Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Cay van Ash · Capítulo 2 de 20

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Sherlock Holmes contra Fu Manchú

Primera parte

CAPÍTULO 1

EL APARTAMENTO VACÍO

 

Ciertos trámites legales relativos

a la herencia de un pariente

lejano recientemente fallecido me

forzaron a partir de Londres

cuando aún no habían transcurrido veinticuatro horas

de los hechos que acabo de

relatar…

La mano de Fu Manchú, capítulo

XXX

 

Mi llave continuaba todavía en la cerradura cuando me aparté bruscamente de la puerta, alertado ante la ligerísima resistencia hallada por ésta al ser entreabierta hacia el interior, anomalía secundada por un sonido breve y apagado que percibí al otro lado del paño. En aquellos tiempos la más leve circunstancia inusual bastaba para poner todos mis nervios en tensión.

Una ojeada a las ventanas de nuestro apartamento mientras cruzaba el pequeño callejón que moría en Fleet Street había bastado para informarme de que Nayland Smith no se hallaba en casa. Con los músculos en tensión aguardé un instante frente a la puerta entreabierta; sin embargo, el extraño sonido no volvió a repetirse. Tanteando en la oscuridad, di por fin con el interruptor. Al iluminarse la estancia, no tardé en dar con el fútil motivo de mi alarma…

Un viejo montón de periódicos, sin duda apilados junto a la puerta, yacían diseminados sobre el parquet de la entrada. Estaba claro que Smith llevaba varios días ausente del apartamento.

Tras hacerme con la llave y la bolsa de viaje que había depositado por un instante en el rellano, entré por fin en el piso vacío. La atmósfera del comedor se hallaba viciada, como si no hubiera sido traspasada en una semana, impregnada por completo del intenso aroma a madera de sándalo que despedía la gran arca que reposaba en una esquina. El coronel Bickerstaff (un viejo conocido de Smith, a quien había alquilado el apartamento amueblado) gozaba de un inveterado espíritu de coleccionista y, si exceptuamos la tan incongruente como necesaria adición de una mesa de mecanógrafo con su silla, tanto Smith como yo nos habíamos abstenido de efectuar alteración alguna en la decoración.

Con la vaga idea de encontrar alguna nota a mí dirigida, me acerqué al escritorio, donde solíamos depositar tal clase de mensajes bajo una pequeña estatuilla de Ganesha. Ninguna nota se hallaba allí aquella noche. Tal circunstancia no tenía nada de particular, ya que Smith no conocía con exactitud la fecha de mi retorno.

Al correr las cortinas de la ventana advertí con satisfacción que las medidas precautorias que discutiéramos antes de mi partida habían sido puestas en práctica. La hoja corredera de la ventana aparecía perfectamente atornillada al marco, de modo tal que su apertura resultaba imposible incluso desde el interior. A pesar de que la atmósfera de la estancia resultaba desagradablemente fría, no valía la pena encender el hogar, pues no tenía intención de permanecer despierto demasiado tiempo. Sin desprenderme de mi abrigo, me preparé un buen whisky y tomé asiento en un sillón. Jugueteando con el vaso entre los dedos, fijé la mirada en la apagada chimenea y recapacité acerca del misterio de la desaparición de Nayland Smith, si de «misterio» podía calificarse.

Estábamos a viernes y trece, día sencillo de recordar[2] y fecha de mi regreso a Londres tras una ausencia que había durado una quincena escasa. Mi partida había venido motivada por el fallecimiento de un pariente tan excéntrico como adinerado que, por motivos que no acierto a discernir, me había nombrado albacea en su testamento. A pesar de lo extremadamente inoportuno de tal circunstancia, el deficiente estado de mis finanzas no me permitía rechazar la copiosa recompensa que acompañaba a tal designación. Confiando en que la solventación del imprevisto trámite no me llevaría más allá de unos pocos días, hice las maletas de inmediato y me dirigí a la residencia de mi finado familiar; sin embargo, no tardé en comprobar que mi extemporánea ocupación tenía todas las trazas de prolongarse durante bastantes semanas.

De un modo u otro, con total recelo de cualquier sistema que oliera a coherencia, mi benefactor había amasado una fortuna considerable con el paso de los años. Resulta digna de mención su costumbre de desembarazarse de todo papel oficial o documento que cayera en sus manos; ya se tratara de facturas, cartas o recibos, el difunto tenía por hábito desprenderse de ellas allí donde las leyera. Algunas de ellas se habían conservado apiladas caóticamente en cajones gracias a los desvelos de un ama de llaves medio enloquecida. A lo que parece, mi familiar gozaba de un número considerable de propiedades de pequeño y medio tamaño diseminadas por todo el condado, propiedades al cuidado de un sinfín de agentes y procuradores sin ninguna relación entre sí, de los que nada sabíamos y a los que no conoceríamos hasta que se acercaran a abonarnos los alquileres pagados por los distintos inquilinos y arrendatarios.

En vista de tales circunstancias opté por escribir una carta a Smith, poniéndole al corriente de la situación. Tal y como me imaginaba, mi carta no obtuvo respuesta alguna. No obstante, el domingo por la noche recibí una llamada telefónica en mi hotel; al tomar el auricular, comprobé con alegría que era Smith quien se encontraba al otro lado de la línea. Sentado ahora frente a la apagada chimenea, traté de rememorar nuestra conversación, en vano intento de hallar alguna explicación al posterior comportamiento de mi compañero.

—¡Smith! —exclamé frente al teléfono—. Me parece que si continúo aquí por mucho tiempo acabaré tan chiflado como mi pariente cuyo testamento estoy intentando desembrollar. Para que se haga usted una idea, le diré que el difunto ha dejado la casa sembrada de fajos de billetes ocultos en los lugares más insospechados. Al parecer, nuestro hombre desconfiaba de los bancos por principio; cada vez que recibía la visita de un acreedor comenzaba a rebuscar por los armarios billete a billete, moneda a moneda, hasta reunir con exactitud la cantidad demandada, que abonaba en el acto sin pedir explicaciones ni recibos de ninguna clase. A pesar de que los acreedores debieron de estafarle una y mil veces, lo cierto es que la casa jamás sufrió robo alguno. Ello no resulta de extrañar; ¡el desgraciado ladrón que se aventurase a buscar el dinero en esta casa de locos, acabaría tan confundido como yo lo estoy en estos momentos!

La risa juvenil de Smith resonó con claridad en el otro extremo de la línea.

—Su carta ya me daba algunas pistas relativas a los curiosos métodos financieros de su familiar. Más vale que se lo tome con calma, Petrie. Consuélese pensando que por lo menos le está usted sacando más rendimiento a su tiempo del que yo le saco ahora en Londres. Si le telefoneo en estos instantes no es más que para recordarle que está usted invitado a esa extraña reunión de médicos el próximo sábado. Al leer su misiva pensé que tan complicadas gestiones quizá le habían llevado a olvidarse de la invitación.

—No, Smith, la tengo bien presente. Chalmers Cleeve tenía especial interés en que les ofreciese alguna información relativa a la Flor del Silencio.

—¡La Flor del Silencio! Más valdría guardar silencio en torno a ella. —La voz de Nayland Smith se mostraba ahora algo contrariada—. Aunque quizá mis recelos son excesivos, creo que por lo menos deberíamos callar cómo trabamos relación o, mejor dicho, cómo evitamos trabar relación con esa maldita cosa.

—Seré cuidadoso con mis palabras, puede estar seguro de ello. Aunque no se pueda descartar que me vea obligado a regresar aquí otra vez, estaré en Londres tan pronto como me sea posible —añadí—. ¿Cómo van las cosas en la ciudad? ¿Alguna novedad particular?

Un prolongado silencio se hizo al otro extremo de la comunicación.

—Imagino que nada de especial importancia —respondió finalmente Smith—. He estado bastante ocioso desde su partida… Todo a cuanto me he dedicado ha sido a obtener fragmentos de determinada conversación…

Mi interlocutor mostraba ahora una extraña vacilación en su voz.

—Discúlpeme si le parezco poco claro, Petrie, pero no quisiera hablar por teléfono de este asunto. Un asunto, por lo demás, que no acabo de entender demasiado bien… La verdad sea dicha, creo que usted también se sentiría algo desorientado. Sin embargo, creo que será mejor que le envíe una nota poniéndole al corriente.

Con dicha promesa nos despedimos sin más, sin que Smith sugiriese en momento alguno que pensaba ausentarse de Londres. Lo cierto es que no volví a tener noticia alguna de él. La nota que había prometido, o prometido a medias, jamás llegó a mis manos, circunstancia a la que no di mayor importancia, imaginando que mi colaborador había optado por no escribirla y ofrecerme una explicación verbal más adecuada en la fecha de mi regreso.

¿Adónde se habría marchado Smith? ¿Qué motivo le habría llevado a tomar tan repentina decisión? Tras meditar durante unos instantes, se me ocurrió que por lo menos tenía un medio seguro de adivinar cuándo se había ausentado. Acercándome al recibidor, apilé los periódicos viejos diseminados junto a la puerta y los llevé conmigo junto a la chimenea. En total debía de haber una docena de diarios atrasados —dos ediciones de la mañana y una vespertina para cada día—. El ejemplar más reciente era el del martes 10 de febrero. Por tanto, lo más probable era que Nayland

Smith hubiese abandonado el apartamento en la noche del lunes[3].

¿Por qué razón, sin embargo? ¿Qué había sucedido en las veinticuatro horas aproximadas que habían transcurrido entre nuestra conversación telefónica y su desaparición? ¿Por qué causa cuatro días más tarde continuaba ausente? ¿Era posible que, ocupado quizá en una nueva investigación, mi compañero hubiera sufrido algún percance nefasto?

El pasado había sido testigo de más de un incidente de este tipo. Con todo, reflexioné, Smith se había vuelto más prudente con el paso de los años, al menos lo suficiente para no aventurarse tras una pista peligrosa sin decir una palabra a nadie.

Si había alguien que podía responder a mis preguntas, ése era Weymouth. A aquellas horas lo más probable era que ya estuviera fuera de servicio, pero yo disponía del número de teléfono del pequeño cottage de Dulwich Village, la misma casa que había sido escenario de dramáticos incidentes tiempo atrás y en la que Weymouth y su esposa todavía vivían. Ya mis dedos marcaban el número en el disco cuando el distante sonido de las campanas de la catedral de San Pablo me recordó lo intempestivo de la hora.

Ligeramente contrariado, colgué el auricular y regresé a mi sillón del comedor. Sin duda no valía la pena molestar al inspector Weymouth, a quien podría ver fácilmente por la mañana, con motivo de una vaga inquietud cuya naturaleza probablemente radicaba en la instintiva intranquilidad que Smith y yo acostumbrábamos a sentir cuando nos alejábamos demasiado el uno del otro.

La verdad era que no podríamos vivir sin esa perpetua traza de intranquilidad

mientras planeara sobre nosotros la sombra del doctor Fu Manchú[4]. Tras depositar mi vaso medio vacío sobre la mesa, dejé vagar mis ojos por el pesado mobiliario de teca, los armarios de intrincado trabajo, los biombos de dibujo enigmático, las paredes cubiertas por tapices elaborados en los telares de Agra, las hojas curvadas de las armas exóticas… Casi de modo inevitable, mis pensamientos pasaron de Fu Manchú a la hermana esclava egipcia que yo había rescatado de sus garras, y a quien por dos veces me había arrebatado. Karamaneh… ¿Dónde se encontraría ahora aquella muchacha? ¿Qué clase de horrible cautiverio se le habría reservado? Sentado en esta habitación que miraba a Oriente —y en la que Karamaneh, irónicamente, jamás había puesto el pie— casi podía ver el terror reflejado en sus brillantes ojos negros, las lágrimas que descendían por las largas pestañas, los gráciles brazos abiertos en una súplica ante la que yo era impotente, el temblor de los rojos labios al rogar, no para sí sino para otras personas.

—¡Sálvale! ¡Tienes que salvarle!

Revolviéndome en mi asiento con brusquedad, me pregunté si estaba soñando o había tenido una visión. Mis vagos temores acerca de Nayland Smith se estaban mezclando con la angustia que sentía cada vez que me permitía pensar en Karamaneh. Si continuaba portándome como un chiquillo a la mañana siguiente estaría convertido en un temblequeante manojo de nervios. Malhumorado, me puse en pie y acabé mi vaso de whisky de un trago. Tan molesto como cansado, decidí que era hora de acostarme.

No puedo decir que aquella noche durmiera demasiado bien. A la mañana siguiente nada había cambiado: Smith seguía sin aparecer. La débil luz matinal de febrero brillaba sobre los almacenes que se erguían en la ribera meridional del río cuando, demasiado impaciente para permanecer inactivo en el apartamento, eché a caminar por el Embankment. Como bien sabía, el inspector Weymouth no estaría en su oficina antes de las diez. En mitad de mi paseo, a una hora todavía bastante temprana, tuve ocasión de contemplar por entre las desnudas ramas de los plátanos la granítica estructura del obelisco de Heliópolis. Entre el estrépito de los tranvías, los antiquísimos signos grabados en la superficie proclamaban con gratitud las glorias de Tutmés III a los transeúntes. Lo fútil de aquella imagen se complementaba a las mil maravillas con mi estado de ánimo.

El Big Ben daba la hora cuando hice mi entrada en el recinto de Scotland Yard, donde tuve algún motivo para considerarme afortunado: Weymouth acababa de llegar. Instantes después tuve ocasión de percibir una vez más la tan inconfundible como vaga sensación de tranquila, sólida determinación que siempre parecía emanar de la robusta silueta que ahora me observaba desde el otro lado de su mesa.

Algo sorprendido de mi visita, el inspector se puso en pie para saludarme, trámite que mi angustiada pregunta se encargó de obviar.

—Weymouth, ¿dónde está Nayland Smith?

—¿Smith? —repitió mi interlocutor con gesto de extrañeza—. Si no me equivoco, se encuentra en Devonshire. ¿Acaso no tenía usted noticia de ello?

¡Así que todos mis vagos temores merecían una explicación tan sencilla! Algo avergonzado de mí mismo, presa de un ligero temblor en las rodillas, me senté frente al escritorio.

—No he sabido nada de él desde el domingo pasado. ¿Dice usted que se encuentra en Devon? Sin embargo, ¿cómo se explica tal circunstancia?

Divertido ante lo extemporáneo de mis angustias, el inspector esbozó una amplia sonrisa.

—No hay motivo para preocuparse, doctor. Al parecer, Fu Manchú ha decidido tomarse un respiro en las últimas semanas. En vista de ello, nuestro amigo Smith optó por concederse un descanso y visitar a sus familiares en el campo.

—En efecto, Smith suele visitar Devon con cierta frecuencia. Incluso así, me parece un tanto extraño por su parte marcharse sin avisar en un momento como éste.

—¿Qué tiene de particular? —replicó Weymouth—. Si hay alguien en Londres que se merezca unas vacaciones, ése es Smith, no lo dude. Lo cierto es que nada de importancia le retenía aquí, así que se marchó el martes. Lo más probable es que regrese mañana o pasado mañana.

—¿Así se lo dijo él? —insistí, pues no acababa de verlo tan claro como el inspector—. ¿Habló usted con él antes de su partida?

—No. La verdad es que no tuve ocasión para ello —admitió Weymouth, arrellanándose en su asiento—. Aunque tal circunstancia me parece irrelevante. Smith no es un subordinado mío que precise de mi autorización para ausentarse de la ciudad, así que se contentó con enviarme una nota en la que me anunciaba su partida, adjuntando una dirección donde le podría encontrar en caso de que surgiera algún imprevisto.

—¿Cómo podemos estar seguros de que dicha nota fue realmente escrita por él?

—¿Y por qué tendríamos que dudarlo? —Weymouth parecía algo divertido ante mi inquietud—. Ya veo adonde quiere ir a parar, Petrie, pero no hay motivo para alarmarnos injustificadamente. Es cierto que la nota que me envió no iba firmada, pero como usted bien sabe Smith raramente lo hace. Con todo, la nota había sido confeccionada con esa inconfundible máquina de escribir que guarda usted en casa. Yo diría que ello resulta mejor que una firma. Dudo que exista una máquina similar en todo Londres. Cuando me llegó la nota, copié la dirección en mi libreta, pero creo que debo conservar el original en alguna parte.

El inspector extrajo una carpeta llena de papeles y documentos, que procedió a examinar meticulosamente.

—Estoy convencido de que Fu Manchú se ha marchado de la ciudad —añadió sin levantar la vista de los papeles—. En cuanto a Ki Ming, probablemente se ha ocultado en la legación china. Nos encontramos en un auténtico punto muerto, doctor Petrie.

—Así me lo dijo Smith por teléfono —concedí—. Sin embargo, nuestro amigo hizo mención a cierta vaga conversación de la que había tenido noticia…

—¡Sí, claro! ¡La historia de Johann Grendel!

—¿Quién?

—Johann Grendel era el camarero suizo que nos atendió en nuestra famosa visita al Café de l’Egypte. —Weymouth cesó de trajinar entre sus documentos y alzó la mirada—. Imagino que recordará usted bien nuestra estancia allí…

—¿Cómo podría olvidarla? La tendré presente mientras viva.

—Y yo también. ¡Todavía tengo las cejas chamuscadas! Bien, después de que Fu Manchú prendiera fuego al local y estuviese a punto de achicharrarnos en su interior, todos los empleados del café fueron interrogados minuciosamente. Lo único que conseguimos con ello fue que ese camarero, Grendel, admitiese haber servido ocasionalmente consumiciones en los reservados traseros del establecimiento, aunque negó tajantemente conocer la venta de drogas que allí se efectuaba. Sin poder sacarle de ahí, optamos por dejarle en libertad sin cargos aunque, en vista de su evidente nerviosismo, no dudamos ni por un instante que aquel hombre sabía algo más de lo que había revelado.

—¿Y era realmente así?

—En efecto, aunque no tanto como imaginábamos. Y eso que nos costó un esfuerzo de mil diablos hacer que lo desembuchara. —Weymouth cerró la carpeta, olvidando la nota de Smith—. Durante un tiempo le seguimos los pasos discretamente y muy pronto descubrimos que todas las noches visitaba cierto pub en el que procedía a emborracharse sistemáticamente. Ello resultaba un tanto sospechoso, pues Grendel estaba desempleado. A no ser que alguien le pagase en secreto, no veíamos cómo podía permitirse aquella continua sucesión de borracheras (sin embargo, más tarde descubriríamos que el suizo disponía de unos pequeños ahorros, que estaba dilapidando a conciencia). En un intento de sacar algo en claro, Smith trabó conocimiento con él haciéndose pasar por periodista, le pagó las francachelas durante varias noches y no tardó en averiguar que Grendel temía por su vida con motivo de haber sido interrogado por la policía.

—¡Lo que prueba que, efectivamente, sabía algo!

—¡O que alguien más creía que sabía algo! Pero sigamos con la historia. Tras prometerle una suma considerable por sus revelaciones y asegurarle que nadie sabría jamás de dónde provenían, Smith consiguió finalmente llegar al fondo del asunto. ¿Recuerda usted la complicada decoración del segundo piso del café, con aquellos divanes árabes separados entre sí por pequeños tabiques adornados con grecas?

—Sí, me acuerdo de ello. He visto muchos tabiques de esa clase en Egipto. Se llaman musrabiyeh. En ocasiones los emplean para cubrir ventanas, pues su complicado trabajo permite el paso de la luz protegiendo al tiempo del calor.

—¿De veras? Nunca lo hubiera pensado. Ya ve, jamás he estado en Egipto[5]. — Weymouth prosiguió su narración tras una breve pausa—. Bien, a lo que parece, Grendel se encontraba en cierta ocasión atareado tras uno de esos tabiques cuando repentinamente se encontró en disposición de oír la conversación que, a pocos pasos de él, habían establecido un chino de porte aristocrático y un griego muy obeso…

—¡Ki Ming! —exclamé—. ¡Y Samarkán!

Weymouth asintió con una mueca.

—Justamente. ¡El mandarín Ki Ming y M. Samarkán, recientemente «fallecido» en la prisión de Wandsworth! Aparentemente Grendel no tardó en advertir de qué clase de sujetos se trataba; petrificado en su escondrijo, no se atrevió a marcharse de allí, temeroso de que le tomaran por un espía. No está mal, ¿eh? Pero ahora viene lo más complicado. En primer lugar, nuestros viejos conocidos conversaban en francés cuando la lengua materna de Grendel es el alemán. En segundo lugar, el aterrado camarero juró haber tratado de no escuchar lo que decían. Por último, cuando Smith le había emborrachado lo suficiente para que se decidiese a relatar cuanto sabía, Grendel se encontraba tan ebrio que apenas podía articular palabra. Todo cuanto Smith pudo reunir en premio a sus desvelos fueron algunos retazos de frases y palabras inconexas sin sentido alguno.

—No me explico, sin embargo, cómo es posible que Smith no se decidiera a entrevistar a Grendel a la mañana siguiente, cuando se hubiera recuperado de la borrachera.

—No tuvo ocasión para ello —replicó Weymouth en tono ceñudo—. El suizo fue hallado muerto a la mañana siguiente en el jardín de su propia casa, de bruces sobre el césped y con la cabeza sumergida en el pequeño estanque donde criaba sus pececillos de colores.

—¡Dios mío! ¡No puede haberse tratado de un accidente!

—Nada atestiguaba lo contrario. No sería el primer caso de un borracho ahogado en un charco. Sin embargo… —Weymouth se encogió de hombros.

Sentado en silencio, dirigí la mirada hacia la ventana; a lo lejos, las barcazas surcaban el río en dirección a Limehouse. Entreabriendo la carpeta, Weymouth comenzó a revolver los documentos una vez más en busca de la nota de nuestro colaborador y amigo.

—Nayland Smith se sintió muy afectado por lo sucedido, echándose la culpa de la muerte del suizo. Así estaban las cosas, cuando Smith recibió ese telegrama de Exeter avisándole de que su hermano se encontraba en el hospital…

Weymouth calló de improviso al percibir la expresión que se había pintado en mi rostro.

—La inteligencia del doctor Fu Manchú es formidable, aunque no infalible — musité con crispación—. El hermano de Smith estaba empleado como oficial a bordo del Titanic, barco con el que se hundió dos años atrás.

El inspector se puso en pie de un salto.

—¿Cómo? Entonces, la nota que recibí… ¡Una falsificación!

—Evidentemente —repuse en tono amargo, anonadado por el peso de mis temores recién confirmados—. Smith está de nuevo en manos del Si Fan. Y esta vez…

Lo sucedido a continuación resulta fácil de deducir. Acompañado de dos oficiales del CID, Weymouth realizó una inspección de trámite en nuestro apartamento. Sin ningún género de dudas la nota supuestamente enviada por Smith había sido redactada en mi propia máquina de escribir. Tal circunstancia demostraba que los agentes del Si Fan habían irrumpido en el apartamento a pesar de todas nuestras precauciones. Aunque no disponíamos de prueba alguna al respecto, lo más probable era que Smith hubiese sido atacado y raptado en las cercanías o en algún pasillo del edificio que habitábamos.

Una simple llamada telefónica a la comisaría de Exeter bastó para revelarnos que la dirección enviada en el falso mensaje había correspondido antiguamente al hermano de Smith aunque, tras su muerte, la casa había sido vendida a otra familia.

No recuerdo con precisión qué hice en las horas que siguieron, aunque mi estado anímico puede suponerse sin dificultad. En esta situación, llegó el momento en que debía asistir a la reunión que había motivado mi regreso a Londres en primera instancia. Aquel compromiso ya no ejercía el menor interés sobre mí, sintiéndome más que inclinado a excusar mi asistencia. Por otra parte, no disponía de excusa alguna para ello. Weymouth y sus subordinados ya hacían cuanto pudiera hacerse, así que me hallaba inactivo por completo. Ya faltaba poco para las cinco cuando, resignándome a mi suerte, me vestí un traje de etiqueta (pues, según se me había indicado, la reunión iría seguida de una cena) y eché a caminar desganadamente por el Strand en dirección al hotel New Louvre.

En vista de que el encuentro iba a tener lugar en aquella palaciega nueva edificación, me pregunté si Chalmers Cleeve, quien conocía algunas de nuestras andanzas, no la habría escogido en un rasgo de humor negro. Era ahí donde yo había visto con mis propios ojos la muerte de un hombre afectado por la Flor del Silencio —el capullo de aspecto inocente cuyo mero roce paralizaba los músculos articulatorios produciendo la muerte en siete minutos—; en ese mismo escenario hoy iba a pronunciar una charla sobre el asunto ante la Sociedad Neurológica Londinense.

Aquella noche las disertaciones de tan selecta concurrencia me dejaron completamente frío. Sentado en un rincón de la sala, apenas si levanté los ojos de la mesa mientras un célebre endocrinólogo nos ilustraba acerca de la «inhibición nerviosa de las células eosinofílicas». Cuando tras diversas intervenciones mi turno llegó por fin, me puse en pie fatigosamente, dibujé algunos diagramas deslabazados en la pizarra, ofrecí ciertas explicaciones desganadas y corrí de nuevo a mi sillón entre tímidos aplausos, dejando a mi audiencia casi tan ignorante como al principio.

Algo después la reunión finalizó con los consabidos agradecimientos y pasamos a un salón adyacente donde conversamos con mayor informalidad mientras dos camareros nos ofrecían cócteles en silencio. Chalmers Cleeve, el responsable de mi presencia allí, no tardó en acercarse para felicitarme tan cordial como insinceramente por mi charla. Durante unos instantes continuamos charlando en tono intrascendente hasta que mi impaciente mirada se concentró repentinamente en los anchos hombros y espalda de un hombre situado al otro extremo de la estancia.

Apenas si había visto a aquel hombre dos o tres veces, pero estaba seguro de que se trataba de la misma persona. Abandonando mi vaso sobre la mesa, crucé la sala a toda prisa en su dirección, con el corazón latiéndome a toda prisa, pues la providencia acababa de poner en mis manos el medio de acceder a la única persona en toda Europa que podía serme de ayuda en aquellos momentos. No me había equivocado; el hombre a quien me dirigía ahora tenía el cabello más gris de lo que recordaba y había ganado algunos kilos, pero se trataba indiscutiblemente de la misma persona.

—¡Doctor Watson! —exclamé casi sin aliento—. Es posible que no se acuerde de mí, pero…

—El doctor Petrie, ¿no es así? —me respondió, sonriente—. ¿Qué sucede, amigo mío? Parece usted un tanto apurado. ¿No deseará efectuar una consulta profesional conmigo?

—En cierta forma así es —respondí en tono imperioso—. Preciso desesperadamente de su ayuda.

Watson me observó con mayor atención, claramente sorprendido por mi extraño proceder.

—¿De qué se trata, pues? ¿Hay algún problema de importancia?

—¡Más que eso! ¡Fu Manchú ha reaparecido y Nayland Smith ha sido secuestrado o, Dios no lo quiera, asesinado! La policía no sabe qué pista seguir… — Indeciso, me detuve un instante—. Doctor Watson, preciso de la ayuda de Sherlock Holmes.

—Ya veo —musitó mi interlocutor, frunciendo el ceño—. Desgraciadamente lleva usted diez años de retraso. En otros tiempos podríamos coger un taxi ahora mismo y hallarnos en Baker Street en veinte minutos. Sin embargo, Holmes se ha retirado definitivamente y me temo que nadie podría convencerle de que retornase a la actividad. Yo no, por lo menos; eso es seguro. Lo cierto es que hace más de dos años que no le he visto personalmente. Al parecer últimamente le ha dado otra vez por viajar y…

—Entonces…, ¿se ha marchado de Inglaterra? —inquirí en tono decepcionado.

—No. Según tengo entendido estuvo bastante tiempo en Norteamérica, pero ahora se encuentra de nuevo en Sussex dedicándose a la cría de las abejas. —Watson rió con aspereza—. Jamás podré comprender cómo un hombre de la inteligencia de Holmes puede dedicar su vida a semejante actividad.

—¿Dice usted que su granja se encuentra en el condado de Sussex?

—Así es, en un paraje cercano a Eastbourne. Si se decide usted a visitarle allí le encontrará con toda seguridad. No creo que Holmes rehúse entrevistarse con usted, pero conozco cuan obstinado puede llegar a ser y, si quiere que le sea sincero, dudo mucho de que su gestión llegue a resultado práctico alguno.

—Quizá tenga usted razón, doctor Watson, pero considero mi deber intentarlo.

Mi interlocutor emitió un profundo suspiro al tiempo que movía la cabeza con escepticismo.

—Bien, si tal es su determinación, permítame que ahora mismo le escriba una nota de presentación para usted. Sin embargo, no quisiera despertar falsas esperanzas, por lo que añadiré que yo no tengo influencia alguna sobre Holmes. Ni yo ni nadie. Inténtelo si quiere, pero estoy convencido de que ni el mismo primer ministro

conseguiría arrancarle de sus abejas y panales[6].