Woodstock
Capítulo XIII
Arrodillada y con toda devoción rezaba, pidiendo a Dios que la amparase. (El rey Enrique VIII).
L a precipitada marcha del coronel Everard a una hora tan intempestiva originó vivísimos comentarios. Los sirvientes del palacio se agruparon en el vestíbulo para
comentar el suceso, siendo general la creencia de que aquella
inusitada partida debía obedecer a alguna cosa que hubiese visto el caballero, mostrando todos la mayor curiosidad por saber cuál sería el semblante de un hombre, cuyo valor era bien notorio, en el momento que acababa de ser puesto a prueba por el terror de una aparición. Pero el coronel no les permitió satisfacer sus deseos, porque, atravesando el vestíbulo a grandes pasos, y envuelto en su capa, montó sobre el caballo que le habían preparado, y entró en el parque apresuradamente dirigiéndose a la cabaña de Jocelín.
El carácter de Everard era exageradamente vivo, impaciente, impetuoso y resuelto. Los hábitos que su educación le había hecho contraer, y que los principios morales y religiosos de su secta habían arraigado en su corazón, le permitían disimular y aun domeñar su natural violento; pero, cuando estaba fuertemente agitado, la impetuosidad innata del joven soldado, derribaba algunas veces todas las barreras artificiales, como torrente que rompe el dique que lo sujeta, enfureciéndose más para resarcirse de la tranquilidad y calma a que se había visto precisado a someterse durante tanto tiempo. En tales ocasiones, no veía más que el objeto hacia al que se dirigían todos sus pensamientos, y marchaba a él en línea recta, sin que le arredrasen los obstáculos, lo mismo que si se tratara de asaltar una brecha en el campo de batalla.
En aquel momento, su preocupación dominante era apartar a su amada prima, si era posible, de los complots peligrosos y poco honorables en que la suponía envuelta, o convencerse de que no había tenido participación en aquellas estratagemas. Creía poder juzgar de ello, hasta cierto punto, por el hecho de encontrarla o no en la cabaña de Jocelín, donde se habían refugiado padre e hija. Había leído, en tiempos, una balada en la que se hablaba de una burla singular hecha a un viejo celoso por medio de una comunicación subterránea entre su casa y la de un vecino, que la mujer utilizaba para presentarse a su vista alternativamente en los dos edificios, con tanta prontitud y destreza, que, después de muchas y repetidas pruebas, el viejo loco se convenció de que su consorte y la dama que tanto se le parecía, y a quien el vecino hacía una corte tan asidua, eran dos personas distintas. Pero en este caso no podía él ser engañado, porque la distancia era considerable, y como había tomado el camino más corto, obligando a su cabalgadura a marchar con cuanta velocidad era posible, su prima, que no era muy atrevida para viajar a caballo, no podía llegar antes a la cabaña del guardabosque.
Acaso a su tío Enrique le incomodara la visita: ¿y qué derecho tenía para ello? ¿Alicia Lee no era su pariente más inmediata y cuanto tenía de más querido en el mundo? ¿Se abstendría de hacer todo lo posible por preservarla de las consecuencias de un complot ridículo y extravagante, porque la bilis del anciano se alterase al verle comparecer contra sus órdenes? No. Él sufría el frío del viento otoñal que soplaba en torno suyo, y que obligaba a encorvarse las ramas de los árboles, bajo las cuales pasaba, pero que no podían impedir ni retardar su viaje.
Si no encontraba a Alicia, lo que suponía fundadamente, instruiría a sir Enrique de cuanto había pasado aquella noche. Cualquiera que fuese la parte que Alicia hubiese tomado en aquella ridícula farsa de saltibanquis representada en Woodstock, no podía creer que fuera con el consentimiento o noticia de su padre, de un juez tan severo de las conveniencias, de un hombre tan escrupuloso respecto al decoro que debe guardar el bello sexo. Aun pensaba aprovecharse de la ocasión para exponerle las esperanzas bien fundadas que tenía de verle ocupar su antiguo domicilio en el palacio, y expulsar de él a los comisarios del secuestro por otros medios, que los absurdos a que parecía haberse recurrido.
Esto le parecía tan ajustado a sus deberes de pariente, que sólo cuando se detuvo ante la puerta de la cabaña del guardabosque y hubo entregado la brida de su caballo a Wildrake, se acordó del carácter duro, altanero e inflexible de su tío. Al apoyar la mano en el picaporte, sintió una repugnancia involuntaria de presentarse inopinadamente en presencia del irritable anciano.
Pero ya no podía retroceder. Bevis, que había ladrado más de una vez, se enfurecía, y Everard no había tenido más que el tiempo suficiente para decir a Wildrake que guardara los caballos hasta que enviase a Jocelín para que se encargara de ellos, cuando Juana abrió la puerta para preguntar quién llegaba a semejante hora.
Dar explicaciones a la pobre Juana hubiera sido perder el tiempo, así es que el coronel la separó suavemente y entró en la cocina de Jocelín. Bevis, que estaba al lado de la anciana como para protegerla, depuso toda su actitud amenazadora al reconocer al coronel, con ese instinto admirable peculiar de su raza hacia las personas con quienes están familiarizados, y dio la bienvenida a su modo al pariente de su amo.
Más indeciso, cuanto más se aproximaba el momento de poner en ejecución su proyecto, el coronel Everard atravesó la cocina con pasos vacilantes, como quien se dirige a la alcoba de un enfermo; y, abriendo lentamente y con mano temblorosa la puerta que conducía a la segunda habitación, como si hubiera descorrido la cortina que ocultase el lecho de un amigo moribundo, ofrecióse a su vista un grupo que le dejó perplejo. Sir Enrique, envuelto en una amplia capa, estaba sentado en una butaca de mimbres cerca del hogar, con las piernas extendidas y apoyadas sobre un taburete como si hubiera sufrido algún ataque de gota o fuese víctima de alguna otra indisposición. Su larga y plateada barba y sus vestidos de color obscuro dábanle más bien el aspecto de un ermitaño que el de un antiguo militar o de un caballero de la alta nobleza; y lo que contribuía aún más a darle carácter, era la atención piadosa y profunda con que escuchaba a un venerable anciano, que a juzgar por el traje que vestía era un eclesiástico. Éste leía en voz baja pero clara e inteligible la parte del oficio divino que, según el ritual de la iglesia anglicana, debe rezarse por las noches. Alicia Lee estaba arrodillada junto a su padre, y contestaba a las preguntas del sacerdote con voz purísima, como emanada de un coro de ángeles, y con verdadera unción. De la fisonomía del ministro nada podía decirse, pues la tenía casi cubierta con un gran pañuelo negro que le ocultaba el ojo derecho y parte de la mejilla, pero, a juzgar por lo que quedaba visible, las privaciones y los sufrimientos habían dejado en ella huellas indelebles.
Al entrar el coronel, el ministro levantó un dedo como para prevenirle que no turbase la solemnidad del servicio divino, y le señaló una silla, hacia la que Everard, profundamente conmovido, se adelantó con lentitud, y se arrodilló como si formara parte de aquella pequeña congregación.
Everard había sido educado por su padre según los principios del puritanismo, secta que no rechazaba la doctrina de la Iglesia anglicana, y de la que sólo condenaba las jerarquías, pero que en realidad difería de ella en lo referente a ciertas formas y ceremonias que prescribía su ritual. Pero aun cuando Everard hubiera tenido creencias diametralmente contrarias a la doctrina de la Iglesia anglicana, las habría respetado al ver la regularidad con que se practicaban sus ceremonias y se respetaban sus preceptos en la familia de su tío, quien, durante su prosperidad, había tenido un capellán en su domicilio de Woodstock.
Sin embargo, por profundo que fuera el respeto con que Everard se asoció a aquel acto de devoción, no pudo impedir que sus ojos se dirigieran a Alicia, ni que sus pensamientos se fijaran en el motivo que había encaminado sus pasos a la cabaña de Jocelín. Alicia parecía haberle visto desde que entró, pues sus mejillas se cubrieron con un color sonrosado más vivo que el que tenían; sus dedos temblaban al volver las hojas del libro de oraciones, y casi le faltaba la voz en algunas respuestas, aunque antes había sido tan firme como melodiosa. Según observó Everard, el carácter de su prima, lo mismo que sus vestidos, habían sufrido una transformación análoga a la de su fortuna.
Aquella personita, tan joven como bella, vestía un traje de lana, obscuro, casi semejante al de la más humilde campesina; pero había ganado en dignidad lo que había perdido en riqueza y elegancia. Sus hermosos cabellos, castaños claros, recogidos en trenzas alrededor de su bien modelada cabeza, no tenían más rizos que los naturales, y le daban un aspecto de sencillez y candor que no existía cuando su peinado era diestramente cuidado por una hábil camarera. Su alegría, algo maliciosa, que parecía acechar todo lo que podía divertirla y distraerla, había cedido a una dulce melancolía, que no se ocupaba más que en prodigar sus consuelos a los demás. Por esto, quizá, la expresión de su inocente malicia habíase presentado a la imaginación de su amante cuando creyó que Alicia había intervenido en las escenas de Woodstock, pero en aquel momento avergonzábase de haberse abandonado a semejante suposición y más dispuesto estaba a creer que el diablo había fingido su voz, que a suponer que una criatura tan angelical hubiera faltado a la delicadeza de su sexo hasta el extremo de intervenir en las últimas truhanerías verificadas en el palacio. Estos pensamientos no le abandonaban a pesar suyo, aunque comprendiese que no eran los que debían ocuparle en aquel momento. El acto de piedad en que estaba ocupada la familia tocaba a su fin, cuando con gran sorpresa y confusión del coronel Everard, el ministro, adoptando un aire de majestuosa dignidad, rogó al Todopoderoso, con voz firme y clara, que bendijera y conservase «a nuestro soberano y señor el muy amado rey Carlos, monarca legítimo y único de este reino». Aquella oración, muy peligrosa entonces, fue rezada en alta voz y con tono firme y resuelto, y como si el ministro hubiera querido lanzar un reto a los que le escuchaban. Si el oficial republicano no prestó su asentimiento, pensó a lo menos que no era aquélla la ocasión de protestar.
El servicio divino terminó en la forma acostumbrada, y la pequeña congregación se levantó. Wildrake, que había entrado momentos antes, fue el primero en romper el silencio, y dirigiéndose hacia el ministro cogióle la mano con la mayor veneración y afecto manifestándole que se alegraba infinito de verle. El ministro le apretó la suya a su vez y le respondió sonriéndose, que así lo hubiera creído sin necesidad de que se lo manifestara.
Mientras tanto, el coronel Everard acercóse a sir Enrique, y saludó respetuosamente primero a su tío y después a su prima, cuyas mejillas se cubrieron de rubor.
—Os suplico me perdonéis —dijo el coronel titubeando— que haya venido a haceros una visita que no me atrevo a esperar os sea agradable, en el momento menos oportuno para ello.
—De ningún modo, sobrino mío —respondió sir Enrique con mayor dulzura que la que el coronel esperaba—. Vuestras visitas en otros momentos serían mucho mejor recibidas, si tuviéramos la suerte de veros con más frecuencia en las horas de nuestras prácticas religiosas.
—Espero, señor —replicó Everard—, que muy pronto podrán los ingleses de todas las sectas y de todas las denominaciones adorar libremente y en común al Padre Todopoderoso, a quien, sin embargo, todos dan este nombre, cada uno a su manera.
—Así lo espero también, sobrino mío —confirmó el anciano en el mismo tono de voz—, y no examinaré en este momento si esperáis que la Iglesia de Inglaterra se funda en el conventículo o que el conventículo entre en el seno de la Iglesia. Presumo que no es para reconciliar nuestras diferentes creencias para lo que nos hacéis esta visita en la choza en que no nos atreviéramos a esperar veros otra vez después de la acogida poco galante que se os dispensó en otra ocasión.
—Me consideraría muy dichoso —respondió el coronel tímidamente— si pudiera pensar que… que… en una palabra, que mi presencia no es tan desagradable hoy como lo fue entonces.
—Mi querido sobrino —dijo sir Enrique—; voy a hablaros francamente. La última vez que nos vimos, temía que me hubieseis robado una perla preciosa que me hubiera envanecido y alegrado el daros en otra ocasión, pero que ahora preferiría enterrarla en lo más profundo de la tierra antes que confiarla a un hombre como vos. Creí haber sido robado, y que el ladrón estaba en mi presencia; pero me engañé; nada me habían substraído, y puedo perdonar una tentativa que no tuvo éxito alguno.
—No quisiera, mi querido y respetable tío —repuso Everard—, encontrar en vuestras palabras un motivo de ofensa, cuando vuestra intención me parece pura; pero os aseguro que, mis votos y mis deseos, en cuanto se relacionan con vos y con vuestra familia, no tienen por objeto ninguna esperanza fundada en el egoísmo y en el interés personal, y que sólo se inspiran en mi afecto a vos y a los vuestros.
—Veamos, pues, en qué consisten, mi afectuoso sobrino. Votos y deseos no suelen ser desinteresados en estos tiempos, y como esto es cosa rara, debe aumentar su precio.
—Mis deseos son, mi querido tío, ya que no queréis concederme el derecho de daros otro nombre más tierno, veros a vos en situación más dichosa y más conveniente. En el estado actual de cosas os encontráis en una posición muy delicada, y ésta puedo serlo más todavía.
—No puede ser peor que la que espero, sobrino; pero el cambio de fortuna no me hará vacilar un punto. Vestiré ropas más groseras; comeré manjares más ordinarios; no me saludarán con el sombrero como lo hacían cuando era rico y poderoso. ¿Qué importa? Todos verán que Enrique Lee prefiere su honor a su título y su fe a sus posesiones y a su fortuna. ¿No he visto el 30 de enero? No soy adivino ni astrólogo, pero el viejo Will me enseña que el invierno está próximo cuando las hojas mustias se caen, y que la noche llega cuando el sol se oculta.
—¿Y qué pensaríais, si, sin pediros ningún acto de sumisión, ni exigiros juramento alguno, sin imponeros ninguna condición expresa o tácita, excepto la de no hacer nada que pueda alterar la tranquilidad pública, fueseis repuesto en la posesión del castillo de Woodstock, y de todos los emolumentos que dependen de él? Espero que este permiso os sea concedido, si no expresamente, a lo menos a título de tolerancia.
—Sí, os comprendo, quieren tratarme como a la moneda del rey, a la que se le pone el sello del Parlamento, para darle curso, porque soy ya muy viejo y muy duro para que se pueda limar el busto real grabado en mi corazón. Sobrino, no acepto nada de eso. He ocupado la residencia de Woodstock demasiado tiempo; y permitidme que os diga que la hubiera abandonado mucho antes con el mayor desprecio sin las órdenes de cierta persona a quien quizá pueda prestar algún servicio todavía. No acepto nada de los usurpadores, llámense Croupion o Cromwell, y sean un diablo o una legión entera; no aceptar de ellos ni un gorro viejo para cubrir mis canas, ni una capa vieja para proteger mis miembros contra el frío. No quiero que se vanaglorien de haber Enriquecido a Abraham con una generosidad forzada. Deseo vivir, como moriré, Lee el leal.
—¿Puedo esperar que reflexionaréis, señor, y que, teniendo en cuenta lo poco que se os exige, me daréis una respuesta más favorable?
—Sobrino, si cambio de opinión, cosa que no acostumbro, os informaré. Y ahora, ¿tenéis alguna otra cosa que decirme? Ved que el digno ministro permanece solo en esa habitación y está esperándome.
—Tenía algo que decir… algo respecto a mi prima Alicia —tartamudeó Everard—; pero temo que vuestras prevenciones contra mí estén tan fuertemente arraigadas que…
—No temo dejaros a solas con mi hija; iré a hacer compañía al buen sacerdote en la habitación de Juana. No sentiré que sepáis que dejo a mi hija, en cuanto es razonable hacerlo, el libre albedrío y el ejercicio de su voluntad.
Y, dicho esto, se retiró, dejando solos a los dos jóvenes.
Everard adelantóse hacia Alicia, con ademán de estrecharle una mano; pero ella la retiró suavemente, y, tomando asiento en el sillón que acababa de abandonar su padre, le señaló otra silla.
—Mi amada Alicia —exclamó Everard—; ¿acaso somos extraños el uno respecto del otro?
—Hablaremos de ello después; pero ahora permitidme que os haga una pregunta. ¿A qué obedece vuestra visita en semejante hora?
—Ya habéis oído lo que acabo de decir a vuestro padre.
—Sí; pero sospecho que teníais otra razón para venir. Una razón que parecía referirse a mí particularmente.
—Era una ilusión, una extravagancia, ¿podré preguntaros si habéis salido esta noche?
—Seguramente, no. No experimento deseo alguno de salir de mi morada actual, por humilde que sea, pues tengo obligaciones y deberes muy importantes que llenar en ella. Mas ¿por qué el coronel Everard me dirige una pregunta tan extraña?
—Decidme antes por qué vuestro primo Marcos ha perdido el nombre, que le daban la amistad, el parentesco, y… un sentimiento más tierno, y entonces os responderé.
—Mi respuesta es bien sencilla. Cuando desenvainasteis la espada contra la causa de mi padre, casi contra su persona, busqué —quizá más de lo que hubiera debido— disculpas a vuestra conducta. Conocía, es decir, creía conocer vuestras altas ideas de patriotismo, y no ignoraba en qué opiniones habíais sido educado, y me decía: Si es enemigo de su rey, es leal a su patria, y no le alejaré de mi corazón. Hicisteis todos los esfuerzos imaginables para impedir que esta cruel tragedia terminara con la sangrienta catástrofe del 30 de enero, y tal circunstancia, me confirmó en la opinión de que Marcos Everard podía dejarse extraviar; pero no sería jamás vil ni interesado.
—¿Y por qué habéis variado de opinión, Alicia? —preguntó el coronel ruborizándose—. ¿Quién se atreve a aplicarme tales calificativos?
—No necesitáis ejercer sobre mí vuestro valor, coronel Everard, pues no deseo ofenderos. Pero quizá alguien pueda deciros que el coronel Everard hace bajamente la corte al usurpador Cromwell, y que todos sus deseos de pretender asegurar la libertad de su país no son más que el manto con que se cubre para realizar un negocio ventajoso con el tirano, y alcanzar mercedes para sí y para su familia.
—¡Para mí! ¡Jamás!
—¿Para vuestra familia? Sí, me consta que habéis indicado a ese déspota militar el medio por el cual él y sus corifeos podrían ser dueños de la nación. ¿Creéis, por ventura, que mi padre y yo podíamos aceptar jamás un asilo comprado con el precio de la libertad de Inglaterra y de vuestro honor?
—¡Justo Cielo! Alicia, ¿qué queréis decir? Me reprocháis hoy la conducta que habéis aprobado en otra ocasión.
—Cuando nos hablabais en nombre de vuestro padre, y nos inducíais a que nos sometiéramos al gobierno constituido, cualquiera que fuese, suponía que los cabellos blancos de mi padre podían quedar bajo el techo que les había servido durante mucho tiempo de abrigo. ¿Pero es por el consejo y consentimiento de vuestro padre por lo que habéis estimulado a un soldado ambicioso a nuevas innovaciones, y os habéis convertido en el factor de la nueva tiranía que trata de implantar? Una cosa es someterse a la opresión, y otra muy distinta es convertirse en agente de un tirano, y… facilitarle los medios.
—¡Los medios! ¡Cómo! ¿Qué decís, Alicia? Sin duda alguna, vería con placer que se cerraban las heridas de mi patria, aunque fuera menester para ello que Cromwell se elevase más de lo que se ha elevado. ¡Pero, facilitarle los medios! ¿Qué queréis decir con eso?
—¿Luego es falso? Lo creía así; y habría jurado que era una calumnia.
—En nombre del Cielo, Alicia, os ruego que me expliquéis vuestras palabras.
—¿Es falso que os habéis comprometido a entregar al joven rey de Escocia en las manos de Cromwell?
—¡A entregarle! ¡Yo! ¡Yo entregar a un fugitivo, cualquiera que fuese! ¡Jamás! Quisiera que se encontrara fuera de Inglaterra… buscaría los medios para facilitar su huida si estuviera en esta casa, y, procediendo de este modo, creería prestar un servicio a sus enemigos, puesto que les impediría que se mancharan con su sangre. ¡Pero entregarle! ¡No… jamás!
—Tenía la seguridad de que esto era imposible. Pero haced más aún, Marcos; ¡desligaos de ese soldado obscuro y ambicioso; alejaos de él; no toméis parte alguna en sus proyectos abominables que sólo se fundan en la injusticia, y que no podrían realizarse sino a expensas de nuevos torrentes de sangre!
—Creed, amada Alicia, que he escogido, para seguirla, la línea de conducta política más conveniente al tiempo en que vivimos.
—Escoged la más conveniente al deber, Marcos, que es la más conforme al honor y a la verdad; cumplid vuestro deber, y dejad a la Providencia los demás cuidados. ¡Adiós! Ponemos demasiado a prueba la paciencia de mi padre; ya conocéis su carácter. ¡Adiós, Marcos!
Alicia tendióle la mano, que el coronel rozó con sus labios respetuosamente, y salió de la estancia al tiempo que aparecía el anciano Lee. Un saludo silencioso a su tío, y una señal que hizo a Wildrake, que había permanecido en la cocina, fueron los únicos indicios que probaban que él les había reconocido. Montó luego a caballo en la puerta misma de la cabaña, y Everard y Wildrake emprendieron el camino con dirección al castillo de Woodstock.
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