A Reventar
Capítulo trece
En un instante pasé de estar nervioso a estar enojado. El Sr. Evans lo estaba saboreando: estaba disfrutando aniquilarme, detener el boicot y defender a su precioso cliente. Tuve que luchar contra el impulso de sacarle de un golpe esa sonrisita de satisfacción de la cara.
—Y ahora —anunció el Sr. Phillips—, démosle por favor la bienvenida a uno de los nuestros, uno de mis mejores alumnos, ¡Ian Cheevers!
La multitud empezó a aplaudir y a gritar y sentí que mis rodillas se volvían de gelatina. Me quedé helado en mi sitio.
—Más vale que vayas —dijo el Sr. Evans.
Sus palabras me hicieron salir de mi aturdimiento. Comencé a caminar por el escenario. Las luces eran brillantes y por un segundo sentí que me cegaban. Enfoqué la mirada en el Sr. Phillips. Me ofreció la mano y nos las estrechamos mientras la gente seguía aplaudiendo. Creo que escuché a Julia gritar mi nombre.
—Sólo di lo que tienes que decir —me susurró el Sr. Phillips al oído—.
Y recuerda: no puedes perder.
Lo miré a los ojos. Tenía razón. No podía perder.
Me paré tras el podio y miré al público. Me concentré en las primeras filas, llenas de chicos y de maestros: gente que ya había visto antes, personas que reconocía y otras que eran completamente desconocidas para mí. Ya no había aplausos. La sala estaba en completo silencio, esperando a que comenzara.
Me incliné hacia el micrófono.
—Hola —empecé y mi voz se quebró enseguida. Respiré hondo—. Sólo quería comenzar diciendo… diciendo que son todos unos estúpidos. Todos ustedes son una bola de estúpidos perdedores que cualquiera puede engañar y confundir.
Después de un aturdido silencio, ¡la gente empezó a abuchearme! Me alejé del micrófono y los abucheos continuaron.
El Sr. Phillips caminó hasta el podio y levantó las manos para acallar a la multitud.
—Por favor, dejemos que nuestro orador continúe.
Todo se quedó otra vez en silencio, pero esta vez era un silencio furioso.
—Sigue —me dijo el Sr. Phillips en un susurro.
—No soy yo quien piensa que todos ustedes son estúpidos y no soy yo quien piensa que son unos perdedores: los que lo creen son Frankie’s y el Sr. Evans. De hecho, piensan que yo también soy un estúpido perdedor.
Ellos consideran que todos somos unos estúpidos. ¿Cómo lo sé? Ellos dicen que son líderes en reciclaje, pero todos sabemos que una importante fuente de basura en las calles y en los vertederos son los restaurantes Frankie’s.
Ellos dicen que ustedes les importan, pero en lugar de alimentarlos con buenos platillos, les sirven la comida menos saludable de la industria. Ellos dicen que les importa la gente que trabaja para ellos, pero lo cierto es que les pagan el salario mínimo y no les dan prestaciones. ¿Por qué lo hacen?
Porque la verdad es que lo único que les importa es el dinero. Pueden ganar más dinero vendiendo refrescos que ofreciendo jugo de naranja. Pueden ganar más dinero vendiendo hamburguesas y papas que vendiendo fruta y ensaladas. Lo que les importa es ellos mismos, les importa el dinero que pueden conseguir.
Tomé aire.
—Durante años los han engañado para que coman en sus restaurantes.
Les han ofrecido juguetes de plástico, concursos y áreas de juegos para lograr que entren a sus locales y que coman su comida. Y hoy los quieren engañar de nuevo. Tal vez “engañar” no sea la palabra correcta. “Sobornar”
lo describe mejor. Se imaginan que como somos una bola de adolescentes, no tenemos cerebros ni integridad. Se imaginan que si nos ofrecen un almuerzo de Frankie’s, haremos lo que ellos quieran y no lo que deberíamos hacer. Se imaginan que pensamos con nuestros estómagos y no con nuestros cerebros. —Hice una pausa—. El próximo viernes no voy a comer en Frankie’s. Eso es lo que yo he decidido. Pero no estoy aquí para decidir por ustedes. No estoy aquí para tratar de engañarlos o para tomar la decisión en su lugar. Eso depende de cada uno de ustedes. Estoy aquí para asegurarme
de que tengan el poder de tomar esa decisión. Ya escucharon al Sr. Evans y ya me escucharon a mí. Ahora queda en sus manos.
El Sr. Phillips caminó hasta el podio.
—¿Podríamos por favor encender las luces de la sala? —dijo.
El auditorio se hizo visible conforme se encendió fila tras fila de las luces en el techo. Examiné a la multitud. Vi a mucha gente que conocía: todos mis compañeros de ciencias computacionales se habían sentado en grupo, el director estaba a un lado de ellos ¡y Julia y Oswald estaban juntos!
Julia levantó los brazos para saludarme y yo le respondí con un gesto. Me dirigió una enorme sonrisa. Parecía tan feliz. ¿Sería porque ella y Oswald habían solucionado su pelea más reciente o por lo que yo había dicho?…
¿Se sentiría orgullosa de mí?
¡Caramba!, ahí estaba yo, de pie frente a toda la escuela, haciendo lo que tal vez sería lo más importante que haría en mi vida y estaba preguntándome en qué estaría pensando Julia. Tal vez la verdad era que sí me gustaba.
—Hoy tienen ustedes una oportunidad única —comenzó el Sr. Phillips
—. Son jóvenes inteligentes y bien informados. Hoy serán los jueces o, más precisamente, el jurado. Ustedes van a votar. Tienen dos opciones: pueden apoyar el boicot o votar por el almuerzo gratis de Frankie’s. Las reglas son simples: una persona, un voto. La mayoría gana. Si votan por el almuerzo, Ian ha accedido a tratar de cancelar el boicot.
Asentí con la cabeza.
—La forma de votar es la siguiente: si apoyan el boicot se pondrán de pie. Si quieren el almuerzo se quedarán sentados. —Volteó a verme—.
¿Algo más, Ian?
—No, nada.
—Muy bien, a la cuenta de tres queremos que se levanten o se queden sentados. Una…
Sentí un hormigueo en todo el cuerpo.
—Dos…
Respiré hondo.
—¡Tres!
Julia prácticamente saltó de su asiento, igual que docenas y docenas de otras personas. Enseguida se levantó toda una fila y varios grupos por uno y otro lado del auditorio. Traté de hacer un cálculo veloz… ¿había más gente
sentada o de pie? Mientras trataba de averiguarlo se levantó más y más gente, y entonces unos cuantos chicos empezaron a treparse a sus asientos, vitoreando, chiflando y aplaudiendo. El ruido era ensordecedor. Recorrí con la vista el auditorio entero… más y más y más gente se levantó, ¡hasta que no quedó ni una sola persona sentada!
El Sr. Evans regresó al escenario y se paró a mi lado.
—De verdad que eres hijo de tus padres —me gritó al oído.
—Lo tomo como un cumplido.
—Eso quise que fuera. Supongo que vas a ser abogado cuando crezcas.
—¿Quién sabe? —dije y me encogí de hombros. La verdad es que había sido emocionante estar ahí arriba y presentar mi caso.
—Cuando seas abogado, ¡ven a verme y tendrás un empleo!
—Gracias, pero creo que estaré trabajando para otro bufete.
—Ven a verme. Mejoraré la oferta que te hagan tus padres.
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