Trizas
Trampas
¿Este cuándo? ¿Este qué?
¿El pasar de la hoja? ¿El acabóse?
FRANCISCO PINO
OceanofPDF.com
Café
ES LA TERCERA VEZ . Al salir de la oficina, a mediodía, la veo en la calle peatonal, pidiendo. Lleva una falda oscura, hasta los pies, una blusa blanca, un chaleco de hombre y le cubre la cabeza un pañuelo. Es pequeña y delgada. De su cara salen dos ojos azules enormes, como mariposas. Me ha visto ella y se ha acercado, llamándome guapo. Le he dado una moneda grande. Nadie me llama guapo nunca. Bajito, regordete, con poco pelo castaño, lacio, los ojos también castaños. Con suerte, en el trabajo, después de algún comentario que me ha costado toda la mañana discurrir, Eva o Pili dicen, “¡qué gracioso!”. Preferiría ser atractivo, o, por lo menos que alguien lo proclamara en voz alta de vez en cuando. Es verdad que llevaba la gabardina nueva, y todo el mundo dice que me sienta muy bien.
Hoy corría detrás de mí antes de que yo la viera. Me di la vuelta al oír su voz extranjera, diciendo su piropo. Entre el halago y sus ojos volví a quedar desarmado y le di otra moneda. Pidió, como con mimos, un billete. Mi estupidez no llegó tan lejos. Tiene la piel morena, tersa, puede que no llegue a los veinte años. Los labios son gruesos y rojos. No estoy seguro de que los lleve pintados. La miré mientras se iba de espaldas, en busca de otro incauto.
Supongo que formará parte de una red, y que tendrá que repartir buena parte de su botín al acabar la jornada. Si la coge la policía, la devolverán a su país. Por otro lado, no es más que otra muchacha que tiene que pedir.
En casa, no me la podía quitar de la cabeza. Intenté pensar en alguna forma de poder ayudarla, pero no se me ocurría nada. Lo más sensato es, si acaso, hablar con el cura de la parroquia. Él a lo mejor sabe de recursos para emigrantes. Si vuelve a abordarme, podría invitarla a un café y, si sabe suficiente castellano, quizá quiera contarme su situación. No sé por qué me preocupo por ella.
Desapareció algunos días y creí que la podían haber cambiado de ciudad, o por lo menos de barrio. También podría haber caído en alguna redada contra emigrantes, pero el periódico no dio noticias de ninguna. La encontré de sopetón, en otra calle, esta tarde. No llevaba la gabardina, iba con una chaqueta y un paraguas. Ella vestía como siempre. Volvió a regalarme los oídos. Le di un billete pequeño sin que lo pidiera. No me atreví a proponerle el café. Tampoco tuve casi tiempo, cuando me vino la idea a la cabeza, estaba despidiéndose, con esa lengua de trapo tan simpática. Supongo que trabajará en esa zona unos cuantos días, incluso semanas. No será difícil volver a verla.
Hoy me he quedado un buen rato en una esquina de la calle, como mirando un escaparate, esperando verla en su salsa, trabajando. Al cabo de pocos minutos estaba allí, en medio de la multitud. Acababa de dejar a un cliente y estaba al acecho del siguiente. Siempre aborda a hombres o a mujeres mayores, nunca la vi acercarse a una jovencita. Los hombres pueden ser de distintas maneras, abuelos que caminan despacio o jóvenes apuestos que parecen dominar el mundo. Se le da bien el oficio. Casi siempre le dan algo. Me fui sin llegar a entrar en su terreno, sin que me viera.
Esta vez iba preparado. Tuve que recorrer la calle tres veces, de arriba abajo, antes de que se fijara en el idiota que no se la puede quitar de la cabeza. Saqué el billete casi antes de que lo pidiera y, mientras se lo daba, le pregunté si quería tomar un café, o algo. Primero dijo que no con la cabeza, luego dijo que no la dejaban; enseguida, antes de dar media vuelta y marchar, miró un instante la recaudación de día y me hizo señas de que la siguiera. Torció a una calle lateral, estrecha, y entró en un bar pequeño en el que nunca me había fijado y pidió aguardiente. No quiso comer nada. Nos sentamos en la única mesa del local. Le dije que me hablara de ella. “¿Tú crees que por billete pequeño tienes derecho a saber mi vida?” “Quieres ir a cama conmigo, ¿verdad?” “Eso no puede ser. Cuesta muchos billetes.” Le dije que se equivocaba. Sólo quería ayudarla. “Entonces dame dinero.” No había previsto así la conversación. Me levanté para pagar. “¿Me invitas a otro?” Iba a marcharme. “Siéntate.” Es rumana. Lleva un par de meses en la ciudad. No tardará mucho en irse. Aquí ya la conocen mucho. Siempre ha ido de un lado a otro. “¿Quieres que te lea la mano? Dame otro billete.” Me gustó el tacto de las suyas mientras pronosticaba parabienes, mujeres y un montón de hijos. Gano una miseria y nunca he tenido novia. Sus ojos brillaban en la penumbra del bar. Intimidaban un poco. Se me quedó el café frío, casi sin probarlo. Miró la hora en mi reloj. “Ahora vete. Vienen a buscarme.” Según salía, entraron dos hombres, trajeados, con sombrero; uno todavía joven, el otro con tripa, entrado en años; los dos con la piel oscura, hablaban una lengua rara.
Según volví a casa, miraba hacia atrás por si me seguían. No parece que ella me haya mencionado ni que ellos se hayan dado cuenta de nada. Mientras cenaba y veía la tele, analicé paso a paso todo lo que había ocurrido cuando estuvimos juntos, en realidad, nada. Me sorprendió su observación, “Quieres ir a cama conmigo, ¿verdad?”, tan brusca, tan brutal. En realidad, puede que tenga razón y ése sea el centro de mi interés. Por otro lado, me aterra la posibilidad de que suceda. No la traería aquí, claro. ¿Qué iba a decir mi madre? Tendríamos que ir a un hotel discreto. ¿Qué pasaría después? Quizá sus compinches me robaran todo lo que llevase encima, o me dieran una paliza; pero eso no es lo importante. ¿Qué ocurriría entre nosotros? Es evidente que yo no sería más que una obligación, un modo de conseguir más dinero en muy poco tiempo. Sólo eso. Incluso si se diera la posibilidad remota de que yo de verdad le guste. Puede que para mí el asunto fuera mucho peor. ¿Querría traerla a casa, a que viviera con nosotros? ¿Me gustaría que nos casáramos al cabo de un tiempo? ¿Tendría que raptarla con grave peligro para nuestras vidas? Lo mejor, sin duda, es que me olvide de ella o, si acaso, todo lo más, que recuerde su voz, la luz de sus ojos y el tacto de sus manos.
Dormí mal durante varias noches. Aparecía en sueños, quitándose esas ropas que ocultan su cuerpo, revelando unas formas irresistibles, delicadas, demoníacas. Ayer me levanté decidido a aceptar su oferta. No creo que para ella mucho dinero sea más de lo que cobro al mes. Tengo algunos ahorros y puedo permitírmelo. Hice un pacto conmigo mismo. Ahí acabaría todo. No intentaría redimirla de su vida vagabunda, ni trataría de apartarla de los suyos. Puede que esté casada. Quizá el tipo joven del sombrero y la camisa negra sea su marido. No parece que le vaya tan mal. No intenta dar lástima cuando pide. Todo lo contrario, sonríe.
En cuanto salí del trabajo, a mediodía y por la tarde, la busqué. En el bar no sabían nada de ella desde hace varios días. Recorrí todas las calles en las que hay mendigos, varias veces. Hoy he hecho lo mismo. Nada. Habrá salido de la ciudad, supongo que para siempre.
Esta mañana, en la oficina, he hecho un comentario mordaz sobre una cantante que está muy de moda; Se lo oí a alguien anoche en la radio. Eva ha dicho, “¡qué gracioso!”; Pili casi ha sonreído.
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