Woodstock

Walter Scott · Capítulo 4 de 39

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Woodstock

Capítulo III

¡Oh, insigne Fierabrás, que, lleno de entusiasmo, relatas, ante un público ignorante, las glorias de este maldito siglo y celebras las contiendas que promovieron las facciones, en cualquier indecente tugurio, refiriendo además los peligros que has corrido, tanto a nuestro lado como en contra nuestra, cuando oíste el silbido de las balas! ¡Silencio!… Voy a hablar de ti ahora.

(Leyenda del capitán Jones).

 

J osé Tomkins y el guardabosque Joliffe guardaron durante algún tiempo silencio, contemplando la senda por donde el caballero de Ditchley y su hermosa hija Alicia acababan de

internarse en la arboleda. Después miráronse fijamente el uno al

otro como quienes dudan si deben considerarse amigos o enemigos y se encuentran perplejos sin saber cómo empezar la conversación.

De pronto, llegó a sus oídos un agudo silbido; era que el anciano caballero llamaba a su perro favorito, Bevis. El inteligente animal volvió la cabeza y levantó las orejas al oír aquella señal, para él tan conocida; pero, sin obedecer el mandato de su dueño, continuó oliendo los vestidos del soldado.

—Debes poseer una ciencia bien rara —dijo Jocelín a su nuevo compañero—. Con frecuencia he oído hablar de personas que tienen encantos para robar los perros y los gamos.

—No te preocupes por mis cualidades buenas o malas, amigo — respondió Tomkins—, y limítate a cumplir las órdenes que te ha dado tu amo.

José no respondió enseguida; pero, al fin, como en señal de tregua, fijó en tierra el extremo de su nudoso y grueso garrote, y apoyándose en él dijo al soldado con dureza y brusquedad:

—¿De modo que mi anciano amo y tú ibais a tirar de los aceros como por oficio de vísperas, señor predicador? Tu fortuna ha sido que yo no haya llegado mientras cruzabais las espadas, porque, en este caso, te aseguro que hubiera tocado un buen Tedeum sobre tus costillas.

—Creo, amigo mío, que es a ti a quien debo dar la enhorabuena por no haber llegado a tiempo al concierto —respondió el independiente sonriéndose irónicamente—, pues te aseguro que jamás ningún maestro de capilla hubiera sido tan bien recompensado por su trabajo como lo hubieras sido tú. Además, ¿por qué ha de haber guerra entre nosotros? ¿Por qué habían de levantarse contra ti mis manos pecadoras? Tú no eres más que un pobre diablo, que cumples las órdenes de tu señor, y no tengo ningún placer en que tu sangre o la mía se derrame por semejante bagatela. Tú debes darme tranquilamente posesión del palacio de Woodstock, puesto que así le llaman, aunque actualmente no haya ningún palacio en Inglaterra, y no lo haya tampoco en lo sucesivo, hasta que entremos en el de la nueva Jerusalén, y el reinado de los santos empiece sobre la tierra.

—Pues ha empezado ya, según parece, señor Tomkins —objetó Jocelín —. Del modo que van las cosas, poco falta para que seáis reyes. Ignoro qué será vuestra Jerusalén, pero, en lo que respecta a Woodstock, es un magnífico nido para empezar. Ahora bien: ¿quieres ir delante? Vamos allá. ¿Quieres apoderarte de todo y que te lo entregue? Ya has oído las órdenes que he recibido.

—¡Bah!, ¡bah! —replicó Tomkins—; realmente no sé qué hacer. Me encuentro solo, y debo precaverme contra las emboscadas. Además, hoy es el día fijado por el Parlamento y admitido por el ejército para las solemnes acciones de gracias. Ese anciano y esa señorita podrían reclamar sus vestidos y algunos otros objetos de su uso particular, y no quisiera que mi presencia les estorbase; así, si tú quieres demorar hasta mañana por la mañana el acto de darme posesión, esta formalidad se ejecutaría en presencia del destacamento que me acompaña y del alcalde presbiteriano, a fin de que todo se realice ante testigos, pues si no estuvieras más que tú para entregarme la posesión y yo para recibirla, los hijos de Belial podrían decir: Vamos, vamos, Tomkins el fiel ha sido un edomita, y el honrado José ha sido un israelita, que han madrugado para repartirse los despojos con los que servían al hombre: sí; aquellos que usan las barbas largas y los vestidos verdes, en recuerdo del hombre y de su gobierno.

Jocelín miró atentamente al soldado mientras éste hablaba como para descubrir si lo hacía de buena fe. Luego, introduciendo sus cinco dedos en su espesa cabellera, y rascándose la cabeza, como si esta operación le fuera necesaria para ponerle en estado de sacar una conclusión, añadió:

—Todo eso es muy bonito, amigo mío; pero te manifestaré claramente, y en confianza, que en el aposento hay algunos platos y varios vasos de plata, que se han escapado al torrente que ha llevado a fundir toda nuestra vajilla, cuando nuestro caballero pretendió equipar una compañía. Ahora, pues, si no los quieres recibir inmediatamente, me encontraré en un grave compromiso, pues podrán creer que he substraído alguno, mientras que, siendo tan hombre de bien y tan honrado como…

—Como el primer ladrón de gamos que haya existido jamás — interrumpió Tomkins—. Continúa, te debía una interrupción.

—¡Vete al diablo! —replicó Jocelín—; si alguna vez he matado algún gamo que se ha puesto a mi alcance, no ha sido por falta de probidad, sino por impedir que la cacerola de mi vieja cocinera se oxidase. Pero en cuanto a la plata, como son los platos y vasos de que te hablo, mejor bebería el metal fundido, que robar una sola de esas piezas. Por consiguiente, no quisiera exponerme en este negocio ni a reprensiones ni a sospechas; además, si quieres que te ponga en posesión inmediatamente, sígueme; si no, ponme a cubierto de toda responsabilidad.

—Perfectamente; pero ¿quién me pondrá a mí a cubierto, si se sospecha que se ha robado algo? No serán seguramente los honrados comisarios, que consideran ya este dominio como cosa propia. Nosotros debemos, pues, como tú dices, obrar prudentemente. Cerrar las puertas y marcharnos sería una simpleza; pero si pasamos los dos la noche juntos en el palacio, ninguno de nosotros no podrá tocar nada sin que el otro lo advierta. ¿Qué dices de ésta mi proposición?

—Para eso sería necesario que yo estuviera ya en mi cabaña a fin de ponerla en estado de recibir a sir Enrique y a la señorita Alicia, pues mi vieja Juana es algo sorda, y no sabrá cómo conducirse. Y, sin embargo, tampoco quisiera ver nuevamente a mi amo esta noche, porque lo sucedido hoy revuelve su bilis, y apuesto que lo que él ha de ver en mi choza no será muy a propósito para apaciguarlo.

—Es lástima, amigo mío, que un hombre que tiene un aspecto tan venerable sea un caballero, un malvado, y que, como el resto de esa generación de víboras, se haya hecho un hábito de juramentos.

—¿Que se ha hecho un hábito de juramentos, dices? —exclamó Jocelín riéndose—. ¿Qué hemos de hacerle? Éstas son cosas de la costumbre. Si te encontraras de repente delante de un árbol de mayo lleno de cascabeles y de cintas, en torno del cual bailase la juventud alegre al son de la flauta y del tamboril, de modo que las muchachas te dejasen ver la encarnada liga con que atan sus medias de azul celeste, creo, amigo mío, que un sentimiento más sociable te arrastraría a pesar de tu gravedad, y que echarías a un lado ese gran sombrero de cornudo en forma de campanario, y al otro ese largo estoque sediento de sangre, y que bailarías como los locos de Hogs-Norton cuando los cerdos tocan el órgano, según dicen.

El independiente volvióse hacia el guardabosque, y le dijo indignado:

—¿Qué significa esto, señor vestido de verde? ¿Te atreves a hablar semejante lenguaje a un hombre que maneja el arado espiritual? Te aconsejo que refrenes tu lengua, porque de otro modo tus costillas van a pasarlo mal.

—No me levantes tanto la voz —le respondió Jocelín—, y ten en cuenta que no tratas con un anciano de sesenta y cinco años, sino con un mozo tan gallardo y vigoroso como tú, o tal vez algo más, y por lo menos mucho más joven. ¿Pero por qué asustarse así por la sombra de un mayo? Quisiera que hubieses conocido a Phil Hazeldin en este cantón: era el mejor bailarín que había entre Oxford y Burford.

—Peor para él —respondió el independiente—; pero ya habrá reconocido lo errado de sus caminos, y se habrá hecho digno, como podía fácilmente ser si fuera un hombre dotado de actividad, de figurar en mejor compañía, que en la de los merodeadores de bosques, ladrones de gamos, bailarines, pendencieros, farsantes, titiriteros, libertinos crapulosos, prostitutas, mentecatos, tocadores de violín y gentes de toda ralea, que no buscan más que satisfacer sus apetitos.

—Muy bien —dijo Jocelín—, pero el aliento te ha faltado a propósito, pues nos encontramos delante del famoso mayo de Woodstock.

Los interlocutores se detuvieron en una extensa pradera, que formaba un claro en medio del bosque, rodeado por todas partes de grandes encinas y de bellos sicómoros. Uno de estos árboles que parecía el rey del bosque, erguíase solo a alguna distancia de los demás, como si no hubiera podido permitir ningún rival en torno suyo. Sus ramas, casi secas, estaban achaparradas, pero su tronco daba a conocer la talla gigantesca de este monarca de los bosques de Inglaterra.

—Este árbol es el que llaman la Encina del Rey —explicó el guardabosque—. Los más ancianos vecinos de Woodstock no podrían precisar la edad que tiene. Se asegura que el rey Enrique acostumbraba sentarse a la sombra de sus ramas en compañía de la bella Rosemunda, para ver cómo bailaban los jóvenes del pueblo, disputándose el premio de la carrera y de la lucha, que consistía en cintas y otras bagatelas.

—No lo dudo, amigo mío; un tirano y una mujer prostituida podían dignamente dirigir tales cantidades.

—Bueno, bien; tú puedes decir cuanto te plazca, siempre que me dejes hablar a mí también. He aquí el mayo como tú lo ves, a medio tiro de arcabuz de la Encina del Rey y en medio de la pradera. El monarca regalaba cada año un árbol del bosque y diez chelines para plantar otro nuevo; pero, ahora, está carcomido, podrido y encorvado como una rama de espino seco. Entonces se cortaba cuidadosamente la hierba de suerte que tenía el aspecto de un manto de terciopelo verde; pero en la actualidad la maleza crece por doquier y nadie se cuida de cortarla.

—Perfectamente, amigo Jocelín; pero ¿dónde hay en esto algo edificante? ¿Qué doctrina se puede sacar de una flauta y de un tambor? ¿Qué lección de sabiduría puede enseñarnos una cornamusa?

—Eso podrán decírtelo otros más sabios que yo; pero me parece que no se puede mantener constantemente ese aire grave y el sombrero encasquetado hasta los ojos. Es tan natural a una muchacha la risa, como un capullo de rosa el abrirse, y un joven no la ama menos por eso. Una misma primavera hace cantar a los pajarillos en la enramada y retozar a los corderinos en la pradera. Desgraciadamente, aquel buen tiempo ha pasado ya, y hoy no valen lo que aquéllos valían; te repito que, en los días de fiesta que tú y los tuyos habéis suprimido, señor de la larga espada, he visto esta pradera llena de niñas y muchachos alegres. El buen rector no creía pecar asistiendo durante algunos momentos a nuestras diversiones, y el vestido que él llevaba nos imponía la corrección, y nos enseñaba a mantener nuestro regocijo en los límites de la discreción y de la prudencia. Acaso en algunas ocasiones nos permitíamos alguna gracia algo viva y atrevida; quizá nos dejábamos arrastrar por la bebida y gustábamos un traguito más en la copa que la amistad nos brindaba; pero esto no tenía importancia porque lo inspiraban la franqueza, la alegría y la buena amistad que nos unía a todos. Si alguna vez entraban en juego los puños, y los palos intervenían en la contienda, era sin rencor y ensañamiento, a pesar de que algunos garrotazos, después de haber bebido, valían bastante más que los sablazos que se han dado desde que el sombrero presbiteriano merece más consideración que la mitra del obispo, y desde que hemos trocado nuestros viejos y cristianos párrocos y nuestros sabios doctores, cuyos sermones estaban aderezados con tanto latín y tanto griego, que el diablo mismo se hubiera confundido y quedado tan a obscuras como hoy lo estará con los sermones de tejedores, zapateros y otros predicadores voluntarios como… como el que hemos oído esta mañana: es preciso que lo diga, me es imposible contenerme.

—Muy bien, amigo —dijo Tomkins con una calma impropia de su carácter—; si mi doctrina te desagrada, no te reñiré por ello ni me incomodaré. Tus oídos están de tal modo obstruidos por los acordes del tamboril y de la flauta, y tus ojos tan deslumbrados por el baile, que no es fácil que te deleite alimento más sencillo y más sano. Pero vamos al palacio, para terminar en él nuestros asuntos antes de que el sol desaparezca del horizonte.

—Dices bien, a fe mía; así opino también, y por muchas razones, pues corren rumores respecto al palacio, que quitan las ganas de pernoctar en él.

—¿Ese anciano y su hermosa hija no vivían en los aposentos del castillo? Así me lo habían asegurado.

—Pues te han dicho la verdad. Cuando esos señores tenían un gran tren de casa y muchos criados, todo marchaba perfectamente, pues nada destierra tanto el miedo como la buena cerveza y la mucha gente; pero, cuando la flor de nuestra juventud partió para la guerra, y murió en la derrota de Naseby, los que habían quedado encontraron el aposento bien solitario, y el caballero vióse abandonado por muchos de sus servidores. Me parece que hace tiempo que le falta dinero para pagar palafreneros y lacayos.

—Es lo suficiente para la ruina y disminución de una casa.

—Sin duda, señor, sin duda. Entonces hablóse con insistencia de ciertos ruidos como de pasos que se oían a medianoche en la gran galería, y de voces que cuchicheaban durante el día en las habitaciones de aparato. Los criados dijeron que esto les llenaba de terror y que era la causa de que se despidieran; pero, según mi corto criterio, cuando San Martín y la Pascua de Pentecostés llegaban, y no se pagaban los salarios, las libreas azules pensaron que harían bien en buscar otro asilo, antes que el frío les helase la sangre en las venas como el agua de un estanque. Creo que no hay diablo que asuste más que el que baila en el bolsillo cuando en él no hay una sola pieza de moneda marcada con una cruz, que pueda ahuyentarlo.

—¿Y entonces se redujo considerablemente el número de servidores?

—Seguramente; pero quedaron aún una docena, tanto de libreas azules, color de los del castillo, como de orugas verdes del parque, a los cuales pertenece este humilde servidor; de manera que allí continuamos viviendo hasta que una mañana se recibió la orden de ir a dar un paseo sin decirnos hacia qué lado.

—Hacia Worcester sin duda, donde fuisteis destrozados como gusanos de tierra que sois.

—Puedes decir cuanto te plazca; no me atreveré jamás a contradecir a un hombre que tiene mi cabeza bajo su cinturón. Pero te advierto que nos encontramos al pie de los muros del castillo, y que en otra parte no me hablaríais de ese modo.

—Muy bien, amigo mío —repuso el independiente—; tú no arriesgas nada hablándome confiadamente y con toda libertad, y yo puedo ser un buen camarada de cualquier soldado con quien me haya batido desde la salida hasta la puesta del sol: pero ya hemos llegado.

Ambos se detuvieron frente al antiguo edificio gótico, construido irregularmente y en distintas épocas, por diversos arquitectos y según el capricho de los monarcas ingleses, que venían a entregarse a los placeres de la caza en Woodstock, e introducían en el palacio las reformas que exigía el lujo creciente de cada siglo.

La parte más antigua llamábase, por tradición, la torre de la bella Rosemunda. Esta era una torrecilla pequeña, pero muy alta, iluminada por ventanas sumamente estrechas y cuyas paredes tenían un enorme espesor. No se veía ninguna puerta cerca del suelo, ni ofrecía ninguna salida, de suerte que no se podía penetrar, ni salir, estando dentro, sino por medio de una especie de puente levadizo, que se colocaba en un pequeño hueco abierto en la parte más alta, y sobre la plataforma de otra torre de igual construcción, edificada a corta distancia, pero veinte pies más baja, en la que no había más que una estrecha escalera de caracol, llamada en Woodstock la escala del amor. Según decían, el rey Enrique ascendía por ella y utilizaba después el puente levadizo, para llegar a las habitaciones de su bella amante.

Esta fábula había sido seriamente impugnada por el doctor Rochecliffe, último párroco de Woodstock, quien aseguraba que la llamada torre de la bella Rosemunda, no era más que una ciudadela interior a la que, en caso necesario, podía el gobernador del castillo retirarse cuando le faltasen los otros puntos de defensa y prolongar su resistencia, o a lo menos obtener una honrosa capitulación. A los vecinos de la villa, adictos a su tradición, les desagradaban estas explicaciones, que calificaban de cuentos, llegando a decir que el alcalde se había hecho presbiteriano para vengarse de las dudas que el buen rector había sugerido respecto a aquel importante asunto, prefiriendo abandonar la liturgia de la Iglesia anglicana, antes que su creencia en la tradición de la torre de Rosemunda y en la escala del amor. El resto del palacio, obra de diferentes siglos, abarcaba una considerable extensión. Comprendía un laberinto de patios de reducidas dimensiones, rodeados de edificios, que se comunicaban entre sí, ya por los ángulos, ya atravesándolos en toda su longitud y a veces de ambos modos. La altura irregular de los diversos cuerpos del edificio indicaba que la comunicación entre ellos no podía verificarse sino por aquella multiplicidad de escaleras, que construidas, a lo que se decía, con aquel exclusivo objeto, ponían a prueba la paciencia de los hombres del siglo XVI y aun de épocas anteriores.

Los variados estilos arquitectónicos de este edificio irregular eran, como decía frecuentemente el doctor Rochecliffe, un verdadero banquete para los apasionados por el arte antiguo, pues allí había modelos para todos los gustos, desde el estilo puro normando de Enrique de Anjou, hasta el compuesto, medio gótico y medio clásico del reinado de Isabel y de su sucesor. En consecuencia, el buen rector estaba tan enamorado de Woodstock, como el rey Enrique pudo estarlo de su bella Rosemunda; y, como su intimidad con el anciano sir Enrique Lee le daba libre entrada en el palacio, en él pasaba los días enteros recorriendo los salones, examinando, midiendo, estudiando y comentando sabiamente los caprichos arquitectónicos, que probablemente sólo debían su existencia a la fantástica imaginación de un artista gótico.

Pero el viejo y erudito anticuario habíase visto obligado a abandonar su rectoría a causa de los trastornos políticos, y su sucesor, Nehemías Holaenough, aunque se consagró al examen de la arquitectura y de las esculturas profanas de los papistas, no se preocupó poco ni mucho de la historia de los amores impúdicos de los antiguos reyes normandos, pues, al hacerlo así, se consideraba tan culpable como el israelita arrodillado ante el buey de Bethel o bebiendo en la copa de las abominaciones. Pero reanudemos el hilo de nuestra narración.

Después que Tomkins hubo examinado atentamente la fachada principal del edificio, dijo a su acompañante:

—Es un monumento notabilísimo de iniquidad éste, llamado impropiamente aposento del rey. ¡Qué placer tendría en verlo destruido, quemado y reducido a cenizas! Sí, y las cenizas arrojadas al arroyo Cedrón, a fin de que el terreno quede purificado, y los vecinos olviden la impiedad de los pecados de sus padres.

El guardabosque escuchábale indignado, y empezaba a preguntarse a sí mismo si, encontrándose solo con él, no sería deber suyo castigar a un rebelde que tales infamias decía. Pero, felizmente, reflexionó que el éxito del combate sería dudoso; que la ventaja de las armas estaba en contra suya, y que, aun cuando consiguiera vencer, se exponía a mil riesgos para lo futuro. Es preciso convenir también en que el soldado predicador tenía un aspecto sombrío, misterioso, grave y severo, y Jocelín, más franco y alegre, estaba como cohibido en su presencia; y, si bien es cierto que no experimentaba temor alguno, estaba irresoluto. En fin, pensó que el partido más prudente y más seguro, tanto para su persona como para su amo, era evitar toda pendencia y asegurarse mejor de quién era la persona con quien se las había, antes de declararse su adversario o su amigo.

La puerta principal del palacio estaba cerrada con fuertes cerrojos, pero a Jocelín le bastó levantar un picaporte para abrir un pequeño postigo. Encontráronse en un estrecho corredor aproximadamente de diez pies de longitud, cuya extremidad opuesta estuvo en tiempos defendida por un rastrillo lleno de aspilleras, con las que se imponía respeto al invasor atrevido que se amparase de la primera puerta, y que, queriendo forzar la segunda, se encontrase expuesto a los disparos de los sitiados.

Los resortes que hacían jugar el rastrillo estaban destruidos por la humedad, conservándose sólo de él algunos restos en la parte superior, guarnecidos de puntas de hierro, pero a la sazón inútiles para resistir al avance de un enemigo.

El camino encontrábase, pues, expedito hasta el gran vestíbulo exterior del aposento. Uno de los extremos de esta habitación larga y tenebrosa ocupábalo por completo una galería que sirvió en algún tiempo para acomodar a los músicos y ministriles. En cada uno de sus costados había una escalera toscamente labrada, cada uno de cuyos escalones era un tronco de árbol, cortado a escuadra, de más de un pie de altura. A derecha e izquierda, y emplazados en el primer escalón de las dos escaleras, veíanse, como centinelas, unas estatuas que representaban un soldado de infantería normando, que sostenía sobre la cabeza un yelmo abierto, que permitía ver unas facciones terriblemente amenazadoras. Estaban vestidos con dalmáticas de piel de búfalo o cotas de malla, con celadas o escudos redondos, y con los pies y piernas cubiertos con una especie de botines que dejaban al descubierto las rodillas. Estos guerreros de madera empuñaban grandes espadas, o mazas de guerra, como los soldados en acción. Un gran número de escarpias y clavos, colocados en los muros de esta habitación sombría, revelaban el sitio en que habían estado colgadas las armas como trofeos, pero que habían sido utilizados recientemente para armar a soldados. Sin embargo, las paredes veíanse aún llenas de trofeos de caza, propiedad de los monarcas cuyo había sido el castillo, y algunos otros pertenecientes a los caballeros intendentes encargados de su custodia y defensa.

En un extremo del vestíbulo había una enorme chimenea de piedra, que avanzaba diez pasos hacia la sala, adornada con cifras y escudos de armas de la casa real de Inglaterra. A la sazón, asemejábase a la entrada de un sepulcro, y acaso podría ser comparada también con el cráter de un volcán apagado. A juzgar por el color de ébano de las piedras macizas que la componían, y de todo cuanto la rodeaba, debió, en otro tiempo, haber lanzado torrentes de llamas por su vasto cañón y vomitado densos torbellinos de humo, que formara una especie de palio sobre la cabeza de los alegres invitados, quienes, no obstante su sangre noble y real, no debieron ser muy sensibles a este pequeño inconveniente.

Según refiere la tradición, en estas dos grandes ocasiones se consumían dos enormes carretas de leña desde el mediodía hasta la noche; y los morillos, que figuraban leones, eran de talla tan descomunal, que parecían confirmar la leyenda. Bajo la cúpula o campana de esta chimenea colosal había largos escaños de piedra colocados a ambos lados, y, sobre ellos, los monarcas, a pesar del calor que despedía el hogar, tomaban asiento entre sus nobles, y se divertían en asar con sus reales manos, sobre los carbones ardiendo, las criadillas de los ciervos que habían cobrado. La tradición recordaba complacida las alegres escenas que se habían desarrollado en aquel sitio entre el príncipe y los pares en el famoso banquete que siguió a la caza del día de San Miguel; y señalaba el asiento que había ocupado el rey Esteban para zurcirse él mismo un agujero en sus medias reales, refiriendo las graciosas burlas de que le había hecho víctima el joven Winkin, sastre de Woodstock.

La mayoría de estos placeres, que adolecían algo del grosero atraso de aquellos tiempos, remontábanse a los siglos de los Plantagenets, pues los reyes de la casa de Tudor fueron menos pródigos de sus personas; sus fiestas se celebraban en las habitaciones interiores, y el vestíbulo quedó abandonado a los guardas, que permanecían en él de centinelas, y pasaban la noche jugando y refiriendo cuentos de fantasmas y de brujas, que a veces hacían palidecer a quienes el sonido de las trompetas de un ejército enemigo les agradaba tanto como el de una trompa de caza que les llamara al bosque.

Jocelín contaba a su compañero todas estas particularidades, y el independiente parecía escucharle durante algún tiempo con algún interés; pero, al fin, interrumpiéndole repentinamente, exclamó con tono solemne:

—Perece Babilonia, como ha perecido tu amo Nabucodonosor. Este vaga ahora errante, y tú misma vendrás a ser muy pronto un lugar de devastación y de soledad, un desierto de sal, en el que sólo habrá miseria, sed y hambre.

—Probablemente encontraremos esta noche ambas cosas —dijo Jocelín —, a menos que la despensa del anciano sir Enrique no esté mejor provista que de costumbre.

—Debemos pensar en las necesidades naturales —respondió Tomkins —; pero en tiempo oportuno y cuando hayamos cumplido nuestro deber. ¿Adónde conducen esas puertas?

—La de la derecha —respondió el guardabosque—, conduce a las llamadas grandes habitaciones, que nadie ha ocupado desde que Su Majestad, el bienaventurado rey Carlos…

—¡Silencio, imbécil! —gritó el soldado republicano con voz terrible—: ¿te atreves a dar a Carlos Estuardo el calificativo de bienaventurado? Acuérdate de la proclama publicada respecto a este particular.

—No he tenido malas intenciones —objetó Jocelín reprimiendo los deseos que experimentaba de darle respuesta más contundente—. No entiendo tanto de títulos y de negocios de Estado como de gamos, ciervos y ballestas; pero, sea lo que fuere, aquel pobre rey recibió en dicha época muchas bendiciones en Woodstock, porque dejó su guante lleno de monedas de oro para los pobres del pueblo.

—Poco a poco, amigo mío, o creeré que eres tan estúpido y tan fanático como tu viejo amo, tan ciego y tan papista como los que suponen que con unas cuantas monedas pueden borrarse las manchas que dejan en el alma la iniquidad y la presión. ¿Dices, pues, que hacia aquella parte estaban las habitaciones de Carlos Estuardo?

—Y de su padre Jacobo, antes que de él, y de Isabel, antes, y del rey Enrique, que fue el que mandó edificar esta ala del edificio.

—¿Y sin duda ahí vivían el anciano intendente y su hija?

—¡Oh! En modo alguno; sir Enrique Lee respetaba demasiado… las cosas que hoy se consideran despreciables. Además, esas suntuosas habitaciones no han sido ventiladas ni abiertas desde hace muchos años, y no deben estar en muy buen estado. La puerta de la izquierda conduce a las habitaciones del caballero.

—¿Y adónde va a parar esa escalera que sube y baja?

—Subiendo termina en departamentos destinados a diversos usos, y particularmente en los que sirven de dormitorios a los criados; y, bajando, va a parar a las cocinas, a las reposterías y a las bodegas del palacio, a donde no se puede descender a estas horas sin ir provisto de una luz.

—Entonces nos dirigiremos a las habitaciones de tu amo. ¿Crees tú que encontraremos modo de alojarnos en ellas convenientemente?

—Allí hay muebles, con los que se ha contentado un hombre de su condición, mal aposentado en este momento —respondió el honrado guardabosque, que se encontraba tan excitado, que murmuró bajando la voz, aunque no tanto que no pudíese ser oído—, y, por consiguiente, son bastante buenos para un pillastre republicano como tú.

Y, dicho esto, marchó delante y condujo al independiente a los aposentos de sir Enrique.

Ibase a ellos por un largo corredor, cerrado por dos puertas de encina de macizos tableros, que podían servir, en caso de apuro, de barricadas, reforzándolas con gruesos leños de la misma madera apoyados en los extremos de las paredes, en las que había a este efecto, en cada costado, profundos agujeros. Al término de este corredor se encontraba una pequeña antesala, de la que se pasaba al salón de sir Enrique. Recibía las luces por dos grandes ventanas ojivales, colocadas de manera que cada una de ellas daba sobre una frondosa alameda diferente, aunque ambas conducían al bosque. Exceptuados dos o tres retratos de familia, de escaso interés, el ornamento principal de aquella sala lo constituía un gran retrato de cuerpo entero, colocado más abajo de la chimenea, de piedra como la del vestíbulo, y adornada de esculturas, divisas y escudos.

Este retrato era el de un caballero de cerca de cincuenta años, armado de todas armas de pies a cabeza; en la pintura advertíase el estilo seco y duro de Holbein. El color, ya débil, daba al rostro del caballero la palidez cadavérica de un ser del otro mundo; pero sus facciones conservaban una fuerte expresión de orgullo y de gozo. Tenía en la mano un bastón de mando extendido hacia el segundo término, y en perspectiva —detalle efectista del pintor—, veíanse las ruinas de una iglesia o monasterio, en llamas, y algunos soldados con uniforme encarnado, que llevaban triunfalmente un gran vaso de bronce, parecido a una pila bautismal; en la parte superior del lienzo, podía leerse aún: Victor Lee sic voluit. Enfrente del retrato y en un nicho abierto de propósito en la pared, veíase una armadura completa, cuyos adornos eran exactamente iguales a los que estaban pintados en el cuadro.

Esta pintura era tan hermosa e interesante, que atraía la curiosidad, aun de los más ignorantes en el arte pictórico. El soldado la contempló con detenimiento, y una pasajera sonrisa disipó por un momento las arrugas severas que surcaban su frente. ¿Se sonreía de placer al contemplar a un antiguo caballero incendiando y robando una casa religiosa, ocupación que tenía mucha semejanza con los usos de su propia secta; o porque aquel retrato le sugería otras ideas? Esto es lo que el guardabosque no podía decir.

Sea lo que fuere, la sonrisa sólo tuvo la duración de un relámpago. El soldado se adelantó hacia las ventanas, en uno de cuyos huecos había varios muebles entre los que se destacaban un hermoso pupitre de nogal y una cómoda butaca, tapizada con cuero de España. En el otro extremo, veíase una pequeña cómoda, algunos de cuyos cajones estaban abiertos; había en ellos cascabelillos para los halcones, silbatos para llamar a los perros, diversos instrumentos para limpiar las plumas de los pájaros rapaces destinados a la caza, frenos de diferentes modelos y otras muchas bagatelas cinegéticas.

En el hueco de la otra ventana veíanse, sobre una pequeña mesa, algunas labores de aguja, un laúd, un libro de música y un bastidor para bordar. Los tapices que cubrían las paredes de esta especie de minúsculo gabinete revelaban más gusto que el resto de la estancia, y, en la simetría con que estaban colocados algunos vasos repletos de flores de la estación, se advertía claramente que una mujer ocupaba de ordinario aquel recinto.

Tomkins miró con indiferencia todos aquellos objetos femeninos y, acercándose a una mesa se puso a leer, con interés manifiesto, un gran tomo en folio que estaba abierto sobre ella. Jocelín, que examinaba todos sus movimientos sin contrariarle, permanecía silencioso a cierta distancia, cuando una puerta, oculta por los tapices, se abrió de pronto y una joven y hermosa aldeana entró con paso ligero, llevando una servilleta en la mano, como si estuviera encargada de desempeñar alguna función doméstica.

—¿Cómo, señor imprudente? —preguntó a Jocelín con aspereza—. ¿Cómo os habéis atrevido a entrar en esta habitación encontrándose ausentes los señores?

El interpelado, en vez de responder, dirigió una mirada dolorosa al soldado que estaba vuelto de espaldas y distraído en la lectura, como para hacerle comprender mejor lo que iba a decir.

—¡Ay, mi hermosa Febe! —exclamó a media voz y en tono dolorido—. Hay gentes más poderosas que nosotros, que harán muy pocas ceremonias ni cumplimientos para venir cuando les plazca, y pernoctar en el palacio todo el tiempo que crean conveniente.

Diciendo esto, volvió a mirar a Tomkins que continuaba ocupado delante de su libro, y se acercó a la sorprendida joven. Ésta contemplaba alternativamente al guarda y al soldado, no pudiendo comprender por qué el primero le hablaba de aquel modo, y por qué el segundo se encontraba allí.

—¡Idos, mi hermosa y querida Febe! —le dijo Joliffe acercando su boca tanto a la mejilla de la joven, que su aliento agitaba los rizos de su abundante cabellera—. Corred a mi cabaña con la ligereza de un gamo; yo iré a buscaros enseguida y…

—¡Ah! ¿Sí? ¿A vuestra cabaña? —exclamó la joven interrumpiéndole —: ¿que vaya a vuestra cabaña? Sí; no hay duda, voy corriendo. Os creía hombre capaz de no hacer daño más que a los pebres gamos del parque.

—Silencio, Febe —dijo Jocelín—; silencio; ésta no es la ocasión oportuna para bromear. Os digo que vayáis a mi cabaña con la ligereza de un ciervo; allí encontraréis a nuestro viejo amo y a nuestra joven señorita, a quienes probablemente volveremos a ver por aquí. Todo se lo ha llevado el agua, hermosa mía; ha llegado el mal tiempo como una tempestad; todos nos encontramos despedidos de esta casa, y en la miseria.

—¿Es posible, Jocelín? — preguntó la joven volviendo hacia él el rostro en el que se reflejaba el espanto, que ella había ocultado hasta entonces por coquetería aldeana.

—Esto es tan cierto, mi querida Febe, como lo es que…

El resto de la frase fue pronunciada en el oído de la joven, y tan cerca de él estaban los labios de Jocelín que éstos rozaron sus mejillas. La pena tiene sus privilegios como la impaciencia, y Febe tenía otros motivos serios de disgusto para no incomodarse por semejante bagatela.

Pero el contacto de los labios del guardabosque sobre la mejilla de Febe, aunque un poco tostada por el sol, no era una bagatela a los ojos del independiente, quien, aunque algunos momentos antes era vigilado por Jocelín, había hecho a su vez el papel de observador, desde que la escena con la joven aldeana empezó a ser interesante. Al ver que Jocelín Joliffe llegaba a tal extremo, levantó la voz con un chirrido áspero comparable al de los dientes de una sierra. Al oírlo, Jocelín y Febe dieron un salto, distanciándose más de seis pies uno de otro.

Luego, adoptando la actitud de un santo varón que va a tronar contra el vicio, exclamó:

—¡Qué es eso, imprudentes y desvergonzados! ¿Qué hacéis? ¡Cómo! ¿Caricias lascivas e impúdicas en mi presencia? ¿Un mandatario de los comisarios del alto tribunal del Parlamento no os inspira más temor y continencia, y procedéis como si estuvierais en una barraca impura de una feria o en una sala de baile, en la que los músicos hacen resonar sus instrumentos impíos, cantando para acompañarse: «Besaos con cariño, que el músico nada ve»? Pero —agregó dando un golpe sobre el libro abierto que tenía delante de él—, he aquí el rey y el gran sacerdote de todos los vicios y de todas las locuras; he aquí a aquél a quien los hombres llaman el milagro de la naturaleza; he aquí el autor que hace las delicias de los príncipes, y que las jóvenes honradas ponen bajo su almohada en la cabecera de sus lechos; he aquí al que enseña las frases bellas y armoniosas, pero necias y vanas. Tú eres —añadió golpeando nuevamente sobre el libro —, ¡oh miembros venerables del club de Roxburgh!, ¡oh miembros queridos del de Bannatigne, éste es el primer infolio, éste es Hemmings y Condel, ésta es la edición príncipe! tú eres, tú, William Shakespeare, a quien acuso de todas las manchas con que la ociosidad, la demencia, la impureza y el desorden ha ensuciado la nación desde el día en que empezaste a escribir.

—¡Por todos los santos —gritó Jocelín, a quien le fue imposible contenerse por más tiempo—, ésta es una acusación sumamente dura! ¡Pardiez! ¿William Shakespeare, el favorito de mi amo, va a tener la culpa del beso más inocente que se haya robado desde que reinó el rey Jacobo? Ésta sería una cuenta bien difícil de rendir, a fe mía; pero quisiera saber quién será responsable de todo cuanto se ha hecho antes de que él viniera al mundo.

—No bromees conmigo —respondió el soldado—, pues pudiera ocurrir que, escuchando la voz interior que me habla, te castigue como mereces. En verdad te digo que, después que Satanás fue arrojado del Cielo, no le han faltado nunca servidores en la tierra; pero en ninguna parte ha tenido un hechicero que ejerza tanto poder sobre el espíritu humano, como ese detestable envenenador, ese Shakespeare. Si una mujer desea un ejemplo para justificar un adulterio, él se lo ofrece. Si un hombre quiere enseñar a otro a ser asesino, él le da lecciones. El que quiere blesmafer del Creador, en sus libros encuentra las fórmulas de la blasfemia. Si una joven sencilla y hermosa desea casarse con un negro pagano, él justifica su conducta. A quien quiere desafiar a su hermano, él le da el modelo del cartel. A quien desea emborracharse, Shakespeare le presentará la copa. A aquéllos a quienes agrada deleitarse con los armoniosos y lascivos acordes de la música, él les presentará el laúd. Sí, lo digo, y lo repetiré mil veces: este libro es el origen y manantial de todos los males que afligen al país como un torrente devastador. Él es quien ha hecho a los hombres blasfemos, infieles, renegados, asesinos, ebrios, frecuentadores de lugares malditos y apasionados a las largas reuniones nocturnas alrededor de los jarros de vino y de cerveza. ¡Olvidadle, ingleses, olvidadle! ¡Que caiga en el Tofet con su libro abominable y que sus huesos malditos sean calcinados en el valle de Hinnón y sus cenizas esparcidas al viento! Si en 1643 no hubiéramos atravesado Strafford tan rápidamente bajo las órdenes de sir Guillermo Waller…

—Sí, pero fue porque el príncipe Ruperto con sus escuadrones os picaba la retaguardia — repuso el incorregible Jocelín.

—Digo —continuó el independiente alzando la voz y extendiendo el brazo— que si nuestra marcha no hubiera sido tan rápida y hubiésemos ido en escuadrón cerrado, como corresponde a verdaderos soldados, yo mismo hubiera desenterrado los huesos de ese preceptor del vicio y de la disolución, y los hubiera arrojado en el primer estercolero, para que su memoria se convirtiese en objeto de desprecio y de escarnio.

—Eso es lo más gracioso que has dicho hasta ahora — replicó el guardabosque.

—¿Hablará más? —preguntó Febe en voz baja a Jocelín—. Realmente, este hombre pronuncia discursos muy bellos, pero quisiera saber lo que significan. Sin embargo, es una fortuna que nuestro amo no lo haya visto maltratar de ese modo su libro favorito. Creo que hubiera habido sangre; gracias al cielo no lo ha presenciado. ¿Pero no veis los gestos que hace? Tiene algún cólico, Jocelín: ¿le ofrezco un vaso de aguardiente?

—Silencio, Febe, silencio; que está cargando sus cañones para disparar por la otra banda; y mientras que pone los ojos en blanco, arquea las facciones de su cara haciendo muecas, aprieta los puños y patea, no puede fijar su atención en nada. Seguramente, podría robarle la bolsa, si la tuviera, sin que él lo advirtiese.

—Bien, Jocelín. Pero si se queda aquí y siempre está lo mismo, no debe ser muy difícil el servirle.

—No os inquietéis por ello; pero decidme en voz baja, y pronto: ¿Qué hay en la despensa?

—No hay mucho… Un capón fiambre, algunas frutas en dulce, el resto de un gran pastel de venado y dos panes; esto es todo.

—Perfectamente; será suficiente para los primeros momentos. Cubríos bien vuestro hermoso cuerpo con un manto; poned en una cesta dos platos y unas servilletas, porque en mi cabaña no las hay, llevaos el capón, los panes y las confituras; el pastel será para el soldado y para mí, y la corteza nos servirá de pan.

—¡Admirable! Estas manos lo han hecho. La corteza es tan gruesa como las paredes de la torre de la bella Rosemunda.

—Entonces, nuestros dientes tendrán algún trabajo. ¿Y para beber, qué hay?

—Una botella de vino de Alicante, una de vino del Rin y la cubeta de aguardiente.

—Pues ponéis las dos botellas en la cesta con las demás provisiones, que no es justo que nuestro amo se quede esta noche sin vino. Vamos, partid y presentaos en la cabaña tan pronto como podáis. Ya hay para cenar esta noche… mañana… mañana Dios dirá. ¡Ah!, ¡por el Cielo! Creía que el soldado nos miraba; pero no, está entregado a santas meditaciones, meditaciones profundas, seguramente, pues estos sujetos no hacen otras. Pero ¡por el diablo!, que por más profundo que él sea, he de conseguir sondearle. Y bien, ¿marcháis, o no?

Pero Febe era una coquetuela, y sabiendo que Jocelín se encontraba en un estado… que no le permitía aprovecharse de la ocasión que ella, maliciosamente le ofrecía, díjole al oído en voz baja:

—¿Creéis que Shakespeare, el autor favorito de nuestro señor, sea el verdadero responsable de cuanto le atribuye este soldado?

Y, dicho esto, partió con la velocidad del rayo, mientras que Jocelín, levantando un dedo en el aire, le amenazaba cariñosamente, prometiéndole vengarse en otra ocasión.

—Marchad, Febe, marchad —murmuró el guardabosque—; jamás la alfombra de césped del parque de Woodstock ha sido hollada por un pie más pequeño ni ha sustentado una persona de corazón tan ingenuo como el tuyo… Síguela, Bevis; dale escolta hasta la cabaña, allí encontrarás a tu amo.

El animal partió en seguimiento de Febe, como un doméstico que hubiese recibido una orden, y, alcanzándola en el vestíbulo, lamióle la mano para indicarle que ya la seguía.

Al salir Febe, el soldado se desperezó como si despertara de un profundo sueño; y, dirigiéndose a Jocelín, le preguntó:

—¿Se ha marchado ya esa joven?

—Sin duda; y si tienes que dar algunas órdenes, habrás de contentarte con mis servicios.

—¡Ordenes!… vaya, vaya… Bien hubiera podido esperar que la sermonease de nuevo, pues declaro sinceramente que mi espíritu se ocupaba en estos momentos en corregir su conducta.

—¡Oh! Febe irá seguramente a la iglesia el domingo próximo; y si predicas aquel día, se aprovechará de tu doctrina como todos los demás fieles. Pero las jóvenes de este cantón no escuchan las homilías, cuando están… así… solas con hombres. ¿Y qué tienes que mandarme? ¿Quieres visitar las demás habitaciones? ¿Quieres que te ponga de manifiesto la poca vajilla de plata que queda aquí?

—No, no; es muy tarde: es casi de noche. Tú podrás, sin duda, proporcionarme un lecho.

—Quizá mejor que el que hayas tenido en toda tu vida.

—¿Y lumbre, luz, y algún alimento?

—También — respondió el guardabosque, mostrándose muy solícito por satisfacer los deseos de su interlocutor.

Y, en efecto, pocos momentos después, puso sobre una mesa de encina un gran candelabro; extendió un blanco mantel, sirvió la empanada de caza, y colocó a los costados el cántaro de aguardiente y un jarro de excelente cerveza.

El soldado arrellanóse en la ancha butaca tapizada de cuero, para cenar, y, a su invitación, Jocelín ocupó un pequeño taburete.

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