Sherlock Holmes contra Fu Manchú
Capítulo 9 - La casa del terror
CAPÍTULO 9
LA CASA DEL TERROR
Tras dejar atrás el último peldaño de la escalera fatal, Holmes se detuvo en seco, señalando hacia una estrecha puerta semiescondida tras una columna.
—¿Qué es eso? —demandó.
—Un simple armario, señor —repuso Howell, el hombre que nos acompañaba en nuestra pequeña expedición mientras el inspector Beynon esperaba en el piso de abajo, charlando con los conductores de la ambulancia.
—¡Ajá! ¡Éste es precisamente el tipo de cosa que buscaba! —murmuró Holmes, abriendo la puerta e iluminando el oscuro interior con la ayuda de su linterna.
El armario no parecía contener nada de interés, a excepción de algunos zapatos e impermeables viejos. Con expresión desconfiada, Holmes olisqueó aquellas ropas.
—¿Tiene su mujer por costumbre emplear el ajo en la cocina? —preguntó a Howell.
—No, señor. Nunca.
Holmes sacó la cabeza de entre los abrigos y cerró la puerta del armario empotrado.
—Este armario —anunció— es, sin ningún género de dudas el lugar escogido por el asesino para ocultarse tras ejecutar su diabólica misión. Mi nariz me dice que este armario ha estado ocupado por un hombre que tiene por costumbre ingerir grandes cantidades de ajo, costumbre ésta que resulta infrecuente en nuestro país.
—Y también en China —apunté yo.
—Sin duda —reconoció Holmes, con el ceño fruncido—. Pero como usted sabe tan bien como yo, los hombres de Fu Manchú no son, en su mayoría, de origen chino. —Volviéndose de nuevo hacia Howell, Holmes decidió ignorarme por completo—. Muéstrenos el despacho de sir Julian, donde usted habló con él por última vez.
—Es por aquí, señor.
Después de conducirnos por un corto pasillo, Howell nos hizo pasar a una habitación de mediano tamaño y carácter híbrido entre el despacho y el estudio. Un gran secreter con su silla giratoria se mezclaba allí con dos sillones y una pequeña biblioteca. Parte de la mesa aparecía cubierta por un gramófono de enorme bocina, junto al que reposaba un pequeño montón de discos.
—¡Un hombre mediocre e insensible incluso para sus placeres estéticos! — masculló Holmes—. ¡Fíjese en esos discos! ¡Amontonados en una pila sin sus respectivas fundas, la mayoría de ellos están rayados!
Volviendo su atención hacia el secreter, mi compañero examinó algunos documentos que estaban a la vista, pero todos hacían referencia a asuntos relacionados con la minería.
—Sir Julian se hallaba sentado ahí cuando le vi por última vez —intervino Howell.
—¿Había él demandado su asistencia? —repuso Holmes ojeando distraídamente un libro.
—No, señor. Simplemente me acerqué para averiguar si precisaba de algún último servicio.
—Cosa que no resultó ser así. Bien. Ahora me interesa determinar a qué hora se retiró sir Julian o, dicho en otras palabras, por cuánto tiempo permaneció en el dormitorio antes de que se produjera la todavía no aclarada circunstancia que le llevó a huir aterrorizado de él.
Meditabundo, Holmes tomó el pesado cenicero que reposaba sobre la superficie del escritorio.
—Howell, ¿sabría usted decirme si este cenicero estaba limpio en el momento de su visita?
—Lo estaba, señor. Yo mismo lo limpié antes de retirarme. Así lo hacía todas las noches, pues sabía que sir Julian acostumbraba a acostarse algo más tarde.
—Excelente, excelente. ¿Recuerda usted si estaba fumando en aquel instante?
—No, señor. Estoy seguro de que no fumaba.
Holmes asintió con gesto de clara satisfacción.
—En ese caso ahora sabemos que nuestro hombre se fumó dos cigarros después de su marcha. Si aceptamos que invirtió unos cuarenta minutos por cigarro, sir Julian debió de acostarse algo después de la una y cuarto de la noche.
—Quizá exista otra explicación —interrumpí, súbitamente inspirado—. Ya que nos encontramos ante dos cigarros, ¿no cabría acaso suponer que dos personas se hallaban aquí? Quizá sir Julian aguardaba una visita de carácter secreto, a la que hizo pasar una vez que Hovvell se hubo acostado…
Holmes recibió mi sugerencia con una mirada de fastidio.
—¿Acaso sugiere usted que sir Julian había citado a una mujer que fumaba cigarros? —me reprendió en tono sarcástico—. Y, en caso de que el supuesto visitante hubiera sido un hombre, ¿qué sentido tendría entrevistarse con él en mitad de la noche? —Con gesto impaciente, Holmes emplazó el cenicero directamente bajo mi nariz—. Si se digna usted echar un vistazo, no tardará en advertir que las puntas de ambos cigarros fueron mordidas de modo idéntico, lo que denota la existencia de un único fumador. Además, me extrañaría que dos fumadores hicieran uso de un único cenicero, máxime cuando éste se halla emplazado en una esquina del escritorio. Francamente, Petrie, le agradecería que dejase de ofrecernos misterios adicionales que resolver.
Dicho lo cual, mi interlocutor me volvió la espalda con enojo. Avergonzado, no pude sino desviar la mirada. Estaba claro que Holmes, a diferencia de Nayland Smith, no tenía interés alguno en favorecer aquellas iniciativas que no partieran de él. Si algo exigía era asentimiento ciego y un par de manos que le ayudaran en los aspectos más prosaicos de su trabajo.
Algo turbado, me aparté de mis compañeros y procedí a examinar el contenido de la librería situada a mi espalda. La mayoría de los volúmenes no eran sino novelas baratas de tal naturaleza que renuncio a describirla. A lo que parecía, sir Julian rarísimamente leía otra cosa. En vista del retrato que me iba formando de él resultaba imposible averiguar qué clase de méritos había contraído para obtener su título.
Unas fuertes pisadas resonaron en el corredor y, un instante después, el inspector Beynon hizo su aparición en el despacho. Casi al mismo tiempo, una exclamación de sorpresa partió de los labios de Holmes.
—¿Qué hace ese chisme aquí? —inquirió, señalando hacia una vieja y oxidada estufa de aceite emplazada frente a uno de los grandes radiadores de hierro.
—Sir Julian hizo que le subiéramos la estufa ayer por la noche —explicó Hovvell —. La calefacción se había averiado y…
—Sin embargo, la calefacción funciona ahora perfectamente —apuntó Beynon.
—Efectivamente, señor. Como sin duda recordará, usted mismo nos pidió que la pusiéramos en funcionamiento.
—¡En efecto! Tiene usted razón, Howell. Al llegar aquí esta madrugada no dejó de sorprenderme el frío que hacía en la casa, circunstancia que atribuí a la costumbre de apagar el fuego de la caldera por las noches.
—No, señor. Normalmente la calefacción funciona durante toda la noche. En esta ocasión, sin embargo, el fontanero que acudió a reparar la caldera por la tarde nos indicó que nos abstuviéramos de hacer uso de ella hasta que no hubiera transcurrido un mínimo de doce horas…
—¿El fontanero? —indicó Holmes al instante—. Creía haber entendido que nadie se había acercado por aquí en los últimos diez días.
Howell no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
—Efectivamente, señor. Ninguna visita lo hizo. Pero naturalmente el lechero, el carnicero y el resto de nuestros proveedores habituales han continuado presentándose casi todos los días.
—Sin duda, sin duda. Con todo, ninguna de estas personas accedió al interior de la casa. ¡A diferencia de ellos, el fontanero, obviamente, sí lo hizo! Howell, creo que hubiera hecho usted bien en relatarnos tal circunstancia desde el principio.
—Bien, señor, le diré cuanto sé —concedió el mayordomo, algo desconcertado—. Al despertarme ayer por la mañana no tardé en advertir que ningún radiador parecía funcionar. Sir Julian, naturalmente, se hallaba muy contrariado. Inmediatamente me dirigí al sótano, donde pronto descubrí que una considerable cantidad de agua se había infiltrado en el horno. En vista de la avería, llamé por teléfono al establecimiento de los hermanos Ross, en Merthyr… —Con ojos inquietos, el mayordomo se volvió hacia Beynon—. Usted los conoce, ¿no es así, señor?
—En efecto, los conozco.
—Bien. Como decía, telefoneé a los hermanos Ross, indicándoles que me enviasen a un fontanero cuanto antes y aquella misma tarde uno de sus empleados se presentó poco después del almuerzo…
—¿Conocía usted personalmente a ese hombre? —demandó Holmes.
—No, señor. Pero estoy seguro de que se trataba de un empleado de los hermanos Ross, pues yo mismo me encargué de hacer la llamada a su establecimiento; nadie más pudo haberse enterado de ella. Bien. Una vez en la casa, el fontanero efectuó una detenida inspección hasta descubrir una filtración en la cañería del cuarto de baño de sir Julian…
—¡Ajá! —exclamó Holmes—. ¡El cuarto de baño adyacente al propio dormitorio, por supuesto! ¿Cuánto tiempo permaneció allí nuestro supuesto fontanero?
—Casi tres horas, señor. Al parecer tuvo que echar abajo parte del lienzo de la pared para efectuar su tarea.
—¿Nadie estuvo a su lado durante esas tres horas?
—Lo cierto es que no, señor —concedió Howell—. Yo lo estuve durante un rato, pero pronto me vi obligado a atender otras ocupaciones, así que le dejé a solas en el cuarto de baño, indicándole que pasara a visitarme en la cocina cuando hubiese finalizado su trabajo, cosa que hizo.
Holmes guardó silencio por un instante.
—La cosa está clara —musitó por fin—. ¡Más clara imposible! Es una lástima, pero ese establecimiento deberá estar cerrado a estas horas. Me gustaría hablar personalmente con esos hermanos Ross…
—Nada más fácil, Holmes —repuso el inspector Beynon—. Al tratarse de un negocio familiar, el establecimiento de fontanería se halla situado en la misma casa que habitan los hermanos Ross. Si los telefonea ahora, estoy convencido de que los encontrará allí.
—¡Excelente! —aprobó Holmes—. ¿Dónde está el teléfono?
—Abajo, en la sala —repuso Howell—. Si duda usted de mi palabra, señor, quisiera añadir que encontrará el número de los hermanos Ross en el cuaderno situado junto al aparato, donde lo anoté ayer por la mañana.
—Jamás he puesto en duda su palabra, Howell. De todas formas creo conveniente efectuar esa llamada —añadió Holmes.
Sin perder un instante, mi compañero descendió ágilmente por la escalera en dirección a la sala. Cinco minutos después se hallaba de nuevo junto a nosotros, visiblemente complacido por el resultado de sus pesquisas.
—¡Otra vez el teléfono, Petrie! —indicó en tono triunfal—. Como tantos otros derivados del progreso, el teléfono puede ser un instrumento tan útil para el criminal como lo es para la policía. Tan sólo basta con enfundarse prendas de trabajador y escalar el poste telefónico indicado. ¿Qué es lo que observará un testigo ocasional? La presencia de un diligente empleado de la compañía ocupado en sus inocentes menesteres. —Enarcando las cejas, Holmes se giró hacia el mayordomo—. Diez minutos después de hablar con usted, los hermanos Ross recibieron una nueva llamada. Al otro lado de la línea, una mujer les indicó que el motivo de la avería había sido descubierto y que ya no era necesaria la presencia de un fontanero. Los hermanos Ross creyeron que la mujer en cuestión era una criada de origen extranjero —añadió Holmes dirigiendo una significativa mirada en mi dirección.
—¿Karamaneh? —respondí, tratando de mantener la calma—. No, sinceramente no lo creo. A pesar de ser extranjera, su inglés es casi perfecto.
—Quizá tenga usted razón —reconoció Holmes—. En todo caso, Fu Manchú cuenta con otras mujeres para efectuar esta clase de trabajos. Por lo menos con otra más, eso es seguro.
—¡Pero… pero, señor! —barbotó el asombrado Howell—. No puedo entenderlo. Yo mismo vi con mis propios ojos el agua que se había infiltrado en el horno de la calefacción. ¡Se trataba de una verdadera avería!
—¡Bah! —replicó Holmes en tono desdeñoso—. Como es natural, la caldera dispone de un tubo de estufa que comunica con el exterior de la casa. Nada más sencillo, por tanto, que arrojar varios galones de agua por el extremo del tubo hasta inutilizar el horno. Sin duda existen otros métodos válidos, pero éste es el más simple y con él nos quedaremos. Cambiando de tema, ¿sabría usted decirme si el falso fontanero era extranjero?
—No lo era, señor, pero tampoco creo que fuera galés.
—¿Cuáles cree que fueron las actividades de este sujeto mientras permaneció en la casa, Holmes? —preguntó el inspector.
—Sin duda, una de ellas estribó en facilitar la entrada (probablemente por medio del simple expediente de arrojar una cuerda por la ventana) a un segundo compinche: el hombre que permaneció en la casa y que se escondió en el armario.
—¿Le parece que ése fue su refugio durante todo el tiempo?
—Me extrañaría. Me parece más probable que usara diversos escondrijos a lo largo de la noche. Con todo, inspector, ello no me parece demasiado importante. El Si Fan no debió elaborar un plan tan complicado con el único fin de introducir a uno de sus agentes en la casa; éste podría haberlo hecho por sí solo de modo mucho más sencillo. Me parece más útil averiguar en qué consistía la misión primordial del falso fontanero. Creo que será interesante echar un vistazo a ese cuarto de baño en el que tanto se ocupó…
Precedidos por Howell nos encaminamos a través de un segundo pasillo hasta llegar a un dormitorio de grandes dimensiones y decorado de modo tan recargado como incongruente. En mitad de la estancia, una gran cama de matrimonio hacía ostentación de su desnudo colchón; a un lado, sábanas y mantas se apilaban en desordenado ovillo sobre el suelo. Junto a la puerta, un agente de policía de nerviosa expresión nos recibió levantándose de su silla.
—¿Todo en orden, Edwards? —demandó el inspector Beynon.
—Sí… sí, señor. Aunque la verdad es que no las tengo todas conmigo.
—¿Qué quiere usted decir? ¿Ha ocurrido algo desde mi marcha?
—No exactamente, señor —respondió el agente Edwards con turbación—. Aunque una hora después de su partida creí percibir un débil sonido, como de alguien rascando en la pared. El extraño ruidito cesó, sin embargo, después de algunos segundos, así que pensé que todo sería producto de mi imaginación. Con todo, dos horas más tarde volví a escuchar otra vez ese mismo sonido. ¡Este sitio no me gusta, señor!
—¿Qué piensa de todo esto, Holmes? —inquirió Beynon, volviéndose hacia mi compañero—. ¿Le parece que tiene algún significado?
—Hum. Quizá sí, quizá no.
—Aquí está el cuarto de baño, señor —indicó Howell señalando hacia una puerta situada en la otra esquina de la estancia.
Al acercarnos allí, Holmes y yo no tardamos en encontrarnos ante un cuarto de baño de tamaño mediano y no demasiadas pretensiones.
—Nuestro amigo comenzó por levantar estas baldosas —comentó mi compañero, examinando una porción de la pared tras la cual presumiblemente se ocultaban las cañerías—. Aunque debemos reconocer que luego se encargó de disimular su obra cuidadosamente. Haga funcionar la grifería, Petrie.
Así lo hice, comenzando por la bañera y siguiendo con los grifos del lavabo.
—Todos parecen funcionar perfectamente —indiqué por fin.
—Como era de esperar, pues nunca estuvieron averiados —musitó Holmes con gesto ceñudo y cierta perplejidad en la mirada—. ¿Cuál diablos debió ser el propósito de nuestro supuesto fontanero? En un principio pensé que sería algo relacionado con el sistema de calefacción del agua, pero ello no me parece así ahora. ¿Por qué insistiría tanto en la prohibición de usar la caldera hasta el día siguiente? — Visiblemente irritado, Sherlock Holmes se acercó de nuevo al dormitorio—. ¡Inspector Beynon! ¿Está usted seguro de que todo en esta estancia se halla tal y como lo encontraron al llegar aquí?
—En efecto —respondió Beynon—. La única diferencia estriba en que la lámpara del techo está ahora encendida mientras que antes lo estaba la lámpara situada sobre la mesita de noche.
En aquel instante no pude dejar de considerar un tanto extraño que una casa tan apartada dispusiera de iluminación eléctrica. Más tarde aprendería, sin embargo, que en áreas tan remotas como la que visitábamos el uso de la electricidad se hallaba bastante más generalizado de lo que lo estaban en el corazón de Inglaterra. Quizá tal vez sea el único beneficio verdadero que la industrialización ha dispensado a una región como Gales, explotada con la más absoluta falta de escrúpulos.
Tomando asiento en una esquina de la cama, Holmes se fijó en un libro de chillonas cubiertas que se hallaba sobre la mesita de noche. Con gesto cuidadoso, mi compañero tomó el volumen entre sus manos e hizo una seña a Howell.
—Tiene usted una memoria excelente para los detalles —indicó—. ¿Recuerda usted si este libro se encontraba aquí la mañana anterior a la muerte de sir Julian?
—¿Ayer por la mañana, señor? Sí, lo estaba. —Howell se permitió esbozar una breve sonrisa—. Sería difícil no fijarse en una obra de semejante naturaleza, señor.
Holmes abrió el volumen por la página marcada por un punto de lectura e hizo un gesto significativo.
—Hum. Sir Julian sólo llegó hasta la página veintitrés. Si, como usted afirma, el fallecido tenía por costumbre leer un rato todas las noches antes de dormirse, podemos confiar en que estas veintitrés páginas debieron de ser leídas la noche anterior a su muerte. Debemos concluir, por consiguiente, que sir Julian apenas si llevaba unos minutos en la cama cuando la aparición tuvo lugar ante sus ojos.
—¡Una aparición! —exclamé.
Actor consumado, Holmes no pudo reprimir una sonrisa ante el efecto producido por sus palabras.
—Con esa palabra sólo quiero referirme a su significado literal de algo que apareció ante los ojos del finado. Y añadiré que un hombre del carácter de sir Julian, casi totalmente desprovisto de imaginación y sensibilidad, no se hubiera asustado fácilmente por un mero arrastrar de cadenas. ¡Y lo más curioso del asunto es que, cualquiera que fuese su naturaleza, dicha aparición tuvo lugar en una habitación razonablemente iluminada!
—Tal aparición… ¿no se produciría quizá en la ventana?
—¿En una ventana con las cortinas corridas? No, Petrie. Fuera lo que fuese, debió producirse en el interior del dormitorio. Y debió tratarse de un fenómeno material capaz de originar una impresión tal como para que el desventurado sir Julian no tuviera más opción que la huida inmediata. ¿De dónde diablos procedía semejante cosa? ¿Y cómo debió desaparecer?
—¿Y cuál sería su horrenda naturaleza? —coreó Beynon.
Poniéndose en pie, Sherlock Holmes apagó la lámpara de la mesita de noche y, acercándose a la ventana, descorrió las cortinas, dejando que su mirada vagara a través del cristal.
—No lo sé con exactitud —respondió por fin—. Puedo pensar en cinco o seis posibilidades, ninguna de las cuales, sin embargo, encaja por completo con los datos de que disponemos.
Tras asegurarse de que el pestillo de la ventana estaba echado y bien echado, Holmes tomó asiento en un pesado sillón situado junto a la puerta del pasillo.
—¿Ven ustedes ese tocador claramente dispuesto para las visitas femeninas de sir Julian? Inspector, le agradecería que, con la ayuda del doctor Petrie, tuviera usted la bondad de trasladarlo a unos cuarenta centímetros a la izquierda de donde ahora se encuentra.
Beynon y yo nos miramos con idéntica sorpresa ante aquella demanda desprovista de sentido aparente. Por fin, sin atrevernos a hacer pregunta alguna, tomamos aquella mesita dotada de pesado espejo y, no sin cierta torpeza, la acarreamos hasta el punto señalado por Holmes.
—Gracias, caballeros —indicó éste por fin—. Bien. Si ahora el agente Edwards tuviera la amabilidad de permanecer un poquito más en el dormitorio, creo que ha llegado el momento de que el resto de nosotros regresemos a la sala.
Un instante después nuestro pequeño grupo, con Holmes y yo en la retaguardia, se puso en camino por el mismo pasillo que sir Julian había atravesado en dirección a su muerte. La que podríamos denominar primera fase de nuestra investigación parecía ya enteramente concluida cuando, de improviso, la mano de Holmes se aferró con fuerza a mi muñeca en mitad del corredor.
—¿Qué sucede? —inquirí, sorprendido.
Sin responder a mi pregunta, Holmes extrajo de nuevo la linterna de su bolsillo y se agachó a contemplar algo que había llamado su atención en las baldosas del piso.
—¡Fíjese bien! —musitó en tono sombrío—. Me temo que esto son manchas de sangre.
—¡Cielo santo! ¡Tiene usted razón!
—Y me he fijado en ellas por pura casualidad…
Atónito, me arrodillé para contemplar mejor aquellas tres o cuatro manchas negruzcas, del tamaño de una moneda, que se agrupaban cerca de la pared.
—Pero… ¡pero sir Julian se produjo las heridas en los pies en la escalera, es decir después de recorrer este pasillo!
—¡Eso parece! —respondió Holmes con el ceño fruncido—. ¿Será posible que me haya equivocado? No, imposible… —De repente, ahogando una imprecación, Holmes se llevó la mano a la frente, como si acabara de tener una revelación—. Pero… ¡Por todos los diablos! ¡Naturalmente! ¡Y yo los he dejado salirse con la suya…! Aunque no, quizá todavía no sea demasiado tarde…
Poniendo punto final a su misteriosa perorata, Holmes echó a caminar apretando el paso hasta desaparecer por la escalera. Enteramente confundido, opté por seguirle y un instante después me encontré con mis compañeros en la sala. Casi al mismo tiempo los dos enfermeros enviados por el hospital de Saint John aparecieron en la estancia (a lo que parecía requeridos por Holmes) portando el cadáver de sir Julian en una camilla. De improviso, mi atención se vio distraída por un débil gemido que parecía provenir del otro extremo de la casa.
—¡Maldita sea! —rugió el inspector Beynon—. ¡Otra vez esa dichosa criada! ¡Lleva así desde las seis de la mañana! Doctor, ¿no podría usted subir a su cuarto y administrarle algún mejunje que le calmase los nervios?
—Sí, supongo que sí —respondí de mala gana.
Frustrando momentáneamente mi curiosidad por averiguar qué se traía Holmes entre manos, me dirigí sin demasiado entusiasmo al rincón en que Rhys había depositado mi maletín para hacerme con el pequeño botiquín de urgencia que siempre me acompañaba cuando estaba de viaje.
—Por aquí, señor —me indicó Howell.
El mayordomo me guió a través de un complicado pasillo y una escalera de servicio hasta el dormitorio de la llorosa Gwennie. Mientras Howell aguardaba discretamente al otro lado de la puerta, me las vi y me las deseé para tratar con aquella muchacha hombruna que, presa de un avanzado estado de histeria, me recibió aferrándose desesperadamente a las solapas de mi chaqueta. Cuando por fin conseguí inmovilizarla (por medio del desesperado expediente de sentarme encima de su cuerpo) los segundos suficientes para administrarle una inyección, me reuní con el mayordomo en el pasillo y poco después volvíamos a encontrarnos con nuestros compañeros.
—Las diez de la noche ya —anunció Beynon, consultando su reloj de pulsera—. Será mejor que comencemos a buscar alojamiento para ustedes dos, lo que no será fácil pues no existe posada u hotel alguno en Merthyr.
—No —replicó Holmes, negando vigorosamente con la cabeza—. Con su permiso, inspector, pasaremos la noche aquí. Todavía nos queda por completar la parte esencial de nuestra tarea.
—¿Eh? —exclamó el sorprendido Beynon—. Muy bien —anunció, rehaciéndose al instante—. Señor Holmes, díganos lo que tenemos que hacer.
—No —volvió a negar Holmes—. Yo no gozo de autoridad alguna para dar órdenes.
—¿Cómo? —replicó el inspector con incredulidad—. ¡Bobadas, amigo mío! ¡Es usted Sherlock Holmes!
—La cosa no es tan sencilla —replicó Holmes con una sonrisa—. Oficialmente, cualquier agente de policía tiene más autoridad que Sherlock Holmes. Con todo, si tal es su deseo, estoy dispuesto a proporcionarle algunos consejos.
—¡Aconséjenos, pues! —coreó Beynon con una amplia sonrisa de complicidad —. ¡Le aseguro que si uno solo de mis hombres se niega a seguir dichos consejos, lamentará haber ingresado en el cuerpo de policía!
—Bien. Si es así, les recomiendo lo siguiente: en primer lugar, no estaría mal que la señora Howell nos preparase una pequeña cena, pues no hemos probado bocado en todo el día y es posible que nos espere una noche un tanto… un tanto difícil. Al mismo tiempo, es conveniente que el sargento Lloyd sustituya a Edwards, quien ya lleva demasiado tiempo en su puesto. Si existe algún medio de transporte, Edwards puede regresar a su casa. Antes de efectuar el relevo quisiera hablar un momento con Lloyd.
—¡Lloyd! —ordenó Beynon al punto—. ¡Venga aquí!
Poniéndose en pie de un salto, Lloyd abandonó su puesto de vigilancia en las escaleras para unirse a nuestro pequeño grupo.
—¿Qué desea, señor?
—Lloyd, como ya habrá oído, quiero que usted releve a Edwards en la vigilancia del dormitorio. Una vez allí, camine un poco por la habitación y haga algo de ruido. Si desea usted fumar, hágalo; de hecho, nos conviene que fume. Cuide de no trastocar en lo más mínimo la disposición del dormitorio y… sí: no se quite el casco. ¿Me ha entendido usted?
—Sí, señor. Aunque, a fuer de ser sincero, no entiendo el motivo de tales instrucciones.
—¿El motivo? —Holmes esbozó una media sonrisa—. Yo también le voy a ser sincero, sargento, y le diré que tampoco está perfectamente claro para mí. ¡Ah! Una cosa más: al cabo de una hora, el doctor Petrie y yo vendremos a relevarle. Cuando aparezcamos en la habitación no diga una palabra ni haga ruido alguno. Simplemente, salga en silencio de la habitación y diríjase de inmediato a la sala. Si hace usted exactamente cuanto le digo, no creo que suceda nada, aunque debo advertirle que su misión encierra un ligero elemento de peligro.
—¿Peligro? —coreó Beynon con sorpresa.
Volviéndose hacia él, Holmes asintió con calma.
—En efecto. Como ya sabemos, un sujeto muy peligroso estaba en esta casa la noche pasada. Si, como ustedes me han relatado, dicho sujeto no pudo haber huido de la casa sin ser advertido, debemos concluir que todavía se encuentra aquí. Y no está solo. Nuestro hombre dispone de algo no menos peligroso que debe llevarse consigo.