Al límite

Eric Walters · Capítulo 1 de 13

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Al límite

Capítulo uno

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Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

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Capítulo uno

Sonó la campana, marcando el fin tanto del día escolar como de mi siesta.

Me agaché y recogí mi mochila, guardé el cuaderno y me levanté. A pesar de lo lento que estuve, fui el primer alumno en atravesar la puerta. Ni mi mente ni mi cuerpo se habían movido tan rápido en todo el día.

Cuando la puerta se cerró detrás de mí, dejé de oír al maestro que nos estaba recordando el examen del día siguiente. Qué no entendía que el día de escuela se había acabado? Debería dejar de hablar, porque yo ya había dejado de escucharlo. Ya sabía que había un examen y claro que iba a prepararme. Planeaba saltarme la primera clase para estudiar. Por ahora, sin embargo, era libre.

Zigzagueé por el pasillo entre la masa de chicos que iban en sentido contrario. No conocía a la mayoría de ellos, pero lo que sí sabía era que todos queríamos lo mismo: salir del edificio cuanto antes. Llegué a mi casillero, lo abrí y lancé adentro mi mochila. No había nada ahí que fuera a necesitar más tarde. Lo único que iba a usar estaba al fondo del casillero y…

—¡Oye, Phil!

Me di la vuelta.

— Cómo va todo, Wally?

—No más clases por hoy, así que todo bien. Qué quieres hacer?

—Pensaba irme a casa porque tengo algunas cosas pendientes. Después voy a terminar toda la tarea y a hacer un poco de matemáticas extra, para estar mejor preparado. Después voy a leer un poco de la Biblia y a acostarme temprano, porque al que madruga Dios lo ayuda.

— En serio? —preguntó Wally.

—Si haces una pregunta estúpida, vas a recibir una respuesta estúpida.

Qué crees que voy a hacer? —Me agaché y saqué mi patineta del casillero.

—Ya sabía que íbamos a patinar —dijo Wally, que ya tenía su tabla bajo el brazo—. Sólo quería saber dónde.

—Estaba pensando en ir detrás del Super Save.

—Por mí está bien. Supongo que Lisa no va a venir.

Me volteé, cerré el casillero de un golpe y puse el candado.

— Tú qué crees?

—Un poco sensible todavía, eh?

—Sensible no, sólo estoy harto de que todos me sigan haciendo preguntas. Quieres patinar o no?

Wally sacó su patineta de debajo del brazo y la levantó.

—No traigo esto sólo para verme en onda.

—Qué bueno, porque la verdad es que no lo estás logrando —bromeé.

Cada vez había menos alumnos a nuestro alrededor, o sea que algunos habían conseguido escapar antes que yo. Eso no me gustó nada. Nos apuramos por el pasillo. Pensé en lo rápido que podríamos avanzar si pusiéramos las patinetas en el suelo y saltáramos sobre ellas. Claro que eso habría hecho que nos suspendieran.

Afuera de la escuela el estacionamiento estaba lleno a reventar: había autos saliendo en reversa de sus lugares y muchos otros avanzando lentamente en fila, listos para salir. Los alumnos serpenteaban entre los vehículos. Caminamos entre el tráfico. Patinar, repito, habría sido más rápido, pero las reglas eran las mismas en el estacionamiento: si te atrapan patinando estás suspendido. Parecía que había más reglas y castigos por hacer skateboarding que por vender drogas.

Llegamos por fin al borde del estacionamiento. A sólo unos pasos del terreno de la escuela, bajé mi patineta y me impulsé sobre ella hacia la libertad.

El sendero era suave, en bajada, y llevaba a un túnel bajo la calle principal. Había grupos de personas a lo largo de nuestro camino. Eso me gustaba. La gente se convertía en obstáculos que había que sortear. Me impulsé con más fuerza, tomando velocidad. Zigzagueé de un lado a otro para esquivar a la gente, pero tratando de hacerlo en el último momento.

Me incliné mucho para que la pendiente hiciera parte del trabajo y aceleré. Justo al final de la colina había unos cuantos escalones: doce, para ser exactos. La escalera estaba cada vez más cerca. Me lancé desde lo más alto y tomé una gran altura, agarrando la patineta con una mano, volando; golpeé el pavimento con fuerza, salí despedido de la patineta hacia adelante y caí de cara en el pasto y la grava, a un lado de la calle.

Oí los gritos y las risas detrás de mí: era la gente que había en el camino.

Me levanté.

— Estás bien? —me preguntó Wally. Había llegado corriendo con la patineta bajo el brazo.

Escupí un poco de pasto y tierra.

—Estoy bien.

— No te lastimaste la muñeca?

—No, me aseguré de aterrizar con la cara.

Me acababan de sacar el yeso tres días antes. Me había roto la muñeca patinando.

—¡Qué buen movimiento! —me dijo un tipo enorme que pasó caminando con dos chicas que se reían como tontas. Iba en doceavo grado y jugaba futbol.

—Como si tú pudieras hacerlo mejor.

Se paró en seco.

— Qué dijiste? —me preguntó.

—Sólo dije gracias.

—Vamos a dejarlo así —gruñó y siguió caminando.

—Hacer ese salto ya es bastante peligroso y aparte te pones a pelear con un tipo tan grande que te podría comer de almuerzo —me dijo Wally.

—No le tengo miedo.

—Pues si no le tienes miedo eres más bobote de lo que yo creía.

— Más bobote? Quién te enseñó a hablar?

—Tú, de hecho. Tú y la tele.

—Una combinación explosiva.

Conocí a Wally en cuarto grado. Él era el chico nuevo, salidito del avión desde Polonia, y la maestra me pidió que me hiciera su amigo. Las únicas palabras que sabía en nuestro idioma eran Nike, Coca y hola. Somos amigos desde entonces.

— Nunca te cansas de fallar ese salto? —me preguntó Wally.

—Me cansé de fallarlo desde la primera vez, pero eso no quiere decir que vaya a dejar de intentarlo. No voy a permitir que unos cuantos fracasos me desanimen.

— Unos cuantos? —se burló Wally—. Estamos en mayo. Trataste de hacer ese salto por primera vez en febrero.

—El 10 de febrero.

—Bueno, el 10 de febrero. Y desde esa fecha lo has intentado todos los días después de clases. Eso quiere decir que lo has hecho al menos sesenta veces.

—¡No son tantas! —protesté.

—Veinte veces por mes durante tres meses. Saca las cuentas.

—Pues puede ser. Pero nunca antes había estado tan cerca de lograrlo, no crees?

—No estuvo mal. Alguna vez se te ha ocurrido que si tomaras el salto con menos velocidad, te elevarías menos y tal vez te saldría bien?

—Si vas a hacer algo, hazlo en grande o no lo hagas.

—Eso está muy bien para una calco-manía, pero contigo es más bien Hazlo en grande y después vete al hospital.

—Qué gracioso.

—No estaba tratando de ser gracioso.

—No me lastimo tan a menudo —me defendí y pasé la pierna derecha detrás de la izquierda para ocultar el desgarrón que me acababa de hacer en el pantalón… y de paso la herida de la rodilla dentro del pantalón.

—Mentira —dijo Wally—. Gracias a ti siento que le hablo de tú a todos los choferes de ambulancia y a todas las enfermeras de emergencias de la ciudad.

—No es para tanto.

—Prácticamente me los encuentro en la calle y me preguntan: “Oye, Wally, cómo está Phillip?”.

—Como si tú no te hubieras lastimado nunca —le dije.

—Un brazo roto, una conmoción cerebral y algunos raspones y cortadas.

Eso no me pone en tu misma categoría.

Para qué discutir, tenía razón. Yo me había roto las dos muñecas (en días dife-rentes), la clavícula y tres dedos, me había torcido el tobillo tres o cuatro veces, me había dislocado la rodilla, había sufrido tres conmociones cerebrales y más cortes y raspones de los que podía contar. Y aparte de todo eso me había roto los dos dientes frontales o, para ser exactos, las dos coronas que habían reemplazado los dientes que me había roto antes. Me estaba deslizando por una barandilla cuando la patineta derrapó y me di de cara con la baranda. Se me rompieron los dientes justo hasta la encía. Fue horrible sentir los dos pequeños Chiclets flotando en mi boca… y después darme cuenta de lo que eran en realidad.

Me había lastimado tantas veces que en el hospital pensaron que era víctima de abuso. Hasta mandaron a mi casa a un trabajador social para hablar con mis padres. Nunca había visto a mi papá tan enojado; estaba tan furioso que parecía que de verdad era capaz de golpear a alguien. Al final logré convencer al trabajador social de que no estaba tratando de “ocultar nada” y de que simplemente me había lastimado patinando.

—Lo único que digo —continuó Wally— es que si le bajaras un poco a la velocidad, sólo un poco, podrías hacer el salto y evitarte las heridas.

—Yo siempre hago los saltos —discutí.

— De qué estás hablando?

—Yo hago bien los saltos. Lo que no me sale es el aterrizaje.

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