A Punta de Cuchillo

Alex Van Tol · Capítulo 5 de 16

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A Punta de Cuchillo

Capítulo cinco

No nos encontramos a nadie mientras serpenteamos por un campamento al pie del Monte Whiteridge. Eso es porque es sábado de tarde: día de transición. Un exhausto grupo de campistas ya ha regresado a casa y el próximo no llegará sino hasta mañana. En el camino le cuento a Darren algunos de mis recuerdos de cuando acampé aquí. De vivir en un tipi, de mis viajes en canoa, de los asaltos a la cocina a medianoche, de cuando me perdí en la oscuridad, de cuando me enamoré.

Estoy muy atenta buscando la flecha de madera que señala el camino hacia la ladera y el aserradero. Recuerdo mi primera visita. Nuestro guía nos llevó cuando yo tenía unos doce años. Pasamos mucho tiempo mirando los restos de la casa del encargado, en la ladera. Fue espeluznante. Casi como si su espíritu todavía anduviera por ahí. Observando.

No pasa mucho tiempo antes de que vea la descolorida señal. Dirijo la cabeza de Whiskey colina arriba. Mientras llevo a Darren al aserradero, me pregunto qué tanto habrá cambiado en todos los años que han pasado desde mi última visita. ¿Todavía estará en pie la vieja cabaña? ¿Los arbustos habrán cubierto al fin el auto oxidado?

Pocos minutos después llegamos al lugar. Los restos de madera están esparcidos por todas partes. Medio acre de delgadas tablas están apiladas en una enorme montaña, como si a un gigante se le hubiera caído una gran caja de fósforos. Es el único recuerdo que queda del esfuerzo de otra época por ganarse la vida. Siempre me pregunto por qué eligió el dueño una ladera para levantar el aserradero.

En los bordes de la madera en descomposición han comenzado a crecer unos pequeños árboles. Hay una gran quietud y siento que me relajo.

Darren también se ve tranquilo. Estamos bastante lejos del campamento, más o menos a media milla de distancia. Tal vez a un par de millas del rancho. No escucho nada aparte de las hojas de los álamos susurrando por la brisa. Es por eso que los llaman “álamos temblones”, porque se estremecen con el más ligero viento. Es un sonido que adoro.

Desmonto y af lojo la silla de Whiskey. La ato a un árbol de modo que pueda alcanzar las hierbas dulces que hay en su base. Hago lo mismo con Springsteen. Deshebillo mi alforja y tomo mi botella de agua.

—Vamos —le digo a Darren. Estoy emocionada por mostrarle los alrededores. Él parece tan entusiasmado como yo por pasear por este espeluznante sitio.

Le muestro la vieja y mohosa cabaña y la cama de madera empotrada. El colchón ya no está. ¿Quién habrá vivido aquí? ¿Cómo habrá sido su vida?

La mesa sigue estando en la casa, junto a la ventana de cuatro cristales. ¿Me lo habré imaginado o de verdad hubo alguna vez latas y utensilios viejos aquí adentro? Le muestro a Darren el auto oxidado que hay a un lado de la cabaña. Es de dos puertas, más pequeño de lo que recordaba.

—Quisiera saber cómo llegó el auto hasta aquí —dice Darren.

Volteo a ver el sitio donde el sendero por el que llegamos se conecta con otro.

—Mira eso —le digo, señalando hacia ahi—. Todavía se puede ver dónde solía estar el camino. Justo a un lado de la montaña. —Miro otra vez el auto, imaginando a la gente que alguna vez transporto—. Me pregunto por qué no simplemente construyeron su casa en el valle. ¿Por qué se habrán molestado en hacer todo esto en la ladera de una montaña?

—¿Habrán? —me pregunta Darren. Ahora está parado cerca de mí. Muy cerca. Huele bien. A jabón y a la luz del sol—. Creí que este lugar era la casa de un loco de las montañas.

—Bueno, puede ser —digo—. Pero yo creo que había un “ellos”, porque mira esto. —Lo tomo del codo y lo dirijo por el estrecho sendero, hasta donde una carriola oxidada descansa de lado en el pasto. Al mirarla, un

escalofrío me sube por la espalda. Me pregunto qué le habrá pasado a ese bebé.

Tiemblo. Darren me pasa el brazo por los hombros. Mi corazón da un doble salto ligero y me sonrojo un poco, pero no me muevo bajo el peso de su brazo. Me gusta que quiera tocarme. Yo también quiero tocarlo, pero no lo hago. En lugar de eso sólo sonrío. Él también me sonríe y me da un apretón en los hombros.

—Déjame mostrarte una cosa más —le digo. Me doy la vuelta y lo dirijo hacia el viejo pozo.

El pozo está cubierto, o al menos lo estaba. Quiero decir, espero de verdad que aún esté tapado. La hierba es bastante larga por aquí. Sin duda podría ocultar un pozo abierto. No me acuerdo con exactitud dónde estaba, pero creo recordar que era un poco más arriba. Justo del otro lado de estos arbustos. ¿O no?

Estoy inclinada y removiendo la hierba, tratando de separar con las manos la espesa maleza. Aquí está. Todavía está cubierto. Muevo la hierba a un lado, exponiendo un mohoso disco de madera.

No escucho a Darren llegar hasta mí. Pero lo siento. Sin advertencia, pone las manos en mis caderas y presiona su pelvis contra mí. Contra mi trasero.

Esta vez no es agradable estar tan cerca de él.

—!Oye! —grito. Medio me río. Pero es una de esas risas incómodas. Ya sabes, una de esas risas que dejas escapar cuando no estás muy seguro de lo que está pasando—. ¿Qué demonios? —Trato de levantarme. Esto no me gusta nada. Quiero sacármelo de encima.

Pero las manos de Darren se aferran a los lados de mi cadera, como si fueran un gancho de hierro. Me retiene en esa posición. Con fuerza. No puedo alejarme. Mi risa muere en mi garganta.

—!Darren! —grito—. ¡Déjame ir!

Ahora estoy enojada. Mi voz se quiebra. Siento el sabor del miedo. Trato de lanzarme hacia adelante, pero no puedo escapar. Se ríe.

Mi boca se siente de repente como si estuviera llena de algodón. Intento levantarme, pero mis manos no me pueden separar del suelo. Darren es

demasiado fuerte. Tampoco quiero desplomarme. Necesito tener las piernas debajo de mí.

Necesito correr.

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