Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Cay van Ash · Capítulo 15 de 20

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Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Capítulo 14 - Grisú

CAPÍTULO 14

GRISÚ

 

Cliff Langley resultó ser un hombre de pequeña estatura y unos cincuenta años de edad, de manos encallecidas y piel rugosa y desecada que recordaba la de una momia egipcia.

Langley nos pasó a recoger en un camión Ford propiedad de la mina en el que nos dirigimos a Nant Gareth, Holmes sentado por propia elección entre los bultos de la abierta plataforma mientras yo ocupaba el asiento vecino al del conductor. El sol resplandecía en el firmamento, en lo que quise tomar por un buen augurio. Como no tardé en descubrir, Langley juzgaba del todo imposible que alguien pudiera estar operando en el pozo abandonado, en el que él mismo había trabajado hasta el momento del desastre que originara su cierre; a pesar de tal circunstancia no había exhibido objeción alguna al deseo de Holmes de visitar el lugar. La procesión, probablemente, iba por dentro.

Algunos centenares de metros después de nuestra partida, la carretera se acabó de borrar por completo y avanzamos bamboleándonos de un modo tal que yo no cesaba de botar en mi asiento, temiendo por la suerte de Holmes allá en la plataforma.

—Por aquí no han pasado más que algunas carretas de campesino en los últimos quince años —comentó Langley, luchando por dominar el volante—. Ni siquiera creo que sigan habitadas las granjas que había en las cercanías del pozo.

A medida que el valle se estrechaba y se tornaba más ventoso, la pista que seguíamos era cada vez más empinada. Algunos kilómetros más allá atravesamos un poblado fantasma del que contadas paredes quedaban en pie. Sin duda, allí habían vivido los mineros, un tercio de los cuales perderían la vida en Nant Gareth. Los supervivientes se vieron obligados, pues, a trasladarse a Pentrefdu o a alguna otra población de la comarca en busca de trabajo.

Algunos minutos después de atravesar tan lúgubres ruinas, la calidad de nuestro avance mejoró ligeramente al cruzar un tan viejo como sólido puente de piedra. Alzando la mirada a un lado de la cabina, me llamó la atención una gran grieta en la ladera de la montaña, desde la que un torrente se precipitaba hacia el valle entre nubes de espuma.

—Nant Gareth —indicó mi acompañante. Apercibiéndose de mi expresión de extrañeza, añadió—: Así se llama el torrente, en homenaje a Gareth, el pastor que decidió arrojarse a él en compañía de su rebaño de ovejas al enterarse de que Owen Glendower había sido derrotado por los ingleses.

Algo avergonzado, no supe qué responder (mi vergüenza no tenía tanto que ver con el hecho de ser inglés como con el de no poseer sino una idea extremadamente vaga de quién era Owen Glendower).

—¿Es ésa la entrada de la mina? —inquirí.

—Lo era —respondió Cliff Langley—. Pero ahora está bloqueada; no podemos usarla.

Tras avanzar por espacio de algunos minutos más, Langley detuvo bruscamente nuestro vehículo. Algo mareado, seguí el ejemplo de mi compañero y descendí de la cabina. Acercándome a la plataforma, comprobé con alivio que Holmes aún seguía allí.

—Por todos los diablos —gruñó el investigador mientras descendía por la escalerilla—. Me siento como una coctelera. ¡Puede usted ocupar mi puesto a la vuelta, Petrie!

—¡Aún no han visto ustedes lo peor de todo! —apuntó Langley con sonrisa maliciosa—. Espero que estén en buena forma física. Los voy a llevar por la vieja pista. ¡Si es que puedo encontrarla!

Por espacio de unos diez minutos, nuestro guía efectuó un minucioso reconocimiento del terreno, perdiéndose de pronto entre la espesa vegetación.

—¡Ya la tengo! —nos llegó su grito de júbilo.

Al acercarnos al punto de donde había partido su voz, Langley señaló a los oxidados extremos de sendos raíles de aceros semiocultos entre los arbustos.

—He traído conmigo todo cuanto me indicó, señor Holmes —repuso el guía descargando tres petates de origen militar que distribuyó entre nosotros—. Aunque, la verdad, no sé si nos será de demasiada utilidad.

Sin decir palabra, Holmes se encogió de hombros. Tomando mi petate, éste resultó más voluminoso que pesado, circunstancia que me llevó a preguntarme por su contenido.

Poniéndonos en camino, Langley condujo nuestra marcha, sirviéndose de un largo cuchillo de los empleados para astillar leña, que él utilizaba a la manera de un machete, para desbrozarnos el camino. Indudablemente se trataba de una tarea durísima, pues ya la mera ascensión por aquella pendiente de espesa vegetación resultaba muy penosa. Los árboles que crecían a ambos lados del sendero no eran de tamaño especialmente considerable, pero sus ramas bajas e intrincadas tenían la virtud de golpearnos en el rostro a cada paso. Las traviesas que sostenían los raíles, lejos de facilitarnos el avance, se bailaban sepultadas bajo una maraña de arbustos que con frecuencia nos hacía tropezar.

—Cuando la mina estaba en activo, acostumbrábamos a hacer descender las vagonetas del carbón sirviéndonos de la pendiente —explicó Langley entre jadeos—. Para subirlos de nuevo, nos valíamos de una máquina de vapor. Por desgracia, el tren no podía ascender hasta la boca del pozo, pues su peso resultaba excesivo para el puente…

—¿Qué puente? ¿El que atravesamos en camión anteriormente?

—No, ése no. El puente sobre el torrente del que antes le hablé. Por desgracia, hace tiempo que se vino abajo, razón por la que no hemos seguido esa ruta…

Nuestra marcha pronto acabó por transformar toda traza de conversación en una sarta de resoplidos e imprecaciones. El brezo nos arañaba el rostro, las raíces nos hacían caer y los arbustos nos flagelaban al ser soltados por el compañero que nos precedía. Tan sólo teníamos que avanzar por espacio de un kilómetro y medio, pero ello nos llevó más de una hora. Hacia el final de nuestra ardua caminata, Langley hizo un alto por espacio de algunos minutos para recuperar el aliento y apartar el sudor que corría a mares por nuestros rostros.

—Ya lo ven ustedes —sentenció nuestro guía—. ¡Por aquí no ha pasado ninguno de esos malditos chinos!

—En ese caso usarán otra ruta —afirmó Holmes con seguridad—. En mi opinión habríamos hecho bien en avanzar por el camino acostumbrado, valiéndonos del camión. ¿Está usted seguro de que el puente se halla verdaderamente derruido?

—Yo mismo vi cómo caía —apuntó Langley tranquilamente, tras de lo cual procedió a sonarse con estrépito—. ¿Ha visto usted alguna vez un accidente minero, señor Holmes? No. Y le aseguro que no le gustaría. El llorar de las mujeres y los ojos asustados de los niños… Las camillas cubiertas con sábanas y los hombres que acuden al rescate con el rostro transformado en una máscara… Después de algo así, nadie pensaba en regresar a este pozo maldito. Picos, palas, cascos… nadie pensó en llevárselos. Allí se quedaron. El viejo Jem Griffiths, uno de los capataces, fue el último en salir. Dos cartuchos de dinamita le bastaron para hundir el puente en un río que nunca nadie volvería a cruzar… Son cosas que no se olvidan.

—¿Los antiguos propietarios no pensaron en una posible reapertura?

—¿La familia Beaumont? No. El padre murió cinco años después del accidente, el hijo emigró a Australia y la hija vendió la propiedad a sir Julian a un precio ridículo. Aunque sir Julian se equivocó en esa compra y así se lo dije en la cara. Ese hombre conocía muy bien el mercado del carbón, pero ignoraba todo lo que uno debe saber para tratar con los mineros. Siempre pedía imposibles y no podía entender que éstos no se consiguieran.

De pie bajo los árboles, el gélido viento me hacía tiritar.

—Pongámonos en camino —urgí—. No debemos estar muy lejos, ¿no es así?

Langley asintió con la cabeza, escupió sobre las palmas de sus manos y, cuchillo en ristre, reemprendió el ascenso seguido de nuestros pasos. A los diez o doce minutos de marcha, los árboles comenzaron a clarear y muy pronto nos hallamos frente a una gran hondonada artificial, parcialmente asfaltada.

El aspecto de desolación que ofrecía aquel lugar resultaba indescriptible. Pedruscos, vigas carcomidas, herramientas herrumbrosas, carretillas volcadas y bidones deformados aparecían diseminados en torno a un grupo de feas edificaciones de ladrillo cuyas paredes aparecían infestadas por hongos, líquenes e insectos.

Todo cuanto veíamos sugería que ningún ser humano había hollado aquel lugar por espacio de una década. A mi lado, Cliff Langley contemplaba un punto situado al frente con la mirada perdida.

—Ahí es donde los pusieron. —Aunque yo no podía fijar con precisión el sitio al que se refería, sabía muy bien que la escena había quedado marcada para siempre en la mente de nuestro guía—. Los pusieron en cuatro hileras, una detrás de la otra. Ciento nueve aquí arriba. Los demás sesenta y nueve se quedaron por siempre allá abajo. Dios quiso que esa semana me tocara el turno de noche; de lo contrario yo hubiera sido uno más de ellos.

—¿Qué sucedió exactamente? —me interesé—. ¿Una explosión?

—Sí. El grisú. Se desprende del carbón y basta que el pico del minero provoque una chispa al chocar contra la piedra para que todo salte por los aires.

—Gas metano —comentó Holmes—. Un mero cinco por ciento resulta suficiente para producir una mezcla explosiva.

Langley asintió de nuevo.

—Cuando yo era un crío, eso era lo que todos pensábamos, pero en realidad se trata de algo más complicado, de la mezcla del grisú con el polvo del carbón. Una mezcla asesina.

—¿Es por ello por lo que los mineros no desean la reapertura del pozo? —inquirí —. ¿Por el miedo a una nueva explosión?

—No, no se trata de eso. Allí donde hay carbón hay grisú. Ello resulta inevitable y, mientras exista una ventilación adecuada, no habrá problema alguno. El verdadero peligro para los mineros no lo constituyen los grandes desastres que aparecen en los periódicos, como el de Senghenydd. Más temibles resultan los desprendimientos, que, por medio de un implacable goteo, cada año se llevan más de trescientas vidas por delante. Nant Gareth siempre fue pródiga en desprendimientos. El carbón de este pozo es fácil de extraer y de gran calidad, pero el techo de la mina está podrido.

—¡El discutir los problemas de la minería no nos hará adelantar demasiado nuestra investigación! —interrumpió Holmes, con una irascibilidad que parecía esconder sentimientos más caritativos—. Hemos venido aquí para ver qué se trae entre manos el Si Fan. Pongamos manos a la obra, pues.

Volviéndonos la espalda con furia, Sherlock Holmes echó a andar hacia los edificios de ladrillo.

—No veo qué puede querer alguien de este lugar —repuso Langley con terquedad —, a no ser que se trate de carbón.

Holmes no respondió. Un instante más tarde los tres nos hallábamos bajo la sombra de las rojizas paredes recubiertas de líquenes. De improviso, mascullando algo ininteligible, Holmes se arrodilló y examinó cuidadosamente la porción de suelo que tenía frente a sus pies. La expresión de su rostro al ponerse de nuevo en pie no auguraba nada bueno.

—¡Hemos gastado nuestras energías inútilmente! —afirmó con irritación—. ¡Esos diablos han encontrado un medio de restaurar el puente! ¡Así lo prueban estas huellas de neumáticos provenientes de un vehículo de gran tamaño (probablemente un Leyland de cuatro toneladas)! Este camión ha estado aquí recientemente. Y por lo menos en cuatro ocasiones.

Cliff Langley se puso lívido. Incapaz de articular palabra por un instante, el aturdimiento y la incredulidad aparecían reflejados en su rostro.

—Voy… voy a subir a echar un vistazo —anunció por fin—. No… no suban hasta que los llame desde arriba. Este lugar resulta peligroso —afirmó, trepando por la escalinata metálica adosada al edificio que parecía de mayor altura.

—¡Nunca dejará usted de sorprenderme, Holmes! —exclamé en tono admirado —. Lleva diez años retirado y, sin embargo, durante ese período se ha familiarizado con los distintos modelos de automóviles hasta el punto de saber identificarlos por las huellas de sus neumáticos.

—Los hábitos de toda una vida no desaparecen así como así —respondió con sonrisa un tanto vana—. De no haber puesto mis conocimientos al día, probablemente hubiera acabado por transformarme en un idiota.

La voz de Langley interrumpió nuestra conversación desde las alturas.

—¡Suban ustedes! ¡Esa escalerilla es segura!

Así lo hicimos hasta reunimos con él en una pequeña plataforma situada entre dos paredes. Desde allí podíamos ver directamente sobre nuestras cabezas la gigantesca maquinaria de acero. Acercándome a la barandilla, me dispuse a escudriñar el panorama que se abría a nuestros pies.

—¡Tenga cuidado, Petrie! ¡Esa barandilla está podrida y puede ceder en cualquier momento! —me refrenó Langley, tirando del faldón de mi chaqueta.

Aproximándome a la baranda con mayor prudencia, no tardé en descubrir que directamente bajo mis pies se abría un pozo cuya profundidad parecía considerable. Ante la exclamación de sorpresa que partió de mis labios, Holmes y Langley se acercaron a echar un vistazo.

—¡Ahí está! —sentenció Langley—. Ése es el pozo principal.

Esforzándome en apartar la vista de la vertiginosa fascinación del pozo, mis ojos dieron con una estructura en ruinas cuyas formas recordaban vagamente la del enclave en que nos hallábamos.

—¿La mina constaba de dos pozos? —pregunté.

—Toda mina consta de dos pozos. Ya se lo dije anteriormente: resulta vital que exista ventilación. Ya ve, sin embargo, lo que queda del Número Dos. Fue en su interior donde tuvo lugar la explosión.

Indiferente a nuestros comentarios, Sherlock Holmes continuaba escudriñando los alrededores con aire de sospecha.

—La respuesta a nuestras preguntas se halla ahí dentro, en este pozo que tenemos a nuestros pies. ¿Hay algún medio de bajar a él?

—Claro que sí. Claro que se puede bajar. Lo que no se puede es subir otra vez — contestó Langley con humor un tanto retorcido—. No estamos ante una de esas puñeteras minas de oro, en las que se entra y se sale dando un paseo.

—¿Qué profundidad tiene el pozo? —inquirí.

—Casi quinientos metros —contestó Langley con naturalidad.

Aquella respuesta me dejó estupefacto. En mi ignorancia, había dado por supuesto que un pozo minero no debía superar los sesenta u ochenta metros de longitud. Aquello resultaba increíble. Incluso el propio Holmes parecía sorprendido.

—En tal caso, supongo que no deben existir escaleras algunas —repuso finalmente el investigador en tono pensativo.

—Las hubo. El Número Dos tenía un sistema de escalinatas de emergencia, setenta y cinco en total, que quedaron sepultadas bajo la tierra.

—¿Y qué se ha hecho del ascensor del pozo sobre el que nos encontramos? — apunté.

—¡Se encuentra usted sobre él! —respondió Langley, sin poder evitar una carcajada ante mi instintivo gesto de pánico—. Pero no tiene de qué preocuparse; el ascensor no se moverá. Toda su maquinaria se halla oxidada por completo.

—¿De veras? —intervino Holmes en tono un tanto avieso—. A mí me parece, por el contrario, que todos estos engranajes y poleas muestran un estado de conservación extrañamente bueno.

Encogiéndose otra vez de hombros, Langley no respondió a las palabras de Holmes. Sin tenerlas todas conmigo a pesar de las indicaciones de Langley, instintivamente me acerqué a la escalinata. De pronto, un objeto situado a escasos centímetros de mis pies me llamó la atención. Reconociendo su naturaleza, alcé el grueso cigarrillo verdoso con una exclamación de júbilo.

—¡Zarmi! —aullé.

Holmes asintió con una sonrisa y, sin más dilación, se giró hacia nuestro guía.

—¿Dónde se encuentra el mecanismo de funcionamiento de este ascensor?

Langley señaló hacia una puerta abierta situada en el edificio adyacente. En su interior dimos con una gran estancia de techo semiderruido y pared cubierta de grietas. Sorteando nidos de pájaros y vigas podridas, Holmes examinó detenidamente lo que parecía una manivela de proporciones colosales. Al pasar la mano por el mecanismo, una mancha negra apareció en su palma.

—¡Grasa! —indicó Holmes en tono significativo, escudriñando a través de la mohosa cubierta de hierro que protegía a la rara manivela—. No veo el motor por ninguna parte. ¿Qué clase de mecanismo se empleaba? ¿Un ingenio de vapor?

—Aquí nunca hemos estado tan adelantados —negó Langley—. Toda la energía de Nant Gareth tenía origen hidráulico. Hay un conducto que viene del lago y…

—Entonces bastaría con abrir las esclusas indicadas para poner en marcha este mecanismo, ¿no es así?

—Sí, suponiendo que se pudieran abrir y que la rueda del molino de agua no se haya partido en mil pedazos, lo cual me parece mucho suponer.

—Existe un modo muy sencillo de averiguarlo —repuso Holmes con tranquilidad —. ¡Comprobémoslo por nosotros mismos y tratemos de abrir las esclusas!

Langley suspiró profundamente, tomó la gorra entre sus manos, se rascó la cabeza y volvió a ajustarse la gorra. Su escepticismo había sido seriamente cuestionado en los últimos minutos, pero con galesa tozudez se negaba a abandonar su postura de paciente causticidad.

—Usted manda aquí, señor Holmes —reconoció por fin—. Si tiene usted ganas de que nos sigamos arrastrando por la hierba todo el día, por mí que no quede, que así lo haremos. Sepa, sin embargo, que no se trata de una tarea sencilla. Si vamos a emprenderla, mejor haremos abandonando aquí nuestras mochilas.

Tras depositar nuestras mochilas junto a la gran manivela, descendimos de nuevo la escalinata metálica y, siguiendo los pasos de nuestro guía, emprendimos el camino que llevaba a lo que parecía un pequeño valle u hondonada entre las colinas.

Dejando atrás la ruinosa agrupación de edificios y cabañas de techo de hojalata, pronto nos hallamos al pie de una escalinata de piedra, tan estrecha como ruinosa, que se erguía a un lado de una imponente elevación rocosa.

—¿Éste es el camino? Tengan mucho cuidado —nos advirtió Langley, señalando hacia los escalones sembrados de hiedra y medio derruidos.

Haciendo de tripas corazón seguí a mis compañeros por aquella escalera de traicionero aspecto, pisando con infinita precaución y cuidándome de caminar bien pegado a la gran muralla de piedra. A mi derecha, tan sólo los restos podridos de una barandilla de madera se interponían frente a un auténtico abismo.

—¡Vaya un camino de locos! ¡Y todo para abrir una maldita esclusa! —protestó Holmes—. ¿A quién se le ocurriría construir algo así?

—Cuando la mina estaba abierta, la esclusa se mantenía día y noche en funcionamiento —explicó Langley por encima del hombro—. Por consiguiente, no era preciso visitarla más que muy raramente.

Cuando por fin coronamos la peligrosa escalinata, un sendero empedrado nos llevó prontamente al borde de un estanque de plácidas aguas que se extendía por un enorme recodo rocoso en forma de uve.

—Llyn Gareth —anunció Langley con sencillez.

Con ademán decidido Holmes se acercó a las tres pequeñas ruedas dentadas que regían la maquinaria de apertura de las puertas de la esclusa. Sin asomo de vacilación, sus manos hicieron girar la primera de las ruedas y un instante después nos llegó el inconfundible sonido del agua al precipitarse por una altura considerable.

—¡Funciona perfectamente! —corroboró Sherlock Holmes—. ¡Ayúdenme con las demás ruedas!

Así lo hicimos, y con escasa dificultad, pues los tres engranajes parecían bien engrasados. En pocos segundos la esclusa estaba abierta hasta su límite, liberando una importante corriente de agua que se precipitaba con ruido por el pozo. El rostro de Langley mostraba una expresión de cómica incredulidad.

—¡Increíble! —exclamó por fin—. ¡Más que increíble! ¡Quince años y todavía funciona!

—De quince años, nada —replicó Holmes—. Dudo de que Nant Gareth haya llevado inactiva más de cinco o seis años. Por lo que sabemos, la primera visita de Fu Manchú a Inglaterra se remonta a 1911, pero resulta evidente que el Si Fan debió de preparar dicha visita con alguna antelación. Aunque no creo que haya hecho uso de este lugar con excesiva frecuencia, les ha sido preciso mantenerlo en orden.

«¿Con qué fin?», me pregunté. Sin poder reprimir un estremecimiento, recordé la rara predilección que Fu Manchú parecía sentir por los escondrijos subterráneos: las viejas mazmorras olvidadas bajo Limehouse y las catacumbas emplazadas bajo el bosque de Hampstead así lo atestiguaban, como me encargué de mencionar a Holmes.

—No, la mina debe de tener otra función —negó éste con absoluta convicción—. Fu Manchú nunca establecería su guarida en un lugar tan remoto como éste. Ello no casa bien con su modo de actuar. Sin embargo, tengo la impresión de que no tardaremos demasiado en salir de dudas.

Dicho lo cual, volvimos sobre nuestros pasos y tras descender por la escalofriante escalinata de piedra, pronto nos hallamos manipulando la enorme manivela que regía el mecanismo del ascensor. Cuando los gruesos cables de acero comenzaron a vibrar, nos dirigimos a la boca del pozo. Sobre nuestras cabezas, las dos enormes ruedas dentadas giraban con estrépito; a nuestros pies, la gran plataforma de hierro había desaparecido, de modo que la cavernosa abertura que se extendía a unos palmos de nosotros había duplicado su anchura de algunos minutos atrás. Al cabo de unos instantes, una nueva plataforma hizo aparición silenciosamente en el extremo opuesto de la abertura.

—Naturalmente, el ascensor consta de dos plataformas —explicó Langley—. Cada una actúa como contrapeso de la otra; cuando una baja, su compañera sube.

—¡Holmes! —grité, presa de una súbita inspiración—. ¡Quizá Smith se halle ahí abajo!

—Más le vale no estarlo —apuntó Langley antes de que Holmes pudiera responder—. Si se encuentra ahí, es hombre muerto. Nadie podría vivir más de unas horas entre la atmósfera de esos túneles. Unas horas o unos minutos, nunca se sabe.

—Usted lo ha dicho: nunca se sabe —replicó Holmes—. Es posible que el Si Fan haya acondicionado el interior de la mina y la atmósfera sea perfectamente respirable. Aunque personalmente no me parece probable que Smith se encuentre ahí, es una posibilidad que no podemos descartar. —Volviéndose hacia mí, Holmes añadió con gesto resuelto—: El único medio de saberlo estriba en bajar al interior de la mina. Y eso es precisamente lo que pienso hacer ahora mismo.