A Reventar
Capítulo siete
—¡Ian!
Me di la vuelta. Era Julia, corriendo por el pasillo y abriéndose paso entre la gente.
—Hola —dije, tratando de sonar normal.
—¿Revisaste tu msn esta mañana? —me preguntó.
—No necesitaba revisarlo. Lo estuve usando hasta casi las tres de la mañana.
—Entonces ya sabes lo increíblemente rápido que todo está avanzando.
¿Sabes que yo recibí tu mensaje a través de tres personas distintas, de gente que había recibido tu correo y que después lo reenvió? ¡Y yo fui una de las personas a las que se lo mandaron!
—De hecho —dije con una sonrisa—, alguien ya me lo reenvió a mí.
—¡Estás bromeando!
Sacudí la cabeza.
—Rastreé su camino. Alguien que yo bombardeé se lo mandó a alguien más, que después me lo mandó a mí. No se fijó en mi correo electrónico al final del mensaje, que mostraba que era yo el que había empezado la cadena.
—¡Eso es genial! Una de las personas que me reenvió el mensaje es mi primo de Boston. Nadie de mi lista de contactos podría conocerlo, pero de alguna manera el mensaje llegó hasta él y después a mí de nuevo. ¡Es extraordinario! —chilló Julia.
—El poder de la Internet… como yo dije.
— No es que haya dudado de ti, pero esto es una locura.
Luché contra el impulso de decir que la verdad sí pensaba que ella había dudado de mí. Mantuve la boca cerrada.
—Es curioso —continuó Julia—, pero había pensado en incluir a mi primo en mi bombardeo para que pudiéramos llegar muy lejos.
—¿Qué película vieron tú y Oswald? —le pregunté.
—Una muy buena. Al menos yo pensé que era muy buena.
—¿Pero Oswald no?
—No conozco a nadie que tenga un gusto más espantoso que él cuando se trata de películas.
—Sólo porque a alguien no le guste lo mismo que a ti, no quiere decir que tenga mal gusto. Puede tener su propia opinión.
—Ya sé que puede tener su propia opinión. Sólo quisiera que no me la dijera durante la película.
—No entiendo —le dije.
—¿Te has fijado en que a Oswald le gusta hablar en el cine?… ¿hacer pequeños comentarios durante las películas? Bueno, pues le dije que era infantil y que no debería seguir haciéndolo —me explicó—. Y de algún modo eso nos hizo tener una pelea.
—¿En serio? —Estaba impresionado. Oswald era tan arrastrado que no creí que fuera capaz de discutir nada de lo que Julia decía.
—Sí. Se puso de mal humor y después ya no me hablaba, ni siquiera después de la película, y tuve que llamarlo por teléfono para arreglar las cosas. Al final se disculpó.
—¿ Él se disculpó? —pregunté, incrédulo.
—Ya sabes, por hablar durante la película y por haber sido tan pesado después. A veces la verdad es que tengo dudas de él. —Hizo una pausa—.
De nosotros.
—¿De qué tienes dudas?
—Sólo pienso… tal vez no te debería hablar de esto, porque Oswald también es tu amigo.
—Y el tuyo también, antes de que fuera tu novio —le hice notar.
—Lo que pasa es que eres la única otra persona cercana a la que le puedo contar lo que estoy pensando y que podría darme un consejo.
—Yo no —dije, levantando las manos—. No tengo nada que decir.
—Tú siempre tienes algo que decir —discutió.
—Y estoy aprendiendo muy rápido que a veces lo más inteligente que una persona puede hacer es no decir ni una palabra. Me tengo que ir a clase.
Los veo a ti y a Oswald en el almuerzo.
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