Twist
Legis Silva
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
—No es lo que crees: no soy ningún viejo avaro a quien le duela gastar en electricidad. Me gusta el frío. Más que gustarme, lo necesito para sentirme vivo.
—Si lo que quiere es tentar a la tuberculosis, no es asunto mío.
—Tú eres joven, no puedes entenderlo.
—Los barrotes de la cuna no me dejan ver el mundo…
—Sé que los achaques de la edad empujan a la gente a climas más cálidos, pero no es mi caso. El frío me proporciona el momento de placer más intenso del día… Me refresco bajo el grifo con agua helada. Es la única manera. Se te pone la piel de gallina, y ese estremecimiento devuelve a la piel la tersura que tuvo antaño. Es, por supuesto, una sensación ilusoria, pero por un instante crees recuperar la firmeza de otro tiempo. A partir de cierta edad, nada es real; no queda más que el recuerdo esporádico de algunas sensaciones olvidadas, y no siempre cuando uno lo desea. Lo estoy viendo en tus impertinentes ojos: ¿el sexo? Hace mucho que no sé lo que es. Me conformo con sentir esa piel de gallina bajo el chorro de agua fría. Hasta que no empecé a engordar no tuve verdadera conciencia de mi rostro, ¿sabes? En algún momento te da por ganar peso, te crecen las fosas nasales y las orejas, y eres incapaz de leer un libro sin ver tu tabique nasal… ¿Sabes lo que es eso? Te deseo que nunca engordes tanto como yo… La piel se te escapa, se emancipa, se convierte en otra y comienza a vivir por su cuenta, aunque nunca tiene el valor de separarse completamente de tus huesos. En otro tiempo, yo también aspiré a la elegancia; ahora me conformo con no dar dentera.
Lo dice todo sin dramatizar, con brillo en los ojos, Lazkano diría que incluso de buen temple. No es fácil distinguir cuándo bromea y cuándo habla en serio. Alcanza su sombrero y su gabardina, y le señala la salida.
—No todo son desventajas. Nunca arderá mi despacho por haberme olvidado la estufa encendida.
La Retoucherie está cerrada.
—¿Te has encontrado alguna vez con Adela? Una mujer extraordinaria. Siempre ha ganado más que yo.
Diego Lazkano quiere mostrarle al abogado que él también sabe tomar el pelo:
—¿Cómo puede ser, si los dos tienen el mismo trabajo?
—¿El mismo trabajo?
—Remendar…
Aguirre Sesma sonríe con complicidad.
—Es lo más sensato que has dicho en toda la tarde. ¿Me invitas a una cerveza?
—Entonces, ¿vamos a trabajar juntos?
—Hay mucho que hacer. Para empezar, la familia.
—¿La familia?
—¿Tienes alguna relación? ¿Has hablado con ellos?
—No.
—Pues eso es lo primero. No podemos solicitar que se reabra el caso si no hay alguien de la familia de por medio.
Ignoraba qué le podía esperar en casa de la madre de Zeberio. Sabía que había enviudado años atrás, e imaginaba que llevaría junto con sus dos hijas un tipo de vida y de relaciones bastante ordinaria: cada cual con su trabajo y su familia, periódicas llamadas de teléfono para decirse que todo va bastante bien —«tirando»—, visita familiar una vez a la semana, celebraciones de cumpleaños y navidades de rigor, endulzadas por la llegada de los niños y proyectadas hacia el futuro, en menoscabo del pasado y en favor de la salud mental de todos. Habían pasado muchos años desde que le infligieron aquella herida que nunca se le cerraría, si es que puede llamarse herida a que te partan el alma en dos. ¿Qué sucede con las heridas que no han sanado y estás completamente convencido de que nunca lo harán? Que te acostumbras a vivir con ellas, como si se tratase de seres vivos. Porque el dolor de perder un hijo, ese dolor, es comparable a todo un ser vivo, un mini-ser con sus llantos, con sus peticiones de atención, con su cábala y sus supersticiones, con sus ruegos para que no lo olviden, con sus acercamientos y separaciones, con su propensión a desaparecer de vez en cuando. Un ser vivo que está muerto, pero despierto. No sabía lo que le podía esperar en casa de la madre de Zeberio, pero no era difícil imaginar que iba a encontrarse la casa llena de imágenes del hijo muerto, eternamente joven. ¿Toda la casa llena, aquí y allá, de fotos de su infancia y su primera comunión? ¿Briznas de felicidad fosilizada diseminadas por las estanterías como esquirlas de una metralla agridulce? Aquellas pequeñas briznas de felicidad, ¿podían ser otra cosa que estrellas domésticas de la constelación del dolor? ¿Las fotos del niño perdido, convertidas en estampas de un santo? Camino a casa de la madre de Zeberio, Diego intentaba recordar la gama de colores, más restringida pero también más intensa, la de las fotografías de la década de los setenta y ochenta: anaranjados y rojos vivos de las casas Agfa y Kodak; entonces se revelaban como es debido: antes del estallido del píxel y de las pantallas ubicuas, las fotos pertenecían por derecho propio al mundo del fetiche. No sabía qué le podía esperar en casa de la madre de Zeberio, puede que un altar, la habitación del hijo muerto tal y como él la dejó: un cuarto que retrocede en el tiempo, con el mismo papel pintado en las paredes, estampados de lis ajados por el sol, discos de Víctor Jara, libros sobre el tercer mundo y el marxismo, un póster del Che Guevara y otro de Pertur, uno junto al otro como si fueran a ponerse a cantar coplas; botas de monte y chalecos con muchos bolsillos, quizá —clavado con chinchetas a la pared— algún mapa de cuando al mundo aún no se le habían desmembrado la URSS y Yugoslavia, para no olvidarse de que el mundo es mundo y El Salvador está en El Salvador, y no en nuestra cabeza; quién sabe, la escopeta de caza de Zeberio y, por qué no, una caña de pescar tras la puerta abierta.
Iba pensando en la casa que se iba a encontrar; quizá esperaba una casa parecida a la de su madre, una casa antigua organizada en torno a los fogones, la radio y el calendario de la cocina. Por aquel entonces la radio era la voz de Mariano Ferrer, y el calendario, de Seaska o de Caja Laboral; televisores de culo ancho cubiertos con tapete; los cabeceros de las camas, catedralicios; souvenirs nostálgicos, baratos pero traídos de muy lejos, alguna cerámica de Lladró, las habitaciones con literas que hermanos y hermanas compartían y donde se peleaban, algún bodegón colgado en el pasillo, alfombras más bien feas, enciclopedias de color granate en bibliotecas de madera oscura; puede que una mecedora, superviviente de cuando la abuela vivía en la casa; muebles que nadie usa pero que da pena tirar; una mesilla con su lamparita a cada lado de la cama, como mandan los cánones; quizá alguna lámpara sofisticada, porque en tiempos los padres de Zeberio tuvieron una tienda de electrodomésticos… Quizá las hermanas siguieran con el negocio aún.
¿Qué derecho tenía Diego a remover el asunto de Soto y Zeberio, a pedirles una firma porque había pruebas suficientes para reabrir el caso? ¿Acaso le correspondía a él dar el empujón para que las rotativas de los periódicos volvieran a ponerse en marcha derramando más ríos de tinta? Aguirre Sesma le había dejado bien claro que era la familia quien debía solicitarlo, lo primero era la familia, que se merecía todo el respeto, y que no podían dar ningún paso sin contar con su aprobación.
Dos días antes había concertado una cita con los padres de Xabier Soto en una cafetería. Las palabras de la madre lo dejaron conmocionado: «Durante los primeros años, me gustaba ver a los amigos de Xabier. Hablar con ellos sobre lo lejos que podría haber llegado de no haberse visto truncada su vida, qué problemas podría tener, dónde viviría y en qué trabajaría. Eran sus amigos quienes lo mantenían con vida, y estar con ellos era estar con Xabier. Luego empecé a cansarme. ¿Dónde estaba Xabier? Estaba muerto. Podía elegir a algunos de los que fueron sus amigos, y adjudicar a nuestro hijo sus virtudes y sus defectos. Seguir con la historia cuando ya no había historia. Podía sentir como propios los aciertos y los errores que cometieran. Pero ¿no era algo falso? Tener un hijo y perderlo es algo muy duro: no busques a tu hijo en sus amigos. No creas que sus arrugas y sus hijos y sus canas son las arrugas y los hijos y las canas de tu hijo perdido. Tu hijo muerto, de encontrarse en algún lugar, se encuentra en tu manera de hablar, en tu forma de caminar y en tu modo desesperado de mirar al futuro. Y está también en la fuerza con que haces frente a esa forma desesperada de contemplar el porvenir. Así es como yo lo veo, al menos».
Había que oírla decir eso, con su marido cogiéndole la mano. Un marido cansado, orgulloso de su mujer y de haber sido capaz de hacer frente a la vida. Esa extraña clase de dignidad que rodea el dolor y lo envuelve. Xabier era el único hijo que tenían.
A la madre de Zeberio tampoco iba a encontrársela sola. Su hija mayor estaría esperando con ella; habían hablado durante bastante rato por teléfono, y quizá le hubiera adelantado algo a su madre; la parte más difícil del trabajo estaría hecha para cuando él llegara, le sacarían café con pastas, la hospitalidad ante todo.
No sabía qué podía esperarle en casa de Zeberio: no llegó a ver la casa de los padres de Soto, se quedó sin satisfacer aquella curiosidad un tanto morbosa, y ahora tenía más ganas aún si cabe de conocer el lugar donde Zeberio pasó sus primeros años.
No sabía qué debía esperar, pero desde luego no lo que se encontró. Una casa moderna y funcional, una mujer activa que cuidaba de sus nietos, pasillos salpicados de juguetes y coches de bebé; dibujos naif de los niños por todas partes, mamarrachos desproporcionadamente encantadores; muñecas que daban ganas de tocarlas, de goma y de tela; rinocerontes y elefantes de colores vivos. Y un detalle que le emocionó: una manta escocesa sobre la cama de un dormitorio. Cuando la vio, se le hizo un nudo en la garganta, asaltado por el recuerdo de aquel día en que se perdieron en la montaña: «Esta sí que es buena, Zeberio. ¿Esto qué es, tu nidito de amor? ¿Es aquí adonde traes a tus monjitas? ¿O sea, que te gusta retozar en pleno monte?».
La madre de Zeberio apenas le hizo caso. Su hija Maite, la hermana de Kepa, era quien había heredado la dureza de su mirada, su desconfianza, la voluntad de llevar una agenda y no desviarse de ella.
—Tenemos media hora…
Le sorprendió aquella severidad. La madre no se sentó con ellos: estaba bañando a la mayor de sus nietas, y desde allí llegaban los chapoteos y el perfume del jabón.
Le costó empezar, el cuerpo le pedía dar rodeos, merodear en torno a la aguja del compás, compartir noticias y desgranar sus andanzas de los últimos años. Se le hacía difícil empezar a hablarle sobre su hermano torturado, así de sopetón, mientras ella sostenía en brazos a una niña que se aferraba con gusto al chupete. Intentó hacerlo con suavidad, allí donde solo los clichés pueden socorrernos.
—Conocía bien a tu hermano.
Un brillo se clavó en los ojos de la chica.
—Tuviste más suerte que yo. Tenía trece años cuando desapareció, una criatura todavía.
Una criatura todavía. Hablaba de sí misma, pero podía referirse perfectamente a su hermano desaparecido.
—Era muy buena persona… Muy generoso.
La mujer asintió con un gesto, indiferente. Incluso la niña de su regazo mostraba más interés, dale que dale al chupete. Lazkano siguió hablando:
—Era callado, pero cuando tenía el día… Una vez nos perdimos en la montaña… Hacía mal tiempo, y tu hermano… Tenía allí un refugio, con mantas…
—Queréis reabrir el caso, ¿no es eso? No sé si mi madre estará por la labor… Ya ha pasado dos veces por ese infierno. Pedirle más a estas alturas…
—Hay nuevas evidencias. Gente que entonces no habló está dispuesta a hacerlo ahora. Tendríamos el mejor abogado. Puede sentar un precedente para otros en el futuro. A vosotros no se os pedirá nada.
—En nuestro caso, no pedirnos nada ya es pedirnos mucho. ¿No crees?
Diego se acordó de algo: «Siempre hay otra colina».
—Sin duda, Maite: durante un tiempo la prensa volverá a ponerse pesada, eso no te lo puedo…
—… periodistas de guardia en el portal, el teléfono sonando sin parar… ¿Tendríamos que irnos a vivir a Suiza, y volver cuando todo haya acabado?
La hermana de Zeberio sonrió: un momento de ternura, una leve brizna de humor que valía su peso en oro. Generosa, reservada, desprendida. Igualita a su hermano.
—Si queremos correr ese riesgo, es porque vemos que hay opciones; pero todo depende de vosotros.
Se quedó callada unos instantes.
—¿Has hablado con los padres de Xabi?
Xabi. Esa tendencia a pensar antes en el prójimo que en nosotros mismos. A pensar antes en el dolor del compañero que en el propio.
—Ellos están de acuerdo.
Asintió con la cabeza, pero sin ánimo de afirmar nada, solamente estaba pensando. La madre convertida en abuela entró en la sala de estar con la niña envuelta en una toalla. Manipuló las luces halógenas regulables y derramó un poco de luz sobre la habitación.
—Estáis casi a oscuras.
Maite Zeberio habló con determinación:
—Si ellos están de acuerdo, nosotros también.
Aunque odia ese tipo de celebraciones, Diego Lazkano no ha tenido más remedio que acudir a la fiesta de cumpleaños de Aguirre Sesma. Afortunadamente, nadie lo reconoce, y nadie le pregunta por su próximo libro, ni le recuerda los años que lleva en el dique seco.
Desde el balcón se ven los cubos del Kursaal. Los prismas blanquecinos de Moneo aún no están iluminados. Los techos de la vivienda son altos, y da la sensación de que la casa ha pertenecido siempre a la misma familia. Legada por los abuelos a los padres, y por estos a sus hijos. Lazkano se fija en el lomo de los libros más antiguos. Nada que ver con los que tiene en su cubil de abogado: Ludwig Feuerbach, Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci, E. H. Carr, Leon Trotski, Marta Harnecker… Engels y Marx ocupan el mismo espacio que todos los anteriores.
Aguirre Sesma repara en la mirada de Lazkano.
—Esos libros no podía tenerlos en mi despacho, algunos clientes se espantaban. Ahora pensarían que son escritores de ciencia ficción.
—Abogado de causas perdidas…
—Digamos más bien abogado de causas perdidas a corto plazo.
—De esas que a largo plazo se ganan…
—En el 77, por ejemplo, trabajamos en favor de la reivindicación de una especie de subsidio de desempleo para los presos recién excarcelados, para no condenarlos de nuevo a cometer hurtos; hablo de los presos sociales, no de los políticos… A muchos les pareció un escándalo y no salió adelante, pero pasados siete años sí: en el 84 fue aprobado por el Congreso.
—¿Tuvo usted algo que ver?
—Bueno, nosotros no frecuentábamos las poltronas… Pero sí, en ocasiones les hacíamos el trabajo sucio… Fueron años de mucha actividad: siempre es más bonito crear desde la nada… Tú lo debes saber mejor que yo.
—También fue mediador…
—Nos turnábamos Murillo y yo. No siempre salió bien… Me acuerdo sobre todo del ingeniero…
Diego empieza a palidecer. «No te vamos a hacer nada, descuida». «Dale una pasara con esto». El hombre que sabía alemán. Un agujero de los malos. Lo mejor, fumigar. Un nido bastante grande. Matando hormigas. El ingeniero y él, mano a mano.
—¿Fue usted el mediador?
—Sí. ¿Te acuerdas del caso?
Cortezas de melón. Miel. Dentífrico. Las hormigas no saben dónde termina el suelo y dónde empieza la pared.
—Vagamente…
—Las posturas estaban muy enquistadas en aquella época… Cuando lo que pedían era dinero, como con Jauregizar, era sencillo; sin embargo, cuando se trataba de propaganda… Todos tenemos espinas clavadas, pero ¿con quién vas a hablar de eso?
Lazkano decide desviar un poco el tema:
—Durante un tiempo defendió a gente que había tomado las armas…
—Porque durante un tiempo creímos que había razones para tomarlas.
—Pero usted no lo hizo…
—Hice la mili como ayudante de quirófano. Con la sangre que vi allí ya tuve más que suficiente… Yo era más valioso en otro tipo de lucha.
«Demasiado valioso para estar entre rejas, ¿no es eso?». Lo piensa, pero no lo dice. Lazkano recuerda una expresión acuñada por Soto: lucha bien armada. ¿Qué quería decir con aquello, exactamente? ¿Que era preciso pertrecharse de armas debidamente para atinar en la lucha, o más bien que había que armar bien esa lucha, no necesariamente con armamento sino con ideas? Eran dos cosas muy distintas, e incluso contrapuestas. Muy propio de Soto: incluso después de tantos años, a Lazkano le venían a la mente sus juegos de palabras, sus enrevesadas frases.
El abogado Aguirre Sesma cambia de tema, tal como suele hacer tan pronto presiente el peligro de que alguien rebata la lógica de su discurso.
—Quizá deberíamos sincronizarnos antes de ponernos a la tarea, ¿no crees?
El abogado mira de hito en hito a Lazkano, como si buscara en él su propio espejo de otra época. «El riesgo de despeñarte, y la certeza de que tendrás ocasión de volver a hacerlo». Diego se aparta, evitando el intento del abogado de incrustar su piel en la suya, defendiéndose de forma atávica: «No me incluyas en tu declive; no me agarres para que caigamos juntos. Somos dos. Ni somos el mismo, ni somos iguales».
«Tú eres El Sapo», se le ocurre; el aspecto del abogado Aguirre Sesma recuerda a un batracio.
—¿Sincronizarnos? ¿Qué quiere decir?
Pero se queda sin saberlo: se les acerca una chica que lleva un vestido negro, con el pelo no muy largo recogido en infinidad de trencitas, que saluda moviendo la muñeca como si estuviera aflojando una bombilla.
—Mira, esta es mi hija: Cristina… Ven, Cristina, quiero presentarte a un cliente.
—Felicidades, papá.
Ofrece a su padre un pequeño paquete envuelto con un lazo blanco, y le da un par de besos, y otros tantos al hombre que acaba de conocer. El estimulante perfume de la chica provoca un cosquilleo a Diego. El regalo de su padre no se lo han envuelto en la tienda, lo ha hecho ella misma: lleva la misma lazada que le ciñe por detrás el vestido, una lazada larga y ovalada, un poco caída. Prendido en la pechera del vestido, un broche con forma de caballo, caballo que parece querer saltar de un pecho a otro. Ha sido una aparición: a lo lejos parecía mayor, pero ha ido rejuveneciendo según se acercaba, mostrando a las claras su verdadera edad. Cristina, aún al otro lado del abismo, lejos del declive y la decadencia. Toda ella frescura, toda pasión, piel sin cráteres. Esa imperdonable juventud que no es consciente de su insultante energía, que provoca en el hombre salvaje ganas de abrazarla, y a la que un hombre civilizado nunca abrazaría, al margen de pasiones, al margen de abismos en los que poder despeñarse y caer una y otra vez.
—¿Pagarás a mi padre lo que se merece, o harás como todos, darle mucho trabajo y poco sueldo?
—Cristina, por favor…
—No hay muchos como él, deberías estar orgullosa de tu padre.
—Y lo estoy, no creas que soy una hija tan desagradecida. Pero ha dejado bastante maltrecha la economía familiar. ¿Te ha contado cuántas hipotecas tiene esta casa tan bonita? Vive gracias a una pensión que le paso yo, ¿te lo ha dicho?
Incluso cuando despotrica, todo es resplandor y gozo. Aguirre Sesma sonríe nervioso: en adelante, Lazkano lo llamará en secreto «El Sapo». Un muchacho joven, del otro lado del abismo, se acerca y agarra del brazo a la chica. Luego los dos se deslizan hacia el epicentro del ambiente festivo, dejándose guiar por risas juveniles. Lazkano observa al Sapo. Parece un poco avergonzado, incómodo.
—No hagas caso a mi hija. Le encanta bromear. Las mismas bromas que me hacía su madre. Hace dos años que murió Emilia, y…
—Lo lamento.
—Vamos, estamos aquí de celebración —dice, y da un trago a su copa de champán, sin perder en ningún momento el control, con mucha flema.
—No se lo tome a mal, pero no entiendo muy bien cómo es que me ha invitado a su fiesta de cumpleaños. No es que no se lo agradezca, pero…
—Sesenta no se cumplen todos los años. Y tampoco tengo tantos amigos… Gajes del oficio, ya sabes…
—También podría pensarse lo contrario. Yo veo a mucha gente por aquí. ¿Ha trabajado gratis para todos?
—Trabajar gratis no implica siempre que luego te estén agradecidos.
—No será mi caso.
—Demasiado pronto para afirmarlo. Acabas de decirme que no sabes muy bien qué haces aquí, en casa de este viejo cuervo al que acabas de conocer.
«Eso del viejo cuervo es de tu cosecha. Yo te llamaría Sapo». Lo piensa, pero no lo dice.
—Si te resulta más cómodo, podemos comentar el caso: ese testigo del que me hablaste, ¿has estado con él? ¿Está dispuesto a declarar en el juicio?
—Dice que no… Está demasiado asustado. Dice conocer el lugar, el sitio donde nos retuvieron.
—¿Puedes concertar una cita?
—Cuando quiera. ¿En su despacho?
—Conforme.
—Ahora, si me disculpa… tengo que volver a casa.
—Todos tenemos nuestras obligaciones. Una casa que cuidar.
—Lo sabe mejor que yo —suelta de pronto Diego, mirando a Cristina y alzando su copa de champán vacía.
—Por favor, tutéame… No hagas que me sienta tan mayor.
—Por muchos años.
—Tampoco demasiados, si hay opción de elegir.
—¿Ni aunque sea con buena salud?
—Cuando estás condenado a mirar la carne de forma contemplativa…
—Demasiado hablas tú de la carne para haberla olvidado.
—Hablar es tan buen método como callar para olvidar algo. Apúntalo para alguna de esas novelas tuyas.
Sin replicar, Diego se dirige hacia la puerta de salida. La hija del Sapo parece estar disfrutando con su chico: de vez en cuando se lleva la mano a la boca para que la carcajada no merme la elegancia de su rostro, despreocupada, con el champán siempre a mano. El caballo sigue sobre el mismo pecho, en el aire, incapaz de saltar al otro lado.
Diego siente una palpitación al alumbrar el abismo de la escalera. Se siente expulsado del paraíso. La bombilla del descansillo es insuficiente para iluminar aquel edificio de techos tan altos.
La confesión de Vargas da al caso un importante impulso. Ni que decir tiene, la aparición de los huesos. De la noche a la mañana, aquellos chicos dejan de estar desaparecidos. Ahora nadie sabe cómo llamarlos.
Soto y Zeberio vuelven a gritar. Quizá no han dejado de hacerlo durante todos estos años. Pero ahora su grito es audible.
Diego Lazkano y Aguirre Sesma acompañan a la hermana de Zeberio y al padre de Soto hasta el depósito de cadáveres de Cartagena. El médico forense les advierte nada más entrar:
—No son más que huesos, no van a poder reconocerlos. Habrá que hacer pruebas de ADN.
Se empeñan en verlos. Les dicen que no es posible.
—No hay nada imposible. ¿Puedo hablar con su superior?
El abogado habla con el superior del forense, y luego con el superior del superior. Y, más tarde, con el juez de guardia.
—No nos iremos de aquí sin haber visto los cadáveres.
Cadáveres, huesos… No es fácil dar con la palabra apropiada. El mismo Aguirre Sesma usa distintos términos, dependiendo de su interlocutor.
El abogado logra, por fin, el permiso.
—Entren de dos en dos, no hay sitio para todos.
Entran los tres: la hermana de Zeberio, el padre de Soto y Aguirre Sesma.
Tragan saliva y miran los restos. Un hombre de bata blanca permanece con ellos todo el tiempo. ¿Qué temen? ¿Una profanación? ¿Que se lleven los huesos?
Están cada uno en una camilla. La hermana de Zeberio se queda mirando al que yace en una de ellas, en silencio. El padre de Soto se coloca frente a la otra, también de pie, tapándose la cara con las manos, también en silencio. Cada cual elige su muerto. Aguirre Sesma no se atreve a preguntarles si los han reconocido, o si han escogido cada uno al suyo espontáneamente. Hay cosas que no pueden preguntarse. Luego, la hermana de Zeberio abraza al padre de Soto. Ambos se quedan mirando a los mismos huesos.
El hombre de la bata empieza a dar explicaciones:
—Los enterraron en cal viva. Los encontró un cazador, pero como nadie reclamó los restos… Han estado guardados como desconocidos, en el depósito.
—¿Durante tantos años?
El forense, sin mudar el rostro, se encoge de hombros.
—¿Cómo es posible que, al año de desaparecer Soto y Zeberio, aparezcan dos cadáveres y nadie relacione los dos sucesos? —pregunta Aguirre Sesma.
—En aquel tiempo no existían los sistemas informáticos de hoy en día —se justifica el médico forense—. No era como ahora.
No era como ahora.
La piel de toro. Comunicación capilar. Distinto ancho de vía. Hombres obedientes, alimentados por las raíces de una dictadura.
Se toman muestras de ADN. Dejan Cartagena y se dirigen a su casa. «Valle de la Escombrera 10 km», «La Aparecida 4 km». Se van a casa, a no descansar. Conduce el padre de Soto. A su lado, la hermana de Zeberio. Detrás, Diego Lazkano y Aguirre Sesma. Todos guardan silencio durante el tramo de autopista. El ambientador que cuelga del espejo exhala un aroma penetrante; el pequeño pino lleva escrito, en letras blancas, «Arbre Magique».
A las dos semanas llegan los resultados de las pruebas. Positivo. Eran ellos. Como si no lo supieran.
Prensa y televisión comienzan a despertar del letargo. De la noche a la mañana, todos parecen preocupados por el caso. Ruido y escándalo. Los restos presentan signos evidentes de tortura. El día del juicio se adelantará, según todos los indicios.
Aguirre Sesma no se lo toma bien: «No lo hacen por nosotros, sino por ellos», le explica a Diego. «No quieren dejarnos tiempo para preparar el caso». Lo que no quieren bajo ningún concepto es que se vea salpicado el, a la sazón, delegado del Gobierno Javier Fontecha, viejo conocido de Aguirre Sesma.
Vargas señalaba directamente al teniente coronel Rodrigo Mesa.
«Tienen un aspecto lamentable, no podemos dejarlos así: que desaparezcan».
A nadie se le escapa que Rodrigo Mesa mantuvo una estrecha relación con Javier Fontecha en aquella época. Imputan a varios hombres bajo el mando del teniente coronel, aparecen indicios que proporcionan nuevas pruebas que conducen hacia Portugal, traficantes de armas italianos. La cuestión se complica por momentos, y el tiempo no juega a su favor.
Lazkano se encuentra abierta la puerta del despacho del Sapo: hay luz al final del pasillo atestado de libros, y se oye una letanía de voces al final del túnel; el Sapo, sin duda. Diego se asusta, creyendo que el abogado ha empezado a hablar solo. Códigos de jurisprudencia Aranzadi abiertos aquí y allá, pliegos, un olor a cerrado cada vez más fuerte y, junto a todo aquello, algo nuevo: un aroma que perfuma el sudor y a Diego le resulta conocido. Para su sorpresa, quien está con el Sapo es Cristina, inclinada entre un ordenador portátil, códigos manoseados, cuadernos y recortes de papel, con sus pechos generosos balanceándose de forma controlada bajo el escotado jersey rojo, a la vista de Diego desde su privilegiada atalaya.
—Lazkano, no te esperaba hoy… Siéntate, siéntate aquí. Estábamos a punto de terminar…
—No quisiera molestar…
—Ya casi hemos terminado: ¿cenarás con nosotros? Solo nos faltan algunos detalles.
—No sabía que Cristina también…
—Mi intención era contratar un ayudante, pero como ella empezó a estudiar derecho… Bien es cierto que le bastó un año para abandonar a su padre y su vocación.
—Por favor, papá…
—Le he dado el papel de abogada de la defensa: estamos ensayando el juicio paso a paso.
—Así que ayudante…
—¿Quién mejor para hacerle meter horas extras? Si tiene que explotar a alguien, mejor que sea de la familia.
Como sucede a algunas muchachas, las ojeras dan a Cristina la dosis justa de tormento que la aleja de un aspecto excesivamente juvenil. Sonríe a Lazkano, con intención, con sus ojos de color de ron. Se inclina aún más, situándose más lejos de la vista de su padre, y dejando sus pechos y el broche de su jersey aún más a la vista de Lazkano. Ese caballo sin jinete. En ese preciso momento le asalta un deseo salvaje de desgarrarle la falda y abalanzarse sobre ella. Algo que un hombre civilizado nunca haría, más allá de los deseos, más allá de los abismos en los que poder despeñarse.
—La confesión de Rodrigo Mesa, hecha durante la instrucción, está sin firmar. En lo que concierne a él, la falta de firma es nuestra mayor debilidad.
—No hay problema: el secretario judicial dio fe pública de lo declarado por Vargas. La confesión es coherente, y coincide con el resto de testigos, así como con lo dicho por Rodrigo Mesa en su primera declaración.
Acostumbra a pasar: alguien confiesa y luego se echa atrás. No era de extrañar tratándose de gente como Rodrigo Mesa y Vargas.
—Esta vez no podrá retractarse tan fácilmente. ¿Siguiente cuestión, señora abogada de la defensa?
—Solicitarán que se desestimen las grabaciones. «Invalidez de las grabaciones secretas», según sentencia del 3 de marzo de 1996, del Tribunal Supremo.
—Léemelo, por favor.
—«Este tribunal decide invalidar la grabación de un grupo de cuatro personas realizada por una de ellas sin la aquiescencia del resto».
—Sí, recuerdo esa sentencia. Ahí no veo tanto problema: el tribunal rechazó la grabación no tanto por ser un ataque a la intimidad o al secreto de las comunicaciones, ya que no hay tal cosa, sino porque…
—«…una conversación obtenida por dichos medios es inaceptable en el seno de un proceso criminal en curso, ya que carece de valor como confesión de ninguno de los participantes, porque es provocada y no espontánea, y por tanto carece de la garantía que establecen los principios constitucionales».
—¡Bingo! Pero en nuestro caso no se trata de una confesión provocada, sino una grabación en la que el mismo procesado explica por qué ha cambiado de parecer y, por tanto, el juez tendrá que tenerla en cuenta, lo quiera o no. Es parte del proceso o, mejor dicho, de un intento de degradarlo. Así pues, es completamente pertinente en el juicio, en la medida en que es un test de calidad del propio proceso.
—Te veo muy seguro.
—Tampoco tan seguro… Habrá que buscar sentencias que apoyen esa tesis. Las hay, pero mi memoria ya no es lo que era, Cris. Míralo, a ver si puede ser para mañana.
Aunque no entiende ni la mitad, Diego lo presencia como si fuera un partido de tenis. Puro deleite. Durante un momento, aquel disputado tie-break logra incluso apartar de su mente el caballo dubitativo del escote de Cristina.
—También hay que tener en cuenta la calidad de la grabación, que es muy mala. No es algo que vaya a jugar en nuestro favor precisamente…
El Sapo se hincha por momentos:
—Precisamente vuelve a equivocarse, señora letrada de la defensa: argüirán que la cinta es falsa; pero si fuera falsa los falsificadores se habrían tomado la molestia de hacer una falsificación de buena calidad, ¿no crees? ¿Para qué falsificar algo, si luego el meollo de la conversación se va entender a duras penas, señores y señoras del jurado? Además, está repleta de comentarios casuales que no tienen nada que ver con el caso de la conversación grabada. Hipotéticamente es posible falsificar una grabación así, pero se necesitaría un buen grupo de guionistas y actores aún mejores para hacerlo… Y de Vargas, si algo sabemos —y, si no, mira en la hemeroteca los perfiles que le han hecho—, es que se trata de alguien sin imaginación. Al psicólogo que vendrá el primer día a medir sus facultades mentales, le obligaremos a plantear alguna pregunta que deje claro ese punto. Toma nota: pregunta trampa para desvelar la escasa imaginación de Vargas. ¿Lo has apuntado? Vaya, me crujen las tripas. ¿Podemos ir a cenar ahora?
—Nos falta retomar la declaración de Rodrigo Mesa.
Cristina jugaba a cinco sets. Deuce. Todos sus saques entraban.
—Cuando declaró en el período de instrucción, apenas recordaba qué había hecho la noche entre el 15 y el 16 de octubre. En el juicio anterior, sin embargo, cinco años más tarde, contó sin olvidar el más mínimo detalle sus andanzas de aquella noche… Los nombres de las cafeterías, las coartadas familiares… ¿No es un poco sospechosa esa repentina resurrección de la memoria?
—No creas, hijita: ¿cuál es mi lema?
—¿Sumerjámonos en la subjetividad?
—No basta con decirlo: pongámoslo en práctica. Buceemos en ella. ¿Por qué calló la primera vez? Para proteger a alguien, porque ocultaba algo. Si la primera vez se hizo el amnésico, en la segunda mintió descaradamente. Basándonos en ese cambio, invalidaremos ambas declaraciones y pediremos una tercera, a ver por dónde sale esta vez. Además, que aquella noche se reunió con los dos acusados es algo que mantiene al menos uno de ellos…
—Pérez Gomera. Hernández, el otro policía que estaba de guardia, dice que no recuerda nada de aquella noche.
—¿Hernández es el homosexual, ese al que le hacían la vida imposible?
—El mismo.
—Los medios lo han castigado demasiado. Tenemos que jugar la baza de Vargas… Hay que poner todo el peso en él: su testimonio es el más detallado y, por tanto, el más potente. Vargas debe ser nuestro principal apoyo.
—Pero es una persona inestable. Ha estado dos veces en el psiquiátrico. La primera vez, cinco semanas, y la segunda, dos meses. El abogado de la defensa jugará la carta de su salud mental, y pondrá en duda sus declaraciones.
—¿Vargas ha estado en el psiquiátrico? —interviene Lazkano.
—La segunda vez en un hospital militar, además. A saber qué le metieron allí.
—Ahora sigue enfermo. Y no solo mentalmente. Ya tiene sus años. Dicen que tiene cáncer de pulmón.
—Estaba en el hospital militar cuando se retractó: declaró que no habían tenido a Soto y Zeberio en El Cerro…
—Pero anteriormente había dicho lo contrario… Además, lo de El Cerro puede confirmarlo el mismo Lazkano, ¿no?
Diego Lazkano traga saliva. Se acuerda de Fabián y Fabián. Del columpio Boger. De aquella ventana. De cómo cayó patéticamente entre los helechos. Las carcajadas de los policías. «Qué más dará, lo dejamos con be». Asiente con la cabeza, y sostiene la mirada de Cristina un poco más de lo que la prudencia manda.
Pero Aguirre Sesma no se ha percatado de esa mirada colmada de insinuación y deseo.
—Sí, vamos, déjame ver: justificó sus declaraciones ante el juez de instrucción «por el sentimiento que me creó mi situación de soledad y abandono al ser encarcelado, y a la manipulación que el juez mismo practicó…». Pero seguís sin hacerme caso, sumerjámonos en la subjetividad: ¿por qué se sentía solo y abandonado? Porque él había cumplido su parte y su superior Rodrigo Mesa no lo había hecho, ¡he ahí por qué Vargas se sentía solo y abandonado! Porque lo habían traicionado. Si no hubiera tenido nada que ocultar, no habría hecho nada, o lo que hizo lo habría hecho por su cuenta, no se habría sentido «abandonado» de ninguna de las maneras… ¿No te parece?
—Me parece que te quedas corto. Ahora habrá que ver qué le parece al juez.
—¿Tú cómo lo ves, Lazkano?
—Tenía en mente a Rodrigo Mesa… Según dice, nunca había estado en El Cerro, pero aquí se lee que la primera vez que lo llevaron al palacio de El Cerro se movió por allí como pez en el agua: sin que nadie se lo indicara, encontró fácilmente las habitaciones que se citaban en el sumario, el montacargas, la cocina de gas… Lo encontró todo en un abrir y cerrar de ojos.
—Tienes razón, Lazkano: sus impulsos, esa necesidad de mostrar autocontrol, tan militar, por otra parte, lo traicionaron… Bonita paradoja, ¿no te parece? Hasta un niño se habría dado cuenta de que no era la primera vez que visitaba El Cerro.
—Según dijo, era porque está especializado en estructuras de edificios. Que lo encontró todo por pura lógica, vamos.
—Ni siquiera intentó disimular. Señal de que estaba implicado…
—Se está haciendo tarde. La llamada a la Cadena Ser de Cartagena, ¿la dejamos para mañana?
Ahora era el Sapo quien no se rendía:
—Terminemos con esto: refréscame la memoria, ¿de qué se trata?
—Fue el 20 de enero de 1984.
—Cuatro meses más tarde, entonces.
—Sí.
—No parece muy factible que tuvieran a Soto y Zeberio secuestrados cuatro meses en El Cerro.
—No, no es lógico. Demasiado peligroso, demasiado tiempo. Además, esto no es Argentina, esos palurdos no estaban preparados para torturar a nadie durante un mes… No tenían la estructura necesaria.
Esto no es Argentina. Esto no es Chile. De nuevo las voces de Soto y Zeberio: loco, hermano.
—Perdona, Lazkano… No pretendía menospreciar tu período de detención…
Cristina aparta la mirada del montón de informes: ahora es ella la sorprendida. ¿Está ganando puntos Lazkano?
—Pero, por otra parte, no es lógico que, después de tomarse tantas molestias para esconder los cadáveres, cuando no habían pasado más que cuatro meses, reivindicaran los asesinatos y revelaran el lugar exacto donde estaban enterrados, ¿no os parece?
—Está, además, la llamada al diario Egin del 25 de octubre.
—Llamada del Batallón Vasco Español, asegurando que los cuerpos estaban camino de Oursbelille, cerca de Tarbes. Pero no era cierto.
—Era una cortina de humo.
—Un chorro de humo muy controlado, de todos modos: demasiado controlado. Quien hizo esa reivindicación conocía el lugar donde estaban enterrados los cadáveres. Míralo en el mapa: Tarbes está al noreste de Anglet, y los cuerpos aparecieron al suroeste, ni al norte ni al este, sino justo lo contrario en ambas direcciones.
—¿Qué quieres decir, que fue un despiste demasiado calculado?
—Sí, y también otra cosa: que los que se sentarán en el banquillo de los acusados no son todos los implicados.
—El ex delegado del Gobierno Fontecha, por ejemplo.
—Y de ahí hacia arriba.
—Eso lo sabíamos desde el principio.
—Fontecha está imputado.
—Pero no en los asesinatos.
—On vera… ¿Podrás vivir con eso, Diego?
¿Qué quería que le dijera? Cristina se percata del nerviosismo de Lazkano, y retoma el hilo.
—Todavía no comprendo el motivo de la reivindicación… Desvelar el secreto, ¿fue una cuestión de soberbia colectiva? ¿O alguien lo decidió por iniciativa propia, sin decir nada a sus mandos?
—¿Crees que la llamada de Cartagena de enero del 84 la hizo alguien por su cuenta? ¿En un arranque? ¿Sin decir nada a los demás?
—Pienso en Hernández…
—¿Porque es homosexual? Tienes demasiados prejuicios, papá.
—Quizá se trató de una venganza personal, una denuncia interesada de alguien que deseaba pescar en río revuelto, provocar la detención de algún mandamás y ascender en el escalafón.
—¿Tú crees?
—Nunca lo sabremos: pero no todos los perros son falderos y obedientes.
—Puede que tengas razón: es posible que alguno de los guardias civiles de Cartagena que colaboraron se adjudicara por su cuenta los secuestros y los asesinatos, para dar a entender que los GAL no habían desaparecido, sino que endurecían sus acciones. En cualquier caso, el objetivo de esa llamada es una clara señal de descoordinación.
Entre las zarzas, hay tierra batida de color rojizo y el rastro de una raya que fue blanca y se cruza con otra raya, formando un ángulo de noventa grados. La red central y los dos postes metálicos que la sujetaban han desaparecido, pero no es difícil adivinar que hubo allí una pista de tenis hace tiempo. No es tan fácil discernir, en cambio, por dónde se entraba y salía de la pista, ya que los pasillos están invadidos por la maleza en todos los puntos cardinales.
—Sí, este es el lugar.
El Sapo, paternal, le pone un brazo en el hombro.
—¿Quieres seguir adelante?
Lazkano asiente, pero aquel flashback a su pasado le ha afectado más de lo que esperaba.
Conoce el lugar. El Cerro. No lo dejaron libre sin antes hacerle oír los gritos de Soto y Zeberio:
«¿Reconoces los gritos de tus amigos?».
A él lo dejaron libre tras humillarlo con el falso suicidio, después de su confesión. Y estar libre empezó a hacérsele insoportable.
—Ni siquiera el olor ha cambiado…
Después de aquello puso tierra de por medio. Sus padres le prestaron dinero para que se fuera, primero a París y luego a Lille. Antes de eso visitó la calle Moulinaou. Se despidió de sus amigos de Anglet, y les confirmó sus sospechas respecto a la desaparición de Soto y Zeberio. El hecho de que no tomara parte en las movilizaciones, manifestaciones y acciones de presión levantó suspicacias en la organización, pero Lazkano había visto lo suficiente como para seguir su camino fuera de cualquier entramado. «No contéis conmigo». Le llamaron cobarde y traidor. Lo de chibato ya lo llevaba a la espalda.
Aún amaba a Ana, pero después de haber desaparecido de la manera en que lo hizo, ni siquiera se atrevió a llamarla. Se acordaba de ella todos los días. Y cada día la recordaba de una forma distinta, creyendo tal vez que recordarla de manera diferente cada vez puede ser un vínculo redentor.
Pasó tres años en Lille. Por la mañana acudía a la universidad, y por las tardes trabajaba de camarero. Empezó a salir medio en serio con una chica, pero la dejó cuando ella le habló de sus intenciones de volver a Irlanda (era de Donegal). No quería saber nada de territorios que tuvieran que ver con conflictos armados. Luego vinieron las clases de ruso: aquella chica de Kursk, Lena. Un posible amor. El abandono de Lena. Se llevó con ella una parte de su pasado, y le dejó a cambio la capacidad de desenvolverse en ruso decentemente. Diego salió ganando. De vez en cuando trabajaba para empresas con negocios importexport de Moscú y Kiev afincadas en territorio galo.
La lista de cosas que le provocaban un nudo en la garganta que no conseguía deshacer no se acrecentó demasiado durante aquellos años: Faulkner, The Doors, Víctor Jara. Algunas promesas: no matar ninguna hormiga, no sacarse nunca el permiso de conducir. Una identidad: remiendos de gente que un día conoció. Una vocación oculta: la de escritor, que mantendría viva la llama del recuerdo de Soto.
«Moriste por mí, vivirás a través de mí».
—Así pues, aquí es donde te retuvieron —suspira el Sapo—. Y a Soto y a Zeberio, también. Vas a tener que declarar.
—Lo haré.
—No será ninguna broma. Van a jugar duro. Sin piedad. Sacarán a la luz todos tus trapos sucios. Te investigarán de cabo a rabo. A ti, y a tu entorno.
—No tengo nada que esconder.
—Te llamarán oportunista, demente, terrorista, quién sabe qué más. Te preguntarán por qué no lo denunciaste en su día… ¿Cómo crees que deberíamos explicarlo?
—Han encontrado a Soto y Zeberio enterrados en cal viva… Digamos que yo no quería terminar así. ¿No te parece un argumento lo bastante sólido?
Lazkano no puede quitárselo de la cabeza: en primer lugar, Soto y Zeberio formaron un grupo porque él no sabía conducir. Segundo: aunque fuera bajo tortura —eso no consuela mucho a Diego—, fue él quien los delató. Tenía que haber estado él en el lugar de Soto. ¿Provenía de ahí su obsesión por ocuparse de Soto, más que de Zeberio, o era quizá que se sentía más cercano a su forma de ser?
El juez ha oído a las partes. Han entregado toda la documentación. Han saludado a los procuradores. Lazkano y el Sapo se quedan solos: demasiadas emociones en poco tiempo.
—¿Te has dado cuenta de cómo olía el juez?
—¿Cómo olía?
—Sí, ¿a qué dirías que olía?
—¿Es otra prueba del tipo sumerjámonos en la subjetividad?
—Dime: ¿qué olor has notado en él? Hace mucho que percibí que este juez tiene un olor singular.
—No lo sé, ¿perfumado…?
—¡Perfumado! ¡Hombre, eso es como decir que un color es colorido! Yo te lo diré: silvae odorem leges sapiunt… Huele a bosque…
—¿A bosque?
—¡Sí! A roble joven, a hinojo, a hojarasca, a hierba alta y a musgo. No huele a flores, sino a bosque.
—No me he dado cuenta.
—¿Sabes lo que eso significa? Que aunque el objeto de la regulación es evitar la ley de la selva, la propia ley es una selva: legis silva… La Selva de la Ley… Vamos a entrar en un arbolado espeso, en un zarzal cerrado. Esto no es un hortus conclusus…
—Me dan grima esos latinajos vuestros, Luis —últimamente lo llama por su nombre; el Sapo y Diego han trabado una estrecha relación.
—¿Acaso no has leído al viejo Horacio? ¿Y te haces llamar escritor? Hortus conclusus… Jardín cerrado… Aranearum telis fas est leges comparare… La ley es semejante a una tela de araña: solo atrapa los insectos pequeños.
Una vez más, Lazkano no sabe si habla en serio o le está tomando el pelo.
El juez olía a bosque y, hacía más de veinte años, a ellos se les habían incrustado en la mente las selvas de El Salvador. ¿Había alguna relación entre ambas cosas? ¿Significaba algo?
De nuevo en el despacho. El último ensayo antes del gran día.
—Lo de las torturas no lo admitirán así como así…
—¿Cómo que no?
—Cris tiene razón. No olvides quiénes son los jueces: sería demasiado para ellos. Los tiros en la nuca, eso sí que no podrán pasarlo por alto. Lo de las torturas, en cambio…
—Pero… ¡si los cuerpos aparecieron llenos de vendajes!
—Conozco a más de un abogado defensor, Lazkano, lo bastante cínico como para utilizar esas vendas para remarcar el carácter humanitario de la policía. No sabes bien a quién nos enfrentamos. Llamarán a un montón de testigos, traerán especialistas del extranjero…
—Y la cinta aislante que les tapaba la boca, ¿también se debe a motivos humanitarios?
—Podemos basarnos en eso, pero no es suficiente para probar las torturas ante esta gente. Quizá podríamos defender el sufrimiento psicológico que supone estar recluido durante varios días, aún no sabemos cuántos, ignorando su paradero…
—Pero dirán que eso está incluido en la detención ilegal y el secuestro. Ne bis in idem.
—Perdona el latinajo, Diego… pero Cris tiene razón.
—¿Y las uñas arrancadas?
—Habrá que esperar a un informe más detallado, no sería la primera vez que dicen que las uñas se han desprendido por sí solas de los dedos. El efecto de la cal, la tierra… Vista la forma en que los enterraron, se aferrarán a eso.
—¿Por sí solas? ¡Por favor!
—Templa esos nervios, Lazkano. Pediremos pena también por torturas, pero debemos concentrar nuestras fuerzas en los asesinatos, con la alevosía no podemos descuidarnos: destacaremos sobre todo el hecho de que Zeberio recibiera dos tiros. Pediremos la pena más alta del código penal para el asesinato. Pero la pena por banda armada no creo que la consigamos.
—¿Tampoco eso? ¡Así que los GAL no existieron! —salta Lazkano.
—Se moverán en zigzag para debilitar nuestros argumentos. Me jugaría el cuello a que al final se inventan algún cuento del estilo in dubio pro reo. En cualquier caso, el plazo más largo que podrían pasar en prisión es de treinta años, y algunos de ellos los cumplirían en cárceles militares. Luego habrá que ver, según en qué sala nos toque, si el cuervo togado les concede el tercer grado… En los juzgados hay aún mucho dinosaurio preconstitucional, Diego… No quiero crearte falsas ilusiones: si tienes algún empeño especial por ver cómo esta gente se pudre en la cárcel, más te vale ir olvidándolo cuanto antes.
—¿Crees que los indultarán?
—Quizá no inmediatamente. A estas alturas ya han aprendido lo que es el tempo, tampoco son tontos. Saben bien que no pueden utilizar el adagio prestissimo. Pero un lento ad libitum, cuando las cosas se calmen un poco y la prensa empiece a mirar hacia otro lado… Sí, por desgracia es algo que también puede ocurrir… Pero ni siquiera les hace falta; les basta con falsificar un informe médico: ¡no sabes qué tendencia tienen esos rudos militares a sufrir del corazón después de haberse excedido en sus funciones! A esa gente se le deben muchos favores, Diego, bien que les pagarán su silencio en cuanto el peso de los focos les sea retirado. Se han educado en la disciplina militar, tienen un férreo código de honor. Difícilmente van a decir más de lo que han dicho.
—¿Y los políticos?
—Los políticos son más escurridizos. Si conseguimos cosquillear la garganta a algún alto cargo superior a Fontecha, nos podemos dar con un canto en los dientes.
—Creía que tenías más ambición.
—La ambición es una enfermedad de juventud, la mía se ha encogido a medida que se me hinchaba la próstata. También te pasará. Y entonces te acordarás del difunto Aguirre Sesma, cuando los jóvenes novillos empiecen a reprocharte tu falta de ambición. La vida es un breve suspiro… Una sarta de suspiros que acaba en el último aliento. Nada más.
—Ya me he dado cuenta, Luis. Tampoco soy tan joven.
Hora de comer algo. Adela Retoucherie. Arreglos. Luego, la calle. La luz y el aire.
Los jueces, el abogado de la defensa, la acusación, los procuradores, los secretarios judiciales, los testigos, los traductores. Todos ellos se reúnen, antes de que comience la vista, en una misma cafetería próxima a la Audiencia Nacional. Conscientes del riesgo de pasar la noche siguiente en prisión, algunos acusados llegan a la cafetería a primera hora de la mañana: se los reconoce por su falta de costumbre de vestir ropa elegante. Además de quienes trabajan en los juzgados, acude bastante gente ajena al mundo procesal. Algunos madrileños de a pie quizá se sientan afortunados en esa cafetería, seguros de que nadie va a juzgarlos: «Yo no soy uno de ellos, soy libre». Desayunan con el sentimiento de no deber nada a nadie, a sabiendas de que todos cuantos tienen a su alrededor esperan para ser juzgados o juegan un papel importante a la hora de declarar culpable a alguien, y ellos no. Identifican el no tener que acudir a un juicio con la felicidad, con el alivio, con cierta ausencia de cargas y de deberes. Cada uno se engaña como puede.
Aguirre Sesma siempre había comparado el ambiente de aquella cafetería que tan bien conocía con una especie de utópico fair play. Allí no todos eran iguales, pero lo parecían. Cada uno se pagaba su café. Aún no había empezado el juego.
Huelga decir que Javier Fontecha y Rodrigo Mesa no están allí. Quieren evitar a los medios a toda costa. Quizá hayan entrado por la puerta trasera, al igual que la ambulancia que traerá a Vargas, por mucho que aquella puerta esté también llena de periodistas. Aguirre Sesma encuentra el ambiente muy cambiado; hace tiempo que no venía, y ya no conoce a la mayoría de los encorbatados, aunque los nuevos jueces son delatados por sus escoltas. Sí que reconoce a un letrado, algo más joven que él, que en la década de los ochenta solía encontrarse siempre en los mismos lugares que frecuentaba Fontecha. Pero el abogado no lo reconoce a él, o bien se hace el despistado. Aguirre Sesma tiene a su lado a su hija; la documentación la lleva en una carpeta gruesa, y el guión para ese día en una cartera de cuero.
—Lazkano ya tendría que estar aquí.
Cristina deja su ordenador portátil sobre una mesa, y saca su móvil del bolsillo para volver a intentarlo.
—No lo coge.
—Qué raro —decide Aguirre Sesma—. Hoy le toca declarar como testigo. Que lo retuvieron en El Cerro. Que oyó los gritos de sus compañeros. Solo él puede contarlo. Esto es muy extraño.
Han dado las once, y ya no pueden esperar mucho más. Cristina y su padre son presa de una gran inquietud. Poco tiempo después, cuando sepan de la deserción de Diego Lazkano, la inquietud será superada por una profunda decepción.
—¿Por qué no ha venido? Fue él quien puso en marcha todo esto.
—Se habrá asustado. Sus razones tendrá —afirma Cristina, sin mucha fe en lo que dice.
—No podemos esperar más —resuelve por fin el abogado, con la fisura de su fuelle asmático más silbante que nunca.
Pagan los cafés y se dirigen hacia la puerta de la audiencia. Cristina coge a su padre del dedo índice, y ambos se internan en el bosque, solos los dos, sin la compañía de nadie.