Todo o nada

Maria Seoane · Capítulo 8 de 19

Páginas del PDF

Todo o nada

VI. La ley del machete (1966-1968)

SEIS

La ley del machete

(1966-1968)

—Te van a cagar a tiros si no te arrastras bien —dijo Antonio del Carmen Fernández.

—Si nosotros no vemos, ellos tampoco —contestó Santucho.

El diálogo se confundía con el concierto de los grillos. Ambos reptaban en el cerco del ingenio San José y la maloja reseca crujía. Era la madrugada oscura y agobiante del 13 de enero de 1967.

—Mejor nos abrimos... Y cuando tire la primera molo (molotov) corré hacia la tranquera, negrito

—ordenó Santucho.

Minutos después, el incendio devoraba el cañaveral, propiedad de la familia Frías Silva. Se había anunciado el cierre de once ingenios azucareros y la FOTIA había dispuesto un plan de lucha a partir de diciembre de 1966. La anécdota fue transmitida por Santucho a sus compañeros días después, en una reunión en la Universidad de Tucumán. Dadas las circunstancias, el episodio no parecía tener nada de excepcional.

El 1° de enero de 1967, Santucho había escrito a su hermano Julio, que ya estudiaba teología en el Monasterio de Pollo en España, sus impresiones sobre el clima político que lo rodeaba:

“Querido Julito, en la gratísima compañía de parte de la familia te hago llegar estas líneas que son las primeras que te escribo desde que viajaras. Nuestra vida aquí se desenvuelve muy velozmente. Como habrás visto en los diarios, estamos viviendo una situación prerrevolucionaria en Tucumán, que no tiene perspectivas de convertirse en una salida para la clase obrera, en una salida revolucionaria, porque se da en forma aislada, en una provincia que representa sólo el 5% de la población del país, pero sí significará un ejemplo para toda la clase obrera argentina, significará un colosal aprendizaje para el proletariado azucarero y para nosotros, su dirección política. Por problemas prácticos insuperables no pude viajar como debía a un congreso en Alemania Occidental y perdí en consecuencia la oportunidad de visitarte. La Sayo y las chiquitas te mandan besos y cariños, andan perfectamente, a pesar de la tos convulsa de las tres chiquitas. La Anita y la Gringa (Marcela) entrarán el año que viene al jardín de infantes. Ahora que tengo tu dirección te escribiré seguido. Espero también cartas tuyas a Isabel la Católica 1330, Tucumán. Fraternalmente, Robi”.

Santucho reconocía el aislamiento de los cañeros pero parecía empeñado en que esa chispa se generalizara a todo el país. Entonces sí se marcharía hacia un asalto al poder. Por lo menos, al

definir la situación como “prerrevolucionaria” lo que quería decir, según los clásicos marxistas, era que estaban dadas todas las condiciones socioeconómicas para un proceso revolucionario pero que faltaba una organización política (la vanguardia) que dirigiera a la gente.

También creía que esa utopía no era sólo cuestión de tiempo, que no se produciría por el devenir espontáneo de las escaramuzas sindicales —como pensaba buena parte de sus contemporáneos trotskistas, socialistas y comunistas— sino por una mayor politización de la lucha obrera. Todas las teorías a las que adhería, y cada uno de los hombres con los que se identificaba lo estimulaban a modelarse a sí mismo como un paradigma, a enseñar el camino a los demás. Considerarse en esos años “la dirección política de los trabajadores” era, al menos, una desmesura. El PRT era un grupo marginal de la política nacional, que aún transcurría por las turbulentas y anchas aguas del peronismo, cuyo papel resistente se había diluido. La democracia había sido triturada con las orugas de tanques de guerra, y en el horizonte todavía se escuchaba el “desensillar hasta que aclare” de Juan Perón.

El PRT calificó al general Onganía como “bonapartista” —caracterización que también había empleado para Perón, por su jefatura supraclasista y corporativista— y al régimen nacido el 28 de julio de 1966 como una “dictadura pro-imperialista”. Las FF.AA. habían cargado sobre el jaqueado gobierno radical con la excusa de combatir la inflación (el 6,7% anual), el desorden (las huelgas y manifestaciones), la corrupción y la ineficiencia. Impusieron una dictadura cuyo principal fantasma era el avance del peronismo y la izquierda contestatarios, y cuyo objetivo era reconvertir la economía argentina. En asociación con el capital extranjero, principalmente norteamericano, se absorbería a la industria básica y de sustitución de importaciones, al tiempo que se sepultaría la industria obsoleta. En los directorios de las empresas, la crónica periodística encontraba a oficiales del Ejército en un entrelazamiento entre poder económico y poder militar que no se conocía desde fines del siglo XIX. El cuartelazo había contado con el beneplácito de una parte de la población, pero el apoyo más singular provino de Vandor, ya abiertamente enfrentado con Perón y con sectores combativos del movimiento obrero. Las universidades fueron intervenidas a golpes de bastón y el estudiante Santiago Pampillón, en Córdoba, fue la primera víctima baleada por la policía. Los poderes republicanos fueron disueltos y se prohibió toda actividad política. La proscripción del peronismo se ampliaba a todos los partidos y ciudadanos. Como en 1930, el poder del Estado se sostenía sobre las bayonetas. El trípode del régimen —hacia fines del ’66— se basó en el triángulo ajuste económico-represión policial-alineamiento con EE.UU. en la Guerra Fría. Los ministros encargados de cada ángulo fueron, a propuesta de las FF.AA., el empresario Adalbert Krieger Vasena, el integrista Guillermo Borda, y Álvaro Alsogaray como embajador en EE.UU. La violencia estatal había llegado para quedarse, pero no por veinte años como había dicho Onganía. [54]

“El staff de Onganía era el producto de la convergencia de dos corrientes: una, representada por el gran industrial y financista Krieger Vasena, ligado a los intereses norteamericanos a través del pool DELTEC, con base en las Bahamas y fuertes inversiones en la industria frigorífica argentina. El grupo Krieger Vasena, autodenominado ‘eficientista’, colocaba en el centro de su teoría el llamado sistema de economías de escala y sostenía que las nuevas

relaciones económicas obligaban a la Argentina a incorporarse a las exportaciones de productos industriales sofisticados. Otra, representada por hombres provenientes del Ateneo de la República, un club de políticos nacionalistas vinculados al Opus Dei español, se encargó de la ‘política’. Su principal representante fue el ministro del Interior, Borda. El objetivo central del equipo político consistía en articular un Estado autoritario de tipo corporativo. Se caracterizó por las medidas represivas: se dictaron leyes de ‘seguridad nacional’, se implantó la pena de muerte contra ‘los subversivos marxistas’, fueron intervenidas las universidades estatales, imponiéndose una política educativa limitada, irracional y fascistoide, y fueron encarcelados desde marxistas hasta liberales progresistas.

Todo ello bajo la seudolegalidad de un ‘estatuto’ que suspendió en los hechos la vigencia de la Constitución Nacional, dando plenos poderes a la dictadura militar. En el plano internacional, el equipo de Onganía, comandado por el ministro Nicanor Costa Méndez, hizo del anticomunismo y de la llamada ‘doctrina de las fronteras ideológicas’ el eje de la política exterior (…) Era una política reaccionaria en toda la línea. Inevitablemente tenía que fracasar y el fracaso comenzó por la economía. La política económica del equipo de Krieger Vasena puede resumirse así: tratar de que la Argentina —país de industrialización media— se convirtiese en exportadora de productos industriales mediante la importación de insumos intermedios de menor costo que los nacionales, facilitando las inversiones extranjeras, centralizando el crédito y suprimiendo las trabas arancelarias a las exportaciones para que la economía funcionase a costos internacionalmente competitivos.

Para ello se devaluó el peso y se aplicaron retenciones a los productos tradicionales de exportación, a fin de evitar su encarecimiento en el mercado interno y poder así mantener el congelamiento de los salarios. Pero las únicas empresas industriales en condiciones de exportar eran las pertenecientes al capital extranjero (principalmente norteamericanas) que no impulsaron las exportaciones por no encuadrar en los intereses de las multinacionales.

Hubo un par de años de expansión: en 1967-1968 el PBI se incrementó en un 6,2% anual.

No obstante, en 1969 el ritmo de crecimiento bajó al 4,1%. Como resultado de ello comenzaron a aumentar rápidamente los precios internos, mientras los salarios continuaban congelados y crecía el descontento en el campo por la política de retenciones y las restricciones crediticias. A ello se sumó el descontento de gran parte de la burguesía industrial nacional media, que protestaba por la estrechez del mercado interno y el alto costo del dólar para importación de equipos. El fracaso de la política económica se extendió al plano político y cultural. A principios de 1969 el país parecía un polvorín seco” .[55]

* * *

Inmediatamente después del golpe del ’66, Santucho promovió la transformación del MIECE en Frente de Estudiantes Programáticos de Ciencias Económicas, en coordinación con el resto del

movimiento universitario del país. Era la flamante denominación de las agrupaciones estudiantiles del PRT. En las nuevas condiciones de proscripción masiva, los partidos políticos tradicionales se reunían clandestinamente, y la acción política era un riesgo para la vida y la libertad. Las juventudes de todas las fuerzas políticas comenzaron un proceso de radicalización antidictatorial, fundamentalmente en las universidades, que en el primer trimestre de 1967 confluyó con el comienzo de una agitación obrera creciente. El vandorismo —o participacionismo— se resquebrajaba; la política de “golpear y negociar” no daba resultado. La dictadura había retirado en marzo de 1967 la personería gremial a los siete sindicatos de punta, intentando socavar las bases económicas de la CGT al anular la cuota sindical obligatoria. A partir de mediados de 1967 comenzó, entonces, un reagrupamiento del sindicalismo “combativo” que culminará el 28 de marzo de 1968 con la elección, en un agitado congreso, del gráfico Raimundo Ongaro como secretario general de la denominada CGT de los Argentinos, y con el jaque de los trabajadores al régimen oscurantista de Onganía. El PRT vio en ella el germen del “partido revolucionario”. Santucho tildó, años más tarde, a esta concepción de “oportunismo” y “economicismo burdo”. Una cosa era la conciencia política y otra muy distinta la lucha por el salario. En realidad, pensaba que se trataba de una excusa para renunciar a formar “el destacamento de vanguardia de la revolución”.

Santucho se distanciaba así no sólo del evolucionismo de la izquierda ortodoxa que sostenía que el cambio revolucionario se daría por etapas de diversos grados de acumulación de fuerzas, y confiaba en la lucha política pacífica y parlamentaria, sino también de la creencia que tenían los trotskistas de que en cada sindicato germinaba un soviet. ¿Comenzaba a pensar que el sindicato era un lugar para reclutar luchadores, y que el asalto al poder no dependía de un complejo juego político, sino de un choque decisorio de fuerzas conducidas por un grupo de hombres de acero?

El cierre de once ingenios azucareros en Tucumán suponía la destrucción de la economía regional y provincial. De ellos dependían el 80% de los pobladores económicamente activos, y el 75% del PBI de la provincia. La desesperación social, sumada a las ya difíciles condiciones de atraso, se expresó en las manifestaciones de protesta a las que convocó la FOTIA. El 12 de enero de 1967, Santucho participó de la columna de obreros del ingenio San José que marchaban, junto con otros, y debían concentrarse en el ingenio Santa Lucía, en el pueblo de Bella Vista. Poco antes de las 17, hora en que debía iniciarse el mitin, la policía detuvo a varias personas como gesto intimidatorio. Minutos después comenzó una violenta refriega. Intervino la Guardia de Infantería y los activistas del sindicato del ingenio San José lanzaron bombas incendiarias contra ellos. La policía disparó, entonces, contra la multitud integrada en su mayoría por mujeres y niños. En el desbande quedó el cuerpo muerto de Hilda Guerrero de Molina. La multitud, enardecida, cargó nuevamente contra las fuerzas represivas, obligándolas a refugiarse en el local policial. Bella Vista quedó, por horas, en manos de la gente. La sangre derramada enardeció más a los cañeros y el día siguiente Santucho escuchó de los obreros reiterados pedidos de que se consiguieran “ametralladoras para ir a la lucha a muerte contra la dictadura” .[56]

En junio de 1970, Santucho escribirá el significado que tuvo ese episodio trágico entre los cañaverales. “El planteo de la lucha armada irrumpe en el PRT no a través de estudiantes e intelectuales revolucionarios influidos por la experiencia de otros países. Surge de la experiencia

directa de las masas obreras argentinas y es incorporado al partido por su vanguardia, que ha recorrido previamente el camino de la lucha pacífica, que ha comenzado por huelgas corrientes, por la participación en elecciones, que ha pasado a la ocupación de fábricas con rehenes, a las manifestaciones callejeras violentas, hasta que, cerradas todas las posibilidades legales con la asunción de Onganía, se orienta correctamente hacia la guerra revolucionaria” .[57]

Si hasta fines de 1966 Santucho no había formulado la inevitabilidad de la violencia como estrategia política —aceptada como “autodefensa frente a la represión policial y patronal”—, inmediatamente luego de las huelgas de la industria azucarera comenzó a cambiar de opinión. En los meses posteriores participó en acciones de sabotaje: incendio de cañaverales, talado de campos de gladiolos del ingenio San José; y en la instrucción militar (preparación de explosivos, manejo de armas, impresión clandestina de propaganda antidictatorial e instrucciones para la conspiración clandestina) de grupos de obreros y estudiantes tucumanos y santiagueños.

Siempre atento a curar los efectos de la crisis socioeconómica y política con el filo de la espada, el gobierno se empecinaba en sostener que ella era producto de “un grupo de agitadores, subversivos y extranjerizantes”. En consecuencia, aceitaba a sus servicios de inteligencia para detectarlos. El 27

de febrero de 1967, una comisión de la Policía Federal realizó una redada en la Villa Marcos Paz de San Miguel de Tucumán, para detener a “una célula terrorista” que preparaba la “agitación obrera”

—como después se informó en el diario local La Gaceta del 2 de marzo— para el paro del 28 de febrero decretado por la CGT nacional. Santucho es detenido, procesado y encarcelado en la prisión de Villa Urquiza por 24 días. Esta vez no podrá evitar que la familia se entere ya que fue allanado el estudio jurídico-contable que su padre y sus hermanos tenían en el centro de la ciudad.

En la carta dirigida a su hermano Julio desde Santiago del Estero el 13 de abril, se refiere a la relativa estabilidad que Onganía había logrado imponer en los primeros meses de su gobierno, pero también a que estaban incubándose violentos enfrentamientos políticos. “...Mi libertad bajo fianza se produjo el día anterior al paro que realizó la CGT nacional. Fue tan breve porque la legislación común está aún en vigencia en el país, y no está penada aún la militancia en organizaciones de izquierda. De manera que la Federal que me detuvo, y que confiaba en el establecimiento del Estado de Sitio, que se considera inminente, pero que no se aplicó por la claudicación de la dirección cegetista, tuvo que pasarme a la justicia ordinaria. La situación en el país se caracteriza por una creciente y hasta ahora exitosa ofensiva del gobierno y de los sectores burgueses monopolistas —

tanto nacionales como proimperialistas e imperialistas— contra la clase obrera y la pequeña burguesía que sufren una notoria disminución de su nivel de vida, despidos masivos y superexplotación. El gobierno, por otra parte, ha logrado una estabilización relativa merced a su triunfo frente a la CGT, pero se hacen ya inminentes nuevos enfrentamientos entre las distintas alas burguesas que venían apoyando a la dictadura. El movimiento obrero se encuentra en un pronunciado retroceso, lo que hace prever que a pesar del odio generalizado a la dictadura, los próximos meses no se producirán luchas obreras de conjunto, se aquietarán los conflictos, y que los obreros y la clase media tenderán a orientarse a una oposición política y de acciones violentas aisladas...”

En medio de sus preocupaciones políticas, Santucho seguía interesado en que su hermano ejerciera el sacerdocio al servicio de los pobres. Con cierta impaciencia, y un tono diferente al

mantenido epistolarmente, lo conmina a definirse en favor del proceso de democratización que se vivía en la España franquista. “...Estuvo junto conmigo un muchacho católico, obrero portuario, miembro de Cristianismo y Revolución, que fue detenido por terrorista. Ya habrás visto en los diarios. Con la corriente de ellos, que se orienta claramente hacia posiciones similares a las nuestras, tenemos buenas relaciones. Hay algunos curas, y se destaca un muchacho parecido físicamente a vos, que está a un año de recibirse de cura y estuvo militando en la huelga portuaria. Se hizo muy amigo mío durante los dos meses que estuvo en Tucumán. En él se nota, se personifica, el conflicto entre la Iglesia actual, entre el cristianismo y la dinámica de la lucha de clases en nuestra época. Su militancia en el movimiento obrero lo lleva a adoptar posiciones radicales, a ser un marxista revolucionario, pero aún permanece atado a la ideología religiosa, y al prejuicio institucional eclesial.

”Quisiera que me cuentes algo de España. No bien aflojó, dio un cierto respiro la dictadura, el movimiento obrero y el estudiantado están poniendo en evidencia el otro rostro de España. El rostro revolucionario que durante años corrió silencioso bajo el Estado Policial, por las catacumbas del movimiento obrero y estudiantil, hoy renace con tremenda fuerza y obliga violentamente al español medio, apolítico, indiferente, a tomar partido y jugarse en la lucha diaria, concreta. Tu obligación también es definirte, sin importar que seas argentino. La revolución española tiene una rica tradición internacionalista. Las chiquitas están muy bien, sanitas. La Anita está ahora en Santiago donde cursa primer grado. La Sayo también está perfectamente. Cariñosamente, Robi”.

Para los viejos dirigentes políticos acostumbrados a la legalidad y a la negociación, el cambio en la calidad del enfrentamiento político que se avecinaba tampoco pasaba inadvertido. Había informes policiales sobre la constitución del ELN, integrado por disidentes del Partido Socialista Argentino de Vanguardia (PSAV) y del PC, que preparaban sus mochilas y armas para confluir con el Che en Bolivia. No llegarán a concretar su propósito porque el fusilamiento de Guevara por las patrullas de Rangers de las FF.AA. bolivianas, el 8 de octubre, los sorprenderá aún en los preparativos de la partida. Querían cumplir con la última consigna del Che, difundida entre los jóvenes rebeldes:

“Crear uno, dos, tres Vietnam en América latina, para enfrentar al imperialismo, donde quiera que esté”. [58]

En el peronismo, en reducidísimos grupos se sabía de la creación de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), integradas fundamentalmente por miembros de la Juventud Peronista (JP). A su vez, los comunistas sufrían la escisión más importante de sus cincuenta años de historia. La Federación Juvenil Comunista (FJC), y algunas regionales, habían constituido el Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria (CNRR), luego llamado Partido Comunista Revolucionario (PCR), cuya obsesión era la lucha contra el pacifismo y reformismo del viejo tronco comunista dirigido por Victorio Codovilla, y la aceptación de la vía armada para la toma del poder.

El radicalismo no estaba exento de este furor. Luego del derrocamiento bochornoso de Illia, algunos jóvenes radicales se inclinaban por forzar la legalidad a tiros. No sólo los marxistas

tradicionales o los peronistas se habían sentido ultrajados por el golpe militar. Los radicales habían vuelto a sentir, como en 1930, la ignominia de ser arrastrados a punta de bayoneta por los pasillos de la Casa Rosada. A fines de 1968, en Setúbal, Santa Fe, los jóvenes radicales —entre ellos Luis Cáceres, Leopoldo Moreau y Federico Storani, quienes posteriormente formarán la Junta Coordinadora Nacional (JCN) del radicalismo, base política del Movimiento de Renovación y Cambio (MRC) que promovió a Raúl Ricardo Alfonsín al gobierno en 1983— se proponían renovar al radicalismo y dotarlo de “una dinámica revolucionaria que posibilite la estructuración de un partido de masas”. Además, se solidarizaban con la CGT de los Argentinos, denunciaban a la dictadura como “fascista” y “al imperialismo como agresor de América latina y de Vietnam”. En realidad, también se trataba de combatir a “los burócratas y electoraleros” como Ricardo Balbín, jefe indiscutido de la UCR. [59]

Durante esos días, el dirigente radical Raúl Borrás —ministro de Defensa del gobierno de Alfonsín entre 1983 y 1985— solía contar a sus correligionarios un episodio que tuvo singular importancia en la historia del PRT, y que ilustra la impotencia de muchos jóvenes radicales. “Benito José Urteaga fue uno de los jóvenes radicales que participó en la defensa de Illia en la casa de Gobierno, el 28 de julio de 1966. Había nacido en San Nicolás en octubre de 1945 y era hijo de Benito Florentino Urteaga, uno de nuestros principales dirigentes en la ciudad y uno de mis mejores amigos. Una tarde de marzo de 1967 nos encontramos en la confitería El Molino, frente al Congreso.

Benito opinaba que había llegado la hora de organizar la resistencia armada contra el régimen militar. Traté de convencerlo de que no había que abandonar la lucha política, pero fue inútil. Decía que los militares sólo entendían el lenguaje de las armas. Unos meses después, creo, se integró al ERP en Rosario”. [60] Santucho aún no conocía a Urteaga pero, evidentemente, pensaban lo mismo.

Con igual origen político familiar, ambos pertenecientes a la clase media acomodada, aunque con experiencias políticas diferentes, no tardarían en encontrarse.

A pesar de que se generalizaba la idea de la rebelión violenta, no todas las juventudes políticas tomaron el rumbo de la lucha armada. Si en el peronismo la idea rondaba desde la resistencia al golpe militar de 1955, y se acentuó a partir de 1967 con la creciente simpatía de Perón que desde el exilio veía en esta fuerza juvenil la primera y definitiva oportunidad de volver al país, en la nueva izquierda parecía ser un producto más complejo: una parte de los socialistas, trotskistas y comunistas la condenaron. [61]

La explosiva combinación de las ideas liberadoras que circulaban por América latina y el resto del Tercer Mundo, la cerrazón dogmática del marxismo ortodoxo mundial al que desechaba por anacrónico, el cerrojo político que imponía la dictadura y el estrecho contacto con un sector social tan levantisco y acosado como el de los trabajadores azucareros parecían empujar a Santucho a la tentación de desviar cada vez más esfuerzos de la política a la pólvora. La existencia de otras corrientes y propuestas indicaba que aquél no era el único camino que podía transitar la lucha contra el régimen de Onganía. Ni que fuera el más eficaz. Precisamente, esta cuestión era la que aún debía demostrarse.

El fusilamiento del Che en Bolivia estremeció a la izquierda, y particularmente a Santucho. La

tarde del 9 de octubre de 1967 en la que se difundió su muerte, reunió a algunos compañeros de ruta del ingenio San José y dijo:

—Era nuestro comandante, era el mejor... Ahora nos toca a nosotros seguir su ejemplo, recoger su fusil hasta vencer o morir por la revolución socialista en la Argentina.

Algunos sostienen que luego de este juramento Santucho mantuvo un mutismo tan terco que obligó a levantar esa reunión de duelo. Otros, que habló hasta la madrugada explicando que la mayor enseñanza de Guevara era “reafirmar el compromiso a muerte que los verdaderos revolucionarios tienen con sus ideas y sus pueblos”.

Antes de morir, el Che había escrito el Mensaje a la Tricontinental, un documento que junto con el diario boliviano era su testamento póstumo. Santucho había entendido el mensaje como un llamado ineludible al honor de los latinoamericanos que querían reafirmar la soberanía política y la justicia social, y como un alegato en favor del rol de los hombres en las transformaciones históricas, más allá de cuán difícil, larga y trágica fuera la tarea de derrotar al imperialismo. A mediados de julio de 1967, en La Habana se habían dado cita numerosos partidos e intelectuales latinoamericanos para asistir a la primera reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), presididos por el senador socialista chileno Salvador Allende.

Por la Argentina participaron, entre otros, Cooke y Juan Carlos Coral, representante del socialismo argentino liderado por Alfredo L. Palacios. El documento que se difundió, conocido como la Declaración de la OLAS, plasmaba las ideas que corrían por la izquierda guevarista del continente y, muy particularmente, por la cabeza de Santucho. El PRT había adherido —con el acuerdo de Moreno— a esa declaración que establecía: “La lucha revolucionaria armada constituye la línea fundamental de la revolución en América latina... ” Agregaba que la guerrilla “como embrión de los ejércitos de liberación, constituye el método más eficaz para iniciar y desarrollar la lucha revolucionaria en la mayoría de nuestros países”. La vía armada debía, además, considerarse como

“inevitable” si efectivamente se deseaba triunfar en la lucha por el poder. A partir de ese momento, hacer o no la guerra de guerrillas se convertía en la única línea divisoria entre “los reformistas” y

“los revolucionarios”. Una línea divisoria que subordinaba la política al poder de fuego.[62]

Las izquierdas, como Santucho, no pudieron razonar sobre la muerte del Che en términos políticos. La tremenda fuerza de Guevara, su fama de héroe romántico, cabal con sus ideas, nublaban cualquier análisis sobre el fracaso de su empresa. Teóricamente, Santucho no compartía el foquismo rural, pero el Che había hecho lo que él quería lograr: una revolución socialista como en Cuba; y promover la lucha unitaria de Latinoamérica contra “el imperialismo, enemigo común de nuestros pueblos”, aunque en esa cruzada se dejara la vida. Santucho atribuirá la muerte del Che —tal como se sostenía en esa época— al foquismo o a la traición del PC boliviano que lo abandonó. Jamás revisará públicamente esa concepción que no explicaba, sin duda, por qué los campesinos de la quebrada del Yuro nunca se plegaron a la empresa que los liberaría del yugo de la dictadura de René Barrientos. Ni si el fusil era, efectivamente, la clave para conquistar conciencias.

La consecuencia inmediata de la rebelión obrera en Tucumán y del fusilamiento del Che en Ñancahuazú fue la polémica que Santucho comenzó con Moreno, disputándole la dirección del PRT, sobre la necesidad de comenzar con la resistencia armada. En agosto de 1966 se había realizado

clandestinamente, dividido en pequeños grupos, el segundo congreso partidario. Santucho participó de las incómodas reuniones sociales que encubrían la actividad política en la confitería El Greco del barrio de Caballito —a su lado solía sentarse el poeta Luis Franco, con quien lo unirá una larga amistad— pero, tal como él suponía, el cónclave sirvió sólo para intercambiar ideas sobre el golpe militar y ajustar la organización a los nuevos tiempos.

Desde fines de 1967, los militantes tucumanos presionaban sobre Moreno y sus seguidores, bautizados como “morenistas”, para que el PRT se definiera sobre la cuestión militar. Entre otros argumentos, decían que no podían enfrentarse a un ejército sólo con piedras, machetes y cuchillos de pelar cañas. En una reunión del Comité Central —la máxima instancia política— realizada en La Plata en enero de 1968, Moreno se opuso nuevamente al inicio de la actividad guerrillera. El líder trotskista argumentó que el Che había sido derrotado porque su movimiento se basaba “en la clase media desesperada y los lúmpenes. El mejor aporte que se le puede hacer a la revolución latinoamericana, aquí en la Argentina, es volcarse masivamente a la lucha sindical”. Y que dadas las condiciones de parálisis política, el PRT tenía que protegerse nadando en dicha actividad sindical.

“La clase dirá. Ni nosotros ni los activistas somos quiénes para imponer una forma de organización”, sostuvo. [63]

Invocando a los tucumanos, Santucho defendió la tesis de que por la situación política y social explosiva, y la profunda crisis económica, “están dadas más que nunca las condiciones para iniciar la resistencia armada, demostrarle al pueblo que es posible combatir y derrocar a la dictadura, mientras desarrollamos en las fábricas, barrios y universidades un amplio frente político antidictatorial y antiimperialista. Se necesita decisión, coraje y convicción para salir del reflujo político. El partido no puede moverse detrás de las masas, no puede esperar que las masas se movilicen para empezar a actuar sino que tiene que ser un factor que incida en el desarrollo de la lucha, ir delante de las masas, dinamizar la lucha de las masas”. [64] Era, sin duda, su interpretación de la vanguardia política, del partido político. El tiempo diría a qué distancia de la gente estaba dispuesto a marchar Santucho.

En principio, se separó de viejos militantes como Ernesto González, quien recordará más tarde esa polémica y sus consecuencias: “Al fracasar el movimiento de resistencia contra el cierre de los ingenios azucareros, acompañado por la derrota de la FOTIA en 1967, nosotros decíamos que había que trabajar por la recuperación del movimiento obrero. Pero Santucho insistió en encontrar una salida de tipo elitista, ya sea de guerrilla rural o urbana, lo que profundizó y finalmente decidió la ruptura del PRT en 1968. Nosotros seguimos nuestro camino, fundamos el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y en 1982 el Movimiento al Socialismo (MAS), pero ellos quedaron atrapados en una lógica de guerra popular prolongada, en una vanguardia de clase media, que soñaba con reeditar la imagen del Che Guevara, porque Santucho tenía esa veta romántica corajuda pero sin paciencia para ver el movimiento real de los trabajadores. Pero más allá de los aspectos morales, su política era rotundamente equivocada” .[65]

Santucho salió victorioso de la reunión de enero de 1968. Había logrado que dos antiguos seguidores de Moreno votaran sus posturas —Elías Prieto, cuyo seudónimo era “Juan Candela”, y

Oscar Prada, conocido como “Sergio Domecq”—; y había descubierto que varios compañeros de otras partes del país compartían sus ideas. Entonces, se propuso recorrer ciudad por ciudad para agruparlos. Uno de sus mejores aliados era Luis Pujals, a quien le decían “El flaco” por su cuerpo juncoso. Oriundo de Pergamino, ex estudiante de Derecho e hijo del candidato a gobernador bonaerense por la Democracia Progresista, Pujals se había perfilado como un dirigente político de fuste hacia fines de los cincuenta, cuando tenía apenas dieciocho años, y militaba en el peronismo revolucionario junto con Cooke, antes de alistarse en Palabra Obrera. En Rosario había incorporado al PRT a Benito José Urteaga, de 23 años, apodado “Mariano”, y a Enrique Haroldo Gorriarán Merlo, apodado “Ricardo”, ambos ex estudiantes de Economía, de familias radicales de clase media alta, y oriundos de San Nicolás. Gorriarán Merlo estaba por cumplir 26 años pero parecía mayor por su calvicie prematura. Era parco, de gestos cautos, un temperamento opuesto al de Pujals y Urteaga.

Santucho también había formado su “primera línea” en Tucumán: a Antonio del Carmen Fernández se le sumaron los contadores Juan Manuel Carrizo y Jorge Luis Sbédico. El mayor peso no deseado de los profesionales y estudiantes por sobre los trabajadores, sin embargo, comenzaba a insinuarse como un síntoma a corregir. Santucho propuso, entonces, que la mayoría de los estudiantes trabajara en fábricas para compartir la vida del pueblo, y transmitieran, de paso, las ideas revolucionarias. El gobierno y los empresarios denominaron a este fenómeno como “infiltración ideológica”.

Moreno y Santucho se vieron por última vez en enero de 1968. Decidido a que el PRT tuviera

“una estrategia revolucionaria”, Santucho propició la realización del cuarto congreso para febrero, durante los feriados de Carnaval. Estaba impaciente por definir, sobre todo, la cuestión de la lucha armada “como la vía principal para la toma del poder”. Ya sabía que estaban formándose otras organizaciones guerrilleras, como las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), integradas por ex militantes del socialismo y del comunismo, y que los peronistas intentaban reeditar en Taco Ralo la experiencia del foco rural.[66]

Las disputas con Moreno habían retrasado su decisión y no quería, de ninguna manera, llegar tarde al campo de batalla.