A Reventar
Capítulo diez
Metí un dedo por el cuello de mi camisa y lo estiré un poco. La tela era rígida y me daba comezón, y además el cuello era demasiado apretado. No entendía cómo alguien podía usar camisa y corbata en el trabajo todos los días.
Oswald se veía igual de incómodo que yo. Su corbata y su chaqueta no combinaban y le quedaban demasiado grandes. Parecía que su padre le había prestado la ropa. Julia se veía relajada… un poco distante, pero relajada. Al principio pensé que estaba enojada conmigo porque los había arrastrado a ella y a Oswald a la reunión con los abogados, pero después me di cuenta de que no era por eso. Julia pensaba que participar en la reunión y todo el asunto de ser amenazados por un bufete de abogados era, de hecho, estupendo. Lo que pasaba era que ella y Oswald habían tenido otro
“malentendido”. Así era como lo decía Julia, lo que significaba que quería que Oswald hiciera, dijera, pensara o incluso fuera algo diferente, y que él no estaba de acuerdo. Bien por Oswald.
A mí me hubiera gustado estar en algún otro lugar, en casi cualquier otro lado, antes que en la oficina de Smith y Evans. Por suerte, mis padres estaban ahí para “representarme”. Julia y Oswald habían venido como
“apoyo”, ya que también estaban involucrados.
Mi madre y mi padre, vestidos con trajes sastre, estaban sentados frente a nosotros en la sala de espera. Si el lujo de la sala significaba algo, entonces era que el bufete tenía mucho dinero, y el hecho de tener mucho dinero significaba que probablemente eran muy buenos abogados y eso significaba… Me obligué a controlar los pensamientos de mi loca cabeza, porque estaba a punto de entrar en pánico y de ponerme a sudar y a gritar.
No había motivo para asustarme.
—Pareces nervioso —me dijo Julia.
—Sí, un poco. ¿Y tú?
Sacudió la cabeza.
—No es a mí a la que están amenazando con una demanda.
—No van a demandar a nadie —dijo mi madre.
—Sólo es una reunión —agregó mi padre—. Y para ser completamente franco, siento más curiosidad que preocupación. —Miró su reloj—. Ya nos han hecho esperar casi diez minutos. Se suponía que la reunión iba a empezar hace cinco minutos. Tienen cinco más antes de que les digamos que nos vamos.
—¿Vamos a irnos? —pregunté, anonadado.
—Tal vez —contestó.
—Pero tal vez no —dijo mi madre—. Todo es parte del juego.
—Como mandar una carta de amenaza por correo electrónico —dijo mi padre.
Justo entonces, la puerta de la oficina se abrió y todos nos volteamos a ver.
—Eric, Anita, ¡qué gusto verlos! —exclamó un hombre mientras cruzaba la sala de espera y estrechaba las manos de mis padres.
—Me sorprende que estés tan contento de vernos después de cómo acabamos contigo en la corte la última vez que nos vimos —dijo mi padre.
—El tribunal es el tribunal. Con suerte esta situación no será tan aguerrida.
Mi madre nos lo presentó: el Sr. Evans, uno de los socios del bufete. Era amigable… casi demasiado. Eso me puso aún más nervioso. El hombre nos condujo a una sala de juntas muy grande y elegante. Todos nos sentamos alrededor de la brillante mesa de madera.
—Tengo que reconocer que me decepciona un poco escuchar eso —dijo mi padre.
—¿Y por qué? —preguntó el Sr. Evans.
—Estaba muy entusiasmado con tener una batalla en la corte. ¿Te imaginas cómo podría haber terminado esto?
Mi madre lanzó una carcajada.
—Hubiera sido hermoso: Frankie’s contra tres adolescentes. Justo la gente a la que quieren atraer. ¡Qué manjar para la prensa! Aun si hubiéramos perdido en los tribunales...
—Cosa que habría sido prácticamente imposible... —intervino mi padre.
—Esto hubiera generado tanta publicidad que el boicot de verdad habría funcionado —terminó mi madre.
—No habría sido agradable —dijo el Sr. Evans—. Tenía la esperanza de que mi sutil amenaza de iniciar una demanda hiciera desaparecer todo esto.
—Y eso habría pasado, si no la hubieras dirigido al hijo de dos abogados litigantes —dijo mi madre.
—Sí, eso fue de lo más desafortunado —dijo el Sr. Evans—. Sólo por curiosidad, ¿de quién fue la idea de hacer este boicot?
—Fue algo así como…
—Todo fue idea de Ian —dijo Oswald, interrumpiéndome.
Qué buena forma de apoyarme… con un cuchillo en mis costillas.
—¡Felicitaciones! —dijo el Sr. Evans con una gran sonrisa—. ¡Fue más que brillante!
—Eh… gracias —farfullé.
—El mensaje que escribiste fue perfecto. Expuso tu caso sin decir ni una sola mentira. No dijiste nada al estilo de que la comida era veneno.
—¿Entonces usted está de acuerdo con que la comida de Frankie’s es mala para la salud? —preguntó Julia.
—Acepto que no es comida saludable y que comerla en cantidades industriales es una mala idea. Negar eso sería como decir que el cielo no es azul, cosa que nunca haría… a menos que me contrataran para probar que es verde.
—O tal vez de un tono azul verdoso —dijo mi padre. Los tres abogados se rieron.
¡Abogados! Si les pagas, están dispuestos a pelear por (o en contra) de cualquier cosa. ¡Y mis padres se preguntaban por qué no quería ser abogado!
—Bueno, no nos pediste que viniéramos hasta tu oficina sólo para hacernos un cumplido —dijo mi padre.
—No, los invité para hacerles una oferta.
—¿Qué clase de oferta? —preguntó mi madre.
Mis padres ya me habían explicado, de hecho nos habían explicado a los tres, que pedir algo de Frankie’s podía interpretarse como que estábamos haciendo un chantaje. El término legal es “extorsión” y te pueden arrestar por eso. ¿Sería distinto si ellos me ofrecían algo sin que yo lo pidiera?
—Mi cliente está dispuesto a ofrecerles el almuerzo —dijo el Sr. Evans.
—¿El almuerzo?… Pero si apenas son las nueve de la mañana —dijo Julia.
—No el almuerzo de hoy ni tampoco sólo para ustedes cinco —dijo el Sr. Evans. Hizo una pausa, una de esas pausas muy largas que usan los abogados para provocar un efecto dramático. ¿Por qué no lo decía de una vez por todas?
—Frankie’s les ofrece el almuerzo a todas y cada una de las personas de su escuela… el viernes 13.
—Es el día del boicot —dijo Julia.
—¿Qué mejor forma de mostrarle a toda la gente que la comida de Frankie’s no es sólo comida rápida, sino buena comida.
—Eso es brillante —dijo mi padre con tono de admiración.
—¡No, no lo es! —espetó Julia—. ¡Es una jugada sucia!
—Ah, es las dos cosas —dijo mi padre—. Brillante y sucio. ¿Fue tu idea? —le preguntó al abogado.
—Me temo que no me puedo atribuir todo el mérito —respondió—.
Claro que hay una trampa.
—Siempre hay una trampa —dijo mi madre—. Continúa.
—En respuesta a nuestra generosa oferta, le pedimos a su hijo que envíe un correo electrónico explicando lo que va a pasar. Además tiene que pedirles a todos sus contactos que envíen mensajes del mismo modo que cuando estaban haciendo el boicot.
—A ver, déjenme ver si entendí bien —dije—. Si mando un mensaje,
¿van a darle de almorzar a los mil quinientos chicos de mi escuela?
—Correcto.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces me temo que no podemos ofrecer el almuerzo —dijo el Sr.
Evans—. No puede parecer como que estamos tratando de socavar tus esfuerzos por boicotearnos. Eso no sería ético.
—¡Pero sí están tratando de hacerlo y no están siendo éticos! —dijo Julia
—. ¡Están tratando de sobornarnos!
—“Soborno” es una palabra muy desagradable —dijo el Sr. Evans—.
Sólo estoy intentando ayudarlos a formarse una opinión.
—Mire —dije—, aun si yo quisiera hacerlo, ¿qué le hace pensar que puedo detener el boicot?
—Sí, es como si Ian hubiera prendido un fósforo que ha provocado un gigantesco incendio forestal. ¿De verdad cree que puede detenerlo todo con sólo enviar otro mensaje por correo electrónico? —preguntó Julia.
—Tal vez sí. Tal vez no. Lo único que queremos es que lo intente. Y
supongo que también debería mencionar otra cosa. En este momento, algunos representantes de Frankie’s están en una reunión con el director, el subdirector y el consejo estudiantil de su escuela y les están haciendo esta misma oferta de un almuerzo gratis.
—Así que el motivo de esta reunión era, entre otras cosas, tenernos aquí en lugar de en la escuela —dijo mi padre.
El Sr. Evans no contestó.
—Entonces, ¿tenemos un trato? —me preguntó a mí.
—¡Increíble! —dije entre dientes.
—No comprendo —dijo el abogado.
—Todo esto es increíble. Primero tratan de amenazarme. Después tratan de sobornarme. Y ahora hacen las dos cosas a la vez: tratan de sobornarme y me amenazan si no acepto el soborno.
—No me gusta pensarlo en esos términos —dijo.
—Eso es porque usted es abogado —dije.
—¿Estás rechazando la oferta entonces? —preguntó el Sr. Evans.
Miré a mis padres en busca de consejo.
—Perdón, Ian —dijo mi madre—, pero es tu decisión. Tú lo empezaste todo y tienes que decidir cómo acabarlo.
—¿Y bien? —me preguntó el Sr. Evans.
—Bueno, no voy a contestar… no todavía… Tengo que pensarlo.
—Tómate el tiempo que quieras —dijo el abogado—. El trato está sobre la mesa los próximos dos días, hasta la hora de cierre de la oficina.
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