Todo o nada
XIV. La muerte y otros relatos
CATORCE
La muerte y otros relatos
El 19 de julio de 1976, minutos antes del mediodía, Domingo Menna salió de su casa de Villa Martelli rumbo a la estación Rivadavia del Ferrocarril Mitre. Iba a entrevistarse con un médico amigo.[309] Llevaba documentos falsos con el apellido “Munich”, los mismos documentos con los que había comprado el departamento en una inmobiliaria de la zona, unos meses antes. Fue detenido por un comando del Ejército a los pocos minutos de llegar, trasladado a Campo de Mayo y, meses después, muerto.[310] Un par de horas antes, Fernando Gertel, enlace del buró político perretista, había partido hacia la localidad de Vicente López para encontrarse con el hombre de confianza de Cirilo Perdía. Ambos debían organizar la llegada de Santucho a la casa del jefe montonero para la reunión constitutiva de la OLA. Aproximadamente a las once de la mañana, Gertel se encontró con Liliana Delfino, esposa de Santucho, para darle la mala noticia de que Montoneros no había concurrido a la cita. El asistente de Perdía había sido detenido unas semanas antes, pero Santucho no estaba enterado. Montoneros no se lo advirtió. Años más tarde, esta situación dará lugar a numerosas sospechas sobre la conducta de Montoneros. [311] Gertel no volvió a ver a sus compañeros: fue secuestrado en pleno centro porteño por una patrulla del Ejército la misma tarde del 19 de julio de 1976. La OLA nunca se concretó.
Desde hacía meses, el capitán Juan Carlos Leonetti andaba tras los pasos de Liliana Delfino, a la que identificaba como “la alemana”, supuesto seudónimo que usaba la mujer de Santucho. ¿Era obvio para el capitán Leonetti, en su pertinaz persecución del “enemigo público número uno” del régimen y de la cúpula del PRT-ERP, que el falso apellido “Munich” podía pertenecer a “la alemana”?
¿Buscaba en realidad a Menna, y por elevación a Santucho? Si realmente Leonetti sabía que allí estaba el hombre más buscado de la Argentina, ¿hubiera llegado sólo con tres hombres y unos pocos más en los alrededores? ¿O, como solían hacer en tales operativos las fuerzas de seguridad, hubiera apoyado ese procedimiento con un ostensible despliegue bélico? Hacia la una de la tarde del 19 de julio, en el departamento de Menna, Santucho preparaba sus maletas para partir al anochecer rumbo a Europa —vía Lima— y seguir viaje desde Praga hasta La Habana. [312] Junto con él estaban su esposa, también Ana María Lanzillotto, esposa de Menna —embarazada de ocho meses—, Urteaga y su hijo José, de apenas dos años. El aspecto de Santucho había cambiado. Si bien no tenía hecha cirugía estética —contrariamente a lo que señaló la prensa— usaba pelo enrulado y anteojos.[313]
Sólo los archivos de la inteligencia militar de aquellos años podrán responder si efectivamente, como especuló La Opinión, el capitán Leonetti había relevado los datos de alquiler y compra de departamentos en las inmobiliarias de la zona luego de conocer la identidad falsa de Menna; si llegó buscando “un importante refugio extremista” por una delación y encontró, de casualidad, al jefe del ERP, in fraganti en la vulneración de las propias normas de seguridad estipuladas por los guerrilleros porque habían concentrado, en una misma casa, a cuatro de los cinco miembros de la dirección perretista. Y, por último, si efectivamente la información que llevó al refugio provino de una infidencia de Montoneros.
Es probable, entonces, que a las 14.30 de ese lunes nublado y frío, el capitán Leonetti, casi desprevenido y en un Ford Falcon sin patente, llegara a la calle Venezuela 3149 de Villa Martelli, subiera al cuarto piso “B” con los tres oficiales que lo acompañaban precedidos por el asustado portero, se parapetara en un codo de la escalera mientras el portero golpeaba la puerta, y viera aparecer a Liliana Delfino gritando y dando la alarma. Que el jefe del ERP haya manoteado su arma, regalada por Salvador Allende, en su desesperada carrera hacia una ventana enrejada, que muchas veces había pensado en desenrejar, [314] mientras disparaba junto con Urteaga contra la patrulla militar. Y que haya contestado con su grito de guerra: “¡Viva el ERP!” a la orden de rendición. Es también probable, entonces, que en el intercambio de disparos, y el olor rancio de la pólvora y los gritos de las mujeres y el niño, hayan quedado tendidos los cadáveres de Santucho y Urteaga y el cuerpo herido del capitán Leonetti. Y que luego, siguiendo la rutina de los procedimientos militares de la época, nada haya quedado sin demoler y apropiar. Que ambas mujeres hayan sido trasladadas a Campo de Mayo, atormentadas y luego muertas, [315] y que el niño Urteaga fuera entregado a su familia paterna, como efectivamente sucedió. Jamás se supo, sin embargo, el destino del bebé que esperaba Ana Lanzillotto.
Es posible, también, que los cadáveres de Santucho y Urteaga efectivamente hayan sido llevados a Campo de Mayo, al parecer destino sellado para los prisioneros del ERP. Las pasiones terroríficas de aquellos años fundaron la versión que transmitió a la autora de este libro el periodista Juan Gasparini en su exilio suizo: mientras Gasparini estaba detenido en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), otro militante montonero, delirando y con su razón turbada por tantos tormentos, le había contado que en Campo de Mayo, lugar de su primera detención, había escuchado que Santucho y Urteaga habían sido expuestos como trofeos de guerra en la plaza de armas frente a numerosos oficiales. Y que, poco después, los cuerpos fueron quemados y esparcidas las cenizas, tal como alguna vez había sucedido con las del Che. [316] O tal vez sea verdad, como oportunamente señalara el diario La Razón, que los cuerpos tuvieron “cristiana sepultura” en una tumba NN. [317] Lo cierto es que el destino final de aquellos cuerpos y prisioneros sólo podrá ser revelado por los jefes militares a los que les tocó actuar en esos días.[318] Sin embargo, hay otras circunstancias que rodearon el final de Santucho que sí es posible reconstruir.
Luis Mattini y Eduardo Merbilhaá estaban lejos del edificio durante el tiroteo. Enterados de los sucesos, se reunieron inmediatamente para reorganizar las huestes partidarias. Pero el PRT-ERP
había sufrido una herida mortal con la pérdida de sus tres principales jefes históricos en un mismo
día.[319] El editorial de El Combatiente del 25 de julio de 1976 dijo de la muerte de Santucho: “¡Ha muerto un revolucionario, viva la revolución!... Toda su vida y su misma muerte fueron una batalla constante por la felicidad de su pueblo, y su muerte no ha sido en vano. Fue un abanderado de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias, democráticas y antiimperialistas para conquistar, mediante la lucha consecuente, la felicidad de todo el pueblo. Fue un heredero de San Martín, Bolívar y el Che”.
En esos días, los presos políticos del PRT-ERP llegaban a la conclusión de que la muerte de Santucho había sido un golpe definitivo para sus sueños revolucionarios. En 1990, Pedro Cázes Camarero recordó: “Nosotros sabíamos que en algunas fábricas, muchos trabajadores habían hecho un minuto de silencio por su muerte. Lo consideraban uno de los suyos. La censura impuesta sobre la prensa tanto de la derecha como de la izquierda no dejaba trascender la terrible sensación de derrota que se apoderó de los sectores populares. Era claro que la muerte de Santucho tenía un significado muy simbólico, además de las consecuencias prácticas. Era como si significara que los militares no podían consumar su asalto al poder totalmente si, además, no lo mataban a Santucho. Con sinceridad, yo esperaba que eso sucediera, porque nos dábamos cuenta de que la cosa no daba para más. La última carta que le mandamos fue una recomendación, casi desesperada, para que se fuera del país.
Nos enteramos de su muerte al día siguiente. Los guardiacárceles estaban muy interesados en transmitirnos la noticia para desmoralizarnos. Los guardiacárceles, como siempre, no parecían contentos, sí los oficiales del Ejército. Con Santucho tenían, en Rawson, una especie de respeto mágico, como si, a pesar de muerto, alguna vez pudiera ser el presidente de la Argentina. Finalmente, Santucho fue un producto de la época. Un hombre que se atrevió a desafiar al poder” .[320]
La izquierda comunista y trotskista argentina, empero, por censura o autocensura, no se expresó sobre la muerte de Santucho. El periódico Avanzada Socialista, órgano del PST de Nahuel Moreno, había suspendido su aparición en esos días. El dirigente comunista Fernando Nadra recordó años más tarde que Nuestra Palabra, órgano del PC, “condenó el asesinato de Santucho, pero también se señaló lo incorrecto del camino ultraizquierdista tomado”. [321] Sus dichos no pudieron ser constatados en ningún periódico o documento comunista de la época. Además, el precipicio político que separaba al PRT de los comunistas en 1976 se había ahondado, especialmente luego de que los comunistas argentinos prestaran “apoyo crítico” al régimen de Videla, a quien consideraban un
“general democrático” batiéndose contra amenazantes “pinochetistas” como el general Benjamín Menéndez. El matrimonio económico de la URSS con el régimen militar —en 1980 la URSS compró el 52% de la cosecha cerealera argentina— fue la explicación, para algunos, de la actitud tomada por los comunistas, alineados con la URSS, que trabaron la condena a la violación de los derechos humanos en la Argentina en todos los foros internacionales, con el pretexto de que la condena era impulsada por la administración del presidente James Carter.
La izquierda peronista, en cambio, lamentó explícitamente la muerte de Santucho. La cúpula de Montoneros ordenó que “todas las estructuras del Partido y del Ejército le rindieran homenaje en formación” repitiendo el tradicional saludo de duelo de los guerrilleros: “Compañero Santucho:
¡Hasta la victoria siempre!”. Y en sus publicaciones definió al jefe del ERP como “un revolucionario
consecuente... uno de los más entusiastas impulsores de la unidad de las organizaciones que combaten a la dictadura militar con las armas en la mano”. [322] Para muchos de los que admiraron y conocieron a Santucho, ¿cuál fue el impacto de su muerte? El abogado Eduardo Duhalde describió así aquella circunstancia: “Estaba solo en Buenos Aires cuando, ese malhadado 19 de julio, vi en Última Hora su muerte. Pensé que la derrota se había consumado. Tal el valor de Santucho como símbolo. Recuerdo que la última vez que lo vi fue por esos días. Era como el personaje de una tragedia, montado en una obstinación sin límites. Recuerdo que cuando fracasa la guerrilla rural su respuesta fue ir a instalarse a Tucumán. Santucho tenía una profunda convicción de las posibilidades del triunfo popular pero creo que había algo más: como en una tragedia griega, no estaba dispuesto a abandonar el rol que le había tocado jugar. Era un hombre singular, seguro de sí mismo, con una voluntad de acero y un alto nivel de persuasión. No era formal, sí serio, y aunque sus modales eran suaves encerraban, de alguna manera, un profundo autoritarismo, porque parecía sentir, en los hechos, que jamás se equivocaba. ¿Acaso era posible lanzarse a la transformación de la historia sin esa obstinación, casi mesiánica? No conozco ejemplos en el mundo que demuestren lo contrario. Lo que sucedió no radicaba en su personalidad sino en sus concepciones políticas. Su personalidad fue un broche que podría haber sellado una victoria. Creo que la Argentina de este siglo ha dado pocos personajes como él. Una de las figuras más respetables y más protagónicas que tuvo la izquierda de este país. Y una de las pocas que tuvo en su cabeza, obsesivamente, la cuestión del poder, la necesidad de cambiar el curso de la historia”. [323]
La evaluación de la izquierda radical no fue diferente. Osvaldo Álvarez Guerrero relató lo siguiente: “Cuando lo matan a Santucho nuestra principal preocupación ya no era insistir en un debate con la guerrilla que pudiera influirles, encauzarlos en el proceso democrático, sino cómo parar la máquina de matar. Nuestra obsesión entonces era cómo parar la matanza que había comenzado en la Argentina. Pero sí recuerdo que su muerte —de la que nos enteramos por los diarios— trajo pesadumbre a varios militantes radicales, porque habían matado, a pesar de las enormes diferencias que nos separaban, al último de los guerrilleros respetables. Eran muy claras, ya entonces, las diferencias entre Santucho y Firmenich. Santucho se había transformado para una generación de jóvenes de izquierda, en una figura romántica, aunque agónica, y simbólicamente su muerte representó el fin de la utopía revolucionaria. Creo, sin embargo, que ésa no era una valoración política sino una reflexión emocional porque lo que sí nos obsesionaba entonces, inmediatamente luego del golpe militar, era cómo detener los secuestros, las torturas y los asesinatos masivos que habían comenzado” .[324]
A mediados de agosto de 1976, Luis Mattini fue elegido secretario general de los restos del PRT, y junto con Merbilhaá y Enrique Gorriarán Merlo, entre otros, formó una nueva dirección política. En setiembre de 1976 Merbilhaá fue secuestrado por tropas del Ejército. En diciembre del mismo año Carlos Germán y Leandro Fote tuvieron igual destino. A fines de 1976, medio centenar de dirigentes, entre ellos Mattini, Gorriarán Merlo y Roberto Coppo partieron al exilio. A mediados de 1977, luego de la tenaz persecución militar a sus últimas células, el PRT-ERP ya no existía en la Argentina. La última y desesperada aparición del ERP el 18 de febrero de 1977 había sido la denominada
“Operación Gaviota”: intentaron volar el avión en que viajaban Jorge Rafael Videla y José Martínez de Hoz con 104 kilos de trotyl colocados en una de las pistas del aeroparque metropolitano Jorge Newbery. [325] Los militantes que sobrevivieron a la represión se dispersaron por el mundo. Cientos de ellos, sin embargo, revistaron en las listas de desaparecidos; hubo escasos sobrevivientes, excepto por los presos políticos detenidos con anterioridad a agosto de 1975. Por su intransigencia y origen marxista, fueron considerados irrecuperables para cualquier experimento político-coercitivo del régimen sobre los prisioneros. El destino de la mayoría de los detenidos-desaparecidos del PRT-ERP fue el exterminio.[326]
¿Las FF.AA. consideraban que la muerte de Santucho alejaba definitivamente el peligro revolucionario? ¿Habían implementado en realidad diferentes políticas para con la guerrilla guevarista y peronista? ¿Hubo algún balance de la lucha contrainsurgente? El general Fausto González aportó una de las múltiples opiniones militares sobre aquellos episodios: “Santucho era uno de los enemigos más notorios, más representativos, más tenaces. En cómo terminó esa historia se pueden ver otros elementos: los dirigentes montoneros en su mayoría escaparon del país. Los del ERP murieron combatiendo. Esto marca dos filosofías diferentes: en cuanto Montoneros ve que ha fracasado su intento busca una salida hacia el exterior. Hay gente del ERP que también salió del país, pero Santucho muere acá, en su ley. Su obsesión no le permitía ver que todo estaba perdido. Eso sí, era un producto de esta sociedad. Virtuosos o equivocados, todos ellos fueron un producto de la Argentina, como Rosas, Urquiza, Sarmiento. A la larga, dentro de muchos años, Santucho será entendido como un producto del país como lo fue Alejandro Lanusse. A lo mejor fue mucho más representativo de la sociedad argentina Santucho que el Che Guevara. Más aferrado a su tierra, aunque estaba equivocado: dados los problemas del país, y por la situación internacional, Santucho buscó la salida de la revolución. Entonces, despreció la democracia, fue antisistema. Veo improbable
—porque estaba menos contagiado por el poder económico que Firmenich— que Santucho hubiera aceptado un indulto. Era más militar en ese sentido, tenía que morir peleando. Era como un héroe de la tragedia griega. Curioso, porque a pesar de estar el ERP en contra de los fascistas, su acción también derivó en un viva la muerte. Y a partir de 1974 comenzó una lucha a muerte de ambos lados.
La salida política estuvo ausente y triunfó la lógica de la violencia, y perdió la Nación porque desangra a una generación y a las FF.AA. La muerte de Santucho fue sólo un acontecimiento porque existía el convencimiento de que él era sólo la cabeza de un núcleo que iba a seguir accionando. Y
justamente uno de los errores de las FF.AA. en esta guerra, que fue fundamentalmente política, por el poder, fue quedarse con la derrota militar de un sector y no establecer un pacto político con las otras fuerzas de la sociedad. Por eso las consecuencias posteriores. Y el momento de sentarse con todas las fuerzas políticas para discutir qué hacer con la Nación fue 1974, pero no se hizo. En 1976 ya fue tarde” .[327]
A fines de 1979, luego de realizar su VI Congreso en un convento del Piamonte italiano, cercano al lago Garda, el PRT se dividió en el exterior en dos grandes grupos: uno comandado por Mattini, y secundado, entre otros, por Amílcar Santucho —quien había salido en libertad de la cárcel paraguaya en setiembre de 1979— y Roberto Guevara, el hermano del Che. Este grupo renegó de la estrategia
militarista, disolvió el ERP y comenzó a pensar en la reinserción política del PRT en la Argentina. El otro, dirigido por Gorriarán Merlo y Hugo Irurzún, partió hacia Nicaragua y participó en los combates finales del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) contra Anastasio Somoza.
Persistió en una visión militarista, integró los aparatos de seguridad oficiales de la revolución sandinista triunfante y planeó y ejecutó la muerte de Somoza en Paraguay en 1980, donde murió Irurzún.
Desde el exterior, Gorriarán Merlo fomentó la creación del Movimiento Todos por la Patria (MTP) para la actividad política en la Argentina. Nunca renunció al militarismo de la década del setenta: reapareció en el país el 23 de enero de 1989, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, dirigiendo el irracional y sangriento asalto al Regimiento de Infantería (RI) 3 de La Tablada. Las consecuencias del asalto fueron múltiples: allí murieron y fueron apresados la mayoría de los miembros del MTP, entre ellos Luis Segovia, ex dirigente perretista de la UOM de Villa Constitución, y miembros de las fuerzas de seguridad. También, se impulsó al gobierno a la creación del Consejo Nacional de Seguridad (Conase) que permitía, lateralmente, la participación de las Fuerzas Armadas en la represión interna, prohibida por la Ley de Defensa Nacional de la Democracia. Y, como en la década del setenta, hubo denuncias de tormentos aplicados a los detenidos, y de desaparición de prisioneros. Gorriarán logró fugarse al exterior. [328]
Luis Mattini —cuyo verdadero nombre es Arnold Kremer— renunció al PRT a fines de 1980 y partió al exilio sueco. Allí escribió una reflexión crítica de la historia de la guerrilla guevarista publicada en el libro Hombres y mujeres del PRT-ERP. Regresó a Buenos Aires a fines de 1987 y se incorporó a la actividad política democrática en las filas de la izquierda. Amílcar Santucho y Roberto Guevara regresaron a la Argentina luego de la asunción de Raúl Alfonsín. El primero se transformó en el principal dirigente del reflotado PRT.
El destino de la familia Santucho fue tupacamarizado como el del PRT-ERP. El 26 de enero de 1977 Le Monde publicó en París “Le Martyre des Santucho ou l’érradication comme arme antisubversive”, una entrevista de Jean Pierre Clerc a Don Francisco Santucho y Manuela Juárez sobre el destino final de la familia: siete muertos, cuatro desaparecidos, dos prisioneros, nueve exiliados.[329] El viejo procurador Don Francisco murió en el exilio en Ginebra en 1985. Fue embalsamado y enterrado, según su deseo, en una bóveda familiar en el cementerio de la ciudad de Santiago del Estero. Julio César Santucho permaneció en Italia, como profesor de Literatura Española en la Universidad de Calabria. Publicó una extensa reflexión sobre los años de plomo en el libro Los últimos guevaristas. Los hijos de Santucho, Gabriela y Mario, permanecieron en Cuba; Marcela y Ana, en Ginebra. El juez Raúl Santucho siguió su carrera profesional, al igual que Omar Rubén, en Santiago del Estero. En 1988, Manuela Santucho envió un poder al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) fundado por Emilio Mignone, para que la entidad reclamara el cuerpo de su hijo.[330]
El 13 de diciembre de 1983, el presidente Raúl Alfonsín ordenó la captura y procesamiento de las cúpulas de ERP y Montoneros, en particular de Gorriarán Merlo y Mario Firmenich, y de las tres primeras juntas militares de la dictadura. Estas últimas fueron juzgadas y condenadas por numerosos
crímenes contra miles de argentinos.
A fines de 1985, algunos datos políticos y sobre el cambio de la estructura socioeconómica del país revelaron en qué dirección había sido resuelta la crisis que conmovió a la Argentina en los años de plomo. No hay datos exactos sobre la cantidad de víctimas totales, pero diversas fuentes nacionales e internacionales coinciden en señalar que entre 1976 y 1983 hubo cerca de 3 mil muertos, víctimas de la represión. Según informaron las Fuerzas Armadas hubo además 688 muertes provocadas por la guerrilla. A estos guarismos rojos se le suman los 10 mil presos políticos, entre 10
y 15 mil desaparecidos —entre ellos adolescentes y niños—, aunque los organismos de derechos humanos estiman que la cifra de desaparecidos es, en realidad, 30 mil y miles de exiliados. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA acusó en 1979 a la junta militar de haber practicado “el terrorismo de Estado”. Juzgados por el gobierno de Raúl Alfonsín en 1985, fueron condenados los miembros de las tres primeras juntas militares de la dictadura junto a un puñado de jefes de comando, y desprocesados más de 500 oficiales que participaron en la represión ilegal.
Mario Firmenich fue encarcelado y condenado a 30 años de prisión. Tanto los jefes militares como la cúpula montonera, finalmente, fueron indultados entre 1989 y 1990 por el presidente Carlos Menem, a pesar de la oposición del 79% de los argentinos. Los cambios en la estructura económica entre 1975 y 1983 fueron decisivos: la deuda externa se incrementó en ocho veces; se duplicó la desocupación y subocupación; los trabajadores redujeron a la mitad su participación en la renta nacional; los obreros industriales se redujeron en más de un tercio; el proceso de desindustrialización se acentuó. Las consecuencias se reflejaron en el mapa de la pobreza: la cantidad de ciudadanos con sus necesidades de vida insatisfechas se triplicó.[331]
El capitán Leonetti fue ascendido posmortem al grado de mayor. En su honor, el Ejército argentino nominó con su nombre al “Museo de la Subversión” de Campo de Mayo, donde se guardan armas, símbolos y documentos capturados a la guerrilla. Allí, detrás de una vitrina, está la ropa con la cual murió Leonetti: un jean, el pullover atravesado por varios impactos de bala, y sus borceguíes marrones. Junto a las ropas, hay una fotografía de Santucho y su título de Contador Público. También, una leyenda póstuma: Leonetti nunca supo que había matado a Santucho.
En una de sus efemérides, El Liberal de Santiago del Estero recordó el 7 de enero del 1986:
“HACE 25 AÑOS, 7 DE ENERO DE 1961, VIAJE DE ESTUDIOS. Un matrimonio de jóvenes universitarios inicia un viaje a través de América Latina hasta las universidades de Harvard y Princeton: se trata de Mario Roberto Santucho, de Ciencias Económicas, y su esposa Ana María Villarreal, licenciada en Arte”. ¿Acaso la efeméride del conservador diario de la provincia significó un elíptico reconocimiento al joven Santucho por haber sido uno de los hombres más prometedores, aunque descarriados, de esa tierra?
Manuela y Don Francisco Santucho supieron de la muerte de su hijo en Cuba, por los cables de la agencia Prensa Latina. Ella siempre recordó las señales agoreras de aquel 19 de julio de 1976: “Mi viejito y yo esperábamos en un hotel de La Habana la llegada de Robi. En la tarde del 19 me inquieté mucho porque una lechuza se paró en el dintel de la ventana. Sentí que pasaba algo grave... una cree, aún, en esas cosas. Yo la mandé a la Pori (Blanca Rina) a buscar noticias de Buenos Aires. Recién el día 20 vinieron algunos compañeros a decirme lo que había sucedido: todas las muertes. Y no sé por
qué, entonces, cuando ellos iban llegando, aun antes de saber la verdad, recordé lo que me había dicho la Mercedes de mi Robi: ‘Ay niña, será como un rey que llegará pero no llegará, y todos sufrirán porque el barro y la sangre, amasados en el azar de Dios, partirán su cabeza negrita’...” [332]
El 21 de setiembre de 1991 Manuela Santucho murió en Ginebra. Sus cenizas fueron trasladadas a Santiago del Estero.
El prontuario 2054 de Seguridad Federal de cinco mil fojas que correspondió al líder del ERP —
uno de los más voluminosos del siglo— está celosamente guardado en la caja fuerte del Departamento Central de Policía. [333] Conserva, de seguro, ignotos detalles sobre la vida y militancia de Mario Roberto Agustín Santucho que sólo podrán ver futuros historiadores. Pero, entre esos papeles secretos, falta algo: su partida de defunción. Carencia que es, a su vez, el símbolo del destino de una parte de los jóvenes de los años setenta, que se consumieron en las llamas de la utopía revolucionaria.
Y un enigma incandescente de la estremecida historia de los argentinos.