Todo o nada
VIII. La guerrilla (1970-1971)
OCHO
La guerrilla
(1970-1971)
El 29 de mayo de 1970, primer aniversario del Cordobazo, Montoneros hizo su aparición pública con el secuestro y posterior “ajusticiamiento” —término utilizado para una ejecución sumaria después de un juicio clandestino— del ex presidente provisional teniente general Aramburu, a quien acusaban de haber fusilado a 27 civiles y militares peronistas en los basurales de José León Suárez y por haber expatriado los restos de Eva Perón en 1956. Dos meses después su cadáver apareció en Timote, provincia de Buenos Aires. Más allá de los detalles truculentos del asesinato, el establishment fue sacudido como si la cal viva que cubrió el cadáver del militar amenazara con corroer su propio futuro.
Había que comenzar la transición política para descomprimir la agitación popular. El 8 de junio rodó la cabeza de Onganía; su último gesto fue instaurar la pena de muerte para actos terroristas y secuestros de personas. El 18 de junio lo reemplazó el agregado militar en la embajada argentina en Washington, el general de brigada Roberto Levingston, que había sido jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército durante el gobierno de Onganía. Como asunto menor, Levingston irritaba a la oposición porque su discurso tenía un inconfundible acento inglés: lo bautizaron “el virrey”. Su gestión duró poco, desbarrancado del sillón presidencial nueve meses después.
Los cambios de rumbo en el gobierno tenían un objetivo claro: buscar una salida política para que el estallido del volcán no cubriera de lava al sistema. La historia argentina del siglo XX nunca había registrado semejantes tembladeras; se amenazaba el bastión del poder: el monopolio de las armas. El régimen necesitaba tiempo, recomponer sus alianzas económicas y políticas para entablillar al capitalismo argentino. La crisis económica se había transformado en una crisis política crónica que urgía a su resolución. Santucho, encarcelado, no estaba ajeno a estos movimientos de cintura del establishment. Probablemente, la acción de Montoneros le provocó sentimientos contradictorios. Si por un lado deseaba unirse a ellos para hacer más fuerte el proyecto revolucionario, por el otro, durante el resto de sus días mantendrá una persistente sospecha política sobre los guerrilleros peronistas, a los que consideraba aliados por su nacionalismo revolucionario armado, pero opositores a su proyecto de construir el verdadero socialismo. Esto era así para Santucho porque, primero, confiaban en una dirección burguesa: Perón; segundo, se inclinaban por el
policlasismo que diluía el carácter proletario de la revolución y, tercero, por su origen clerical.
Otra cuestión era la competencia política. Desde hacía tres años Santucho bregaba por iniciar la lucha guerrillera, demorado, al parecer, en interminables debates con los morenistas, y neomorenistas, como denominaba a los últimos disidentes. No cabía duda de que Montoneros había logrado conquistar la delantera política en el movimiento guerrillero en gestación. Por otro lado, las FAL y FAP ya existían. Las FAR, dirigidas por un culto estudiante de Filosofía y empleado de la empresa Gillette, Carlos Enrique Olmedo, estaban preparando el copamiento de la ciudad de Garín en junio, y los Montoneros estaban dispuestos a continuar la escalada armada con la ocupación de La Calera en Córdoba, el 1º de julio, a pesar de la represión que habían sufrido luego del secuestro de Aramburu. [85]
En asuntos ideológicos o doctrinarios tales como: cuál socialismo construir, y cómo entender el marxismo; qué táctica militar y qué estrategia, Santucho también estaba inquieto por el complejo debate que se avecinaba con las organizaciones provenientes de la izquierda como FAL, FAR y los Comandos Populares de Liberación (CPL), esta última aún en formación. Todas parecían confluir en la estrategia de la guerra popular prolongada, antiimperialista y socialista, pero diferían francamente con la metodología, el discurso y la elección de sus aliados políticos, entre otras cuestiones. [86] La mayoría de las direcciones guerrilleras provenían de la clase media y media-alta, sus integrantes eran mayoritariamente profesionales o estudiantes, de familias urbanas de origen peronista o radical, con pocos referentes parentales con el socialismo o el comunismo. El hecho no era curioso. Aunque a los guerrilleros parecía avergonzarlos, ese origen social les facilitaba su incursión en la política.
Empero, en esos años, el ingreso medio mensual de un obrero fabril, 450 dólares, había promovido también a jóvenes trabajadores industriales —especialmente en Córdoba, Rosario y Buenos Aires—
a la acción política. Traspasando las barreras puramente gremiales, cansados de que sus reivindicaciones fueran negociadas a sus espaldas por concesivos dirigentes peronistas contra sus intereses inmediatos, estos trabajadores integraron el “clasismo”, corriente sindical de izquierda, liderada por los trabajadores de Sitrac-Sitram y, aunque en menor medida, los que engrosaron la segunda camada de las direcciones guerrilleras.
El “clasismo”, cuyo referente más importante fue el secretario general lucifuercista cordobés Agustín Tosco, se expandía como un torrente solicitando mayor independencia política de los
“burócratas sindicales”. Derivó no sólo en la demanda de formaciones políticas no tradicionales, sino también en el argumento guerrillero de que —para acortar camino— “la justicia revolucionaria”
debía caer sobre Vandor y el ex secretario general de la CGT, el textil José Alonso, considerados los jefes de “la traición” dentro del sindicalismo y, por lo tanto, condenados a muerte por comandos clandestinos.
La crónica policial indicaba que la lucha armada también crecía como un torrente mientras la dictadura iniciaba su repliegue político, como si ambos movimientos guardaran una relación de causa y efecto. Los partidos tradicionales reorganizaban sus filas. Olfateaban la proximidad de un nuevo tiempo electoral y, en secreto, tejían alianzas: hacia noviembre de 1970 radicales y peronistas constituirán La Hora del Pueblo; y comunistas y algunos aliados menores, el Encuentro Nacional de los Argentinos (ENA). Santucho estaba francamente retrasado y hervía por acelerar los tiempos
partidarios.
La fecha del V Congreso del PRT se había fijado para los días 28, 29 y 30 de julio del 70. A fines de mayo, en Córdoba, Menna y Urteaga comenzaron a preparar el grupo destinado a rescatar a Santucho de la cárcel de Villa Urquiza. Pero Santucho decidió fugarse por cuenta propia. El 8 de julio de 1970 ingirió una pastilla de ácido pícrico para simular una hepatitis y obligar a las autoridades del penal a trasladarlo al hospital Padilla. Aprovechando los festejos por el día de la Independencia que relajarían las guardias, en la mañana del 9 de julio recibió la visita de su esposa.
Dentro de un libro ahuecado, Ana Villarreal le dejó una pistola. Serían aproximadamente las once de la mañana cuando Santucho se lanzó por una ventana, ante la mirada cómplice de otros internos. Cayó dentro de un tacho de basura, y atropelló en su huida a una señora que se había detenido a burlarse del zafarrancho. [87] El 13 de julio, El Liberal de Santiago del Estero arriesgó una versión: “Se ha dispuesto una exhaustiva investigación pues al parecer la policía estaba al tanto de informes confidenciales que habían anunciado la preparación de un intento de fuga de Santucho. Según los informes, la fuga estaba planeada dentro de un tacho de basura, para lo cual Santucho habría pagado tres millones de pesos a los encargados de transportarlo”. El 16 de julio, El Liberal reprodujo un cable de la agencia UPI desde Rosario. “...Una voz femenina comunicó a los periódicos que en uno de los baños de la confitería La Fragata de esta capital se encontraba un mensaje del terrorista. El mismo consistía en una carilla escrita a máquina en la que desmentía la versión policial de que logró fugarse de la cárcel escondido en un tacho de basura después de pagar tres millones de pesos.
Santucho dijo también que ‘seguirá en la lucha revolucionaria contra la dictadura militar y el imperialismo’.”
En la madrugada del 28 de julio, Santucho llegó a la localidad de San Nicolás para cruzar en un bote destartalado el Delta del Paraná hasta una casona abandonada en las Islas de las Lechiguanas.
Estaba acompañado por José Luis Baxter, apodado “Joe” o “Rafael”, un personaje legendario cuyo periplo ideológico le había permitido, a esa altura, transitar desde el MNRT, pasando por los Tupamaros y el Vietcong, hasta recalar en el trotskismo de la IV Internacional en París y desembarcar, luego, en Buenos Aires.[88]
Esta vez, los asistentes al congreso no superaban el medio centenar. Además de Santucho y Baxter, estaban Benito Urteaga, Domingo Menna, Asdrúbal Santucho, Ana María Villarreal de Santucho, Clarisa Lea Place, Luis Pujals, el santafesino César Cerbato, estudiante de Ingeniería Química, Rubén Pedro Bonet, el estudiante de Medicina Osvaldo Debenedetti, Enrique Haroldo Gorriarán Merlo, el arquitecto santafesino Jorge Carlos Molina, el estudiante de Ingeniería, también santafesino, Lionel MacDonald, los dirigentes de la FOTIA Antonio del Carmen Fernández y Leandro Fortunato Fote, Carlos Germán, el obrero metalúrgico Guillermo Pérez, el estudiante de Ingeniería salteño Roberto Ramón Arancibia, y el obrero metalúrgico Luis Mattini, entre otros. Edad promedio de los delegados: 25 años. Provenían de Tucumán, Salta, Chaco, Córdoba, Rosario, Santiago del Estero, Santa Fe y Buenos Aires. En el camino había quedado un jirón del PRT, opuesto a la iniciación de la guerrilla. [89]
Apenas desembarcados la totalidad de los delegados, y debido a que el tiempo apremiaba,
Baxter y Santucho desplegaron un extenso documento —diferente al que, trabajosamente, había consensuado Urteaga en los meses previos— como base para la discusión. Por las mismas razones por las que se había fugado antes de que lo rescataran, Santucho se había opuesto a postergar el congreso a pesar de que muchos de los presentes no habían tenido tiempo de debatir el documento que, ahora, presentaba a esa sociedad secreta. El frío intenso parecía ser atenuado por el clima de conspiración pasional —velado con armas— en el que los perretistas, como primera cuestión, se dedicaron a denostar al “pacifismo pequeño burgués” de sus ex compañeros de ruta del neomorenismo. Pero de esta larga introducción, que hablaba de “lucha de clases dentro del partido entre burgueses y proletarios” para explicar el retraso del PRT en la actividad guerrillera, se desprendía un concepto liquidador de la democracia partidaria o de cualquier oposición —ya cultivado por el stalinismo y el maoísmo—, por el cual era posible que el debate interno se transformara en la vigilancia de los “proletarios”, que se suponían virtuosos, contra los “burgueses”, a los que se consideraba fuente de todo mal. Es decir, una dictadura de la mayoría sobre la minoría.
No estaban permitidas las tendencias internas permanentes, y esto hacía difícil la coexistencia de disímiles puntos de vista: siempre se terminaba en facciones, repitiendo, de paso, una de las razones de la eterna cariocinesis de la izquierda que aceptaba esta concepción, demostrada contra natura con sólo reflexionar sobre la tradición política argentina. En la nueva izquierda, el monolitismo se agravaba por la clandestinidad y la tendencia a militarizar las estructuras políticas.
Lo cierto es que Santucho convenció a los congresales —ya convencidos de que ninguna diferencia metodológica por más seria que fuera podría menoscabar su unidad para actuar— de que la necesidad inmediata de discutir la preparación de la guerra revolucionaria merecía dejar de lado el malestar que causaba no haber podido debatir antes ese documento. Por lo menos, el testimonio que brindó años después Luis Mattini indica que no hubo protestas duras, ya que estaban tan decididos como Santucho a responder a la exigencia que el Cordobazo había puesto sobre el tapete: crear una fuerza político-militar para luchar por el poder, sin escalas en la lucha por retornar al capitalismo.
En realidad, ajenos a la dialéctica entre las reformas y la revolución, entendían al socialismo como un destino que comenzaba después del asalto al poder y nunca antes de la destrucción del
“estado burgués” ni de la modificación de las formas de propiedad. No se detuvieron a considerar que la insurrección popular exigía, como asunto definitivo, la restauración democrática y un freno político para el curso que el capitalismo comenzaba a tomar, abandonando a su suerte a los trabajadores y empresarios ligados al mercado interno. Sólo intentarían expresar este último aspecto en el programa del ERP. [90]
Pocas fueron las mujeres presentes en el cónclave. Debió ser muy difícil para Sayo y para su vieja amiga Clarisa Lea Place compartir los secretos de un mismo hombre. Santucho y su esposa ya habían recompuesto el vínculo amoroso, pero sin duda ambas mujeres tuvieron que esforzarse por anteponer la meta de la revolución a sus sentimientos personales, confundidos, a esa altura, con la pasión social que las involucraba día a día. Los guerrilleros parecían entender la lucha en la que se embarcaban como un pacto solidario supremo, el lugar trascendente, que no podía ser quebrado por emociones coyunturales. Faltaban apenas veinticuatro meses para que Sayo y Lea Place compartieran
la prisión y la muerte.
El 29 de julio se discutió el tema central: cómo encarar la guerra revolucionaria. La tarea era gigantesca, y requería de ese puñado de jóvenes un compromiso con sus ideales, una voluntad política y un sacrificio personal sin demasiados antecedentes históricos, excepto en las guerras por la independencia del siglo XIX, o de los militantes anarquistas, socialistas y comunistas de principios del siglo XX. Debían, primero, armarse; después, convencer a miles para que los siguieran, y luego disponerse a pelear por lo menos treinta años, no sólo contra el Ejército nativo sino también contra una fuerza de intervención que, estimaban, serían los marines norteamericanos. Como en Cuba, Santo Domingo o Vietnam. Debían dejar de lado la vida acomodada, a veces esconderse perdiendo los vínculos que más amaban. Ir a prisión o morir. Entonces, el heroísmo y la puesta en práctica de sus ideales aparecían como la primera cualidad política. Le seguía la razón de su lucha y el ineludible carácter latinoamericano de la empresa: “Nuestro partido no puede olvidar ni por un momento la experiencia vietnamita, que nos indica que en el actual grado de desarrollo de la revolución mundial, es imposible tomar y mantener el poder en un país aisladamente. Esto sólo se logrará ante la crisis del imperialismo a escala mundial”, escribió Santucho. [91]
Su idea —su estrategia— era que la guerra popular ya había comenzado en la Argentina a partir del Cordobazo. Que la misma era socialista, prolongada, bajo la forma, en la primera etapa, de guerra civil y, luego, de guerra nacional patriótica contra la intervención extranjera. Los abanderados de esa gesta en la que se embarcaban, no tenían dudas, eran los obreros industriales de Córdoba, Rosario, Tucumán y Buenos Aires, y sus aliados, los obreros rurales y los empleados empobrecidos de las grandes ciudades. Su visión, por supuesto, era sociológica. No había referencia a las representaciones políticas, ya que se las suponía, de plano, inservibles. ¿Era acaso un malentendido que la mayoría de los obreros votara al peronismo, la clase media al radicalismo y, en menor medida, al socialismo y comunismo? Además, ¿había comenzado realmente la guerra popular en la Argentina? Las preguntas no parecían formar parte de los documentos. Sí la certeza casi absoluta de que una vez tomado ese camino se alcanzaría, sin escalas, la victoria. Santucho citó al Che: “En toda revolución verdadera se triunfa o se muere”.
Después de discutir los fundamentos teóricos y políticos de la acción a la que se lanzaban, los congresales tenían que decidir: nombre, símbolo y programa de la fuerza guerrillera; si seguirían o no dentro de la IV Internacional, y quiénes serían los dirigentes en la nueva etapa. No estaban preocupados en definir un programa político partidario. Por lo menos, en las resoluciones finales jamás abordaron la cuestión. Sí en constituir el ejército popular, porque ése era el asunto que, en realidad, los unía. La idea de bautizarse como Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) surgió del delegado de Salta, Roberto Ramón Arancibia, un ex estudiante de Ingeniería que trabajaba en el gremio petrolero, amigo entrañable de Santucho desde principios de los sesenta, y que a partir de mayo de 1976 integrará la lista de desaparecidos.[92] El símbolo elegido fue la bandera del Ejército de los Andes con una estrella roja de cinco puntas en el centro, que enlazaba la lucha por la primera independencia nacional con la lucha por la segunda independencia política y económica en los cinco continentes, es decir, por el socialismo.
El programa del ERP elaborado por Santucho y Baxter —con innumerables ideas copiadas del
general vietnamita Nguyen Giap— puntualizaba por lo que lucharían hasta “Vencer o morir por la Argentina”, una consigna que, curiosamente, era parecida a la de muchos generales romanos.
Santucho leyó, punto por punto, el programa. Luis Mattini aseguró, años después, que una tensión emocionada cubría a los delegados. Tendrían, en su opinión, la razón para las armas. Las palabras que pautaran la exacta diferencia entre ellos y los bandidos; entre los pusilánimes y los valientes; entre los políticos entreguistas y los patriotas:[93]
“El Ejército Revolucionario del Pueblo, uniendo su actividad combatiente a la de otras organizaciones hermanas, ha asumido junto a ellas la responsabilidad política y militar en el proceso de guerra revolucionaria que ha comenzado a vivir nuestro pueblo en su lucha contra la opresión económica, política, cultural y militar que la dictadura ejerce en representación del imperialismo yanqui y del capitalismo argentino. Es el comienzo de nuestra participación plena en esta guerra de oprimidos contra opresores, guerra de la Segunda Independencia, porque es la continuación de la que los fundadores de nuestra nacionalidad, el pueblo y los héroes, libraron de 1810 a 1824 contra la dominación española. Hoy como entonces, la lucha será larga, pues debemos enfrentar a un enemigo superior. La guerra revolucionaria argentina y latinoamericana se desarrollará en un proceso prolongado que, comenzando por puñados de revolucionarios, irá encontrando apoyo popular hasta el momento del triunfo final, sólo posible con la participación plena y activa de la clase obrera, el estudiantado y todo el pueblo patriota antidictatorial y antiimperialista. Porque ésta es una guerra del pueblo, nuestras acciones tienen un objetivo principal: despertar la conciencia popular y mostrar a todos los patriotas el camino para acabar con la explotación, el hambre, la miseria a que nuestro pueblo se ve sometido.
Nuestro programa es claro. Queremos, en lo político, la ruptura de los pactos que nos comprometen con EE.UU. y otros países, su publicación y denuncia. El establecimiento de un sistema de gobierno de democracia social, un gobierno revolucionario del pueblo dirigido por la clase obrera. El juzgamiento de los delincuentes políticos, usurpadores del poder y la plena participación en el poder de todo el pueblo a través de sus organizaciones de masas. En lo económico, queremos la ruptura de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y todo otro organismo de control y penetración imperialista. La expropiación sin pago y nacionalización de todas las empresas de capital imperialista y capitalistas nacionales que lo apoyan, y la administración obrero-estatal de las mismas. La nacionalización de la banca, el crédito y el comercio exterior y la reforma agraria. En lo social, aspiramos a una verdadera reforma urbana que resuelva el problema de la vivienda, con la expropiación de las viviendas alquiladas pertenecientes a las grandes empresas para entregarlas en propiedad a los inquilinos. La alfabetización de todo el pueblo y el posterior establecimiento de la enseñanza secundaria obligatoria y apertura de las universidades al pueblo mediante programas masivos de becas. La eliminación de la desocupación con la reapertura de las fábricas cerradas por el interés de las grandes empresas en perjuicio de los obreros y la población. Queremos jornales,
pensiones y jubilaciones dignos que eliminen la miseria popular. Y libertad absoluta de cultos religiosos. En lo militar lucharemos por la supresión del ejército burgués, la policía y todo otro organismo represivo y su reemplazo por el Ejército Revolucionario del Pueblo y las Milicias Armadas Populares, es decir, el pueblo en armas. Todo militar o funcionario patriota que abandona los organismos represivos tiene su puesto de lucha en la fuerza armada revolucionaria. Convocamos, entonces, a los argentinos a asumir su responsabilidad en la guerra de la segunda independencia. El general San Martín y el comandante Che Guevara son nuestros máximos ejemplos. De ellos tomamos nuestros símbolos. Seguir e imitar su pensamiento y acción, y el de nuestros héroes y mártires del pasado y del presente, es la tarea de la hora” .[94]
Los congresales aprobaron el programa por aclamación. Santucho explicó luego las severas sanciones a aplicar contra aquellos que violaran la moral y la disciplina, que robaran en beneficio propio, que desertaran o traicionaran, y las rígidas normas de funcionamiento clandestino, celular, que regirían a partir de ese momento. Debían continuar con la práctica de usar un nombre falso, ocultar su domicilio a otros, aportar parte de su salario al PRT, ser discretos en sus opiniones, y tener una vida sobria y modesta. Cedió la palabra a Pujals para el escabroso tema de la pertenencia a la IV
Internacional, asunto que levantaba severas críticas entre los delegados de Córdoba y Buenos Aires, especialmente Menna y Mattini, y en todos aquellos directamente vinculados con el movimiento obrero, más proclives a una acelerada nacionalización de las tradiciones políticas y a una pertinaz desconfianza contra cualquier centro político extrafronteras.
Esta desconfianza se atenuaba en el caso de Cuba, ya que la cubana era una revolución latinoamericana. Pero los argumentos de Pujals, Baxter y Bonet, que se sentían orgullosos de su militancia trotskista, no convencieron. Santucho usó —como hará muchas veces— su autoridad de líder, y su más sólida formación intelectual, para neutralizar a los opositores a la IV Internacional. El principal argumento fue que ella había surgido como “una respuesta al envilecimiento del stalinismo y del giro a la derecha de los partidos comunistas”, y que de ninguna manera “esto debe obstruir sino por el contrario facilitar la más estrecha vinculación con las corrientes revolucionarias no trotskistas del mundo...”. [95] Y si Santucho convenció no fue sólo porque la mayoría de los presentes tenían antecedentes trotskistas, sino porque la nueva izquierda que integraban se había educado en un rabioso antistalinismo, notoriamente rebelde a la práctica de los comunistas argentinos y su sometimiento al modelo soviético. La separación de la IV Internacional, sin embargo, llegará tres años después, y será Santucho mismo quien impulsará al PRT —no sin ambivalencia— hacia las aguas del denostado movimiento comunista internacional.
Los debates finales estuvieron dedicados a elegir a los dirigentes del PRT-ERP, convertido a partir de ese momento en una organización político-militar, y a elaborar el primer plan guerrillero.
Santucho y Pujals propusieron una lista de 24 nombres para integrar la nueva plana mayor partidaria, que fue aceptada, y especificaron que el PRT-ERP sería un partido de élite, “de cuadros”, con severas exigencias para ingresar a sus filas. También, que los comandos militares debían estar dirigidos por los militantes partidarios y que todos, sin excepción, ya estuvieran en la actividad
armada o en la actividad política debían ser combatientes. Insistieron en que a partir de ese momento los intelectuales debían trabajar en las fábricas, si era posible, y los obreros debían intelectualizarse
—estudiando rigurosamente la teoría política— sin dejar, por supuesto, sus lugares de trabajo. Este intercambio llamado “proletarización” exigía, de hecho, la inmediata formación de una escuela clandestina.[96] De acuerdo con la tradición de los partidos marxistas, los congresales acordaron tres instancias de dirección: buró político (seis miembros) con encuentros diarios; comité ejecutivo (once miembros) con reuniones mensuales, y el comité central (veinticuatro miembros) como organismo deliberativo, con convocatorias trimestrales o semestrales.[97]
En principio, seis hombres serían los máximos responsables cotidianos de lo que sucediera en el PRT-ERP: Santucho, Pujals, Menna, Urteaga, Germán y Carrizo, a los que se agregarían otros a las múltiples tareas que habían previsto. Como jefe militar y de la propaganda, Santucho se encargaría de formar al ERP junto con Carrizo y Urteaga; Pujals, de la organización política; Menna y Germán, de toda la actividad política, especialmente en el movimiento obrero y los distintos “frentes de masas” que abarcaban fábricas, barrios, universidades, escuelas, y otras entidades intermedias donde se nucleaban desde empleados hasta científicos, profesionales y artistas. [98] Por último, el primer
“plan militar” del flamante ERP lo constituirían acciones escalonadas de “expropiación de dinero, recuperación de armamentos, toma de pueblos, liberación de presos y secuestros, a realizarse en distintos puntos del país”. [99]
Los delegados regresaron a sus provincias eufóricos, convencidos de que habían fundado la única fuerza guerrillera que lucharía consecuentemente por la liberación nacional y social de la Argentina. Santucho fijó su residencia en Córdoba, junto con Sayo y sus tres hijas; también Menna y Germán. Pujals fue a Buenos Aires, y Urteaga, Carrizo y Baxter, a Tucumán. A Baxter le encomendaron la específica misión de desarrollar la guerrilla rural, tarea que nunca realizó por lo que, lentamente, su prestigio político fue puesto en cuestión. Un año y medio después quedará fuera de la dirección perretista y, desde su ostracismo, promoverá una fracción interna.
El 18 de setiembre de 1970, un comando asaltó la comisaría 24 de Rosario y mató a dos policías que se resistieron a ser desarmados. Inmediatamente comenzó un operativo de represión a cargo del jefe de la policía, comandante mayor de Gendarmería Agustín Feced —juzgado años después por gravísimas violaciones a los derechos humanos a partir de 1976— para detectar a la “banda de delincuentes terroristas”. No quedó hospital, hotel o ruta por requisar en toda la capital rosarina, pero el operativo no tuvo éxito. El 21 de setiembre, la prensa difundió un comunicado en el que el ERP asumía la autoría del asalto, y en el cual los guerrilleros parecían preocupados por argumentar legítima defensa por esas muertes, y propagandizar su flamante programa político. [100] A pesar de las intenciones de mantenerse aún en secreto y de no realizar operaciones sangrientas, el ERP irrumpía con violencia en la escena política. El 16 de noviembre, cuando aún humeaban las barricadas de la rebelión popular bautizada el “Tucumanazo”, y siguiendo el plan prefijado, un comando dirigido por Urteaga y Carrizo, vestidos como empleados de la Empresa de Agua y Energía, asaltó el Banco Comercial del Norte, en Tucumán, llevándose un botín de cinco mil dólares que nunca apareció a pesar de que sólo un día después —porque a Carrizo se le desprendió un bigote postizo y pudo ser
reconocido— los dirigentes perretistas fueron capturados en distintos allanamientos. La captura de Carrizo conmovió a la opinión pública tucumana: era el jefe de Auditores Fiscales de la provincia.
[101]
El año 1970 fue decisivo para Santucho. Había logrado levantar, al fin, los cimientos de su utopía al fundar el ERP. Pero, también, había perdido en poco tiempo a varios de sus mejores compañeros.
Los próximos años no serán diferentes. El 13 de enero de 1971, Menna fue detenido —luego de resistirse a tiros— en un allanamiento en Córdoba. El 28 de enero, luego de un reparto de víveres en un barrio pobre de la capital tucumana, arrestaron a Clarisa Lea Place. Concentrado en la captación de simpatizantes obreros de las principales fábricas automotrices de Córdoba, en la redacción de casi todos los editoriales del periódico clandestino, y participando en cuanta acción guerrillera podía, Santucho no dejaba sin embargo de preocuparse por tantas fallas, pero las consideraba como un producto inevitable de la lucha y de cierta improvisación.
El 12 de febrero de 1971, en compañía de Juan Eliseo Ledesma, apodado “Pedro” —un robusto, testarudo y audaz obrero de Fiat de 25 años con dotes militares, que en 1975 será ya el segundo jefe del ERP—, Santucho manejó por primera vez en su vida un camión con acoplado para asaltar, chocándolo, al blindado transportador de caudales de la empresa calera de Yocsina en Córdoba.
Según relataron después a la policía los choferes del blindado, los guerrilleros lograron llevarse el botín récord de 121 millones de pesos viejos —unos 26 mil dólares— pero no fue el camión que manejaba Santucho el que los detuvo, sino otro grupo de apoyo del ERP que los siguió y desvalijó en el momento en que pararon, unos kilómetros más adelante, para verificar las averías causadas por la primera embestida. [102]
En vísperas del Viborazo o “Segundo Cordobazo”, la policía cordobesa detuvo a Ana Villarreal el 11 de marzo de 1971 cuando repartía víveres en un barrio obrero. Fue herida en el tiroteo.
Desesperado, el 28 de marzo Santucho organizó un comando para rescatar a su esposa, junto a otras detenidas, de la cárcel de Buen Pastor. Pero falló. En la refriega con la guardia del penal, resultó herida Clarisa Lea Place y fueron detenidos varios guerrilleros. [103] En tanto, a fines de febrero Córdoba ardía nuevamente con movilizaciones obreras contra los despidos en las plantas automotrices, ocupaciones de fábricas y toma de rehenes. El gobernador militar Bernardo Bas se negó a reprimirlas temeroso de repetir aquel 29 de mayo de 1969. Levingston lo destituyó y nombró en su lugar al ex diputado conservador José Camilo Uriburu, quien en su primer discurso calificó a las movilizaciones obreras como “una víbora a la que le cortaremos la cabeza”. Veinticuatro horas después de su asunción, la CGT convocó a un paro general y movilización callejera, encabezada por Sitrac-Sitram, a la que la voz popular bautizó de Viborazo. La represión dejó un muerto, 19 heridos y 258 detenidos. Por primera vez en la historia del país, las movilizaciones obreras enarbolaban banderas guerrilleras de Montoneros, FAP, FAR y ERP, que simbolizaban no sólo la lucha por el retorno de Perón sino por el socialismo. Lanusse, comandante en jefe del Ejército, solicitó la renuncia a Levingston. La junta militar lo ungió presidente.
Levingston no había logrado aquietar la agitación social y política, a la que se había unido la creciente lucha guerrillera, a pesar de proponer —a través de su ministro de Economía Aldo Ferrer
— un plan económico que aumentaba los salarios y protegía la industria nacional, y de que peronistas
y radicales proscriptos comenzaban a moverse sinuosamente forzando espacios de legalidad antes impensados. Era evidente que la crisis política se había transformado en el principal escollo para la estabilidad del régimen. Con Lanusse se iniciaba un nuevo tiempo político, pero la represión y el estado de sitio no cesaban. En abril detuvieron, nuevamente, a Tosco, y en mayo a Ongaro; las cárceles se llenaban de opositores. El peronismo —en manos del delegado de Puerta de Hierro, Jorge Daniel Paladino— oscilaba entre la componenda con el gobierno y la guerra callejera abierta a través de los jóvenes guerrilleros. A esa altura de los acontecimientos, Perón ya había recibido a varios emisarios montoneros y les había manifestado su simpatía. Es más, el 20 de febrero les envió una carta donde encomiaba todo lo actuado por ellos, desde el asesinato de Aramburu hasta la estrategia de lucha dentro del movimiento peronista. [104]
A pesar de su obstinado antiperonismo, en esos días Santucho propiciaba una alianza estable de las organizaciones guerrilleras. Entre las peronistas, su mayor simpatía era por las FAR y FAP, con quienes logró acuerdos políticos prácticos no poco trabajosos. Dos décadas después, en su despacho del Congreso Nacional, el diputado justicialista José Carlos Ramos, entonces militante del Peronismo de Base (PB) cordobés, recordará los debates y protagonistas del acuerdo entre las organizaciones armadas:
“Las primeras veces que vi a Robi fue durante el Cordobazo. Yo era delegado de una fábrica de la industria de la construcción, había abandonado mis estudios de Medicina y pertenecía a una estructura que en ese momento era un grupo del peronismo que provenía del Movimiento Revolucionario Peronista (MRP) de Cooke. Desgraciadamente, Cooke, un poco por el estado mismo del peronismo, y a pesar del aval que tenía de Perón, no había logrado generar una política efectiva para nuestro movimiento. Poco después, algunos participaron en la formación de la JP, motor político de Montoneros; y otros seguimos en el Peronismo de Base (PB), vertiente de apoyo a las FAP. A principios del ’70 nos habíamos extendido mucho en los barrios fabriles de Córdoba y nos veíamos regularmente con el gringo Menna, un tipo notablemente simpático y voluntarioso, que era la característica más destacada del PRT. Una mística revolucionaria muy intensa que se generaba a partir, precisamente, de Robi. Recuerdo que a fines de 1970, él nos planteó que nos incorporáramos al ERP pero nosotros teníamos diferencias, en primera instancia éramos peronistas. Pero a partir de esos contactos, conocí estrechamente a Robi. Él venía a dormir muchas veces a mi casa, en la calle Sol de Mayo del barrio Clínicas, que fue uno de los centros políticos del Cordobazo. Robi era un tipo cristalino, absolutamente entregado a la lucha por sus ideas. Y con un voluntarismo marcado que generalmente no le permitía reconocer sus limitaciones políticas, o que lo hacía exagerar sus propias fuerzas y subestimar al adversario. Tenía un antiperonismo visceral, es más, obsesivo. Un día me dijo: ‘Mirá, si llegás a un país y te encontrás con miles de tipos arrodillados en una plaza adorando la luna, porque creen en su poder divino ¿qué hacés? Yo pasaría de largo e intentaría construir otra cosa que los conmueva, que les dé fe en sí mismos’. Yo le dije —y creo que en esta discusión estaba la esencia de nuestras diferencias políticas con Santucho
—: ‘Si llego a un país y encuentro que todos están arrodillados en una plaza a las nueve de la noche porque todos creen en la luna, en una de ésas me arrodillo yo también para ver qué pasa, qué siento junto con ellos, y después veo...’ Santucho me lo decía con respecto al peronismo y a Perón.
”Era como un futurista, pensaba tanto en el hombre que debía ser que no veía al hombre que efectivamente era. Robi nunca entendió al peronismo, lo que le imposibilitó tener la suficiente cintura política para cambiar a tiempo. Su principismo lo llevaba a meter el pie en el acelerador, y a tener pretensiones hegemonistas para el proyecto revolucionario. En fin, discutíamos mucho con los perretistas. Ellos pensaban que había que poner la acción política por delante y los acuerdos políticos por detrás. Nosotros creíamos que era a la inversa. Pero, mientras discutíamos, trabajábamos juntos en Sitrac-Sitram y en algunos barrios. Jamás olvidaré el incidente que tuvimos con el ERP en el barrio Urquiza. Nosotros habíamos logrado realizar una asamblea de más de quinientos vecinos para resolver colectivamente el desastroso estado de zanjas, agua potable y cloacas, una serie de problemas derivados de la pobreza y la marginalidad. De repente, apareció un comando del ERP en una camioneta a repartir bombas de agua, al estilo Robin Hood, o beneficente. Nos enojamos mucho porque esa actitud robinhoodiana trababa el protagonismo de la gente. Era una trampa política, porque nosotros veíamos que esos métodos terminaban acarreando la represión sobre el pueblo, y sobre sus dirigentes políticos más representativos. Pero el Robi insistió en defenderlos. Era un amigo estupendo, generoso, valiente, austero, pero muy obstinado. Se instaló varios días en mi casa durante el Viborazo, en marzo del ’71. Eran días de pasión política y de un enorme compromiso con los ideales por la justicia social.
Las Organizaciones Armadas Peronistas (OAP), FAR, FAP y Montoneros, habían formado una especie de coordinadora en Córdoba, pero había una instancia cuatripartita en la que también participaba Santucho, por el ERP. Entre él y Carlos Olmedo, de las FAR, el hombre más capaz que conocí en la política argentina, y que matan en un combate feroz en la localidad de Ferreyra en noviembre de ese año, se daban los debates políticos más serios y cultos que presencié en mi vida. Santucho y Olmedo se respetaban profundamente. Pasaban horas discutiendo sobre política y sobre estrategia militar guerrillera, y Olmedo siempre lo aventajaba. Ambos desconfiaban de los dirigentes montoneros. No se equivocaban en eso.
La muerte de Olmedo, y la de José Sabino Navarro en Montoneros, cambiaron el rumbo de las OAP dejándolas en manos de Mario Eduardo Firmenich, por ejemplo. Volviendo a Santucho, diría a la distancia que esa gran austeridad y capacidad de trabajo había logrado concitar dentro del ERP un nivel de dependencia de los militantes muy grande. Santucho era un símbolo de intransigencia, pero su concepción sobre el poder era un tanto autista, y sobre la política, foquista, vanguardista. Y entre esta concepción y la no comprensión del peronismo, el ERP tendría poco futuro. Después de julio del ’71 no volví a verlo más”.
A raíz del aumento de las detenciones, y frente al empleo de la tortura metódica en la represión
política, el PRT había promovido una resolución en la que, a diferencia de los guerrilleros argelinos o montoneros que levantaban el secreto a las veinticuatro horas de detenidos, se ordenaba a los perretistas no dar jamás información a la policía. “Antes que la traición, la muerte”, había dicho Santucho. Con esta actitud intransigente acerca del comportamiento del ERP, Santucho rechazó la posibilidad de conversar con el gobernador militar de Córdoba, quien estaba dispuesto a negociar la liberación de presos del ERP, que ya llegaban a más de treinta, a cambio de una tregua. [105]
Los militares comenzaban a percibir notables diferencias políticas entre las organizaciones guerrilleras, y a experimentar un temor creciente ante la espiral violenta que amenazaba con invadir hasta la intimidad de las familias más comprometidas con el régimen. Al respecto, el general de brigada (RE) Fausto González, subjefe del Ejército en 1987, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, describirá así la polémica en las FF.AA. sobre las diferencias entre los guerrilleros, y la manera de combatir a la insurgencia desbordada: “El enfrentamiento armado comenzó a producirse porque en los dos bandos, tanto el oficial como el rebelde, hubo palomas y halcones. Desgraciadamente para el país, en los dos bandos triunfaron los halcones. El conflicto radicó en quién se quedaba con el poder.
Hubo un sector de la sociedad argentina, en esos años, conservador y otro innovador o revolucionario; hubo un proyecto de conservación y otro de transformación de la estructura social, económica y política. El proyecto oficial era conservador, de mantenimiento de los partidos políticos y de la alianza con Occidente —estábamos en plena Guerra Fría—; en el sector rebelde se luchaba por el socialismo, tomando como referencia internacional a Cuba, u otros países socialistas que también luchaban por el orden y el progreso pero a un costo inaceptable para el oficialismo argentino. En la época del Cordobazo, yo era capitán en el regimiento II de Infantería de Córdoba.
Allí comenzó todo, allí la insurgencia logró su base social, y pensó en el camino de la revolución.
”¿La diferencia, para el ejército, entre el ERP y Montoneros? Bueno, en esa época tomé contacto con algunos dirigentes montoneros de Córdoba. Hablando con ellos entendí que su planteamiento político era netamente elitista: me decían ‘somos la vanguardia de la clase proletaria, tenemos que conducirla a tomar el poder’. Así pensaba también el ERP. Y la diferencia era que Montoneros se decía nacionalista y católico, en tanto que el ERP era más laico e internacionalista. Por eso Montoneros llega a tener cierta aceptación entre el Ejército, y en 1973 se hace el Operativo Dorrego. Volviendo al tema del enfrentamiento armado, recuerdo que en las FF.AA. se planteó en 1970-71 una extraordinaria discusión sobre la metodología para combatir a la subversión: quienes buscaban la salida política, asfixiándolos, y quienes querían su exterminio militar. Yo estaba entonces en la Escuela de Guerra, y viví cómo se imponía la doctrina militar francesa e israelí de contrainsurgencia, doctrinas que proponían llevar el conflicto a los extremos. De tal manera que había que exterminar y, para ello, se debía recurrir a los métodos usados por el enemigo. ¿Quiénes eran las palomas y los halcones? No podría precisar nombres, pero diría que eran los sectores más politizados de las FF.AA. y de la Inteligencia militar los que propugnaban el uso de los mismos métodos que el enemigo para su exterminio, mientras que los sectores de oficiales de Estado Mayor del Ejército propugnaban una lucha clásica. Este debate fue muy
intenso, pero se definió en 1971, y se lleva plenamente a su implementación a partir de 1975
con el comienzo del Operativo Independencia”. [106]
Sin duda, Santucho no haría ningún gesto que pudiera salvar de la catástrofe al régimen, y mucho menos negociar su neutralidad política a cambio de prebendas. En su opinión, las bajas perretistas se superarían con la creciente simpatía que despertaba el ERP. Además, consideraba que el golpe de Lanusse, con un ministro del Interior como el radical Arturo Mor Roig, revelaba el repliegue de la dictadura. En una reunión de los dirigentes perretistas en abril de 1971, vaticinó el fin inminente de un régimen sitiado por las explosivas manifestaciones populares y por la guerrilla. Reconoció que se aproximaba una apertura política, elecciones, incluso un acuerdo entre Lanusse y Perón. Entonces
¿qué hacer? Primero, dijo Santucho, intentarían el boicot, demostrar que las elecciones eran “sólo una farsa”, una “engañifa de la burguesía”. Empero, no descartó un intento de participación siempre y cuando se lograra lanzar, en una alianza con otros sectores de izquierda, a candidatos obreros.
Pensaba en Agustín Tosco. [107] Esta ambivalencia, que lo llevaría en la práctica a negar el decisivo cambio del momento político, se transformará en una de las claves para entender el destino del PRT.
Las Fuerzas Armadas, por su lado, aún no se habían puesto de acuerdo sobre si, finalmente, aceptarían levantar la proscripción al peronismo para garantizar elecciones democráticas.
Como el resto de los jefes guerrilleros, Santucho pensaba que era necesario incentivar la guerra revolucionaria para forzar, en principio, la caída de Lanusse. El resto era una incógnita. El 23 de mayo de 1971, el ERP secuestró al cónsul honorario británico y gerente del frigorífico Swift en Rosario, Stanley Silvester, liberado días después. La prensa se encargó de medir la legalidad política de esa audacia. El diario La Opinión del 2 de julio tituló: “La guerrilla quiere afianzarse como protagonista del proceso político”, y comentó que “las negociaciones entre los guerrilleros y la empresa dieron como resultado un cambio en las condiciones de trabajo de los obreros, el reparto de bienes de primera necesidad en las barriadas pobres de Rosario, dos logros que ningún grupo político puede acreditar en su haber en los últimos cinco años”. El prestigio de los guerrilleros —
cuya cantidad el periódico norteamericano The New York Times exageraba en más de seis mil, entre peronistas y marxistas— crecía de manera inversamente proporcional al deterioro del gobierno. [108]
El 11 de junio de 1971, Santucho organizó y participó, esta vez logrando su objetivo, en el copamiento de la cárcel cordobesa del Buen Pastor, donde estaban recluidas, entre otras guerrilleras, su esposa y Clarisa Lea Place. Según versiones de prensa y leyendas perretistas, se supone que, antes de que se iniciara el violento tiroteo con el que se abrieron paso las presas hasta alcanzar la libertad, Santucho logró franquear la entrada del comando al penal disfrazado de sacerdote. [109] El 28 de junio el ERP dio su primera conferencia de prensa clandestina en Córdoba, su centro político. Los periodistas fueron citados en una esquina de la ciudad y trasladados a una casa sin que se les permitiera ubicar el lugar. Durante la conferencia, los guerrilleros —cinco hombres y una mujer—
permanecieron encapuchados y armados. Uno de ellos —aparentemente el jefe— explicó el ideario erpiano y fijó posición frente al momento político: “La apertura electoral propuesta por el gobierno no es más que una de las medidas para la contrainsurgencia dictada por los Estados Unidos. Si la farsa electoral continúa, nuestra posición se adaptará a la realidad política de ese momento.” [110]
Sólo años después, los periodistas presentes en la conferencia pudieron saber que el jefe del grupo, que descubrió su rostro para despedirlos amablemente, era Santucho.
Antes de partir hacia La Habana especialmente invitado por el Partido Comunista cubano para los festejos de un nuevo aniversario del asalto al cuartel Moncada, el jefe del ERP recibió una comunicación de Ernest Mandel desde París, los primeros días de julio de 1971. Los trotskistas franceses estaban dispuestos a rever su apoyo al PRT, alarmados por su creciente militarismo, y en general a desandar el apoyo a la lucha armada como vía fundamental para la toma del poder. Se habían apagado los fuegos del Mayo francés y preferían retornar a la tradición política del trotskismo, aparentemente torcida por las convulsiones del Tercer Mundo. Cuando Santucho regresara a Buenos Aires, podría entrevistarse con Hubert Krivine, cuyo nom du guerre era
“Sandor”, un dirigente de la LCF y miembro del secretariado ejecutivo de la IV Internacional.
En Cuba, Santucho realizó algunas actividades públicas y otras secretas. No se entrevistó con Fidel Castro pero sí con dos o tres importantes comandantes guerrilleros, entonces héroes indiscutidos, entre ellos Arnaldo Ochoa, con quien debatió sobre estrategia militar. El gobierno cubano siempre mantuvo un riguroso secreto sobre las vinculaciones con dirigentes guerrilleros latinoamericanos, pero era evidente que el aislamiento impuesto por los EE.UU. —que comenzaban a empantanarse en Vietnam, pero seguían alentando golpes de Estado como el que se preparaba en Bolivia contra el general nacionalista de izquierda Juan José Torres— llevaba a los comunistas cubanos, en primer lugar, a aliarse cada vez más incondicionalmente con la URSS y, luego, a impulsar cambios revolucionarios en cualquier parte del planeta, especialmente en Latinoamérica, además de renovar sus principios de internacionalismo guevarista. Era costumbre de la época que el principio de no injerencia en asuntos internos de otros países fuera sistemáticamente violado por los servicios de inteligencia estatal de los bloques beligerantes en la guerra fría. La CIA propiciaría cuanto golpe de Estado contrainsurgente se diera en cualquier parte del planeta, y la KGB aplastará toda revuelta antistalinista. Entre otros escenarios, Santo Domingo (1965) y Checoslovaquia (1968) no dejaban lugar a dudas sobre esa intervención.
Lo cierto es que en La Habana Santucho tomó contacto con Tupamaros, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile y con los restos del Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia fundado por el Che y refundado por Inti Peredo, quien lo transformó en una organización político-militar al estilo de la Argentina: PRT-ELN. La formación de una mini-internacional revolucionaria del Cono Sur era casi una consecuencia obvia del ideario guevarista, pero Santucho fue quien más insistió en alentar, desde ese momento, un intercambio de información, militantes y dinero que favoreciera una estrategia guerrillera regional para la lucha contra el imperialismo. [111]
El viaje también producirá en él algunas modificaciones políticas, especialmente con relación a su obstinado rechazo a los partidos comunistas. Quizá fue el contacto con algunos dirigentes del PC
de El Salvador, como Shafik Handal —que no renegaba del legado de Guevara—, o la anunciada voltereta de los trotskistas franceses que lo dejaba sin sustento internacional o, tal vez, la incuestionable institucionalización de la revolución cubana que, en medio de serias dificultades económicas, comenzaba a depender de los favores soviéticos aun cuando Fidel Castro mantuviera su independencia de criterios para los asuntos latinoamericanos.[112]
Cuando el 10 de agosto Santucho aterrizó en Buenos Aires, vía México, se encontró efectivamente con Krivine. Luis Mattini recordaría la reunión, donde también estaban presentes Pujals y Baxter, este último como traductor, y la definiría “episodio” traumático y anticipatorio del destino de las relaciones entre el PRT y la LCF. “El ambiente para el delegado francés era marcadamente hostil a pesar de que Santucho guardaba un enorme respeto y atención por el visitante, y escuchaba con paciencia sus informes y también sus duras críticas al militarismo, el empirismo y el practicismo del PRT (…) Santucho criticaba a los trotskistas norteamericanos por no apoyar la lucha de las Panteras Negras en EE.UU., quienes, a su juicio, serían uno de los destacamentos de vanguardia de los revolucionarios estadounidenses. A lo que Sandor respondió que era muy evidente que en los EE.UU. no había condiciones ni objetivas ni subjetivas para el impulso de las formas armadas de lucha. El tema se cerró con un comentario de Santucho que inquietó a Pujals y a otros miembros presentes: ‘No es una cuestión de condiciones, sino un problema de línea’. ”[113]
Era evidente que Santucho se distanciaba de cierta subordinación al trotskismo siempre que éste se cruzara en su camino para frenar su estrategia militar. Además, los tiempos políticos se aceleraban. Lanusse, convencido de que las FF.AA. no estaban preparadas para enfrentar semejante conmoción interior, se inclinaba cada día más por la convocatoria a elecciones para 1973, con dos años de tiempo para permitir la reactivación gradual de la actividad política y, sobre todo, discutir qué hacer con el peronismo. [114] El jefe del ERP sabía que las crecientes pequeñas acciones que comandos recién armados realizaban en distintos lugares del país no bastaban para conmover al sistema. [115] Si no se podía asaltar el poder en lo inmediato, ¿cómo incidir en el proceso político?
En medio de esas cavilaciones, cuando Santucho estaba dispuesto a iniciar una serie de contactos con dirigentes sindicales clasistas como Tosco, y con algunas organizaciones como el Frente Revolucionario Peronista (FRP), liderado en Salta por Armando Jaime, para afilar una estrategia común en el terreno electoral, la policía cordobesa lo detuvo. Fue la tarde del 31 de agosto de 1971, en la calle Galeotti 371, cuando llegaba de una reunión con las FAR, FAP y Montoneros. La prensa informó del episodio dos días después, una vez que la policía levantó la incomunicación e intervino un juez, aunque los guerrilleros fueron sometidos a torturas durante diez días en la Dirección de Investigaciones de la policía cordobesa. Santucho llevaba un documento falso a nombre de “Enrique Orozco”, según se desprende de las actas policiales que figuran en la causa 23/71 caratulada
“Asociación ilícita calificada, tenencia de armas de guerra y uso de documento público falso”. En la redada cayeron también Gorriarán Merlo, el joven empresario Humberto Toschi y el empleado Jorge Alejandro Ulla.[116] La pesquisa policial condujo a involucrar a otros guerrilleros, entre ellos al contador Jorge Luis Sbédico, jefe administrativo de la Compañía Argentina de Teléfonos de Tucumán, quien antes de “pasar a la clandestinidad para continuar la lucha por la liberación de nuestra patria” se llevó fondos de la empresa cercanos a los 6,5 mil dólares.[117] El 6 de junio de 1972, la edición vespertina de Crónica confirmó que murió de nueve tiros de fusil FAL, luego de rendirse herido a la policía tucumana.
La respuesta del ERP a la detención de su jefe no se hizo esperar. El 6 de setiembre de 1971, luego de un sangriento enfrentamiento donde mueren cinco guardiacárceles, se fugaron del penal de
Villa Urquiza 16 perretistas y dos dirigentes del peronismo revolucionario. Días después la policía logró recapturar a la mayoría, excepto a los principales dirigentes evadidos: Urteaga, Carrizo, el obrero de la zafra Ramón Rosa Jiménez, el ex estudiante de Economía y viejo amigo de Santucho, Juan Santiago Mangini —quien en 1975 será uno de los principales jefes de la inteligencia del ERP
—, Roberto Coppo y el pampeano Manuel Negrín, quien había compartido la experiencia guerrillera de Bengochea en 1963, y se había incorporado al PRT a principios de 1971. [118] Inmediatamente, para prevenir un nuevo intento de fuga, la justicia federal cordobesa ordenó el traslado de Santucho y de varios de los perretistas apresados con él hacia la cárcel porteña de Villa Devoto. Como en 1970, Urteaga quedaba como el máximo jefe del PRT en libertad.
Al inaugurar oficialmente el Gran Acuerdo Nacional (GAN) que desde el Ministerio del Interior tejía Mor Roig, en encuentros políticos con los partidos mayoritarios, Lanusse finalmente anunció el 17 de setiembre de 1971 la convocatoria a elecciones para marzo de 1973. Sectores de la Marina y del Ejército se resistían a la idea y en octubre pasearon sin éxito sus tanques amenazadores por Azul y Olavarría. Lanusse, de todas maneras, no estaba dispuesto a admitir la posibilidad del retorno de Perón para su postulación presidencial. Viejo experto en lides políticas, Perón releva desde Madrid a Paladino y endurece su posición al nombrar como su delegado a Héctor José Cámpora, un dentista enrolado en el peronismo desde 1945 que, entre otras cosas, había sido diputado justicialista, había compartido la cárcel y el exilio con Cooke, y mantenía excelentes relaciones con el sindicalismo combativo y la JP. Por primera vez en dieciséis años la correlación de fuerzas favorecía notablemente a Perón: miles de jóvenes exigían su regreso en las calles o con las armas, y el régimen enfrentaba la peor crisis política desde el derrocamiento del peronismo en 1955.
Aunque condicionado, el proceso electoral parecía irreversible. Santucho había meditado sobre esta posibilidad. ¿Podría convencer a los perretistas para que aceptaran entrar en el juego electoral al que habían denostado por principio? A través de las visitas de su hermano Julio, ya incorporado al PRT y a punto de casarse con Cristina Navajas —una estudiante de Sociología, católica de izquierda, que pronto adherirá al PRT—, Santucho logró sacar de la cárcel, sin que fueran requisadas, una serie de cartas de amor con instrucciones políticas a Sayo. A pesar de estar confinado en una celda de aislamiento, lograba leer varias revistas y periódicos por día, practicar durante cuatro o cinco horas diarias un método para la lectura veloz, y agenciarse de algunos libros sobre Marx y Lenin que circulaban en una biblioteca clandestina. Entre los pedidos que le hacía a su esposa figuraban algunos libros de estrategia militar y sobre la guerra de Vietnam, Laos y Camboya.
En la carta del 22 de setiembre —la primera que pudo escribir luego de su detención— explica cuáles son sus preocupaciones políticas. Santucho tenía serias dificultades para convencer a muchos de sus militantes, incluida su esposa, de que la participación electoral no traicionaba los principios del PRT:
“En cuanto a los muchachos no tengo contacto con ninguno. Nuestra situación de aislados es muy rigurosa, y sólo podemos hablar con los guardianes. A los que cayeron conmigo los veo cada dos o tres días, un instante, sin poder cambiar más que el saludo. Por eso, no sé aún qué les preguntaron. Vi a las chiquitas tres veces, y la paso bien con ellas, que se vienen preparadas para entretenerme con cantos, poesía (…) En Tucumán al que más torturaron fue a Hugo (Ducca) que además de los golpes
le pusieron agujas debajo de las uñas. Sé que todos los tucumanos tienen la moral muy alta.
”Por lo que dices veo que no estás conforme con nuestra línea sobre la elección. Creo que porque no la conocés bien. Nuestro punto de partida para tomar posición frente al actual proceso electoral es el punto de vista leninista de que la elección es una farsa, que no ofrece salida alguna y que debemos luchar contra ella, debemos denunciarla ante las masas. Ésa es nuestra definición principista, nuestro enfoque estratégico explicado claramente desde el momento mismo que la dictadura lanzó el GAN.
El primer volante donde anticipamos nuestra política frente a las elecciones tiene como título, precisamente, FUERA LA FARSA ELECTORAL. Quedamos claros entonces que no esperamos nada de la elección y que debemos luchar contra ella, desenmascararla ante el pueblo, y tratar de poner en claro ante las masas la imposibilidad de triunfar por vía parlamentaria.
”La cuestión táctica que debemos encarar enseguida es cómo lo logramos, cómo luchamos mejor contra el parlamentarismo, contra la vía electoral. Hasta ahora, el CE no ha definido su táctica, sino que ha dejado abiertas las dos posibilidades de luchar contra el parlamentarismo que de acuerdo a la experiencia revolucionaria deben utilizarse. Es decir el boicot y la participación. Esto ha sido así porque el anuncio inicial de Lanusse, a largo plazo, dejaba muchas cuestiones oscuras aún como para adoptar una definición que por otra parte no era exigida por nada, en primer lugar, el estado de ánimo de las masas.
”Primero: lo que sí hizo el CE (reunión de abril de 1971) es adoptar la línea de la formación de Comités de Base, contra la farsa electoral, y por un programa predominantemente democrático, allí donde hubiera posibilidades o necesidad de organizarlos. Es decir autorizó la formación de esos comités y nuestra participación en ellos, sin convertirlos en línea importante de la organización. Ello se hizo con la idea de que tales comités el día de mañana podrían servir tanto para la táctica de la participación, como la del boicot.
”La adopción de una u otra táctica deberá hacerse en los próximos meses y dependerá del grado de concesiones democráticas que deba aflojar la dictadura y, fundamentalmente, del estado de ánimo de las masas. Si se opta por el boicot, éste debe ser activo, y si se opta por la participación debe encararse desde un punto de vista principista, proletario, de destacar la independencia política del proletariado y tratar de que en su torno se nucleen otros sectores populares, bajo la clara hegemonía política de la clase obrera.
”Rechazar en principio la elección y adoptar el boicot, antes de que estén definidas las situaciones concretas es un punto de vista anarquista, ultraizquierdista, típicamente pequeño burgués, que nuestro P. en este momento está expuesto a sufrir. Es importante entonces, no sólo desde el punto de vista fundamental de que el P. adopte una línea correcta, madura, leninista, sino también desde el punto de vista educativo, dejar esto claro, como lo está a nivel de la dirección. Al respecto es conveniente que releas El ultraizquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, de Lenin. Lamentablemente, no puedo extenderme más.
Si es necesario lo haré más adelante. Sólo tengo que agregarte lo que dicen las directivas del CE: la única salida para el país es el triunfo revolucionario en la guerra que ha comenzado a librarse, y la tarea fundamental de los revolucionarios, incluida la actividad frente a las elecciones, es el desarrollo de la guerra.
”Por favor relee los periódicos y los documentos del CE y después tratá de escribirme algo, si estás en desacuerdo o no, pero lo más preciso posible para poder profundizar. Espero tus noticias. Tu R.”
Preocupado por la tendencia general a negar la participación política e incrementar la actividad militar, el jefe del ERP pidió a su esposa que enviara urgentemente la carta a sus compañeros en el exterior. Sin salir de la trampa de ese razonamiento, Santucho había flexibilizado su posición frente al GAN, al que en abril de 1971 había definido como “el abrazo final de toda la vieja argentina que se hunde para dar paso a la nueva argentina socialista que surge potente e impetuosa” .[119] Pero había llegado a la conclusión de que la salida electoral no era un producto de la presión política popular: las masas, en definitiva, no podían ser protagonistas de la hazaña. Como un gigante descerebrado iban a ser engañadas, nuevamente, por burgueses astutos.
“La táctica correcta de intervenir activamente —con el boicot o la participación— en el proceso electoral, permitirá a nuestra organización mantener un estrecho contacto con las masas y, en lugar de ser aislada, aprovechar los resquicios legales para ampliar vínculos y extender la propaganda y agitación, lo que se verá singularmente favorecido por la falta absoluta de perspectivas favorables a los intereses obreros y populares que caracterizan la próxima elección. Es un intento reformista imposible. La crisis actual de la Argentina capitalista no tiene ninguna posibilidad de ser superada a corto o mediano plazo, por ningún gobierno burgués. El gobierno que surja del proceso electoral próximo, lo mismo si es o no peronista, estará incapacitado para concretar ni siquiera soluciones mínimas porque la única forma de solucionar los problemas actuales es mediante una revolución profunda, socialista, proletaria, que expropie sin hesitar el capital imperialista y monopolista, independice el país, y movilice revolucionariamente al pueblo, tareas que de ninguna manera piensa ni puede llevar adelante el peronismo burgués, ni ninguna otra de las grandes fuerzas políticas burguesas. De manera que a un plazo relativamente breve el gobierno parlamentario que surja de las elecciones estará completamente desprestigiado, las masas no esperarán más de él y se orientarán hacia la guerra popular”, decía en los documentos partidarios. [120]
Dentro de la cárcel, Santucho aprovechó para leer con la misma voracidad de siempre filosofía, política y economía. Su único vínculo privilegiado con el mundo seguía siendo Sayo, entregada completamente a la lucha clandestina. “Mi negrita querida... Por la tarde vinieron las chiquitas, con mi mami y la Pori (su hermana Blanca Rina). Estaban vestidas con sus falditas largas; me trajeron los
cuadernos. El de la Anita y el de la Marcela, muy bien, prolijitos y con buenas notas; la Gaby regular, desprolijo y con varias notas de las maestras diciéndole que mejore. La Anita te había escrito y las otritas quedaron en hacerlo ayer mismo. (…) Aquí ya nos hemos organizado, aunque todavía falta para funcionar a pleno. Nos levantamos a las siete. Antes no se puede por disposición del penal. De siete a siete treinta barremos, nos lavamos y desayunamos. De 7.30 a 8.30 hacemos gimnasia, de 8.30
a 9 leemos diarios, de 9 a 12 estudio, de 12 a 14 almuerzo y descanso, de 14 a 16 orden interno, de 16 a 19.30 estudio y de 19.30 a 21, cursos. Tenemos autorizada la entrada de una tevé que han de traer en estos días. (...) Mi querida, hacé el favor de copiarme las tesis sobre Feuerbach de Marx, y sobre la dialéctica de Lenin. Te quiero mucho, muchísimo, y te beso entera e interminablemente... tu R.”, escribió el 26 de setiembre.
El 28, discute sobre una infidencia de su esposa: “No eres miembro de la dirección y no pueden tomarte como mi portavoz”. Pero la alentaba a seguir trabajando en su nuevo destino político, en el noroeste argentino. “Vos sos capaz, fuerte y tienes excelente moral. Has demostrado que tienes condiciones para la acción. A ello debes unir la máxima sencillez y constancia y una gran discreción cuando, como ocurre con frecuencia y ocurrirá, recurramos a vos, yo y los otros compañeros para comunicarnos”.
Extramuros, mientras el PRT continuaba perdiendo fuerza por la represión, el ERP se popularizaba practicando un foquismo urbano inédito. El 28 de setiembre, después de un allanamiento en pleno barrio Norte de Buenos Aires fue secuestrado Luis Pujals, en la práctica el segundo jefe político del PRT. La Opinión de la fecha, sin embargo, transcribió las declaraciones de su esposa, Susana Gaggero, quien aseguraba que Pujals había desaparecido en realidad el 17 de setiembre, y posiblemente hubiera muerto por torturas en Rosario, bajo la picana del jefe del II Cuerpo de Ejército, el general Juan Carlos Sánchez. Fue el primer desaparecido político del PRT. El mismo 28, Santucho escribe: “En cuanto a mí, estoy bien. Los últimos días han sido malos, principalmente por la desaparición del flaco. Encima de eso, los problemas de la regional Buenos Aires que se plantean en una situación muy difícil. Espero que el CE tome cartas en el asunto y lo solucione de inmediato. Nosotros seguimos aislados, el jueves empezamos la huelga de hambre a ver si conseguimos solucionar esto. Yo todos los días te recuerdo, te acaricio y aunque vos sos tan mezquina conmigo en tus cartas, te sigo queriendo con toda mi alma. Te besa mucho, tu R”.
En Buenos Aires habían quedado al mando del PRT Osvaldo Sigfrido Debenedetti y Víctor José Fernández Palmeiro, ambos con escasa experiencia política y sobre todo muy inclinados a multiplicar las acciones guerrilleras. Instalado en La Plata, y secretario general del PRT de hecho, Urteaga no podía abarcar tantos desafíos. Además, Carlos Germán había partido al exterior para realizar un curso militar. A un año de haber formado el ERP, la mayoría de los miembros de la dirección histórica del PRT estaban fuera de combate.
El 3 de octubre, Santucho cuenta a su esposa que está preparando la apelación de la causa 23/71:
“El juicio lo encararemos políticamente y ya he preparado la apelación que presentaremos el martes, y trataremos de darle publicidad. Allí defenderemos la justicia de nuestra causa”. [121]
Acababa de nombrar abogados defensores a Eduardo Luis Duhalde y a Rodolfo Ortega Peña. Dos décadas después, Duhalde revelará detalles de aquella relación:
“Conocí a Robi unos años antes de la década del 60. Me lo presentó Juan José Hernández Arregui. En ese entonces, él tenía una especial valoración de Robi por ese entronque que estaba haciendo entre la cuestión indoamericana, el cristianismo y el marxismo. En la casa de Arregui es donde escuché hablar por primera vez de ‘los Santucho’, también de su hermano Francisco René, y de la librería que tenían en su provincia. Yo en esos años no tenía acercamiento a las corrientes trotskistas pese a que en la década del cincuenta había militado cerca del Vasco Bengochea. Luego, en los años 70, Rodolfo Ortega Peña y yo teníamos la mayor parte de las defensas políticas. Un día tuvimos una visita de dos personas: Rubén Pedro Bonet y Luis Pujals, que venían a vernos precisamente de parte de Robi, a expresarnos que se acababa de terminar el quinto congreso del PRT y que ellos se planteaban el lanzamiento de la lucha armada. En realidad ya había habido acciones, pero ahora se lo planteaban como estrategia para la toma del poder. Me dijeron: ‘Como vamos a empezar la guerra, seguro que tendremos muchos problemas legales. ¿Quieren ser nuestros abogados?’. A pesar de que nosotros éramos peronistas revolucionarios, por una cuestión de consecuencia política quedamos apalabrados para la defensa. El comportamiento de Santucho frente a la causa fue anteponer lo político por sobre lo jurídico. Él jamás hubiera reconocido una defensa que fuera en menoscabo de su figura como dirigente máximo del PRT y comandante del ERP. Una especie de convicción de su destino histórico, que iba más allá de su utilidad. En Robi jugaba la importancia de esos cargos y la publicidad de eso en el mundo enemigo. Lo cual no quería decir que no apreciara la libertad. Porque como buen contador público, era muy minucioso en el manejo de la organización y quería involucrarse en los detalles más ínfimos y ridículos, lo que llegó a volverse en contra del funcionamiento democrático y colectivo, ya que como el suyo era considerado un pensamiento superior, a él le eran delegadas muchas decisiones. Para ser escuchados, lanzan una huelga de hambre”.
El diario conservador La Prensa informó el 6 de octubre sobre la posibilidad de que los
“acusados por actividades subversivas” que tipificaba la ley 19.081 del fuero antiterrorista, que
autorizaba la participación de las FF.AA. en la represión interna, fueran trasladados al penal de Rawson, 1.100 kilómetros al sur. Al día siguiente, Santucho parecía contento con el traslado. “Mi amor... El traslado nos conviene porque termina el aislamiento, y si nos llevan a Rawson no es tan malo porque allá hay cerca de 200 presos políticos. Lo único malo para mí sería que la visita de las chiquitas tendría que espaciarse. De todos modos nuestra situación es discriminatoria y debemos luchar ante ello. (…) Estoy leyendo a gran velocidad. 400 palabras por minuto. He leído los libros de Ortega Peña y Duhalde —Felipe Varela, Dorrego y Facundo— pero les mandaré una carta porque no comparto el enfoque revisionista. Lo único bueno que he podido leer es Militarismo e Imperialismo en el Brasil de Paulo Carvalho. Tiene una crónica de la muerte de Carlos Marighela, y ubica correctamente al lector en la situación del Brasil desde el punto de vista revolucionario a pesar de ser sintético. En Chile y en Perú parece que está llegando la hora de las definiciones. Si hay informes y novedades contáme que me interesa mucho. Lo mismo otras noticias internacionales que no salgan en los diarios. (…) Quiero que vean la posibilidad de imprimir un artículo sobre la primera resistencia vietnamita, porque es muy instructivo y se acerca mucho a nuestra situación”.
La situación de la familia Santucho se complicaba. El 1º de octubre a las dos de la madrugada, la casa de los Santucho había sido allanada en Santiago del Estero por una patrulla de la V Brigada de Infantería a cargo del mayor Salvador Hugo Anadón. Luego de pasar varias horas detenido en un cuartel, y consciente de que deberá emigrar de su terruño, Don Francisco publicó el 8 de octubre en El Liberal una solicitada dirigida a Lanusse, al estilo de un viejo yrigoyenista ultrajado: “¿Es posible llamar al GAN, como se alardea, cuando hay ciudadanos que desaparecen misteriosamente, cuando se allanan impunemente los domicilios de quienes no piensan como algunos jefes militares, cuando se veja a ciudadanos inocentes, cuando se vive en permanente estado de sitio, cuando las cárceles están llenas de presos políticos y gremiales, ultrajados, torturados, cuando se sanciona una ley de pena de muerte, cuando se afirma que el gobierno está en guerra con una parte del pueblo? ¿Es posible trabajar en paz para edificar un gran país cuando desde el Poder se impone la violencia?...”.
Al día siguiente, Santucho escribe: “Mi negrita amada: estamos con las chiquitas festejando tu cumpleaños. Si tiene un vaso de vino por ahí, levántelo y recuerde que la queremos inmensamente.
Las chiquitas me contaron que estuvieron pintando en una pared de Santiago consignas del ERP y que se han puesto a decir que ellas eran del ERP. Hoy es el aniversario de la muerte de nuestro comandante. Aquí no hemos podido combinar nada para recordar esa fecha. Dedicaremos a su memoria la huelga de hambre que hoy recomenzamos y yo he empezado una poesía que te la mandaré cuando termine. ¿Sabías que lo encanaron a mi papá? Lo tuvieron preso unas horas y lo largaron. Son muy hijos de puta estos milicos... Me he quedado pensando en las chiquitas. Ya están grandes y la Marcela es muy viva y pícara. Ha estado diciendo algunas cosas que me hacen pensar que quizá sea conveniente que vos les expliques algunas cosas de mujeres... Los abogados no presentaron la apelación, tal vez les pareció demasiado picante. Vieron el expediente y es de una pobreza franciscana, prácticamente no tiene ninguna prueba y todas nuestras declaraciones son correctas, ni siquiera la asociación ilícita pueden probar. Lo único que hay son las pistolas de cuya portación acusan a Mario (Delfino) y al Gringo (Menna) pero el acta está mal hecha y los muchachos en su declaración niegan haberlas tenido. Naturalmente que lo mismo nos darán con un caño y en último
caso estamos también a disposición del PE. Hay además un informe confidencial y ‘secreto’ con mis antecedentes y se señala el viaje a Cuba, asesor de sindicatos, fuga y asalto al banco Comercial del Norte. Mi cielo, aquí me despido hoy y deseo tengas un buen día el 9. Te quiere, te acaricia, te besa mucho, R.”.
El día del cumpleaños, Sayo logró hacerle llegar una carta en la que, por primera vez, admitía estar deprimida por la separación de sus hijas y de su compañero. Entre líneas, insistía en que el PRT no podía sino boicotear las elecciones. El 10 de octubre y el 4 de noviembre, Santucho escribió las últimas cartas que enviará a su esposa. Había terminado de leer completo, por segunda vez, Fenomenología del espíritu de Hegel, y se quejaba porque Gorriarán Merlo no podía pasar de la segunda página. Simultáneamente, leía Dialéctica de la filosofía de Hegel, de Carlos Astrada, su filósofo predilecto; El otro Rosas, de Luis Franco y La conquista del desierto, “de un coronel argentino, Walter, que parece interesante”.
10 de octubre: “Sayito mía: (...) Sé que estarás pasando momentos difíciles, por la separación de las chiquitas y de tu compañero. Quisiera poder apoyarte mejor. La militancia intensa y la comprensión de que es el precio que tenemos que pagar por nuestra lucha, por el privilegio y la felicidad de estar al servicio del pueblo, de la revolución, de una causa justa y superior son los pilares que permiten asimilar estas dificultades, levantarse alegre y decidido todas las mañanas, supliendo con unos minutos diarios dedicados al recuerdo de los seres más queridos su ausencia física, y acostarse por la noche con una sonrisa, el recuerdo de las tareas realizadas y de las que aún esperan, y un último pensamiento diario para las chiquitas y para mí”.
4 de noviembre: “Negrita querida (...) Respecto al asunto GAN sigues discutiendo, como si nuestra posición fuera la participación electoral tipo Partido Comunista o algo así. Lo que nosotros decimos es que hay que prestarle atención al proceso electoral y dar la batalla también en ese terreno. Esa batalla puede consistir en el boicot o la participación pero, para estar en condiciones de disputarle allí también el terreno al enemigo, hay que empezar ahora por organizar Comités de Base contra la farsa electoral, con un programa de reivindicaciones democráticas. Ello no se opone sino se complementa con la lucha armada. Es para mí una cosa tan clara que no entiendo cómo pueden insistir en confundirla. Será lo mismo que el trabajo de masas, sindical, o reivindicativo. Esto también les cuesta entender a los compañeros que tienden por juventud o déficit político a tomar un camino unilateral, tendiendo por lo general a la lucha armada desde una óptica militarista. Eso no es una política marxista, y así no construiremos la organización revolucionaria que necesitamos, madura, firme, sólida.
”(…) En tu análisis ves solamente una parte de la realidad, la agudización de la represión y la crisis del régimen. Además hay que tener en cuenta cuáles son las políticas viables de la dictadura para salir o desembarazarse momentáneamente de esa crisis. Ocurre que precisamente en este momento, a partir del intento de ‘golpe de bolsillo’ de Azul y Olavarría se hace posible llegar a un proceso electoral (línea Lanusse) con un cierto margen de concesiones y resquicios legales. Ello nos viene de perilla para introducirnos audazmente en esos resquicios y llegar a miles de jóvenes (tanto en el boicot como con la
participación). Ampliar, considerablemente, nuestra influencia y estar en condiciones de dar mayor amplitud a la lucha armada. No hay que tenerle miedo al GAN, hay que mirarlo de frente, eludiendo peligros y utilizando sus resquicios”.
Finalmente, cansado de tantas polémicas estériles, Santucho dio instrucciones para que se intentara la constitución de una fórmula alternativa a las candidaturas “burguesas”: algo así como un Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS), cuyo binomio electoral podía ser Tosco y Jaime.
[122] Era obvio que la estrategia de Lanusse había perturbado la linealidad de los planes guerrilleros, pensados para pelear en las más extremas condiciones de proscripción política. Y Santucho aún no se planteaba, porque aún había dictadura, qué hacer en caso de un gobierno constitucional. ¿Intuía que la supervivencia de su proyecto dependería, sustancialmente, de cómo resolviera la polémica entre el boicot o la participación electoral, entre las armas y la democracia? En cualquier política,
¿podía plantearse una estrategia, una meta futura, tan dicotomizada con la táctica, el presente, sin desbarrancarse en un error trágico?
En diciembre, y contrariamente a lo que se esperaba, Lanusse endureció su posición: el peronismo dejaría de estar proscrito a condición de que Perón se quedara en Madrid. En los últimos doce meses se había culpado a las FF.AA. de doce desapariciones de opositores políticos, y el 22 de diciembre Lanusse anunció en una conferencia de prensa que no habría paritarias ni amnistía para presos políticos, y que los aumentos salariales se fijarían por decreto. Perón ordenó, entonces, aumentar la presión sobre el gobierno con las formaciones guerrilleras. 1972 se presentía como uno de los años más agitados e intensos de las últimas décadas. Recluido aún en Villa Devoto, Santucho comenzó a planear su nueva fuga: un túnel, al estilo del realizado por los Tupamaros en la cárcel de Punta Carretas en Uruguay. Pero la desbordada actividad de las células del ERP —de 520 acciones guerrilleras entre marzo y diciembre de 1971 le correspondieron 218 (42%)— y la práctica disolución de las estructuras del PRT cambiarán sus planes.