Woodstock

Walter Scott · Capítulo 16 de 39

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Woodstock

Capítulo XV

 

Una débil y vacilante luz brota de estos leños medio consumidos; los silbidos del búho anuncian la proximidad de la muerte al agonizante. Son las doce de la noche. Los cadáveres van a abandonar sus tumbas, y los espíritus a invadir los sagrados pórticos.—(El sueño de una noche de verano).

 

C uando Everard y sus acompañantes llegaron al castillo, después de su paseo nocturno, vieron con sorpresa que la guardia que vigilaba a las puertas del edificio había sido

reforzada. No sabiendo a qué acontecimiento atribuir tal exceso

de precauciones, el coronel interrogó al cabo que encontró en el vestíbulo con el resto de la tropa. Los soldados estaban sentados y medio dormidos alrededor de un gran fuego, que entretenían con restos de algunos muebles inservibles.

—Es verdad, coronel —respondió el cabo—, que el haber doblado la guardia ocasionará mayores molestias al destacamento, pero el miedo se ha apoderado de todos en tales términos, que nadie quiere hacer centinela solo. Por esto, ha habido necesidad de sacar un refuerzo de nuestros puestos avanzados de Bambury, y esperamos otro de Oxford que llegará mañana temprano.

Everard hízole algunas otras preguntas respecto a la colocación de los centinelas, en la que habían sido observadas exactamente las reglas de la disciplina y de la prudencia. Lo único que recomendó en vista de lo sucedido el primer día de su llegada al palacio, fue que se pusiera un centinela adicional, si esta medida se consideraba indispensable, en el vestíbulo o antesala que daba a la larga galería que comunicaba con distintas habitaciones y había sido teatro de su aventura.

El cabo prometió hacerlo así. Everard llamó luego a los sirvientes que llegaron también con doble fuerza, y preguntóles si los comisarios se habían acostado, pues deseaba hablarles.

—Están en su habitación —respondió uno de ellos—; no se han acostado todavía.

—¡Cómo! —exclamó Everard—; ¿el coronel Desborough y maese Bletson duermen en el mismo aposento?

—Sus señorías lo han querido así —repuso el criado—; y dos de sus secretarios deben velar esta noche la casa —exclamó Wildrake—. ¡Por mi vida! Si encontrara alguna hermosa camarera, seguiría yo la misma moda.

—¡Silencio, loco! ¿Y dónde están el alcalde y el ministro Holdenough? — preguntó Everard.

—El alcalde ha regresado a Woodstock a caballo —respondió el criado — en la grupa de un soldado que va a buscar refuerzos a Oxford, y el ministro se ha instalado en la habitación que ocupaba ayer el coronel Desborough, por ser el lugar en que es más probable que encuentre al… ¿Vuestra señoría me comprende? ¡Que el Cielo se compadezca de nosotros, pues estamos en una casa endiablada!

—¿Dónde están los servidores del general Harrison? — preguntó Tomkins—. ¿Por qué no vienen a acompañarle a su habitación?

—Aquí estoy… aquí estoy… aquí estoy… señor Tomkins — respondieron al mismo tiempo tres individuos, adelantándose consternados y sudorosos, como todos los que se encontraban en aquel momento en Woodstock.

—¡Está bien! —dijo Tomkins—. Conducid a su señoría; pero no le habléis. No está de humor para hablar.

—Está extraordinariamente pálido —repuso el coronel Everard—; sus facciones se encuentran violentamente agitadas, y aunque no ha dejado de hablar durante todo el camino, no ha desplegado los labios desde que hemos llegado.

—Hace siempre lo mismo después de semejantes accesos —respondió Tomkins—. Zedecías, Jonatán, dad el brazo a su señoría. Os seguiré dentro de un instante. Vos, Nicodemus, esperadme. No me agrada andar solo por esta casa.

—Señor Tomkins —dijo el coronel—, tenéis fama de hombre sutil e inteligente. ¿Es cierto que teméis encontrar algunos seres sobrenaturales en este palacio?

—No quisiera correr el riesgo de verlos —respondió Tomkins seriamente—. No tenéis más que ver a mi pobre amo para comprender lo poco agradable que es hablar con un muerto.

Y, dicho esto, se retiró, saludando con respeto a Everard. Este encaminóse a la habitación en que se encontraban los otros dos comisarios, dispuestos a pasar la noche juntos, para prestarse mutuo apoyo en caso necesario. Se disponían a meterse en el lecho cuando el coronel entró en la estancia; ambos temblaron al ver que se abría la puerta, pero no tardaron en tranquilizarse cuando conocieron al coronel Everard.

—Escuchadme un instante, coronel —dijo Bletson, conduciéndole a un extremo de la habitación—. ¿Habéis visto en vuestra vida un asno más grande que Desborough? El pillo es vigoroso como un toro y cobarde como un carnero. Me ha exigido, absolutamente, que duerma en esta habitación para protegerle, y pasaríamos una noche muy divertida, si os quedarais aquí con nosotros. Podéis ocupar la tercera cama que había sido preparada para el general Harrison, pues éste ha salido como un loco a buscar en el parque de Woodstock la llanura de Armageddon.

—El general acaba de entrar en este momento conmigo — repuso Everard.

—Pero ¡por vida mía! no entrará en esta estancia —exclamó Desborough, que había oído las últimas palabras—. No entrará, no; un hombre que ha ido a cenar con el diablo, no es digno de acostarse entre cristianos.

—No abriga semejante propósito —replicó Everard—. Parece que tiene una habitación separada y que la ocupará él solo.

—No la ocupará solo, estoy seguro de ello —respondió Desborough—; pues Harrison atrae los duendes y los espíritus malignos; éstos se agitan en torno de su persona como las mariposas revolotean alrededor de una luz. Pero vos, mi bueno y querido Everard, quedaos con nosotros, os lo suplico. No sé por qué; pero, aunque no tengáis siempre la religión en la boca, y no pronunciéis bellos discursos incompresibles, como Harrison, ni prediquéis sermones como cierto pariente mío que conoceréis y cuyo nombre callo, me considero más seguro en vuestra compañía que en la de ellos. En cuanto a Bletson, no es más que un blasfemo, y temo que el diablo se lo lleve antes de que amanezca un nuevo día.

—¿Habéis oído jamás a poltrón más miserable que Desborough? — preguntó aparte Bletson a Everard—. No obstante, quedaos con nosotros, mi querido coronel. Sé cuán diligente y celoso sois para prestar vuestra poderosa ayuda a los afligidos, y Desborough necesita ejemplos para despojarse del miedo que los diablos y los espíritus le inspiran.

—Me contraría, señores míos, no poder complaceros, pues he decidido dormir en la habitación que ocupó Víctor Lee: así, buenas noches y descansad. Si queréis pasar la noche completamente tranquilos, os recomiendo que empleéis el tiempo que estéis despiertos, en encomendaros a Dios. Esta noche tenía el propósito de hablaros del motivo que aquí me trae; pero dejaré la conversación para mañana, y creo que podré daros razones excelentes y de gran peso para que abandonéis Woodstock.

—Ya hemos permanecido en él demasiado tiempo —exclamó Desborough—. En cuanto a mí, sólo he venido para prestar un servicio al Estado, y con la mira de obtener algún pequeño provecho personal, bien entendido, a título de remuneración por mi trabajo; pero, si me ponen nuevamente la cabeza para abajo y los pies para arriba, como en la noche precedente, os aseguro que no permaneceré aquí un instante más, aunque me prometieran la corona de un rey, pues mi cuello no podría soportar su peso.

—Buenas noches, señores — repitió Everard.

El coronel disponíase ya a abandonar la habitación cuando Bletson acércesele de nuevo y le dijo a media voz:

—Escuchad, coronel, conocéis el afecto que nos une; os suplico encarecidamente que dejéis abierta la puerta de vuestro aposento para que, si alguna cosa llegara a inquietaros, pueda oíros llamar y acudir enseguida en vuestro socorro. Os recomiendo que lo hagáis así, mi querido Everard, sin lo cual mis temores por vos no me permitirán dormir en toda la noche, pues no ignoro, a pesar de vuestro buen criterio, que os quedan aún algunas ideas supersticiosas, que adquirimos en la cuna, y que son el único fundamento de los temores que ahora experimentamos. Dejad, pues, vuestra puerta abierta, para que pueda ir, en caso necesario, a socorreros.

—Señor —intervino Wildrake—, mi amo pone su confianza, primero en su Biblia y después en su espada. No cree que el acostarse dos hombres en la misma alcoba, sea un conjuro eficaz para ahuyentar a los diablos, ni que todos los argumentos de los incrédulos del mundo prueban que el enemigo del género humano exista más que en la imaginación de los pusilánimes.

Everard agarró por el brazo a su imprudente amigo; le arrastró mientras que hablaba, y no le soltó hasta que estuvieron en la habitación de Víctor Lee, donde ya habían pasado una noche. Continuó sujetando a Wildrake hasta que el sirviente que traía las luces las hubo colocado sobre la mesa y se retiró. Entonces, soltándole por fin, díjole con tono de reproche:

—¿Sois vos el hombre prudente y comedido? ¿Os parece que obráis con prudencia, no ocupándoos más que en buscar ocasiones de disputar y de provocar contiendas que pueden degenerar en reyertas? ¡Debíais avergonzaros!

—Sí a fe, debería avergonzarme —respondió el caballero—; y me avergüenzo de carecer de energía y de alma, y de dejarme conducir por un hombre que no es mejor nacido ni mejor educado que yo. Os aseguro, Marcos, que abusáis de la ventaja de vuestra posición. ¿Por qué no consentís en que os deje, y que viva y muera como se me antoje?

—Porque, antes de una semana de haberos separado de mí, seríais ahorcado como un perro. Hablemos con juicio, mi querido Wildrake: ¿por qué habéis atacado al general Harrison, y os habéis puesto a discutir, sin necesidad alguna, con Bletson?

—Ahora estamos en casa del diablo, según parece, y dondequiera que me hospedo cuando voy de viaje doy al dueño lo que le es debido. Hubiera tenido mucho gusto en enviarle a Harrison o a Bletson para que calmase su apetito, hasta que le llega el turno a Crom…

—¡Silencio! Las paredes oyen —exclamó Everard mirando desconfiadamente en torno suyo—. Ya sabéis dónde está vuestra cama, y como veis han preparado otra en esta habitación. Colocad la espada al alcance de vuestra mano, pues es necesario vigilar como si el enemigo estuviera a nuestra vista. No nos separará más que por esta puerta.

—Que dejaré entreabierta para el caso en que necesitéis que os preste mis socorros, como decía aquel impío. ¿Pero cómo es que esta habitación se encuentra en tan buen orden, mi querido patrón?

—Había comunicado a Tomkins mis propósitos de pernoctar en ella.

—Ése es un tunante bien particular, y me parece que ha tomado bien la medida de cada uno y sabe dónde les aprieta el zapato.

—Es, según se asegura, uno de esos hombres que ha formado el tiempo en que vivimos. Sabe predicar y, merced a ello, disfruta de gran prestigio entre los independientes, y su inteligencia y actividad son útiles a las personas más moderadas.

—Y su sinceridad, ¿no ha sido jamás puesta en duda?

—Según mis noticias, no. Por lo contrario, se le llama familiarmente José el Honrado y Tomkins el Fiel; pero creo que su sinceridad marcha siempre de común acuerdo con su interés. Pero andad, bebed un trago y acostaos. ¡Qué!, ¿vaciáis el vaso de una sola vez?

—¡Sí, pardiez! Porque he prometido no beber más que una vez sola; pero no temáis nada; esto es un gorro de dormir que conservará en mi cabeza un calor suave y no me enardecerá. Así que, amigo mío, sea hombre o diablo, quienquiera que os moleste, llamadme y correré a vuestro lado inmediatamente.

Luego, entró Wildrake en la habitación que le estaba destinada, y el coronel, despojándose de una parte de sus vestidos, se tendió sobre una cama sin cortinas, y pocos momentos después dormía tranquilamente.

Pero, apenas había conciliado el sueño, despertáronle las notas de una música dulcísima y majestuosa, cuyos sonidos parecían alejarse paulatinamente. Empezó a temblar, y buscó sus armas, que encontró en el mismo sitio en que las había dejado al acostarse. Nada le impedía mirar en derredor; pero le era imposible distinguir nada en las tinieblas. Experimentaba, pues, esa especie de sorpresa y anhelo indefinibles que ocasiona la aproximación de un peligro invisible y desconocido.

Aunque le repugnaba creer en la existencia de espíritus sobrenaturales, no era completamente ajeno a la superstición, y no estando seguro de si los sonidos que aún le parecían oír habían sido un ensueño, no quiso exponerse a las burlas de su amigo, llamándole por causa tan insignificante. Sin embargo, en espera de los acontecimientos, se sentó en la cama.

A su pesar, y aun sospechando que se había tramado un complot contra los enviados del Parlamento, recordó el lance de Harrison en medio del silencio y de las tinieblas que reinaban en torno suyo. El general, al hablar de la aparición, había referido una circunstancia diferente de la que él mismo había sugerido: el pañuelo manchado de sangre, que veía constantemente ante sus ojos o en su calenturienta imaginación. ¿Era posible que la víctima volviera del otro mundo para presentarse ante su asesino? Y, si esto era así, ¿por qué no serían permitidas otras apariciones de la misma naturaleza para advertencia, escarmiento o castigo? Everard deducía que, si era una insensatez admitir la posibilidad de las apariciones que se referían, sería una imperdonable locura poner límites al supremo poder del Criador.

Estas ideas sugerían al coronel Everard un misterioso terror invencible, y, aunque un peligro cierto le hubiera armado de todo su valor y sangre fría, la incertidumbre absoluta de lo que tenía que temer acrecentaba sus aprensiones. Experimentaba deseos irresistibles de saltar de la cama, y reanimar el fuego de la chimenea, que a prevención había cubierto de ceniza, con la esperanza de que la claridad le permitiera descubrir algún espectáculo extraordinario. También pensó llamar a su amigo Wildrake; pero el ridículo a que temía exponerse, más fuerte que el miedo, se lo impidió.

—¡Oh, no! —exclamó—. ¡Dirán que el coronel Marcos Everard, reputado por uno de los mejores oficiales que han manejado la espada en esta guerra fratricida, ha temido quedarse solo en una habitación a medianoche! ¡No, no, jamás!

Sin embargo, estas reflexiones no detenían el curso de sus pensamientos. Las diversas tradiciones que corrían acerca de la habitación de Víctor Lee acudían en tropel a su memoria, y, aunque siempre las había considerado como rumores propalados de generación en generación por las personas supersticiosas, no conseguía calmar la agitación de que estaba poseído. Después recordó todos los acontecimientos que le habían ocurrido en la misma noche, desechó toda idea de fantasmas o de peligros imaginarios, e inclinóse a creer que en algún rincón del palacio se ocultaría una tropa de caballeros, que se refugiarían en él durante la noche y que aprovecharían la ocasión para satisfacer contra los republicanos, y especialmente contra Harrison, que había sido uno de los jueces regicidas, la venganza de que estaban sedientos los partidarios del desgraciado Carlos I.

Para tranquilizarse pensaba en el gran número de soldados que guardaban el palacio y en las guardias establecidas; pero se reprochaba no haber tomado medidas más severas y haber jurado guardar una promesa arrancada violentamente, pues ello exponía a sus compañeros de armas al peligro de ser asesinados. Estas ideas, unidas a los deberes militares que su cargo le imponía, variaron el curso de sus reflexiones, las cuales le inclinaron a comprobar si los centinelas estaban vigilantes y si se encontraban colocados de modo que pudieran prestarse auxilio unos a otros en caso de alarma.

—Esto es más conveniente —se dijo— que permanecer aquí asustado como un niño, a quien le cuentan un cuento las viejas, y de los que en mi juventud me he reído. ¿Qué importa que mi tío, Víctor Lee, como aseguran, sea reo de sacrilegio; que haya fabricado cerveza en la pila bautismal que había sacado de la iglesia de Holyrood cuando fue saqueada y entregada a las llamas, justamente con el antiguo palacio?, ¿qué importa que su hijo mayor haya caído en esa misma pila llena de un licor ardiendo y haya muerto en ella? ¿Cuántas iglesias no han sido demolidas, y cuántas pilas de bautismo no han sido profanadas desde entonces? Su número es tan grande, que si el Cielo vengara semejantes profanaciones, no habría un solo palmo de terreno en Inglaterra, una sola iglesia, que no fuese teatro de alguna aparición. Estos delitos deben realmente ser castigados; pero ¿por qué de este modo? Estas son ideas ridículas, que debe desechar toda persona educada en las creencias de que la santidad está en las obras y en las intenciones, y no en los bautismos, en los vasos sagrados y en las formas exteriores del culto.

En aquel momento, el gran reloj del palacio dio pausadamente las tres, y oyóse la voz ronca de los soldados resonando bajo las bóvedas y en los corredores mientras se preguntaban y se respondían unos a otros con las palabras de «¡Centinela, alerta! ¡Alerta está!». Las voces mezclábanse con el sonido de la campana; pero, cuando se extinguió el eco de la última campanada, todas aquellas voces habían enmudecido. El aire condujo aún a los oídos de Everard las últimas vibraciones del bronce, cuya intensidad disminuía progresivamente; pero éstas se prolongaban de tal manera, que el coronel dudó si era un eco que las repetía, o si nuevos sonidos alteraban el silencio del antiguo palacio y de los bosques circundantes, cuando el reloj y las voces de los centinelas habían cesado por completo. Su duda no fue de mucha duración. Una música que había empezado a sonar cuando expiraban los últimos sonidos de la campana del reloj, cuyas vibraciones pareció prolongar al principio, lanzó al aire notas más claras y perceptibles. Era una melodía grave y majestuosa que parecía adelantarse de habitación en habitación, de corredor en corredor recorriendo toda la antigua morada de soberanos. Sin embargo, ningún centinela daba la voz de alarma, y de todos los individuos de importancia que, dominados por el terror y la inquietud pernoctaban en el palacio, ni uno solo advertía aquel nuevo motivo de terror. Everard no pudo guardar silencio por más tiempo. Los sonidos se acercaban tanto, que le pareció que en la habitación inmediata a la suya se celebraba el oficio solemne de difuntos. Llamó a grandes voces a su fiel compañero, a su amigo Wildrake, quien como ya hemos dicho, dormía en la alcoba contigua a su habitación, y cuya puerta había quedado entreabierta.

—¡Wildrake!… ¡Levantaos!… ¡Despertad, Wildrake!… ¿no oís?

Wildrake no respondía, aunque parecía que los ejecutantes se encontraban en la misma estancia de Víctor Lee.

—¡Alerta, Wildrake, alerta! —volvió a gritar el coronel arrojándose fuera del lecho y apoderándose de sus armas—; esparcid la alarma por el castillo y procuraros una luz.

Tampoco esta vez obtuvo respuesta alguna. Las notas funerales cesaron en el instante mismo en que Everard cesó de hablar, y la misma voz suave y dulcísima que le había dirigido la palabra en la galería, dejóse oír en su habitación, según creía, y a pocos pasos de distancia de él.

—Vuestro compañero no responde —dijo la voz—. No pueden oír la alarma los que tienen tranquila la conciencia.

—¡Todavía la misma canción! —exclamó Everard—. Pero ahora estoy mejor armado que hace algunas horas; y, si no respetara el eco de la voz que escucho, la persona que me habla hubiera pagado bien cara su audacia.

—No creáis, coronel, asustarnos hablando de vuestras armas… nosotros las despreciamos, porque no tienen poder alguno sobre los guardadores y protectores de Woodstock —replicó la misma voz, que tanto se parecía a la de Alicia Lee—. Disparad y veréis cuál es el resultado; pero, antes, os advertimos que no intentamos haceros ningún mal. Sois de la raza de los halcones, y vuestro carácter es noble, aunque hayáis sido mal educado y conducido desde la infancia, y os hayáis asociado con los gavilanes y los cuervos. Emprended el vuelo mañana, porque si os quedáis aquí con los buitres, con los búhos, los murciélagos y demás avechuchos de mal agüero, que creen poder anidar tranquilamente en estos lugares, correréis inevitablemente su misma suerte. Partid, pues, a fin de que este palacio pueda ser barrido y arreglado para recibir dignamente a los que tienen derecho a morar en él.

—Pues os prevengo una vez más —contestó el coronel alzando la voz— que no penséis desafiarme impunemente. No soy un niño, ni un cobarde a quien se le intimida con cuentos de duendes y con absurdas patrañas, y que, estando armado, tema a unos miserables bandidos. Si os concedo algunos instantes de espera, es por el respeto que me inspiran algunos amigos, mal aconsejados, que pueden haber tomado alguna parte en este ridículo complot. Sabed que puedo hacer rodear este palacio por soldados y mandar hacer las pesquisas más minuciosas, y si éstas resultaran infructuosas, emplear algunos barriles de pólvora para convertir esta casa en un montón de ruinas, bajo las cuales quedarán sepultados los autores e instigadores de esta estúpida farsa.

—Habláis con demasiada altivez, señor coronel —repuso una voz más varonil, semejante a la segunda que él había oído en la galería—; probad, si os atrevéis, vuestro valor, en ese sentido.

—No me retaríais dos veces —exclamó Everard colérico— si la más ligera claridad me permitiera fijar la puntería de mis pistolas.

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando brilló una claridad repentina y deslumbradora, que le hizo ver una figura en todo semejante a Víctor Lee, tal como aparecía en el cuadro que colgado de la pared estaba, dando la mano a una señora completamente cubierta desde la cabeza hasta los pies y teniendo en la otra mano su bastón de mando. Aquellas dos figuras estaban animadas y parecían encontrarse a seis pies de distancia del coronel.

—Si la presencia de esta mujer no me detuviese —dijo Everard—, no sufriría semejante insulto.

—No temáis por ella, y haced lo que os plazca —dijo la segunda voz—. Os desafío.

—Desafiadme de nuevo cuando haya contado hasta el número tres — exclamó Everard—, y recibiréis el castigo que merece vuestra insolencia… ¡Uno!… Mi pistola está cargada… ¡Dos!… Os prevengo que siempre doy en el blanco… ¡Oh! Por cuanto hay de más sagrado para vos, estoy dispuesto a disparar si no os retiráis enseguida. Cuando pronuncie el número tres, sois muerto. Me desagrada derramar sangre humana; quiero daros más tiempo… empezaré a contar otra vez… ¡Uno!… ¡Dos!… ¡Tres!…

Everard apuntó con pulso firme al pecho de la figura y disparó; pero la figura extendió despreciativamente los brazos y prorrumpió en una gran carcajada irónica, en tanto que la claridad que iluminaba sus facciones se desvanecía gradualmente hasta desaparecer por completo.

A Everard helósele la sangre en las venas.

—Si hubiera sido un hombre como todos —pensaba—, mi bala le habría traspasado de parte a parte, pero no quiero ni puedo combatir con seres sobrenaturales.

La opresión y la angustia que experimentaba eran tan intensas, que casi le privaban del uso de sus facultades; pero, esto no obstante, hizo un poderoso esfuerzo para acercarse a la chimenea a tientas, y, habiendo removido las cenizas y encontrado algunos carbones encendidos, aproximó algunas ramas que, al inflamarse, iluminaron todos los ámbitos de la habitación. Miró en torno suyo con precaución y desconfianza, casi con timidez, como si temiera que algún fantasma horrible se le presentara; pero no vio más que los antiguos muebles que conocía desde su infancia, en el mismo sitio y estado en que se encontraban cuando Enrique Lee y su hija abandonaron el palacio.

Un deseo irresistible, no exento de cierta repugnancia, le impelía a dirigir sus miradas al sitio en que estaba colocado el retrato del antiguo caballero, con quien tenía tanta semejanza la figura que acababa de desaparecer. Vaciló aún durante algunos instantes; pero, al fin, apoderóse de la vela que le había servido para acostarse, la encendió y, levantándola hasta la altura del retrato de Víctor Lee, lo examinó con curiosidad y temor supersticioso. Los terrores pueriles que le habían atormentado durante su infancia, tomaron en aquel momento completa posesión de su espíritu, pareciéndole que la mirada tranquila y severa del antiguo guerrero seguía la suya y le amenazaba con indignación. Bastóle un instante para desechar aquellas ideas absurdas.

—¡Alma de uno de los antepasados de mi madre! —exclamó—, ya sean buenas o malas las intenciones; ya sean conspiradores astutos y atrevidos, o seres del otro mundo, quienes turban la paz y tranquilidad de este palacio, os prometo abandonarle tan pronto como luzca el nuevo sol en el horizonte.

—¡Amén!… Me alegro mucho de que así sea — respondió una voz detrás de Everard.

El coronel volvióse rápidamente y vio ante sí un cuerpo vestido de blanco con un turbante del mismo color sobre la cabeza; arrojó la luz que tenía aún en la mano y se precipitó sobre él diciendo:

—¡Tú siquiera eres palpable!

—¡Palpable! —exclamó la persona a quien había cogido por la garganta —. ¡Pardiez!, ¿no podéis aseguraros de ello sin pretender ahogarme? ¡Vamos, soltad, pues, si no, os probaré que estoy aún en condiciones de luchar con vos!

—¡Rogerio Wildrake! —exclamó Everard, soltando su presa y retrocediendo algunos pasos.

—Sí, hombre, sí; sin duda; Rogerio Wildrake, ¿creíais que fuera Rogerio Bacón, que venía a ayudaros a conjurar al diablo? Aquí huele terriblemente a azufre.

—Es el disparo que he hecho con mi pistola. ¿No lo habéis oído?

—Eso me ha despertado. Este gorro de dormir que me puse, al acostarme, me ha dado un sueño como una marmota. ¡Por mi fe, que aún tengo la cabeza sumamente pesada!

—¿Y por qué no habéis venido antes? Jamás he tenido tanta necesidad de socorro.

—He venido tan pronto como me ha sido posible; pues he necesitado algún tiempo para recobrar el uso de mis sentidos, porque estaba soñando con esa maldita batalla de Naseby. Además, la puerta del cuarto estaba cerrada… era completamente imposible abrirla. Mis pies y mis fuerzas me han servido de llave.

—¡Cómo! ¿No la dejamos abierta cuando nos acostamos?

—Sí; pero estaba bien cerrada cuando me levanté. Me sorprende que no hayáis oído el alboroto que he promovido para forzarla.

—Estaba mi atención reconcentrada en otro asunto.

—Pues bien, ¿qué ha sucedido? Aquí estoy dispuesto a combatir si puedo… ¡ah!… ¡ah!… ¡ah!… cesar de bostezar. La más fuerte cerveza de la madre Redcap, es agua pura comparada con la que bebí anoche. Bebí… ¡ah!… ¡ah!… ¡ah! Bebí el elixir de cerveza.

—Con algunos granos de opio, según creo.

—Es muy posible. Era necesario un disparo de pistola para despertarme, a mí, que, con un trago ordinario por la noche, tengo el sueño tan ligero como una niña que… ¡ah!… ¡ah!… ¡ah!… que el primer día de mayo espera impaciente que amanezca para recoger el rocío. Bueno, ¿y qué vais a hacer ahora?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada. Y añado, menos para instruiros de ello que para informar a otros que quizá están escuchándome, que abandonaré el palacio hoy mismo, y procuraré que lo abandonen también los comisarios del Parlamento.

—¡Escuchad! —dijo Wildrake—. ¿No habéis oído un ruido lejano, algo parecido a los aplausos en la sala de un teatro? Parece que los espíritus que habitan este castillo se alegran de que os marchéis.

—Dejaré a Woodstock —prosiguió Everard— bajo la custodia de mi tío sir Enrique Lee y de su familia, si les acomoda volver a él. No porque el temor me obligue a ceder a los burdos artificios a que se ha recurrido en esta ocasión, sino porque no tuve otra intención al venir aquí. Sin embargo —añadió alzando la voz—, prevengo a los autores o actores de estas ridículas escenas, que, si hasta la fecha les han resultado bien con un estúpido como Desborough, un visionario como Harrison y un cobarde como Bletson…

—O con un hombre moderado, prudente y valeroso como el coronel Everard — interrumpió una voz muy clara que parecía hablar a su lado.

—¿Qué es esto? ¡Por el Cielo! Esta voz sale del retrato —gritó Wildrake—; permitidme que vea si su armadura es de buen temple.

—¡Nada de violencia! —aconsejó Everard, quien tembló al ser interrumpido, pero recobró su firmeza, y reanudó el hilo de su discurso—. Que los que me escuchan tengan entendido, que, aunque sus astucias y bellaquerías les hayan salido bien por el momento, no puede menos de descubrirse todo cuando se profundice, y los culpables serán castigados: la demolición total de Woodstock, y la caída infalible de la familia Lee. Que piensen detenidamente lo que hacen y que pongan fin a sus bellaquerías, porque, si hoy es tiempo aún, mañana quizá sea tarde.

Calló Everard y esperó respuesta, pero no recibió ninguna.

—Todo es bien extraordinario —dijo Wildrake—; pero mi espíritu ¡ah!… ¡ah!… ¡ah!… no lo comprendo en este momento. Mi cabeza da vueltas como una rebanada de pan tostado en un vaso de vino. Necesito sentarme ¡ah!… ¡ah!… ¡ah!… y reflexionar seriamente en ello, ¡ah!… ¡ah!… ¡ah!… Por suerte esta butaca es muy cómoda.

Diciendo esto, se sentó, o, mejor dicho, dejóse caer sobre una cómoda poltrona que había sostenido muchas veces el peso del cuerpo de Enrique Lee, y a los pocos instantes quedóse profundamente dormido.

Everard estaba muy lejos de experimentar el mismo deseo dormir; su espíritu se encontraba aliviado del temor de ser nuevamente molestado por nadie durante el resto de aquella noche. Las disposiciones que había manifestado respecto a la evacuación de Woodstock habían sido tomadas en consideración hasta por los mismos a quienes la llegada de los comisarios del Parlamento había decidido a adoptar medidas tan singulares para expulsarlos. Al principio estuvo tentado de atribuir carácter sobrenatural a cuanto había visto y oído; pero luego se explicaba más razonablemente cuanto había de misterioso en semejante complot, para cuya ejecución era muy a propósito el palacio de Woodstock.

El coronel reanimó el fuego de la chimenea arrojando leña en abundancia, encendió la vela, y dirigiendo una mirada a Wildrake, colocóle en la butaca en la posición más cómoda para que durmiera; el caballero dejábase manejar como un niño en la cuna. El estado en que se encontraba éste, no contribuyó poco a convencer a Everard, de que todo cuanto había ocurrido en el castillo no era más que el resultado de un juego de manos, pues los espíritus no necesitaban administrar narcóticos.

Por último, se tendió en el lecho y, mientras su imaginación se sumergía en los extraordinarios sucesos que estaban desarrollándose, los acordes de una música suave y melodiosa hirieron nuevamente sus oídos. Después una voz dulce pronunció por tres veces: «¡Buenas noches! ¡Buenas noches! ¡Buenas noches!». Aquella voz sonó cada vez más lejos, de lo que dedujo, que le concedían una tregua, o quizá una paz definitiva, y de que su reposo no sería turbado durante el resto de aquella noche. Apenas tuvo el valor suficiente para contestar: «¡Buenas noches!», pues, a pesar de su convicción de que cuanto acababa de suceder era un juego de manos, su emoción era tan intensa e involuntaria, como la que se experimenta durante la representación de una tragedia interpretada por buenos artistas. Al fin, el sueño se apoderó de él, y, cuando despertó, el sol del nuevo día estaba ya bien alto.

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