Trizas
Pobre
CUANDO EMPEZÓ, LE DABA VERGÜENZA pedir. Llamaba a la puerta con esos timbrazos largos que le caracterizan; abajo siempre dos veces, arriba una, que hace que la campana suene como si hubiera fuego. En eso no ha cambiado. Se justificaba: no podía trabajar porque está cojo desde que se cayó de un andamio. Habla muy deprisa, atropellando las palabras, tartamudea, se come unas sílabas y repite otras hasta que consigue terminar la frase. Tiene los ojos muy grandes, redondos, como de vaca, y parece que van a salir de sus órbitas cuando se dirige a alguien, quizá por la ansiedad de que le atiendan. Habla a voces; no debe de oír bien. Decía que el comedor del Ayuntamiento cierra los fines de semana. Entendí enseguida que él necesita comer también los sábados y domingos y empezamos a darle una limosna generosa.
Pronto vino todas las semanas y sus timbrazos se convirtieron en familiares. Casi nunca nos equivocamos en identificarle cuando llama. Con mi marido nunca habla mucho, es tan serio. Pero cuando soy yo la que abro parece que quiere explayarse y cuenta relatos que nunca termino de entender. Le reñía, con suavidad, por el cigarrillo que siempre lleva encendido en una mano. Habla de un médico muy bueno del Paseo Zorrilla que le da la ropa que lleva; o de las peleas que tiene con su madre; o que le quieren echar del piso porque dicen que está en ruinas. Un día dijo que venía de la pescadería y que le habían dado unas gambas, un poco de congrio cerrado y unas almejas pequeñas, y que su madre iba a preparar una sopa de pescado estupenda con esos manjares. De repente, se me ocurrió la comida de ese día. En vez de congrio, compré rape; de primero, crema de calabacín.
Cuando se va pienso en quién pagará la luz o en la cochambre que se acumulará allí. ¿Irá su madre también al comedor municipal? Los vecinos de enfrente le dan siempre comida: fruta muy madura, legumbres, pan del día anterior. Él siempre lo agradece todo. No sé si los demás le abren la puerta o no.
Mi marido dice que es como si estuviéramos comprando el cielo barato. Moneda a moneda, nos vamos haciendo un huequecito, dice, yo creo que con sorna. Cuando abre él la puerta, apenas hablan, le da el dinero y cierra enseguida, como si le tuviera miedo. Como es tan observador, se da cuenta si el pobre se equivoca y viene dos veces la misma semana, le deja subir, le informa que ya le hemos dado la limosna correspondiente y que vuelva otro día, la semana que viene, y le da con la puerta en las narices mientras el otro se disculpa como puede. A mi me parece que después de tomarse la molestia de venir hasta aquí, tampoco pasaría nada si le diéramos su moneda como si nosotros tampoco nos acordáramos bien de qué día es. De hecho, cuando soy yo quien le abre, siempre le doy algo. Es después cuando mi marido dice que le parece que el pobre se está pasando, y que no necesitamos tanto sitio en la Gloria.
En navidades le doy un poco más; en algún momento del otoño (o puede que sea en primavera) dice que es su cumpleaños y también recibe una moneda extra de mi mano. A veces tengo ganas de darle más de lo convenido, pero sólo me atrevo a hacerlo en estas ocasiones especiales, no se vaya a enterar mi marido y nos peleemos también por esta bobada. Si una semana no viene, le echamos en falta, sobre todo yo, claro, pero también le he oído a él que le extraña que el pobre no aparezca. Cuando vuelve, no hace falta que le pregunte qué ha pasado. Enseguida cuenta que ha estado malo con la gripe o que le dolía mucho la pierna. Mi marido nunca le da el dinero atrasado, yo sí lo hago, si tengo suelto.
Le vemos por la calle, en el barrio. Si él nos ve, saluda a voces, nos llama señores. A mi me da un poco de vergüenza que alguien le oiga pero, ¿qué podemos hacer? Parece que le conoce mucha gente. En el buen tiempo, ayuda a poner y quitar sillas en alguna terraza y supongo que le darán algo por el trabajo, aunque sólo sea un bocadillo. También le hemos encontrado hablando con tipos raros, gente que no nos gusta, tipos mal encarados que visten de maneras raras de los que mi marido dice que quizá tomen drogas o, lo que es peor, las vendan. ¿Y si se las dan a él?
Una noche soñé que llamaba a la puerta y venía con él uno de esos personajes que dan miedo y entraban los dos a la fuerza. El otro llevaba un cuchillo de carnicero y me obligaba a darle las joyas que heredé de mi madre y las que ha comprado mi marido, el anillo de pedida también; y el dinero que había en casa, y las tarjetas de crédito… El pobre no decía nada, tenía cara de susto, tampoco parecía estar pasándolo bien. Podría haberle dicho al otro que nos dejara en paz, con lo bien que nos portamos con él; pero no, cogía el joyero y ni siquiera se despedía cuando se iban. La siguiente vez que llamó tuvo que abrirle mi marido, yo todavía estaba asustada. La semana siguiente estaba sola cuando sonó el timbre. Era él, seguro. Son inconfundibles esos dos pitidos largos. No le abrí. Consiguió entrar en el edificio. Supongo que le abrirían los de enfrente. Llamó arriba varias veces, la campana no paraba de sonar. También gritaba “señora”. Pero yo hice como que no había nadie en casa. Por la mirilla vi que, al cabo de un rato, se metía en el ascensor sin su moneda. No llamó a la puerta de los vecinos. Quizá ya le habían dado lo que le correspondía esa semana y no se le había olvidado. Ese es el problema, con el tiempo, él piensa que le corresponde lo que le damos. Y yo creo que no, que es lo que dice mi marido, le damos lo que queremos cuando nos viene bien. No tenemos ninguna obligación. ¿Verdad?
Una vez me contó que es bisexual. Llevaba la barba sin afeitar, como de dos o tres días, y echaba humo por la boca de ese cigarrillo que siempre parece el mismo, sujeto por dos dedos amarillos. Supongo que había bebido un poco más de la cuenta cuando lo dijo. Uno no va por ahí contando esas cosas a cualquiera. Desde luego, no se puede decir que haya intimidad entre nosotros. Otro día me dijo que hacía veinticinco años que no hacía el amor con una mujer. Usó esa expresión. Puede que eso explique lo de su supuesta bisexualidad. No parece fácil que alguna mujer lo encuentre atractivo, aunque en esos ambientes debe de haber de todo. Cuando le doy la moneda a veces noto el sudor de su mano de dedos gruesos y uñas mal cortadas. A veces huele mucho como a rancio. Como si no se lavara todo lo necesario. Me parece que no me doy cuenta de quién es y le exijo imposibles. No creo que tenga agua caliente en casa. Es un pobre hombre y seguro que se aprovechan de él.
Durante un tiempo, apenas hablaba. Llamaba, le abría, ponía la moneda en su mano extendida, la miraba un instante, supongo que para asegurar el uso inmediato que iba a darle, cerraba la mano, decía gracias y se daba la vuelta. A veces me parecía que podría ser más expresivo, contar algo, no sé…
Lo peor sucedió el otro día. Estaba cerrando la puerta de casa por fuera con la llave cuando se abrió la puerta del ascensor, sin que lo hubiera llamado. Era él. Eché mano al bolso y abrí el billetero para darle su moneda. Cuando entré al ascensor él se metió detrás, sin llamar al piso de los vecinos. No me gustó nada estar tan cerca en un espacio tan reducido. Le olía el aliento a vino. Tuve que decirle que apagara el cigarrillo, que no se puede fumar en los ascensores. Se justificó con sus nervios mientras tiraba la colilla al suelo y la pisaba. En aquel momento ocurrió lo que más temía. El ascensor se paró antes de llegar al segundo piso. Ocurre a menudo cuando algún vecino hace obras, pero esta vez estaba yo dentro, con el pobre. “Señora, se ha parado, ¿qué hacemos?” Empecé a tocar todos los botones sin que aquello se moviera. Golpeé la puerta. El pobre encendió otro cigarro que apagó enseguida en cuanto le di una voz. Uno de los botones del ascensor es un timbre que suena en la escalera. Lo apreté durante minutos. “Señora, lo va a quemar.” No acudió nadie hasta que los del tercero derecha entraron al portal y vieron que tenían que subir por las escaleras. Voceé hasta que se dieron cuenta de lo que ocurría y dijeron que telefonearían al servicio de mantenimiento. Tuve que darles el número que figura encima de los mandos. Julia volvió enseguida a contarnos que les habían dicho que ya venían. Se fue a hacer la cena a los niños. El pobre mientras tanto no habló. Sudaba. En una mano sujetaba un mechero y en la otra el cigarrillo que no le había dejado encender. Hacía varios días que no se había duchado. Empecé a llorar. “Señora, no llore, que ahora vienen y nos sacan. A mi me pasa de vez en cuando. En esta casa es la primera vez, pero en otras ya me he quedado encerrado unas cuantas. Yo viajo mucho en ascensor, y estas cosas ocurren.” Saqué un pañuelo de papel del bolso para secarme las lágrimas. Estábamos cada uno en una esquina. Él guardó el cigarrillo en su paquete e hizo un movimiento como para cogerme el brazo. Yo me encogí, apartándome todo lo que pude. Me entraron ganas de fumar. Hacía diez años que no cogía un cigarrillo. Era un disparate, allí metidos, casi sin aire.
Cuando llegó el de mantenimiento y por fin pudimos salir, la caja del ascensor estaba llena de humo, como si hubiera habido un incendio. Con la emoción, al despedirnos, le di un beso al pobre. Ni siquiera entonces le pregunté cómo se llama.
Ahora, cuando le abro, me ofrece siempre un cigarrillo y, si no está mi marido, alguna vez echamos un pitillo juntos.
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