Woodstock

Walter Scott · Capítulo 26 de 39

Páginas del PDF

Woodstock

Capítulo XXV

 

El príncipe ha burlado a un vigilante que le molestaba.—(Ricardo II.).

 

L uis Kerneguy y Marcos Everard habíanse tirado mutuamente certeros y repetidos golpes que ambos paraban con sin igual destreza. El primero había asistido a numerosas acciones

militares y tomado parte durante mucho tiempo en la guerra

civil, de la que era la principal víctima, y no le sorprendió el verse obligado a defenderse personalmente. Everard se había distinguido también en la lucha fratricida, tanto por su valor personal como por las bellas cualidades militares de que estaba adornado.

La llegada de un nuevo personaje puso término a la lucha, en la que la victoria hubiera disgustado a cualquiera de los combatientes que resultara vencedor.

El recién llegado era sir Enrique Lee, jinete sobre un caballo de pequeña alzada y de no muy buena raza, pues los azares de la guerra y la confiscación de sus bienes no le habían dejado la elección de otro mejor. Al ver luchar a los dos jóvenes, precipitóse entre ellos, ordenándoles, bajo pena de la vida, que bajaran sus armas.

—¿Los diablos de Woodstock, de quien se habla tanto —gritó enfurecido—, se os han metido en el cuerpo induciéndoos a cruzar las espadas en el recinto de un parque real? Os haré conocer a ambos que mientras el viejo Enrique Lee permanezca en este palacio como intendente, mantendrá las inmunidades de esta posesión como si estuviera sentado sobre un trono. Nadie ha de batirse aquí. ¡Pronto, envainad los aceros! o ¡vive Dios! que sacaré el mío, y seré el más furioso de los tres.

Los combatientes obedecieron, pero continuaron mirándose de hito en hito, como ocurre en los casos en que cada uno de los antagonistas teme que se crea que desea la paz más que su contrario, y, por consecuencia, no quiere ser el primero en envainar su espada.

—¡Enseguida, señores, envainad las armas! —exclamó sir Enrique con tono autoritario y que no admitía réplica—. Os lo recomiendo a los dos, u os las habréis conmigo. Bien podéis dar gracias al Cielo por que los tiempos estén tan cambiados; pues, de no ser así, vuestra insolencia y desacato os hubiera costado la mano derecha, a menos que no hubieseis rescatado esta pena con una fuerte suma metálica. ¡Sobrino Marcos!… Si no queréis perder todo mi cariño para siempre, envainad vuestra espada. Señor Kerneguy, sois mi huésped y os suplico no me infiráis la ofensa de quedaros con la espada en la mano, en un lugar en que tengo el deber de mantener la paz e imponer el respeto.

—Os obedezco, sir Enrique —contestó Carlos, metiendo el acero en la vaina—; ignoro por qué este caballero me ha atacado y os aseguro que nadie respeta más que yo la persona y los privilegios del rey.

—Podremos encontrarnos —contestó Everard tranquilamente— en un sitio en que la persona y los privilegios del rey no puedan ser ofendidos.

—¡Esto no será muy difícil, señor! —respondió Carlos, incapaz de disimular el placer que le proporcionaría tal encuentro—. Aunque el rey cuenta con pocos partidarios, comprendo que la pérdida de uno más no puede perjudicarle mucho. Estoy, pues, dispuesto a encontrarme con vos en cualquier punto en que un caballero fugitivo pueda ponerse en salvo con facilidad si tiene la suerte de salir victorioso.

—Señores —dijo sir Enrique temiendo por la vida de su sobrino y por la de Kerneguy—, debo insistir y suplicaros en que no se hable más de este asunto. Sobrino Marcos, ¿intentáis recompensar la condescendencia que he tenido de volver a Woodstock por vuestras instancias, aprovechando la primera ocasión que se os presenta de dar muerte a uno de mis huéspedes?

—Señor —contestó Everard—, si conocierais sus proyectos…

No concluyó la frase, pues sabía que no conseguiría otra cosa que irritar a su tío sin convencerle, y que todo lo que pudiera decir de los proyectos y propósitos criminales de Kerneguy contra Alicia, sería atribuido a celos. Así es, que bajó la vista y guardó silencio.

—Y vos, señor Kerneguy —prosiguió sir Enrique—, ¿me diréis qué razones arman vuestro brazo contra este joven, por quien, aunque desgraciadamente haya dejado de ser leal a su rey, me intereso, puesto que es mi sobrino?

—Ignoraba que este joven tuviera tal honor —respondió Kerneguy—; esta cualidad me habría prohibido desenvainar mi espada; pero él ha sido el agresor, e ignoro por qué me ha buscado esta disputa, a no ser a causa de la diferencia de nuestras opiniones políticas.

—Sabéis lo contrario —rectificó Everard—; sabéis, porque yo os lo he dicho, que como realista fugitivo nada teníais que temer de mí, y vuestras últimas frases probaron que no ignorabais cuál era el parentesco que me unía con sir Enrique Lee; pero yo me despreciaría a mí mismo si hiciese valer este parentesco como medio de protección contra vos o contra cualquier otro.

Mientras ambos jóvenes disputaban de esta suerte, alegando cada uno sus razones particulares para no revelar la verdadera causa de la disputa, sir Enrique los contemplaba alternativamente con aire pacificador.

—¿Qué significa esto? —exclamó—. Estoy tentado a creer que Circe os ha hecho beber en copa tentadora. Vamos, vamos, amables jóvenes; permitid que un anciano caballero sirva da mediador entre vosotros. No tengo la vista corta en semejantes cuestiones, y sé que las causas de discordia son algunas veces más pequeñas que el ala de un mosquito. Podría citaros mil ejemplos ocurridos en mi tiempo; ¡a veces es tan poca cosa!… No ceder la derecha en la calle, tocarse el brazo al pasar uno junto al otro, una palabra demasiado viva, un gesto mal comprendido… Vamos, cualquiera que haya sido la causa de vuestra disputa, olvidadla. Además, ya se os ha pasado la gana, y si habéis envainado vuestras espadas sin que fueran teñidas en sangre, no ha sido por culpa vuestra, pues no habéis hecho más que obedecer las órdenes de quien tiene derecho a imponer su autoridad en este caso. En Malta, donde las leyes del duelo son perfectamente conocidas y se cumplen puntualmente, los que se empeñan en un combate singular, están obligados a rendir sus armas a la intimación de un caballero, de un sacerdote o de una dama: la querella interrumpida de este modo, se considera como terminada honrosamente sin que sea permitido renovarla. Sobrino mío, es imposible que odiéis a este joven, porque haya combatido en defensa de su rey. Escuchad mi proposición amigable, Marcos. Sabéis bien que no soy rencoroso, aunque tenga razones para estar descontento de vos. Dad vuestra mano al señor Kerneguy en señal de amistad, y vayamos los tres al palacio para beber juntos una botella de vino del Rin como testimonio de completa reconciliación.

Everard no se mostró dispuesto a resistir la proposición que se le hacía, pues deseaba volver a gozar del cariño de su tío. No obstante sospechaba, y no eran infundadas sus sospechas, que aquella invitación no tenía otro objeto que el de atraerle al favor de aquel joven realista fugitivo. No se le ocultaba tampoco, que su posición era muy comprometida, y que podía hacerse sospechoso a sus mismos partidarios y amigos, sosteniendo correspondencia con realista tan significado como su pariente que acogía huéspedes semejantes en su casa; pero también creía que los servicios prestados por él a la República eran bastante importantes y pesaban más que cuanto la envidia pudiera decir respecto a estas relaciones. Además, aunque la guerra civil hubiese introducido la discordia en las familias, en aquel momento, en que parecía que el triunfo de los republicanos había puesto término a la contienda, el encono de los odios políticos empezaba a calmarse y los antiguos lazos de amistad y el parentesco recobraban, a lo menos en parte, su primitiva influencia. Muchas reconciliaciones habíanse hecho recientemente, y los que pertenecían, como Everard, al partido victorioso, hacían valer su crédito en favor de parientes menos afortunados por la suerte de las armas.

Habida cuenta de todas estas razones y circunstancias, Marcos alargó la mano al supuesto paje, diciéndole que estaba dispuesto a olvidar la causa de la querella, y a ofrecerle toda la amistad que podía haber entre personas de honor afiliadas a partidos diferentes.

No pudiendo dominar el sentimiento de su dignidad personal herida, aunque la prudencia y las circunstancias le impusieran el olvido, Carlos se limitó a saludar ceremoniosamente a Everard, sin estrechar la mano que éste le tendía.

—No necesitaba —dijo— esforzarme para olvidar el motivo de la contienda, pues aún no he podido comprenderla; pero estoy dispuesto a dar las mismas pruebas de amistad que vos me concedáis.

Everard retiró su mano sonriéndose y saludó al joven paje, atribuyendo la rudeza con que recibía sus protestas de reconciliación al carácter fiero y altivo de un joven escocés educado en las ideas de grandeza de familia y de dignidad personal, ideas que el poco trato social que había tenido en el mundo no había podido rectificar aún.

Sir Enrique Lee alegróse de ver terminada aquella cuestión por deferencia a su autoridad, como suponía, y alegrándose de tener un pretexto para abrir nuevamente las puertas de su casa a su sobrino, a quien a pesar de sus faltas políticas, profesaba afecto grandísimo.

—No os aflijáis, amigos míos —dijo a ambos jóvenes para consolarles —, os aseguro que me ha costado trabajo separaros, viéndoos conducir con tanto decoro, impulsados únicamente por el honor, sin deseos de derramar sangre, y sin odiaros el uno al otro. Os repito que, sin los deberes que me impone mi cargo como intendente de la capitanía de Woodstock, y el juramento que tengo prestado en este sentido, en vez de obligaros a envainar las armas, hubiera querido ser el juez de vuestro campo. En fin, la contienda debe darse al olvido, y la vuestra no debe; tener otras consecuencias que las del apetito que debe haberos despertado.

Diciendo esto, montó en su pequeño caballejo y se dirigió al palacio por el camino más corto. Sus pies, apoyados sobre los estribos, casi tocaban en el suelo, y las reglas de la equitación, que quería observar escrupulosamente el anciano caballero, aumentaban la ridiculez del grupo que formaban ambos en razón de la desproporción de la talla del caballero y de la de su cabalgadura. Sus acompañantes, colocados a derecha e izquierda, como dos escuderos, esforzábanse por contener la risa, viendo la posición estudiada del caballero, que contrastaba con la poca alzada de su caballo, de larga cola y de crines que casi le arrastraban.

Sir Enrique, advirtiendo la sorpresa de sus compañeros, dijo:

—Pixie es pequeño, señores, pero tiene bríos —y obligó al cuadrúpedo a ejecutar una especie de corveta—. Sí, Pixie es pequeño, pero ardoroso, y si yo fuera algo más bajo de estatura —el caballero tenía más de seis pies —, me haría la ilusión, siempre que lo monto, de que era el rey de los Genios, de quien hace grandes elogios Mike Drayton.

—¡Mi viejo amigo Pixie! —exclamó Everard pasando la mano sobre el pescuezo del caballo—. Celebro mucho que haya sobrevivido a estos calamitosos tiempos, Pixie debe tener más de veinte años, sir Enrique.

—¿Más de veinte años? —replicó el caballero—; sin duda alguna. La guerra, mi querido sobrino, es como un huracán que sólo respeta lo que menos merece ser respetado. El viejo Pixie y su viejo amo han sobrevivido a grandes hombres y a grandes caballos, pero ninguno de los dos sirve ya para nada. Sin embargo, como dice Will, un viejo puede todavía hacer algo, si se presenta ocasión, y Pixie y yo vivimos como veis…

—¿Vivimos todavía? —interrumpió el joven escocés, concluyendo la cita del anciano—, sí, nosotros vivimos todavía, para dejar un modelo de caballeros.

Everard ruborizóse al oír estas palabras, pero no su tío, que no dudó de la sinceridad de aquel cumplido.

—¿Oís esto? —preguntó el anciano—. En tiempos del rey Jacobo tomé parte muchas veces en las justas; allí hubierais visto al joven Harry con la visera alzada. En cuanto al viejo Harry ¡por mi fe!…

Sir Enrique se interrumpió y pareció poner en tortura su memoria, como buscando una palabra de doble sentido, que no encontraba.

—En cuanto al viejo Harry —agregó luego—, tanto vale ver al diablo. ¿Me entendéis, señor Kerneguy? ¿Sabéis que llevo el mismo nombre del diablo? ¡Ja, ja, ja! Sobrino Marcos, espero que vuestro puritanismo no se ofenderá por una broma inocente.

Sonáronle tan bien los aplausos que le tributaron sus dos compañeros, que les recitó todo el pasaje de que acababa de citar un verso, y concluyó desafiando al siglo en que vivía, a que produjera un poeta más ingenioso que William Shakespeare.

—¡Cómo! —exclamó Luis Kerneguy—. Se dice que tenemos entre nosotros uno de sus descendientes, sir Guillermo d’Avenant, a quien muchos atribuyen esclarecido talento.

—¡Sí! —replicó sir Enrique—. ¿Guillermo d’Avenant, a quien conocí en el Norte con el grado de oficial bajo las órdenes de Newcastle, cuando el marqués estaba delante de Hall? La persona a quien aludo era un honrado caballero; ¿y cómo es pariente del gran Shakespeare?

—Desciende, según asegura, en línea directa, por el lado más seguro, según la antigua moda —respondió el joven escocés—. Si d’Avenant no miente, parece que su madre era la dueña de una posada; mujer alegre, fresca y de bonito rostro, que vivía en un pueblecillo entre Strafford y Londres, donde Shakespeare se alojaba siempre que iba al pueblo de su naturaleza. Por casualidad o por amistad y compadrazgo, William Shakespeare fue padrino de Guillermo d’Avenant. Éste dice que su madre era gran admiradora del talento, y que se complacía en agasajar a los hombres de ingenio.

—¡Qué miserable! —exclamó Everard—. ¡Compra la vanagloria de descender de un gran poeta o de un príncipe con el honor de su madre! Merece ser ahorcado.

—¡Guillermo d’Avenant, hijo de Shakespeare! —dijo sir Enrique, que no había vuelto aún del asombro que le produjo tan vana presunción—. ¡Se ha visto jamás presunción más estúpida! Esto me recuerda algunos versos que oí en un teatro de pulchinelas, en una obra intitulada Faetón, en la cual el protagonista decía:

Me siguen con enojo

los necios aldeanos.

¡El hijo soy del sol!

Que se vayan al diablo.

¡Guillermo d’Avenant hijo del mejor poeta, el más sublime, el más brillante que ha existido jamás, que existe actualmente, y que puede existir en todos los siglos venideros! Pero os pido perdón, sobrino mío; pues creo que no os agradan mucho las obras teatrales.

—No soy, respecto a este asunto, tan puritano como pensáis — respondió Everard—. Verdad es que antes no me gustaban; pero ni las condeno ni apruebo sus excesos y extravagancias. Hasta en las del mismo Shakespeare hay algunos pasajes contrarios a la decencia y peligrosos a las buenas costumbres; en otros se ridiculiza la virtud y se enaltece el vicio, o, a lo menos, se cubre su fealdad, y no puedo persuadirme de que la lectura de estos poemas sea útil, especialmente para los jóvenes de ambos sexos. En ellos, la efusión de sangre parece la principal ocupación de los hombres, y la intriga el solo empleo del tiempo de las mujeres.

Al decir esto, Everard sólo se proponía dar ocasión a su tío para defender su opinión favorita, sin ofenderle; pero olvidaba cuan tenaz era su anciano pariente en sus opiniones religiosas, políticas y de buen gusto. Hubiera sido más fácil hacerle aceptar la forma del gobierno eclesiástico presbiteriano que abjurar de la fe que tenía en Shakespeare.

Tenía, además, otra particularidad el sistema de discusión que empleaba el viejo caballero, que Everard no había comprendido jamás, pues era naturalmente franco, y no veía con buenos ojos las tergiversaciones tan comunes en la sociedad. Sir Enrique manteníase siempre en guardia contra este defecto; pero, al fin, arrastrado por su carácter violento, derribaba y rompía los diques artificiales que se le oponían. Como viejo general, y muy astuto, parecía iniciar la retirada ordenadamente, no oponiendo más que una resistencia muy moderada para obligar a su antagonista a seguirle hasta el paraje en que, deteniéndose de pronto, le atacaba de improviso empleando contra él la caballería, la infantería y la artillería, con lo que muchas veces conseguía desordenar al enemigo, aunque no siempre alcanzara la victoria.

Siguiendo esta táctica, disimuló el enojo que las observaciones de Everard le ocasionaban y respondió con afectada urbanidad forzada, que los presbiterianos en aquellos calamitosos tiempos habían dado pruebas tan patentes de humildad, de su poca ambición y de sus deseos por el bien público, que era necesario reconocer la sinceridad de las objeciones que hacían contra producciones literarias en que brillaban los más nobles sentimientos de religión y de virtud; sentimientos capaces de convertir a los pecadores más endurecidos; sentimientos propios de los santos y de los mártires moribundos, pero que, a causa del mal gusto de la época, aparecían mezclados con bufonadas triviales. Lo que más le interesaba saber de su sobrino, era si entre aquellos hombres, tan inspirados por el Cielo, que habían arrojado de sus cátedras a los sabios doctores y a los profundos teólogos de la Iglesia Anglicana, había alguno a quien las musas hubiesen inspirado, o si eran todos tan necios y brutalmente enemigos de las bellas letras como habían demostrado serlo de la humanidad y del buen sentido.

Everard, que, por el tono de sarcasmo y de ironía de aquel discurso, comprendió que fermentaba una tempestad furiosa en el corazón de su tío, se abstuvo de replicar a la arenga de éste, quien la terminó apeándose a la puerta del palacio y entrando en el vestíbulo seguido de sus dos compañeros.

Febe, que se encontraba allí casualmente en aquel momento, recibió la orden de traer vino. La Hebé de Woodstock conoció a Everard y le saludó con una reverencia casi imperceptible; pero, al preguntar a su amo, con el tono más cándido y natural del mundo, si decía a la señorita Alicia que bajase, resultaron fallidos sus deseos. Un no seco y rotundo, fue la única respuesta que obtuvo a su pregunta, y esta intervención, que llegó tan inoportunamente, aumentó la indignación que a sir Enrique había ocasionado Everard, por hablar del gran Shakespeare con tanta irreverencia como había hablado.

Después que Febe hubo desaparecido, sir Enrique, reanudando el hilo de su interrumpido discurso, dijo:

—Insistiré, si es lícito a un infeliz caballero licenciado servirse de tal expresión dirigiéndose a uno de los jefes del ejército victorioso; insistiré, repito, en mi deseo de saber si la revolución, que nos ha enviado miles de santos y profetas, nos ha dado también un poeta inspirado por la gracia del Altísimo, capaz de eclipsar a William Shakespeare, nuestro ídolo, el único para nosotros los ciegos y mundanos caballeros.

—Sin duda alguna, señor —respondió el coronel Everard—; conozco versos de un amigo de la República que, pesados en una balanza imparcial, pueden competir con las poesías de Shakespeare, y en los que no hay los pensamientos groseros y de gusto depravado que campean en las producciones de vuestro gran poeta.

—Me agradaría —repuso el anciano caballero esforzándose por reprimir la cólera que lo dominaba— conocer esa obra maestra de poesía. ¿Podré preguntaros cómo se llama ese autor ilustre?

—Éste debe ser Viscars, o Withers — repuso el supuesto paje.

—No, señor —rectificó Everard—; ni Drumond, de Hawthornden, ni lord Stirling. Sin embargo, los versos justificarán lo que afirmo, si excusáis lo mediocre de mi declamación, pues estoy más acostumbrado a hablar a mi batallón que a los aficionados a la literatura. Es una dama la que habla; ésta se encuentra perdida en un bosque; no descubre ningún sendero y es víctima de temores sobrenaturales.

—¡Cómo! —exclamó sir Enrique sorprendido—. ¡Una obra teatral escrita por un poeta cabeza redonda!

—Por lo menos es una producción dramática — contestó Everard.

Y empezó a recitar con sencillez, pero demostrando que sentía lo que recitaba, los versos de un autor cuya reputación en aquella época era debida más a sus grandes polémicas y obras políticas, que a la poesía sublime que andando el tiempo debía ser el sostén del monumento eterno de su inmortalidad.

¡Espantosa soledad

que me llena de inquietud!

Dios, contra toda maldad,

preservará mi virtud.

—Esa es mi opinión, Marcos —exclamó sir Enrique—; ésa es mi opinión, aunque mejor expresada. Es exactamente lo que yo decía cuando estos tunantes cabezas redondas pretendían ver las apariciones de Woodstock. Proseguid, os lo suplico.

Everard recitó un largo parlamento de una obra dramática, en el que se ensalzaban las virtudes teologales, y luego agregó:

—El resto de la composición se me ha olvidado.

Sir Enrique Lee, que esperaba cosa muy distinta de lo que acababa de oír, abandonó el aire despectivo y displicente que había tomado desde el principio de la conversación, y, cuando Everard cesó de hablar, exhaló un suspiro, y dirigió la palabra a su sobrino más suave y cariñosamente.

—Sobrino Marcos —dijo—, esos versos son hermosos y me producen el mismo efecto que los sonidos armoniosos de un laúd, pulsado por una mano hábil. Pero sabéis bien que no comprendo jamás por completo la primera vez que oigo una poesía. Repetidla muy lentamente, muy poco a poco. Me agrada oír dos o tres veces una composición poética para juzgar primero la melodía, y después el pensamiento.

Estimulado Everard por estas frases, recitó de nuevo los versos, y como lo hizo con más entonación, produjeron mejor efecto. El anciano pareció comprender perfectamente los pensamientos que encerraban y los aplaudía con satisfacción.

—Sí —exclamó cuando Everard hubo concluido—; eso es poesía, aunque el autor sea presbiteriano o anabaptista. He oído asegurar, aunque no le doy mucho crédito, pidiéndoos perdón, sobrino Marcos, que había entre vuestros partidarios personas que han reconocido lo extraviado de sus caminos, y se han arrepentido de haberse rebelado contra el mejor de los monarcas, y de haber contribuido a que una horda de canallas más criminales aún que ellos, lo asesinaran. La dulzura y pureza del alma que han dictado tan bella poesía, han impelido a un hombre tan amable a rezar el yo pecador. No dudo que los remordimientos y el dolor de los crímenes cometidos le hayan decidido a romper una lira que producía sonidos tan armoniosos y suaves, y que quizá se ocupe ahora en llorar la vergüenza y la desesperación de Inglaterra. Todos esos versos se parecen a las campanas, que nunca tocan al unísono. ¿No pensáis lo mismo, señor Kerneguy?

—No, sir Enrique.

—¡Cómo! ¿No creéis que el autor de semejante poesía debe necesariamente pertenecer al buen partido, y aspirar a reunirse con nosotros?

—Creo, sir Enrique, que estos versos revelan que el autor tiene facultades para escribir una obra teatral acerca de la mujer de Putifar y de su casto amante. En cuanto a su metáfora de la nube que forma el manto argénteo y oculta a la luna, hubiera creído que ejerce el oficio de sastre, si no supiese, casualmente, que es maestro de escuela de profesión, y que sus opiniones políticas le han valido el ser nombrado poeta laureado y de cámara de Cromwell. Los versos que acaba de declamar el coronel con tanto entusiasmo, son originales de John Milton.

—¡John Milton! —exclamó sir Enrique, extraordinariamente sorprendido—. ¡Cómo!, ¿el autor blasfemo y sanguinario de Defensio populi anglicani? ¿El abogado del supremo tribunal de los demonios? ¿El parásito de ese gran impostor, de ese infame hipócrita, de ese monstruo abominable, de ese desecho del universo, de esa deshonra del género humano, de ese prodigio de iniquidad, de ese albañal del pecado, de ese resumen de bajezas, de Oliver Cromwell, en una palabra?

—El mismo —respondió Carlos—. John Milton, maestro de escuela y sastre de las nubes, a quienes surte de vestidos forrados de plata, sólo a expensas del sentido común.

—Coronel Everard —exclamó el caballero—, jamás os lo perdonaré; me habéis obligado a elogiar a un malvado, cuyo cadáver debiera ser comido por las aves de rapiña. No me habléis más, señor, retiraos. ¿Es a mí, a vuestro pariente, a vuestro bienhechor, a quien arrancáis, por sorpresa, esas expresiones de alabanza? ¿Es a mí, a quien lleváis a hablar en tales términos del sofista Milton, que es un sepulcro blanqueado?

—Me tratáis con demasiada dureza, sir Enrique —respondió Everard—. Me habéis instado, me habéis desafiado a que os citase versos tan buenos como los de Shakespeare, y no he pensado más que en la poesía sin fijarme en las opiniones políticas del autor.

—¡Oh! sin duda, señor —replicó sir Enrique—. No ignoramos que sabéis hacer distinciones. Podéis hacer la guerra a la prerrogativa real sin ninguna mala intención contra la persona del rey; ¡no lo quiera Dios! pero éste os oirá y juzgará. Llevaos ese vino, Febe; el coronel no tiene sed.

Estas palabras fueron dirigidas a la gentilísima doncella que entraba en aquel momento con la botella y los vasos.

—Os habéis enjuagado la boca —continuó sir Enrique— afirmando que no habéis hecho mal, como dice la Sagrada Escritura; pero, aunque hayáis engañado a los hombres, no engañaréis tan fácilmente a Dios.

Enojado por la severa censura que se dirigían a su secta religiosa y a sus partidarios políticos, Everard conoció demasiado tarde que había cometido una imprudencia discutiendo con su tío la poesía dramática, y trató de explicarse y de darle sus excusas.

—No he comprendido bien vuestras intenciones, mi querido tío —le dijo—; había creído que deseabais realmente conocer la literatura de mis partidarios, y, recitando unos versos, que no juzgáis indignos de ser oídos, he creído realizar un acto que os complacía y os era agradable, pero que no corría el riesgo de provocar vuestra indignación.

—Protestad, protestad —dijo el caballero—. Esa es la frase a la moda para afirmar las cosas, en lugar de los juramentos profanos de los caballeros. Protestad menos y practicad más, señor. ¡Adiós, coronel! Señor Kerneguy, en mi habitación hay vino para vos.

Mientras Febe permanecía inmóvil y muda de sorpresa, el coronel Everard, despechado y resentido, contemplaba la indolencia del joven escocés, quien habíase dejado caer sobre un sillón, y aunque poseía bastante delicadeza para no reírse a carcajadas, y conocía, como muchas personas de mundo, el arte de regocijarse sin ofender a los demás, no se tomaba la molestia de ocultar la satisfacción que le producía el resultado de la visita hecha por el coronel al palacio de Woodstock. Pero la paciencia de Everard rebasaba ya los límites y parecía próxima a desbordarse, porque, aunque sus opiniones políticas fuesen contrarias, había gran semejanza entre el carácter del tío y el del sobrino.

—¡Condenación! — exclamó Marcos, en un tono que no hacía mucho honor a su fe puritana.

—Amén — respondió Luis Kerneguy; pero con tanta dulzura y sencillez, que aquella palabra había sido pronunciada involuntariamente.

—¡Señor! — dijo Everard amenazador como quien desea encontrar alguien en quien desahogar el mal humor.

—¿Qué deseáis? —contestóle el paje tranquilamente y mirándole con inocencia.

—Deseo saber qué significa lo que acabáis de decir.

—Es una exclamación espiritual, respetable coronel; un pequeño esquife que envío al Cielo para acompañar y conducir la santa petición que le habéis dirigido.

—Señor, he visto una sonrisa como la vuestra en los labios de un hombre que no volvió a reírse.

—¿Sé… he? — contestó el maligno paje, que satisfacía su placer de la sátira, a costa de su propia seguridad.

—¡Ya lo veis! Si os hubieseis limitado a protestar, en este momento os encontraríais ya sofocado por las protestas; pero, jurando redondamente, habéis hecho saltar el tapón de la botella de sidra, y vuestra cólera, llena de espuma, puede salir libremente confundida con el lenguaje honrado de los incircuncisos.

—¡Por el amor del Cielo, señor Kerneguy! —exclamó Febe—, no habléis de ese modo al coronel; y vos, coronel, tened en cuenta que es un niño.

—Cuando el señor quiera, o cuando queráis vos, señorita Febe, demostraré que soy hombre. Supongo que el coronel debe saber ya algo de esto. Probablemente os destina el papel de la dama en Comus, y espero que la admiración que le inspira John Milton no llegará al extremo de encargarse él del Samson agonistes, pues se expondría a hacer saltar este viejo palacio con sus imprecaciones.

—Joven —dijo el coronel—, si no tenéis otra razón para respetar mis principios, dadles gracias a lo menos por la protección que os aseguran, y que no encontraríais tan fácilmente sin ellos.

—¡No es posible! —exclamó Febe—. Debo ir a buscar a otra persona que tenga más influencia que yo.

Y, dicho esto, salió de la estancia.

Kerneguy contestó a Everard con tono provocativo, pero con gran tranquilidad:

—Antes de amenazarme con vuestro enojo, deberíais aseguraros si no existe alguna circunstancia que pueda obligarme a rehusaros la ocasión a que parece que aludís.

En aquel momento entró precipitadamente en la habitación Alicia, a quien Febe acababa de enterar de la discusión entre Marcos y el escocés.

—Señor Kerneguy —dijo—, mi padre desea veros enseguida.

Kerneguy se levantó para saludarla; pero parecía dispuesto a no abandonar la estancia hasta que Everard se hubiera marchado, a fin de impedir toda explicación entre ambos primos.

—Marcos —prosiguió Alicia—, primo Marcos, no puedo permanecer aquí más que un solo instante. ¡Por el amor del Cielo, retiraos inmediatamente; tened prudencia y no permanezcáis aquí más largo tiempo! Mi padre está sumamente enojado.

—No lo ignoro, señorita Lee, pues mi tío me ha intimado personalmente la orden de retirarme, orden que cumpliré sin demora; pero no creía que os apresurarais tanto a reiterármela tan severamente. Parto, sí, señorita Lee; pero os dejo aquí una compañía que quizá os es más agradable que mi persona.

—¡Hombre injusto!… ¡ingrato!… ¡sin generosidad!… —gritó Alicia; pero pronunció tan débilmente estas palabras que su primo, al oírlas, perdió el consuelo que tenían por objeto darle.

Saludó fríamente a Alicia y, volviéndose hacia el paje, díjole con aquel tono de afectada cortesía que, entre los hombres de distinción, encubre un odio mortal:

—Señor Kerneguy, las circunstancias me impiden manifestaros ahora mi opinión respecto al motivo de nuestra última entrevista; pero os enviaré un amigo mío, que podrá decidir la vuestra.

El supuesto escocés inclinóse con dignidad, no exenta de condescendencia, y respondió que le agradarían sus órdenes, y, tomando la mano de Alicia para acompañarla a la habitación de su padre, despidióse de su rival con todos los honores del triunfo.

Everard, profundamente ofendido en lo más vivo de sus afectos, y creyendo que aquel joven tan elegante y bien portado era Wilmont, o alguno de sus crapulosos compañeros, salió del palacio, decidido a no dejarse ultrajar, aunque tuviera necesidad de emplear procedimientos reprobables, para conseguir que le diesen satisfacción.

OceanofPDF.com