Trizas
Baile
Llora el amante y busca el ser primero besando y abrazando aquel madero
GARCILASO DE LA VEGA
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Revuelto
HA LLAMADO AURORA . Hacía bastante tiempo que apenas sabía de ella. Este verano casi no nos vimos en el pueblo. Ella debió de ir unos días que yo estuve de viaje en la costa. Mis amigos de verano apenas van y ni siquiera coincidimos, excepto en las fiestas. Entonces todo vuelve a ser casi como antes. No recuerdo haberle dado el teléfono de la casa de mi hermana, pero ella sabía que hace ya unos meses que paso la mayor parte del tiempo aquí, por mis estudios. Se lo habrá dado Pili, o Sonsoles; no creo que se lo haya pedido a Esperanza. Dice que trabaja en Telefónica y le sale gratis llamar. Quizá no tenía nada que hacer cuando se le ha ocurrido marcar el número. Por supuesto, no hemos podido hablar de nada. Allí estaban, expectantes, mi cuñado, mi hermana y el niño. Han preguntado si es mi novia. Siempre andan metiéndose en lo que no les importa. Acostumbro a responder con evasivas, pero hoy les he dicho la verdad: es una amiga del pueblo a quien hace mucho que no veo. “Una novia”, ha dicho mi cuñado, con una sonrisa estúpida. “Una amiga” he contestado yo, con rabia.
En las últimas fiestas nos encontramos un instante. Nos dimos el obligado beso en la mejilla y apenas nos contestamos a la pregunta “¿cómo estás?”. Ella iba con unas amigas de Madrid a las que estaría enseñando el pueblo. Yo estaba con los amigos de siempre, Carlos, el otro Carlos, Fernando, Pili, Sonsoles y Esperanza, encantado de coincidir con ellos un par de días, aunque cada vez tengamos menos que decirnos. Cuando nos despedimos, noté un brillo particular en sus ojos, como si estuviera emocionada. Entonces no le di más importancia. Tenía bastante que hacer siguiendo los cantos de las charangas y bromeando con quien salía al paso.
No había vuelto a pensar en ella hasta hoy, después de la conferencia. Apenas recuerdo sus enseñanzas sentimentales: algún beso mientras bailábamos; sus silencios por correo; los celos el verano que fue novia de Luis, cuando actué de consultor sentimental mientras no hacía más que sufrir; la reconciliación; la vuelta a las confidencias y a una cierta intimidad que nunca nos comprometió; las caricias que siempre terminaron en nada… ¿Por qué habrá llamado?
Después de cinco conversaciones telefónicas en las que todo lo decía ella, que han dado ocasión a mi hermana para someterme a un interrogatorio de tercer grado sobre Aurora, del que he salido como un bobo lleno de secretos ridículos, mi novia, como la llaman aquí, dice que va a venir a verme. ¿Para qué?
Hace unos años, hubiera vendido mi alma para que lo que está ocurriendo sucediera. Entonces la señorita estaba ensimismada con el imbécil de Luis y yo sólo servía, si acaso, como pañuelo que recogía las lágrimas de la princesa cada vez más triste y más encaprichada del galán. ¡Cuántas horas habré pasado escuchando todos y cada uno de los detalles que ella quería contar de sus encuentros! Aurora trataba de descifrar el significado de sus miradas, de sus gestos, de sus posturas, de sus palabras y de sus silencios. Era agotador. Lo soportaba por estar con ella, pero todo tiene un límite y, según empezaba a mostrar mi aburrimiento y mi rabia de sesión en sesión, parece que el príncipe se iba distanciando de su enamorada. No había nadie en particular que lo arrastrara lejos de ella. Unos días era Esperanza, que nunca le dio mucho juego; otros, cualquiera de las muchachas que rondaban a su alrededor. En el punto álgido de la tragedia, llegó septiembre. Marcharon los veraneantes a Madrid y sólo tuve referencia de sus peripecias por escrito. Ese invierno Aurora escribió varias veces. Yo contesté a todas y cada una de sus cartas, con algo más de empuje que cuando nos veíamos en verano. El tiempo que empleaba en contestar, midiendo al detalle cada una de mis palabras, era el origen de esa fuerza, que desaparece por completo en cuanto estoy con ella cara a cara. Poco antes de las vacaciones, parecía que empezaba a tratarme con un cariño distinto en sus misivas, menos fraternal. Imaginaba que quizá ella también empezaba a sentir algo por mí.
Aquel verano sus padres la mandaron a Dublín y apenas nos vimos. No me enteré hasta poco antes de que ocurriera. Ese viaje destrozó todos mis planes. El invierno siguiente apenas hubo cartas y yo tomé la determinación de librarme de alguien que sólo me ofrecía ansiedad y frustración. Lo conseguí a medias.
Empezó a estudiar veterinaria. No ha vuelto a pasar temporadas largas en el pueblo. Acaso estaba una semana con la abuela en el verano, entre viaje y viaje. Yo seguía con el bachillerato. Cuando aparecía procurábamos estar juntos, solos, algún rato. Había dejado de hacerme ilusiones y lo que conseguía me parecía casi bien. Empecé a salir con algunas chicas sin que nunca cuajara nada. A ella se le pasó la manía por el imbécil de Luis, que también ha dejado de frecuentar el pueblo, y no me hablaba tanto de sus novios. Yo vine a estudiar aquí con el propósito firme de encontrar una chica con la que vencer las angustias que a veces me entran. Ya ha habido bastantes candidatas; o mejor, ya lo he intentado con muchas, pero ninguna ha terminado de ceder, porque cuando uno va a dar el salto que cree definitivo, ellas, una a una, en distintos momentos, todos y cada uno muy particulares, deciden que el paleto que se les propone es demasiado tonto, aburrido, tímido, lanzado, listo, espabilado, feo, bajo, alto, o alguna otra condición inasumible.
Por ejemplo, Maite, de la Escuela. Nos conocíamos de vista, coincidimos en algunas clases. De pronto, durante algunos días, nos encontramos por la calle varias veces. En un alarde de valor, la invité un día a un café y charlamos un rato. También es de pueblo, del norte, y no tiene novio. Seguimos encontrándonos por casualidad. Una tarde tomamos unas cervezas y la acompañé a casa. Me invitó a subir a su piso de estudiantes. Bebimos más. Empezamos a acariciarnos. Nos besamos. Me mordió la lengua y luego se rió y preguntó si me parecía guapa. Llegué a desabrocharle el sostén y a disfrutar del tacto de sus pezones. Entonces dijo que tenía que irme. Nos despedimos con otro beso en los labios, corto, sin lengua. Volvió a reírse mientras cerraba la puerta. Después, en la Escuela, dejó de hacerme caso. Parecía que le molestara verme. Cuando, al cabo de unos días, logré hablar con ella un momento, dijo que no pensaría que porque me hubiera dejado meterle mano un poco ya éramos novios. Y soltó otra risotada. Desde entonces no hemos vuelto a encontrarnos como antes, por azar, en la calle. Nos vemos en las clases, nos saludamos a distancia y no parece que quiera volver a estar un rato conmigo a solas. Supongo que hay algo que hice mal el otro día, o que no hice. Quizá la pillé en un momento de debilidad del que se recuperó según cerraba la puerta de casa. No es muy guapa, pero sí bastante alegre, y me había hecho ilusiones.
Vino Aurora. Me acerqué a la Estación de autobuses a recibirla. Llegó con su amiga, que tenía que visitar a una tía suya enferma. Dejamos las maletas y a su amiga en casa de la señora y fuimos a buscar a Julio y Mónica a un bar. Le enseñamos las curiosidades de la ciudad, los singulares licores que ofrecen en algunos establecimientos: El penicilino, un vino quinado con ginebra o algo parecido; se toma con una pasta bañada en clara de huevo que llaman zapatilla; El carriazo, un aguardiente dulce que se bebe directamente de la botella, en una taberna con el suelo de tierra, llena de borrachos ilustrados; en El socialista se bebe vino de un porrón y se comen cacahuetes. Mónica enseguida perdió la compostura; los demás aguantábamos, más o menos. La novia de mi amigo no sólo hacía muchas bobadas, sino que le dio por vomitarle a un camarero en la chaqueta cuando íbamos a tomar unos cafés que nos despejaran en El ideal nacional. Me quedé sin dinero. Fuimos a casa de Julio. Su cuarto está a la entrada y ni siquiera entra a saludar a la familia. Siempre es así. Allí, mientras oíamos música, nos besamos. Enseguida vinieron las caricias. Se me estaba haciendo tarde para llegar a casa. Mónica roncaba y Julio había empezado a tocar la guitarra como para él, sin hacernos caso. Aurora no parecía tener ninguna prisa. Le pregunté si quería que nos fuésemos. Ella contestó preguntando si no podíamos quedarnos. Miré a mi amigo, que no había oído nada y al que parecía darle todo igual. No íbamos a pasar la noche allí los cuatro, en esa cama de ochenta centímetros de ancho, con toda su familia alrededor. Cogí nuestros abrigos y le dije que nos marchábamos.
En la calle, dijo que me invitaba a un café. Mientras me espabilaba un poco, contó que ya no vive con sus padres. Con el dinero que consigue trabajando, se ha hecho con una habitación en un piso de estudiantes. Ya no tiene que discutir con su madre cada vez que sale por la hora de llegada. Preguntó si tenía novia. Contó alguna anécdota de cuando estaba con Luis, riéndose de la impericia del muchacho. Ya era muy tarde. ¿No tenía que volver a casa de la tía de su amiga? Se desentendió del asunto. Yo sí tenía que estar donde mi hermana. Nunca he pasado una noche fuera desde que estoy aquí, y menos sin avisar. ¿Qué íbamos a hacer? Preguntó si no tengo amigos que vivan por su cuenta. Algunos hay, dije. ¿Y no podrían alojarnos por una noche? Salimos a buscar a alguien conocido que quisiera hacer el favor. Encontramos a Maite, de juerga con unos cuantos. Celebraban un cumpleaños. Me moría de vergüenza cuando le pedí un hueco en su casa. Miró a Aurora con picardía y dijo que tendríamos que acompañarles hasta que les diera por retirarse. La madrileña enseguida empezó a reírse como el que más con las bromas de la panda. Tampoco perdía comba con la bebida. Cuando nos tocó pagar la ronda, ella se hizo cargo. Yo a veces me olvidaba de que debería estar en casa desde hacía mucho rato. Maite nos observaba, imaginando no sé qué.
A las cuatro de la mañana estábamos en el portal de Maite. Los tres abrazados como único modo de estar sujetos y de pie. Por fin conseguimos entrar en el piso, entre tropezones y carcajadas. Las chicas se encerraron en el baño. Cuando me quedé solo, empecé a imaginar cómo íbamos a dormir los tres, ¿juntos en una cama?, tuve un ataque de pánico y empezaron a darme arcadas. Salí de allí como si me persiguiera el diablo. Eché la pota sin darme tiempo a llegar a la calle. Cuando me acostaba, eran casi las cinco. No toqué la cena, que estaba, como siempre que llego tarde, en el horno. Al día siguiente tendría bronca. La más contundente, hasta hoy.
Maite sonríe cada vez que me ve en la Escuela. Procuro evitarla. El otro día, en clase, se sentó a mi lado y contó lo maja que le pareció Aurora, mucho más que yo, y sobre todo, más simpática y menos cagueta que mucha gente. Yo no tenía ganas de hablar. Pidió sus señas y su teléfono, para invitarla a que venga a su casa cuando quiera. Dije que no los tenía ahí, pero que se los llevaría un día de estos.
Aurora no ha vuelto a llamar.
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