A Punta de Cuchillo

Alex Van Tol · Capítulo 15 de 16

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A Punta de Cuchillo

Capítulo quince

Ahora que Darren está en el río conmigo, no voy a tomar ningún riesgo.

Quiero alejarme de él tanto como pueda. Sumerjo la cabeza y me impulso con más fuerza, tratando de nadar lo más rápido posible. Pataleo y atravieso las continuas olas, más cerca del centro del canal. Ahí es donde una estrecha lengua de agua verde corre limpiamente sobre las rocas y no se repliega sobre sí misma como el resto del Hacedor de Viudas. Si puedo avanzar por la parte verdosa, es posible que salga de aquí con vida.

Algo me agarra una pierna por debajo del agua. Grito con desesperación, pateando con los dos pies. Giro los brazos y me doy la vuelta, levantando las piernas. Pero no es nada. Sólo mi mente, que me está haciendo trampas.

El rugido atronador del Hacedor de Viudas se escucha más cerca ahora.

No mucho detrás de mí, Darren chapotea con furia en los rápidos. Su cara deshecha se asoma y desaparece con la corriente. Quisiera poder alejarme nadando y no volver a verla nunca más.

Me doy cuenta de que mi lucha con el imaginario enemigo que me había atrapado la pierna me ha sacado de curso. No estoy bien alineada para entrar al canal verdoso. Ahora las cosas están pasando con mucha rapidez.

En lugar de deslizarme hacia la parte segura, paso por un enorme banco de rocas y entro a un hueco espumoso. Más que verlo, lo siento y el pánico se apodera de mi corazón.

No se suponía que esto pasara.

Por un momento me olvido de Darren y de su cuchillo, de su cara destrozada y de su deseo de destazarme. Apenas me doy cuenta de lo que

está pasando, empiezo a impulsarme con brazos y piernas. Necesito moverme más rápido que el agua.

No puedo dejar que el agujero me succione.

Pero no puedo liberarme. El terror me invade cuando la corriente me arrastra hacia la trampa llena de espuma blanca.

—!NO! ¡Nooooooooo! —Mi voz suena como si estuviera a mil años luz de distancia, débil y amortiguada. Me duelen los ojos mientras araño el agua que hay delante de mi—. ¡NO!

Pataleo, histérica, tanto que mi cadera amenaza con soltarse de sus coyunturas. Grito todas las maldiciones que se me ocurren, insultando a la corriente y a su esfuerzo obsesivo por sumergirme en este enorme volteador hidráulico. He visto hundirse canoas enteras en este tipo de rápidos. Si entro, no podré salir sino hasta que el río se seque o hasta que el Hacedor de Viudas me escupa cuando se le dé la gana. Podrían pasar horas. Podrían pasar semanas. Simplemente me quedaría dando vueltas debajo de la ola con todos los demás desechos que han quedado atrapados con el paso de los años. Troncos. Chalecos salvavidas. Pedazos de barcos.

Darren.

Lanzo un sollozo ante este último pensamiento, arañando el agua con más fuerza aún.

Y entonces, inexplicablemente, me libero. Luchando por respirar y girando como las aspas de un molino, salgo disparada de los rápidos mortales y me precipito río abajo, todavía atascada en mi pesadilla de aguas blancas espumeantes. Me doy la vuelta y miro, con los ojos desorbitados, detrás de mí.

Me giro justo a tiempo para ver algo rojo sumergirse del otro lado del banco de rocas.

Exhausta y con miedo de creer lo que ven mis ojos, dejo de nadar. Reacia a sacar los ojos del Hacedor de Viudas, miro el agua con atención, temiendo que Darren salga a la superficie y arremeta contra mí. Pero no lo hace. Miro y espero, pero no lo hace.

No lo hace.

El río se ensancha y su corriente se vuelve más lenta conforme los rápidos se pierden de vista.

Mi lucha contra el río ha calentado mi cuerpo, pero estoy completamente destrozada. Echo la cabeza hacia atrás y me dejo llevar por un momento, escuchando el rugido de la corriente que pasa por el Desfiladero del Infierno. Es increíble, pero tal parece que soy tan difícil de matar como el mismísimo Sr. Muerte.

Sólo que ahora el muerto es él.

El Hacedor de Viudas se hizo cargo de eso.

Cuando ya no puedo escuchar el rugido de los rápidos, levanto la cabeza y miro a mi alrededor. Reviso la ribera en busca de alguna señal de caballos o de excursionistas, pero no hay nada. Supongo que no hubo un paseo a las once de la mañana después de todo. O tal vez Carrie y Laura todavía están durmiendo y los visitantes están pasando el rato en el corral, esperando que aparezca algún jinete para empezar su día. ¡Caramba! ¡Pensar que esta mañana estaba tan angustiada por tener que arrear un simple montón de caballos yo sola! De repente me parece gracioso y me echo a reír.

Al ver unas balsas tras una curva del río, más adelante, me río otra vez.

Sólo son dos, grandes, azules y llenas de personas con cascos que se disparan con pistolas de agua bajo el sol de julio. Están acercándose a la orilla para disfrutar del almuerzo junto al río. Sus voces llegan hasta mí en la suave brisa.

Con calma, como si no acabara de ser perseguida a través del bosque por un psicópata desquiciado, como si no acabara de escapar de ser asesinada y cortada en mil millones de pedazos diminutos, como si no acabara de ir y volver del infierno en las aguas heladas del río Sawtooth, les grito.

—!Hey! ¡Hola!

El grupo voltea hacia el agua. Trajes azules y cascos amarillos, como una especie de ejército de plástico. Inspeccionan el agua, tratando de encontrar el origen de esa voz tan inesperada.

—!Hola! —digo de nuevo. Nado hacia ellos. Me miran fijamente. No se me ocurre qué más decir. No se me ocurre cómo comenzar esta conversación, cómo decirles lo que acabo de vivir.

Cuando se dan cuenta de que no llevo chaleco salvavidas, varios hombres reman hacia mí con fuerza. Sonrío por su caballerosidad, por su deseo instintivo de protegerme de la traicionera agua helada.

Si tan sólo supieran.

Uno de ellos me alcanza con la parte posterior de su remo. Lo agarro con mis manos congeladas y dejo que me arrastre a la orilla, consolada por el suave plástico del mango. Debo tener muy mal aspecto, porque nadie me regaña por estar en el agua sin chaleco salvavidas.

—Ya estás bien —me dice un hombre de mediana edad que podría ser mi padre. Mira mi rostro con atención. Su voz es suave—. Estás aquí. Estás con nosotros. Estás bien.

El hombre me ayuda a salir del agua y a cojear hasta la hierba, donde el grupo pensaba almorzar.

—Caramba, eres un desastre —dice otro—. ¿Por qué estás sola en el río?

¿Dónde está tu bote?

Todos se miran unos a otros, miran el agua. Están hablando a la vez, nerviosos, preocupados y con deseos de ayudar. Me castañetean los dientes.

Trato de sonreír, pero creo que más bien termino haciendo una mueca congelada.

Una mujer me trae una manta y la pone sobre mis hombros.

—Querida, cuéntanos qué te pasó —dice. Su cálida voz hace que mi cuerpo empiece a temblar.

Me castañetean los dientes, tiemblo y sacudo la cabeza, incapaz de hablar. Me abraza. Otro remero me frota la espalda. Uno de los guías comienza a examinar mi rodilla a través de mis destrozados jeans. Otro me sirve una taza de chocolate caliente de un termo.

Me apoyo en la señora de la manta y me sacudo.

—!Jill! —Una voz familiar atraviesa los murmullos del grupo. Miró detrás de mí, hacia el sendero. James está montado en su caballo, con aspecto arrogante y preocupado a la vez—. ¿Qué demonios? ¿Estás bien?

Tu yegua regresó galopando al rancho con la silla volteada. ¿Qué está pasando?

Antes de que pueda contestarle o insultarlo o decirle que renuncio o reírme por lo absurdo de toda esta ayuda que aparece de repente, sólo un momento después de que la necesité, escucho el grito de otro de los guías.

—!Oigan! —Está gritando a unos pies de nosotros, en la orilla río arriba.

Todas nuestras cabezas se giran para mirarlo. Camina rápidamente hacia el

grupo, sosteniendo algo de color marrón para que todos lo vean. Es joven, de mi edad tal vez—. Miren lo que arrastró el agua justo después del Desfiladero del Infierno. ¿No es rarísimo?

En una mano lleva un estuche de cuero. En la otra, un resplandeciente cuchillo. Lo acerca para que todos puedan verlo bien.

Todos menos yo. No miro el cuchillo. ¿Por qué iba a hacerlo? Ya lo he visto lo suficiente. Me tapo mejor con la manta.

—Querida —dice la mujer que me está abrazando. Tiene los brazos sobre mis hombros y sus suaves ojos castaños me miran fijamente. Se parece un poco a mi mama—. ¿Por qué no simplemente empiezas por el principio?

¿Tengo suficientes palabras para esto? ¿Las tendré alguna vez?

Respiro hondo y empiezo a hablar.

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