A Reventar
Capítulo once
—¡Ian!
Escuché que alguien me llamaba, pero no me detuve ni me volteé. Si ignoraba a quienquiera que fuera, tal vez se iría.
Había pasado la mañana entera con gente que se me acercaba para agradecerme por el almuerzo gratis que iba a dar Frankie’s gracias a mí. O
si no me decían que estaban “conmigo”, que apoyaban el boicot y que estaban muy molestos porque Frankie’s estaba tratando de sobornarnos con hamburguesas. El consejo estudiantil había hecho un buen trabajo informando a toda la escuela sobre la oferta de un almuerzo gratis.
Seguí caminando por el pasillo con la mirada al frente, poniendo salones y muchos chicos entre la persona que me llamaba y yo.
—Ian… ¡espérame!
Reconocí la voz: era Julia. Me detuve y miré hacia atrás. Julia venía corriendo por el pasillo con una gran sonrisa. Tenía una bonita sonrisa. No pude más que responder con otra.
—¿Te estás quedando sordo? —me preguntó.
—Audición selectiva.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Estaba tratando de ignorarte.
—¿Estabas tratando de ignorarme? —me preguntó con tono herido.
—No a ti. No sabía que eras tú la que me hablaba, pero cuando reconocí tu voz me detuve. A los que quiero ignorar es a todos los demás de la escuela… si me dejaran.
—Te ha estado molestando mucha gente, ¿verdad?
—Toda la gente de la escuela —contesté.
—Siempre exageras —dijo Julia.
—La única que exagera eres tú, cuando dices que siempre exagero. La verdad es que se siente como si fueran todos.
—¡Muy bien, Ian! —me dijo un chico al pasar, dándome un golpecito en la espalda.
—Gracias.
—¿Quién era? —me preguntó Julia mientras el chico se alejaba.
—Ni idea.
—Al menos está de tu lado —dijo Julia.
—¿De mi lado cómo?
—Ya sabes, que apoya el boicot.
—Eso no es seguro —dije—. Tal vez me estaba agradeciendo porque Frankie’s le va a dar un almuerzo gratis.
—Tienes que estar bromeando.
Sacudí la cabeza.
—Nop. Es como un cincuenta y cincuenta. La mitad de la escuela me apoya con lo del boicot y la otra mitad está feliz por lo del almuerzo gratis de Frankie’s.
—Qué estúpido. ¿Esa gente cree de verdad que vas a dar el brazo a torcer por unas cuantas hamburguesas?
—De hecho, creo que mil hamburguesas con papas y refrescos es más que “unas cuantas”.
—No importaría si se tratara de un millón de hamburguesas, porque sé que no sacrificarías tus principios.
¡Estoy orgullosa de ti! —dijo.
—¿En serio?
—Claro que sí. La mayoría de la gente se habría rendido, pero tú no.
—Gracias.
No tenía el valor para decirle que todavía no estaba completamente decidido en relación con lo que iba a hacer. De alguna forma, sin embargo, sus palabras tuvieron un impacto. Sí quería que se sintiera orgullosa de mí.
—Le estaba explicando a Oswald…
—¿Dónde está Oswald? —le pregunté.
—Quién sabe… y a quién le importa.
La miré con desconcierto.
—¿Tuvieron otro malentendido?
—De verdad que no quiero hablar de eso. Más vale que me vaya a clase
—dijo Julia.
—Yo también. Nos vemos después.
Julia se apuró en una dirección y yo en la otra. No había dado más de una docena de pasos cuando alguien me puso una mano en el hombro.
—¡Hola, qué tal!
Era Oswald.
—Julia se acaba de ir —dije.
—Ya sé… la vi.
—¿Ah, sí?
—Sí. Los vi hablando. Esperé a que ella se fuera —dijo Oswald.
—¿Por qué hiciste eso?
Se encogió de hombros.
—Lo que pasa es que siento que necesito un poco de espacio. A veces puede ser un poco fastidiosa.
—¿Un poco? —le pregunté.
Oswald lanzó una carcajada.
—Si te digo algo, ¿me prometes que no vas a decir “Te lo dije”?
—Perdón, pero no puedo hacer esa promesa.
—Bueno, como sea. Es sólo que estuve pensando que tal vez no fue una muy buena idea que Julia y yo empezáramos a salir juntos.
—¿Te parece?
—Está bien, está bien. Ya sé que me lo dijiste y que debí haberte escuchado, pero ya está hecho.
—Entonces, ¿vas a romper con ella? —le pregunté.
—Lo haría, pero le tengo un poco de miedo.
Esta vez sí me reí.
—¡Me alegra ver que te parece tan gracioso!
—Bueno, sí es gracioso. ¿Qué crees que te haría?, ¿agarrarte a golpes?
—le dije.
—No… supongo que no. Es sólo que sería más fácil que fuera ella la que rompiera conmigo.
—Tengo una idea de cómo podrías lograr eso.
—¿De verdad?
—Sí. Sólo dile que piensas que yo debería tratar de cancelar el boicot y conseguir hamburguesas para todos.
—¿Crees que eso va a funcionar?
—Tiene bastante claro que quiere el boicot.
—Entonces claro que podría decirle eso. —Hizo una pausa—. ¿Te parece que podrías decírselo tú por mí?
—En serio que tienes miedo. Perdóname, pero no voy a hacer tu trabajo sucio.
—Supongo que es lo justo. Además, ni siquiera sería una mentira lo que dijiste del boicot —dijo Oswald.
—¿Ah, no?
—Si fuera por mí, simplemente escribiría otro correo electrónico. No le veo nada malo a que todos tengamos un almuerzo gratis.
—Si eso es lo que crees, Oswald, entonces es lo que deberías decirle a Julia. Pero ten cuidado: es posible que te lance un golpe.
—Puedo vivir con eso. Gracias por la idea. Nos vemos más tarde.
—Sí, nos vemos.
La campana sonó en ese instante. Era oficial que estaba llegando tarde a clase. Si llegas justo después de la campana, casi todos los maestros te dejan pasar. Por desgracia, este maestro no era uno de ellos: estaba llegando tarde a la clase de derecho del Sr. Phillips, el profesor que me había suspendido. Y él tenía la regla más idiota del mundo: si ya había sonado la campana y la puerta estaba cerrada, debías “hacer un alegato”. Tenías que declarar que eras “culpable” de llegar tarde y ser enviado a la oficina por una tarjeta de retardo o alegar que “no eras culpable”; entonces él, como el
“juez”, decidiría si te admitía en clase o te mandaba a la oficina. ¿Qué podía ser más estúpido que eso?
Di la vuelta al final del pasillo, justo a tiempo para ver que se cerraba la puerta del salón. Eso resolvía el asunto. Tenía una muy buena excusa, pero no iba a jugar su juego. Iría directamente a buscar una tarjeta de retardo.
—¡Hola, I-Man! —me llamó una voz detrás de mí.
Me di la vuelta. Había cinco tipos caminando hacia mí. Los conocía.
Todo el mundo los conocía. Era el grupo principal de una pandilla de buenos para nada: unos chicos que estaban haciendo de la escuela una carrera, en lugar de un proyecto de cuatro años. Tal vez se imaginaban que si se quedaban por ahí el tiempo suficiente la escuela tendría que darles el diploma por compasión, o que llegarían a ser tan viejos que automáticamente se convertirían en maestros.
Avanzaron por el pasillo arrastrando los pies y los pocos alumnos que todavía andaban por ahí se quitaron de su camino. Los cinco se pararon
justo frente a mí… bueno, medio de frente y de lado, y uno de ellos se movió para quedar a mi espalda. Estaba rodeado. Me sentí incómodo y con un poco de miedo.
—Así que oímos que tú eres el que nos está consiguiendo a todos un almuerzo gratis —dijo Tony, el más grande de los tipos duros.
—Eh, sí, supongo, tal vez.
—¿Tal vez? ¿Qué significa eso? —me preguntó.
—Lo que pasa es que todavía no he decidido qué voy a hacer —dije tímidamente.
Todos parecían confundidos.
—Lo que pasa es que sólo van a dar el almuerzo si acepto enviar un correo electrónico para pedir que nadie apoye el boicot —expliqué.
—Pues claro. No podrías pedirle a la gente que apoyara un boicot cuando todos en la escuela están comiendo su comida.
—¡Entonces lo entiendes! —dije, esperanzado.
—Entiendo súper. Entiendo que si no como me pongo de mal humor y que cuando me pongo de mal humor no se puede saber lo que va a pasar.
Tony se lanzó de repente, me agarró de la camisa y me golpeó contra los casilleros. Se me acercó mucho. Sus amigos también se acercaron.
—¡Nadie me quita una comida gratis! —aulló Tony.
—Yo… yo podría comprarte un almuerzo —balbuceé.
Tony soltó mi camisa, pero no se movió. Sonrió. No, no era una sonrisa, era una mueca de desprecio.
—Debes ser un tipo de lo más rico —dijo.
—Una hamburguesa con papas y refresco cuesta menos de cinco dólares.
—Ajá, pero son cinco dólares por veinte que somos nosotros. ¿Crees que voy a comer sin mi pandilla? ¿Nos vas a dar de comer a todos? ¿Tienes doscientos dólares?
—Cien dólares —dije, haciendo el cálculo en mi cabeza.
—Cien, doscientos, ni me importa, porque yo no voy a comprar los almuerzos. Y que lo sepas, más vale que nos den de comer ese día o alguien va a tener un serio dolor de panza.
Levantó un puño y lo acercó a pulgadas de mi cara. Era increíble. Justo ahí, justo en ese momento, ¡me iban a dar una paliza!
—¡Oigan!
Todos nos dimos la vuelta. Era el Sr. Phillips. Su puerta estaba abierta y caminaba hacia nosotros. Nunca creí que pudiera alegrarme de verlo.
—Todos ustedes, a clase. ¡Ahora!
Tony no se movió. Miró al Sr. Phillips y después a mí. Entonces sonrió.
—Luego nos vemos… para almorzar. No te olvides de traer tu cartera.
Tony y sus amigos se alejaron tranquilamente por el pasillo mientras el Sr. Phillips se me acercaba. Yo me quedé parado, todavía temblando, demasiado aturdido como para moverme.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Asentí.
—¿Se trata de otro ejemplo de tu centelleante personalidad, de tu capacidad para hacer amigos e influir a la gente? —me preguntó.
—¡Yo no hice nada! —protesté.
—Entonces seguro que tiene que ver con todo ese asunto de Frankie’s.
—¡Así es! —dije.
Sacudió la cabeza con lentitud.
—Son unos genios.
—¿Qué quiere decir? —pregunté a la defensiva.
—Tú haces algo perfectamente legal para complicarles la vida y a ellos se les ocurre otra cosa, también perfectamente legal, para complicártela a ti.
—Para hacerme la vida imposible —dije.
—Acabábamos de empezar a hablar de esta situación en clase (la clase a la que estás llegando tarde) cuando noté que no estabas ahí y alguien dijo que te había visto en el pasillo.
—No fue mi culpa.
—Te creo. Tu boicot ha sido el tema de mi clase todo el día. Es asombroso cómo ha dividido a la escuela. Sin importar lo que hagas, sin importar lo que decidas, la mitad de los estudiantes van a estar enojados contigo.
—En eso tiene razón. En cualquier caso termino mal. No puedo ganar de ninguna manera.
—Tal vez la lección que resulta de todo esto es que si te pones a pelear con los chicos grandes, más vale que estés preparado para que te golpeen los chicos grandes. Debes estar deseando no haber empezado todo esto —
dijo.
—Tiene razón.
El Sr. Phillips me miró.
—¿Y si te pudiera mostrar una forma de solucionarlo?, ¿una forma en la que no puedes perder?
—Eso es imposible —me burlé.
—¿Quieres oír mi idea o no?
No respondí de inmediato.
—¿Y bien?
—Quiero oír su idea —contesté al fin.
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