A Punta de Cuchillo

Alex Van Tol · Capítulo 6 de 16

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A Punta de Cuchillo

Capítulo seis

Mi corazón está aporreando mis costillas. Siento un hormigueo en todo el cuerpo. En sólo un minuto, toda esta situación pasó de algo muy bueno a un completo horror.

Frente a mí, mis dedos tratan de agarrar algo, lo que sea, para poder alejarme de Darren. Pero no hay nada de qué aferrarme. Sólo hierba. La intento agarrar. Se está riendo. Me da una nalgada. ¡Arreee, chiicaa! —dice, arrastrando los sonidos.

De repente, la furia y el miedo me oprimen las entrañas hasta formar un apretado resorte. Algo se rompe en mi interior.

Con un repentino impulso y un giro logro liberarme. Me caigo contra el pasto. Mi mano golpea algo duro: la cubierta de madera del pozo.

Considerando cómo va mi mañana, hubiera preferido caerme por el hueco.

Logro ponerme de pie, lista para abrir un nuevo agujero en el trasero de este miserable. ¿Quién se cree que es? Darren se está riendo con la cabeza echada hacia atrás y los pulgares metidos en los aros de la pretina de su cinturón. Sus pulcros y blancos dientes destellan contra el verde de los árboles.

—!Qué demonios crees que estás haciendo! —le grito.

Darren deja de reírse.

—Ay, Jill —dice. Levanta las palmas en un gesto de inocencia—. Sólo estaba bromeando. ¿No puedes aguantar una broma? —Me mira. Las comisuras de su boca están por formar una sonrisa.

Me paso las manos por el pantalón, tratando de eliminar su contacto de alguna manera. Me siento sucia. Barata. Como si hubiera hecho algo malo.

—Tienes una idea pésima de lo que puede ser una broma —le digo, a punto de estallar—. No vuelvas a tocarme nunca.

Algo cambia en sus ojos. Me doy cuenta de que le gusta ver cómo me enojo. Siento asco.

No es un tipo normal.

De repente mi indignación desaparece y es reemplazada por un miedo paralizante. Se me pega a la garganta. Darren da un paso hacia mí. Salto hacia atrás, pero me agarra de la muñeca, me da un tirón y me dobla el brazo tras la espalda.

El dolor explota en mi interior con una serie de luces blancas y rojas intermitentes. Mi cuerpo se bloquea por la agonía cuando mi hombro gira y sobrepasa el límite de su rango de movimiento. Lanzo un grito. ¿Qué demonios está ocurriendo? ¿Cómo me puede estar pasando esto?

Nunca antes me había oído gritar así. No como ahora. Es un grito de miedo, de dolor y de completa indefensión.

Va a matarme. Las palabras destellan en mi cabeza como letras de neón contra un edificio oscuro. Aparecen. Desaparecen. Aparecen. Desaparecen.

Van y vienen.

Van y vienen.

Entonces, de repente, me suelta. Caigo al suelo, medio riendo, medio llorando. Quién sabe por qué me estoy riendo. No me siento particularmente alegre.

¡Levántate ahora mismo del suelo! Le ordeno a mis manos que se coloquen sobre la tierra. Para levantarme. Mi mano izquierda obedece; mi brazo derecho cuelga lánguido, como si hubiera dormido toda la noche sobre él. La articulación de mi hombro parece estar en llamas.

Así no es como deben ser las cosas. La voz de James aparece de la nada e invade mi cabeza. Sí que resultó ser un paseo de aventura, ¿eh, Jill?

Siento una oleada de náuseas cuando la realidad me cae encima como una piedra. Estoy en una montaña, a media milla de cualquiera que pueda oírme. En un sendero que rara vez se utiliza. Un día en que no hay nadie en

el campamento colina abajo. No hay nada en el rancho que explique con quién estoy o qué camino tomé. No hay ninguna nota. No hay un formulario de exención firmado. Jeremy me vio irme, pero para él bien podría estar en un paseo de todo el día. No se le ocurriría revisar las reservaciones. Y

además, es probable que no haya nada por escrito en el rancho.

Nadie sabe adónde fui. Nadie sabe cuánto tiempo estaré fuera.

Nadie sabe que estoy aquí.

Darren me agarra por el brazo herido y jala con fuerza hacia arriba. Me pone de pie de un tirón. Unos súbitos fuegos artificiales explotan en mi cabeza. Me desplomo como una damisela en apuros de otra época. Me atrae hacia él. Presiona su cara contra la mía. Su boca contra mi oído. Lanza un aire horrendo sobre mi mejilla.

—Está bien, Jill —dice. Su voz es suave—. No tengas miedo. —Deja escapar una escalofriante risita. Su voz se convierte en un susurro—. No voy a lastimarte. Todavía no. Primero voy a jugar un poco contigo.

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