A Punta de Cuchillo

Alex Van Tol · Capítulo 1 de 16

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A Punta de Cuchillo

Capítulo uno

Voces, muy fuertes y repentinas, me arrancan de un sueño. Confundida, trato de sentarme. Pero no puedo. Se siente como si me hubieran atado a la cama con un millón de hilos diminutos. Me obligo a abrir un ojo. Giro la cabeza. El radio reloj dice 6:44. Las voces siguen gritando. Vienen de la radio. La misma radio con la que he despertado los últimos treinta y cinco días, a la misma hora insensata.

Sólo que cada mañana se vuelve más difícil.

Levanto la cabeza y miro las paredes de madera. Un millón de puñales microscópicos se disparan por mi cráneo. Agh. Me apoyo en un codo y aprieto el botón de dormitar. Los puñales se convierten en martillos y se propagan por todo mi cuerpo. Unos mil se van a trabajar a las plantas de mis pies. Me siento en la cama tratando de no rozar el suelo. Todavía no puedo enfrentar esa agonía. En medio de un bostezo me estiro para agarrar unos calcetines. Tengo que empezar a acostarme más temprano. No puedo seguir funcionando con cinco horas de sueño por noche. No cuando mi empleo me da una paliza todos los días.

El marco metálico de la cama chirría cuando me impulso para levantarme. Aayy, ay. Podría morirme ahora mismo. Si un asesino serial asomara la cabeza en mi cuarto y se ofreciera para acuchillarme en este momento, le diría que sí, que adelante. Me pregunto si es normal que me duelan tanto los pies.

Bueno, sí, tal vez lo sea, después de catorce horas de trabajo y de otras cinco bailando sin parar. ¡Pero es tan divertido!

Miro otra vez el reloj. 6:53. Meto los desesperados pies en mis botas de vaquero. Las miro. Están asquerosas, cubiertas de bosta por las lluvias de julio. Se supone que no debo usarlas en el dormitorio, pero qué más da. No puedo sacarles la mugre ni con un cepillo. Ya lo he intentado. También el borde de mis chaparreras está completamente sucio. En una pena. Gasté mucho dinero en mandarlas hacer a la medida. Eso fue antes, cuando creía que iba a ganar $12,50 la hora.

Antes de descubrir que lo que James en realidad quiso decir fue $1250 al mes.

Trabajo de esclavos, eso es lo que es. Kristi y yo hicimos el cálculo hace unas semanas, un par de días antes de que ella abandonara el rancho para buscar un empleo en la ciudad con un sueldo decente. Resulta que gano unos $4,46 por hora. Y el trabajo de vaquero es muy duro: apilar pacas de heno, ocuparse de las sillas de montar, arrastrar baldes de grano, empujar y tirar todo el día de animales de 1,500 libras de peso.

Pensar en los caballos me pone en movimiento. El primer turno en el granero empieza a las siete y llegar tarde es un horror. Si empiezas la mañana con retraso, te pasas el día entero tratando de ganarle al reloj.

Dejo a las demás durmiendo en el cuarto y cierro suavemente la puerta detrás de mí.

El aire frío de la mañana me aguijonea la garganta mientras cojeo por la hierba hacia la casa principal. Los pies me están matando. El abundante rocío oscurece mis botas. Dios mío, se siente como si el invierno ya estuviera por llegar. Estoy tiritando y deseando haber traído mis guantes.

Abro la puerta mosquitera que lleva a la cocina. Steve, el cocinero de la mañana, me da un panecillo de pasada. Es un buen tipo, pero parece como si acabara de escapar de una prisión de máxima seguridad. Quién sabe, tal vez así fue. Aquí no son muy estrictos con sus prácticas de contratación.

Steve tiene tantos tatuajes, que no es fácil encontrar piel sin tinta en sus brazos. De todas formas me cae bien. Me da de comer gratis. Los otros cocineros nos hacen marcar la tarjeta de comidas hasta por un paquete de galletas.

—Te ves como la mierda, Jill —me dice muy alegre.

—Bésame las chaparreras, salsero —le gruño por encima del hombro.

Steve se ríe.

—Con gusto —me ladra enseguida.

Parada técnica en la cafetera. Después me voy directamente al establo.

Con suerte no habrá un paseo a caballo a las 9:00. Si no lo hay, podré volver al restaurante y desayunar en forma luego de ensillar los caballos.

Cuando llego al establo no veo a nadie. Me lo imaginé. Carrie y Laura tomaron muchísima cerveza anoche. No es la primera vez que no aparecen a la hora de sus turnos. Y estoy segura de que no será la última. A esas dos las dejan hacer cualquier cosa. Idiotas. Si yo me quedara dormida alguna vez y llegara tarde, seguro que me iría mal. Pero ellas son las abejas reinas, así que mantengo la cabeza baja y la boca cerrada.

Al verme, Whiskey me saluda con un resoplido. Le doy un rápido cepillado, le pongo una manta y la silla al lomo y le paso la brida por el suave hocico.

¿Dónde está Kim? Casi me daría alegría ver su malhumorado trasero marchando por el corral esta mañana, maldiciendo a los caballos al azar y pateando a todos los que la ven con mala cara. Es una completa bruja. Pero tengo que reconocer que hace un buen trabajo en el establo. Si estuviera aquí, ya habría sacado de la cama a Carrie y a Laura, tirando de sus largas y sensuales cabelleras. Es la única que se atrevería a hacerlo.

Ahora me acuerdo. Es el día libre de Kim. Maldición. Ni Kim ni Carrie ni Laura. Nadie más en el turno de la mañana. Voy a tener que reunir sola a los caballos.

A los sesenta caballos yo sola.

Aplaco las mariposas de mi estómago y me subo al lomo de Whiskey. La dirijo hacia el apacentadero nocturno. No tengo idea de si seré capaz de reunir a cinco docenas de caballos y de llevarlos en un prolijo rebaño hacia el granero. No soy una vaquera nata, ni de casualidad. Hasta donde sé, nadie ha sacado nunca a los caballos sin apoyo. Qué suertuda. ¿Pero qué otra me queda? Estoy ansiosa de que una de las bellas borrachas llegue tambaleándose. Pero podrían faltar horas. Para entonces habrá clientes haciendo fila junto a las cercas del corral, listos para pasear a caballo por los senderos.

Tengo que lograrlo.

Al llegar, Whiskey y yo hacemos una rápida revisión del perímetro por el apacentadero nocturno. Chasqueo el látigo y los caballos se mueven hacia la verja. Espero a que todos estén apiñados contra la cerca; todas las narices, los cuellos y los traseros apretujados en una tibia masa inquieta.

Whiskey y yo nos embutimos por un lado para llegar a la salida. Contengo el aliento y suelto el pestillo. La verja se abre con un crujido, impulsada por una docena de caballos hambrientos.

Chasqueo el látigo.

—!Arreeeee! ¡Vamos, chicos!

Sobresaltados, los caballos se precipitan por la salida y galopan por el camino hacia el granero.

Excelente. ¡Muy bien, Jill! Taconeo a Whiskey y nos alejamos dando tumbos, muy cerca de los otros caballos. “¡Arreeeee!”, grito una y otra vez y chasqueo el látigo. Los caballos avanzan como un trueno, levantando polvo en el sol matutino. Entran al corral principal martilleando la tierra y se dispersan, contentos de estar ahí de nuevo. Cierro la verja del corral detrás de ellos y salto del caballo, sorprendida de que mis temblorosas rodillas puedan sostenerme.

—Buen trabajo —dice una lisonjera voz. Me doy la vuelta. Un hombre que no reconozco está apoyado en la cerca. Debe andar por los veinticinco años. Cabello oscuro. Camisa roja. Me sonríe. Oh. Y es guapísimo. ¿Estuvo ahí mirando todo el tiempo? Siento que me sonrojo. Estúpida.

—Gracias. —No se me ocurre nada más que decir, así que ato a Whiskey a un poste de la cerca y aflojo su silla. Tomo un ronzal de una clavija y entro al corral caminando. Lo paso por la cabeza de Ace y lo dirijo al granero. Tomo otro ronzal.

—Me llamo Darren Parker. Del Bar G —dice el hombre. Su voz es amistosa. Conozco ese rancho. Está muy cerca, a unos veinte minutos por el valle—. ¿Organizan paseos de aventura a caballo?

Trago con fuerza. ¿Un paseo de aventura? Sí, los hacemos. Pero espero de verdad que no sea eso lo que le interesa. Un paseo por los senderos es una cosa: los caballos sólo se ponen en fila y siguen por el bosque el trasero del que está enfrente por un par de horas. Pero, ¿paseos de aventura?

¿Atravesar ríos, lanzarse por las laderas y galopar por los prados? Odio encargarme de paseos de aventura.

No me malinterpreten. Me encanta espolear a mi caballo y hacer locuras a toda velocidad. Lo que no me gusta es ser responsable de otras personas durante recorridos rápidos y arriesgados. No tengo tanta experiencia sobre el caballo como los otros vaqueros.

No, señor, los paseos de aventura no son lo mío. Ya me resulta bastante difícil mantenerme sobre mi maldito caballo, así que ni hablar de encargarme de alguien más al mismo tiempo.

Pero no digo nada de lo que estoy pensando. Tal vez este muchacho se maneje bien solo. Por aquello de que es vaquero y todo eso.

—Los paseos empiezan a las nueve. —Le lanzo un vistazo—. Puedes entrar y desayunar mientras esperas.

Después de decir eso, me concentro otra vez en mi trabajo de arrear caballos. Y rezo por que él no pueda escuchar los latidos que da mi corazón mientras trata de atravesar mi pecho.

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