Trizas

Luis Marigómez · Capítulo 10 de 25

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Trizas

Margarita

 

 

EMPECÉ PIDIÉNDOLE APUNTES de unos días que no pude ir a clase porque tenía anginas. Apenas le conocía. Me lo había presentado Azucena un día en los pasillos de la Escuela. Son del mismo pueblo. Me divirtió su pinta de leñador, con la camisa de franela a cuadros y los pantalones vaqueros demasiado nuevos. Cuando nos quedamos solas me dijo que es bastante inteligente y algo engreído, bueno, como todos los tíos. Empezamos a saludarnos cuando nos cruzábamos por ahí. Un par de días se puso a mi lado en clase de Matemáticas y vi que escribía muy claras las fórmulas y las ecuaciones. Yo, cuando llego a casa, a veces no entiendo lo que puse en el papel. Cuando se lo comenté dijo que somos el mundo al revés. Él, varón que se educó en un instituto, debería escribir de cualquier modo y yo, que fui a un colegio de monjas, hacer una letra grande, redonda y, sobre todo, fácil de leer. Lo había visto en una estadística. Las monjas se pasaron un montón de años intentando que mejorara mi caligrafía. Se dieron por vencidas cuando, ya en el bachillerato, vieron que sabía de qué iba cada asignatura, aunque les costara entender lo que ponía en los exámenes. También soy incapaz de dar una puntada, le dije. No sé coser ni el dobladillo de un pantalón. Tus padres tiraron el dinero llevándote a un colegio para señoritas, contestó. Le pregunté qué soy si no parezco una señorita y dijo con descaro que una chica guapísima.

Le pedí los apuntes, los fotocopié, se los devolví y en ese momento podía haber acabado todo, pero no. Pidió su recompensa por el favor. Le ofrecí un café y lo cambió por una cerveza en la cafetería de la Escuela. Mientras la tomaba, comentó que no le importaba dejarme los apuntes de todo el curso, por partes. No pensaba que se pudiera estudiar con los borratajos que yo hago. No vas a aprobar ni un parcial, vaticinó.

Azucena comentó enseguida lo bien que me llevaba con el chico de su pueblo y yo, en vez de devolvérsela hablándole de cómo mira al moreno alto de pelo corto que se sienta siempre en la primera fila, me puse como un tomate mientras ella no paraba de reír.

Un día lo vimos en el cine con una tiarrona rubia de bote que lo agarraba como si fuera a comérselo allí mismo. Se sentaron en la primera fila. No sabía que fuera corto de vista. Mi amiga hizo otro comentario inconveniente sobre lo difícil que lo tenía con el muchacho.

A mí quien de verdad me gusta es su hermano, que está acabando Económicas. Lo veo cuando vamos a su casa. Viven los dos solos en un piso que compraron sus padres. Tiene la cara muy redonda y unos rizos castaño claro que me vuelven loca. No se lo he dicho nunca a nadie, ni siquiera a Azucena. Tiene novia formal desde hace dos años y me mira como si fuera una variante de su hermana, alguien molesto a quien hay que aguantar por ser de la familia. La novia estudia Filología francesa, es una señoritinga de pelo lacio, siempre muy arreglada y que nunca se queda a dormir. Su padre tiene una joyería y lleva pulseras de oro y mucha parafernalia. Azucena la odia, y yo no la quiero mucho, la verdad.

Empezamos a sentarnos juntos en clase. Siguió ofreciéndome sus apuntes y, cada vez con menos apuro, empecé a fotocopiarlos todos. Son muy buenos. De vez en cuando, hablábamos. Él me contaba cosas de su pueblo, cómo son las fiestas, algunas costumbres curiosas, como tirar a los novios forasteros de las chicas del pueblo a la fuente, cosas así. Yo ya sabía bastante por Azucena, pero siempre me hacía de nuevas. Mi amiga estuvo interna en el mismo colegio al que yo fui. Allí no nos conocíamos mucho. Las internas eran como de otro grupo, pero al encontrarnos en la Escuela, enseguida nos hicimos compañía, y ahora somos inseparables. Ella también estudia con los apuntes de él. El chico que se sienta en la primera fila seguía sin hacerle caso, el muy idiota. Algunas veces nos sentábamos los tres en la cafetería de la Escuela. Entonces no hablábamos mucho. Había como una tensión difícil de cortar. Cuando estaba con cualquiera de ellos, por separado, no parábamos de rajar. Fuera de la Escuela, mi compañero y yo casi no nos veíamos.

Un día, en casa de Azucena, entré en el váter y estaba su hermano saliendo de la ducha. Tendría que haber llamado. Él, ni había cerrado la puerta ni dijo nada. Yo la cerré enseguida, por fuera, claro, asustada. Luego, recordando el momento, llegué a la conclusión de que el chico está muy bien. Ya me lo pareció desde el principio, pero después de verlo al completo, me reafirmé en lo que creía. Durante un tiempo, por la noche, en la cama, antes de dormir, se me venía a la cabeza su figura, su cuerpo.

Llegaron los parciales, los atracones a estudiar, y luego las notas. A mí no me fue mal, pero a mi campeón le suspendieron todas menos el Dibujo técnico. Parece que se puso nervioso en los exámenes. Lo más divertido es que los dos nos habíamos preparado con sus apuntes. Después llegó lo de su operación de apendicitis. Estuvo tres semanas sin aparecer por la Escuela y tuve que volver a coger apuntes como antes de conocerle, fatal. Cuando volvió, quiso ponerse al día. Le dejé lo que tenía y dijo que no lograba entender nada. Se le ocurrió una idea luminosa. Yo le dictaba lo que había copiado, y él lo pasaba a una letra legible, incluso podía hacer esquemas. Eso nos obligó a pasar unas cuantas tardes juntos. Podría haber sido peor. Me parecía bien, majo y todo eso, pero no estaba colada. Empezó a mirarme de un modo que me daba como miedo, cada día más. Ya estaríamos en marzo cuando la cosa pasó a mayores.

Quedamos en un parque. Estábamos al día en el negocio de los apuntes, pero me pidió que trajera unos de Física de la semana anterior. Yo sabía de sobra que aquello era una excusa barata. Podría haberme llamado para dar un paseo y no me habría parecido mal, seguramente también habría ido. O puede que no. Cuando estábamos confrontando las notas le sudaban las manos. Al acabar dijo que me quería. ¿No estaba saliendo con la tiarrona aquella rubia de bote? La había dejado por mí. No le contesté, pero cuando puso su mano sobre la mía, no fui capaz de retirarla. Luego caminamos un rato entre los árboles, como si fuéramos novios. Al despedirnos me dio un beso en la boca, sin lengua. Apreté los labios cuando acercó los suyos. Nunca había salido con nadie antes. Sí me había achuchado un poco con alguno en la discoteca, pero sin que el tema hubiera tenido continuidad. Al día siguiente se lo conté a Azucena y me dijo que había que celebrarlo. Yo no estaba tan segura. A ella seguía sin atenderla mucho el moreno de la primera fila. Pero se ponían juntos en alguna clase y de vez en cuando hablaban.

Seguimos viéndonos todas las mañanas en la Escuela, y muchas tardes por ahí. Dejé de cerrar los labios en los besos y cada vez protestaba menos en los toqueteos.

Nunca había salido con un chico, ya lo he dicho. Por un lado, era una vergüenza, por otro, como dice mi madre, se está mejor sola que mal acompañada. Azucena preguntaba por los avances del campeón. Yo no le contaba mucho, pero sí lo importante. Unas veces lo pasaba mejor que otras. Él también se ponía pesado. Uno de los primeros días de estar juntos le pregunté hasta dónde había llegado con la rubia de bote. Dijo que a todas partes, muchas veces, pero que era distinto conmigo, porque a mí me quería. Por un lado, eso me halagaba, por otro, era una carga. Tampoco teníamos muchas ocasiones. Ni yo iba a su casa, a la de su hermana, ni él venía a la mía, a la de mis padres. Estaba la de Azucena, pero me daba apuro pedirle permiso para usarla y no quería ni oír hablar de ir a la de alguno de sus amigotes. Y lo más importante, yo no sentía la necesidad de hacerlo. Los besos y las caricias no me parecían mal. Algunos días incluso me apetecían, pero con eso tenía bastante. Él quería más, me tenía atosigada, siempre pensando en lo mismo.

A mi amiga empezó a irle mejor con el moreno, Toño. Estudiaban juntos en la biblioteca de la Escuela y luego se iban a tomar cervezas por ahí. Cuando se animaba, le cogía la mano y, al despedirse, por la noche, después de acompañarla al portal de su casa, empezó a besarla. Pero por la mañana, al día siguiente, era como si apenas se conocieran. El campeón nunca me acompañaba a casa. Fue un trato que hicimos desde el principio. Nos despedíamos a mitad de camino, con un beso corto, apenas un roce en los labios. Más que suficiente.

Algunas tardes, mientras estábamos sentados en algún parque, o tomando algo por ahí, tocaba sermón. Mi amigo trataba de convencerme de que estaba reprimida, que la educación de colegio de monjas me tenía bloqueada y por eso no disfrutaba del cuerpo. Cuando llegara la revolución, todo el mundo podría hacer el amor con quien quisiera, sin ataduras. Sería el paraíso. Le hacía el mismo caso que a las monjas cuando nos hablaban de los peligros del mundo, de la maldad intrínseca del macho, siempre dispuesto a acabar con la virtud de las doncellas.

En casa se enteraron de que “tenía novio”. No me gustaba esa palabra, novio. Mi madre decía que entonces quién era ese chico que llamaba por teléfono todos los días. Mi padre me advirtió: “cuidadito con lo que hacéis”. Yo callaba todo lo posible.

Un día, donde Azucena, cuando creíamos que estábamos solas, les pillamos a su hermano y la joyera haciéndolo. Estaban en su cuarto y no salieron a saludar cuando llegamos. Seguramente ni nos oyeron. Ella gritaba como si la desollaran, supongo que de placer. De todos modos, no parecía muy apetecible. El campeón consiguió que un amigo le dejara las llaves de su buhardilla para cuando quisiese. Una mañana nos piramos las últimas clases y fuimos allí. Había que salir al pasillo para ir al váter. No le dejé que terminara de desnudarme. Él llegó a ponerse un condón, para nada. No me quedaron muchas ganas de volver.

Una vez, en el cine, nos encontramos con su antigua novia. Nos presentó la una a la otra. Ella parecía que tenía ganas de volver a verle. De cerca, es aún más tetuda de lo que creía. Como yo casi no tengo, me dio un poco de envidia. Con la mitad de lo suyo, a mí me sobra. También mide unos veinte centímetros más que yo. Menos mal que también pesa quizá veinte kilos extra. Supongo que, a su manera, es una muchacha deseable. Puede que yo esté lejos de serlo, excepto para mi novio, claro. Ella se fue a la primera fila, sola, y nosotros nos quedamos en una de las últimas. Cuando él empezó a sobarme, yo, por primera vez, busqué su cosa por encima del pantalón y me entretuve viendo como crecía. El campeón se puso tan contento. La película era La caída de los dioses.

Azucena iba como una loca con Toño. No quería dejarle escapar. Empezaron a acostarse, a la hora de la siesta. Al principio, ella lo hacía por darle gusto al muchacho; luego, empezó también a disfrutar. Tenían cuidado; siempre usaban preservativo. Parece que su hermano no, y la joyera dejó de tener la regla un mes. Se lo dijo a mi amiga, entre lágrimas, por si sabía de alguien que le pudiera quitar el susto de encima. Preguntamos por todas partes, y conseguimos una dirección y un teléfono de Burdeos.

Un día le dije al campeón que lo haríamos. Me había depilado las ingles y me puse la ropa interior más bonita que tengo. Incluso le pedí a Azucena un condón, por si acaso el chico se despistaba. Le dejé que me desnudara del todo y se puso la capucha. Tenía una cosa grande y rígida, fea, que daba miedo mirar. En el momento crítico me retiré y le dije que no, que ese día tampoco. Era un asco superior a mis fuerzas.

Hubo que buscar dinero para el aborto de la joyera. Hicimos una colecta entre todos los amigos y conocidos. Se fueron a Francia el puente del uno de mayo. Ella les dijo a sus padres que se iba a la costa con unas amigas. Les llevó en su coche de segunda mano el amigo del campeón que nos dejaba la buhardilla.

Nosotros seguíamos yendo allí dos o tres veces por semana. Le dejaba a mi novio llegar cada vez más lejos, pero nunca a donde él creía que estaba la meta. ¿Por qué había que hacer aquello, como una obligación? El pobre lo pasaba mal. Luego hablábamos y trataba de convencerme. Tuvo mucha paciencia. Ahora, recordándolo, creo que estuve insoportable, pero no podía actuar de otro modo. Fue como si hubiera perdido el control sobre lo que hacía, sobre lo que no podía hacer.

A los que fueron a Francia les fue bien. Vinieron cansados, sobre todo ella, claro, pero no tuvieron complicaciones. Parece que el asunto se resolvió en un momento. El hermano de Azucena y la joyera decidieron celebrar una fiesta a la que convocaron a todos los que les habíamos ayudado.

Como siempre, hubo más bebida que comida. El hermano de Azucena estaba eufórico. Nunca lo había visto tan simpático. Bromeaba con todo el mundo. Por fin conocí a Gustavo, el dueño de la buhardilla, quien llevó a la pareja a desembarazarse. Trabaja en un banco, además de hacer la revolución con los amigos de mi novio. Tiene el pelo rizado, barba y voz de barítono. Bailamos más de una pieza agarrada juntos.

Al cabo de unas horas, el salón estaba hecho un desastre. La música no dejaba de sonar, pero ya nadie se movía a su son. La gente había empezado a irse. El hermano de Azucena se fue a acompañar a la joyera a su casa. Mi amiga y Toño se metieron en su habitación y ella gritaba como cuando se mata a un cerdo, supongo que por razones muy distintas. El campeón dormía en un sillón de la manera más ruidosa posible. Gustavo y yo hablábamos en el sofá de tonterías. Callamos cuando empezaron los chillidos de Azucena, y nos sonreímos. Empezó a acariciarme las tetas antes de empezar con los besos. Le dejaba hacer sin saber bien qué estaba pasando. Me cogió de la mano y fuimos al dormitorio del hermano de mi amiga. Allí me desnudó, entre caricias y lameteos por todo el cuerpo. Cuando vi su cosa en posición de ataque, sin goma, fui capaz de decirle que no, pero contestó que no fuera tonta y no volví a hablar. No me hizo mucho daño, apenas sangré un poco, pero manchamos la colcha. De repente espabilé y la pusimos del revés antes de que volviera el dueño del cuarto. Él no se iba a dar cuenta. Salíamos de allí cuando abría la puerta del piso. Ya no se oía nada en el otro dormitorio.

Despertamos al campeón y nos fuimos los tres juntos.

Ahora no sé qué hacer. Si se lo cuento a mi novio, se va a enfadar. Si no lo hago, me voy a sentir como una traidora mentirosa. Tendré que dejarle llegar hasta el final un día de estos, y puede que poco a poco, como mi amiga, me entere de algo. También podría mandarle a freír espárragos y salir con Gustavo. Estoy casi segura de que llamará a casa un día de estos. Me quedaría sin sus apuntes, ahora que estamos a punto de empezar los exámenes finales. O podría probar un poco a los dos antes de tomar una decisión. El campeón ha hablado tantas veces de las maravillas del amor libre... No sé si le va a gustar.

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