A Reventar
Capítulo cinco
Me senté en la cafetería frente a Julia y a Oswald. Estaban tomados de la mano bajo la mesa. ¡Qué bonito! No, corrección: qué estúpido. Oswald estaba luchando por abrir su caja de leche sólo con la mano izquierda.
¿Creería que si la soltaba Julia se iría flotando?
—Déjame a mí —le dije y me estiré sobre la mesa y abrí la caja.
—Gracias —musitó.
—Avísame si se te desatan los cordones de los zapatos. Atarlos con una sola mano es todavía más difícil.
Aunque Oswald parecía avergonzado, no soltó la mano de Julia. Ella simplemente ignoró mi comentario.
—He pensado mucho en Frankie’s —dije.
—Seguro que mientras tanto se te caía la baba —dijo Julia.
—Tal vez un poco —admití.
—No sé cómo puedes pensar siquiera en comer ahí —dijo, con una voz apropiadamente asqueada.
—Para ser franco, estaba pensando en cómo lograr que la gente deje de comer en Frankie’s.
—¿De verdad? —Julia se inclinó hacia mí sobre la mesa.
Asentí.
—Tengo una idea.
—¿En serio?, ¿qué idea? —me preguntó.
—Antes de contárselas, tengo que darles algunos antecedentes.
—Muy bien, habla.
—Para empezar, no es realista esperar que la gente no vuelva a comer en Frankie’s nunca más —dije.
—¡No veo por qué no! —discutió Julia.
—Hay muchas razones. A veces no hay otro lugar donde almorzar o es el lugar donde tu padre quiere ir a comer, o tal vez porque, hay que
reconocerlo, algunos de sus platillos simplemente saben muy bien.
—Si el veneno tuviera buen sabor, ¿te lo comerías? —preguntó Julia.
—Probablemente sólo una vez —respondí—. El caso es que a mucha gente le gusta Frankie’s. Es posible que sus papas fritas sean las mejores que hay. Hasta Oswald estaría de acuerdo con eso —dije, haciéndole un gesto.
Abrió mucho los ojos y la boca. No supe si sentía miedo o confusión. Tal vez lo que lo confundía era por qué le tenía tanto miedo a Julia.
—Vamos, Oswald, sólo contesta la pregunta… con honestidad.
—Bueno… hacen unas papas excelentes.
Julia le lanzó una dura mirada y después cruzó los brazos. Le había soltado la mano, obviamente. Tal vez era eso lo que asustaba a Oswald.
—Bueno —dije, cortando la tensión—, lo que sí es realista es pedirle a la gente que coma menos en Frankie’s o lograr que Frankie’s mejore su comida.
—No comer ahí jamás es comer menos —insistió Julia.
—Pero no es realista. Sugiero que elijamos un día, un solo día, y que ese día no comamos ahí.
—¿Eso es lo que querías decirnos?
—preguntó Julia, incrédula—. ¿Tu idea era que no comiéramos un día en Frankie’s?
—Es parte de mi idea.
—¡Pues sí que es una idea estúpida!
Hay muchos días en que la gente no come ahí. El tipo del documental es la única persona del mundo que comía en Frankie’s todos los días.
—Mi plan no es estúpido. Sólo deja de hablar un minuto y escúchame.
No estoy hablando de que tú, Oswald y yo dejemos de comer en Frankie’s.
Me refiero a toda la gente.
Julia resopló. Fue un resoplido muy femenino… si la dama en cuestión fuera una cerdita.
—Entonces, ¿debería subirme a la mesa y gritar la orden de que está absolutamente prohibido comer en Frankie’s el próximo martes? —se burló Julia.
— Déjame ver… ejem… no… no y no otra vez. —Hice una pausa para generar un efecto dramático—. Primero, no va a ser una orden, sino una invitación. Segundo, el martes es demasiado pronto. Estaba pensando en
que fuera de este viernes al otro. Y tercero, no estoy hablando de toda la gente que está aquí —dije, haciendo un movimiento que abarcaba a la cafetería entera—. Estoy hablando de toda la gente, en todas partes.
—¿A qué te refieres? —preguntó Oswald.
—Me refiero a toda la gente… la de aquí… la de allá… la de todas partes.
—Sí, claro, como si conociéramos a toda la gente —dijo Julia.
—Tú no, pero sí conoces a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien más que conoce a toda la gente del planeta entero.
Julia parecía confundida. Oswald parecía aún más confundido que de costumbre.
—Miren, ya saben del proyecto en el que estoy trabajando para ciencias computacionales —dije.
—Es sobre la Internet, ¿no? —dijo Oswald.
—Es sobre cómo puede usarse la Internet para propagar un mensaje —
expliqué.
—¿Y piensas que si mandamos unos cuantos mensajes podemos convencer a nuestros amigos de que no coman en Frankie’s? —preguntó Julia—. Ya les dije a unas nueve o diez personas en msn anoche que la comida de Frankie’s es veneno.
—Estoy hablando de la Internet y del msn, pero no me refiero a unas cuantas personas —expliqué—. ¿Cuánta gente tienes en tu lista de contactos? —le pregunté a Julia.
—No me acuerdo muy bien, pero tal vez unas ciento cuarenta o ciento cincuenta.
—¿Y tú, Oswald?
—Ochenta o noventa.
—Yo más o menos igual. Pues bien, ¿qué tal si los tres enviamos un correo electrónico masivo, como una explosión, a todos nuestros contactos?
En esa onda expansiva mandamos un mensaje en el que explicamos por qué la comida de Frankie’s es mala y les pedimos a todos que no vayan a comer ahí ese viernes.
—De este viernes al otro, ¿verdad? —dijo Oswald.
—No tiene que ser ese día, pero pensé que podría funcionar. Podemos llamarlo Viernes sin Frankie’s.
—Suena pegadizo —dijo Oswald.
—Por eso pensé en que fuera un viernes. Queda bien que haya tantas íes.
—Muy bien, así que yo envío una onda expansiva a ciento cuarenta personas y ustedes mandan otros noventa mensajes cada uno… ¿y luego qué? —preguntó Julia—. Eso da como trescientas veinte personas… menos, de hecho, porque tenemos mucha gente en común en nuestras listas de contactos, así que algunas personas recibirían tres mensajes, uno de parte de cada uno de nosotros.
—Es cierto que tenemos mucha gente en común —concordé—. Creo que sólo unas cuarenta personas de cada una de nuestras listas serían distintas de las de los demás.
—¿Piensas entonces que ciento veinte personas van a hacer alguna diferencia? —preguntó Julia.
—No, estaba pensando en menos gente aún. Es probable que la mitad de esa gente borre el mensaje de inmediato y lo ponga en su papelera.
—Pues entonces es una pérdida de tiempo —dijo Julia.
—No, es un comienzo. ¿Qué tal si esas sesenta personas que sí responden les envían una onda expansiva a todos los contactos de sus listas? Sesenta personas con cuarenta contactos cada una, daría un total de 2400 personas. Y después, si la mitad de esas personas les escribieran a cuarenta personas más, habría 48 000 contactos que recibirían el mensaje.
—Eso no puede ser cierto —dijo Oswald.
—Sí lo es. Miren. —Saqué un pedazo de papel de mi bolsillo y lo desdoblé—. Pueden confirmarlo.
Oswald y Julia analizaron mis cálculos.
—Y ya ven que para la sexta generación, es decir la sexta vez que se propaga, el mensaje podría llegar a 384 millones de personas.
Julia volteó a verme.
—Esto de verdad podría funcionar, ¿verdad?
—Si el mensaje llegara a todas esas personas, aunque sólo algunas de ellas escucharan, podríamos hacer una diferencia en el número de gente que come en Frankie’s. Podríamos lograr en serio que fuera un Viernes sin Frankie’s. —–Hice una pausa—. ¿Entonces?
—Pues creo que deberíamos hacerlo —dijo Julia.
—¿Oswald? —le pregunté, aunque sabía que Julia ya había respondido por él.
—Cuenten conmigo. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
—Voy a escribir la carta. Esta noche se las mando por msn y podemos lanzarnos.
—¿Esta noche? —preguntó Julia, sonando sorprendentemente dudosa.
—No tiene caso esperar. Cuanto antes empecemos, más pronto terminaremos.
—Es sólo que Oswald y yo íbamos a salir juntos —dijo Julia.
—Bueno, con un poco de suerte no estarán fuera toda la noche.
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