Woodstock
Capítulo II
A vanza, buen anciano, y que el cariñoso brazo de tu hija te sostenga. Cuando el tiempo demoledor abate el árbol añoso, el retoño, que le debe la vida, extiende su ramaje lozano y cubre
con amante solicitud los estragos que en el carcomido tronco
imprimió la decadencia, dándole un aspecto respetable.
Concluido el sermón, enjugóse el predicador la frente, pues, a pesar del frío que reinaba, la vehemencia de su discurso y sus contorsiones exageradas, le habían hecho sudar. Luego, descendió del púlpito y dijo algunas palabras al cabo que mandaba el destacamento, quien, después de contestarle con una ligera inclinación de cabeza, no exenta de gravedad e importancia, reunió a sus soldados y los condujo en buen orden al cuartel.
Seguidamente, el orador salió de la iglesia como si nada hubiera ocurrido, y paseóse por las calles de Woodstock con el aire de impertinente curiosidad de quien las recorre por primera vez, sin advertir que los vecinos lo contemplaban con marcada inquietud, como si temieran provocar su resentimiento. Él, por lo contrario, no se dignaba mirarles y continuaba paseando con la afectación de los fanáticos de aquel tiempo, es decir, con lentitud y solemnidad, con aire grave y severo, y como hombre descontento de las cosas terrestres y mundanas que le distraen de sus reflexiones místicas.
Aquellos fanáticos miraban despreciativamente, condenándolos, los placeres más inocentes y puros, cualesquiera que fuesen, y consideraban abominable hasta la más simple sonrisa.
Sin embargo, este fanatismo y esta disposición de espíritu impulsaban a los hombres a realizar grandes empresas, pues, lejos de procurarse la satisfacción de sus deseos, adaptaban su conducta a los principios que profesaban. Sin duda, había entre ellos algunos hipócritas, que bajo el manto de la religión ocultaban proyectos ambiciosos; pero la mayoría estaban realmente dotados de verdadero carácter religioso y de severa virtud republicana. Un gran número adoptaban el término medio; y, mientras los unos aprovechaban la religión para lograr sus fines, los otros, por lo contrario, mostraban sus sentimientos con sinceridad.
El sujeto cuyas infundadas pretensiones a la santidad han motivado la precedente digresión, llegó al extremo de la calle principal que conducía y daba acceso al parque de Woodstock, cuya entrada estaba defendida por una puerta monumental.
La arquitectura gótica de ésta, aunque compuesta de estilos de diferentes épocas, según el tiempo en que se habían hecho las reparaciones, era imponente.
La enorme verja de largas barras de hierro, decorada con gran número de adornos, y en cuya parte superior veíase la malhadada cifra C. R. (Carolus Rex), encontrábase en tal estado de abandono y degradación, que acusaba la mano destructora de los siglos y las violencias de la guerra, juntamente.
El soldado se detuvo, como si temiera entrar sin pedir permiso. Al través de la verja descubrió una ancha alameda bordeada de encinas seculares y de ancha copa, que se alejaba serpenteando, hasta perderse en el centro de un vastísimo y antiguo bosque. El pequeño postigo, practicado en la puerta monumental había quedado abierto por descuido; penetró por el paseante pero con la timidez de quien se introduce en un paraje cuyo acceso ignora si le es permitido. Sus modales manifestaban más respeto a aquel lugar, que el que de un hombre de su carácter y de su profesión se tenía derecho a esperar. Acortó el paso, que se hizo más solemne aún, se detuvo, y miró en torno suyo.
Dos antiguas y respetables torrecillas sobresalían por entre las copas de los centenarios árboles a no muy larga distancia de la verja. En las veletas de caprichosas y delicadas labores, reflejábanse los rayos del sol de otoño. Una y otra torre pertenecían a lo que a la sazón se llamaba el aposento, punto que desde el tiempo de Enrique II había servido de albergue a los monarcas ingleses cuando iban a cazar a los bosques de Oxford, que, según el viejo Fuller, eran el lugar predilecto de los cazadores y de los halconeros. El palacio estaba construido en un terreno llano, rodeado de sicómoros, a poca distancia de la entrada de aquel sitio magnífico, donde el espectador se detiene maquinalmente a contemplar a Blanheim, recuerdo magnífico de la victoria de Marlborough, y a admirar o censurar la pesada arquitectura de Vambourg.
Allí se detuvo también el predicador militar, aunque no para admirar la hermosa fábrica. Algunos instantes después llegaron a aquel paraje dos personas, que caminaban con una lentitud y, al parecer, tan ocupadas con su conversación, que no levantaron la vista, ni vieron al extranjero que a corta distancia y delante de ellos se encontraba. El soldado, aprovechando esta distracción y deseando ver sin ser visto, se parapetó detrás del grueso tronco de una encina cuyas ramas que llegaban hasta el suelo, le ocultaban completamente.
Entretanto los dos personajes continuaban avanzando hacia un banco, bañado por algunos rayos de sol, que estaba junto al árbol bajo el cual habíase escondido el militar.
Los recién llegados eran un anciano y una joven lindísima.
El primero parecía más abatido por el peso de las amarguras, que por el peso de los años. El traje que vestía, como la capa que pendía de sus hombros, eran negros; pero los llevaba con tanta negligencia, que daba a entender que su espíritu no se encontraba muy tranquilo. Sus facciones, aunque revelaban su edad, no carecían de cierta hermosura y distinción, como acreditaban su indumentaria y su porte. Lo que más llamaba la atención era su barba blanca, sumamente poblada, que le caía hasta más abajo del pecho, contrastando singularmente con el color obscuro de su traje.
La joven, que daba el brazo a este respetable personaje, y que en cierto modo le sostenía, tenía las formas ligeras de una sílfide, y las facciones de una beldad tan perfecta, que la tierra por que caminaba, parecía ser indigna de sostener criatura tan hermosa; pero también las beldades pagan su tributo a las amarguras humanas, y en sus ojos advertíanse las huellas de las lágrimas. Escuchando a su viejo compañero, sus mejillas presentaban colores más vivos que los que, al parecer, derramó sobre ella la Naturaleza, y el aire contristado del anciano revelaba que la conversación que sostenían le desagradaba tanto como a su compañera. Cuando se sentaron sobre el banco de que hemos hablado, el soldado, oculto, no perdió una sola palabra de cuantas pronunció el anciano, pero no le ocurrió lo mismo con las de la joven, cuyas respuestas llegaron confusamente a su oído.
—Esto es intolerable —dijo el viejo con vehemencia—; un lance de esta índole bastaría para que recobrara el uso de sus piernas un paralítico y volviera a empuñar las armas; sí, lo confieso; la guerra me ha privado de un gran número de los míos; otros me han abandonado en estos calamitosos tiempos. No los quiero mal, ni les guardo rencor por ello: ¿qué otra cosa podían hacer esos pobres diablos, cuando no había pan en mi cocina ni cerveza en mi bodega? Pero nos quedan aún algunos valientes guardabosques de la verdadera raza de Woodstock, la mayoría tan viejos como yo… ¿pero, qué importa? La madera vieja experimenta pocas veces los efectos de la humedad. Me parapetaré en el palacio y me haré fuerte en él, no será la vez primera que haya resistido a una fuerza diez veces más considerable que la de que hoy nos han hablado.
—¡Ay, mi querido padre! — exclamó la joven con un tono de voz que parecía indicar que consideraba aquellos proyectos de resistencia, como un acto de imprudente desesperación.
—¿Y a qué viene esa exclamación? —interrogó el anciano—. ¿Es acaso porque intento cerrar la puerta a treinta o cuarenta hipócritas sedientos de sangre?
—Pero sus generales enviarán contra vos un regimiento, o un ejército si es necesario. Y, en este caso, ¿de qué servirá nuestra resistencia? Esto los exasperará más y la ruina será más completa.
—Me importa poco, Alicia; ya he vivido bastante. He sobrevivido al mejor de los amos, al más noble de los príncipes. ¿Qué hago sobre la tierra después del desgraciado 30 de enero? El parricidio que se cometió en aquel funesto día fue para todos los fieles servidores de Carlos Estuardo la señal de vengar su muerte, o de perecer decorosamente en la contienda.
—No digáis eso, padre mío —repuso Alicia Lee—; no conviene ni a vuestro juicio, ni a vuestro mérito el sacrificar una vida, que puede ser útil todavía a vuestro rey y a vuestra patria. Inglaterra no soportará durante mucho tiempo el dominio de los jefes que la gobiernan. Entretanto, tened paciencia y no empeoréis vuestra situación.
—¡Empeorarla! —gritó el anciano colérico—. ¿Y qué cosa peor puede sucederme? ¿Todavía no han llegado las desgracias al último extremo? Estas gentes nos arrojarán de nuestro único abrigo; dilapidarán el resto de las propiedades reales confiadas a mi custodia; convertirán el palacio de nuestros queridos príncipes en una cueva de bandidos, y, después, se pasarán la mano por la cara, y darán gracias a Dios, como si hubieran realizado una obra meritoria a sus ojos.
—No creo, padre mío, que debamos perder toda esperanza. Seguramente, el rey está, en este momento, fuera del alcance de las tropas revolucionarias; y tengo motivos fundados para creer que mi hermano Alberto se encuentra fuera de peligro.
—¡Alberto! —exclamó sir Enrique en tono de reproche—. Siempre volvemos a lo mismo. Sin vuestras súplicas, yo mismo estaría en Worcester; pero fue preciso que permaneciera aquí como un viejo podenco inservible, al que se atrailla el último al partir la caza. ¿Y quién sabe lo útil que yo hubiera podido ser en aquella ocasión? La cabeza de un viejo no carece de valor, aun cuando sus trazos no valgan nada. Pero tú y Alberto insististeis de tal modo en que me quedase… ¿Y ahora, quién sabe qué ha sido de él?
—Mi querido padre, todo nos induce a creer que salió libre de aquella jornada fatal. El joven Abney lo encontró a una milla del campo de batalla.
—Supongo que el joven Abney no ha dicho verdad —replicó el anciano con el mismo tono de contradicción—. La lengua del joven Abney trabaja más que su brazo, y él corre con menos velocidad que las piernas de su caballo, cuando se trata de huir delante de los cabezas redondas. Preferiría que el cadáver de Alberto hubiese quedado tendido en el suelo entre Carlos y Cromwell, antes que mi hijo huyese con la misma precipitación que el joven Abney.
—¡Ay, padre mío! ¡Mi querido padre! —exclamó Alicia llorosa—. ¿Qué podré deciros para consolaros?
—¿Para consolarme, hija mía? Ya estoy cansado de consuelos. Una muerte honrosa, y las ruinas de Woodstock por tumba, es el consuelo que espera Enrique Lee. Sí; por la memoria de mi padre, juro defender el castillo contra esos bergantes rebeldes.
—Escuchad vuestra razón, padre mío; someteos a lo inevitable. Mi tío Everard…
El anciano, al oír estas últimas frases, interrumpió bruscamente a su hija, diciendo:
—¡Tu tío Everard!… Perfectamente, sigue… ¿Qué es lo que tienes que decirme de tu afectuoso y amado tío Everard?
—Nada, padre mío, si esta conversación os desagrada.
—¿Desagradarme?… ¿Y por qué me había de desagradar? Pero, aunque así fuera, ¿por qué os habíais de incomodar tú ni nadie? ¿Ha ocurrido algo después de tantos años, que no sea de mi agrado? ¿Qué astrólogo podría predecirme para lo venidero ningún acontecimiento feliz?
—Quizás el destino nos reserve el placer de ver a nuestro príncipe desterrado ocupando nuevamente su trono.
—Ya es demasiado tarde para mí, Alicia; si tan bella página está escrita en los registros del Cielo, yo moriré mucho tiempo antes de que pueda verla. Pero advierto que tratas de eludir mi respuesta… En fin, ¿qué decías de tu tío Everard?
—Dios sabe, padre mío, que más quisiera condenarme al silencio durante toda mi vida, que hablaros de cosas que acrecienten vuestro malestar.
—¡Mi malestar! ¡Oh, eres un médico cuyos labios destilan miel en abundancia! Tú prodigarás el aceite, el vino y el bálsamo para curar mi enfermedad, si son una enfermedad los sufrimientos de un anciano, cuyo corazón se encuentra despechado… Pero, en fin, ¿qué querías decirme de tu amado tío?
El anciano, al pronunciar estas palabras, alzó la voz, y el tono empleado fue más despectivo. Alicia contestó a su padre, sumisa y atemorizada.
—Iba a decir solamente… que estoy segura… que mi tío Everard… cuando dejemos a Woodstock…
—Di mejor, cuando esos miserables fanáticos, que se le asemejan, nos hayan arrojado de él. Muy bien: continúa. ¿Qué hará tu generoso tío? ¿Nos concederá las migajas de su mezquina mesa? ¿Nos arrojará dos veces por semana los restos del capón, que habrá figurado ya tres o cuatro veces en su mesa, y nos dejará morir de hambre los demás días? ¿Nos permitirá dormir en su caballeriza al lado de sus famélicos caballos? ¿Les substraerá parte de su paja, a fin de que el esposo de su hermana… ¡me veré precisado a hablar del ángel que he perdido!, y su hija no se vean obligados a tenderse sobre las piedras? ¿O bien nos enviará una moneda de valor ínfimo, encargándonos que la hagamos durar mucho tiempo? ¿Qué otra cosa hará tu tío Everard en nuestro obsequio? ¿Alcanzar para nosotros el permiso para mendigar de puerta en puerta? Eso podemos hacerlo sin su intervención.
—No le hacéis justicia, padre mío —contestó Alicia resueltamente—; y, si consultáis vuestro propio corazón, reconoceréis que pronunciáis palabras, que vuestro buen criterio desaprueba. Mi tío Everard no es avaro ni hipócrita; ni está tan apegado, como pensáis, a los bienes de este mundo, para permitir que pasemos calamidades y que carezcamos de todo lo preciso. Tampoco es tan fanático, que no se apiade de las personas que profesan ideas contrarias a las suyas o pertenezcan a otra secta religiosa.
—Sí, sí; la Iglesia anglicana es una secta a sus ojos, y quizá también a los tuyos, Alicia. ¿Qué son los mugletomanos, los ranters y los discípulos de Brown? Sectarios; ésta es la frase que comprende a todos, con Jack Presbyter a la cabeza, los cuales pretenden nivelarse con nuestros doctos prelados y dignos ministros. Tal es la jerigonza del siglo en que vives. ¿Cómo no habías de hablar como una de esas vírgenes sabias o como una de esas hermanas salmodiantes? Tu padre es un viejo caballero profano, pero también eres la sobrina de un Everard.
—Si habláis así, padre mío, ¿qué podré responderos? Escuchadme sólo algunas palabras con paciencia, y desempeñaré pronto la comisión que mi tío me confió.
—¡Ah! ¿De modo que hay una comisión de por medio? ¡A fe mía, que desde que comenzaste a hablar lo sospeché, y hasta tenía ciertas sospechas respecto al comisionado! Vamos, señorita Lee, desempeñad vuestras funciones de embajador, y os escucharé con paciencia.
—Pues bien, padre mío, mi tío Everard os ruega que recibáis política y cortésmente a los comisarios que vengan a incautarse del parque y dominios de Woodstock, o que, por lo menos, os abstengáis de oponer obstáculos a sus operaciones. Dice que el observar otra conducta no os reportará ningún beneficio, y sólo serviría para dar pretextos a que os persiguieran con el mayor rigor. Espera, que si seguís sus consejos, la comisión, dado el crédito que goza en ella, levantará el secuestro a todos vuestros bienes, sustituyéndole con una multa moderada. Esto es cuanto mi tío me ha dicho, y yo, por mi parte, no quiero abusar de vuestra paciencia aduciendo otras razones.
—Haces bien, Alicia. —contestó el anciano sofocado por la cólera—, porque ¡por la Santa Cruz de Cristo! te aseguro, que casi me haces caer en la tentación de creer que no eres hija mía, al hablar como lo haces… ¡Oh, tú mi querida compañera en otro tiempo, lejos hoy de los trastornos y de las penas de este mundo miserable!, ¿hubieras sospechado jamás, que la hija que apretabas contra tu seno, llegaría a ser como la malvada mujer de Job, la tentadora de su padre en la hora de su aflicción? ¿Que pudiera aconsejarle el sacrificio de su conciencia a su interés, para pedir a unas manos manchadas con la sangre de su señor, y tal vez con la de su propio hijo, un miserable resto de los bienes que ellas mismas le han arrebatado?… ¿Cómo? Si alguna vez me viera precisado a mendigar mi sustento, ¿crees, por ventura, que me dirigiría a los que me lo han robado y me han convertido en mendigo? ¡No, jamás! Esta barba blanca, que conservo como testimonio de mi luto por el asesinato de mi soberano, jamás la mostraré para mover la compasión de los orgullosos que han secuestrado mis bienes, y que probablemente serán del número de los parricidas. No; si Enrique Lee tiene que mendigar su pan, irá a pedirlo a los hombres honrados y fieles como él, quienes no le negarán un socorro. En cuanto a mi hija, ella seguirá el camino que más le convenga; él la conducirá a refugiarse en la casa de sus ricos parientes, cabezas redondas… pero, que en lo sucesivo no llame padre a aquél cuya miseria se negó a compartir.
—Sois injusto conmigo, padre mío —contestó Alicia con tono animado, aunque con voz débil—. Sí, cruelmente injusto. Dios sabe que no os abandonaré, aunque el camino que sigáis conduzca a la ruina y a la mendicidad; y que mi brazo os sostendrá, si os dignáis aceptar mi débil apoyo.
—¡Palabras, hija mía, sólo palabras!, como dice William Shakespeare. Me ofreces el apoyo de tus brazos; pero tu pensamiento secreto es el de apoyarte sobre el de Marcos Everard.
—¡Padre mío, mi querido padre! —exclamó Alicia con gran consternación—. ¿Quién puede haber trastornado así vuestro sano juicio, y cambiado vuestro corazón? ¡Malditas mil veces sean todas las contiendas civiles y políticas, que arrebatan la vida a muchos hombres, alteran sus buenos y honrados sentimientos, y hacen desconfiados, duros y crueles a los más honrados, a los más nobles, y a los más generosos! ¿Qué reproche podéis dirigirme con respecto a Marcos Everard? ¿Lo he visto, le he hablado después que le prohibisteis verme y hablarme en términos menos oportunos, lo diré francamente, que lo que exigía vuestro parentesco con él? ¿Qué os hace suponer que yo piense en sacrificar a ese joven lo que a vos solamente debo? Persuadíos, padre mío, si yo fuera capaz de una debilidad tan criminal, el mismo Marcos Everard me despreciaría.
Y, al decir esto, aplicó su pañuelo a sus ojos, pero no pudo ni contener los suspiros, ni ocultar la honda aflicción que le producía esta determinación de su padre, hasta el extremo de que el anciano no pudo menos de enternecerse.
—Ignoro —dijo— qué pensar de todo esto. Eres sincera, y para mí siempre has sido una hija buena y cariñosa. Lo que no concibo es cómo has permitido que ese joven rebelde se insinuara en tu corazón; quizá sea un castigo que el Cielo me envía por haber pensado que la fidelidad de mi casa era tan pura como el armiño, pues precisamente cae una mancha sobre mi alhaja más preciosa, sobre mi querida Alicia. No llores más, hija mía, pues hay motivos más poderosos que éste para afligiros. Recuerda lo que Shakespeare dice en una de sus obras:
«Permite, hija mía, que yo arregle esta cuestión a mi gusto; pero no arrugues el ceño, porque tu melancolía puede desagradar a Percy».
—Me encanta, padre mío, que citéis por segunda vez a vuestro poeta favorito. Cuando él interviene, concluyen casi siempre nuestras pequeñas diferencias.
—Las obras de Shakespeare fueron las compañeras de aquel bienhechor que fue mi rey. Después de la Biblia, si es que la Biblia y Shakespeare pueden citarse al mismo tiempo, en los libros del gran poeta es donde encontraba mayores consuelos. Y puesto que yo padezco la misma enfermedad, ¿qué más lógico que acuda al mismo remedio? Pero no poseo el mismo talento que mi amo para explicar ciertos pasajes obscuros, porque soy poco instruido y apenas he aprendido otra cosa que el arte de la caza y el oficio de las armas.
—Y vos, padre mío, ¿habéis visto a Shakespeare?
—¡Locuela! Yo era un niño todavía cuando él murió. Me lo has oído decir muchas veces; pero tú quieres encaminar los pensamientos de tu anciano padre a un asunto que le aflige. Sea. Aunque no estoy ciego, puedo cerrar los ojos y seguir a mi guía. A quien he conocido es a Ben Johnson. ¡Cuántas anécdotas podría contarte de nuestras reuniones en la taberna de la Sirena, donde se derrochaba mucho vino, pero se derrochaba más ingenio aún! No nos dedicábamos a enviarnos recíprocas bocanadas de humo los unos a los otros o a mirar las musarañas, mientras vaciábamos las botellas de vino. El viejo Ben me había adoptado por uno de sus hijos en Apolo; pero, qué ¿es posible que no te haya mostrado sus versos: «A mi amado hijo, el respetable sir Enrique Lee de Ditchley, caballero baronet»?
—No los recuerdo en este momento, padre mío.
—Me parece, hija mía, que no eres sincera. Pero, de todos modos, no conseguirás que continúe divagando, no. El espíritu maligno ha abandonado a Saúl. En lo que debemos ocuparnos ahora es en ver qué haremos con respecto a Woodstock, si lo abandonamos o lo defendemos.
—Padre mío, ¿podéis abrigar ni por un instante la pretensión de defenderlo?
—Lo ignoro; pero desearía sostener una pequeña acción antes de abandonarlo por completo. ¿Y quién sabe hacia dónde se inclinaría la balanza de la justicia y la bendición del Cielo? En este caso, sería necesario que mis vasallos tomaran parte en una defensa desesperada, y esta idea me contiene, lo confieso.
—¡Ah! que ella os decida, padre mío; pensad que en el pueblo se aloja un fuerte destacamento, y que hay tres regimientos en Oxford.
—¡Pobre Oxford! —exclamó sir Enrique—. ¡Pobre Oxford!, ¡emporio de la ciencia y centro de la fidelidad! Esos soldados groseros y estúpidos son una compañía inconveniente para tus sabios colegios y para las alamedas poéticas de tu parque; pero tu luz viva y pura arrostrará el soplo envenenado de un millar de rústicos, aunque soplaran tan fuertemente como Bóreas para apagarla. ¡Los resplandores de tu ciencia no se extinguirán por el fuego de esta persecución!
—Tenéis razón, padre mío, y no creo inútil recordaros, que si hubiera algún alzamiento realista en momento tan propicio, sería aprovechado para tratar la universidad con todo rigor, porque la consideran el centro de donde parte todo cuanto en las inmediaciones se hace en defensa del rey.
—Es cierto, hija mía; y esos bandidos aprovecharían la ocasión para secuestrar los pocos bienes que las guerras civiles han dejado a los colegios. Esta razón y el peligro a que expondría a mis pobres vasallos… ¡Vamos! me has vencido, hija mía; tendré paciencia y sufriré con la resignación de un mártir.
—Haga el Cielo que cumpláis vuestra palabra, padre mío; pero, cuando veis a uno de esos hombres, os agitáis de tal modo, que temo…
—¿Pretendes hacerme ahora pasar por un niño, Alicia? La vista de un sapo, de una serpiente, de mil víboras entrelazadas no me produciría más que un poco de asco; pero, aunque un cabeza redonda, especialmente una casaca encarnada, sea para mí más asquerosa que un sapo, más venenosa que una serpiente, y más temible que todas las víboras juntas, puedo dominar mi aversión natural hasta el extremo de que, si uno se presentara en este instante ante mí, verías qué recibimiento tan cortés y afable le dispensaba.
Apenas hubo concluido sir Enrique de pronunciar estas palabras, el predicador militar salió de detrás del árbol, y presentóse de repente ante el anciano y Alicia, quienes quedaron sorprendidos al verle, creyendo que sus últimas palabras habían provocado la aparición del espíritu maligno.
—¿Quién eres? — preguntóle sir Enrique, encolerizado, mientras que Alicia, asustada, le detenía por el brazo, temerosa de que los recientes propósitos pacíficos de su padre no pudieran resistir el choque de una aparición tan repentina.
—Soy —respondió el interpelado— un hombre que no teme, ni se avergüenza de llamarse un pobre jornalero en los grandes trabajos de Inglaterra, un simple y convencido partidario de la buena causa.
—¿Y qué diablos buscas aquí? — le preguntó el anciano altivamente.
—La bienvenida que se debe a los mandatarios de los lores emisarios — respondió el predicador militar.
—Tú eres tan bien venido como lo sería la sal para quien tuviera enfermos los ojos —objetó sir Enrique—. ¿Y quiénes son tus comisarios?
El soldado presentóle con alguna rudeza un pergamino, que el caballero tomó entre el dedo pulgar y el índice como si fuera una carta procedente de un lazareto de leprosos, y, mientras lo leía, lo tuvo, cuanto más lejos pudo, apartado de sus ojos.
Leyó en voz alta el contenido, y, al pronunciar el nombre de los comisarios, añadía, dirigiéndose a su hija, un pequeño comentario, como para demostrar al soldado que le preocupaba poco su presencia ni le importaba ser oído.
—Desborough: Un mozo de mulas. ¡El patán más indecente que existe en toda Inglaterra! ¡Un pícaro que haría bien en permanecer tranquilo en su casa, como un antiguo escita, bajo el toldo de su carreta!… ¡Al diablo! — Harrison: ¡Un famélico sanguinario! ¡Un entusiasta exaltado, que lee la Biblia tan provechosamente, que jamás le falta un texto para justificar el crimen! ¡Al diablo, también! —Bletson; Un verdadero republicano, un color obscuro, un miembro del club de la Rota de Harrison, un cerebro obtuso, lleno de ideas nuevas de ese gobierno descabellado, cuyo propósito es poner la cola en donde debía estar la cabeza; un tunante, que olvida y desprecia los estatutos y leyes de la vieja Inglaterra para hablar de Grecia y de Roma; que cree ver un Areópago ateniense en la sala del palacio de Westminster, y en el viejo No: un cónsul romano: por mi fe, que éste será quizá un dictador peor que aquéllos. ¡No importa! ¡Al diablo como sus compañeros!
—Amigo mío —dijo el soldado—, quisiera conducirme con vos lo más correctamente posible; pero lo que debo a los santos hombres a cuyo servicio estoy, no me permite oíros hablar de ellos con tanta irreverencia y con tanto desprecio. Y aunque no ignoro que creéis tener derecho para enviar, a quien se os antoja al diablo, que es vuestro padre, lo invocáis en vano contra gentes que son mejores que vos y no hablan de nadie como vos acabáis de hacerlo.
—No eres más que un fanático —replicó sir Enrique—; pero no dejas de tener razón en cierto punto, porque es inútil maldecir a gentes que están ya condenadas, y son tan negras como el humo de los infiernos.
—Os ruego que os moderéis —prosiguió el soldado—, y, si no es por conciencia, a lo menos por delicadeza. No es propio de vuestro carácter ni de vuestra respetable barba proferir juramentos impíos.
—Aunque fuera el diablo quien lo hubiese dicho —exclamó el caballero —, es verdad; y agradezco al Cielo el encontrarme en situación de seguir un buen consejo, aunque proceda del espíritu maligno. Así, pues, amigo mío, puedes decir a tus comisarios que sir Enrique Lee es gran maestre de la capitanía de Woodstock, y que tiene, sobre el usufructo del aposento y del parque, monte alto y bajo, y todas sus dependencias, derechos tan bien adquiridos, como el que ellos tienen sobre sus propios bienes, suponiendo que alguno posea otros bienes que los que se han procurado despojando a las gentes honradas; pero que cederá el puesto a aquéllos a quienes la fuerza ha colocado en el lugar de la justicia y del derecho, y que no pondrá en peligro la vida de los hombres dignos de estimación y fieles, cuando todas las circunstancias les son contrarias. Esta rendición, no prueba, sin embargo, reconocimiento de la autoridad de los comisarios, ni temor a la fuerza, sino deseos de evitar el derramamiento de sangre inglesa, pues bastante se ha derramado ya.
—Está muy bien —contestó el representante de los comisarios—; y, por lo tanto, os ruego que nos dirijamos a la casa, para que me entreguéis las alhajas y vasos de oro y plata pertenecientes al faraón egipcio, que os ha confiado su custodia.
—¿Qué vasos?… ¿Pertenecientes a quién? —respondió impetuosamente el anciano—. ¡Perro aborto de Satanás! Habla con más respeto del rey mártir en mi presencia, si no quieres que trate tu vil cadáver de una manera indigna de mi persona.
Y, apartando violentamente a su hija, que lo tenía sujeto por el brazo, llevó su mano a la empuñadura de la espada.
Su antagonista, por lo contrario, no perdió su serenidad, y, haciendo un ademán con la mano, como para indicar que lo que iba a manifestar era de gran importancia, dijo con una tranquilidad, que exasperó la cólera de sir Enrique:
—Tranquilizaos, amigo mío, os lo ruego; no es necesario gritar tanto. Cuando se tienen los cabellos blancos y el brazo débil, no conviene dar voces ni proceder como un beodo. No me obliguéis a emplear en mi defensa otras armas que las de la razón. ¿No veis, pues, que el Señor ha resuelto esta gran querella en favor nuestro y contra vosotros? Despojaos tranquilamente de vuestro cargo, y entregadme cuantos bienes pertenecieron al hombre que se llamaba Carlos Estuardo.
—La paciencia es buena caballería; pero no por eso deja de dar coces — replicó el caballero, indignado por las últimas palabras del militar.
Y, desprendiendo la espada que tenía suspendida al costado, golpeó con ella a su interlocutor. Agitándola, después, violentamente, hizo saltar la vaina, que quedó entre las ramas de un árbol, y adoptó una actitud defensiva.
El soldado saltó hacia atrás, se desembarazó de su amplia capa, y, sacando su largo estoque, púsose también en guardia. Los hierros se cruzaron ruidosamente, mientras que Alicia pedía socorro a grandes voces. Pero el combate no fue de larga duración: el anciano había atacado a un hombre tan ágil como él en el manejo de las armas, y que poseía aún toda la fuerza y toda la actividad de que los años habían despojado a sir Enrique, y que además conservaba toda la sangre fría que a éste le había hecho perder la violencia de su cólera. Al tercer pase, la espada del caballero saltó por el aire como si fuera a reunirse con su vaina, y sir Enrique, ciego de vergüenza y de coraje, vióse desarmado y a merced de su enemigo.
El republicano no abusó de sus ventajas, y ni durante el combate ni después de su triunfo se alteró su fisonomía. Un lance a vida o muerte le era tan familiar y tan poco temible como el jugar a la espada.
—El Cielo te ha puesto entre mis manos —le dijo—, y, conforme a la ley del honor, podría herirte bajo la quinta costilla, como Asahel fue herido de muerte por Abner, hijo de Nun, cuando cazaba en la montaña de Ammán, que se encuentra delante de Giah, en el camino del desierto de Gibeón, pero no quiero derramar una sola gota de sangre de la que corre por tus venas. Eres el cautivo de mi espada y de mi lanza; pero, como puedes salir del mal camino en que te has colocado y entrar en la vía recta, si el Señor te concede tiempo para arrepentirte y enmendarte, ¿para qué he de abreviar tus días no siendo yo sino un pobre pecador, que realmente no es más que un gusano como tú?
Sir Enrique estaba aún atónito y confuso e incapaz de responder, cuando vio aproximarse un nuevo personaje que llegaba atraído por los gritos de Alicia. Este era Jocelín Joliffe, uno de los guardas campestres del real patrimonio, quien, al advertir el estado en que estaban las cosas, enarboló un pesado garrote, arma que no abandonaba nunca, y haciéndole describir la figura de un ocho sobre su cabeza, iba a descargarlo sobre la del soldado, cuando su amo lo detuvo con un gesto.
—Es necesario bajar las armas, amigo Jocelín —dijo el caballero—; el tiempo de levantarlas ha pasado ya. Es una tontería pretender luchar contra una roca. El diablo ha tomado el ascendiente, y nos da por amos a quienes fueron antes nuestros esclavos.
Un nuevo auxiliar llegó en aquel momento en socorro de sir Enrique. Era un hermoso perro, dogo por su fuerza y lebrel por su forma y casi por su ligereza, llamado Bevis, el más noble animal de su especie que se haya visto, y tan dócil como vigoroso y atrevido. Las palabras: ¡quieto, Bevis! pronunciadas por el caballero, cuando el animal iba a lanzarse sobre el soldado, le convirtieron de león en inocente corderillo, y, en vez de atacar al militar, se puso a olerle, como si hubiera empleado toda su sagacidad para descubrir quién era aquel personaje extraño, a quien, a pesar de su aspecto sospechoso, se le mandaba respetar. Debió quedar satisfecho de su examen, pues depuso su aire amenazador, bajó sus orejas y empezó a menear el rabo. Sir Enrique, que conocía y apreciaba la sagacidad de su viejo favorito, dijo en voz baja a su hija:
—Bevis opina como tú, y me aconseja que me someta. Conozco en esto la mano e influencia de Dios, que quiere castigar el orgullo, que ha sido siempre la cualidad dominante en nuestra familia. Amigo —prosiguió dirigiéndose al soldado—, tú acabas de perfeccionar una lección, que diez años de desgracias continuas no han logrado inculcar en mi corazón. Tú me has demostrado que es una locura el creer que la justicia de una causa puede dar rigor a un brazo débil. Dios me perdone este pensamiento; pero, en vista de lo que ocurre, cualquiera experimentaría la tentación de hacerse infiel y de creer que las bendiciones del Cielo son siempre para el más fuerte. Sin embargo, todo está sujeto a mudanza; Dios, en sus altos designios, sabe lo que hace y conoce el momento oportuno para cada cosa. —Jocelín —dijo luego al guardabosque—, recoge mi espada toledana que está en el suelo, y busca la vaina entre las ramas de esos árboles… No me tires así de la capa, mi querida Alicia, y no tengas miedo; yo te prometo que no volveré a apresurarme a desenvainar mi acero. En cuanto a ti, buen hombre, te doy las gracias, y abandonaré mi residencia a merced de tus amos sin otra disputa y sin ceremonia. Jocelín, que está más cerca de tu rango que yo, te dará posesión del castillo y de todas sus dependencias Joliffe, no ocultes nada, que se lo lleven todo; en cuanto a mí… no volveré a pisar el umbral de sus puertas. Pero ¿dónde nos vamos a alojar esta noche? No quisiera molestar a nadie en Woodstock… ¡Ah, sí, es preciso arreglar esto de la mejor manera! Jocelín: Alicia y yo nos vamos a guarecer en tu cabaña, cercana a la fuente de Rosemunda; tú nos darás albergue bajo tu humilde techo a los menos por esta noche. Espero que nos dispensarás una buena y cordial acogida… ¿Qué es eso? ¿Pones mala cara?
Jocelín, al oír las palabras de su amo, pareció quedar efectivamente perplejo. Dirigió a Alicia una mirada expresiva; alzó los ojos al Cielo como pensativo; los fijó en el suelo, y después de haber mirado a todas partes, murmuró entre dientes: «Sí; seguramente… sin duda… pero… quisiera ir antes allá para arreglar todas las cosas y ponerlas en orden».
—¿En buen orden? Todo estará muy bien, para unas pobres gentes, que bien pronto van a verse obligadas a dormir sobre la paja de un granero y al abrigo de un cobertizo, y aun se considerarán dichosas, a menos que no temas o no quieras recibir en tu casa a personas sospechosas y malévolas, según dicen. Háblame con franqueza, y no te ruborices. Tú estabas en cueros cuando te recibí a mi lado y poco después te di el empleo de guardabosque; pero ¿qué importa? Los marinos no aprecian el viento sino cuando favorece su viaje. Personas de más elevada alcurnia que tú han mudado con la marea; ¿y por qué tú, que eres un pobre diablo, no habías de hacer lo mismo?
—Dios perdone vuestras palabras a su señoría y la mala opinión que de mí tiene. Mi choza, tal como está, es toda vuestra; y lo mismo sería si se tratara del palacio de un rey, lo que desearía que así fuera, tanto por el amor y agradecimiento que me inspiráis como por el de mi querida señorita Alicia. Solamente… solamente… quisiera que me permitierais marchar adelante, tanto por si se encontrara allí algún vecino, como también para preparar cuanto fuera necesario para vuestra comodidad… y, en fin, para poner algo en orden la casa y para que cada cosa ocupe su lugar.
—Es absolutamente inútil —contestó el caballero, mientras que Alicia se esforzaba por ocultar la agitación de que estaba poseída—. Si tu casa está desordenada, no te incomodes ni te preocupes, pues es precisamente lo que conviene a un caballero que se ha dejado desarmar; y si nada se encuentra en su sitio, se asemejará al resto del mundo, en donde todo está trastornado. Conduce a este hombre al castillo. ¿Cuál es tu nombre, amigo? —José Tomkins es mi nombre; pero me llaman José el honrado o Tomkins el fiel.
—Si estos calificativos son merecidos —repuso el caballero—, eres una alhaja, dado tu oficio, y, si no lo son, no te preocupes, José, porque, si no eres honrado, ahora se te ofrece una brillante ocasión para parecerlo. Hace tiempo que los nombres y las cosas siguen rutas diferentes. Adiós… a ti y al bello Woodstock. Y, dicho esto, el anciano dejó a sus interlocutores, y asiéndose del brazo de su preciosa hija, internáronse ambos en le espesura del bosque.
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