Woodstock

Walter Scott · Capítulo 10 de 39

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Woodstock

Capítulo IX

Doctor.— ¡Partid, partid; mas tened presente que no debéis saber nada! — (Macbeth).

 

W ildrake se quedó en el gabinete solo y lleno de sorpresa. Según la opinión pública, Cromwell, político hábil, profundo hombre de Estado, general intrépido y de sangre fría, ser

extraordinario que había vencido dificultades enormes y que se

encontraba tan alto, que parecía dominar todo el país que había conquistado, demostraba, como otros muchos hombres de ingenio, tendencia natural a la melancolía, circunstancia que revelaban su conducta y sus discursos, y cuyos primeros síntomas se manifestaran repentinamente cuando, abandonando por completo las costumbres disolutas de su juventud, se entregó a prácticas religiosas muy severas. Sin duda suponía que este género de vida le aproximaba a Dios.

Decíase, además, que, en aquella época, aquel hombre extraordinario era víctima, con frecuencia, de ilusiones mentales, o, como él las consideraba, de inspiraciones proféticas de una grandeza futura y de acontecimientos extraordinarios y misteriosos que debían hacerle tan famoso en la posteridad como lo había sido en su juventud por el exceso de sus locuras y desórdenes. Era la única explicación que tenían aquellos raptos accidentales.

A la sorpresa que a Wildrake le había ocasionado lo ocurrido, agregábanse algunas inquietudes respecto a su propia seguridad. Aunque no fuera muy reflexivo, tenía bastante buen sentido para conocer que era peligroso el ser testigo de la debilidad de los grandes. Wildrake permaneció solo, tan largo rato, que empezó a temer que al general se le ocurriera hacerla desaparecer, en una u otra forma, por haberle visto agitada por los escrúpulos o los gritos de la conciencia, descender del alto grado de majestuosa dignidad en que se creía estar colocado. En este punto Wildrake no conocía bien a Cromwell. El carácter del general republicano no era susceptible ni de sospechas excesivas ni de actos de crueldad.

Al cabo de una hora, poco más o menos, apareció Pearson y, diciendo a Wildrake que le siguiera, condújole a una habitación situada en otro extremo del palacio, en la que se encontraba el general arrellanado en un sofá. Su hija estaba con él, pero a cierta distancia, y ocupada en las labores propias de su sexo.

—Amigo —dijo Cromwell a Wildrake—, vuestros antiguos camaradas me miran como su enemigo, y se conducen como si desearan que lo fuese. Os aseguro que trabajan contra sus intereses, pues los considero, y los he considerado siempre como unos locos honrados que se ponen en la garganta un lazo corredizo, y dan con la cabeza contra un muro, defendiendo la corona de Carlos Estuardo. ¡Insensatos! La palabra rey es como una luz que alumbra del mismo modo todas las combinaciones posibles de letras, y es inútil, por consiguiente, derramar tanta sangre por un nombre. En cuanto a vos, nada tenéis que temer de mí. Esta orden está en debida forma para hacer evacuar el palacio de Woodstock, y confiar la custodia a vuestro amo, o a quien él quiera confiársela. Puede colocar allí a su tío y a su hermosa prima… Adiós, pensad bien en lo que he dicho. Aseguran que la hermosura es una piedra imán para el joven que sabéis; pero creo que actualmente los bellos ojos y los cabellos rubios no son los astros que dirigen su carrera; de todos modos, conocéis mis intenciones. Tened los ojos abiertos, bien abiertos: observad con atención todos los senderos y todos los caminos de travesía, todos los setos a cuya sombra se deslizan los vagabundos, pues vivimos en unos tiempos, en que los andrajos de un mendigo pueden encubrir la persona de un príncipe. Tomad estas monedas de oro portuguesas, seguramente vuestros bolsillos no han guardado jamás otras iguales. Una vez más os recomiendo lo que habéis oído y —añadió bajando la voz, pero severamente— y olvidad lo que habéis visto. Mis recuerdos a vuestro amo, y… lo repito de nuevo: ¡Acordaos y olvidad!

Wildrake le hizo un profundo saludo, volvió a su posada, y abandonó Windsor apresuradamente.

El mismo día a las dos de la tarde se reunió con su amigo Cabeza-Redonda, a quien encontró en la posada de Woodstock donde, antes de partir, se habían dado cita.

—¿En dónde habéis estado? —exclamó Marcos Everard al verlo—. ¿A quién habéis hablado? ¿Qué significa ese aire extraordinario de incertidumbre? ¿Por qué no me respondéis?

—Porque me hacéis demasiadas preguntas a la vez —contestó Wildrake, desembarazándose de su espada y de su capa—. Nadie tiene más que una lengua, y la mía está pegada al paladar.

—¿Y necesitáis beber para despegarla? Seguramente, os habréis aplicado ese remedio en todas las posadas por que habéis pasado. Pedid cuanto queráis, pero sed breve.

—Coronel Everard: no he bebido hoy ni un vaso de agua.

—¿Y es eso lo que os pone de mal humor? Bebed un vaso de aguardiente; pero no seáis ahora tan extravagante que hagáis durar por más tiempo un acceso de taciturnidad, que os pone desconocido.

—Coronel Everard —respondió Wildrake con gravedad—, estoy completamente cambiado.

—Creo que cambiáis todos los días del año, y a todas las horas del día; pero decidme si habéis visto al general, y si os ha dado la orden para echar fuera de Woodstock a los comisarios del secuestro.

—He visto al diablo, y, como decís, me ha dado una orden — contestó Wildrake.

—Entregádmela enseguida — exclamó el coronel, alargando al mismo tiempo la mano para apoderarse del paquete.

—Perdonad. ¡Si supieseis con qué propósito ha sido expedida esta orden! ¡Si supierais lo que no tengo intención de deciros, qué esperanzas se fundan en este favor! Tengo formada bastante buena opinión de vos, y estoy seguro de que antes empuñaríais un hierro candente, que este papel.

—¡Bueno… bueno! Seguramente se trata de alguna de vuestras ideas exaltadas de lealtad; son muy buenas cuando se contienen en ciertos límites, pero nos hacen perder el juicio cuando son llevadas a la exageración. No temáis que vea sin pesar la destrucción de nuestra antigua monarquía, y la implantación de una nueva forma de gobierno; pero mi sentimiento por lo pasado no me impide aceptar las medidas que aseguran nuestra tranquilidad en lo futuro. El partido realista se encuentra tan abatido, que no podrá levantar cabeza durante mucho tiempo aunque todos los caballeros de Inglaterra hagáis los mayores esfuerzos para reanimarlo, porque no tenéis medios, y la nación está ya cansada de guerras. El Parlamento, del que han salido sucesivamente todos los que tenían bastante carácter para sostener su opinión, ha quedado reducido a un pequeño número de hombres de Estado, que han perdido el respecto y consideración de que disfrutaban, a causa del largo tiempo que han conservado el poder supremo entre sus manos; pero ya no pueden conservarlo sin licenciar el ejército. Los soldados, antes salvadores de la nación y ahora dueños, no quieren ser licenciados; conocen su fuerza, y saben que pueden quedar constituidos en cuerpo de ejército, recibir sus pagas, y vivir en el país todo el tiempo que quieran. Os digo, Wildrake, que si no nos agrupamos alrededor del único hombre que puede contenerles y reducirlos a la obediencia, imperará la ley militar en toda Inglaterra. En cuanto a mí, la conservación de los privilegios que se nos quieren dejar, sólo los deberemos a la sabiduría y a la moderación de Cromwell. Ya conocéis mi secreto, y sabéis que miro lo que hago, no como absolutamente bueno, sino como lo mejor y más conveniente que es posible hacer. Tanto como vos hubiera deseado ver repuesto en su trono al rey, en condiciones razonables que hubieran asegurado sus derechos y los nuestros, lo he deseado muy ardientemente. Me tenéis por un rebelde, amigo Wildrake; pero, al menos, hacedme la justicia de creer que lo soy involuntariamente; y bien sabe Dios que no he desterrado jamás de mi corazón el amor y respeto que debo a la persona del monarca, aun cuando he desenvainado mi espada contra sus pérfidos consejeros.

—¡Maldita jerga! —exclamó Wildrake—. Todos entonáis la misma canción. Todos habéis empuñado las armas contra el rey, siéndole muy fieles y muy leales; pero conozco vuestras ideas, y estoy satisfecho. El ejército es vuestro oso; el viejo Cromwell, el que lo hace bailar; y vos sois el alcalde de la aldea, que trata de captarse las simpatías del domador para que no lo ponga en libertad; pero os aseguro, amigo Everard, que algún día saldrá el sol por el lado del seto, a cuyo abrigo nos encontraremos, y entonces vos, y todas esas gentes honradas, amigas de las comodidades, que están al sol que más calienta, haréis causa común con nosotros.

Sin prestar mucha atención a lo que le decía su amigo, el coronel Everard leía con el mayor interés la orden de Cromwell.

—Esta orden es perentoria —dijo—; sin duda el general se considera muy fuerte para oponer tan resueltamente su autoridad a la del Consejo de Estado y a la del Parlamento.

—¿Pero vos no vacilaréis en utilizarla? — preguntó Wildrake.

—En modo alguno —repuso Everard—; pero debo llamar al alcalde para que me acompañe, pues creo que su presencia bastará para que los comisarios abandonen enseguida el palacio. Debo evitar, en cuanto sea posible, que intervenga en este asunto la autoridad militar.

Y, dirigiéndose a la puerta del aposento, llamó al mozo de la posada y le encargó que fuera inmediatamente a casa del primer magistrado del pueblo, y le notificara que el coronel Everard deseaba verle lo antes posible.

—Llegará con la misma presteza que un perro acude a silbido de su amo. La palabra capitán o coronel hace correr a esas gentes, pues un sable vale más que sesenta cartas municipales. Pero ahí abajo hay dragones, y entre ellos está aquel tunante cornudo de cara antipática a quien di un susto la otra noche. ¿Creéis que esos pícaros desalojarán el palacio sin resistirse?

—La orden terminante del general les hará más fuerza que todas las actas del Parlamento, aunque las recibiesen por docenas. Pero ya es tiempo de que toméis algo, si es cierto que habéis venido desde Windsor sin deteneros en parte alguna.

—No tengo mucha prisa, pues el general me hizo servir un suculento almuerzo, que me alimentará durante mucho tiempo, si llego a digerirlo. ¡Por la misa! Pesaba de tal modo sobre mi conciencia, que lo llevé a la puerta de la iglesia con la esperanza de hacerlo pasar como los demás pecados. Pero, no, todavía no estoy purificado.

—¿A la iglesia? A la puerta de la iglesia habréis querido decir. ¡Oh! os conozco perfectamente y sé que nunca dejáis de descubriros al pasar ante la puerta del templo; pero ¿entráis en él?… Convengamos, amigo mío, en que eso os ocurre pocas veces.

—Es cierto, me descubro y me arrodillo… Pero ¿es que, acaso, no se debe mostrar en la iglesia el mismo respeto que en un palacio? ¿Y no es, por ventura, altamente ridículo ver a vuestros anabaptistas y brownistas apiñados para escuchar un sermón, con la misma reverencia que se congregan los puercos en torno de su pocilga? Pero aquí está la comida… Intentaré recitar la bendición, si la recuerdo.

A Everard le interesaba tanto la suerte de su tío y de su hermosa prima, y tan abstraído estaba con la esperanza de restablecerlos en su antigua morada bajo la salvaguardia del formidable bastón de mando, a la sazón tan respetado, como lo había sido el cetro de la Gran Bretaña, para advertir la notable transformación que, al menos aparentemente, había sufrido, su compañero. Observábase en él de vez en cuando una especie de lucha entre su antigua costumbre de ceder a sus inclinaciones, y alguna resolución de abstinencia, pues alargaba la mano algunas veces, como por un movimiento instintivo, hacia un jarro de rica cerveza y la retiraba repentinamente para tomar una botella de cristal llena de agua pura y saludable.

Wildrake estaba profundamente impresionado a causa de las proposiciones que le había hecho Cromwell; y con un sentimiento, que no es exclusivo de la religión católica, hizo voto, si salía con bien de aquella entrevista, de renunciar a algunos de sus vicios, particularmente al de la intemperancia, al que se había entregado como muchos de sus compañeros.

Aquel voto habíaselo sugerido tanto la prudencia como la religión. Él reflexionaba que, en las circunstancias en que se veía envuelto, era fácil tropezar con alguna dificultad grave y delicada, y que para salvarla tendría que consultar otro oráculo mejor que la Divina Botella, celebrada por Rabelais. Por consecuencia, no tocó durante la comida ni a la cerveza, ni el aguardiente, colocados a su lado, y rehusó obstinadamente el vino del Rin, que su amigo le invitó a beber. No obstante, cuando el criado retiró los platos y los manteles, y se disponía a llevarse el jarro, el brazo vigoroso del caballero parecía alargarse más que hasta entonces, para retener al Ganímedes que se retiraba; apoderóse de la vasija y, llevándosela a los labios, murmuró entre dientes:

—El diablo… quiero decir… el Cielo me lo perdone; somos frágiles, y un trago bebido con moderación, no puede ser pecado.

Después, pegó sus labios a los bordes de la boca del jarro, cuyo contenido menguaba a medida que con la mano levantaba la vasija. Everard dudaba mucho de que el bebedor y el jarro se separasen antes de que pasara todo el líquido al estómago de Wildrake; pero éste se detuvo, cuando comprendió que había bebido cuartillo y medio.

Dejó el jarro sobre la mesa, ordenó al criado que se llevara el vino y el aguardiente, con un tono que casi hacía dudar de su continencia, y, dirigiéndose a Everard, hízole un gran elogio de su temperancia, añadiendo, que el pequeño trago que acababa de ingerir, le había hecho más provecho que si hubiera pasado bebiendo cuatro horas.

El coronel guardó silencio; pero no pudo menos de conocer que el trago de temperancia de Wildrake había hecho al jarro una gran brecha.

La llegada del posadero, que venía a comunicar a su señoría, el coronel Everard, que el alcalde de Woodstock, acompañado del reverendo señor Holdenough, esperaba sus órdenes, puso término a aquella conversación.

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