A Punta de Cuchillo

Alex Van Tol · Capítulo 3 de 16

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A Punta de Cuchillo

Capítulo tres

Pensar en mi pelea de ayer con James hace que mi pulso se acelere. Todavía estoy furiosa con él. Y también estoy furiosa conmigo misma por haberme echado atrás. Estoy segura de que cuando finalmente me busque tendrá mucho que decir. Tal vez hasta me quede sin trabajo. Pero supongo que no importaría. A estas alturas, creo que no me molestaría regresar a la ciudad y ganar algo de dinero de verdad. Ya tuve mi dosis de naturaleza. Tal vez empiece a buscar algo en Craigslist esta noche. Sólo para enterarme de qué opciones hay.

Perdida en mis pensamientos, no noto el regreso de Darren.

—¿Lista para ese paseo de aventura?

—Está apoyado contra la cerca otra vez. Sonriéndome.

Mi estómago da un vuelco y desaparece en un rincón. Cierro los ojos, rezando una inútil oración final por que alguno de los otros jinetes aparezca mágicamente… ¿el heredero mismo del rancho, tal vez? Pero no llega nadie. Todo está en mis manos. Tal parece que hoy es el día en que me toca demostrar que tengo cojones. Suspiro para mis adentros.

Logro formar una sonrisa amistosa y me vuelvo hacia Darren. Tal vez sea mi último día aquí. No está mal que lo convierta en una aventura.

—Puedes apostarlo —le digo—. Estoy súper lista.

Su sonrisa se ensancha y mi estómago se va un poco de lado. Oh, es un hombre digno de verse. Supongo que al final de cuentas esto podría ser divertido. Tal vez. Siempre y cuando logre mantenerme sobre el lomo de

Whiskey. ¿Cómo te sienta el Whiskey? Mi cerebro se queja y dejo escapar una risita.

Doy unos pocos pasos hacia él con el brazo extendido.

—Yo soy Jill —digo.

Su mano, cálida y fuerte, toma la mía.

—Encantado de conocerte, Jill.

Al instante en que me toca me enrojezco desde la punta de los dedos de los pies hasta el cuero cabelludo. Quiero enterrarme en el suelo. ¿Hay algún otro testigo de mi completa y absoluta nulidad? Mis ojos buscan en derredor. Todo está inmóvil. La bandera ondea muy alto en el mástil, pero aparte de eso no hay ningún movimiento que pueda ver. El rancho todavía está dormitando.

Miro a Darren. Sus ojos me analizan, recorren mi cuerpo entero. No en un estilo psicópata. Sólo lo necesario para hacer que me sienta de repente muy tímida. Suelto su mano y me paso la húmeda palma por los pantalones.

Me sonríe cálidamente otra vez.

Trato de poner a raya mis agitadas entrañas. ¿Qué me pasa hoy? Este tipo hace que me sienta como si nunca antes hubiera coqueteado con nadie.

Mientras respiro hondo calibro al Sr. Bar G. Darren. Estudio su cuerpo largo y delgado con el mismo grado de interés que él le dio al mío un momento antes. Decido emparejarlo con Springsteen, que es grande y rápido. Y de pie firme. Lo último que necesito es un caballo bonachón que pierda el control de los cascos en terreno difícil.

Paso una brida por la cabeza de Springsteen y él muerde el bocado de buena gana. Al peludo muchacho le encanta correr. Ajusto su silla y le acaricio un poco el cuello, inhalando su maravilloso olor a heno, bosta y tierra. Le paso las riendas a Darren.

—Este caballo se llama Springsteen —le digo—. Súbete. Voy a traer de adentro mis alforjas y enseguida nos vamos. —Me dirijo al granero.

Mis ojos tardan un momento en ajustarse a la oscuridad del interior.

Busco a tientas en mis alforjas el bloqueador solar, el bálsamo de labios y la botella de agua. Todo está ahí. Muy bien. Saco mi teléfono celular del bolsillo de mi camisa y lo guardo en una de las bolsas de cuero blando.

Busco una pluma en el escritorio, porque quiero dejar una nota para los otros jinetes diciendo a qué hora me fui. No encuentro ninguna. Qué sorpresa. Encuentro un lápiz, pero la punta está rota. Lo tiro. Ni modo.

Estaré de vuelta en un par de horas. Esos crudos inútiles probablemente seguirán dormidos a mi regreso.

Mi café ya se enfrió, pero tomo un último sorbo y dejo la taza en el escritorio. No tiene caso dejar pasar más tiempo.

Voy al corral y pongo las alforjas detrás de la silla de Whiskey. Ato las cintas de cuero para asegurar la silla y me alzo para montarla. Okey, alzar suena casi poético. Me temo que montar un caballo no tiene nada de elegante. Al menos no en mi caso. Para mí el asunto es de agarrar y trepar.

Una vez que estoy arriba, sin embargo, estoy lista para la acción.

Decido saltarme la típica charla sobre seguridad y aptitudes. El tipo es un vaquero. Parece como si supiera muy bien lo que hace. Lo que creo es que está investigando un poco los otros ranchos y comparando con el suyo.

Quiere ver qué le ofrecemos a nuestros clientes y llevar la información al Bar G.

No hay problema.

En ese instante decido que le voy a hacer pasar un buen rato.

Abro la reja del corral y la cierro con cuidado detrás de mí para que los otros caballos no puedan salir. Ese error lo cometes una sola vez. Todavía está todo muy silencioso. Veo a un par de huéspedes regresando a su cabaña después de desayunar en la casa principal. No hay ningún otro movimiento.

Los empleados del rancho deben haber tenido una noche de verdadera juerga.

Veo a Jeremy a través de la ventana del restaurante, con su camisa blanca y su corbata negra. Llegó a tiempo para su turno, a pesar de que lo más seguro es que todavía esté borracho. Anoche, cuando salimos del The Ram and Raven, casi tuvimos que verter su alcoholizado trasero en el auto. Me saluda con la mano al vernos pasar y después se concentra de nuevo en sus clientes. Lo compadezco, porque me puedo imaginar cómo se debe estar sintiendo el pobre. Al menos ayer fui la conductora designada. Si yo también hubiera bebido, Darren no habría tenido su paseo de aventura esta mañana ni de casualidad.

Ah, sí. Un paseo de aventura. Después de todo este tipo ha pagado por eso. Ni modo, entonces. Taconeo a Whiskey y enseguida empieza a trotar con energía. Pasamos a un galope lento mientras dejamos atrás el rancho y entramos al parque provincial que lo rodea. Centenares de acres de senderos, montañas y ríos nos esperan. No importa que en general los jinetes usen los mismos cuatro o cinco gastados senderos: lo que hace que me sienta tan libre es la idea de todo ese territorio inexplorado. Supongo que extrañaré esta parte del trabajo.

Ya estamos bastante lejos del rancho cuando me doy cuenta: Darren no me dio su recibo por este paseo. No tengo manera de saber si firmó el formulario de exención de responsabilidad. El papel que dice que podrías morir por resbalarte, caerte, ahogarte, ser comido por un oso, quemarte en un incendio forestal, desplomarte por un acantilado o encontrar tu inoportuno fin en compañía de un caballo, así que firma aquí en la línea punteada. De hecho, ni siquiera sé si pagó por este paseo.

Maldición. Es un descuido bastante grande. Comienzo a darme vuelta para preguntarle a Darren si firmó el formulario en la oficina principal. Tal vez sólo olvidó darme su recibo.

Pero al instante siguiente un pensamiento malévolo empieza a formarse en los bordes de mi mente. ¿Y qué me importa si no lo firmó? Sabe montar a caballo. Dudo mucho que se rompa el cuello y presente una demanda. De todas formas es muy probable que cuando vea a James me ponga de patitas en la calle. Y aunque no lo hiciera creo que estoy lista para irme, así que…

¿no sería divertido simplemente… llevar a este misterioso vaquero en un paseo gratuito? Será mi último vete al diablo para James.

Estoy tan entusiasmada con mi perverso plan, que me doy la vuelta y le muestro a Darren una enorme sonrisa. Sorprendido, me sonríe también.

Aayy, esas mariposas de nuevo. Espoleo a Whiskey con un grito y una patada y comienza a galopar. Volamos riendo por el bosque, mientras el sol matutino entra a raudales a través de las ramas de los pinos.

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