A Punta de Cuchillo

Alex Van Tol · Capítulo 13 de 16

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A Punta de Cuchillo

Capítulo trece

El agua helada del río alimentado por glaciares me golpea y despeja mi cabeza. Cuando mis pulmones se recuperan, tomo una gran bocanada de aire para flotar y me pongo de espaldas.

No voy a pensar en los rápidos que están más adelante. No voy a pensar en que estuve a punto de morir dos años antes, cuando los atravesé a nado durante el entrenamiento de guías de ríos. Nos hicieron saltar por un lado y que pasáramos por lo que los guías llaman el Desfiladero del Infierno: una franja de remolinos, máquinas lavadoras y olas permanentes que le oprimen las entrañas a cualquiera. Y eso fue con un traje de buzo, con un chaleco salvavidas y con las manos libres. Fue terrorífico.

Puedo ver a Darren corriendo por la ribera. Está haciendo un baile de saltitos repugnantes mientras me sigue. La corriente del río es rápida, pero él lo es más en tierra. Me pregunto si saltará para atraparme. Dios mío, espero que no. Probablemente no lo haga. Me dijo que no es un buen nadador.

Un momento. Tal vez sería bueno entonces.

¡Salta! , pienso. ¡Salta, engendro!

No lo hace.

Reviso la orilla, pero no veo señales del grupo de las once de la mañana.

¿Dónde están? Mi optimismo anterior se disuelve de pronto. Puede ser que Darren no entre al agua para atraparme, pero a menos que alguien lo detenga en el camino, estará esperándome cuando el agua me arrastre a la orilla al fin, hipotérmica y tratando de tomar aire.

A menos que nade al ot ro lado, descubro. La reserva de las Naciones Originarias está de ese lado. Seguramente podría arrastrarme hasta ahí, caminar a alguna casa y pedir permiso para usar el teléfono.

Echo un vistazo a la ribera otra vez. Sigue ahí, avanzando a saltos. Lleva las manos a los lados de la cara y está bailando por ahí como si estuviera en un circo. ¿Cómo es posible que haya espacio para tanta locura en un solo cerebro?

Mientras lo miro, se detiene un momento para sacar su cuchillo. Después reanuda su danza retorcida, agitando el cuchillo en el aire. Sus carcajadas llegan hasta mis oídos. Está disfrutándolo. Sabe que va a ganar. Me estremezco, sólo en parte por el agua helada.

No.

No va a ganar.

Todavía flotando de espaldas, me pongo en ángulo hacia la otra orilla y empiezo a patalear.

El agua es rápida. Lucho contra el impulso instintivo de bajar los pies al fondo. El año pasado, en clase de educación de exteriores, vimos un video de la Cruz Roja que explicaba lo que pasa cuando tratas de pararte en un río de flujo rápido. Mostraban una vista aérea de un hombre real al que se le había atorado un pie entre dos rocas, en el lecho del río. No podía salir. Y el agua sólo… lo envolvía y lo aprisionaba. Contra el fondo. Me impresionó tanto ver el accidente, que no recuerdo si lograron salvarlo. Sólo sé que la imagen se quedó grabada a fuego en mi cabeza.

Levanto brevemente la cabeza para ver cuánto falta para llegar a la otra orilla. El corazón se me atora en la garganta. Poco más adelante hay un enorme árbol caído. El tronco se extiende por la corriente. Sus raíces todavía están enterradas en la ribera, pero sus ramas y tronco están en el agua. Aunque está a un centenar de pies de distancia, no sé si voy a poder cambiar de dirección lo suficientemente rápido para eludirlo. Reviso frenéticamente todo el árbol, buscando un lugar sin ramas. Tal vez podría deslizarme entre ellas sin que me atraparan.

Porque si me atrapan, se acabó. Las ramas se enredarían en mi ropa y mi cabello y me atarían al árbol hasta que me ahogara o muriera de frío.

Pero tal vez no sería tan malo quedar atrapada en el árbol, reflexiono.

Porque al no poder mover las manos, voy a ahogarme en los rápidos que hay más adelante.

Como sea, no soy yo la que va a decidirlo. La corriente me arrastra río abajo, justo hacia el árbol muerto. Se acabó el tiempo. Cierro los ojos cuando el agua me empuja bajo el enorme tronco. En el último momento se me ocurre que podría sumergirme, muy hondo bajo la superficie, con la esperanza de evitar las ramas.

Pero es demasiado tarde. El árbol me atrapa y dejo de moverme. Me sujeta con sus ramas. El agua choca furiosamente contra mi cuerpo, haciendo una ola alrededor de mi cabeza mientras trata de arrastrarme río abajo.

Abro los ojos. Mi cabeza está sobre el agua. Todavía puedo respirar. Eso es muy bueno. Es asombroso, de hecho. Estoy del lado del tronco que queda río abajo, flotando de espaldas. La fuerza del río me empuja, llenando mis botas de agua y dirigiendo mis pies hacia la corriente. Mi hombro grita que lo están arrancando. Me saco las botas a patadas.

Demasiado peso.

Una bota sale a flote, medio sumergida. Veo cómo se llena de agua y se hunde hasta desaparecer. Echo un vistazo a la orilla, pero no veo a Darren.

Mi corazón da un vuelco. ¿Dónde está? Si no puedo verlo, ¿dónde está?

Estoy en el lado del tronco que queda río abajo, casi libre. Pero estoy atorada por la cuerda que tengo en las muñecas. Una fuerte rama se ha metido entre mis manos, bajo la cuerda, y aprisiona mis muñecas contra el árbol. La rama está del otro lado del tronco. No hay forma de que me arrastre río arriba lo suficiente como para doblar mis codos y soltarme del gancho. Ni siquiera el Increíble Hulk podría hacerlo. El río me está empujando con unas trescientas libras de presión. Estoy atorada.

Ensangrentada, golpeada y completamente exhausta, me doy cuenta de mi extrema impotencia. Mis dientes empiezan a castañetear. Trato de detenerlos. Ya he experimentado antes las primeras señales de la hipotermia. Sé que el castañeteo alimentará mi pánico y no me dejará pensar.

Piensa.

Uso los pulgares para saber qué hay alrededor. ¿Puedo enganchar uno debajo de la cuerda? Tuerzo las manos dentro de su prisión, estirando los músculos para encontrar un lugar donde pueda meter un dedo. El agua ha aflojado un poco la cuerda. Logro tirar de una de las lazadas con un pulgar.

Lo meto debajo. ¡Sí! Encajo la palma por el nuevo hueco.

Lubricada por el correr del agua, la cuerda se abre contra mi mano. Sigo moviendo los pulgares, buscando la siguiente lazada por deshacer. Otra más se abre. Siento cómo la cuerda se afloja alrededor de mis muñecas.

Lleno de esperanza, mi corazón deja de latir por un segundo, pero me obligo a concentrarme en lo que estoy haciendo. Muevo las dos manos como si formaran una mariposa con una coyuntura extraña. Flap. Flap. La cuerda resbala de mis manos.

La dejo ahí, enroscada en una rama.

La corriente me lleva río abajo.

Hacia el Desfiladero del Infierno.

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