ella. Nuestra investigación será por tanto doblemente complicada.

Advirtiendo que el restaurante se hallaba ya prácticamente vacío, Holmes dobló cuidadosamente su servilleta, que depositó sobre la mesa.

—Pasemos a otra cosa —añadió—. Debo efectuar cierta llamada telefónica y en ausencia de nuevas pistas de poco nos van a servir nuestras especulaciones. Aunque dudo que Fu Manchú sepa dónde nos encontramos, voy a telefonear desde la oficina de correos, donde puedo hacerlo a través de la línea principal. No pienso correr ningún otro riesgo gratuito, pues estoy seguro de que ese escurridizo acróbata coreano debe haber efectuado una descripción de nuestras personas.

—¿Piensa usted ponerse en contacto con el inspector Weymouth?

—Así es. Creo necesario que estemos al corriente de cuanto pueda acontecer en Londres. Por otra parte, ahora que sabemos que Fu Manchú se encuentra en el país es preciso que todo agente de policía disponga de su descripción. No creo que ello ofrezca demasiados problemas. Uno no se encuentra todos los días con un chino de ojos verdes y elevada estatura. —Holmes sonrió con malicia—. ¿Cuál es su célebre frase, Petrie? ¡Ah, sí! «Semblante shakesperiano y mirada satánica». ¡Válgame Dios!

—Quizá no resulte tan sencillo reconocerle —repuse, tratando de no alterarme—. El doctor Fu Manchú suele emplear gafas oscuras y prendas occidentales cuando desea pasar desapercibido. Ataviado de tal guisa, puede pasar por europeo, pues es tan alto como usted y de semblante no muy distinto del suyo, con una frente igualmente poderosa.

—¿De veras? —musitó Holmes, frunciendo el ceño—. Bien, supongo que en el caso de Fu Manchú, cierto grado de exageración resulta imposible de evitar. Y ahora debo efectuar esa llamada, Petrie. Le veré más tarde.

Desaparecido mi compañero, no pude evitar una sonrisa ante aquella nueva muestra de vanidad. Vanidad, por otra parte, que no dejaba de tener su justificación; la superioridad de que Holmes gozaba en su terreno era de tal calibre que una actitud humilde no hubiera denotado más que pura afectación.

Tras depositar un chelín sobre la mesa en vano intento de congraciarme con un camarero cuyas muestras de impaciencia resultaban evidentes, me dirigí al adyacente salón del hotel, una desvencijada estancia de anticuada decoración, donde tomé asiento en el sillón que me pareció menos desvencijado.

Sin nada que hacer excepto esperar el regreso de Holmes, traté infructuosamente de enfrascarme en la lectura de los periódicos locales, cuyas pesimistas predicciones en relación con una nueva e inminente huelga que debía producirse entre los mineros del carbón no tardaron en llevarme a abandonar mi empeño. Mientras el pesado carillón situado a mi espalda daba la hora con majestuosidad, no pude evitar que mis pensamientos volvieran a centrarse en Karamaneh y Smith, mis dos compañeros prisioneros de Fu Manchú. Incapaz de reprimir mi ansiedad extraje de mi bolsillo la mutilada misiva de Smith, que procedí a estudiar por enésima vez.

Por enésima vez las palabras de mi compañero se mostraron inconexas y de oscuro significado a mis ojos. Por un instante se me ocurrió que el gusano podía no ser otra cosa que el horror al que nos habíamos enfrentado la noche anterior; tras un instante de reflexión, tal equivalencia se me antojó del todo improbable. El gusano todavía estaba por ver, al igual que las misteriosas treinta mil bicicletas.

Absorto en la morosa contemplación de aquellas palabras cuyo sentido se me escapaba, el carillón dio la hora y, pocos minutos después, Sherlock Holmes irrumpía en el salón. En vista de mi actitud, no pudo evitar una mueca de fastidio.

—Olvídese de esa carta —ordenó, acomodándose en un sillón—. Ya disponemos de bastantes quebraderos de cabeza por el momento.

—¿Consiguió usted hablar con el inspector Weymouth? —inquirí.

—En efecto. A lo que parece, el Yard no ha logrado obtener ninguna información de interés de Morley, el hombre que nos espiaba en Fleet Street. El tal Morley ha resultado ser uno de esos investigadores privados sin ningún escrúpulo que empañan el buen nombre de una profesión que yo creé. Por si fuera poco, este individuo tiene los arrestos de afirmar que no hay nada ilegal en mirar a través de una ventana y si a eso añadimos que ha sido pagado mediante giro postal, me temo que va a resultar tan difícil efectuar una acusación en firme contra él como obtener alguna información que nos resulte de utilidad.

—¿De qué método se valía para comunicarse con el Si Fan?

—De uno que ni siquiera yo había previsto —replicó Holmes con una sonrisa—. Nuestro amigo empleaba un pequeño transmisor de radio operado por un ayudante a quien yo no podía ver desde la calle. Por supuesto, ambos individuos ignoran en qué lugar eran recibidos sus informes. Pero aún no le he dicho lo más extraordinario, Petrie: tras revisar la línea de su teléfono, el Yard no ha descubierto aparato alguno conectado a ella. El teléfono, por descontado, estaba intervenido, pero no mediante los procedimientos usuales; el Si Fan dispone sin duda de algún novedoso sistema

radiofónico de escucha cuya naturaleza exacta nos es desconocida[11]. Por cierto, Morley afirma que sus tareas de vigilancia únicamente tenían lugar durante el día y niega conocer las circunstancias en que se produjo el secuestro de Smith. Personalmente tiendo a creerle; imagino que, por la noche, el Si Fan debió de hacer uso de sus propios hombres (probablemente apostados en la calle) para efectuar dicha misión de espionaje.

Haciendo una pausa en su relato, Holmes me dirigió una significativa mirada.

—A pesar de cuanto acabo de decirle, no piense que el inspector Weymouth se ha mostrado inactivo. Preste atención, Petrie: el inspector ha dado con un empleado de la estación de Paddington que afirma haber presenciado la llegada, el lunes por la tarde, de un curioso trío: dos sujetos de origen asiático, uno de elevada estatura y otro muy bajo y de extraña complexión física que se hacía cargo de una mujer que parecía enferma, ataviada de pies a cabeza en el vestido tradicional musulmán.

—¡Karamaneh! —exclamé—. ¡Y los dos raptores de Smith! ¡En Paddington!

—Efectivamente, en Paddington. O, lo que es igual, llegados de algún punto situado al oeste de Londres. ¡Todo encaja, Petrie! Fu Manchú, que debía de hallarse en Londres, interceptó, de un modo u otro, la conversación que Smith y usted sostuvieron al teléfono. Alarmado ante las palabras de Smith, decidió pasar a la acción inmediatamente, para lo cual hizo venir a sus esbirros. No cabe descartar que la velocidad de su respuesta se haya debido al deseo de anticiparse a Ki Ming si, como usted sostiene, ambos jerarcas se hallan enfrentados.

—¿Cree usted que Smith fue trasladado hacia el oeste? ¿No muy lejos, quizá, de donde nos encontramos?

—Ciertamente, es una posibilidad —respondió Holmes con cautela—. Ello explicaría el interés de Fu Manchú en ganar algo de tiempo. No pudiendo emplear el ferrocarril, el transporte de un hombre inconsciente por unos trescientos kilómetros de carretera debía requerir varios cambios de vehículo para ser efectuado con garantías. Si tenemos en cuenta que el rapto de Smith fue una operación de emergencia, dudo mucho de que el Si Fan pudiera emprender inmediatamente un traslado de naturaleza tan complicada.

A pesar del tono hipotético en que fueron pronunciadas estas palabras, el razonamiento de Holmes no dejó de conferirme nuevas esperanzas. Hasta aquel instante uno de mis temores estribaba en la posibilidad de que Smith se hallara en alguna región muy distante de la zona en que habíamos centrado nuestras investigaciones. Quizá de modo no excesivamente racional, ahora tenía la confianza de hallarnos siguiendo el rastro adecuado.

—Y ahora siento tener que ofrecerle unas noticias menos satisfactorias — prosiguió Holmes con una rara timidez en la voz—, pero lo cierto es que determinadas circunstancias que no guardan relación alguna con este caso hacen preciso que regrese inmediatamente a Londres.

—¿Qué? ¿A Londres? —exclamé.

—Tan sólo por unos días —respondió Holmes en un tono en el que desgana e inseguridad se mezclaban a partes iguales—. Me marcho en el tren nocturno y estaré de vuelta, hum, el sábado por la mañana como muy tarde. —Tras un instante de vacilación, mi compañero prosiguió con un deje de inseguridad en la voz—. Tiene usted mi palabra de que no abandonaré este caso hasta que Smith sea devuelto a la libertad. En esta y alguna otra ocasión, sin embargo, es posible que me vea obligado a atender ciertos asuntos personales. Le ruego que no me pida otra explicación, Petrie, pues no estoy en condiciones de proporcionársela.

Atónito ante lo inesperado de aquellas palabras, observé con atención a mi interlocutor. Por primera vez entendí este y aquel detalle ocasional que me habían parecido incongruentes en un hombre retirado de su tarea diez años atrás.

—No es necesaria explicación alguna, Holmes —respondí en tono firme.

Haciendo caso omiso del conocido rechazo que mi compañero sentía hacia todo gesto dramático, no pude sino ofrecerle mi mano hasta que se vio obligado a estrecharla.

—Gracias —contestó Holmes con sencillez mientras su rostro adquiría la acostumbrada expresión neutra—. Bien, durante mi ausencia usted se encargará de proseguir nuestra investigación. Le sugiero que duerma aquí esta noche y que mañana por la mañana ayude al inspector Beynon a redactar su informe (cosa que él parece incapaz de hacer por sí solo). Por la tarde, se dirigirá usted a Pentrefdu.

—¿Adónde?

—A Pentrefdu, la población en donde se hallan enclavadas las propiedades mineras del fallecido sir Julian. Allí se encargará usted de efectuar un reconocimiento sobre el terreno hasta que yo regrese de Londres.

—¿Qué debo buscar?

—Algún aspecto relacionado con la mina que resulte sospechoso. Estoy convencido de que la vida privada de sir Julian no ofrece secreto alguno (por el contrario, el finado era, a este respecto, de una franqueza más bien repugnante), así que tan sólo su actividad profesional puede ofrecernos el vínculo con Fu Manchú que hasta ahora no hemos sabido descubrir.

—Pero ¿cómo puedo yo descubrirlo?

—Eso queda en sus manos, Petrie —respondió Holmes con una sonrisa sardónica —. En una población pequeña, siempre hay alguien que se entera de cuanto de extraño acontece allí. Beynon ha hecho ya algunas gestiones para facilitar su labor. Dada la mísera categoría de la única posada existente en Pentrefdu, que ningún turista normal visitaría, residirá usted en la casa del agente de policía local. Oficialmente será usted un primo suyo venido de Inglaterra para visitarle durante unos días. Dese un paseo por el pueblo, tenga los ojos bien abiertos y trabe conversación con la gente. Cuídese, sin embargo, de no despertar sospechas. No diga una palabra ni haga cosa alguna que un visitante casual no dijera ni haría. Si Fu Manchú tiene algún espía en la localidad, el menor descuido por su parte podría resultar fatal.

Así quedaron las cosas y, aquella misma noche, Holmes partía hacia Londres para atender a sus negocios «personales» (cuya exacta naturaleza no conocería hasta años más tarde). A la mañana siguiente empleé más de dos horas en compañía de Owen Beynon en la comisaría local para elaborar un informe que resultase plausible a ojos oficiales e incluyera elementos tan dispares e improbables como un lagarto muerto, una trampa elaborada con cristales venenosos y un coreano de naturaleza casi sobrehumana. Poco después del almuerzo, me puse en camino hacia mi nuevo destino, no particularmente apenado, todo hay que decirlo, de abandonar Merthyr Tydfil a mis espaldas. Hasta el momento, mis experiencias en Gales habían tenido bien poco de felices, aliándose para proporcionarme una falsa impresión de una nación que, como más tarde aprendería, está entre las más humanas y generosas que he tenido oportunidad de conocer.

La naturaleza del terreno hacía necesario servirse de dos autobuses y una ruta más bien tortuosa para llegar hasta Pentrefdu. Ya las sombras se cernían sobre los valles cuando mi segundo vehículo me depositó en las afueras del pueblo. Mis impresiones iniciales de aquella localidad tampoco resultaron particularmente gratas. Si exceptuamos una iglesia de rechoncha torre, un destartalado comercio y una posada de sórdido aspecto denominada Las Tres Plumas, Pentrefdu no era sino una larga calle en la que se alineaban algunas casuchas de aspecto miserable y techo de pizarra construidas pared contra pared. La impresión de conjunto era la de un arrabal londinense trasplantado al campo.

Sin cruzarme con un alma, pues la aldea parecía enteramente deshabitada, avancé por aquella calle en pendiente hasta llegar a la cima de la pequeña colina sobre la que iba a morir. Allí advertí la presencia de una edificación algo mayor y menos cochambrosa, separada de sus vecinas por un pequeño jardín bastante bien cuidado. Al llamar a la puerta, ésta fue abierta casi inmediatamente por un hombre de edad similar a la mía vestido con una sencilla camisa y el pantalón reglamentario de la policía. Apercibiéndose de mi maleta, el hombre esbozó una amplia sonrisa.

—¡Tom! ¡Dichosos los ojos! —me saludó a voz en grito—. ¿Cómo están Mary y los niños? —Desde luego, si de algo no podía calificarse su actuación era de poco entusiástica—. ¡Clara! ¡Tom ha llegado por fin!

Siempre con su sonrisa de maníaco, el agente Jones me arrastró al interior de la casa, donde, por espacio de diez minutos, me las vi ante una escena de hospitalidad familiar tal que me llevó a pensar si no me habría tomado realmente por algún primo suyo de Inglaterra. En menos de lo que se tarda en decir, me vi aprisionado en un sillón, calzando pantuflas, con una taza de té humeante en las manos y el gato de la casa sentado en mi regazo. Mientras Clara, una mujer de aspecto jovial cuyo vientre abultado hablaba de una nueva incorporación al clan de los Jones, preparaba la mesa para el té de la tarde, mi anfitrión comentaba con apasionamiento las últimas incidencias del mundo del fútbol, a la espera de que yo diese un primer paso y le revelase la naturaleza de mi misión.

Por mi parte me sentía extrañamente reticente a dar ese primer paso, agradablemente adormecido como me estaba quedando bajo la acción combinada del fuego del hogar y el gato que dormitaba en mi regazo. Cuando por fin me decidí a mencionar que albergaba ciertas sospechas en relación con las minas de Pentrefdu, Jones me respondió con un expresivo asentimiento.

—Siempre el carbón —musitó, tomando el atizador de bronce y señalando al fuego del hogar—. Siempre el carbón. Fíjese en las chispas que echa. No hallará usted un carbón de calidad semejante en toda Europa, ni otro que resulte tan peligroso. El trabajo en un polvorín resulta un juego de niños en comparación con los peligros que arrostran quienes deben arrancarlo de las entrañas de la tierra.

El comentario me trajo a la memoria ciertos artículos periodísticos relativos a un accidente de proporciones desastrosas que, no mucho tiempo atrás, había conmovido a toda Inglaterra.

—Si no recuerdo mal, hace poco sufrieron ustedes una gran desgracia, ¿no es así?

—Sin duda se refiere usted a Senghenydd. En efecto, casi quinientas vidas se perdieron allí. —El agente Jones centró su mirada en las tremolas llamas por un instante—. Sin embargo, hay otro nombre que aquí nunca olvidaremos: Nant Gareth, una mina situada a apenas ocho kilómetros de donde nos hallamos. Hace quince años, ciento setenta y ocho hombres murieron en ella; un desastre comparativamente menor, pero no existe una familia en el pueblo que no perdiera a alguien allí. —Tras un segundo de silencio, Jones añadió en tono sosegado—: Yo perdí a mi padre, por ejemplo.

Tal fue mi introducción a lo que llamaré la vida y la muerte en las poblaciones mineras del sur de Gales. Aquella velada la pasé charlando con Jones mientras, pulgares en ristre, ayudaba a Clara a enrollar madejas de lana. Mis improvisados parientes demostraron por fin ser de hábitos tempranos, así que no tardé en gozar de un sueño reparador en la sibarítica cama de plumón que, en compañía de una gran jofaina de agua, ocupaba casi todo el espacio de la habitación que los Jones reservaban a sus huéspedes.

El sol relucía sobre el valle cuando, a la mañana siguiente y después de un copioso desayuno, eché a caminar cuesta abajo en dirección al centro del pueblo. Quizá todo se debiera al buen tiempo o a la cálida hospitalidad de mis anfitriones, pero lo cierto es que mi apreciación del entorno había experimentado una sutil transformación. A pleno sol pude apreciar que las feas casuchas de la aldea estaban, sin excepción, impecablemente limpias.

Al pie de la pequeña colina, no tardé en tropezarme con el elenco femenino de Pentrefdu, reunido en torno a la parada de autobús y la única tienda del pueblo. La mayoría de ellas conversaban en galés y, si algún detalle faltaba para convencerme de que estaba en un lugar muy distinto de mi nativa Inglaterra, una ojeada a su aspecto bastaba para ello. Todas vestían pañuelos sobre la cabeza y dos de ellas portaban a sendos bebés de un modo que jamás había visto con anterioridad: firmemente amarrados junto a la cadera por un chal dispuesto diagonalmente desde el hombro opuesto.

Tras entrar en el pequeño almacén con el pretexto de comprar cigarrillos, no tuve dificultad alguna en trabar conversación con el tendero. Mientras fingía echar un vistazo a algunas postales, varias de las mujeres pronto terciaron en nuestra charla. Según parecía, un breve párrafo en un periódico de Cardiff había recogido el fallecimiento de sir Julian Rossiter, vagamente atribuido a «una caída». Para mi sorpresa, no tardé en enterarme de que ninguno de mis interlocutores había visto jamás personalmente a sir Julian (quien, por su parte, muy raramente visitaba su propiedad). Su muerte parecía haberlos dejado indiferentes, a juzgar por el tono, huero de todo dolor o satisfacción, con que se me hablaba. Se daba por descontado que su heredero (que como yo bien sabía, a pesar de no decir una palabra, sería lady Elinor) continuaría explotando la mina de modo idéntico al seguido hasta entonces.

—Sea quien sea —intervino una de las mujeres más jóvenes—, espero que se atenga más a razones y no tenga las nefastas ideas del señorito.

Aquello sonaba ya algo más interesante, pero antes de que pudiera dar con un medio discreto para averiguar cuál era el carácter de las «nefastas ideas» de sir Julian, la mujer abandonó apresuradamente la tienda para no perder el recién aparecido autobús de línea que, de creer al rótulo situado sobre el parabrisas, tenía por destino un lugar bautizado con el improbable nombre de Cwmbwlch.

Poco menos de un kilómetro más allá de la iglesia y la última casa la carretera pasaba junto a la entrada del campo minero. Desde mi posición nada podía ver a excepción de una valla de hierro y una especie de garita desde la que un vigilante cuidaba de la entrada. Sin olvidar las exhortaciones a la prudencia de Holmes y en ausencia de alguna excusa plausible, no hice intento alguno de entrar allí. En vez de ello opté por ascender una pequeña pendiente situada a mi izquierda hasta dar con un discreto promontorio que dominaba el cañón —pues tal era su naturaleza— en el que se hallaba enclavado Pentrefdu.

Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que mi ventajosa posición no me iba a servir de mucho, pues poco era lo de interés que desde allí podía divisar. La superficie del campo minero apenas si se componía de algunos edificios de pequeño tamaño agrupados en torno a la complicada maquinaria y las esqueléticas torres de hierro situadas junto a la boca de la mina.

Sentado en una enorme roca plana, encendí mi pipa y contemplé el campo por espacio de una media hora, durante la cual todo cuanto pude observar fue las entradas y salidas de tres o cuatro camiones encargados del transporte del carbón. Por fin acabé por convencerme a mí mismo de que mi vigilancia resultaba más bien inútil y que mejor haría en ascender un poco más por la colina para obtener una mejor visión de la localidad.

Mis tareas de vigilancia iban adquiriendo todo el aspecto de una plácida excursión campestre, circunstancia que no dejaba de ser agradable. Ante aquel tiempo delicioso, uno creería que la primavera se había adelantado en varias semanas. El agente Jones ya me había advertido que el clima de la región, generalmente más templado que el del sur de Inglaterra, raramente resultaba predecible. No resultaba extraño, pues, que las flores floreciesen en pleno diciembre o que en marzo se registraran las temperaturas más elevadas del año. A medida que ascendía por la montaña, más difícil resultaba creer que la comarca que se extendía a mis pies fuera un importante centro industrial. A ojos de un espectador no avisado, aquel paisaje montañoso y poblado de árboles, interrumpido aquí y allá por la pequeña granja ocasional, semejaría más bien el de una tierra virgen recién colonizada.

Resultaba difícil de creer que la mano de Fu Manchú se extendiera, amenazante, sobre aquel bucólico panorama. Como igualmente difícil de creer resultaba que, bajo la superficie, centenares de hombres se dejaban la piel en una de las tareas más crueles que la humanidad haya conocido.

Debo confesar que la magnificencia del paisaje pronto hizo que me olvidara del propósito de mi estancia allí. El resto del día transcurrió, pues, en forma de un agradable paseo por el valle. Al regresar a Pentrefdu, cuando ya comenzaba a anochecer, tuve la oportunidad de ver a mis primeros mineros que hacían su entrada en la aldea una vez finalizada su jornada laboral. Todavía envueltos en las ásperas ropas de trabajo y con el rostro completamente ennegrecido bajo los cascos metálicos, su aspecto resultaba verdaderamente impresionante. Con un estremecimiento me vinieron a la mente las palabras que mi interlocutor expresara la noche anterior.

—No existe cosa peor en el mundo que el polvo del carbón. En cinco minutos ese polvillo maldito impregna tus ropas, tu piel y tus cabellos. La única forma de desprenderse de él estriba en bañarse meticulosamente después de la jornada. Son precisos litros y más litros de agua hirviendo para sentirse pasablemente limpio otra vez.

Por extraño que parezca y a pesar de la evidente fatiga que adornaba sus rostros, los fornidos mineros parecían mostrar un humor excelente. Así lo indicaban las blanquísimas sonrisas que destellaban en sus tiznados rostros.

De regreso en mi alojamiento y tras asearme someramente con la ayuda de la jofaina que ocupaba buena parte de mi diminuto dormitorio, pronto di buena cuenta de la cena en compañía de mis nuevos amigos (calificar de otro modo al matrimonio Jones me resultaba ya imposible). Con el estómago bien satisfecho y cansado como me encontraba, no me sentía excesivamente inclinado a salir de la casa aquella noche, pero lo cierto era que Sherlock Holmes había prometido regresar a la mañana siguiente y, hasta el momento, mi estancia en Pentrefdu había resultado totalmente infructuosa desde el punto de vista de los resultados prácticos. De hecho, tenía mis dudas de que existiera algún resultado práctico que obtener en un sitio como aquél: por lo poco que había podido discernir, la mina del finado sir Julian parecía tan poco sospechosa como cualquier otra mina de la región. Con todo, decidí acercarme un instante a Las Tres Plumas, donde podría contactar de forma personal con algunos de los hombres que trabajaban en su interior.

La noche era todavía de temperatura agradable, así que opté por sustituir mi abrigo por un sencillo jersey, pues no consideré oportuno presentarme elegante en exceso en una taberna de las características de la que iba a visitar. Con la ayuda de mi pequeña linterna de bolsillo descendí la empinada cuesta que conducía al centro del villorrio. Un velo de nubes bajas cubría las estrellas; a lo lejos, más allá de las montañas, resplandecía la lucecita escarlata del gran complejo siderúrgico de Dowlais. Algo delante de mí, sendas voces me indicaron que dos hombres se dirigían a mi mismo destino. Al pie de la pendiente, los dos hombres penetraron en la cochambrosa posada, un edificio del mismo carácter que sus vecinos, apenas distinguido por la farola con una flor de lis toscamente pintada sobre el vidrio que colgaba en el portal. Un instante después hice mi entrada en el establecimiento.

La babel de sonidos que me recibió me hizo recordar de inmediato que los viernes era día de paga. Los treinta o cuarenta parroquianos que en un establecimiento de Londres no hubieran resultado excesivos, llenaban el pequeño local a rebosar. La atmósfera, impregnada del humo del tabaco y del aroma de cerveza barata, resultaba casi irrespirable. Desde donde me hallaba, no se veía una sola mujer. Con excepción de un par de bancos adosados a la pared, la taberna no disponía de mobiliario alguno, de tal modo que la clientela se veía obligada a beber sus jarras de pie, agrupados en pequeños corros donde se discutía animadamente.

Los bebedores parecían estar cortados por el mismo patrón, corpulentos, de aspecto algo tosco y poseedores de la piel curtida y el rostro peculiarmente pálido que son característicos de los mineros. Suponiendo que la barra debía encontrarse detrás de ellos, decidí aventurarme entre el compacto grupo humano, tratando de no asestar pisotón o codazo involuntario alguno. Adentrándome entre los parroquianos, mi avance se vio cerrado a unos pasos del mostrador por un corro de media docena de hombres en avanzado estado de embriaguez que me daban la espalda sin apercibirse de mi presencia. Deseoso de alcanzar de una vez la dichosa barra, pedí disculpas a los bebedores y, no sin esfuerzo, me abrí paso entre ellos. Al hacerlo, observé con sorpresa que el corro escondía en su centro la presencia de una mujer joven sentada en un taburete y ataviada con una larga falda de brillantes colores vestida con cierta audacia y una blusa estampada de manga amplia y corta sobre la que caía una negra cabellera rizada.

Atónito, di un paso atrás tratando de escabullirme; pero ya era demasiado tarde. Advertido de mi presencia, el rostro tan bello como perverso de Zarmi la Oriental me observaba con maligna alegría.