A Punta de Cuchillo
Capítulo diez
Tengo que reconocerle algo a este tipo: a pesar del dolor, se mueve rápido.
Apenas sale el primer sonido de mis pulmones, me encuentro al cretino sentado sobre mi pecho y metiendo un trapo en mi boca abierta. Lo mete tan adentro que creo que me voy a ahogar. Trato de empujarlo hacia afuera con la lengua. Busca en su bolsillo, saca un trozo de nailon beige, lo pasa sobre mi boca y por mi nuca. Hace un cuidadoso nudo en mi mejilla.
¿Pantimedias? ¿De quién eran estas pantimedias? Se me ponen los pelos de punta.
Me enferma la idea de que tuviera todo esto planeado. Mientras yo le contaba la historia de mi vida, este chalado estaba pensando en cómo llevarme al interior del bosque para violarme y matarme. ¿Estaría planeando lo que haría, paso a paso, mientras me miraba arrear a los caballos esta mañana? ¿Por qué me eligió a mí? ¿Por qué no estuvieron Carrie y Laura cerca esta mañana para ver cuando me iba? ¿Por qué no regresé para confirmar que Darren se hubiera registrado?
Las preguntas imposibles de contestar dan vueltas en mi cabeza. Cierro los ojos y trato de controlar mis arcadas. Si vomitara ahora, me atragantaría y moriría.
Siento que las lágrimas se acumulan en mi garganta de nuevo, pero las hago desaparecer. Tengo que seguir pensando, seguir moviéndome. Seguir tratando de salir de este insólito lío.
—Puta imbécil —dice Darren arrastrando las palabras; junta mis piernas y se sienta en mis muslos. Imézil. Ahora no puedo moverme en absoluto. Se estira hacia un lado y recoge el cuchillo del sitio donde cayó, en la tierra.
Esta vez no puedo detenerme. Sollozo. Las lágrimas escapan por mis mejillas.
Como si fuera un niño que acaba de espiar el contenido de su calceta de Navidad, Darren me mira, encantado. Una sonrisa sorprendida eleva los lados de sus ojos. Parpadea y, absorto, pasa el pulgar por el borde del cuchillo. Se me escapan nuevas lágrimas cuando veo que la afilada hoja del cuchillo desaparece limpiamente en la parte carnosa de su pulgar. Gotas de sangre roja salen a la superficie y f luyen hacia su muñeca.
Se pone el pulgar en la boca y lo chupa. Siento en la boca un sabor a bilis. Mientras se lame el pulgar ensangrentado, me mira y lanza un gemido.
Es un lunático.
Tan rápido como apareció, mi desesperación se evapora. El asco y la furia lo reemplazan. A través de la mordaza, gruño mi repugnancia. Muevo las manos. Cuando voltea a verlas, adelanto los puños y levanto al aire los dedos corazón. Su sonrisa se desvanece lentamente y entrecierra los ojos viendo los míos. Tal vez ha sido un error, pero este cretino no va a ganar sin que le dé una buena pelea.
De repente Darren me embiste y aprieta su cara contra la mía. Sus pupilas son enormes y negras, como algo muerto.
—Voy a matarte muy lentamente, Jilly —susurra. Su lengua sale como una víbora de su boca deshecha y serpentea por mi rostro. Me dan arcadas.
Se sienta respirando con agitación y me mira por un momento. Entonces sonríe y desliza el cuchillo bajo uno de los botones de mi camisa.
Ping. El botón salta por el aire, casi como algo cómico.
Ping. Otro.
Ping.
La cabeza me da vueltas. La oscuridad me envenena. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que encuentren mi cuerpo? ¿Y si me arrastra a lo más profundo del bosque? El pánico amenaza con ahogarme, pero lo reprimo.
Regresa enseguida, como una pelota de playa que sube de golpe a la superficie de un lago.
¿Qué va a hacer con el cuchillo?
Darren escucha mis pensamientos y abre su sangrienta boca en una sonrisa.
—Te van a encontrar en un millón — ping— de pequeños — ping—
pedazos.
Ping. El último botón sale disparado. Cierro los ojos con fuerza, tratando de pensar en algo alegre. La luz del sol, nuestra cocina, playas, un latte de vainilla de Starbucks.
Abro los ojos y me obligo a regresar a la realidad. El sudor gotea de la frente de Darren. Está jadeando por el esfuerzo de serruchar mi ropa. La sangre mancha sus atractivos rasgos. Su boca es un desastre desigual y destruido de encías sangrantes y dientes rotos.
No quiero morir aquí. Una furia intensa me inunda, por mi situación, por mi indefensión.
Al diablo, pien so. Con u n megaimpulso de adrenalina, empujo hacia abajo con los dos brazos. “¡R R R A A A A A A A R RGGGHH! ”, rujo a través de mi mordaza como un animal arrinconado.
La raíz a la que estoy atada no se mueve.
Pero el árbol sí.
Con un chasquido, el viejo árbol se mueve en la tierra agrietada y semidesprendida por la erosión. Sobresaltado, Darren mira hacia arriba. Es entonces cuando doy otro tirón. Con un fuerte crujido, el árbol cede por completo. Vuela por el aire sin que me toquen sus enfangadas raíces. Ahora puedo ver que es un enorme y viejo tocón. El tiempo queda suspendido por un momento. Miro con asombro cómo el tocón flota por el espacio que hay sobre mí. Debe pesar más que yo.
Golpea a Darren en el pecho, noqueándolo hacia atrás, contra la tierra, y dejándome a mí en una posición sentada. Parpadeo, sorprendida de encontrarme en una situación distinta tan rápidamente.
Vaquera 1: Psicópata 0.
Desde abajo de la masa de madera, Darren lanza un gemido. Aún está consciente.
Mierda. Sus lamentos me despejan la cabeza. Darren puede estar derribado, pero yo sigo atada a un tocón de cien libras de peso. No habrá escape sino hasta que me haya desatado del tronco.
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