Todo o nada

Maria Seoane · Capítulo 9 de 19

Páginas del PDF

Todo o nada

VII. Informe secreto sobre un revolucionario La Habana-París-Tucumán (1968-1969)

SIETE

Informe secreto sobre un revolucionario

La Habana - París - Tucumán

(1968-1969)

Grupos de dos o tres hombres llegaron sigilosamente —como adiestrados conspiradores— a los fondos de una iglesia del barrio de La Boca. Formaban una curiosa mezcla de caras aindiadas y europeas. Entre ellos, Santucho no se distinguía del montón por sus características físicas: robusto, con 1,72 y setenta kilos, sólo concentraba la atención en escasas oportunidades cuando hablaba. No solía hacer discursos interminables ni repetir sus intervenciones. Y ya era conocido con el seudónimo de “Carlos Ramírez” o, más tarde, como “Miguel”, “Carlos” o, simplemente, “Robi”. [67]

Sin los morenistas, la cincuentena de militantes se dedicó a discutir un extenso documento redactado por Santucho, junto con Prieto y Prada, editado luego como folleto bajo el nombre de El único camino hacia el poder obrero y el socialismo; a elegir la nueva conducción del PRT y a debatir qué harían en los próximos meses.

Inspirado eclécticamente en los principios del guevarismo, el castrismo, el trotskismo, el leninismo y el maoísmo, para “la toma del poder”, el documento expresaba las ideas centrales por las que batallaba Santucho. Resumía una crítica lapidaria para el resto de las izquierdas y el peronismo, y constituía la primera formulación de que el camino a recorrer era “una guerra revolucionaria” en respuesta “a la guerra contrarrevolucionaria declarada por la burguesía y el imperialismo contra los trabajadores y el pueblo”. Santucho dijo en un momento a los delegados al congreso:

—No queremos la guerra; ellos la declararon primero. Pero la única forma de lograr la paz y el bienestar que deseamos para nuestro pueblo es vencerlos. Y sin armas, no será posible. Por eso debemos prepararnos. Luchamos por el socialismo, y en lo inmediato queremos derrocar a la dictadura e instaurar un gobierno obrero y popular. Ésa es nuestra estrategia y nuestra táctica.

Santucho decía, con esto, que la violencia era no deseada pero inevitable, y exponía su idea de la guerra como fatalidad, como “guerra justa” porque ella era la vía para restituir la paz alterada por la proscripción política y los niveles de explotación socioeconómica que se denunciaban añejos.

Empero, la creencia de que el PRT podía ser el depositario de una verdad trascendente incomodará en años venideros cualquier alianza con la izquierda, tanto marxista como peronista. El documento

mencionado sentenciaba, entre otros conceptos: “Nada estuvo más alejado de las preocupaciones de los ‘marxistas argentinos’ hasta el presente que el problema del poder y de la lucha armada. El otrora poderoso Partido Comunista arrastró su existencia en la búsqueda de un gobierno burgués liberal que le permitiera vivir legalmente en el régimen capitalista, usufructuando el nombre y el prestigio del socialismo que otros pueblos construyen a costa de su sangre y sacrificio. Luego, como maná del cielo, vendría el tránsito pacífico al socialismo. Esta concepción desconoce la naturaleza del imperialismo que necesita de la guerra contrarrevolucionaria para prolongar unos años más su agonía histórica. Supone, además, la existencia de una burguesía dispuesta a ceder gratuitamente sus privilegios. En los hechos, se ha revelado tan utópica como reaccionaria”. En el mismo documento se calificaba a otros grupos trotskistas de “espontaneístas, pacifistas, sindicaleros y reformistas”.

También vaticinaba que “algunos grupos de jóvenes peronistas que hacen intentos de formular una estrategia revolucionaria terminarán inevitablemente en el fracaso mientras se mantengan en los marcos de una política oportunista. No puede haber estrategia de poder correcta con una política oportunista que reivindica una dirección (Perón) que en los últimos trece años ha dado pruebas consecuentes de su carácter capitalista y que sólo ha sabido organizar derrotas del movimiento obrero argentino”. Los grupos maoístas tampoco estaban a resguardo de la andanada de críticas, especialmente dirigidas a Vanguardia Comunista (VC), que había abjurado del foquismo rural en esos meses: “Copian dogmáticamente el proceso chino y son recitadores del librito rojo de Mao Tse Tung”. [68]

Un verbo engreído, desafiante y fundacional sobrevolaba el documento: en él se establecían tesis definitivas para el comportamiento político del PRT y también para el destino de muchos hombres y mujeres que las adoptarían como banderas. Santucho pensaba que la guerrilla podía iniciarse aun cuando existiera inmovilidad política; que había que iniciar la construcción de “un ejército revolucionario, regular en las zonas rurales”; que el lugar para desarrollarlo era Tucumán; que los EE.UU. intervendrían ante cualquier levantamiento revolucionario, por lo que “el proceso armado sólo puede triunfar continentalmente” y que la revolución cubana no era una excepción sino el indicio de que toda América latina, incluida la Argentina, ya podía transitar hacia el socialismo. Es más, Santucho admitía, al refrendar las páginas de ese documento, que la estrategia de guerra revolucionaria podía llevarse a cabo bajo cualquier gobierno y régimen, fuera de facto o constitucional, y no parecía preocupado en ese momento originario por tejer alianzas políticas ni desplegar una idea más precisa de qué hacer con las múltiples representaciones partidarias existentes. ¿Su línea divisoria para la política era la predisposición de unos y otros para lanzarse a la guerra? Tampoco parecía alertado sobre el riesgo de que el sujeto histórico de todas las transformaciones sociales (el pueblo) pudiera ser reemplazado por una élite (el partido de vanguardia). Insistía hasta el cansancio en la necesidad de desplegar la propaganda revolucionaria, pero la entendía más como la difusión de las ideas de un núcleo de cuadros políticos que como una vasta operación cultural contrahegemónica.[69]

Así, solos contra el mundo pero convencidos de que representaban a millones y decididos a jugarse la vida por esas ideas, la cincuentena de militantes, mayoritariamente hombres, se preparaba para iniciar la guerrilla rural, crear con el tiempo un ejército regular en el campo, e impulsar la

guerrilla urbana. ¿Por qué Santucho no pensaba que esto era foquismo, práctica que había condenado, y aún condenaba? Su argumento fue: “Ahora construiremos una fuerza militar respaldados por un partido, con influencia entre los trabajadores”. [70] Una aspiración política que debía someterse a la prueba de la realidad.

Ese caluroso fin de semana de febrero de 1968, faltaban dos asuntos importantes a pocas horas del término de las deliberaciones: el nombramiento de Oscar Prada como secretario general del PRT, y el de Santucho como jefe máximo del comité militar —organismo creado en el congreso— y también de la propaganda política. En adelante, se editaría el periódico mimeografiado El Combatiente (EC). Santucho reunía así dos cargos clave. Sin perder tiempo, un par de semanas después del congreso, viajó a Cuba para instruirse en la guerra de guerrillas. Lo acompañaron Pujals, el ex estudiante de Economía Rubén Bonet, apodado “El Indio”, y Antonio del Carmen Fernández.

La permanencia del flamante jefe militar del PRT en La Habana, rodeada de un gran secreto, no duró más de dos meses. Después, viajó a España para visitar en Santiago de Compostela a su hermano Julio, que aún estudiaba teología en el Monasterio de Pollo. En los primeros días de mayo de 1968, Santucho llegó a París acompañado por Bonet, cuando ardían las barricadas en las calles.

El Mayo francés había comenzado el día dos con la ocupación de La Sorbona. A la revuelta estudiantil se habían incorporado diez millones de trabajadores en huelga, con la ocupación de más de 120 fábricas. Banderas rojas y negras de los anarquistas y comunistas ondeaban sobre La Sorbona y el teatro Odeón en el Barrio Latino, y sobre las usinas de la fábrica Renault. El diario comunista L’Humanité contestaba al primer ministro Georges Pompidou: “Aquí se levanta el Gulliver obrero entre la confusión de los liliputienses que lo creían definitivamente aniquilado”. En el patio principal de la universidad, un Victor Hugo de piedra sostenía entre sus manos el libro rojo de Mao Tse Tung.

En las bolsas de trabajo de París ondeaban las banderas del Frente de Liberación Nacional de Vietnam y del Movimiento 26 de Julio de Cuba. Si los insurrectos querían la reforma universitaria, y el alejamiento de Charles De Gaulle de la presidencia, éstas sólo parecían ser las consignas evidentes. En realidad ese movimiento democrático explosivo parecía alertar sobre el boom industrial que lanzaba a la marginalidad a miles de trabajadores y reeditaba una cultura autoritaria.

Así lo había entendido Herbert Marcuse, uno de los teóricos de la revuelta, cuando preconizaba la destrucción de la sociedad opulenta, oponiéndose al capitalismo salvaje y al socialismo de la escasez.

A Santucho debió haberle impresionado semejante convulsión. Más tarde, en 1975, afirmaría que la vertiente libertaria del planeta no sólo la integraban los movimientos revolucionarios de los países del Tercer Mundo y el movimiento comunista internacional, sino también la “lucha de los trabajadores de los países capitalistas desarrollados”. Pero en mayo de 1968, sus reflexiones transitaban por otros carriles. En realidad, había llegado a París para tomar contacto con la IV

Internacional y sus representantes más conspicuos: la Liga Comunista Francesa (LCF), y para debatir muchos de los documentos que en diciembre de ese año formarían parte del célebre IX Congreso de la Internacional trotskista, declarándola partidaria de la OLAS y de la lucha armada por el socialismo en América latina. Congreso que, además, se definirá a favor de reconocer al PRT-El Combatiente —nombre que se le daba públicamente para diferenciarlo del PRT-La Verdad con que

seguían identificándose los morenistas— como delegado oficial de la IV Internacional en la Argentina, abriendo así las puertas a un distanciamiento definitivo entre la LCF y Nahuel Moreno.

Hubert Krivine, Ernest Mandel, Daniel Bensaid y Jean Pierre Beauvais fueron los miembros de la LCF que más debatieron con Santucho en ese viaje. Años más tarde, en un bar de París cercano a la sede de la LCF, Bensaid recordará algunos detalles de ese encuentro: “Llegó a París cuando estábamos en pleno proceso de insurrección. Se hospedó, como lo hará en 1972 luego de salir de Cuba, en la casa de Janneth Havel. Jean Pierre Beauvais, a quien le decíamos ‘Rihel’, fue su principal acompañante en la ciudad. Lo llevó a las barricadas del Barrio Latino, a las marchas obreras, a las manifestaciones más violentas sobre Les Champs Elysées. Santucho no hablaba bien el francés pero Beauvais, como la mayoría de los militantes de la IV Internacional, sabía español.

Santucho hizo pocos comentarios políticos, solía callar cuando no comprendía. Pero al final de una de esas jornadas de mayo, la única reflexión que nos transmitió fue: ‘Ustedes tienen un bajísimo nivel de violencia en las acciones de masas’. Nos sorprendió porque para nosotros ardía el mundo. Creo que en ese comentario hay una síntesis precisa de lo que él entendía por violencia. ¿Existe acaso mayor tensión violenta que el momento en que millones han decidido romper el diálogo político y pasar a la acción directa al movilizarse? Pero Santucho pensaba en la violencia de la guerra de guerrillas, estratégica, de las élites. En cierto sentido, una fuerza de choque que superara la voluntad inmediata de millones para asaltar el poder. Esto nos distanciaba porque como trotskistas —aunque en esos tiempos veíamos con simpatía a las guerrillas— teníamos una tradición política distinta. Por muchas razones, en la América latina de esos años la política había sido desprestigiada hasta los límites de la mentira, del engaño, y se acentuaba cada vez más la explotación capitalista, la marginación de los trabajadores y la dependencia del centro imperialista. Santucho reflejaba esa tragedia argentina”. [71]

Se sabe que Santucho regresó a Tucumán a principios de junio de ese año con cartas de triunfo, ya que de todas las organizaciones que integraban la IV Internacional, el PRT había sido el partido latinoamericano que más presionara para incitarla a reconocer la inexorabilidad de la lucha armada como vía para el triunfo del socialismo. Traía consigo, además, la promesa de la LCF de que se lo reconocería como el principal referente político en la Argentina.

Durante su ausencia, en el país hubo acontecimientos que parecieron confirmar, largamente, su idea de que la Argentina estaba a las puertas de una situación “prerrevolucionaria”, por lo que la creación del partido de vanguardia, armado, entonces, no podía demorarse ni un minuto más. La CGT

había quedado en manos del sector más combativo dirigido por el gráfico Raimundo Ongaro, y esto legitimaba la lucha antiburocrática. Por otro lado, dentro de la Iglesia católica se estaba produciendo la revolución interna cuya inminencia Santucho había vaticinado a su hermano Julio: a fines de 1967

se había constituido el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Basados doctrinariamente en la Conferencia de Medellín recién realizada, los sacerdotes revolucionarios criticaban al capitalismo y a la dominación imperialista y, sobre todo, reconocían el derecho de los pueblos y clases oprimidas a usar la violencia contra los opresores. La consigna era: “La violencia

de los oprimidos no es violencia sino justicia”, y el paradigma, el sacerdote-guerrillero colombiano Camilo Torres, muerto en combate a fines de 1967. [72]

El desmembramiento de las FAP en Taco Ralo el primero de setiembre del ’68, día del fallecimiento de Cooke, su viejo amigo, o el deterioro de la relación amorosa con Sayo —producido no sólo por las prolongadas ausencias en aras de la lucha revolucionaria, sino también por la secreta e incipiente pasión que Santucho sentía hacia la joven estudiante tucumana Clarisa Lea Place—, no lo detuvieron para organizar justamente en setiembre los primeros núcleos de la guerrilla rural en Tucumán. Santucho montó un campamento de entrenamiento en Caspichango, cerca del río Las Calaveras, en la ruta a Tafí del Valle, e inició la primera experiencia de foco rural, con una mínima red de apoyo logístico en la ciudad de San Miguel. La improvisación que caracterizó este emprendimiento tendría, meses después, graves consecuencias.

A principios de 1969, Santucho intentó resolver una de las principales trabas para el desarrollo de la guerrilla: la falta de dinero. Sin dar a conocer su filiación política y con la esperanza de pasar por un simple ladrón para no concentrar la represión policial —tradicionalmente más dura con los militantes políticos— ni delatar los preparativos militares del PRT, dirigió el comando que el 7 de enero de 1969 asaltó el Banco Provincia de Escobar. El operativo reportó un botín récord de 75

millones de pesos —unos 213 mil dólares del momento— y ninguna víctima. Fue la primera

“expropiación” de envergadura del proto ERP, que en esos días se denominó Comando Sargento Cabral. La palabra expropiación que el ERP utilizaría de ahí en más fue tomada de la tradición anarquista ya que los fondos y objetos robados a los ricos, a quienes se suponía que no pertenecían por haberlos robado a su vez al pueblo, no eran de uso personal sino que se destinaban a “la causa popular”. La prensa comentó: “Eran cuatro hombres jóvenes y decididos, se movilizaron con gran rapidez pero sin apuro. Pusieron la energía suficiente aunque sin apelar a la violencia física, como para que ningún empleado intentara delatar su presencia”. [73] La detención de dos miembros del comando días después evidenció improvisación e inexperiencia. Santucho debió escapar en una bicicleta, disfrazado de deshollinador, en tanto que los otros no tuvieron esa suerte. La identificación de los detenidos como profesionales, cultos, y de familias acomodadas, confirmó las sospechas de la prensa y de la policía de que no se trataba de simples ladrones. [74]

El encrespamiento de la oposición política y social contra Onganía, sin embargo, dejó en la penumbra el asalto al banco. El 12 de mayo, la ley 18.204 de la dictadura unificó el régimen de duración de la jornada de trabajo que, en ciertas provincias como Córdoba, significaba suprimir ventajas ya adquiridas por los trabajadores. Los metalúrgicos y mecánicos de Córdoba, gremios de punta en esos años, nucleados en la UOM, SMATA, Sitrac (Sindicato de Trabajadores de Concord) y Sitram (Sindicato de Trabajadores de Materfer), declararon un paro por tiempo indeterminado. Las dos CGT (pro vandorista y combativa) se plegaron a la resistencia. Por todo el país se extendían masivas manifestaciones estudiantiles contra la intervención a las universidades. Los jóvenes Juan José Cabral, Ramón Bello y Luis Blanco cayeron bajo las balas policiales, en Corrientes, Rosario y Córdoba. El 29 de mayo Vandor declaró el paro nacional. Una desconocida y masiva violencia popular, insurgente, democrática y antidictatorial, se extendía por las principales ciudades del país,

con epicentro en Córdoba, ocupada parcialmente por los manifestantes que resistieron a la policía y al ejército durante varios días. La insurrección popular —bautizada el Cordobazo— dejó un saldo de catorce muertos y cientos de presos. Los principales dirigentes sindicales cordobeses —Agustín Tosco (Luz y Fuerza) y Elpidio Torres (SMATA)— fueron sometidos a un tribunal de guerra y condenados a prisión. Ongaro había sido detenido un mes antes.

El general Alejandro Agustín Lanusse, encargado de la represión en Córdoba, emergía como el seguro sucesor de Onganía, más dispuesto a una solución política que su antecesor. Hubo cambios en el gabinete: el ministro de Economía, Krieger Vasena, fue reemplazado por José María Dagnino Pastore, quien prometió paritarias (ronda de discusiones de los convenios colectivos de trabajo entre obreros y empresarios) para setiembre del ’69 en un intento de calmar la furia sindical. Desde Puerta de Hierro, su residencia en Madrid, Perón alienta la rebelión, da por concluida la etapa del

“desensillar hasta que aclare” y, junto con el radicalismo, promueve una serie de contactos para concertar la salida electoral, la reorganización del peronismo con un organigrama donde las fuerzas guerrilleras (formaciones especiales) tendrían un lugar prioritario, y el alejamiento de Vandor.

Pero la conmoción ya había ocurrido. Y a partir del Cordobazo, se reforzó la convicción de los jóvenes de la generación de los años 60 y 70 de que la historia del país se contaría entre el antes y el

después de aquellas barricadas humeantes, las protestas obreras, las consignas intransigentes contra el poder militar, el desprecio por los políticos tradicionales como si se tratara de los bomberos de la Historia, y el odio al imperialismo. Las consignas pintadas en las paredes de las principales ciudades del país revelaban una certeza sin antecedentes de que, esa vez, el sistema capitalista comenzaba a estar arrinconado. La protesta se gestaba en las calles, las fábricas, las aulas, los teatros, la literatura y en cualquier rincón expresivo que hubiera logrado forzar, aun en secreto, la censura dictatorial.

Si en los meses posteriores al Cordobazo, las huelgas y manifestaciones se multiplicaron, también crecieron las acciones guerrilleras: robo de armas, hostigamiento a puestos militares, reparto de alimentos en barrios pobrísimos, “expropiados” de los camiones en que los transportaban para su distribución las grandes empresas productoras de leche, carne, azúcar. El 30 de junio de 1969, un comando del Ejército Nacional Revolucionario (ENR), vinculado al comando peronista Descamisados, asesinó a Vandor. En tanto las proto-FAR (ELN), dirigidas por Marcos Osatinsky, quemaron quince supermercados Minimax —colocando explosivos dentro de tubos de pasta dentífrica, según verificó el informe policial posterior—, propiedad de la familia de Nelson Rockefeller, de visita oficial en la Argentina durante esos días. El 27 de julio la policía asesinó al periodista y dirigente de la maoísta VC, Emilio Jáuregui, en una manifestación en Buenos Aires.

La protesta popular y la represión policial fueron in crescendo. A pesar de la distensión que Onganía intentará hacia fines del ’69 con la amnistía a Tosco, Torres y Ongaro, y la restitución de la personería jurídica a algunos gremios, seguía gobernando con estado de sitio y nuevas leyes represivas. La crisis había estallado con una presión máxima, acumulada, por lo menos, desde el 16

de setiembre de 1955, día del sangriento golpe militar contra el segundo gobierno peronista. Las fuerzas políticas leyeron ese fenómeno de manera diversa, aunque coincidían en su carácter antidictatorial. Para el peronismo significó el comienzo del fin de la proscripción; para el radicalismo, el tan ansiado retorno a la legalidad institucional. La vieja izquierda comunista y socialista supuso el fin de la dictadura, pero tembló ante la incorporación masiva de la violencia. La nueva izquierda creyó confirmar que la clase obrera y el pueblo —binomio de toda alianza social revolucionaria— estaban preparados para la guerra popular y la lucha por el poder y el socialismo.

El régimen comprendió que, con la “agresión subversiva marxista”, había llegado el momento más delicado para su perpetuación. El momento del máximo gesto político: aceptar la legalidad del peronismo, replegarse para volver. Nadie mejor que Lanusse, dentro de las FF.AA., expresaría dicha ecuación. El capitalismo dependiente argentino mostraba señales visibles de agotamiento. Había que cambiar el rumbo económico y político: ¿hacia dónde? ¿Profundizando la dependencia con los países del Norte o modificando radicalmente el sistema? En esta tensión comenzaba a jugarse el destino económico, político y social del país en las décadas venideras. Por lo menos, la partida más decisiva del siglo. La insurrección sólo la había hecho evidente. Faltaba su despliegue y saber quién sería el vencedor. [75]

Santucho participó de la rebelión popular junto a otros dirigentes perretistas cordobeses con fama de expertos políticos y de valientes: el ítalo-argentino Domingo Menna, apodado “Nicolás”, un estudiante de Medicina, miembro de la agrupación estudiantil Espartaco que se incorporó al PRT en

los primeros meses de 1966, y el empleado de la Empresa de Correos, Carlos Germán, apodado

“Mauro”, posteriormente dirigente sindical de la Fiat, que había integrado las filas comunistas antes del golpe militar de Onganía. Ambos ocuparon cargos importantes en el PRT, fueron los pilares políticos de Santucho durante el Cordobazo, y quienes primero le insistieron en concentrar la atención sobre “el proletariado industrial”.

Si bien había impulsado la creación del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) —una alianza entre el MLN, PCR, VC y el Peronismo Revolucionario de Cooke— cuya alma mater fue Luis Cerrutti Costa, ex ministro de Trabajo de la Revolución Libertadora que luego abrazó el marxismo, para articular un frente político-sindical público, Santucho cuestionó a varios dirigentes perretistas que participaron del mismo por haber aceptado que el PRT se subordinara a la estrategia de la CGT

liderada por Ongaro. La actividad del partido revolucionario, según Santucho, no podía diluirse en los sindicatos. En el fondo, como jefe militar del PRT, estaba empeñado en un rápido desarrollo de la fuerza guerrillera, sobre todo luego del Cordobazo, que lo convencerá de destinar mayores esfuerzos políticos en los grandes centros industriales urbanos, aunque sin abandonar su vieja obsesión de subir al monte.

Es más, dado el curso de los acontecimientos, estaba francamente disgustado por el tiempo perdido en la larga polémica con Moreno. Pero los diferentes puntos de vista sobre la cuestión militar y político-sindical comenzaban a despertar serias desavenencias internas entre Santucho y un grupo de dirigentes partidarios. [76]

En una reunión de urgencia del comité central del PRT, el 12 de octubre de 1969, Santucho propuso un plan para el inicio de la actividad guerrillera en todo el país: en febrero de 1970, asalto a un cuartel y ocupación de una radio para iniciar la guerrilla urbana; en abril, las primeras operaciones públicas en los montes tucumanos. Tal decisión, sin embargo, se frustró. La detención del estudiante tucumano Tirso Yáñez en la localidad de Monteros, el 29 de octubre, mientras propagandizaba con petardos y volantes el ideario perretista, puso a la policía sobre la pista de Santucho y de los aprestos rurales. Bajo presión, en sus declaraciones ante la policía y ante el juez, Yáñez involucró a más de medio centenar de sus compañeros. Treinta y nueve de ellos fueron procesados, ocho detenidos y el resto quedó prófugo. Santucho fue visualizado como el jefe indiscutido del grupo, y comenzó su pertinaz persecución. [77]

El primero de noviembre, el jefe de Orden Público de la División de Investigaciones de Tucumán, comisario inspector José Antonio Neme, elaboró un informe de inteligencia, el primero en develar el nivel de conocimiento oficial sobre la actividad política de Santucho:

“Memorando-reservado. Objeto: informar antecedentes. Mario Roberto Santucho.

”En el mes de noviembre de 1960 firma, entre otros, una carta dirigida al entonces ministro del interior doctor Alfredo Vítolo, con el fin de solicitar la libertad de María Mastroberti, detenida en el mes de julio de ese año en un restaurante céntrico de Buenos Aires, juntamente con otras veinte personas, en ocasión de efectuarse una despedida al secretario de la Embajada de Cuba. A excepción de la nombrada los restantes recuperaron su libertad

por lo cual se dice en la carta; se deduce el ensañamiento contra María Mastroberti. El día 13 de setiembre de 1961, en horas de la noche, dictó una conferencia en el local del Partido Socialista Argentino, ubicado en ese entonces en la calle Las Heras 21; la que estuvo patrocinada por la Juventud Socialista Argentina. Días antes había regresado a esta ciudad procedente de la República de Cuba, adonde había sido invitado por ese gobierno, para que se interiorizara de la acción del gobierno de Fidel Castro, motivo por lo cual fue dictada la precitada conferencia. En abril de 1966 participó de un congreso realizado en FOTIA, en el cual usó de la palabra en representación del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

En esa ocasión hizo conocer la adhesión de sus representados ante el organismo gremial, exhortándoles a seguir en la lucha, para combatir —dijo— al capitalismo y la irresponsabilidad de sus gobiernos, por lo cual la clase trabajadora está soportando una grave crisis.

”En setiembre del año 1966, graduado ya de contador público nacional, el sindicato del ingenio San José contrató sus servicios para la contabilidad sindical. Con fecha 2 de marzo 1967 se da a conocer por intermedio del diario La Gaceta, un procedimiento efectuado por la delegación local de la Policía Federal en Villa Marcos Paz donde se descubrió una célula terrorista, secuestrándose material subversivo y un aparato transmisor como así también armas de distintos calibres. En la oportunidad se detuvo a varias personas entre los cuales se encontraba el cuestionado, que en la eventualidad se desempeñaba como asesor del sindicato del ingenio San José, se presumía que era el autor de un folleto titulado ‘La lucha recién comienza (cómo debemos prepararnos para resistir y enfrentar al gobierno militar)’, y en cuyas páginas se refiere entre otros, al período comprendido entre la caída del doctor Illia y los últimos acontecimientos que se estaban desarrollando en ese entonces. En otros capítulos se instruye la forma de hacer frente a la policía, la necesidad de ayudar a los guerrilleros de Guatemala y Colombia; también —según sus declaraciones— Santucho había seguido un curso de adiestramiento sobre la guerrilla revolucionaria en Cuba. Una vez concretada la detención se estableció una discreta vigilancia en los alrededores de su domicilio donde funcionaba, en forma clandestina, la sede del Partido Revolucionario de los Trabajadores, allí fue detenido cuando llegaba a la casa el universitario Armando Archetti, y luego se realizó un allanamiento en el inmueble donde se secuestró numerosa propaganda subversiva de acuerdo con informes del estudiante Archetti. Él servía de nexo de unión entre las organizaciones obreras y el mencionado P. Motivo por lo cual concurría al domicilio de Santucho donde se le proveía del material necesario. Motivo por lo cual se le instruyó sumario por infracción a los artículos 213 inciso 1) y 219 inciso B) del Código Penal de la Nación en función de la ley 16.894.

”Al ser interrogado, manifestó que durante su etapa de estudiante universitario visitó

Norteamérica, algunos países americanos, incluyendo a Cuba, siendo uno de los creadores del Frente Revolucionario Indoamericano Popular, partido éste que en el año 1963 toma contacto con el partido ‘Palabra Obrera’ de cuya fusión nace el Partido Revolucionario de los Trabajadores, siendo inscripto en el juzgado electoral de Tucumán con el nombre de Partido de los Trabajadores, cuyo objetivo era llegar al poder para instaurar un Estado Socialista con los demás países latinoamericanos. Reconoció como suyo material secuestrado en su domicilio. Que los objetivos principales del Movimiento puede resumirlos de la siguiente manera: 1) Difusión de doctrinas o manifestaciones críticas destinadas al derrocamiento del Gobierno Reaccionario Bonapartista del Teniente General Juan Carlos Onganía; en el orden internacional el Movimiento debe ayudar a todo el proceso de la Revolución Latinoamericana en el campo socialista, apoyo moral a los guerrilleros de Vietnam, Guatemala, Venezuela y Colombia, para cumplir con ese objetivo debe realizar la tarea de acuerdo con el principal libro de: ‘La lucha recién comienza’.

Personal de esta Sección en el mes de agosto de 1967, se informó que en las cercanías de un cargadero del ingenio San José se realizaban reuniones en las que participaban activos dirigentes gremiales con tendencia de izquierda, participando también de ésta el señor Santucho; al margen de lo gremial, en estas reuniones se organizaban festivales y bailes a beneficio del Partido Comunista. El día 25 de agosto de 1967 la Policía Federal de esta ciudad hizo comparecer al ciudadano José Alberto Mirkin, en parte de su declaración manifestó que las figuras principales del Partido de los Trabajadores en Tucumán, entre otros se encontraba Roberto Mario Santucho; el declarante, activista también en el mencionado Partido.

”SAN MIGUEL DE TUCUMÁN, 1 de noviembre de 1969. ”NOTA: Datos personales del causante: M.I. 7180840-C. 1963- hijo de Francisco Rosario y Manuela del Carmen Juárez, domiciliado en Isabel la Católica 1330, Prof. Contador.” [78]

La prosa textual del informe policial se completó el 3 de noviembre con una orden de detención que no partió del juzgado sino de la División de Seguridad de la policía tucumana. El comisario inspector Norberto Bordón solicitaba al director de Investigaciones Jacobo Capraro el arresto en calidad de incomunicados de Santucho y otros militantes “por la participación criminal en la intimidación pública, atentado contra la autoridad de los medios de transporte y comunicaciones y otros delitos” .[79] Días después de la detención de Yáñez, y gracias a la colaboración de espías que desde hacía mucho estaban tras los pasos de Santucho, la policía ya sabía cuál era la polémica interna en el PRT: el enfrentamiento con Prada y Prieto y los planes militares. Sólo faltaba conocer el paradero del jefe. A las dificultades externas se sumó la crisis sentimental que Santucho arrastraba desde hacía más de un año. Creía estar enamorado de Clarisa Lea Place y se quejaba del abandono de su esposa, dedicada ya a la militancia, con lo que estaban de hecho separados. A pesar de la oposición de Santucho, su hermano Julio había regresado en agosto de Europa, con la decisión de abandonar el sacerdocio para dedicarse a la actividad política. Enterado del conflicto familiar, el 7

de noviembre de 1969, Julio le escribió:

“Querido Robicito: (…) Vos has tomado una decisión, yo la considero equivocada pero todavía estás a tiempo de rectificarla; por eso, además de reiterarte mi apoyo incondicional quiero ayudarte, si puedo, con mis reflexiones. Pase lo que pase después, seguí contando conmigo para todo, por supuesto; pero antes, escucháme. Vos dices que es un cambio que necesitas hacer en esta etapa de tu vida y de tu lucha; además no se trata de un caso común y ordinario: éste sentará precedente, inaugura un nuevo tipo de relaciones. Hay que mirar el futuro, no el pasado. Sin embargo, hoy la Sayo milita más y mejor que nunca al punto que por hacerlo tuvo que dejarte solo en Tucumán (del mismo modo que vos, por militar la dejaste sola a ella) pero con la mala suerte que te dejaba justo en el momento que más falta hacía que estuvieran juntos. Además, vos, poco a poco, te habías ido enfriando y apartándote de ella: la subestimaste; debes ser el único en el P (partido) que no se conforma con una compañera como ella. ¿Por qué tu caso es especial, es distinto, único? Ya sé que no lo formulas de esa forma pero es preciso que te hurgues y a lo mejor encuentras algo de eso.

Es preciso que veas que sos un ser humano como todos, que el hombre nuevo es frágil porque es siempre tensión y nunca posesión definitiva: cuando te quieres apoyar en tu condición de hombre nuevo, dejas de serlo. Por eso mismo, porque sos un ser humano —

cosa que a veces perdimos de vista los que te admiramos y quizá vos también— tienes que analizar objetivamente tu caso, es decir, a partir de lo que la experiencia enseña que le ocurre al común de los hombres.

”Te has sentido atraído por esa chica, has visto sus cualidades, te has enamorado de ella. Y

como tu antiguo amor languidecía con este nuevo brote te has sentido renovado. Después, has hecho todo un tinglado para aplicarlo a tu caso concreto, a tus necesidades actuales: todo obra del subconsciente, y lo has planteado seguro de que los compañeros lo aprobarían; quizás, sentiste secretamente vocación de precursor: es un anticipo de las nuevas relaciones del futuro; no son motivadas por el egoísmo sino que el único móvil es la revolución. Pero te olvidas que en este momento preciso no se trata de intentar nuevos tipos de relaciones sino de vivir con el mayor desprendimiento y austeridad una plena moral revolucionaria: un hogar honesto y sólidamente constituido, una fidelidad inquebrantable, una Justicia en la vida cotidiana que sea el reflejo del ideal más absoluto del revolucionario. Y aquí entramos en otro problema: ‘el que dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo a quien ve, es un mentiroso’. No se lucha por la justicia cometiendo injusticias; no puedes exigirle a la Sayo que siga como si nada hubiera pasado porque es pedirle que renuncie a sí misma, que se anule en su propio ser; no se puede usar de las personas como si fueran instrumentos: que se utilizan y después se dejan. El hombre debe subordinarse a la sociedad pero nunca a otra persona: eso es explotación. A no ser que la subordinación sea mutua y entonces se llama amor; y esa entrega mutua no puede cesar por voluntad de una de las partes sin cometer injusticia: en realidad no puede cesar nunca

porque la persona cuando realmente se entrega lo hace total y definitivamente, sin cálculos ni límites. Es lo mismo que la entrega a la revolución, porque ambas surgen del fondo más íntimo de la persona espiritual que sale de sí misma para realizarse a sí misma en la construcción de un mundo nuevo: donde la novedad de las relaciones sociales no consistirá en que sean arbitrariamente distintas sino en que estarán libres de egoísmo y de mezquindad.

Vos sabes que la Sayo te ha querido; te sigue queriendo más que antes, por eso se aferra a vos: no es egoísmo sino que siente como si le arrancaran un pedazo de sí misma, un pedazo de su entrega a la revolución, porque el amor que te tiene se identifica con su propia vida, se identifica con la revolución. Quedaría un último punto: el valor práctico de tu gesto, lo mejor del P. lo repudia: eso tiene que ser para vos como los decretos del Concilio para mí.

Si estás en desacuerdo, lo más prudente es que revises tu modo de pensar. No te puedes obcecar en que sos el único iluminado, el dueño de la razón. Tienes que replantearte todo desde el principio. No vayas a ser hipócrita, no te conformes con acatar una decisión a la fuerza y arrastrar una situación penosa. Metéte al fondo de tu corazón y ahí vas a encontrar que lo que te digo es justo, que oculto pero vivo late el único e inmenso amor de tu vida: la revolución, la Sayo, las chiquitas. Te lo deseo, de corazón. Julio”.

Clandestinamente, las relaciones entre Santucho y Lea Place se prolongaron un tiempo. Sin embargo, él terminó aceptando las concepciones derivadas de esta carta que, asimismo, constituyeron, más allá de formas específicas, el comportamiento “moral” del PRT: una suma de ética judeocristiana; el deber ser social extremado sobre los sentimientos individuales y, al mismo tiempo, una revulsiva búsqueda de otra moral diferente a la tradicional, considerada hipócrita. Verdaderos apóstoles laicos que, contrariamente a la propaganda que difundirían más tarde sus enemigos políticos, nada tenían de licenciosos o drogadictos.

Los allanamientos y las detenciones masivas de perretistas en Tucumán no dejaron a Santucho demasiado tiempo para la reflexión personal. Mientras intentaba frenar el desbande producido en las filas partidarias, el 24 de noviembre de 1969 una patrulla policial lo detuvo en la calle Corrientes al 1400, en el centro de San Miguel. A pesar de los golpes recibidos en dos días de incomunicación, aceptó declarar pero negó todas las acusaciones. Trasladado a la comisaría de Villa Quinteros, en la localidad de Monteros, se dedicó, inmediatamente, a preparar su fuga. No contaba, sin embargo, con el apoyo de la dirección partidaria.

Con “el desastre tucumano” a la vista, los dirigentes Elías Prieto y Oscar Prada decidieron anular las resoluciones del comienzo de la guerrilla votadas en octubre, disolviendo el recientemente creado comité militar y destituyendo a Santucho de la jefatura, a quien calificaban como “el último foquista de América”. Impotente por estar prisionero, furioso por revivir la misma polémica mantenida con Moreno, que había retrasado la fundación de un brazo militar del PRT, Santucho envió cartas lapidarias: acusó a los que se oponían a formar la guerrilla en aras de la lucha sindical, o a los que querían retrasarla, de “traidores y cobardes” y exigió la inmediata convocatoria al V Congreso.

El 3 de febrero de 1970, escribió: “A los compañeros del Comité Ejecutivo: Recibí un informe indirecto y he leído un documento aprobado por el CC. La indignación no me ha dejado dormir

anoche. Veo que han tomado el camino de la traición abierta a las resoluciones del IV Congreso, renegando de la preparación de la g.r. (guerra revolucionaria), como es costumbre, sin decirlo, y adoptando la tradicional y suicida línea de desensillar hasta que aclare y esperar que el Dios de los acontecimientos ponga remedio a vuestra incapacidad, cobardía e inacción. (…) Servirá para hacer patente al partido que la principal rémora es la actual dirección y estimulará a los dirigentes leninistas, a los cuadros y militantes que consideran a su partido el PRT como el que iniciará y desarrollará la g.r. frente a la dictadura militar, el capitalismo y el imperialismo yanqui, y hará posible el potencial que se necesita en la máxima dirección partidaria. Ustedes han dejado a un costado el fusil y la bandera que nos dejara el Che. El nuevo P. será la mano receptiva que recogerá a ambos, lavará el honor que ustedes están pisoteando y retomará firmemente la preparación y desarrollo de la g.r., que la encrucijada histórica de nuestra Argentina y Latinoamérica exige perentoriamente. En el PRT del IV Congreso no hay lugar para los traidores y los cobardes, recuerden esto, señores. ¡Resistir la traición morenista! ¡Levantar bien alto y desplegar la bandera leninista de la guerra revolucionaria! ¡Por un congreso estatutario y democrático! ¡Viva el PRT!

Carlos Ramírez” .[80]

Para fugarse de la cárcel en tales circunstancias, Santucho sabía que sólo podía contar con algunos fieles del FRIP como su hermano Francisco René o el contador Juan Manuel Carrizo, o con los nuevos compañeros de ruta, como Benito Urteaga, que se habían incorporado al PRT en Rosario cuando éste decidía iniciar la guerrilla. Estos hombres improvisaron su rescate de la comisaría de Villa Quinteros, en la madrugada del 4 de febrero de 1970. Pero el comando debió huir, delatado por los ladridos de los perros del barrio. Las actas policiales —con croquis detallados de la comisaría y de la celda que ocupaba Santucho— decían: “...en su desordenada huida dejaron un bolsón negro, usado, de material plástico, en la parte de la tapia, el cual fue retirado cuidadosamente y una vez en este local policial se comprobó que contenía en su interior los siguientes objetos: un revólver sin uso marca Rubí calibre 32 largo, Nro. 30653; 57 proyectiles de 9 mm para ametralladora PAM; 7

proyectiles para pistola 45; 4 candados sin uso, cinco cadenas tipo Esposa de un metro sesenta de largo, una piola de 9 mtrs. de largo sin uso; un rollo de tela adhesiva; un rollo de alambre de fardo; un rollo de hilo negro para coser; una aguja, un foco para linterna y un frasco de antioxidante, lubricante para arma, quedando todo ello en calidad de secuestro. Se hace constar que en el lugar del secuestro del bolsón quedaron huellas bisibles (sic) de zapatos de varón, pertenecientes a dos o tres personas, como así también en la pared de la tapia por donde intentaron escalar (…) Firmado José A. Salazar, oficial principal”. [81] El 5 de febrero, trasladaron a Santucho a la comisaría de la ciudad de Concepción. La policía local le tomó una foto para certificar judicialmente que aún estaba en prisión. Se lo ve sentado detrás de las rejas con gesto casi irónico, en alpargatas, y con un libro sobre las rodillas.

La primera consecuencia del fracaso de la fuga fue la detención, dos meses después, de Francisco René Santucho, quien liberado al poco tiempo al acogerse al derecho constitucional de optar por la

salida del país, partió hacia Perú. Los primeros días de noviembre del ’72 viajará a Chile para reingresar clandestinamente a la Argentina y comenzar a desarrollar, durante 1973 y 1974, la guerrilla rural entre los hacheros santiagueños.

Las otras dos consecuencias no menos espinosas para Santucho fueron la decisión del juez federal a cargo de la causa, Eduardo Lucio Vallejo, de recluirlo en la cárcel de Villa Urquiza, que reunía mayores condiciones de seguridad, y el estallido de la crisis interna en el PRT. [82]

Desesperado porque presentía que su partido estaba al borde del naufragio, el 10 de febrero Santucho envió una nueva carta a los dirigentes porteños en la que exigía la convocatoria al V

Congreso y el mantenimiento de los planes para su fuga. [83] El resultado inmediato fue que 16 de los 25 miembros del comité central perretista, dirigidos por Prada y Prieto, decidieron fraccionarse para fundar más adelante el Grupo Obrero Revolucionario (GOR). Quedaron dos grupos internos que no abandonaron la idea de la lucha armada: la denominada Tendencia Leninista encabezada por Urteaga, quien mantenía una intensa correspondencia con Santucho y, de alguna manera, lo representaba, y la Tendencia Comunista, que quería la suspensión de la actividad guerrillera por un tiempo y la postergación del V Congreso hasta que se analizara mejor “el desastre de Tucumán”. [84]

A principios de marzo, encerrado en Villa Urquiza, Santucho conoció la decisión de un buen número de militantes de Córdoba, Rosario y Buenos Aires de realizar bajo cualquier circunstancia el V Congreso en el mes de julio: querían fundar el Ejército del Pueblo. En una carta, Urteaga le aseguró que lo rescatarían de la prisión para que no faltara a un cónclave tan decisivo. El asunto, agregaba, requería sólo un poco de paciencia y una minuciosa planificación. Pero Urteaga se lanzó, a partir de esos días, a una lucha política denodada, multiplicándose para alinear al conjunto de los núcleos perretistas favorables al lanzamiento inmediato de la guerrilla a nivel nacional. Y Santucho terminó fugándose a su manera.