A Reventar
Capítulo uno
Los créditos empezaron a subir por la pantalla. Detrás de los títulos había imágenes de gente: personas increíblemente obesas con rollos de grasa desbordando sus pantalones de mezclilla y camisetas; gente con triple mentón y vestida con ropa tan grande que podría servir como carpas de circo.
Se encendieron las luces y la Sra. Fletcher caminó hacia el frente del salón, apagó la televisión y el dvd.
—Fue un documental muy interesante —dijo.
Su título era A reventar y trataba sobre Frankie’s, la gigantesca cadena de comida rápida. En la película aseguraban que toda la comida de Frankie’s está llena de grasa y químicos, y que la gente que la come puede sufrir sobrepeso, mala salud general y enfermedades; en pocas palabras, según el documental la comida de Frankie’s puede matarte.
—¿Comentarios? —preguntó la Sra. Fletcher.
—Fue repugnante —espetó Julia, una de mis mejores amigas—.
¡Simplemente repugnante!
—Fue bastante asqueroso —concordó Oswald. Él era mi mejor amigo.
Dos semanas atrás, Oswald podría haber estado de acuerdo o no con Julia. Ahora, todo el tiempo estaba de acuerdo con absolutamente todo lo que ella decía. Hacía dos semanas, él y Julia habían dejado de ser amigos y se habían vuelto novios.
—Me dio hambre —dijo Trevor y su comentario provocó un coro de carcajadas.
—¿Hambre? —preguntó Julia con una voz que sonaba no sólo sorprendida, sino hasta ofendida—. ¿Cómo puedes siquiera pensar en comer después de lo que acabamos de ver en el documental?
—Me gusta la comida de Frankie’s —dijo Trevor—. Es sabrosa y grande… realmente grande… y a mí me gusta la comida abundante.
Por su aspecto, Trevor bien podría haber aparecido en el documental.
Julia abrió la boca para decir algo, pero la Sra. Fletcher la interrumpió y se dirigió al grupo:
—¿Qué opinan los demás?
Pensé que eso había sido muy astuto de su parte: interrumpir a Julia antes de que dijera algo sobre Trevor que probablemente todos estábamos pensando, pero que nadie debería decir en voz alta.
Otras personas se unieron al debate. El dvd estaba generando muchas opiniones. Y es que la verdad es que era un documental muy fuerte.
Todo giraba en torno a un hombre que no comía nada que no fuera de Frankie’s: desayuno, almuerzo y cena, hacía todas sus comidas ahí.
Salchichas, café, panqueques y croquetas de papa como desayuno; hamburguesas, papas fritas y aros de cebolla frita, Coca-Cola y cerveza de raíz como almuerzo y cena. Todos los días, tres comidas diarias durante sesenta días. Al final de la película el hombre estaba gordo, soñoliento y deprimido.
—¿Qué fue lo más interesante que aprendieron? —le preguntó la Sra.
Fletcher a todo el grupo.
—Que le ponen azúcar a todo, hasta a las papas fritas y a los aros de cebolla —dijo una chica.
—Es increíble la cantidad de azúcar que comió ese tipo —dijo otro alumno—. ¡Era como una pequeña montaña!
En una escena de la película, habían apilado en una mesa una cantidad de azúcar equivalente a la que el hombre había comido en sesenta días. Era tanta que el azúcar había desbordado la mesa.
—¡Lo que más asco me dio fue toda esa grasa! —dijo Julia.
—¡Eso fue unacochinada! —concordó Oswald—. Y no lo digo como algo bueno.
Después de la escena del azúcar, habían mostrado frascos de vidrio llenos de una grasa espesa y viscosa, equivalente a la que el hombre había comido en los dos meses.
—Las dos escenas fueron unos excelentes testimonios visuales.
¿Cuántos de ustedes van a dejar de comer en Frankie’s? —preguntó la Sra.
Fletcher.
Tres cuartas partes de los alumnos levantaron la mano.
—Las personas que no levantaron la mano, ¿podrían explicar por qué el documental no los afectó de la misma manera que a los demás?
—La comida de Frankie’s es la que sabe mejor —dijo un chico.
—Sí, sobre todo la hamburguesa triple con queso y tocino —concordó Trevor, cerrando los ojos como si se estuviera imaginando la hamburguesa.
No me hubiera sorprendido ver un hilo de saliva corriendo por su barbilla.
De hecho también era mi hamburguesa favorita. A mí me gustaba, pero parecía que Trevor estaba enamorado de ella.
—¿Serías capaz de comerte una de esas hamburguesas después de ver la película? —le preguntó Julia.
—¿Y por qué no? —contestó Trevor.
—¿Te quedaste dormido durante el documental? —le preguntó Julia entonces.
—Julia —le advirtió la Sra. Fletcher.
—Pero Sra. Fletcher, ¡es lo peor de todo el menú! —protestó Julia—.
¡Cada una de esas hamburguesas tiene más de mil doscientas calorías y más grasa de la que nadie debería comer en un día entero! ¡Ese tipo subió treinta y siete libras por culpa de esa hamburguesa!
—No fue sólo por las hamburguesas —dijo Trevor—. Y además, no dije que fuera a comer ahí todos los días.
—En eso Trevor tiene razón —dijo la Sra. Fletcher—. Ahora bien, este documental se concentró en una sola cadena de comida rápida, ¿qué me dicen de las demás?
—Todas son iguales —contestó Julia.
—¿Ah, sí? —preguntó la Sra. Fletcher.
—Claro que sí. Todas venden comida frita, grasosa y llena de azúcar.
—Así es, pero, ¿no es cierto también que las cadenas suelen ofrecer alternativas saludables? —dijo la Sra. Fletcher.
—Bueno…
—¿No es posible comprar ensaladas, fruta con yogurt, agua mineral y jugos en la mayoría de esos restaurantes?
—Supongo que sí —admitió Julia.
—Entonces, aunque en general las opciones no sean las mejores, en casi todos los restaurantes de comida rápida la gente puede comer de manera más o menos saludable.
—Pero no en Frankie’s —dijo Oswald—. No tienen ninguna de esas cosas. Es como si se sintieran orgullosos de hacer comida que es mala para la salud.
—En sus comerciales presumen de que ofrecen las porciones más grandes de papas fritas y de refresco, y también las hamburguesas más gigantescas —dijo alguien más.
—Ian —dijo la Sra. Fletcher, haciendo que me sobresaltara—. ¿Qué piensas de todo esto?
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Sí, tú. Has estado muy callado durante toda esta discusión.
—Tal vez haya aprendido que a veces es mejor mantener la boca cerrada
—dije.
—A veces sí es mejor. Pero no en mi clase. Y por cierto, me alegra tenerte de regreso —dijo.
—Estoy contento de haber vuelto.
Era mi primera mañana en clase después de una suspensión de dos días.
¡Todavía no podía creer que me hubieran suspendido!
Conducta irrespetuosa es lo que decía en los papeles. Lo que eso significaba es que había tenido una discusión con mi maestro de derecho, el Sr. Phillips. Había cometido el terrible error de señalarle que no tenía idea de qué estaba hablando, que era un idiota.
El muy estúpido pensaba que, como era maestro de derecho, sabía algo de leyes. Mis padres eran abogados. Mi hermana y mis dos hermanos mayores eran abogados. En mi casa hablábamos siempre de leyes. Mis padres esperaban que yo también terminara abogado. Yo no estaba seguro de qué iba a ser, pero sabía muy bien lo que no iba a ser: abogado. Ni tampoco maestro de derecho.
A fin de cuentas, después de suspenderme la escuela aceptó que yo había tenido la razón y que Phillips se había equivocado. Por desgracia, tanto la escuela como mis padres concordaron en que probablemente no debí haberle dicho que era un idiota… aunque lo fuera. Mi padre dijo que si no lo hubiera insultado, habrían luchado contra la suspensión.
—Entonces, Ian, ¿qué te pareció A reventar? —me preguntó la Sra.
Fletcher.
—Me gustó. Quiero decir, da en el clavo en varios puntos. Explicó cosas que yo no sabía. Ya no voy a comer en Frankie’s… tan a menudo.
—¿Tan a menudo? —preguntó Julia—. ¿No querrás decir nunca más?
—Nunca más es mucho tiempo. Además, a mí también me gusta la hamburguesa triple con queso y tocino.
Julia me lanzó una mirada de asco.
—Yo nunca voy a comer en Frankie’s de nuevo —declaró—. Nunca jamás.
—¿Cuántos piensan como Julia? —preguntó la Sra. Fletcher.
Esta vez sólo se levantaron cinco manos. Noté que Oswald no había levantado la suya. Por suerte para él, Julia no se dio cuenta.
—Así que casi todos ustedes piensan que comerán en Frankie’s con menos frecuencia, pero sólo unos pocos han decidido no comer ahí de nuevo —dijo la Sra. Fletcher.
—Qué lástima que no sean más —dijo Trevor y todos lo miraron con sorpresa—. Sí, cuanta menos gente coma ahí, más cortas serán las filas para los que sigamos yendo.
Hubo más carcajadas. Mientras la Sra. Fletcher trataba de calmar a los estudiantes, la campana señaló el final de la clase.
—¡Pueden irse! —gritó la maestra—. Y por favor, ¡disfruten su almuerzo!
OceanofPDF.com