Trizas
Campo
MIS TÍOS TIENEN UNA CASA en el monte y en los veranos venimos aquí unos días. Ellos no tienen hijos, pero admiten a la familia y a sus animales, empezando por la abuela, que va siempre la primera y vuelve la última, porque no le gusta estar sola y le viene bien tomar estos aires. Mis primas llevan sus gatos. Yo quería llevar a Eva, mi tortuga, pero mamá no me dejó.
El año pasado Fulgencio, el gato que encontró Anuka en el portal de su casa hace ya mucho tiempo, apareció un día con lo que al principio pensamos que era una gatita negra, de unos meses. El pobre se pasa la vida en un piso y aquí sólo entra en casa a comer. Lo han capado, para que no dé la lata cuando está en celo. Viene muy gordo y cuando se va ha adelgazado un poco. A veces caza mariposas, y se las come, casi nunca ratones. A mi tío le gustaría que hiciera algo con los topos que le destrozan lo que él llama el césped, un trozo pequeño del patio con algo de hierba, lleno de calvas de tierra. Mi tía se encaprichó con la gatita, que se dejaba acariciar cuando venía a comer. Al final del verano tía Teresa descubrió que era macho. Decidieron que era mejor dejar aquí a Blackie, porque en un piso se iba a aburrir mucho. A mí me hubiera gustado llevarlo a casa, pero mamá dice que ya tenemos bastante con Eva. En invierno hace mucho frío y a los gatos les gusta el calor. Me lo dijo Anuka, que tiene un libro que explica cómo cuidarlos.
Todos los días viene Gufi, una perra rubia, mayor, que no es de la familia, pero lo parece. Nunca ladra. Se pone a la puerta del patio, y, cuando alguien la ve, entra. Se deja acariciar por todos y come muy bien, casi de todo, hasta mondas de melocotón. Los restos de lechuga y de sandía se los llevamos en un cubo a los burros de Alfonso, un vecino. Una vez vino un señor a instalar un calentador de gas y no se atrevía a pasar. La Gufi se había puesto hecha una fiera hasta que le dijimos que se estuviera quieta. Se ve que a los que no conoce sí les ladra. Mi tía, que casi nunca cocina para nosotros, es quien le prepara pan con grasa, a veces arroz, o lo que dejamos de chuletas de cordero que hace mi tío en la chimenea. Antes, en cuanto acababa, se ponía junto a la puerta del patio para ir después a casa de Sara, o de los rusos. Ahora, se queda echada a la sombra del manzano, y ronca. Alguna vez ha venido con el Gufito, un perro negro muy delgado que es su hijo. Las primeras veces les daban comida a los dos, por separado, y el Gufito se comía la suya y la de su madre en un momento. Ella no se quejaba. Ahora no le dejan entrar en el patio, por abusón. A veces le dan alguna sobra nuestra, pero siempre fuera de casa, cuando la Gufi ya ha terminado. La pobre se mueve muy despacio y no oye bien. A veces tiene garrapatas, que le quita mi tía con vinagre.
Esta primavera tía Teresa trajo a Lucas, un gato cachorro, que le daba mucha guerra en casa para que le hiciera compañía a Blackie. Sabíamos que había sobrevivido al invierno porque mi tía le dejaba comida seca en un como depósito de metal con una boca estrecha abajo por la que sale poco a poco y la iba gastando. No lo veían siempre, pero a veces aparecía en el porche a por la comida fresca que le habían traído, y se dejaba acariciar. Lucas hizo muy mal viaje. A los gatos no les gusta cambiar de sitio. Le dieron una pastilla, pero se mareó igual. Yo también me mareo un poco cuando voy en coche. Alguna vez vomito, cuando hay muchas curvas y papá tiene prisa. Tía Teresa pensaba que se iban a hacer amigos enseguida, pero en cuanto se encontraron empezaron a bufarse el uno al otro y a pelearse en serio. Hubo que llevarse de vuelta a casa a Lucas, que otra vez se puso malo en el viaje, pero dejó de dar tanta guerra. Debió de pensar que era mejor ser obediente. Es lo que a mí me dicen siempre. El caso es que Blakie se hizo más arisco. Sigue viniendo a comer, pero de noche, cuando nadie lo ve, casi como un ladrón.
Este verano han venido los dos gatos, Lucas y Fulgencio. Al principio teníamos miedo de que se llevaran mal, pero no. Están casi siempre juntos. El joven corre mucho y se sube a todas las partes; ayer quería meterse por la chimenea, desde el salón. Se puso bueno. Luego lo estuve limpiando con un cepillo. Cuando vino Anuka lo metió en la ducha. No le gustó nada, pero se aguantó. El otro día cazó un lagarto de cabeza azul, pequeño, que mi tía ha metido en un frasco de cristal, para que lo veamos. A mí me da un poco de asco. Esta mañana le he quitado un pájaro de la boca. Todavía estaba vivo y ha salido volando. El otro está tan gordo, que sólo va donde Lucas si ve que el cuerpo le da de sí. Esta tarde, a la hora de la siesta, ha aparecido Blackie, como un forajido, ha comido un poco y enseguida desapareció sin dejarse casi ni mirar, el pobre.
Hay un nido de golondrinas en el porche. El año pasado hubo otros pájaros, unos carboneros, que se asustaban de la gente y nunca terminaron de criar. Era bonito verlos con sus colores amarillo y negro y su vuelo corto, decidiendo si se atrevían a entrar desde el manzano. Las golondrinas tienen menos problemas con la gente y entran y salen sin tanto miedo. Lo malo es que debajo del nido hay siempre cagadas. Mi tía las limpia todas las mañanas y no se enfada mucho porque dice que esos pájaros traen suerte.
Por la tarde vamos al río a bañarnos. En unas pozas se pueden coger renacuajos. El año pasado trajimos algunos aquí y vimos cómo crecían y se transformaban los que no morían antes. Ayer, a la vuelta, vimos al sapo, junto a la puerta del patio. El año pasado también apareció ahí. Es como una rana grande y fea. Da mucho miedo. Debe de haber salido del arroyo.
Esta mañana estaba el frutero lleno de hormigas. Mi tío ha estado investigando y ha descubierto que entran por una ventana. Tenían una autopista que bajaba por la pared, iba por el suelo y subía por la mesa. Les ha echado vinagre con un trapo; dice tía Teresa que es muy eficaz para acabar con ellas. Lo ha oído en la radio. El trapo se ha puesto negro con todas las hormigas aplastadas.
Gufi está malita. Dice mi tía que tiene almorranas y un agujero por allí abajo que se llama fístula. Apenas puede andar. Le salen gusanos blancos de la herida. La limpian con agua y jabón y han empezado a darle medicinas. Han llamado a una amiga de Anuka que estudia veterinaria y les ha explicado qué hay que hacer.
Anoche tía Teresa oyó discutir a las golondrinas. Esta mañana han aparecido en el porche, donde las cagadas de todos los días, dos crías, sin cabeza y sin terminar de salir del huevo. Los padres no han vuelto. Mamá dice que puede que se tuvieran que ir ya y no les había dado tiempo a enseñarles a volar. Pero estamos a primeros de agosto. No sé por qué tenían tanta prisa. Tampoco entiendo lo de las cabezas, que deben de haberse quedado en el nido. Pobrecitas.
Antes de comer ha aparecido Lucas con un ratoncito en la boca, con las tripas fuera. Todavía estaba vivo. Mi tía se lo ha quitado de la boca de un manotazo. Se le han caído al pobre las tripas y el gato se las ha zampado. Luego yo no he podido tomar nada de las lentejas y me han castigado a no ir al río.
Esta tarde hemos montado en un burro de Alfonso Anuka y yo. Ella, como es mayor, iba delante y llevaba las riendas. El animal tenía la cabeza llena de moscas y no se las podía quitar. Algunas veces se tiran sobre la arena de un huerto aquí al lado y es como si se rascaran. Ha sido muy emocionante. Hemos dado la vuelta al pueblo y hasta hemos llegado a la era. Me han dejado ir un rato delante, pero las riendas las tenía siempre mi prima.
Hace unos días que no viene la Gufi por casa. Hemos ido a buscarla por todas partes y no la hemos visto. Alfonso dice que él tampoco sabe nada. Parecía que estaba un poco mejor. Comía otra vez con ganas y se movía con más facilidad. Mi tía tiene guardada un montón de comida para ella. Es la primera vez que falta. ¿Dónde habrá ido?
Esta mañana, al ir a coger el coche, mi tío ha visto un pájaro dentro porque había dejado el cristal de su puerta abierto. Era un chochín, que no es una palabra fea. Es muy pequeñito, con una cola larga que mueve hacia arriba. Los machos hacen tres o cuatro nidos en primavera para convencer a las hembras de que pongan allí los huevos. Cada macho tiene varias. Lo he leído en una guía que hay en casa. Los cucos son peores. Tiran el huevo que hay en el nido, a veces de chochín, y dejan el suyo para que lo empollen otros. En mayo y junio se les oye por aquí. Yo nunca he visto uno.
La abuela dice que antes en los pueblos había siempre alguien que se encargaba de los perros que se ponían malos. Como no había medicinas para ellos, ni dinero para pagarlas, los ahorcaban. Luego vendían la piel.
La Gufi sigue sin aparecer.
Mañana nos vamos. El año que viene volveré a intentar traer a Eva, mi tortuga. Al fin y al cabo, sería el animal más tranquilo aquí. A lo mejor se hace amiga del sapo.
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