Trizas

Luis Marigómez · Capítulo 4 de 25

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Trizas

Carrera

 

ALGUNAS TARDES, AL SALIR DEL COLEGIO , voy a correr a unas pistas de atletismo, de grava y ceniza, al polideportivo del pueblo. Ahora hay luz hasta casi las siete. Voy con otros chicos que lo hacen a menudo desde hace tiempo. Martínez se quita el pantalón del chándal y empieza a dar vueltas como si no le costara. Hace unos cinco mil metros. Ya me gustaría a mí. Termino de calzarme las zapatillas y echo a correr, despacio. Al principio, trato de seguir la estela de mi compañero, que ya lleva un rato en la pista. A la segunda vuelta le dejo que siga a su paso y trato de ajustar el mío para conseguir llegar a los dos mil metros sin tener que ir a gatas al final. Cuando no me duelen las piernas, los pulmones no aguantan el ritmo. ¿Cómo voy a ir así a ninguna parte? Hay campeonatos escolares en marzo y me gustaría participar en los mil quinientos. No tengo la punta de velocidad imprescindible para las carreras cortas ni la resistencia que requieren las largas. También me falta nervio para acelerar al final. Con estas piernas, anchas, musculosas, si entreno fuerte, quizá logre algo, dice Martínez. Ya me han echado de todos los equipos posibles en los deportes que se juegan aquí.

En balonmano pensaba que podría aguantar como portero hasta que, en el primer partido serio, empezaron a entrar balones en la portería con una fuerza tremenda. Al principio ponía el cuerpo frente a los lanzamientos, y paraba algunos. Me dolían el pecho y los brazos, uno incluso me dio en la cabeza y casi me tiró al suelo. Me entró miedo. Una lástima, de portero no hay que correr, y con una portería tan pequeña, creía que no sería tan fácil que me colaran muchos tantos. Me equivoqué. Antes había jugado de defensa, por probar. Pero me cuesta coger la pelota con la mano, sujetarla, pasarla a un compañero con cierta precisión. Hay, además, que estar pendiente de lo que ocurre a cada momento. Atacar o defender. Ir de atrás para adelante y luego de vuelta, deprisa. Atento a todo. A veces me pasaban la bola y, antes de que me hiciera con ella, ya me la había quitado un contrario. Demasiada tensión. De portero pensé que estaría mejor. Casi no hay movimiento, y apenas tienes que estar atento al juego cuando atacan. La pelota sólo llega cuando la lanza el enemigo. Con lo ancho que soy, basta con ponerse en medio para pararla. Ése era mi puesto. Hubiera seguido en él, a pesar de los moratones y de un rozón en el codo derecho que me hice en una caída contra el cemento, si no me hubieran echado del equipo de malas maneras tras la derrota. No tuvieron ni pizca de paciencia. En los entrenamientos paraba bastantes balones, pero nadie había tirado con tanta mala uva. No hubo nada que discutir.

Hice luego un cursillo de baloncesto, los viernes por la tarde y los sábados durante un trimestre. Aprendí algo. Me puse en forma con tanto ejercicio. Con 1,68 de altura no es fácil llegar lejos en ese terreno, pero hice lo que pude. Aprendí a botar un balón tan grande, con alguna velocidad, llevándolo de un lado a otro, para confundir al contrario. Nunca creí que fuera tan duro. Todo el tiempo nos dábamos golpes y empujones unos a otros. En la tele no parece que sea así. En los entrenamientos, a base de repetir una y otra vez, conseguí una marca aceptable de puntos cada vez que tiraba. Pero allí es fácil. Estás parado, sujetas el balón con las dos manos, calculas, lanzas y, con un poco de suerte, por lo menos llegas al aro metálico. A veces entra. En los partidos la cosa no funciona así. Siempre hay otro encima que no te lo deja coger bien, mucho menos mirar y en absoluto lanzarlo con cierta precisión. En los pocos que jugué, apenas hice alguna canasta; ni siquiera tirando personales, que es cuando parece más fácil. Un lugar que es siempre el mismo, desde el que se lanza una y otra vez en los entrenamientos, sin nadie que moleste. Nunca me hacían esas faltas. Es difícil llegar tan lejos en el campo contrario. Siempre me quitaban el balón antes. Una vez ocurrió, al final de un partido. Íbamos empatados a veinticinco. Ninguno de los dos equipos estaba lleno de estrellas. Me hicieron un tapón y el árbitro estaba al lado. Era mi oportunidad. Fallé los dos tiros. En el rebote los otros consiguieron el desempate, y ganar. Mis compañeros no me asesinaron allí mismo porque no esperaban mucho más de mí. El entrenador empezó a sacarme sólo cuando no tenía más remedio, cuando los demás estaban llenos de personales, o no acudían suficientes chicos. Jugué ocho partidos oficiales, marqué tres veces. Nunca me echaron por acumulación de faltas, ni para eso era bueno. Todavía me gusta, de vez en cuando, tirar unas canastas, solo, o con otros dos o tres no mucho mejores que yo, por pasar el rato. Entonces, de vez en cuando, sí entra el balón por el aro, cuando no importa.

Paro a descansar en el campo de fútbol después de tres vueltas. Me tumbo, hecho polvo, respiro hondo para recuperarme un poco. En la pista siguen, a distintas velocidades, seis u ocho chavales. De aquí a un rato, cuando se me pase, puedo intentar correr otro rato. Por lo menos aquí nadie me riñe por lo que hago mal, por lo torpe que soy, por estar distraído.

En verano es mejor. Voy a la piscina que hay junto a las pistas y nado. Empecé cuando tenía cinco años y, poco a poco, solo, fijándome en los otros, mirando la tele cuando hay campeonatos, aprendí a nadar, en todos los estilos; bueno a mariposa casi no, hace falta mucho músculo para lanzar los brazos adelante con ese ímpetu, como un tiburón. Mi madre me daba el duro de la entrada para que no molestara en casa. No todas podían permitirse el gasto. Me hice amigo de algunos veraneantes, incluso chicas. En el agua me apaño bien, aprendí a hacer la bomba, a tirarme de cabeza, a bucear, a dar aguadillas y a recibirlas. A veces echo carreras, de cincuenta metros, dos largos, a crawl. Alfonso es el más rápido del pueblo, pero yo tampoco lo hago mal. El año pasado, en las fiestas, hubo competición. Vinieron chicos de la capital. Yo también participé. Quedé tercero, me dieron una medalla. Los que me ganaron eran forasteros. Mis amigos dijeron que se habían tirado antes de sonar el silbato. Yo no vi nada. Tampoco es un fracaso, para haber aprendido solo. Alfonso no participó, tenía resaca de la víspera. La medalla, de aluminio, con una cinta roja, está en casa, colgada de una pared en el cuarto de estar. Pero lo mejor de la piscina son las chicas. No es sólo que pueda verlas casi sin ropa, que cuando jugamos a darnos aguadillas les toque la piel sin que nadie se escandalice; lo que más me gusta es poder hablar con ellas mucho rato, todos los días y mirarlas de cerca, a veces a los ojos; me encantan sus risas cuando digo alguna tontería.

En verano también juego al tenis, con los veraneantes. Hace dos años, en navidades me compraron una raqueta. Ponemos una red sobre el campo de baloncesto y hacemos partidos de dobles. Mi saque no es muy rápido y soy malo para recibir la primera bola. Me quedo adelante para cortar, cuando puedo. Soy peligroso cuando la pelota viene despacio y puedo devolverla con la raqueta a dos manos. Mis amigos del equipo contrario han decidido que eso no vale; a mi me parece que en la tele lo hacen, sobre todo las chicas, pero, si los otros dicen que no, tendrá que ser así. Por lo menos si quiero jugar con ellos. Lo peor es ir a recoger las bolas, que pueden estar en cualquier parte, en el campo de fútbol, en el de pelota, incluso en la calle. Discutimos todo el tiempo quién debe ir a por ellas. Es una gaita, pero hay que hacerlo; si no, no podemos seguir el juego. Me fastidian esas peleas, que pueden ser largas, a voces y diciéndonos barbaridades. Prefiero dejar de jugar. Si el Ayuntamiento hiciera una pista de verdad, de tierra batida en vez de cemento, con redes que impidieran a las pelotas irse a cualquier parte, sería mucho mejor, claro.

Viene Martínez y se sienta conmigo. Todo su cuerpo brilla de sudor. Se coloca las gafas en la nariz, sonríe mientras habla.

—¿Cuántos metros has hecho?

—No sé. Pocos. Me canso enseguida.

—Tienes que aprender a respirar. Es lo más importante. Las piernas van adelante si los pulmones aguantan.

—Yo no voy ni con una cosa ni con la otra.

—Venga, levanta. Sígueme, y respira cuando yo lo haga. Mete el aire bien dentro, y suéltalo poco a poco.

Volvemos a la pista los dos. Casi no hay luz. Somos los últimos que seguimos ahí. Dentro de un rato cerrarán. Martínez va despacio y no me cuesta mucho ir tras él. Tomamos aire a la vez y lo soltamos, lentamente. Empiezo a sudar. Me gusta el ritmo que llevamos.

Con la bici manejo mejor los tiempos, y aguanto bastante. No tengo punta de velocidad, como dicen en la tele, para los sprints, pero resisto muchos kilómetros, y soy capaz de tirar en los puertos. Los puertos son las cuestas que hay junto a los dos ríos que pasan cerca del pueblo. El verano pasado organizamos los amigos una competición y yo participé, con la bici de Fernando, que se creerá muy inteligente, pero es un flojo y se retiró en la primera contrarreloj. Yo tengo una bici pesada y, aunque le he quitado los guardabarros a las ruedas y a la cadena, no sirve para correr. Los demás tienen máquinas de carreras, ligeras, con cambios, varios piñones y dos platos. Ya he dicho en casa que quiero una bici así, pero, por como me miró mi padre cuando lo dije, con la cuchara llena, quieta, entre el plato y la boca, me parece que es difícil que la consiga. Eran cinco etapas, de veintitantos kilómetros cada una. Acabamos diez, yo quedé cuarto. Con una bici propia, que conociera bien, con la que pudiera entrenar en invierno, podría quedar segundo o tercero. A Carlos no le voy a ganar nunca.

Martínez aumenta poco el ritmo, para que pueda seguirle. Ya no respiramos a la par. Empieza a distanciarse.

El fútbol es lo peor. Todos los chicos lo juegan y hablan de equipos y de futbolistas cada vez que salta la liebre. Yo lo intento, pero ni me gusta ver por la tele a los equipos importantes, ni al equipo del pueblo las tardes de los domingos, aquí mismo, ni sé nombres de jugadores más allá de los muy famosos, ni recuerdo momentos memorables. A veces me dejan de defensa en alguno de los partidos que hay casi todos los días, cuando no aparecen suficientes chicos. He aprendido lo básico y, como no hay mucho donde elegir, me dejan estar, a la izquierda del portero. Cuando viene un contrario, voy a por él y me pongo en medio, doy patadas, lo que sea con tal de que no avance. A menudo hago falta; sólo alguna vez el árbitro lo ve, cuando hay árbitro. Si, por casualidad, me hago con la pelota, la suelto enseguida. Sé de sobra que debería pasársela a un compañero, ya me gustaría, pero la patada que doy es como es y va a cualquier parte, a menudo fuera del campo, o a los pies de otro enemigo. Una tarde marqué un gol. Fue una casualidad, mi momento de gloria. Estaba adelante porque me dio pereza correr a mi sitio tras un ataque. En un despiste, como no soy peligroso, me dejaron solo frente al portero. Me llegó un balón y le di como siempre, de cualquier modo. No iba con mucha fuerza, ni con una trayectoria rara. El portero se confió y cuando quiso recogerlo ya estaba dentro. Nadie se lo creía. No volví a tocar bola en lo que quedaba de partido. Al día siguiente me pusieron de delantero. Fue un desastre. No conseguía quedarme con el balón ni un momento; mucho menos regatear, pasarlo a otro compañero o tirar a la portería contraria. Desde entonces, volví a donde siempre.

Al fútbol juego todas las semanas alguna vez. Todos saben que soy un paquete. En realidad, me aburre la pelea por meter la pelota en el fondo de la portería contraria. Pero es peor estar parado, mirando. La natación es otra cosa. Además del agua, tan distinta del aire, uno está solo, y se mueve. Los demás pueden ir más deprisa o despacio, pero están en otras calles, ni siquiera los ves hasta que acaba la prueba. Con la bici es parecido. Todo depende de uno mismo y de sus fuerzas, no hay muchas estrategias de equipo según vamos nosotros. Correr es un asunto personal. Uno se enfrenta a sí mismo, a su aguante. Luego se mide y se compara, a posteriori, como dice el profesor de latín. Es una lástima que el cuerpo no me aguante mucho tampoco aquí.

Nos avisa el encargado de que van a cerrar cuando Martínez me dobla. El cielo ya está oscuro. Recogemos. Mi amigo repite a la salida, mientras atravesamos las acacias, recién podadas, “Ya sabes que lo importante es encontrar tu ritmo, aprender a respirar”. ¡Cómo si fuera tan fácil!

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