Todo o nada

Maria Seoane · Capítulo 11 de 19

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Todo o nada

IX. La fuga de Rawson, el arma de Salvador Allende y una llave para Fidel (1972)

NUEVE

La fuga de Rawson, el arma de Salvador Allende

y una llave para Fidel

(1972)

“Esto lo hacemos para devolver algo del dinero robado al pueblo. El próximo será el Banco de la Nación.” La consigna del ERP quedó estampada en las paredes de la bóveda del tesoro del Banco Nacional de Desarrollo (Banade), la madrugada del 31 de enero de 1972.

Antes de la medianoche del 30, los serenos Oscar Serrano y Ángel Abus, simpatizantes del ERP, habían franqueado la entrada a dos comandos dirigidos por Víctor Fernández Palmeiro y Osvaldo Sigfrido Debenedetti, ambos de 26 años. Los comandos cargaban ametralladoras, martillos automáticos, tubos de acetileno, máscaras, trajes de goma, explosivos y otras herramientas menores que utilizarían luego para violentar el tesoro. A las cinco y treinta de la madrugada se llevaron el botín récord de 401.835.895 pesos moneda nacional, unos 40

mil dólares de la época. Acababan de producir “con una inédita sangre fría, y sin víctimas, el robo más importante de la historia del país y uno de los golpes más espectaculares de la guerrilla urbana” .[123]

“El robo del siglo”, como lo denominó la prensa, coronaba un mes que había comenzado con el intento de copamiento por parte de Montoneros del edificio de la Prefectura de Zárate, seguido con la primera detención de un sacerdote, peronista y tercermundista, Alberto Carbone. Su prisión indicaba que la Iglesia tampoco estaría a salvo de la crisis política. En ese lapso, también ocurrió la liberación de Ongaro, la muerte en enfrentamiento con la policía de varios militantes peronistas, el estallido de una bomba en la casa del ex ministro de Justicia de Onganía donde murieron cuatro policías, y una masiva protesta de la Confederación General Económica (CGE), afectada por la política lanussista. El ERP había sido la última organización guerrillera en aparecer pero era, sin duda, la más activa y la que más bajas había sufrido en menos tiempo: seis muertos, un desaparecido y cerca de cuarenta prisioneros. [124]

El violento comienzo de 1972 anticipaba los principales rasgos de un año caracterizado por la

pulseada política entre Perón y Lanusse. La confrontación de estas dos estrategias para el proceso electoral se definió a favor del primero en noviembre de ese mismo año, cuando Perón aterriza en Buenos Aires para sellar las alianzas políticas que lo llevarán al gobierno en 1973, luego de diecisiete años de destierro. Lanusse, hasta promediar 1972, intentará el repliegue militar proponiéndose como candidato presidencial de una alianza cívico-militar, excluyendo al líder exiliado en Madrid e intensificando la represión política.

Dispuesto así el tablero, Perón alistó sus alfiles: nombró a Rodolfo Gabriel “Galimba” “El loco”

Galimberti delegado de la Juventud Peronista (JP), organización que crecerá al calor de la campaña electoral por el regreso de su líder con la consigna: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, con la identificación paulatina de muchos de sus dirigentes con la estructura montonera y, en menor medida, con la de las FAR; y promovió al metalúrgico ortodoxo José Ignacio Rucci al frente de la CGT.

La operatoria contempló la alianza con conservadores populares, democristianos, intransigentes y desarrollistas que, dirigidos por Cámpora, constituyeron en febrero el Frente Cívico de Liberación Nacional (FreCiLiNa), antecedente del Frente Justicialista para la Liberación (FreJuLi) formado en noviembre de ese año. Los radicales de Ricardo Balbín, por su parte, asistían al surgimiento de una corriente radicalizada en sus filas: el abogado de Chascomús Raúl Alfonsín y los jóvenes que habían debatido sobre la lucha armada después del Cordobazo en Setúbal, Santa Fe, daban los primeros pasos para el nacimiento del Movimiento de Renovación y Cambio (MRC) y la Junta Coordinadora Nacional (JCN).

Como resultado de la coyuntura, la escalada guerrillera se intensificó por la articulación de tres tendencias entrecruzadas: la intolerancia militar, el beneplácito de Perón a las organizaciones armadas peronistas y la rebelión popular prolongada como una ola después del Cordobazo y que inclinó la simpatía de vastos sectores obreros y de la clase media y alta, por lo menos hasta mayo de 1973, a favor de las organizaciones político-militares. En el Gran Buenos Aires el 45,5% de la población justificaba la guerrilla, mientras que en el interior del país lo hacía el 49,5%. Sin embargo, el índice de simpatía crecía notablemente en Córdoba y Rosario.[125] La “crónica de la guerra revolucionaria” —como el ERP denominaba en su periódico Estrella Roja al recuento de sus acciones militares— se expandía sin cesar con repartos de alimentos en los barrios pobres, desarmes a policías, copamiento de cuarteles y de fábricas, secuestros de ejecutivos extranjeros y atentados contra militares. [126]

A pesar de la prisión de sus máximos jefes políticos, a la que se agregará en febrero la de Antonio del Carmen Fernández y la del arquitecto Jorge Carlos Molina, los comandos del ERP de Buenos Aires parecían haber constituido una organización paralela, lanzada frenéticamente a la acción. El comité militar que de hecho dirigía al PRT en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires —cuando en teoría estaba previsto que fuera al revés— había disuelto de un plumazo organizaciones de superficie como el Frente de Trabajadores de la Cultura (FATRAC) que nucleaba a intelectuales, artistas y profesionales, pretextando que, para seguir fieles al PRT, éstos debían marchar al trabajo fabril. En las fábricas no era distinto: la mayoría de los dirigentes obreros debían transformarse en combatientes —tal fue el caso de Antonio del Carmen Fernández—, lo que los obligaba a una creciente clandestinidad y desinserción social. La proletarización obligatoria de los

intelectuales, o la militarización obrera, como condición de fidelidad ideológica —especie de alienación política— olía demasiado al stalinismo repudiado por el propio PRT. ¿La confluencia política entre intelectuales y obreros debía realizarse cuerpo a cuerpo, mutando roles, o en base a un programa que los englobara a ambos?

Era inútil, por otra parte, que desde la cárcel Santucho se enojara con el temerario Urteaga, su hombre más fiel y quien más se le parecía, porque los militantes del PRT habían abandonado prácticamente el trabajo político en fábricas, barrios y universidades, para dedicarse sólo a reclutar combatientes. El mismo Santucho, en sus cartas y documentos desde Villa Devoto, enviaba un mensaje ambiguo: un saludo por el creciente protagonismo del ERP, una reiteración de que las elecciones eran una farsa urdida desde el poder y un pedido de desarrollar comités de base para el boicot o la participación comicial. [127] Santucho explicaba a Urteaga que “el brote de militarismo”

era consecuencia de la juventud, inexperiencia y origen social no proletario de los dirigentes que los habían suplido. Las justificaciones generacionales o sociológicas enturbiaban la posibilidad de admitir que la política era errónea.

Una semana después del exitoso asalto al Banade, Santucho convocó a sus abogados, Ortega Peña y Duhalde, para discutir una denuncia tardía de torturas. El 10 de enero, en una conferencia de prensa, el Foro por los Derechos Humanos, que nucleaba a varios abogados defensores de presos políticos corno el radical Mario Amaya, Mario Hernández, Felipe Rodríguez Araya, el ex aviador y udelpista Héctor Sandler, Vicente Zito Lema y Rodolfo Mattarollo, entre otros, leyó una denuncia de Santucho reproducida en el diario La Opinión del día once. Luego de su detención en Córdoba, había sido trasladado a la delegación de la Policía Federal y reiteradamente picaneado, golpeado y lacerado. La tortura formaba parte de la práctica represiva, y su denuncia se sucedía a cada una de las detenciones. En realidad, Santucho había convocado a sus abogados para revisar la estrategia de la defensa: no aceptaría, bajo ninguna circunstancia, negar su calidad de secretario general del PRT o jefe del ERP. El alegato de la causa 23/71 lo escribirá él; será un vasto documento político donde se justifica “el derecho del pueblo argentino a armarse en defensa de la Constitución, a luchar por la democracia, la liberación nacional y el socialismo, emprendiendo el camino de la guerra revolucionaria” .[128]

Si las noticias que le llegaban extramuros sobre el PRT no eran tranquilizadoras, mucho menos las familiares. Previendo la clandestinidad, la prisión y hasta la muerte, con Ana Villarreal habían decidido dejar a sus tres hijas —de diez, nueve y ocho años— bajo la guarda de los abuelos Santucho. Sin embargo, hasta el 2 de febrero no se sentirán conformes con la decisión que implicaba la renuncia definitiva a la estabilidad familiar. El director de Investigaciones de la policía tucumana, inspector mayor Hugo Tamagnini, enterado del nuevo destino de Ana Villarreal en el noroeste, andaba tras sus pasos. La noche del 2 de febrero, uno de sus oficiales la identificó en la capital tucumana, cuando subía a un ómnibus rumbo a Salta. A poco de andar, un patrullero ordenó al micro detenerse sobre la ruta. Tamagnini, el comisario principal Roberto Albornoz y dos oficiales la apresaron con un documento falso y un arma robada.

Según consta en la causa 47/72, tramitada ante la Sala I, vocalía 3ra. de la Cámara Federal en lo Penal de la Nación —fuero antisubversivo—, recién el 7 de febrero, luego de ser torturada, Ana

Villarreal fue puesta a disposición del juez federal Eduardo Malbrán. El acta de la Policía Federal, fechada ese día, dice: “En San Miguel de Tucumán, República Argentina, hoy 7 de febrero de 1972, el funcionario que suscribe, a los efectos legales que correspondan, hace constar: Que en este acto se reciben actuaciones sumariales de la provincia de Tucumán, iniciadas en esa repartición el día 2 del actual, en las que resulta acusada Ana María Villarreal de Santucho, (a) ‘Sayo’ o ‘Berta’, esposa de Mario Roberto Santucho (a) ‘Robi’, ambos integrantes de la organización clandestina extremista subversiva denominada Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Que la causante fue detenida por personal de la policía provincial en un ómnibus de la empresa ‘La Veloz del Norte’ en tránsito a la provincia de Salta, sobre la ruta 9 y antes de llegar al puesto fronterizo de esta provincia. Que en el momento de su detención, entre otros efectos, le fue secuestrada una pistola marca ‘Beretta’ calibre 7,65, con una bala en la recámara y un cargador completo, y ocho proyectiles sueltos, una libreta cívica No. 1.791.472 clase 1935 a nombre de Ana Villarreal con domicilio en San Luis 351 - Salta; y otra libreta cívica evidentemente adulterada con su foto pero No. 5.265.257 clase 1943 a nombre de Zenaida Rosalía Pereyra, con domicilio en Allende 474, Córdoba...”.

Inmediatamente, Sayo designó como abogados defensores a sus cuñados Amílcar y Manuela Santucho, el primero ya distanciado del PC y prácticamente entregado a las tareas de defensa de presos políticos del ERP; a Carlos Zamorano, Ulises Gómez, Cristina Bustos y Julio César Rodríguez Anido, y a Exequiel Ávila Gallo. Años después, Ávila Gallo fundará el partido Bandera Blanca, que en 1987 sirvió al general retirado Antonio Domingo Bussi, gobernador militar de Tucumán durante 1977-80, para iniciarse en las costumbres democráticas.

Trasladada primero a la cárcel del Buen Pastor, y en junio de 1972 al buque-cárcel Granaderos

—prisión transitoria pero de hacinamiento de detenidos políticos en el puerto de Buenos Aires—

para que asista al juicio oral donde el famoso penalista Carlos Sánchez Viamonte la defiende ardientemente, el 8 de julio Ana Villarreal fue condenada a tres años de prisión. El 9 la embarcaron rumbo al penal de Rawson. [129] Allí se reunió con Santucho, vio sólo una vez a sus hijas y escribió a sus suegros la última carta de las pocas que se conservan de su correspondencia familiar: “Fue una alegría tan grande ver a mis chiquitas (...) Llegaron las tres con un ramo de dalias blancas por encargo del papi (...) las veo tan grandes, tan fuertes a las morronguitas, por eso es necesario que no se sientan como huerfanitas, que no sientan pena por nosotros, que lo tomen como un hecho natural, no como una tragedia. Aquí a diario veo toda la miseria humana en gente que afuera sería positiva si sólo encontrase un trabajo, comprensión, ternura. Yo sé que para ello es necesario transformar la sociedad, crear nuevos valores morales para que la persona sea considerada humana, para que se realice como un ser útil y capaz. Por ello, aspiro a que mis hijitas lo vean también así, y sé que ustedes me ayudarán como ya lo hicieron tantas veces. Sé y ustedes también, más que yo, que de la clase de infancia que tengan mis hijas, depende su futura madurez (...) Sayo.” [130]

El 17 de marzo de 1972, el ERP acribilló en Quilmes —en su primer “ajusticiamiento”— al que fuera jefe de la policía tucumana durante 1970, el comandante de gendarmería Abel Pedro Agarotti, acusado de torturador y relevado de su cargo por el propio gobernador de la provincia luego de

reiteradas manifestaciones populares en contra de sus métodos. [131] Agarotti, junto con el coronel Jorge Rafael Videla, transitoriamente a cargo de la V Brigada, habían sido los encargados de la represión a las manifestaciones populares durante el Tucumanazo. La intención de los rebeldes de restituir mediante ejecuciones sumarias la legalidad de la justicia, violada por gobiernos dictatoriales, contradecía sus enunciados humanistas. Los atentados y secuestros guerrilleros, por un lado; los tribunales de excepción —fuero antisubversivo—, la confesión bajo tortura como prueba judicial, y las desapariciones y asesinatos de opositores políticos a la dictadura, por otro, eran las prácticas emergentes de las pasiones trágicas de la historia argentina contemporánea. Aunque en antigüedad y permanencia, las costumbres represivas ilegales del Estado eran predominantes. Se perfilaba un dramático enfrentamiento social imbricado con la insurrección popular contra la intransigencia de un régimen que, sentado sobre las bayonetas, se obstinaba en reestructurar el capitalismo argentino en favor de los grandes monopolios extranjeros a costa del deterioro en el nivel de vida de la población y de la liquidación de la industria nacional. Por esa época, las crecientes protestas de la CGE reflejaban la situación de los empresarios vinculados al mercado interno, que se veían obligados a fusionarse con el capital extranjero o a reconvertirse hacia actividades no productivas para sobrevivir. [132]

Santucho había reiterado en una carta a Urteaga, fechada el 3 de marzo, la necesidad de “evitar por todos los medios que los compañeros disparen a matar si no es en defensa propia”. [133] Pero la lucha estaba lanzada y parecía imposible evitar sus consecuencias. Él mismo había insistido en la necesidad de crear “una justicia revolucionaria”, una justicia paralela al régimen, una especie de poder dual que dos años después intentará construir con la guerrilla rural. El 11 de julio, en una audiencia del juicio oral al que eran sometidos en la Cámara Federal de la Nación, Antonio del Carmen Fernández y el arquitecto Molina expresaron la misma concepción al negarse a ser juzgados por un tribunal de excepción: “Yo rendiré cuentas a mis compañeros. Ante este tribunal lo único que puedo decir es que fui torturado durante tres días. No me arrepiento de nada, me siento orgulloso de ser un trabajador. El que sabe lo que hay que hacer y no lo hace está más muerto que nuestros compañeros caídos. ¡A vencer o morir por la Argentina! ¡Viva el Che Guevara!”, gritó el cañero Fernández, secundado por Molina, antes de que los desalojaran de la sala. [134]

En la carta a Urteaga, Santucho también manifestaba su preocupación por la situación política del Uruguay, donde había asumido el gobierno Juan María Bordaberry, un hombre dispuesto a negociar el recorte de su poder a cambio de que los militares se hicieran cargo de la represión a los Tupamaros, quienes ya habían sufrido serias bajas. Unos meses más tarde, en setiembre, el legendario Raúl Sendic será herido y capturado por el ejército uruguayo. En Chile, el gobierno de Salvador Allende y su “vía chilena al socialismo” comenzaban a ser jaqueados por la derecha local y las empresas norteamericanas perjudicadas por el proceso de nacionalización de la economía. La izquierda mirista consideraba reformista al gobierno de Allende y, aunque había pactado una tregua, se negaba al desarme convencida de que ningún ensayo pacífico podía asegurar la continuidad de la utopía socialista. Santucho predecía la inevitabilidad de golpes militares en el Cono Sur, promovidos por

“el intervencionismo yanqui”. Daba instrucciones a Urteaga de buscar contactos más fluidos con los

Tupamaros y con el MIR y criticaba con dureza a Perón por aceptar el juego de Lanusse. En diciembre de 1971 había definido al líder justicialista como “(el) que se postula con energía como el salvador del capitalismo argentino”. [135] Nunca cambiará de idea.

En la mañana del 21 de marzo de 1972, una camioneta interceptó el coche del director general de la empresa Fiat Argentina, Oberdán Sallustro, cerca de su casa en la zona norte del Gran Buenos Aires. Bajo la supervisión de Baxter, Debenedetti dirigía el secuestro del empresario, apoyado por los comandos “Luis Pujals” y “Segundo Gómez”, de siete guerrilleros cada uno. Santucho desconocía al detalle los planes externos, pero sabía que el ERP planeaba producir un hecho espectacular para obligar a Lanusse a negociar la liberación de los presos, para castigar “a las patronales burguesas”

por la represión y explotación de los trabajadores, y para generar simpatías en la población. El secuestro de Sallustro produjo una conmoción inédita. Tenía 57 años y residía en la Argentina desde 1947. Doctor en jurisprudencia, oficial del ejército italiano en Grecia, diplomático condecorado por el Papa Paulo VI, Sallustro había sido director general de la Fiat Concord y de Materfer. En esos días presidía el directorio de la empresa e integraba el del Hospital Italiano y el de la Fundación Fiat Concord. El segundo parte de guerra del ERP, difundido en todos los medios de comunicación, sostenía que los jueces del régimen eran ciegos y sordos ante las injusticias, que Sallustro era responsable de la represión y las cesantías de los obreros automotrices cordobeses. Vaticinaba, también, el comienzo de una nueva era de justicia: “Desarrollando la guerra, construiremos la justicia del pueblo que poco a poco reemplazará a la del régimen miserable. Tantos años de explotación, de persecuciones, de huelgas apaleadas, de odio reprimido, de coraje asesinado, empiezan a ser parte del pasado en este camino que ha emprendido el pueblo para conquistar su derecho, su libertad y su justicia” .[136]

La prensa italiana intentó analizar el comportamiento guerrillero que salpicaba por segunda vez

—la primera había sido a Inglaterra— las costas europeas. El 22 de marzo Il Corriere della Sera de Milán sostuvo: “En América latina el empuje revolucionario no está nunca claramente separado de la pasión nacionalista, la lucha contra el capital se confunde con la lucha contra los extranjeros. La polémica marxista tiene matices de xenofobia. Este fenómeno se nota más en países cuya prosperidad o cuya miseria dependen de un único producto controlado por otros: el cobre en Chile, el estaño en Bolivia. Pero también, en el más europeo de los países sudamericanos, el extremismo proletario y el nacionalismo exasperado se hallan codo a codo: los encontramos puntualmente en el rapto de Oberdán Sallustro, director general de la Fiat Argentina, y en los motivos alegados por el llamado Ejército Popular Revolucionario”.

Cuarenta y ocho horas después del secuestro de Sallustro y de su reclusión en una “cárcel del pueblo” —un sótano estrecho—, los guerrilleros exigieron la libertad de todos los presos políticos, el mejoramiento de las condiciones laborales en todas las empresas dependientes de la Fiat, la reincorporación de los cesanteados, la derogación de las leyes represivas, un rescate de un millón de dólares y, además, que la empresa repartiera víveres y útiles escolares en numerosos barrios pobres de Buenos Aires y Córdoba.

El mismo 23 de marzo aterrizó en Buenos Aires, vía Roma, el presidente de la Fiat Aurelio Peccei para dirigir personalmente las negociaciones con el ERP. Era un hombre singular; creía

entender la psicología guerrillera. Había sido uno de los capi partigiani de la resistencia antifascista democristiana y había participado en la captura de Benito Mussolini en Dongo, el 28 de abril de 1945. En la década del 60 integraba ya el directorio de la Fiat, la dirección de la Democracia Cristiana Italiana (DCI), y posteriormente será uno de los fundadores del Club de Roma. Peccei estaba dispuesto a pactar todas y cada una de las condiciones impuestas por el ERP que dependieran de la empresa, ya que la liberación de prisioneros o la derogación de leyes represivas correspondían al gobierno. El 25 de marzo, tras una reunión del Consejo Nacional de Seguridad (CoNaSe), presidida por Lanusse, el gobierno juró que no negociaría “con delincuentes comunes que, como tales, operan al margen de la ley, y de las más elementales normas éticas de la sociedad”. Expresaba la doctrina de las FF.AA. El secuestro de Sallustro se había transformado ya en un leading case. [137]

Por pedido del gobierno italiano, desde su residencia en Puerta de Hierro, Perón condenó el hecho pero sin enjuiciar a los guerrilleros. Los necesitaba. “No puedo estar de acuerdo con estos procedimientos, que sólo se producen donde se carece de garantías y se practica una violencia provocada que tiende a generalizarse”, dijo el 24 de marzo a la agencia EFE. En Buenos Aires, Cámpora desplegó una crítica ambigua, recordándole al gobierno que las causas de la guerrilla se encontraban “en la violencia con que se ha conducido al país desde 1955”. Radicales, comunistas, demócrata-cristianos, socialistas y trotskistas condenaron el secuestro, pero sin dejar de señalar que

“la rigidez del gobierno podría perturbar las elecciones y la institucionalización del país”. Sin excepción, los partidos mayoritarios veían a la guerrilla como “una respuesta violenta a una violencia anterior ejercida por la ruptura de la legalidad democrática desde 1955, para no hablar de 1930” .[138] Hasta el 25 de mayo de 1973, éste será el tono político general frente al accionar guerrillero que aún contaba con amplias simpatías. Pero el ERP no se conformaba sólo con un retorno a la “democracia parlamentaria” que, repitiendo el ciclo fatal, fuera nuevamente interrumpida por un golpe militar. Quería abolir el capitalismo, porque el PRT-ERP lo consideraba la causa de esa repetición cruel para los trabajadores y el pueblo argentino.

Los entretelones del caso Sallustro no trascendieron en ese momento, silenciados por el gobierno que de inmediato estableció la censura de prensa. En realidad, Peccei no se dio por vencido. En una reunión con Lanusse le expresó que, dada la ilegitimidad del gobierno militar, su inflexibilidad conducía a un callejón sin salida. No fue escuchado. Entonces, Peccei decidió entrevistarse con Santucho en la cárcel. Era una operación complicada, ya que debía ser mantenida en secreto. El abogado Eduardo Duhalde fue el vínculo natural:

“Un día apareció en nuestro estudio jurídico Aurelio Peccei. Nos vino a plantear que a él le interesaba mucho Sallustro y que creía que se estaban dando un conjunto de intereses para que muriera. En primer lugar nos dijo que era el directorio de la Fiat el que se oponía, especialmente Carro Álvarez, que había crecido a la sombra de Sallustro porque era la personalidad más fuerte, il capo, y que veía en su muerte la posibilidad de ascenso.

También mencionó intereses militares, ya que muchos de ellos debían dinero y secretos a Sallustro porque estaban involucrados en negocios con él. Nos dijo que la única forma de superarlo era una negociación directa. Lo cual fue muy dificultoso ya que tuvimos que lograr

el consentimiento del director de la cárcel para que, sin que se supiera quién era Peccei, entrara a Devoto para hablar con Santucho. Esa entrevista se hizo el 5 de abril de 1972 en el despacho del director del penal; Peccei y Santucho conversaron a solas durante una hora y media. Luego, el presidente de la Fiat nos dijo que habían llegado a un acuerdo, y que Robi había entendido la imposibilidad de pedir la liberación de los presos políticos. Esto trasciende porque esa misma noche lo trasladan a Santucho a Rawson para impedir el acuerdo con la Fiat, que por otra parte ya había aceptado pagar un millón de dólares”.

Las versiones que circularon entre los perretistas, sin embargo, contradicen al abogado. Luis Mattini, miembro de la dirección nacional del PRT, afirmará años después que el jefe del ERP había insistido en que no se dejaría libre a Sallustro sin obtener la libertad de los presos políticos.

“Decidió de esta manera por varias razones: primero, porque subestimaba a Lanusse. No comprendía que éste cuanto más insistía en la apertura electoral y en la negociación con todos los sectores políticos, precisamente en la prosecución de sus objetivos, menos podía negociar con la guerrilla. Al mismo tiempo que ofrecía una respuesta política al problema de la violencia, no daba tregua en el accionar represivo y no se detenía en consideraciones morales o éticas... Segundo, porque Santucho sobrevaloraba las fuerzas del ERP y en especial confiaba en los hombres de acción... Tercero, porque precisamente debido a las falencias de su formación política, Santucho no había desarrollado aún la capacidad para entender la política como una negociación en un sentido amplio de la palabra, como un arte en el cual la rigidez y sobre todo los falsos principios están de más”. [139]

Lo cierto es que en la noche del 5 de abril Santucho fue trasladado al penal de Rawson por decreto 1675/72 del PE, junto con su esposa y varios de sus compañeros: Gorriarán Merlo, Alejandro Ulla, el bioquímico Pedro Cázes Camarero y el estudiante de Economía Eduardo Capello.

Pero el decreto había sido firmado el 28 de marzo, es decir ocho días antes de la conversación entre Santucho y Peccei. Era evidente que su traslado al Sur ya estaba previsto. Ambos se llevaron el secreto de ese diálogo a la tumba.

El epílogo llegó el 10 de abril. Las razzias policiales habían acorralado a los guerrilleros. En pocos días, el ERP tenía ya dieciséis mujeres y once hombres detenidos, entre ellos el jefe militar del ERP en Buenos Aires, Osvaldo Debenedetti, y se habían visto obligados a improvisar un escondite donde mantener a Sallustro recluido mientras se llevaban a cabo las negociaciones.

Investigando las casas alquiladas en días recientes, la policía dio con “la cárcel del pueblo” en el barrio de Flores. El director de la Fiat fue asesinado durante el tiroteo entre guerrilleros y policías.

En la casa se detuvo a la brasileña Guiomar Schmidt, esposa del guerrillero Mario Klachko, que pudo escapar. Horas después, un comando conjunto del ERP y las FAR, que expresaba una efectiva coordinación política entre dos fuerzas que simpatizaban, acribilló en una calle de Rosario al jefe del II Cuerpo de Ejército, teniente general Juan Carlos Sánchez, acusado por la guerrilla de haber torturado a numerosos presos políticos. Una bala perdida mató a la canillita Dora Cuco de Ayala.

Mientras el PRT se desgranaba en combates y prisiones, y en ambigüedades respecto de la participación electoral, el proceso político tenía otros protagonistas. Una nueva insurrección popular

conmovía el tiempo y los planes oficiales. Los primeros días de abril había estallado el Mendozazo, repitiendo el escenario del mayo cordobés. Lanusse había comenzado a pensar en la renuncia a su candidatura. La rebelión en Mendoza y la demostración de fuerza de la guerrilla el 10 de abril eran un dato inocultable para el propio gobierno. Lanusse comenzó a pensar “que las FF.AA. no estaban preparadas para esa guerra”, [140] a digerir, paulatinamente, la inevitabilidad del retorno de Perón aunque las FF.AA. jamás lo aceptarán como candidato en la primera vuelta electoral. Es que un gobierno peronista, intuían, significaba volver al bloque histórico, a la alianza de trabajadores, sectores medios y burguesía nacional que había signado a la política justicialista.

La izquierda tradicional también rumiaba su participación electoral, cruzando los dedos para que Perón se quedara en Madrid. Una fracción del PSA, dirigida por Juan Carlos Coral, conversaba con el antiguo crítico de Santucho, Nahuel Moreno, para formar el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), padre del Movimiento al Socialismo (MAS) de los años ochenta. Desde el ENA, los comunistas intentaban convencer al intransigente Oscar Alende y al udelpista Horacio Sueldo de converger en un binomio para constituir la Alianza Popular Revolucionaria (APR). Otros grupos menores, que se mantenían al margen de la guerrilla, como VC y el PCR, constituyeron el Frente Revolucionario Antiimperialista (FRA) que se inclinaba por el votoblanquismo. Todos coincidían en su encono antiimperialista, aunque respecto a cómo transitar del capitalismo al socialismo enunciado, con el GAN y el retorno de Perón a la vista, no había demasiados acuerdos. El PC, la organización más importante de la izquierda, definía a los guerrilleros como “ultraizquierdistas”. En realidad, ellos habían llegado para disputarle un espacio político que creía hegemonizar.

A mil kilómetros del centro histórico del país, con la detención masiva de militantes por el caso Sallustro y la noticia de la captura de Carrizo —el segundo jefe militar del ERP—, una de las actividades principales de Santucho en Rawson era preparar su nueva fuga. Además, estudiaba política, economía y filosofía, escribía los editoriales de El Combatiente y los boletines internos, de exclusiva circulación entre los militantes perretistas.

Al enterarse de su traslado a Rawson en la cárcel de Villa Devoto, Santucho conversó sobre la posibilidad de la fuga de Rawson con Agustín Tosco. [141] En el patio del penal mantuvieron el siguiente diálogo:

—Che, gringo, ¿cuántos kilómetros hay del penal de Rawson al aeropuerto más próximo? —dijo Santucho.

—Ni se te ocurra, negro. Es imposible fugarse de allá, ni con un submarino ruso —respondió Tosco.

* * *

La política frente al GAN, sin embargo, constituía la mayor ten- sión interna de Santucho durante los primeros meses de cárcel en Rawson. Comenzaba a preocuparle seriamente que el PRT no comprendiera el nuevo momento político. Pero él mismo se debatía en falsos paralelismos: asimilaba guerra revolucionaria con socialismo, y democracia burguesa con democracia, una confusión, por lo

pronto, que padecía todo el pensamiento marxista que había llegado al poder. En definitiva, se luchaba para cambiar la dictadura de la burguesía por la del proletariado. El Partido Comunista Italiano (PCI) era una excepción, pero no estaba en el poder, y tampoco se planteaba la destrucción del capitalismo.

Santucho parecía convencido, aunque su discurso era contradictorio, de que la mayor profundidad de un proceso democrático dependería sobre todo de la cantidad de armamento disponible para defenderlo. Decía: “Frente a la acusación de la dictadura de que nos oponemos a la institucionalización, respondemos que preferimos un régimen parlamentario a la dictadura, llamando a la lucha por la democratización”. Pero agregaba: “No creemos que esa democratización, aunque desemboque en un gobierno parlamentario amplio, solucione los problemas de la clase obrera y el pueblo, pero la preferimos a cualquier dictadura, por eso nuestro partido, el partido de la clase obrera, debe estar al frente de las luchas, fundamentalmente de la lucha por los derechos democráticos del pueblo”. [142] Entonces, era mejor la democracia que la dictadura, pero esa democracia no serviría para la meta final. Semejante antagonismo entre el camino de las reformas democráticas y la revolución socialista como meta nunca abandonará a la cosmovisión perretista. Es más, en mayo, Santucho seguía convencido de que las elecciones eran una concesión de la dictadura

“para desviar a la clase obrera y al pueblo de la guerra revolucionaria”. Que tanto Balbín, Perón y Frondizi, que hablaban de un cambio en paz y de la liberación nacional, como “los reformistas pacifistas” de la izquierda, en realidad estaban dispuestos a traicionar al pueblo y a revocar su discurso ante el peligro de una revolución. En medio de tal contradicción, podía diagnosticar, sin embargo, el precipicio hacia el que naufragaba el país: “Sabemos que todo tipo de reforma política o económica en los marcos del sistema capitalista en nuestro país tiene sus límites. La crisis económica es cada vez más aguda. Las necesidades del imperialismo son tan grandes que hacen imposible el desarrollo capitalista estable. No existe ningún sector de la burguesía capaz de tener una política independiente de los grandes monopolios que dirigen nuestra economía, y sacar al país del estancamiento”. [143]

Y aunque propugnaba una alianza con las otras organizaciones armadas, la situación política nacional lo distanciaba cada vez más de las concepciones montoneras porque confiaban en Perón, o de las de FAR, que había iniciado un proceso de confluencia con Montoneros. En el fondo, ninguna de las organizaciones estaba dispuesta a dejar las armas, pero Montoneros había jurado que no realizaría operaciones guerrilleras contra el gobierno justicialista, en caso de que el peronismo triunfara en las elecciones. Las diferencias políticas, en este punto, eran insalvables. Mientras Santucho pensaba que Perón venía a salvar al capitalismo argentino —que él quería liquidar—, Montoneros pensaba que venía a garantizar la construcción del socialismo nacional. ¿Qué los unía, entonces? Aún, el deseo de derrocar a la dictadura. Más tarde, la mistificación de la pólvora como remedio para la crisis política, la derechización del peronismo y la violenta respuesta de la clase dominante que conduciría a una nueva dictadura pero, esta vez, exterminadora.

El penal de Rawson se había transformado en un centro de poder paralelo, un lugar de conspiración, donde los principales jefes de la guerrilla —cuya edad promedio era 30 años—

debatían apasionadamente sobre el pasado, el presente y el futuro del país, como parte de una

generación a la que nada parecía serle indiferente. Santucho y el resto de los dirigentes estaban en el pabellón cinco de máxima seguridad, destinado a los detenidos de “máxima peligrosidad”. Allí compartía la dirección política del conjunto de los presos guerrilleros con Roberto Quieto y Marcos Osatinsky de las FAR, Mariano Pujadas y Fernando Vaca Narvaja de Montoneros, y con otros perretistas, entre los cuales estaban el bioquímico Cázes Camarero, Gorriarán Merlo y Menna. Años después, Cázes Camarero reflexionará sobre la vida de Santucho y de los perretistas en Rawson:

“Robi siempre pensaba en organizar una fuga, así que todo el tiempo se discutía cómo fugarse de Devoto primero, y de Rawson después. Aparte de ello, dedicaba bastante tiempo a estudiar y a capacitar a la gente. Tenía una virtud: desconfiaba de los manuales y de las aproximaciones. Él le decía a Gorriarán, que era bastante bruto por cierto, que tenía que estudiar a Hegel, y que nadie podía entender a Marx sin Hegel. Gorriarán peleaba con la Fenomenología del espíritu, y me decía confidencialmente que cada vez que agarraba el libro le parecía que era una especie de subnormal, cosa que le pasaba a mucha gente sin preparación previa en el pensamiento abstracto. De Carlos Astrada, a Santucho le interesaba el hegelianismo, su vuelta al mundo en el pensamiento porque venía del fascismo y se había hecho marxista. Le llamaba la atención que apareciera una escuela argentina hegeliana que no fuera una copia de Europa. Discrepaba seriamente con Althusser porque le parecía que abandonaba aspectos fundamentales del marxismo como la teoría de la contradicción. No recomendaba a todo el mundo esos textos, pero sí trataba de que todos leyeran los libros de Mao y de Giap sobre estrategia militar.

”Por supuesto, no leía a Gramsci porque no le preocupaba el tema del consenso. Él planteaba con mucha claridad la tendencia a una concepción espontaneísta de la evolución de la conciencia de la gente, y que la disputa del consenso se daría sobre la base del efecto demostrativo: por eso la guerrilla, la acción. En ese sentido su pensamiento era más bien blanquista que marxista. Por tanto, primitivo. No era foquista porque el foco había sido derrotado antes de que él iniciara su carrera política a fondo, pero su concepción sí lo era, nada más que tomó formas específicas en una estrategia militarista.

”Santucho tenía la concepción, entonces, de que un grupo de gente muy sólida podía, a través del efecto demostrativo, persuadir a los demás a comportarse de determinada manera. Eso llevaba a que él mismo se tomase como paradigma, y tenía entonces una elevada dosis de autocontrol. Intentaba por todos los medios ser el mejor en todo y que eso dependiera básicamente de la voluntad. Si era de acero, mejor. Cuando comenzamos a recibir libros de Kim-il-Sung y del espíritu Suchei y todas esas cosas estrafalarias de los coreanos del norte, nos causaba bastante gracia porque los más iconoclastas de nosotros encontrábamos algunas cosas que eran realmente muy parecidas a las posiciones de Santucho: por ejemplo, era muy moralista para las cuestiones sexuales. No le resultaba fácil aceptar el liberalismo de muchos intelectuales de esa época. Nosotros veníamos de una

experiencia medio hippie, informal, y toda la moralina campesina, vietnamita, nos rompía las pelotas.

”Seguramente vivió con culpa su relación amorosa con Lea Place, pero lo resolvió por el statu quo. Además, él no demostraba nunca sus emociones, excepto en la vida muy íntima.

No era demostrativo ni siquiera con sus hijas, pero se veía su emoción cuando colgaba los dibujitos de ellas en las paredes de la celda. A diferencia de Quieto, que tenía en las paredes de su celda minas desnudas, Santucho tenía colgados recuerdos de sus hijas, y retratos de Lenin y el Che. Recuerdo, también, que tenía una veta religiosa en la moral, en cuanto a la negación sublimada de los deseos, orientando toda esa energía —lúdica, sexual

— en determinadas direcciones, y pese a que a veces celebraba algún chiste, o que con sus compinches del norte fuera tolerante, se puede decir que no tenía sentido del humor en absoluto. Era formalista, machista, y le daba mucha importancia a la disciplina. Tiempo después Robi introdujo los saludos militares y ciertas formas del ejército regular en la actividad guerrillera, y en general era bastante severo con los compañeros que violaban las formas súper restringidas de disciplina del PRT. ¿Gorriarán Merlo? Tenía una actitud de subordinación a Santucho. Pero lo que tenían en común ambos era sólo la capacidad militar.

”Por lo demás, la vida en la cárcel era monástica. Santucho proponía una vida con alto grado de exigencia y de crispación, además de las tareas siempre relacionadas con la fuga, y de comunicación con el exterior. Se trataba de que los compañeros se levantaran lo más temprano posible. En sus cartas él refleja bien el régimen que seguía, que también adoptaba el conjunto. Pero, al mismo tiempo, Robi tenía con los compañeros una relación de benévola autoridad, una mezcla de patriarca, sacerdote y jefe político, y aunque aceptaba la discusión, se reservaba la última palabra. Las formas eran corteses en la discusión política, pero debajo de esa cortesía había un autoritarismo extremo en la conclusión. No toleraba, en el fondo, ninguna crítica profunda a sus planteos. Estaba totalmente convencido de que tenía razón, y que un criticón estaba seguramente equivocado. Por lo que, para qué negarlo, desarrolló características burocráticas para neutralizar a sus críticos, desplazando a aquellos que podían oponerse a sus convicciones de cualquier estructura de poder. Pero, también, tenía un nivel de autoexigencia arrollador, un rol de omnipotencia que era, sin duda, muy incómoda. Así fue promocionando un modelo de unidad acrítica en el PRT.

”Con los guardiacárceles, Santucho discutía sólo con los oficiales. Ellos estaban muy impresionados por su comportamiento perfecto. En el fondo, lo sentían como a un militar enemigo. Nunca abrió la boca cuando lo torturaron.

”Él pensaba que había que generar una moral alterna, una ética muy grande en los militantes, porque se iban a enfrentar con el Estado. Debían, entonces, sentirse respaldados por algo muy fuerte —la ideología— en sus convicciones. Pero esa personalidad produjo algo singular: cierta incapacidad para la producción teórica colectiva, y la anulación de la

crítica como ejercicio individual, vital. A la democracia, tal como se la veía en la sociedad, se la veía dentro de la organización.

”La violencia no era para él una forma de catarsis. En realidad él decía que era un recurso no deseado, incluso trataba de que el nivel de violencia aplicado por la organización fuera el más bajo posible. En ese sentido, el PRT-ERP no utilizó la violencia como una forma de frenesí caótico, lo que pasa es que Santucho entendía la violencia como una especie de fatalidad que venía impuesta desde afuera y que no había forma de pararla sino contraponiéndole la violencia popular. Después de la fuga de Rawson nos vimos pocas veces porque yo fui detenido nuevamente en 1973, cuando fungía como director de las revistas El Combatiente y Estrella Roja. La última vez que tuve noticias suyas fue luego de lo sucedido en Moreno, en marzo de 1976”.

A principios de junio de 1972, Santucho ya había aceitado suficientemente los contactos con el exterior como para poner en marcha el operativo de la fuga. Las noticias que le llegaban sobre la coyuntura política lo convencían de que no habría elecciones limpias: Lanusse había congelado los fondos sindicales y suspendido la personería gremial de la CGT por el respaldo de ésta a Perón; además, había establecido el 25 de agosto como fecha tope para que los candidatos de las futuras elecciones fijaran residencia en el país. La intención obvia era dejar fuera de carrera a Perón.

Santucho también descartaba la posibilidad de un golpe de Estado que frenara el proceso electoral.

En cuanto a la necesidad de que la guerrilla abandonara las armas decía que “al no darse posibilidad alguna de una elección verdaderamente limpia y al no encabezar a las masas en este terreno ninguna corriente antiimperialista (el Partido Justicialista, el radicalismo y la burocracia sindical no lo son), el desarrollo del proceso electoral no obliga a la tregua, y hace posible y necesario el entrelazamiento de la lucha armada con la lucha democrática (…)”. Sin embargo, insistía en la idea de preparar una fórmula con candidatos obreros en caso de participar en las elecciones. [144] Ello era, en realidad, una respuesta a Montoneros, quienes ya habían anticipado su posición favorable a una tregua ante el inminente retorno de Perón. Santucho seguía creyendo que una organización que se denominaba revolucionaria no debía someterse a “una dirección burguesa”. Jamás dejaría de presionar a Montoneros para que se radicalizara hacia la izquierda. Ese momento llegará, pero por la combinación de tres circunstancias: las propias concepciones de Montoneros; la presencia del ERP, disputándole el terreno político de la izquierda armada; y la futura relación traumática con Perón.

El hecho de que Lanusse estuviera realizando los últimos movimientos en el tablero para condicionar la salida electoral y la arremetida contra las organizaciones sindicales —también había sido intervenida la CGT de Córdoba y apresados u obligados a la clandestinidad sus dirigentes—

proporcionaba a Santucho el principal argumento para insistir en la fuga y no confiar, como Montoneros, en que el nuevo gobierno, si lo había, dejaría en libertad a los presos políticos, y mucho menos si éstos eran guerrilleros. Las FAR coincidían con Montoneros en la necesidad de una tregua pero pensaban que había que asegurar la libertad de los presos, sin apostar todas las cartas a la bondad de un gobierno peronista. Por eso, cuando el ERP decidió la fuga del penal, sólo contó con el

apoyo decidido de las FAR y cierta complicidad de Montoneros.

La idea de Santucho parecía, al principio, descabellada. Pretendía organizar la evasión de cerca de ciento diez militantes políticos de las tres fuerzas guerrilleras más importantes del país, romper una inexpugnable fortaleza del régimen ubicada en una zona semidesértica, y enfrentarse con éxito a un contingente de 70 soldados, 1.000 infantes de Marina, 200 gendarmes y unos cien policías, que eran la custodia del lugar.

Lo que sucedió después fue documentado en numerosas entrevistas y libros, [145] pero hubo una historia íntima de la fuga y de los hechos de Trelew que es posible narrar dos décadas después de acuerdo con los testimonios de varios de sus protagonistas. [146]

El ERP había estado discutiendo varios planes de fuga. Uno, que Santucho consideró como alocado, incluía un rescate en un avión alquilado que aterrizara en el campo de la cárcel. Había sido diseñado por el comité militar de Buenos Aires. El otro, que finalmente se llevó a cabo, fue diseñado por Santucho, Gorriarán Merlo y Osatinsky, pero había sido resistido por el comité militar bonaerense del ERP, lo que Santucho considerará como una de las causas de las dificultades posteriores a la fuga.

La evasión debía comenzar con una señal enviada por los contingentes guerrilleros desde afuera del penal. Recibida la señal, Santucho —que ya era sin duda el jefe indiscutido de todos los grupos armados— dijo: “Ahora”, y se quitó su pullover, como contraseña. Mientras, Marcos Osatinsky se dirigía hacia la puerta enfundado en un gabán de bolsillos anchos y grandes, cargado con una pistola con silenciador entrada pacientemente por las visitas en latas de dulce de batata. La sospecha de que el abogado radical Mario Amaya había colaborado en ello le costará la vida en 1976. Los guerrilleros tenían pocas armas, algunas púas, cuchillos y palos. A su vez, Roberto Quieto marchaba hacia una cita con el director del penal.

Eran, exactamente, las 18 del martes 15 de agosto de 1972.

Cuando comenzó la fuga, Osatinsky disparó sobre el guardiacárcel Juan Gregorio Valenzuela, que intentó impedir el escape, matándolo. Los guerrilleros lograron copar el penal. Los sindicalistas presos habían decidido no participar en la fuga. Los primeros en alcanzar la puerta fueron Santucho, Menna, Osatinsky, Vaca Narvaja, Gorriarán Merlo y Quieto. Los guerrilleros estaban numerados para el orden de fuga del 1 al 110. Cuando ya estaban afuera de la cárcel, Santucho y los demás no encontraron los camiones que debían estar esperándolos para llevarlos al aeropuerto de Trelew; los tiros adentro de la cárcel los habían dispersado. El primer contingente de los seis máximos jefes guerrilleros tomó el único coche que había permanecido, con el estudiante de Agronomía y Veterinaria Carlos Goldenberg (FAR) al volante. Los 19 guerrilleros restantes, que habían logrado salir, llamaron desde la guardia del penal a taxis y remises. Llegarían al aeropuerto de Trelew con un retardo fatal.

Santucho y el primer grupo entraron al aeropuerto cuando el avión de Austral —un BAC 111 con 96 personas a bordo— estaba carreteando. Santucho cruzó la pista corriendo junto a Vaca Narvaja que, disfrazado de mayor del Ejército, hizo señas al avión para que parara. De la torre de control no entendían lo que estaba sucediendo. El avión se detuvo en ese momento porque los guerrilleros que habían subido antes en Trelew —el estudiante de Medicina Alejandro Ferreyra Beltrán (ERP), la

maestra Ana Wiesen (FAR) y Víctor José Fernández Palmeiro (ERP)— ocuparon la cabina y amenazaron al comandante de a bordo. Los primeros seis guerrilleros subieron, y ordenaron esperar unos minutos. Desde la torre de control del aeropuerto ya se había avisado a un avión de Aerolíneas Argentinas próximo a llegar que no aterrizara. El piloto del BAC 111 intentó resistirse. Dijo: “No hay combustible para llegar a Puerto Montt”. Encañonándolo, Santucho respondió: “Pues habrá que llegar igual”.

Los 19 guerrilleros arribaron al convulsionado aeropuerto cuando el BAC 111 ya estaba en el aire. Tomaron la torre de control, pero a la media hora, rodeados por la Infantería de Marina y el Ejército, negociaron su rendición. No pensaban tomar rehenes civiles. Exigían ser regresados al penal de Rawson, revisación médica para prever torturas posteriores, la presencia de jueces, abogados y periodistas. En el momento en que el avión de Austral aterrizaba en Puerto Montt, los guerrilleros detenidos eran llevados a la base aeronaval Almirante Zar, y no al penal como se les había prometido en las negociaciones. Fueron torturados durante días.

El Ejército y la Infantería de Marina tomaron el control del penal de Rawson y ocuparon la ciudad de Trelew. El presidente Lanusse siguió desde Olivos las alternativas de la fuga. Puso bajo su control personal a los efectivos militares. El gobierno de Allende recibió con embarazo la llegada de los guerrilleros, que fueron conducidos a la División de Investigaciones de Santiago, el equivalente de la Jefatura de la Policía Federal Argentina. El general Lanusse había abandonado la cerrada política de las fronteras ideológicas, y había dado pasos tendientes, en un encuentro previo con Allende, al mejoramiento de las relaciones bilaterales. Allende, por su parte, estaba cercado por la política de bloqueo, instigada principalmente por la administración de Richard Nixon, y temía que esa incursión guerrillera alterara sus relaciones con la Argentina, un asunto que, tal como estaban las cosas, el presidente chileno no podía descuidar.

El 22 de agosto a las 3.30 de la madrugada los 19 prisioneros de la base Almirante Zar fueron acribillados, supuestamente por una patrulla a cargo del capitán de corbeta Luis Emilio Sosa, y del teniente Roberto Bravo.[147] Entre los muertos estaban la mujer de Santucho y Clarisa Lea Place. El gobierno explicó que se había tratado de un intento de fuga. Los tres sobrevivientes de la masacre lo desmintieron. El presidente Lanusse asumió, como comandante en jefe, la responsabilidad de lo actuado por la Marina. La versión oficial la difundió el jefe del Estado Mayor Conjunto, contralmirante Hermes Quijada. La noche del 22, el gobierno sancionó la ley 19.797 que prohibía la difusión de informaciones sobre o de organizaciones guerrilleras. En los días sucesivos, hubo manifestaciones en las principales ciudades de la Argentina. Y más de 60 bombas fueron colocadas en protesta por la matanza.

Peronistas, radicales, intransigentes, socialistas, comunistas, trotskistas y democristianos condenaron al gobierno. Perón calificó a las muertes de “asesinatos”. La opinión pública descreyó de la versión oficial. El 25 de agosto la CGT declaró un paro activo de 14 horas. Se prohibieron los velatorios públicos de los guerrilleros ejecutados. El comisario de la Policía Federal Alberto Villar desocupó con tanquetas la sede del Partido Justicialista en la Capital Federal, donde se velaba a algunos de los “combatientes”, como los llamaban sus compañeros de lucha, que fueron enterrados luego clandestinamente. Ana Villarreal fue sepultada en el cementerio de Boulogne.

Lanusse envió emisarios a Chile para solicitar la extradición de los guerrilleros prófugos.

Intentaba juzgarlos como delincuentes comunes. Allende tenía dos opciones: poner a los evadidos a disposición de la justicia chilena por el delito de piratería aérea, en cuyo caso la Corte Suprema debía ocuparse del pedido de extradición del gobierno argentino, o concederles el asilo y un salvoconducto para viajar a Cuba como solicitaban los guerrilleros. Allende, en principio, no descartaba la primera alternativa porque estaba convencido de que la Corte de ninguna manera podía considerarlos delincuentes comunes. De todos modos, encomendó al asesor jurídico de la presidencia, Juan Bustos, que les comunicara que él nunca los devolvería a las autoridades argentinas. En las principales ciudades de Chile se realizaron manifestaciones populares convocadas por el Partido Socialista y el MIR para exigir al gobierno de Allende que se les otorgara a los prisioneros el salvoconducto a Cuba.[148]

El abogado Duhalde y su colega Gustavo Roca fueron testigos privilegiados de lo sucedido en Chile y de la decisión final de Allende de permitir la salida de los guerrilleros hacia Cuba. En 1990, Duhalde revelará detalles inéditos del episodio:

“El mismo día 15 de agosto, al enterarnos de la fuga, dieciséis abogados viajamos a Rawson. Fuimos, entre otros, Raúl Radizani Goñi, Rodolfo Mattarollo, Carlos González Garland, Rodolfo Ortega Peña y Pedro Galín. No pudimos tomar el avión porque los pasajes estaban reservados para el gobierno. Alquilamos dos remises para que nos llevaran.

Nos pararon en todos los puestos policiales desde Bahía Blanca. Cuando llegamos la muerte se respiraba en el ambiente, estaba muy pesado. En seguida nos hospedamos en el mismo hotel que el juez Jorge Quiroga, quien intervenía en los hechos e integraba la Cámara Federal conocida como el Camarón, algunos de cuyos jueces tenían denuncias, y Quiroga, entre otros, de presenciar las torturas a los detenidos y tomarles declaración en esas condiciones. Pero él se negó a vernos. Esa misma madrugada presentamos un hábeas corpus tirándoselo por debajo de la puerta de su habitación. El 16 de agosto Rawson era como un territorio ocupado. Tampoco pudimos entrar a la base naval Almirante Zar. Se nos unieron Mario Amaya e Hipólito Solari Yrigoyen, radicales y abogados del lugar. No pudimos trabajar. Tuve el presentimiento de que la muerte rondaba sobre los prisioneros: Mario Amaya es detenido; intentamos realizar una conferencia de prensa en su estudio de Trelew pero media hora antes de la hora convenida lo volaron de un bombazo.

”Regresamos a Buenos Aires con la certeza de que debíamos denunciar lo que después, trágicamente, sucedería. La situación de los presos en Chile, además, era muy difícil, así que nos dividimos las tareas. Ortega Peña permaneció en Buenos Aires para ocuparse de las defensas; Jorge Yampar, que años después será asesor del ministro del Interior Julio Mera Figueroa durante la presidencia de Carlos Menem, le envía un telegrama al ministro del Interior de Lanusse, Arturo Mor Roig, diciéndole que ante el peligro que corrían las vidas de los prisioneros en la base de la Marina, lo responsabilizaba de lo que pudiera pasarles. Un telegrama histórico, porque no es que la muerte fue casual sino que se advirtió

que se mataría a los prisioneros. Vuela de otro bombazo, en Buenos Aires, la gremial de abogados donde Ortega Peña debía dar una conferencia de prensa.

”En la mañana del 22 de agosto partimos hacia Chile Mario Amaya, Gustavo Roca y yo. El que nunca supo por qué venía y después se arrepintió toda su vida fue Andrés López Acoto, del Partido Socialista. Los abogados del Partido Comunista argentino se negaron a ir. En Ezeiza nos enteramos, pero muy confusamente, de lo que estaba pasando en Trelew. Recién en Chile, mientras íbamos en un taxi al Palacio de La Moneda, supimos de la masacre de los prisioneros, y los nombres de los muertos. Nosotros llegábamos para ir a ver a unos prisioneros y, en cambio, más que en defensores nos convertimos en portadores de la noticia del asesinato de la mujer de Santucho y de la compañera de Vaca Narvaja. Al resto de los fugados debíamos comunicarles el asesinato de sus mejores amigos.

”Antes de verlos, marchamos a dejar nuestros equipajes en un hotel, hondamente preocupados por la situación y por tener que darles noticias tan tremendas. Cuando bajamos al hall del hotel nos estaba esperando un personaje singular que en esos años estaba por la Argentina: Raymond Molinier, conocido en la IV Internacional como ‘Marcos’, hijo de un banquero francés que un buen día se había llevado los dineros de su padre y se había incorporado al trotskismo. Molinier llegó a ser secretario de Trotsky y estaba casado con la alemana Elizabeth Kesselman, con quien vivía en Monte Grande. Ella fue asesinada por las FF.AA. en 1976. El viejo, que toda su vida fue un gran conspirador, acercándose con disimulo nos dice: ‘Ustedes están sentados sobre un polvorín, es algo muy peligroso lo que hacen. Por eso me alojé en una habitación al lado de la de ustedes. Cualquier cosa me llaman. Pero necesito urgentemente una entrevista con Robi’. Partimos para la cárcel, Gustavo Roca y yo. Encontramos a los presos hechos casi una jauría. Aparte de que les resultaba difícil entender que los tuvieran presos dado el régimen socialista, estaban exasperados porque les habían sacado la radio y porque alguien les había dicho algo de lo que había sucedido.

”Estaban en un gran salón del primer piso, con rejas en las ventanas y una larga mesa.

Algunos estaban parados. Me acuerdo de que Robi estaba sentado a la cabecera de esa mesa. Yo les digo que había habido una masacre de presos y termino diciendo los nombres de los muertos. Ahí cada uno reaccionó de manera diferente. Los más impulsivos, como Fernández Palmeiro o Gorriarán, gritaban, maldecían. Robi puso sus brazos cruzados sobre la mesa, apoyó la cara y quedó así por más de dos horas. No pronunció una sola palabra.

Quedó como petrificado mientras a su alrededor los gritos llenaban el cuarto. Fue una escena desgarradora y aún hoy no sé qué fue más conmovedor: si el llanto y los gritos, o el silencio petrificado de Santucho.

”A partir de ese momento iniciamos una delicada gestión en dos direcciones: por un lado los cubanos, y por otro el gobierno de Allende. Luego de dos días, en la mañana del 25 de

agosto, la secretaria de Allende nos llamó a Roca y a mí para invitarnos a almorzar. Cuando llegamos a La Moneda nos sorprendimos porque el almuerzo era con todo el gabinete. Era una mesa larga y solemne, como todas en esas ocasiones. Allende presidía la reunión. Nos dice que quiere que asistamos porque cada uno de sus ministros expondrá sobre la tesis de extradición o de encarcelamiento en Chile. La ronda la comenzó Clodomiro Almeyda explicando las dificultades serias que planteaba la situación para las relaciones bilaterales con Argentina, y aun con el resto de los gobiernos vecinos como Bolivia y Brasil. A su posición se sumaron todos los ministros, unos veinte, con una tibia diferenciación de Tomic y una decidida defensa en favor de la libertad de los guerrilleros, la única, del secretario del Tesoro, Antonio Novoa Montreal.

”La comida ya había terminado y pensamos que las cartas estaban echadas. Tomó la palabra Allende, y dijo: ‘Chile no es un portaviones para que se lo use como base de operaciones.

Chile es un país capitalista con un gobierno socialista y nuestra situación es, realmente, difícil’. Repitió, haciéndolos propios, todos los argumentos de sus ministros. Nosotros nos hundíamos cada vez más en las sillas. De pronto, Allende dijo: ‘La disyuntiva es entre devolverlos o dejarlos presos...’. Hubo un segundo de silencio que Allende rompió con un puñetazo sobre la mesa: ‘Pero éste es un gobierno socialista, mierda, así que esta noche se van para La Habana’. No podíamos creer lo que escuchábamos; corrimos a realizar las gestiones con Cuba para que volaran esa misma noche. Una vez tomada la decisión, Allende nos solicitó tres cosas: que consiguiéramos una declaración de Perón condenando la masacre de Trelew y a favor de la liberación; también una declaración de condena a la masacre de los partidos políticos argentinos y de la CGT. La tercera, que nos costó bastante conseguir, era que Vaca Narvaja se quitara el uniforme del Ejército argentino que aún tenía puesto. Cumplimos con todo. Ellos viajaron esa noche a Cuba, y dejaron las armas y el uniforme que llevaba Vaca Narvaja para que fueran devueltos al gobierno argentino. Lo único que se llevaron fue una enorme llave, del penal de Rawson, que luego le regalaron a Fidel Castro. Ésa fue la historia íntima de Trelew. Santucho nunca creyó que el gobierno peronista podía liberar a los presos. Decía: ‘Nosotros somos enemigos estratégicos, nosotros cuestionamos el sistema, el poder. No nos van a largar’. Era como una obstinada cuestión de principios que no le dejaba ver los matices. Sentía que si los dejaban en libertad les rebajaban la categoría de enemigos fatales”.

Antes de partir para La Habana, Santucho recibió la visita de Beatriz Allende, hija mayor del presidente chileno, quien se había iniciado en las lides políticas en la Juventud Socialista y se sentía orgullosa de haber sido una de las primeras integrantes de las redes de apoyo al Che en Chile, entre 1966 y 1967.

—Mi padre te envía su pistola, pa’que te defendai. Lamenta mucho lo de tu compañera. Dice que no comparte el camino que elegiste para Chile, pero que jamás te olvides de ser fiel a tus ideas. Y

que te abraza —dijo Beatriz.

—Gracias. Dile a tu padre que lo respeto por su honestidad, su valentía. Y que deseo que el pueblo chileno pueda derrotar a los momios y al imperialismo. Defenderemos a Chile donde quiera que estemos —contestó Santucho. [149]

La misma noche del 25, dos horas antes de embarcarse en el avión de línea de Cubana que lo llevaría en vuelo directo a La Habana, Santucho habló con sus tres hijas, sus padres y su hermano Julio, que esperaban la llamada en un departamento de la calle Cangallo al 4000 en Buenos Aires.

Quería explicarles personalmente a cada una de sus hijas la muerte de su madre. Estaba desesperado por la pérdida, pero con la tozudez del dolor volcada sobre la obsesión de continuar la lucha. La matanza, interpretaba, era la mayor muestra de agonía de la dictadura. Había que apretar el acelerador para terminar de voltearla. [150]

Los diez guerrilleros aterrizaron en el aeropuerto José Martí en la madrugada del 26 de agosto.

Los esperaban honores protocolares del Partido Comunista de Cuba y manifestaciones populares en su homenaje. En una improvisada conferencia de prensa, Santucho, Osatinsky y Vaca Narvaja dieron, por primera vez desde la fuga, su opinión sobre la masacre de Trelew. La consideraban una “salvaje y desesperada respuesta de la dictadura” a los reclamos populares. Reafirmaban, con la consigna “La sangre derramada no será negociada”, que seguirían en la lucha “hasta la victoria final”, y que “la unidad de los revolucionarios, sellada con sangre en Trelew”, sería el legado a conservar por las organizaciones armadas. Santucho agregó: “El ERP, las FAR y Montoneros han demostrado que los muros de ninguna prisión, ni ningún asesinato salvaje del régimen, pueden detener el deseo de los revolucionarios de reunirse nuevamente con su pueblo, de volver a la lucha contra la dictadura y el imperialismo por una patria libre y socialista”. [151]

El grupo permaneció en Cuba hasta la primera semana de noviembre de 1972, partió de allí escalonadamente hacia distintos destinos en Europa y retornó después a la Argentina. En el curso de los dos meses, según las crónicas públicas de la prensa cubana, los guerrilleros visitaron la isla y participaron en las brigadas de trabajos voluntarios habituales en la Cuba revolucionaria. Durante el verano de 1991 en La Habana, el periodista de Radio Reloj, Amable Amador, 50, barbero antes de la revolución socialista, periodista de la revista Juventud Rebelde y dirigente sindical, recordaría así al contingente guerrillero:

“Yo estaba al frente de la microbrigada de trabajo voluntario de la revista Juventud Rebelde, en Alamar, un barrio de La Habana donde estábamos construyendo un edificio para los trabajadores de la revista. De repente llegó una guagüita con un contingente de argentinos. Me habían avisado de que era un grupo muy especial. Si mal no recuerdo, se habían fugado recientemente de una cárcel y no podíamos hacerles preguntas impertinentes ni permitir a los periodistas que les tomaran fotos, porque ellos pensaban continuar la lucha en su país. Esos días, principios de setiembre de 1972, había estado Silvio Rodríguez trabajando con nosotros y cantándonos, y recuerdo que Santucho y Osatinsky se habían aprendido de memoria esa canción de Silvio que se llama ‘Si tengo un hermano’.

”Santucho tenía un humor estupendo, y no me equivoco cuando digo que se distinguía de los otros argentinos. A pesar de que yo quería darle trabajos suaves, él insistía en cargar bloques de cemento, o ser el primero en descargar camiones con materiales de construcción.

Íbamos al comedor y no quería ser el primero: le cedía el puesto a otro. En el grupo era como un imán. La atracción se centraba en él, era sin duda el principal dirigente, aunque también Marcos Osatinsky se le parecía. Trabajábamos de siete de la mañana a siete de la tarde. En las siestas, que desde que ellos estaban no dormíamos, Santucho parloteaba con nosotros. Era un devoto del Che, y sentía cierto orgullo infantil de que hubiera sido argentino. Era un americanista convencido, y soñaba mucho con una Latinoamérica como Cuba, y nos ilustraba mucho sobre la situación de la Argentina, que nosotros conocíamos poco entonces. Tenía, también, una curiosidad desmesurada por todo. Quería aprovechar su estadía con nosotros, que no duró más de veinte días, para aprender lo que pudiera del oficio de albañil y de electricista. Su complexión era robusta y estaba sano, a diferencia de Fernando Vaca Narvaja, que tenía una pierna fracturada —si mal no recuerdo— y lo teníamos enderezando clavos. Han pasado dieciocho años y se han borrado muchos detalles, pero sí recuerdo que era tan discreto que se hablaba de su mujer asesinada en Trelew, y se sumía en un silencio doloroso. Su muerte nos conmovió. Era el hombre noble del grupo. Y

aunque en su vida de revolucionario haya hecho cosas dolorosas —cuántos de nosotros hemos tenido que tomar el fusil en nuestra vida— nos parecía injusto que un ser tan generoso tuviera que morir.”

* * *

Por el secreto que rodeó la permanencia del grupo en la isla —quedan apenas algunas fotos y reportajes que fueron reproducidos por la revista Bohemia— sólo se sabe que Santucho se entrevistó esa vez —la única— con Fidel Castro. Que escuchó una vastísima exposición sobre la historia de la revolución cubana, y que habló en escasas oportunidades, como era su costumbre, para explicar su estrategia y tácticas políticas. Ya entonces, Castro no simpatizaba con el cerrado antiperonismo del PRT, aunque respetaba las convicciones de Santucho y, sobre todo, su indomable visión guevarista.

Esta tesitura de Fidel —que signará la historia de las relaciones con Santucho— pudo tener varias explicaciones: una, que los cubanos imaginaban semejanzas entre el Movimiento 26 de Julio y el movimiento peronista; otra, que Cuba y Argentina no mantenían relaciones diplomáticas desde el derrocamiento de Frondizi, cuando el gobierno argentino se había sumado al bloqueo dispuesto por la OEA a petición de EE.UU., y Castro tenía la promesa de Perón de que, en caso de volver al poder, se normalizarían las relaciones bilaterales.

Durante 1974, cuando Santucho envíe un emisario a entrevistar a Castro para solicitarle ayuda para la instalación de la guerrilla en Tucumán, el jefe comunista preguntará a modo de crítica:

“¿Cómo es eso, chico, de una guerrilla rural en pleno gobierno democrático?”, lo que de hecho supuso una decidida abstención cubana en esa empresa del ERP.[152] Pero en 1972, a despecho de la

URSS y de sus aliados en Latinoamérica, los comunistas cubanos respaldaban aún todos los proyectos revolucionarios del continente, especialmente los generados luego de la OLAS y, en el caso de los guerrilleros fugados de Rawson, creían tener un deber de solidaridad. Después de todo, esa nueva generación de revolucionarios se había forjado a imagen y semejanza del Che y con la esperanza de construir un futuro igual al de Cuba. Santucho, por provenir precisamente de la nueva izquierda formada en las ácidas críticas al alineamiento con Moscú, mantendrá su independencia de criterio respecto del peronismo, criticará el coqueteo cubano con Perón aunque entienda las razones de Estado aludidas, pero también, bajo el influjo cubano y por propia convicción, marchará a identificarse, de manera creciente, con las concepciones soviéticas.

Precisamente, se sabe que Santucho maduró en Cuba su ruptura con la IV Internacional, e imaginó que el futuro frente de lucha contra el imperialismo lo constituiría un “movimiento revolucionario mundial, integrado por los partidos comunistas de los estados socialistas, las luchas de la clase obrera de los países capitalistas y los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo”. En lo que se refería al Cono Sur, esta idea quería plasmarla en una especie de Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR) a la que se unieran otros grupos político-militares de Latinoamérica.

Debió haberlo impresionado tremendamente la participación de los católicos en la dirección del Partido Comunista Cubano, porque Santucho, si bien se oponía desde hacía años a una visión inflexible frente a la religión, por supuesto había sido formado en el laicismo ortodoxo, ateo, de la ideología leninista. Luis Mattini comentará después: “Allí, definió su visión del papel de los cristianos, que años después plasmará en su carta a los cristianos revolucionarios. (…) Santucho entendía la influencia religiosa en los pueblos, particularmente en el norte argentino, por lo que era necesaria una política frente a ello”. [153] La religión era un asunto privado, pero los partidos marxistas en la Argentina habían tenido la mala costumbre de legislar sobre ella contraponiendo ateísmo con catolicismo, y condicionar el reclutamiento de sus militantes a una nueva fe, atea, lo que los hacía aún más autoritarios. Pero en Latinoamérica, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) y la experiencia de Cuba habían demostrado la falacia de tal posición.

No serán ésas las únicas consecuencias de la última estancia de Santucho en Cuba. También comenzará a modelar la idea de un PRT y un ERP distintos. Un partido aún más centralizado, a imagen y semejanza de los partidos comunistas; una fuerza guerrillera que se alejara de su estructura miliciana para parecerse a un ejército regular, con grados y disciplina cerrada. Cambios que en los anhelos de Santucho acercaban al PRT-ERP al modelo triunfal difundido por el socialismo soviético.

A mediados de octubre de 1972, Santucho y Menna llegaron a Bélgica, vía Praga, para encontrarse con Ernest Mandel y otros miembros de la LCF. Gorriarán Merlo debía seguir viaje a Chile para preparar el ingreso clandestino de ambos a la Argentina. En 1968, el teórico del trotskismo y Santucho habían discutido apasionadamente sobre China y Vietnam con dos miradas que ya entonces se demostraban excluyentes. Para el primero, ambos países marchaban hacia el abandono de la democracia obrera. Desaparecido Pujals, a punto de ser expulsado Baxter y muerto Bonet en Trelew, los tres perretistas que habían sido los participantes del IX Congreso de la IV Internacional donde se adoptó el apoyo a la lucha armada, el líder del ERP sentía que los vínculos internos con el trotskismo se habían roto definitivamente. También el débil lazo que siempre los había unido, ya que,

finalmente, la nueva dirección perretista nombrada después de las bajas sufridas se había opuesto en el V Congreso a que el PRT continuara adherido al centro trotskista, como en la época de Nahuel Moreno.

Además, había tres cuestiones no menos importantes: 1) la IV Internacional marchaba hacia su X

Congreso en 1974 decidida a autocriticarse por haber apoyado la guerra revolucionaria en América latina y haber roto así la tradición política del trotskismo. 2) Las noticias que Santucho había recibido de Buenos Aires prenunciaban la ruptura definitiva: en la zona Sur del gran Buenos Aires, Baxter con otros militantes había promovido la “Fracción Roja”, en apoyo de los trotskistas franceses. Su principal argumento era que la militarización del PRT lo había alejado del movimiento obrero, por lo que sostenían la necesidad de guardar los fusiles. Otro argumento, no menos espinoso, era su decisión de boicotear las elecciones porque consideraban “reformista” la idea de Santucho de promover la participación en los comicios de marzo. 3) Por último, Santucho estaba decidido a defender a Cuba de las críticas de “burocratismo” que habían partido de París al gobierno de Castro, y a acercarse al movimiento comunista hegemonizado por la URSS, el archienemigo jurado de los discípulos de Trotsky.[154]

En Bruselas, Santucho permaneció sólo la última semana de octubre, durante la cual tuvo dos reuniones encrespadas con Mandel, Hubert Krivine, Daniel Bensaid y el ex secretario privado de Trotsky, Raymond Molinier. En un bar cercano a la sede de la LCF en París, en enero de 1988, Bensaid y Krivine recordarán algunos detalles de aquella polémica:

“Recuerdo que discutimos sobre Checoslovaquia, Cuba y la URSS. Era evidente que Santucho ya había virado notablemente de posición a nivel internacional porque defendía la alianza estratégica con el Partido Comunista soviético y, es más, recuerdo que entre sus intenciones estaba editar un periódico con el Partido Comunista argentino, que creo que se llamó El Mundo. En el primer viaje de Santucho también habíamos discutido sobre China y Vietnam. Su obsesión era convencernos de la generalización de la lucha armada en la Argentina y no veía con buenos ojos nuestra reticencia. Era muy difícil discutir con él; tenía una visión cerrada de las cosas. Admiraba el modelo vietnamita y pensaba que era posible repetirlo contra los EE.UU., el gran enemigo. Pero para él no era verdaderamente un modelo sino una imagen, lo que hacía francamente imposible su repetición. Creo que cometimos un error al discutir con él tan fieramente sobre sus alineamientos internacionales, lo que promovió, en parte, la ruptura del PRT con la IV Internacional. Santucho tenía un parámetro diplomático en el área internacional, porque veía todo en función de su proyecto estratégico en la Argentina, que era militar, la guerrilla rural y urbana, las zonas liberadas. Su personalidad era impactante, era uno de esos tipos que podían corresponder muy bien a la personalidad de Lenin en cuanto a su obsesión por el poder; uno de los personajes más impactantes de América latina de esos años”, dijo Bensaid.

“Parecía un cura revolucionario, y en su cabeza eran importantes cosas como las mujeres y la moral”, agregó Krivine. Y evaluando el destino del proyecto de Santucho concluyó: “Fue

una historia de esfuerzos y heroísmos: al final, para nada”.

* * *

Santucho estaba ansioso por volver a la Argentina. Además, se había enterado de la liberación de Agustín Tosco y le urgía hablar con él. No se quedaría en Bruselas discutiendo lo que ya era un asunto terminado. Dejó en su lugar a Menna y partió rumbo a París. Se hospedó, como en 1968, en la casa de Janneth Havel, donde lo esperaba Jean Pierre Beauvais para acompañarlo en su regreso clandestino. En enero de 1988 en un bar parisino, Beauvais recordará que “el viaje fue emocionante.

Él era un hombre de una valentía y autocontrol que sólo pueden tener aquellos absolutamente convencidos de sus ideales. Santucho tenía un pasaporte venezolano por lo que pasamos inicialmente por Venezuela. Luego fuimos a Chile y allí nos despedimos. Sabemos que el MIR había arreglado su encuentro con Miguel Enríquez, y que ahí concretaron el lanzamiento de la JCR. Después, creo, cruzó a la Argentina en una avioneta que había partido hacia Mendoza. En 1973, cuando nos ilegalizaron en Francia, me detuvieron. Mi sorpresa fue total: Interpol sabía todo. Sabía que habíamos salido con Santucho de París, con qué nombre falso había salido y cuándo había entrado a la Argentina. Notable,

¿verdad?”.

Cuando aterrizó en Chile el 5 de noviembre de 1972, Santucho se encontró con la noticia de que el 16 de octubre había muerto apaleado, mientras estaba detenido, su viejo compañero en las luchas azucareras, Ramón Rosa Jiménez. Su hermano Francisco René, que lo esperaba desde hacía unas semanas en Santiago, le adelantó también que no sólo había serios problemas políticos con Baxter, sino también que se había formado en la Capital Federal una fracción dispuesta a apoyar a Cámpora en las elecciones de marzo: el ERP-22 de Agosto, dirigido, entre otros, por Víctor Fernández Palmeiro. La crisis interna del PRT se agravaba y Santucho no podía permanecer en Chile más de unos días, apenas los suficientes para entrevistarse con el jefe del MIR, Miguel Enríquez, y concretar su proyecto de fundar la JCR. Casi dos décadas después, en enero de 1991, el sociólogo Andrés Pascal Allende, fundador del MIR y sobrino de Salvador Allende, revelará detalles inéditos de ese encuentro con Santucho:

“La relación del MIR con Santucho y el PRT comenzó cuando él y otros compañeros revolucionarios argentinos llegaron a Chile en agosto de 1972, luego de la fuga de Rawson.

La historia es conocida. Su llegada creó una situación difícil para el gobierno chileno. De inmediato, el MIR se movilizó para exigir que se les diera asilo político. Miguel Enríquez y yo hablamos con Allende. A pesar de que no éramos parte de la Unidad Popular (UP) y teníamos una política de apoyo crítico al gobierno, sí teníamos una relación estrecha con Allende, que venía de antes. En 1970 él nos pidió que detuviéramos las acciones armadas porque creaban una difícil situación para las elecciones y, si bien nosotros éramos todavía muy antiinstitucionales, antisistema, estuvimos de acuerdo. Entonces, también nos pidió que nos ocupáramos de su seguridad personal, cosa que hicimos. Por lo tanto, nuestro vínculo con el gobierno chileno era exclusivamente con él.

”Enríquez, Baustista Van Schowen, Luciano Cruz y yo nos reuníamos periódicamente con Allende en El Cañaveral, su otra casa que compartía con su secretaria Miriam Ortega —la residencia oficial era la de Tomás Moro—, y en uno de esos encuentros le pedimos que les diera asilo. Pero para él era francamente difícil porque buscaba una relación estable con la Argentina. No quería abrir otro frente de conflicto: ya tenía bastante con los norteamericanos y con la derecha. Él no los iba a devolver pero no podía dejarlos en Chile.

Bueno, nosotros presionamos con una movilización hacia la cárcel pública, y hacia donde estaban ellos, en el Cuartel de Investigaciones, cerca del Paseo Mapocho. Finalmente, la salida que dio Allende fue la mejor. Salvador tenía aprecio por Santucho. Si bien él tenía su visión socialista, e impulsaba el cambio revolucionario, concebía un camino para Chile propio: una revolución con empanadas y vino tinto. No estaba de acuerdo con la lucha armada, pero aceptaba que en otros países ése pudiera ser un camino.

”Hay que recordar que él fue el presidente de la OLAS en La Habana cuando era presidente del Senado chileno. El otro elemento fue el apoyo que le dio al Che; incluso su hija Beatriz, que se suicidó en Cuba en 1977, formaba parte de los grupos de apoyo al ELN en Chile.

”Pero nosotros no vimos a Santucho en ese momento, sí en noviembre de 1972 cuando volvió a la Argentina, vía Chile. Nos reunimos en la casa de la comisión política del MIR, cerca del estadio nacional, en Ñuñoa. Estábamos Santucho, Gorriarán Merlo y nosotros.

Fueron dos reuniones en las que el MIR y el PRT intercambiaron sus informes políticos, y en las que hablaron fundamentalmente Santucho y Enríquez. Ambos tenían una personalidad fuerte, notable. Lo primero que me llamó la atención de Santucho era su actitud llana, serena, aunque defendía con firmeza sus ideas. Miguel era muy diferente, extrovertido, pasional. Luego de hablar de la situación revolucionaria en la Argentina y Chile, se habló mucho de América latina, y particularmente del Cono Sur. A partir de esa reunión se incubó la idea de una coordinación de las organizaciones revolucionarias, fue el germen de la Junta de Coordinación Revolucionaria, aunque no nació con ese nombre. Sólo se oficializó a finales de 1973, a partir del golpe militar en Chile, a pesar de que ya durante ese año ’73

tuvimos actividades comunes con Tupamaros y el ERP. Yo no participé de la coordinación específica que se dio después, ni de la escuela de cuadros que se armó, ni de la fabricación de armamentos, posteriormente. Lo volví a ver recién en junio de 1973, en Córdoba”.

* * *

La mitología perretista contó que, luego de esa reunión con los miristas, Santucho cruzó la cordillera rumbo a Mendoza con una avioneta particular fletada desde una estancia privada en Chile.

Lo cierto es que el 20 de noviembre de 1972 se encontró, después de un año, con Urteaga, quien lo esperaba ansioso en La Plata para informarle en detalle del calamitoso estado del PRT. Los intentos de guardar el secreto de su retorno fueron inútiles. Instalado definitivamente en la zona Norte del

Gran Buenos Aires, Santucho fue detectado en uno de sus viajes al interior. El 14 de diciembre, a escasos días de su regreso, El Liberal de Santiago del Estero publicó: “Entre el 26 y 27 de noviembre últimos, Mario Roberto Santucho, uno de los más importantes jefes del extremismo en la Argentina, quien huyó el 15 de agosto desde el penal de Rawson junto a otros cinco guerrilleros, trasladándose en un avión secuestrado a Chile y luego a Cuba, habría reingresado al país, revelaron hoy fuentes policiales. La entrada clandestina de Santucho al país habría sido detectada por organismos nacionales de seguridad, que comunicaron por radiograma la novedad a la policía de esta provincia, escenario de la iniciación de Santucho en el extremismo, dentro del grupo ERP. Habría ingresado junto a otro prófugo, Enrique Gorriarán Merlo”.

Desafiando la obstinada persecución a la que se expondría por el resto de sus días, Santucho convocó inmediatamente a una reunión de los dirigentes perretistas a mediados de diciembre. A pesar de la pérdida de tantos cuadros políticos durante 1972, el ERP había crecido incesantemente por la pertinaz ola de descontento popular y por la extrema politización de la juventud y del movimiento obrero combativo de la época.

Además, la coyuntura nacional variaba minuto a minuto como una vorágine que sólo imponen los momentos históricos. El 17 de noviembre de 1972, en medio de una multitudinaria movilización popular, Perón había regresado a la Argentina a pesar de las maniobras de las FF.AA. para impedirlo. Miles de manifestantes habían enfrentado a la represión para acercarse a Ezeiza y encontrarse con su líder. Columnas de Montoneros, FAR y algunos militantes del ERP habían atravesado en un día lluvioso y frío de primavera las barreras que los separaban de su objetivo. Y

aunque la multitud no había podido llegar a destino, por las numerosas escaramuzas con la policía en los campos aledaños al aeropuerto, sí había conseguido con su obstinación despejar definitivamente el camino hacia la legalidad democrática. Perón llegaba a dar el visto bueno final a los acuerdos políticos que llevarían al justicialismo a la victoria en los comicios prometidos por la dictadura.

También a negociar la transición a la democracia con Lanusse, ya convencido de que las FF.AA.

debían replegarse a los cuarteles sin llevarlo como candidato presidencial.[155]

Lo que sucedió el 13 de diciembre de 1972 en una quinta en las afueras de la ciudad de La Plata definió la conducta política del PRT en los años venideros. Santucho y el resto de la dirección perretista que había sobrevivido luego del V Congreso realizaron una reunión del comité central partidario, bautizada “Héroes de Trelew” en honor a los compañeros caídos; estaban dispuestos a producir todas las modificaciones necesarias para salir del pantano. Como primer asunto, saldaron viejas cuentas con Urteaga, a quien se señalaba como el responsable de la mayoría de los desatinos: el gran número de bajas en las acciones del ERP, y el hecho de que el PRT hubiera prácticamente desaparecido del proceso político, especialmente por la formación de escasos y débiles comités de base y por la ausencia en las grandes fábricas. Pero Santucho y el cordobés Germán defendieron a Urteaga. Rodaron otras cabezas por las “desviaciones militaristas” —que parecían mágicamente devenidas de una práctica individual y no de la concepción política vigente—, entre ellas las de Osvaldo Debenedetti, degradado como militante de la organización, y la de Baxter, expulsado definitivamente de sus filas. Un año después morirá en un accidente de aviación en París.

Nuevamente prisionero desde 1973, Debenedetti fue asesinado en la cárcel por el régimen militar

durante 1977. [156]

Con estas separaciones, y algunas incorporaciones al comité central, como la del metalúrgico cordobés Juan Eliseo Ledesma, Santucho y los dirigentes perretistas concluyeron que en rasgos generales la política seguida había sido correcta. A regañadientes admitían que las elecciones eran un hecho, pero afirmaban que sólo la guerra revolucionaria podía “recordar a las masas que su lucha trasciende por completo el episodio electoral”; que la vuelta de Perón era un “éxito del enemigo” —

y no de la lucha popular como el sentido común indicaba— y que no había razón para ningún repliegue o desarme de las fuerzas guerrilleras porque aún no había una verdadera democracia popular y los acuerdos preelectorales tenían una sola consigna: entablillar al desastrado capitalismo argentino, causa de los males crónicos de la nación, cuando el asunto era precisamente eliminarlo. En ningún momento, Santucho aceptó la posibilidad de que el peronismo ganara la partida electoral. Sí preveía que, inmediatamente después del fin de la dictadura, “el pueblo se lanzará a luchar por sus reivindicaciones más sentidas, pero se enfrentará a una represión creciente”. [157]

Las condiciones políticas habían cambiado. ¿No debía entonces cambiar el camino hacia el objetivo final? No, si la revolución era una meta indiferente a los sacrilegios de la política.

Santucho, el jefe, pensaba el poder como un momento de asalto y no como un incómodo y zigzagueante proceso de sumatoria y pérdida de fuerzas en torno a una plataforma política sometida, continuamente, a un test de realidad. Parecía no darse cuenta de que la legitimidad guerrillera acaso tuviera su explicación en la historia de proscripciones políticas y desatinos económicos de los regímenes que se sucedieron al derrocamiento de Perón en 1955. Y que la vuelta de Perón evaporaba esa legitimidad, aunque la lucha por mayor libertad y bienestar que, efectivamente, serían arduos de obtener, siguiera vigente.

Entonces, la “guerra revolucionaria” continuaba. El cónclave terminó en la noche del 15 de diciembre luego que, por unanimidad, se le prohibió a Santucho que en el futuro participara de cualquier actividad guerrillera, para preservar al PRT-ERP de una pérdida decisiva. Él se opuso con un voto solitario a la aplastante decisión del resto de los jefes perretistas. Logró que se hiciera una salvedad: podría volver a combatir sólo cuando decidieran comenzar la guerrilla rural.[158]

El mismo 15 de diciembre, el FreJuLi proclamó la fórmula presidencial Cámpora-Solano Lima.

Empezaba la cuenta regresiva para el definitivo retorno de Perón. El 27, la Junta Militar sancionó la ley 20.232 que autorizaba a las FF.AA. a actuar contra la guerrilla cuando lo creyeran conveniente, aun en caso de no regir el estado de sitio. El 28, el ERP acribilló al contralmirante retirado Emilio Berisso. Y, al expirar el año, los cómputos de sus pérdidas militantes eran: un desaparecido, 30

muertos y 203 prisioneros.

Santucho, sin saberlo, acaso se precipitaba al territorio más cenagoso de sus sueños revolucionarios.