Woodstock
Capítulo V
Os juro que vuestro lenguaje es nuevo para mí, y no pienso imitarlo, porque mis labios no pueden pronunciar palabras que, aunque no carezcan de valor, me producen el mismo efecto que debió producir a David la coraza de Saúl: un gran estorbo. —J. B.
M ientras tanto, Marcos Everard dirigióse al palacio por una de las largas avenidas que cruzaban el bosque, cuya anchura era tan varia, que los árboles, ya formaban, uniendo sus espesas ramas
una obscura bóveda, ya se separaban dejando paso a algunos
rayos de luna, y en ocasiones se distanciaban más, mostrando hermosas praderas tapizadas de verde y bañadas de una claridad diáfana. Los efectos de luz que producía aquella claridad deliciosa sobre las seculares encinas, cuyas hojas coloreaban más o menos, las ramas secas y los troncos macizos, hubieran sugerido un poema a un vate o un cuadro a un pintor.
Marcos iba pensando en la desagradable escena en que acababa de desempeñar un papel tan interesante, y cuyo resultado parecía ser la ruina de todas sus esperanzas, y cuando tales pensamientos le abandonaban era para cuidarse de las precauciones que debía adoptar en aquel viaje nocturno.
Los tiempos eran peligrosos; el desorden reinaba por doquier; los caminos estaban llenos de soldados indisciplinados, principalmente del partido realista, que utilizaban sus opiniones políticas para trastornar el país y entregarse a toda clase de desmanes. Además, un gran número de cazadores furtivos, raza siempre temible, infestaban desde hacía algún tiempo el bosque de Woodstock. El tiempo y el paraje eran, por consiguiente, muy peligrosos para que Marcos Everard, además de las dos pistolas cargadas que llevaba en su bolsillo, caminase con la espada desnuda en la mano para prevenirse contra toda sorpresa.
La campana de la iglesia de Woodstock tocaba la queda en el momento en que el joven atravesaba uno de los pequeños claros del bosque; pero el sonido cesó cuando llegaba a un paraje en que, estrechándose el camino, la sombra de los árboles le sumían en la obscuridad más absoluta. Entonces, oyó un silbido, y por el sonido, que se aproximaba poco a poco, comprendió que la persona que lo había lanzado, venía hacia él. No podía creer que éste fuera un amigo, porque el partido al que él pertenecía consideraba como profano todo canto y música, excepción de los salmos, según un texto que aquellos fanáticos interpretaban al pie de la letra y que decía así: El hombre que tenga alegre su corazón, debe entonar los salmos. El silbido era demasiado prolongado y no podía interpretarse como una señal dada entre cómplices; y el estilo, extremadamente alegre para presumir que el viajero tuviese malas intenciones. El caminante cesó de silbar y entonó una canción que los antiguos caballeros cantaban mientras hacían sus guardias nocturnas:
¡A las armas, caballeros, a las armas!
—Ésta no me es desconocida — dijo Marcos, desarmando una pistola que había preparado. El cantor prosiguió cantando.
—¡Alto! —gritó Everard—. ¿Quién va? ¿Por quién sois vos?
—Por la Iglesia y por el rey —respondió una voz, que añadió enseguida —: No, no, ¡diablo!, ¡me equivoco! Quería decir contra la Iglesia y contra el rey; en resumen, que estoy por los vencedores, que he olvidado ya cómo se llaman.
—Sois Rogerio de Wildrake, si no me equivoco.
—El mismo, de Squattlesea-Mere, en el condado de Lincoln.
—¡Wildrake! Mejor debierais llamaros Wildgoose: es menester que hayáis bebido mucho para cantar cosas tan inconvenientes.
—¡Por mi vida! El estilo es precioso, aunque haya pasado de moda.
—¿A quién podría encontrar aquí más que a un caballero endiablado, tan borracho y tan peligroso como les hacen el vino y la noche? ¿Y si hubiera respondido a vuestra melodía con una bala en el cráneo?
—A fe mía, Marcos, las consecuencias hubieran sido un violín menos.
—¿Pero qué casualidad os trae a estos sitios?
—Iba a buscaros a la cabaña del guardabosque.
—Acabo de salir de ella; ya os diré las causas más tarde.
—¡Qué! ¿El anciano cazador, os ha regañado esta noche? ¿O es que la divina Cloe estaba de mal humor?
—No os chanceéis de ese modo, amigo Wildrake. ¡Soy muy desgraciado!
—¡Que el diablo os lleve! ¿Y lo decís con esa tranquilidad? ¡Pardiez! Volvamos allá al punto y yo me encargo de defender vuestra causa. Sé cómo manejarme para calentar las orejas a un viejo y a una hermosa joven. Sir Enrique Lee, le diría, vuestro sobrino es un puritano, no lo niego; pero también es un hombre cortés y un bello sujeto. Señorita Lee, agregaría, podéis pensar que vuestro primo tiene el aire de un tejedor que se entretiene en cantar salmos con ese indecente sombrero de fieltro, ese vestido obscuro, ese pañuelo al cuello, que se asemeja al babero de un niño, y esas grandes botas para cada una de las cuales ha sido preciso emplear la mitad del cuero de un becerro; pero, cuando se ponga un sombrero de castor, así de medio lado, sobre la cabeza, con la pluma que corresponde a su jerarquía, una buena espada de Toledo, pendiente de un cinturón bordado, y con una daga damasquinada, en vez de esa hoja de hierro salida de las manos del pesado Andrés Ferarre, ponedle una buena lengua en la boca… y, ¡pardiez! señorita Lee, diría…
—Vamos, Wildrake, dejaos de tonterías, y decidme si habéis bebido tanto que os sea imposible escuchar algunas palabras con juicio.
—¿Con juicio? ¿Si he bebido tanto? He vaciado algunos jarros de vino con unos cuantos cornudos de cabezas redondas, con los soldados puritanos, en Woodstock; y el diablo me lleve si no me han tomado por el mejor republicano de la compañía, tan bien torcía ya la nariz y les enseñaba el blanco de los ojos apurando mi vaso. ¡Qué! El vino mismo tenía cierto sabor a hipocresía. Sin embargo, me parece que el cornudo del cabo tuvo al fin algunas sospechas; pero los soldados… hasta me suplicaron que bendijera el último jarro.
—Precisamente deseaba hablaros respecto a este asunto, Wildrake. ¿Puedo estar seguro de que me consideráis amigo vuestro?
—Os seré tan fiel como el acero. Compañeros de colegio y camaradas en Lincoln’s Inn, hemos sido Nisus y Erialo, Teseo y Pyritous, Pilades y Orestes, y, para terminar con una cita de puritano, David y Jonatás. Ni las opiniones políticas, germen de discordia que separa a los amigos y a los parientes, como una cuña de hierro hiende la encina, no podría enemistarnos.
—Es verdad; por eso cuando seguisteis al rey a Nottingham y abracé el partido del conde Essex, nos juramos, al despedirnos, que, cualquiera que fuese el que quedara victorioso, aquel que le siguiera protegería a su compañero menos afortunado.
—Es cierto, amigo Marcos, y vos habéis cumplido fielmente vuestra promesa. ¿No me habéis salvado de la horca? ¿No os debo el pan que como?
—No he hecho por vos, mi querido Wildrake, más que lo que hubierais hecho por mí, si la suerte de las armas hubiera sido otra. Pero, como os decía, de esto precisamente deseaba hablaros. ¿Para qué ponéis obstáculos al empeño que he tomado de protegeros? ¿Por qué os mezcláis entre esos soldados y esas gentes, cuyo contacto ha de irritaros seguramente y os exponéis a que os descubran? ¿Para qué recorréis el país entonando esas viejas canciones de los caballeros, como un soldado borracho del príncipe Ruperto, o como un fanfarrón de los guardias de corps de Wilmot?
—Porque puedo haber sido ambas cosas, como vos sabéis, Marcos. Pero ¡pardiez!, ¿será preciso que os recuerde todos los días, que nuestra promesa de mutua protección, nuestra liga ofensiva y defensiva, nuestra alianza, debe ejecutarse sin ningtin respeto a las opiniones políticas o religiosas de ninguna de las partes contratantes, y sin que ninguna esté obligada a conformarse en nada a las de la otra?
—Tenéis razón; pero existe esta reserva indispensable, que el que necesitara de la protección del otro, se acomodaría a las circunstancias, de modo que no hiciese inútiles, o acaso peligrosos, los esfuerzos de su amigo para protegerle. Ahora bien; vos hacéis cada día una fechoría poniendo en grave peligro vuestra seguridad y mi crédito.
—Os digo, Marcos, y lo mismo se lo dijera al apóstol vuestro patrón, que sois demasiado severo conmigo. Vos habéis recibido lecciones de sobriedad y de hipocresía desde que llevabais pañales hasta que habéis tomado el vestido de Ginebra, es decir, desde que estabais en la cuna, hasta ahora. Esto es cosa natural en vos y con la que estáis familiarizado, y os sorprendéis de que un muchacho franco, honrado, que toda su vida ha dicho la verdad, especialmente cuando la encontraba en el fondo de un vaso, no llegue de golpe y porrazo a una perfección como la vuestra. Tenemos distinta condición, y, además, siendo el disfraz tan nuevo para mí, no lo llevo mal del todo. ¿Queréis vos hacer la prueba?
—¿Se han recibido algunas otras noticias de Worcester? — preguntó Everard, tan seriamente que sorprendió a su compañero. Sin embargo, éste le contestó conforme a su carácter.
—Sí… ¡Malditas noticias! Son mil veces peores que las primeras. Todos están desbandados. Seguramente, el viejo Noll ha vendido su alma al diablo; pero llegará el tiempo en que se verá obligado a entregársela; éste es todo nuestro consuelo actual.
—¡Cómo! ¿Responderíais así a la primer casaca encarnada que os hiciese la misma pregunta? Éste sería el medio de conseguir pronto un salvoconducto para el cuerpo de guardia más inmediato.
—¡Oh! Pero hablo con mi amigo el coronel Marcos, pues, de otro modo, hubiera contestado: Noticias excelentes. Una bendición del Cielo. Una manifestación palpable de la influencia divina. Eternas acciones de gracias le sean dadas. Los réprobos han sido dispersados desde Dan hasta Beersheba; han sido destrozados, heridos de muerte desde la salida hasta la puesta del sol.
—¿Habéis oído hablar de las heridas del general Tornhaugh?
—Ha muerto. Es un consuelo menos; ¡el perro de cabeza redonda!, ¡oh, perdonad, me he equivocado, quería decir, el excelente soldado!
—¿Y qué sabéis del hombre, del rey de Escocia, según le llaman?
—Lo persiguen como a un gamo por las montañas. ¡Dios quiera salvarle, y confundir a sus enemigos! ¡Pardiez, Marcos! Me es imposible llevar esta máscara de hipocresía por más tiempo con vos. ¿No os acordáis de que en las farsas que representábamos en Lincoln’s Inn, aunque vos no tomarais gran parte en ellas, yo desempeñaba siempre mi papel tan discretamente como cualquiera otro, y que en los ensayos estaba siempre detestable? Pues lo mismo me ocurre ahora. Conozco vuestra voz, y respondo a ella con mi tono natural, pero, en cuanto me encuentro en compañía de vuestros hipócritas amigos procedo de otro modo. Me habéis visto, en más de una ocasión, salir airoso de mis apuros.
—Regularmente; sin embargo, todo lo que os suplico es que seáis prudente y que sepáis guardar silencio. Hablad poco, no juréis y colocaos el sombrero a nivel de vuestra frente.
—Sí; esto es lo peor. He sido siempre apreciado por la manera elegante con que me ponía el sombrero, y es muy triste que el único mérito que posee un hombre, o la predilección que siente por una cosa llegue con el tiempo a ser su mayor enemigo.
—Debéis acordaros, sobre todo, de que sois mi escribiente.
—Secretario. Elevadme a la categoría de secretario, si me conserváis alguna amistad.
—Es necesario que seáis escribiente, y no más que simple escribiente; y sed dócil, amigo Wildrake, y sumiso.
—Pero no tengo necesidad que me deis vuestras órdenes con tanta ostentación y superioridad, Marcos Everard. Acordaos de que tengo tres años de edad más que vos. Realmente no sé cómo debo conducirme en esta cuestión.
—¿Habráse visto cabeza más destornillada? Hacedlo por mí ya que no lo hagáis por vos: dejad vuestra locura y sed una vez razonable. Pensad que me he expuesto, por salvaros, a mil reproches y peligros.
—Sí, vos sois un sujeto muy apreciado, Marcos, y haré por vos todos los sacrificios que de mí dependan; pero acordaos de toser, y de hacer ¡hem! cuando creáis que estoy a punto de salir de los límites que me imponéis. ¿Y ahora, dónde vamos, esta noche?
—Al castillo de Woodstock, para cuidar de las propiedades de mi tío. Me han informado de que unos soldados se han posesionado del palacio. ¿Mas cómo puede ser esto, si habéis estado en Woodstock, bebiendo en su compañía?
—Entre los militares había uno, que era comisario, o mandatario, no sé qué especie de tunante que había ido en comisión hacia el palacio. Me parece haberle visto allí.
—¿De veras?
—Como soy cristiano, para hablar en vuestro lenguaje. Cuando atravesaba el parque, hace escasamente media hora, observé que había luz en las habitaciones. Mirad… acercaos aquí y la, veréis.
—¿En el ángulo del Noroeste? Esa luz alumbra la habitación particular de Víctor Lee.
—Como he servido durante largo tiempo en la compañía de cazadores de Lunsford, conozco perfectamente los deberes de mi oficio. Jamás he dejado detrás de mí una luz sin hacer antes un completo reconocimiento. Además, Marcos, me habíais hablado con tanta frecuencia de vuestra hermosa prima, que me hubiera alegrado de verla aunque sólo fuese durante un momento.
—¡Oh amigo aturdido e incorregible!, ¡a cuántos peligros os exponéis, y hacéis correr a vuestros amigos con vuestra ligereza! Pero proseguid.
—¡Por el claro de luna que nos alumbra! Marcos Everard, sois celoso. Pero no tenéis motivo para ello; porque, aunque he procurado ver a la bella dama, llevo una coraza de honor que me pone al abrigo de sus encantos, y, como ella no podía verme, le era imposible hacer comparaciones que os perjudicasen. En resumen, ninguno de los dos nos vimos.
—Lo sé perfectamente. Mi prima Alicia había abandonado el palacio antes que el sol desapareciera del horizonte, y no ha vuelto a él. ¿Pero, no me diréis lo que visteis?
—Poca cosa. Habiéndome subido a un árbol, porque trepo tan bien por ellos como los gatos, me agarré a las parras que cubren las paredes, y me coloqué en un paraje desde el que fácilmente veía cuanto pasaba en el interior de la estancia.
—¿Y qué habéis visto?
—Casi nada, porque, en los tiempos que corremos, no es una maravilla el contemplar a dos granujas que celebran una francachela en las habitaciones de los nobles y de los príncipes. Vi a dos tunantes ocupados en vaciar, grave y solemnemente, un gran cántaro de aguardiente y devorar un enorme pastelón de caza que habían colocado sin ceremonia sobre la mesa de labor de una señora; uno.de ellos distraíase pulsando las cuerdas de un laúd.
—¡Miserables profanos! Era el de mi prima Alicia.
—¡Bien dicho, mi bravo camarada! Celebro que haya algo que ponga en movimiento vuestro carácter flemático; pero estos detalles sólo son adornos añadidos a mi relación para sacar de un ser santificado, como vos lo estáis, alguna chispa de los sentimientos de la pobre humanidad.
—¿Qué aspecto tienen esos dos hombres?
—El uno era un fanático, de aire solapado, con gran sombrero y vestidos muy largos, bastante parecido a todos vosotros; y supuse que era el mandatario de quien me habían hablado en el pueblo. El otro era un gallardo mozo, rechoncho y vigoroso, que llevaba pendiente de su cintura un cuchillo de caza, y tenía a su diestra un enorme garrote. Un pícaro con cabellos negros y dientes blancos, de una fisonomía jovial. Debe ser algún guarda del patrimonio.
—Estos dos hombres deben ser el favorito de Desborough, Tomkins el fiel, y Jocelín Joliffe el guardabosque. Tomkins es el brazo derecho de Desborough. Es un independiente, y tiene dones del Cielo, según dice él mismo. Muchos creen que los dones que él recibe influyen más en sus acciones que la gracia, y según mis informes, ha cometido algunos abusos.
—Al menos sabe aprovecharse de las ocasiones, pues el cántaro estaba ya medio vacío, cuando, como si el diablo lo hubiera dispuesto, una piedra desprendida del estribo en que apoyaba mis pies, rodó hasta el suelo. Una persona torpe hubiera reflexionado largo tiempo respecto a lo que debía hacer, y hubiera seguido a la piedra en su caída, antes de adoptar una determinación; pero yo, Marcos, salté como una ardilla, y me así a una rama de hiedra. Poco faltó para que me introdujesen una bala en el cuerpo, porque el ruido alarmó a los dos tragones, que se asomaron a la ventana y me vieron. El guarda corrió a buscar su garrote; el fanático empuñó una pistola, pues no ignoráis que todos ellos llevan estos textos suspendidos de su cintura al lado de la Biblia. Salúdelos con una especie de aullido acompañado de un gesto infernal, pues conviene que sepáis que imito perfectamente el grito del orangután. Lo aprendí de un farsante francés que con sus mandíbulas trituraba las nueces y otros cuerpos más duros. Al mismo tiempo déjeme caer en silencio sobre el césped y me deslicé a lo largo del muro y al abrigo de la sombra, llegando a eclipsarme tan bien a su vista, que seguramente han creído que yo era su pariente o el mismo diablo en persona que iba a hacerles una visita sin ser invitado. Sin duda alguna, ambos han pasado un miedo terrible.
—Sois muy temerario, amigo Wildrake. ¿Y si, al llegar ahora al palacio, os conocieran?
—¡Y bien! ¿He cometido algún crimen de alta traición mirándolos? No hay nadie que haya pagado su curiosidad desde los tiempos de Juan de Coventry, y si se le hubiese pedido cuenta de la suya, ¡por mi fe!, me atrevo a asegurar que sus ojos fueron más felices que los míos. Pero tranquilizaos, Marcos, no me conocerán más que el que, habiendo visto a vuestro amigo Noll en un conventículo de santos, lo viera por segunda vez a caballo al frente de sus tropas, o cargando a la cabeza de un escuadrón de color de cangrejo, o riendo y vaciando una botella de buen vino con el poeta profano Walter.
—Silencio, Wildrake; no nombréis para nada a Cromwell, si estimáis en algo vuestra vida y la mía: no debemos burlarnos de la roca contra la que podemos estrellarnos. Pero hemos llegado al palacio y vamos a turbar los placeres de esos señores.
Y, mientras hablaba así, levantó el pesado llamador haciéndolo resonar con fuerza contra la maciza puerta.
—¡Racataplán! —exclamó Wildrake—. Estos golpes deben haber alarmado a los cornudos de cabezas redondas.
Y, moviendo el cuerpo acompasadamente, empezó a tararear una canción épica.
—¡Por el Cielo! Este desatino pasa ya los limites —exclamó Everard volviéndose a Wildrake con aire enojado.
—De ningún modo, amigo mío; esto no es más que una ligera expectoración, como la que precede a una bella arenga. Ahora que me he desembarazado de esta flema, mantendré mi gravedad, durante una hora por lo menos.
En aquel momento, llegó a sus oídos el ruido de pasos precipitados en el vestíbulo y advirtieron que se abría con precaución el postiguillo, mientras que alguien sujetaba la puerta con una gruesa cadena, para evitar un accidente. Por la estrecha abertura apareció la cara de Tomkins y detrás de él la de Jocelín, que le seguía con la luz en la mano.
—¿Qué deseáis? — preguntó Tomkins.
—Entrar enseguida —respondió Everard—. Joliffe, ¿me conocéis?
—Sí, señor —respondió Jocelín—, y os abriría la puerta con sumo gusto; pero no soy dueño de las llaves. Ved al que da órdenes aquí. ¡Dios del Cielo, en qué tiempos vivimos!
—El señor, si no estoy equivocado, es el criado del maestro Desborough.
—El indigno secretario de Su Señoría, si os place — rectificó Tomkins.
—Teníais razón, Marcos —dijo Wildrake al oído de su amigo—; ya no quiero ser secretario: el nombre de amanuense es título más honorable.
—Si sois el secretario del señor Desborough —repuso Everard, al independiente—, debéis conocerme, y saber cuál es mi grado, y supongo qué no os negaréis a recibir por esta noche en el palacio a mí y a la persona que me acompaña.
—De ningún modo —respondió Tomkins—, si vuestra señoría cree que se puede alojar aquí más cómodamente que en la posada del pueblo, llamada con tan poca consideración, Posada de San Jorge. Su Señoría no se encontrará aquí muy cómodo. Además, hemos recibido esta noche la visita del diablo, y hemos temido morir del susto. El olor de azufre se ha disipado.
—Esa historia debéis referirla más oportunamente en uno de vuestros sermones, señor secretario —objetó Marcos—, pues no admitiré ninguna excusa para que me tengáis aquí al frío, a la humedad y al viento, y si no me recibís inmediatamente, con el decoro que corresponde a mi condición, me quejaré de vuestra insolencia al señor Desborough.
Tomkins no se atrevió a oponerse por más tiempo. Desborough no debía su influencia más que a su calidad de pariente de Cromwell, y sabíase públicamente que el lord general —que gozaba de una autoridad casi soberana— había admitido entre los amigos de su mayor intimidad y aprecio a los Everard, padre e hijo. Realmente, éstos eran presbiterianos y el general Independiente, y aunque aquéllos tuvieran sentimientos más entusiastas en moral y en religión, cualidades que distinguían al partido parlamentario, no eran fanáticos como tantos otros. Tampoco se ignoraba que, cualesquiera que fueran las opiniones personales de Cromwell, éstas no detenían el curso de sus gracias y amistades, que otorgaba pródigamente a cuantos podían serle útiles, aunque procediesen de las tinieblas de Egipto. Marcos Everard gozaba de gran reputación por su prudencia y su sagacidad; poseía una considerable fortuna, y sus protestas sinceras de adhesión le daban cierta autoridad entre las personas de su partido. Su hijo habíase distinguido en los campos de batalla, y siempre había conseguido éxitos brillantes. Se hizo notar desde un principio por su severa disciplina, que conservaba y transmitía entre los soldados a sus órdenes, tanto por el valor que desplegaba en los campos de batalla, como por la caridad con que trataba a los vencidos. Hombres de tan bellas cualidades tenían que ser necesariamente estimados, sobre todo cuando se temía que el partido que había depuesto y asesinado al rey, se dividiera para repartirse los despojos. Cromwell manifestaba, pues, en razón de lo dicho, tan gran simpatía y deferencia a los dos Everard, y se les suponía tanta influencia sobre él, que el señor secretario, Tomkins el fiel, no se atrevió, por una bagatela, a incurrir en el enojo del coronel Everard negándole la entrada en el palacio para pernoctar en él.
En cuanto al guardabosque, desplegaba toda su actividad. Aumentó el número de luces; arrojó más leña al fuego, y los dos recién llegados posesionáronse de las habitaciones de sir Lee, nombre que se les daba por el retrato del caballero que sobre la chimenea había.
Pasaron algunos minutos antes que el coronel se recobrara de las diferentes sensaciones que experimentó al contemplar la morada en que había pasado las horas más felices de su vida. Volvía a verse en aquel aposento, cuya puerta vio abrirse tantas veces, con transportes de júbilo, para dar paso a sir Enrique Lee, que le aleccionaba en el arte de la pesca y le mostraba las cañas, los anzuelos y los materiales de que se servía para preparar los cebos artificiales tan poco conocidos en aquel tiempo. Volvía a contemplar el antiguo retrato de familia, aquel retrato que, en su infancia y a causa de ciertas singularidades y misteriosas expresiones de su tío, constituía para él un objeto de curiosidad y de temor. Y entonces recordó que, cuando se encontraba a solas en aquella estancia, parecíale que el viejo guerrero pintado en aquel lienzo le dirigía, cualquiera que fuese el lugar en que se colocara, una penetrante mirada, fenómeno que turbaba su infantil imaginación.
A estos recuerdos uniéronse otros mil, más dulces y queridos, que brotaban de la ternura que le había inspirado, desde su niñez, su linda prima Alicia, cuando la ayudaba a estudiar sus lecciones o le traía agua para regar sus flores, y la acompañaba a cantar. Hasta recordó que, en cierta ocasión, al verlos sonrientes, había dicho sir Enrique, que les contemplaba con cariño paternal:
—¿Y cuándo va a ser eso? Seguramente, ninguno de los dos lo considerará una desgracia…
¡Cuántos sueños de felicidad le habían sugerido concebir estas breves palabras! Pero ¡ay! estas brillantes visiones habían sido desvanecidas por el ronco son de la trompeta guerrera que llamó a sir Enrique a las banderas del rey y a su sobrino a las de la república. Todos los sucesos de aquel día le demostraban que el éxito mismo que Marcos había obtenido como soldado y como estadista era un obstáculo invencible para los anhelos de su corazón.
Arrancóle a estas dulces abstracciones la llegada de Jocelín, quien, aun siendo un aguerrido bebedor, había hecho todos los preparativos con una celeridad y una exactitud tales, como no podía esperarse de un hombre de su condición.
—¿Deseáis tomar algo? — preguntó al coronel.
—No.
—¿Su señoría desea dormir en la cama de sir Enrique Lee? Ya está preparada.
—Sí.
—¿Daremos al señor secretario la de la señorita Alicia?
—De ningún modo, si queréis conservar las orejas.
—Entonces… ¿dónde vamos a acomodar al digno secretario?
—En la perrera o en la caballeriza, donde os plazca —exclamó Marcos —. Pero —añadió adelantándose hacia la puerta del dormitorio de Alicia que daba a aquella habitación, cerrándola con dos vueltas y guardándose la llave— nadie ha de profanar esta alcoba.
—¿Su señoría tiene algo más que mandarme?
—¡No! Sólo deseo que me desembaracéis de ese hombre. Mi escribiente se quedará conmigo, pues he de dictarle algunas cartas… Oíd, ¿entregasteis esta mañana mi misiva a la señorita Alicia?
—Sí, señor.
—Decidme, mi buen Jocelín, ¿qué os dijo cuando la recibió?
—Me pareció muy afligida, señor, y… creo que derramó algunas lágrimas; sí, seguramente, se afligió mucho…
—¿Y qué mensaje os dio para mí?
—No me dio ni me dijo nada. Había empezado a decirme: «Responded a mi primo Everard que comunicaré a mi padre las proposiciones cariñosas de mi tío cuando encuentre oportunidad para ello, pero, temo mucho…. — Aquí se interrumpió, y añadió—: Escribiré a mi primo, y como quizá será ya tarde cuando hable a mi padre, vendréis mañana por la mañana a buscar la carta, después de los oficios divinos». Me marché a la iglesia para matar el tiempo, pero, al regresar, encontré aquí a ese hombre que acababa de intimar a mi amo para que abandonase el palacio, y hubo necesidad de ponerle enseguida en posesión de él. Hubiera querido prevenir a vuestra señoría que el caballero y mi joven señorita se dirigían a mi cabaña, y que os sorprenderían en ella, pero me fue imposible avisaros.
—Habéis hecho por mí lo mejor, Jocelín —contestó el coronel—; no olvidaré vuestros servicios.
Luego, avanzando hacia los escribientes o secretarios que en amigable familiaridad se habían sentado a la mesa, y se divertían a expensas del cántaro de aguardiente, díjoles:
—Ahora, señores, permitidme que os recuerde que la noche está ya muy avanzada.
—El cántaro no está completamente vacío aún — respondió Wildrake.
El coronel, al servicio del Parlamento de Inglaterra, tosió repetidas veces, y si su boca permaneció callada, la imprudencia del compañero le sugirió pensamientos nada favorables para su protegido.
—Pues bien —dijo, al ver que Wildrake acababa de llenar su vaso y el de Tomkins— bebed este último trago, y retiraos.
—¿No os alegraríais, señor —interrogó Wildrake—, de saber cómo este buen hombre ha visto al diablo esta noche por un vidrio de esa ventana, y del que asegura que se asemeja grandemente al humilde e indigno amanuense de vuestra señoría? ¿No deseáis conocer esta interesante historia, señor, mientras apuráis un vaso de este rico aguardiente, de que puedo haceros después un cumplido elogio?
—No beberé nada —respondió el coronel con severidad—; en cambio, vos habéis bebido de más; señor Tomkins, os deseo que paséis buena noche.
—Algunas palabras de edificación antes de separarnos… —dijo Tomkins levantándose de la mesa, y apoyándose sobre el respaldo de una silla, tosió varias veces como para prepararse a pronunciar una arenga piadosa.
—Perdonad, señor —objetó Marcos con tono serio—; no sois bastante dueño de vos mismo para que pretendáis guiar la conciencia de los demás.
—¡Desgraciados los que se niegan a oír! — murmuró el secretario de los comisionados abandonando la estancia; pero el ruido que produjo la puerta al cerrarse, impidió oírlo.
—Ahora, loco Wildrake, vais a acostaros; ahí encontraréis cama — le dijo Marcos indicándole una puerta que conducía a la alcoba de sir Enrique.
—¡Cómo! ¿Os reserváis el lecho de la señorita? Sí; ya os he visto guardar la llave de su aposento.
—No quisiera, y seguramente no podría dormir en ella; no puedo dormir esta noche en parte ninguna. La pasaré sobre ese sillón; y, con ese objeto, he hecho provisión de leña para mantener un buen fuego. Buenas noches, y que el sueño os disipe los vapores del aguardiente.
—¡Los vapores! Me hacéis reír, amigo Marcos. Veo que no sois más que una sopa de leche, y lo sois por herencia paterna. Ignoráis lo que puede hacer un joven honrado con el vaso en la mano.
—Todos los vicios de su facción se han reunido en este pobre diablo — pensó el coronel mirando a su protegido, mientras que éste se dirigía a la habitación indicada dando traspiés—. Es temerario, borracho, atrevido, y si no puedo embarcarle para Francia, temo que se pierda y me pierda a mí también. Sin embargo, es bueno, bravo, generoso, y seguramente haría por mí cuanto hago por él en este momento. ¿Y qué mérito podríamos atribuirnos si no cumpliéramos la promesa que nos hemos hecho, más que en cuanto no pudiera perjudicarnos? De todos modos, voy a asegurarme, para que me deje tranquilo durante el resto de la noche.
Dicho esto, cerró la puerta de comunicación que separaba las dos habitaciones; paseóse luego algunos instantes por la suya con aire preocupado, arrellanóse en el sillón, arregló la luz, y sacó de su bolsillo un voluminoso paquete de cartas.
—Volveré a leerlas otra vez —dijo—; tal vez ocupándome en los negocios públicos, consiga hacer menos penosas mis aflicciones personales. ¡Santo Dios! ¿Cuál será el fin de lo que está pasando? Hemos sacrificado la paz del hogar para libertar de la opresión al país en que vivimos, y, sin embargo, cada paso que avanzamos hacia la libertad, nos conduce a peligros más espantosos, como quien trepa por una montaña árida y escarpada se encuentra, a medida que asciende, en situación más delicada y comprometida.
Después ocupóse en leer varias cartas escritas en estilo tan enojoso como ambiguo, en las que las personas que se las dirigían, aunque invocando la gloria de Dios y la libertad de Inglaterra como único objeto de todas sus acciones, no podían impedir que la penetración de Marcos Everard descubriese que sólo se movían por el interés personal y la ambición.
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