Trizas
Espera
TERCERA NOCHE QUE PASO EN EL HALL junto a la Unidad de Cuidados Intensivos. Espero que Raquel despierte del coma. Es una bobada que esté aquí. Lo dicen los médicos, lo dicen nuestros hijos, la familia y los amigos. Ella no dice nada. Calló poco después de la subida de tensión que le produjo el derrame. Antes había estado un buen rato dando gritos. No quería venir al hospital. Me tuvieron que ayudar Laura y Antonio, los niños. Tienen veintitantos años y seguimos llamándoles niños. Si no hubieran estado en casa esa noche puede que ahora mi mujer reposara en el cementerio. Discutíamos por ellos. Yo quiero que sean más independientes, que empiecen a buscarse un lugar propio, viviendo con otros muchachos de su edad, o por su cuenta, aunque tengamos que ayudarles algo al principio. A su edad nosotros ya estábamos casados. No pueden pasarse la vida tomando la sopa boba. Tendrán que hacerse adultos alguna vez. Raquel decía bobadas, que si me molestan en casa, no hay más que ver la cara que pongo cada vez que aparecen, que nunca me ocupo de lo que les ocurre, que soy un egoísta; y el colmo, que nunca los he querido. Debería haberme callado en lugar de responder a voces, pero entonces no podía prever las consecuencias. Raquel tomaba pastillas para bajar la tensión desde hace años. Nunca había tenido una crisis. Fue al médico por unos dolores de cabeza y volvió con la receta. No parecía algo preocupante, cosas de la edad, como la menopausia o mi venerable calva. Durante el día vienen los niños y las hermanas de mi mujer y yo voy a casa un rato, después de pasar a verla un momento y del informe del médico. Mañana van a operarla para quitarle la sangre coagulada del cerebro. Cuando abran verán mejor el alcance de la lesión.
Apoyo la cabeza en una almohada que traen de casa, metida en una bolsa de plástico grande. La saco cuando ya no queda nadie. Me estiro sobre unas cuantas sillas, me tapo con una manta de viaje y trato de descansar un poco. Las enfermeras están hartas de decirme que si ocurre cualquier cosa telefonearán enseguida. No es probable que pase nada antes de la operación, dicen. Está sedada, el coma es inducido, para mantenerla estable. ¿Y si nunca despierta?
La operación ha ido bien. Eso cuenta el cirujano. Le han quitado la sangre coagulada y el cerebro no está dañado. Se va a recuperar del todo, dice, pero llevará su tiempo. Mientras Raquel estaba en el quirófano, nos hemos reunido toda la familia, como si pudiéramos hacer algo por ella así, todos juntos, animándonos unos a otros, sin apenas hablar; mirando a la puerta para que no se nos escapara el cirujano cuando acabara. Lo hemos rodeado todos mientras salía y nos ha explicado lo que ha hecho y su pronóstico de que todo va a ir bien, aunque todavía tardará unos días en salir de Cuidados Intensivos. Nos hemos quedado un poco más tranquilos, dentro de la angustia que tenemos desde que le dio el ataque. Fui a casa, me duché y dormí un rato como hace tiempo que no lo consigo. Cociné unas alubias blancas de riñón, una olla grande, para varios días. Los niños protestarán, pero ellos pueden comer lo que quieran; que vayan a la tienda, lo preparen y se lo tomen cuando y como les parezca. Al anochecer, he venido aquí. Nos han dejado pasar un momento a verla, de dos en dos. Está con más tubos que ayer por todo el cuerpo, y con una venda que le cubre la cabeza, ahora con el pelo rapado. ¡Con lo que a ella le gusta ir a la peluquería! Ya se han ido todos. He cenado un bocadillo de jamón y queso que traje de casa. Ha venido el médico de guardia a volver a decirme que estoy mejor fuera del hospital y que no sirve de nada que me quede en el hall de la planta. No he sabido qué contestarle, pero sigo aquí.
A la una de la mañana han subido de urgencias a Luis Ramírez, el de la gestoría. Le dio un infarto mientras cenaba con unos amigos en un restaurante. Su mujer, Azucena, está aquí, conmigo. No somos amigos íntimos, pero nos conocemos bastante. Luis llevó durante algunos años las cuentas de la tienda, hasta que subió la tarifa a unos precios disparatados y empecé a hacerlas yo como pude. Cuando llegó, se echó a llorar en mis brazos. Luego me contó lo que había ocurrido, de una manera bastante caótica. Tardé en enterarme del problema. Azucena es más joven que yo, quizá unos diez años. Todavía es una mujer hermosa, delgada, con una piel muy blanca, casi transparente. Estaba allí, tan cerca, en mi regazo; sus lágrimas habían humedecido mi camisa. Le acariciaba la cara, intentaba animarla con palabras amables. No sé cómo, nuestros labios se juntaron. Nos abrazamos muy fuerte. El beso duró muchísimo. Empezamos a manosearnos. Sin decirnos nada el uno al otro, fuimos a los lavabos. No había nadie por los pasillos del hospital. Serían más de las dos. Nos metimos en una cabina de señoras. Allí, en unas posturas imposibles, nos consolamos como pudimos durante un rato. Luego marché al servicio de caballeros para recomponerme un poco. Volvimos al hall y pasamos el resto de la noche sin apenas hablar, dándonos la mano. Ella bajó a desayunar primero. Cuando yo subí, ya había llegado Laura. He venido a casa después del informe médico, como todos los días. Le están bajando la sedación a Raquel, muy despacio, y parece que todo va bien. Nos dicen que tengamos paciencia. A Luis le van a hacer un cateterismo para ver cómo tiene el corazón antes de tomar otras medidas. De momento parece que se ha estabilizado.
Cuando he llegado al hospital no sabía qué hacer. Creía que Azucena estaría aquí, esperando noticias de Luis. Se había ido a casa a descansar. Me lo dijo cuando vino, para la visita de la tarde, con su hija, Irene. No conocía a la niña, ya una mujercita de dieciocho años. Vi a la madre mucho más entera que anoche, muy maquillada, muy guapa, a pesar del gesto de preocupación constante en su cara. Estaban Laura y Antonio y se los he presentado. Enseguida ha encontrado tema de conversación con mi hija. Algo de cremas para el cuerpo a base de productos naturales. Después de la consulta del médico y de ver un momento a mi mujer, que sigue igual, llena de cables, con una venda en la cabeza y como si no pudiera dejar de dormir, hemos esperado a que salieran Azucena y su hija. Ya le han mirado las arterias a Luis. El infarto no ha sido muy extenso y, si no surgen complicaciones, se recuperará bien. Mañana le hacen una angioplastia, de alguna manera le ensanchan los vasos que tiene casi cerrados en el corazón. Tendrá que dejar de fumar y de comer como hasta ahora. También deberá tomarse el trabajo de otra manera, con más calma, incluso puede que se jubile. Se han ido con Laura, y me han aconsejado todos que marchara a casa a dormir. Aquí no hago nada, tengo unas ojeras de caballo y debería descansar bien para cuando suban a Raquel a una habitación. Luis está despierto, sin saber bien qué le ocurre, se ha echado a llorar cuando ha visto a su hija. Antonio se ha quedado a cenar un bocadillo conmigo, que ha subido de la cafetería. La verdad es que la desgracia de su madre ha hecho que los chicos maduren en estos días más de lo que lo han hecho en años. Laura está al tanto de las necesidades de los que estamos en casa casi como lo hacía su madre, y su hermano ha tomado el mando en la tienda y me cuenta los problemas que le salen al paso y pregunta cómo resolverlos. Los estudios de Derecho de la niña seguramente vuelvan a retrasarse. Ninguno de los dos ha ido nunca muy adelantado en ese terreno. A Antonio se le atragantaron un par de asignaturas en Económicas y dejó la Facultad sin terminar la carrera. Supongo que los hemos malcriado y siempre han creído que nunca les iba a faltar de nada. La verdad es que en la tienda mi hijo se ha hecho imprescindible. A Laura nunca le ha gustado ir por allí, dice que tiene mucho que estudiar, cuando no está con su novio, o de compras con las amigas o con su madre.
Le han quitado los sedantes a Raquel, pero todavía no despierta. Parece que tendrá que eliminar primero toda la anestesia que le queda en el cuerpo. Mueve la cara y le ha subido la tensión. Lo vemos en los relojes a los que van a parar los tubos que tiene por todas partes. Sigue respirando con la ayuda de una máquina. A Luis le han llevado a cardiología después de la angioplastia. Nos lo ha contado una enfermera cuando hemos preguntado por él. Me daba apuro subir a verle. Me ha acompañado Laura. Ya tiene otro color. Azucena estaba en la habitación. Le tenía cogida la mano y parecía satisfecha. En un par de días le enviarán a casa, aunque puede que más adelante tengan que hacerle un stent si los vasos vuelven a estrecharse. Es una especie de macarrón que va por dentro e impide que la arteria vuelva a encoger. Su mujer pasará la noche en la habitación con él.
Casi estaba convencido de irme a casa anoche. En la UCI nos dijeron que, si no surgen problemas, saldrá de allí en dos o tres días. Estaba agotado. Me quedé, me avergüenza decirlo, al menos en parte, por si a Azucena se le ocurría bajar a verme un rato. De un lado, sabía que era un disparate y que era mucho mejor que no lo hiciera ¿quería arruinar a mi familia y a la suya?, ¿qué dirían los niños si se enterasen de algo?; de otro, estaba deseando repetir lo de la otra noche, que ahora me parece una fantasía producto de la falta de sueño y la fatiga.
Bajé a la cafetería a por un bocadillo y lo tomé allí, con una cerveza, solo. Me quedé un rato mirando la tele, ponían un concurso de canción ligera que a mi mujer le gusta mucho. Cuando subí había un tipo en el hall, esperándome. Nunca lo había visto. Delgado, más joven que yo, pero tampoco un chaval, elegante, con traje y gabardina, el pelo con algunas canas, pero abundante. Dijo mi nombre y se presentó. Preguntó por mi mujer. Le expliqué los pormenores que cuento cada vez que tengo ocasión sin enterarme de a quién le estaba hablando. Cuando acabé le pregunté de qué la conocía. Me dijo que era amigo suyo. Me extrañó no saber nada de él. Empecé a preguntarle y se fue poniendo nervioso. Al cabo de un rato de interrogatorio acabó por confesar que hasta hace poco había tenido un “lío” con ella. Lío es la palabra que usó. Decidieron romper la misma tarde que le dio a Raquel el ataque. Su mujer se había enterado y le amenazó con el divorcio si no acababa con la aventura de inmediato. Por eso estaba tan nerviosa. Apenas he dormido. Imaginaba todo tipo de barbaridades. Esta noche me quedo en casa.
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